El Oasis de la Insignificancia
"¿Será posible la vida social sin que exista la verdad, ese único camino hacia los hechos?".
No conozco ningún método para saber dónde me encuentro, más que intentar verme desde afuera. Si no lo consigo doy vueltas y vueltas inútilmente. En un bosque, por ejemplo, he de subir a un árbol o a la punta de algún cerro para descubrir en dónde estoy; cuando adquiero distancia y vislumbro el horizonte, tengo el indicio de mi ubicación y, simultáneamente, descubro hacia donde puedo dirigirme para hallar la salida. Si el problema no es determinar el lugar, sino entender el momento histórico donde me encuentro, hace falta asomarme a ver cómo se veían las cosas en otro siglo y, gracias a ello, puedo entender lo que, por serme tan familiar, no percibo.
En esta ocasión quisiera entender qué pasa con la mentira en la actualidad. Es un problema que a todos nos atañe: nos concierne tanto que es probable que sin percatarnos todos estemos en una mentira. Para salir de dudas, para distanciarnos, remontémonos a lo que sobre este asunto decía Montaigne en sus Ensayos, en el Siglo XVI. Para él la verdad solo tenía una cara, mientras que la mentira tenía muchas, y comparaba la verdad con ese único camino que da en el centro de la diana, a diferencia de los infinitos caminos de la mentira que son los que recorren las saetas erradas. Su metáfora nos muestra que la verdad es ese único decir que se corresponde con los hechos, pues los hechos son los mismos para todos.
¿A cinco siglos de distancia seguimos admitiendo que la verdad coincide con los hechos? La respuesta es sí y no. Sí, en el terreno simple de la vida cotidiana, cuando de lo que se trata es de asuntos domésticos: si se trata de ¿quién se comió mi cena?, debe haber alguien (no importa si fue uno o fueron varios), ya que si mi cena no está es porque alguien dio cuenta de ella. En la práctica hay cientos o miles de cuestiones que se resuelven apelando a los hechos; los hechos tienen la última palabra, y la última palabra es, precisamente, la verdad.
Si este problema lo planteamos en territorios más complejos, como la ciencia o la sociedad, la propuesta de Montaigne deja de funcionar. En ciencia, por ejemplo, "La verdad —dice Hawking en su libro El gran diseño— es dependiente del modelo". Lo que a su vez implica que los hechos son, de alguna manera, producidos por el método que se sigue para alcanzarlos. Para visualizar esta tesis piénsese en la dualidad onda-partícula con la que se muestra la luz según sea el procedimiento con el que se la estudia.
En la sociedad, el asunto de los hechos se torna aún más complicado, pues "los hechos" son acometidos con diferentes narrativas. Lo que da como consecuencia que, apelando a los "mismos" hechos, la realidad de cada quien sea diferente. Para nuestros días, fue decisiva la frase nietzscheana: "no hay hechos solo hay interpretaciones", pues en efecto, actualmente esta es la situación. Por lo visto, la verdad que con Montaigne era ese camino único hacia la diana, se ha vuelto tan polifacética como la mentira, pues parecería haber diferentes realidades, diferentes verdades, una por cada narrativa. Hoy, la gente vive en mundos distintos.
Ante esta situación surgen dos preguntas apremiantes: ¿cómo llegamos aquí?, y ¿se puede vivir en una sociedad donde cada quien o cada grupo está convencido de una realidad distinta?
La primera pregunta se aclara de algún modo en el libro Los orígenes del totalitarismo de la filósofa Hannah Arendt. Ahí, ella analiza el modo como la verdad no fue refutada sino disuelta entre un montón de mentiras puestas a circular desde el poder: múltiples versiones verosímiles que terminaron por agotar la capacidad crítica de la gente haciéndola desistir de querer saber. Tantas mentiras que las personas pierden la capacidad de distinguir entre la realidad y la ficción. El objetivo de los totalitarismos que estudia Arendt, nazismo y estalinismo, es construir un mundo ficticio y coherente que sea más atractivo que la compleja y caótica realidad. Hoy esa multiplicidad de versiones es construida desde las redes sociales, en las que muchos individuos, por diversión, y muchos grupos con intereses políticos opuestos alimentan narrativas incompatibles y el efecto es el mismo que en los totalitarismos: ya no se distingue entre realidad y ficción, y cada quien vive encerrado en una burbuja informativa o, si se prefiere, en una narrativa.
Para responder a la segunda pregunta, ¿se puede vivir sin verdad?, haré un paralelismo de la sociedad humana con el mundo natural a fin de que cada quien saque su propia conclusión: en la naturaleza hay algunos animales y algunas plantas que sin la intención de mentir (pues esto supondría conciencia), consiguen engañar y lo hacen para sobrevivir. Es muy conocido el caso de la serpiente que se conoce como falso coralillo; esta especie ostenta, igual que las coralillos auténticas, franjas rojas, negras y amarillas o blancas. Las coralillos reales son temidas por su veneno poderosísimo, las falsas son inofensivas pero con su disfraz espantan a sus depredadores. Otro caso notable es el de las Orquídeas Abeja (Ophrys apifera). Los pétalos de esta flor parecen una abeja, lo que atrae a los machos y gracias a ello se efectúa la polinización. Son incontables los insectos que se mimetizan volviéndose indistinguibles de las hojas de las planta, y los hay que se posan en el fondo de la maleza y parecen hojas podridas cubiertas por excremento de pájaros; se camuflan tan eficazmente que se pierden en el entorno. Un último ejemplo que deseo mencionar es el camaleón; su capacidad de cambiar de color según el contexto ha permitido crear el adjetivo "camaleónico" que se usa para referirse a las personas que tienen la habilidad de cambiar de aspecto, de comportamiento e incluso de ideología según convenga a sus intereses.
Teniendo en cuenta este paralelismo, quisiera preguntarle, amable lector: ¿qué ocurriría si en la naturaleza no solo algunos animales y algunas plantas engañaran con su apariencia, sino si lo hicieran todos?, ¿sería posible la vida? Ahora calcule: ¿Será posible la vida social sin que exista la verdad, ese único camino hacia los hechos? ¿Cuánto resistirá nuestra sociedad si en vez de referirnos al mundo, a los hechos, cada quien apela a una narrativa distinta y la da por buena?
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