4/05/2026

Plan B: ¿es una derrota para Claudia Sheinbaum?

 Plan B: ¿es una derrota para Claudia Sheinbaum?

Héctor Alejandro Quintanar

"El contenido del Plan B puede generar un deseable ahorro público, pero no modifica la estructura de la representación política en las cámaras legislativas".

El 26 de marzo pasado el Senado de la República aprobó, con una sola modificación, el llamado Plan B de la Reforma Electoral, lo cual devendrá en una serie de modificaciones que restringirán a los gastos electorales y el número de funcionarios en niveles municipales, entre otras cuestiones. Los cambios son importantes, pero no alcanzan la dimensión de otras reformas electorales, como la de 2014 o la de 2007, por ejemplo, y por eso mismo destaca no tanto la reforma en sí, sino la expectativa que generó en aquellos que preconizan el discurso de que México avanza a una autocracia o a un régimen autoritario.

Sobre eso va esta reflexión. El contenido del Plan B es apenas una serie de cambios relevantes, que pueden generar un deseable ahorro público, pero que no modifica la estructura de la representación política en las cámaras legislativas y no ahondó en posibilitar, por ejemplo, más figuras de democracia participativa, ya que sólo se centró en la dimensión del tiempo de la ya existente revocación de mandato.

Era, pues, una reforma con un buen sentido, pero frugal. Misma que, por cierto, es resultado de un rechazo previo a un Plan A, que no fue aprobado por la Cámara de Diputados, ni había sido consensuado por los partidos que integran la coalición mayoritaria en el Congreso, integrada por Morena, el Partido del Trabajo y el siempre oportunista Partido Verde.

Y eso, aunque ya parece haber quedado en el olvido, es algo relevante sobre lo que hoy se debe reflexionar. Muchos analistas, ante ese hecho, se centraron en especular con base en sus deseos, y así, dijeron que, por ejemplo, la “coalición gobernante” podría padecer una ruptura de cara a 2027 dada la negativa del PT a apoyar la reforma. Si bien es cierto que valdría la pena analizar el poder de chantaje que tienen, inmerecidamente, los partidos minoritarios de la coalición Sigamos Haciendo Historia, no hay razón para asegurar que ésta se haya desbaratado.

En primera, porque no sería la primera vez que una coalición partidista de izquierdas tenga votos distintos y conflictos, para luego volver a aparecer unida en las elecciones futuras. Así, en 2007, en el marco de otra reforma electoral, el entonces partido Convergencia votó en contra de dicha modificación legislativa -a diferencia de sus aliados del Frente Amplio Progresista, el PRD y PT-, y eso no impidió que aparecieran unidos en el frente “Salvemos México” -conformado por PT y Convergencia en 2009, y la Coalición Movimiento Progresista en 2012, integrada de nuevo por PRD, PT y Convergencia.

Aun con su poder de chantaje, PT y el PVEM son partidos que se saben minoritarios y que, con todo y sus ambiciones y defectos, han hecho una lectura política mejor que la del PRI y PAN desde 2018, al tener claras las inercias electorales. Bien saben el costo altísimo que les implicaría desunirse de Morena y, asimismo, es notable que hoy mismo puedan calcular el repudio posible de no haber apoyado con claridad una reforma proveniente de la Presidenta Claudia Sheinbaum que, además, fue parte de su agenda de campaña en 2024.

Pero en todo este pandemónium previo a la votación del 26 de marzo, destaca el discurso de los ideólogos de la transición, que han hecho de su versión de la historia de la democracia mexicana un evangelio sagrado. Ellos esperaban que la Reforma electoral sería el último clavo al ataúd de la democracia porque reforzaría un régimen autoritario donde, en su visión, una sola fuerza política ya controla el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

A tal grado llegó su alarmismo, que en febrero pasado construyeron el llamado Frente Amplio Democrático, engañifa hoy olvidada no porque no haya logrado impacto en la sociedad, sino porque tiene un mal diagnóstico de país y una historia incompleta de la transición a la democracia mexicana.

Los hechos recientes respecto a la Reforma Electoral deberían hacerles modificar su perspectiva y ejercer una autocrítica profunda. Porque con el contenido de ella la democracia nunca estuvo en riesgo, y entre la argumentación autocomplaciente para ver un falso autoritarismo, ese sector recurrió al esoterismo, como crear sospechas sólo porque la reforma proviniera de una preeminencia del Poder Ejecutivo, omitiendo que no es la primera vez que esto ocurre, porque las aplaudidas reformas de 1977 y 1996 tuvieron al Gobierno federal como fuente originaria.

Pero la autocrítica central debería estar en su perspectiva de que hoy la misma fuerza política controla el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, lo cual, según esta visión esotérica, es un rasgo indudable de autoritarismo. Pues bien, los hechos desecharon tal especulación porque fue el propio Congreso el que de manera absolutamente normal, votó en contra del Plan A de la Reforma Electoral, en un hecho parecido a lo ocurrido en 2022 respecto al Plan A electoral de López Obrador en aquel año.

Ese rechazo legislativo sería imposible si, como ellos dicen, la Cámara estuviera controlada por la misma fuerza del ejecutivo. No hay manera rigurosa u honesta de argumentar tal “control”, y ante los hechos recientes, este sería el momento ideal para que este sector de la comentocracia hiciera un fuerte cuestionamiento interno a sus prenociones y prejuicios, que quieren imponer como versión única de la historia de la transición a la democracia.

Tal vez porque con esa percepción equívoca es con la que complementan sus dichos alarmistas respecto al retroceso democrático que, dicen, vivimos. No es fácil el debate con un sector que tiene ya prenociones fijadas y las cuales no mueven un milímetro ante los hechos, porque en vez de adecuar sus interpretaciones a la realidad, tienden a cometer lo inverso.

En un momento donde el mundo da ejemplos de qué sí es autoritarismo, regresión antidemocrática, dictadura y fascismo, esta comentocracia debería saber que a los conceptos hay que tenerles respeto y no azuzarlos como banderas huecas, porque, como la fábula de Pedro y el Lobo, cuando de verdad se presente un riesgo antidemocrático, como por ejemplo la posible candidatura o movilización política de cierto evasor fiscal, ni sus huestes les creerán el riesgo real que corremos.

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