Héctor Alejandro Quintanar
"Mussolini interfirió para que Italia ganara el Mundial de 1934, no sólo amenazando con fuerza a sus propios jugadores, sino también intimidando árbitros".
En días recientes se jugaron los repechajes para ver qué equipos obtendrían los últimos boletos al Mundial de Futbol de 2026, que se celebrará en Norteamérica, con Canadá, Estados Unidos y México como anfitriones, y que se jugará en un inédito marco geopolítico, donde el Presidente de un país sede, el postfascista Donald Trump, tiene frentes bélicos abiertos contra Irán, un país cuya selección de futbol calificó a la justa mundialista y no tiene garantizada su seguridad al llegar a un territorio gobernado por una élite que le es hostil.
Quizá esa novedad es la que habría que resaltar, porque es una obviedad el señalar que las competencias deportivas de ese calibre, sea la Copa del Mundo o las Olimpiadas, no sólo son un escenario social para leer la política y la historia, sino en sí mismas son estrategias geopolíticas incomparables. Como estudió Ariel Rodríguez Kuri respecto a las Olimpiadas de México en 1968 como epítome de la geopolítica interamericana de la Guerra Fría; o como la Copa Mundial de Argentina de 1978 fue un mecanismo de legitimación de la dictadura gobernante que decía que en el país eran “derechos y humanos”; es ya un lugar común el saber que esos torneos masivos son un escaparate y un reflejo de la política mundial.
Pero que sea un lugar común no quita que siempre busquemos ese ángulo político para abordarlos y exponerlos. Sobre todo porque, en un caso de vergüenza sin precedentes, el dirigente de la FIFA, Gianni Infantino, en diciembre pasado galardonó a Donald Trump con el Premio de la Paz de la FIFA, en un acto de abyección que es apenas superado por la indignidad que la señora María Corina Machado quien, del mismo modo que el escritor noruego Knut Hamsun en 1943 regaló su Nóbel de la Paz al ministro nazi Joseph Goebbels, obsequió su Nóbel de la Paz al energúmeno Trump en enero pasado, como premio quizá por haber violado la soberanía de su país, asesinar a decenas de personas y secuestrar a un mandatario en funciones. Vaya pacifismo trumpista, al cual se le suman bombardeos a Irán para asesinar niñas.
Pero volvamos a las eliminatorias mundialistas de la semana pasada, donde lograron su calificación a la Copa del Mundo, que por primera vez tendrá 48 plazas, países como Irak, la República Democrática del Congo, Suecia, la querida República Checa y Bosnia y Herzegovina, que si bien ya tiene experiencia mundialista, en esta clasificación resaltó por una cuestión: el haber derrotado en el repechaje a la escuadra italiana, país que tendrá un tercer Mundial consecutivo sin clasificar. Su última participación fue en 2014 y tanto ahí como en la contienda de 2010, no pasó de la primera ronda.
Así, la última vez que Italia tuvo una conducta destacada en Copas del Mundo fue en 2006, precisamente la ocasión última en que esa escuadra azul resultó campeona de la justa, al derrotar en penales a la Francia de Raymond Domenech, equipo al que el fascista Jean Marie Le Pen acusó que no llegaría lejos en ese torneo porque tenía demasiados jugadores negros.
En un tono parecido al del fascista Le Pen, el exdefensa italiano Fabio Cannavaro, campeón del Mundo en 2006, explotó en 2017 cuando su selección no calificó al Mundial de Rusia que se jugaría el año siguiente, y ahí, equivocadamente, acusó que el problema del futbol de su país es que daba oportunidad a muchos extranjeros en detrimento de los “chicos italianos”.
En un artículo publicado en el periódico La Jornada en diciembre de 2022, ya se había asentado esta aseveración, y es la de que no hay manera más fácil de entender algo complejo como el fascismo que usar la historia del futbol en Mundiales. Y la historia, prolífica en ejemplos, nos revela este año que puede ser crítico en cómo un país gobernado por un postfascista como Trump procesa la recepción de invitados a los que les es hostil y la presencia de su policía grotesca, ICE, ante las aglomeraciones propias de un torneo que está diseñado para recibir millones de aficionados y que se presume es un promotor de la paz, aunque esto parezca ya no una mentira indignante sino una provocación ridícula, como la encabezada por Infantino al galardonar a una bestia sin escrúpulos como el republicano estadunidense.
Pero remontémonos al origen, que es más revelador que nada. Los mundiales de 1934 y 1938 se celebraron en Italia y Francia respectivamente, y el campeón en ambos certámenes fue la escuadra italiana, que representaba a un país que en ese momento era gobernada por el fascismo, y donde Mussolini se tomó las competencias como un asunto de Estado para poder demostrar, según él, la superioridad competitiva y racial del fascismo.
Pero no hay demagogia que no se sostenga con crímenes. Mussolini interfirió para que la selección de su país ganara el torneo jugado en casa, no sólo amenazando con fuerza a sus propios jugadores, sino también intimidando árbitros para que pitaran a su favor, como fue el caso de la semifinal entre España e Italia en 1934, partido jugado en dos encuentros por un empate injusto, donde se le anuló un gol legítimo a los españoles, y donde el arbitraje permitió de forma deliberada agresiones a la escuadra española.
Pero eso queda en segundo término. La parte central estaba en el origen mismo de la selección italiana. El fascismo se entiende como una postura violenta a favor de una sociedad jerárquica y supremacista donde un grupo tiene derecho a imponerse sobre los demás, a los que se les considera inferiores por condiciones no escogidas, como son el color de piel, el origen étnico, el origen de clase, género, nacionalidad o religión. De ahí que el fascismo sea siempre excluyente, racista, patriarcal y homofóbico. Ahí en ese elitismo intrínseco es donde está la esencia fascista y no en otras superficialidades con las que los tontos contemporáneos quieren banalizar el concepto.
Por ese supremacismo anti-histórico y anti-científico es que el fascismo es una ideología antidemocrática y execrable que nunca mereció respeto de nadie y cuyo potencial destructivo quedó en evidencia desde su surgimiento, como nos lo alertaron en 1926 las primeras víctimas mortales de los fascistas, los socialistas y pacifistas Giacomo Matteoti y Giovanni Amendola.
¿Pero cómo funciona el futbol para contradecir y desmentir al fascismo? La respuesta es notable, porque aunque a Cannavaro y a Le Pen les sorprenda, la selección italiana campeona de 1934 y 1938, que se asumió como la máxima representación de la italianidad y sirvió para promover un proyecto ultrarracista, violento, que odiaba al comunismo, al liberalismo, a la influencia francesa, a la democracia, y a todo que no hubiera nacido en territorio italiano, tenía una estructura interesante.
Ahí, en ese equipo italiano de trasfondo xenófobo y nativista, jugaban nada más y nada menos que Florence Borel, que había nacido en Francia; Anfilogino Guarisi, que había nacido en Brasil; jugaban Atilio de María, Enrique Guaita, Raimundo Orsi y asimismo el que sería la estrella del torneo, Luis Monti, y todos ellos habían nacido en la Argentina, futbolistas a quienes el entrenador italiano Vitorrio Pozzo debió ir a convencer a que jugaran para la escuadra italiana.
Así, seis de once jugadores titulares del equipo italiano en un marco racista, supremacista, nativista y xenofóbica, no nacieron en Italia, que era un equipo que, como todos en todos los tiempos, está hecho de una complejidad diversa que nadie tiene derecho a menospreciar porque de ella venimos. Pero qué más da, el sustento del fascismo no sólo es la ignorancia sino la negación y el autodesprecio convertido en ideología política a través de un mecanismo psicológico compensatorio, donde el fascista se ve a sí mismo como superior a través de la condición más simplona, como es el lugar de nacimiento o el color de piel que nadie puede elegir. Quizá porque si la superioridad estuviera en otros méritos, como la decencia o la inteligencia, el fascista iletrado no tendría absolutamente posibilidad de competir.


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