La economía estadounidense luce frágil
"La economía estadounidense está parada en una finísima capa de hielo en medio de una laguna de hondas incertidumbres".
Cuando el Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos superó expectativas por algunos momentos del año pasado, muchos análisis someros obsequiaron el beneficio de la duda a la política económica presidencial. Y es que el titular de prensa impactaba: "La economía estadounidense creció 4.4 por ciento en el tercer trimestre". Donald Trump lo llamó un “boom” (económico). No obstante, el encabezado escondía alzas de inventarios y declives en las importaciones por los aranceles de la Casa Blanca. Era un efecto favorable en la contabilidad nacional que podía diluirse con alta probabilidad en el tiempo… y así fue.
Para los escépticos, la debilidad del consumo y la inversión eran alertas insoslayables. El sentimiento de incertidumbre era palpable en el ambiente y medible en estadísticas como la confianza del consumidor y del empresario. Al poco tiempo, esas banderas naranjas se pintaron de rojo cuando sonaron en Washington los tambores de guerra. Para sorpresa de quienes tenían la guardia analítica baja, el magro crecimiento a tasa anualizada de 0.7 por ciento del PIB en el cuarto trimestre de 2025, la caída del empleo en febrero y el repunte de la inflación en marzo sólo confirmaron los temores de los pesimistas de la razón: la economía estadounidense luce frágil.
El consumidor estadounidense, motor de un modelo económico que prioriza la demanda interna, está sitiado. Hacia mediados de marzo, pagaba un tercio extra por cada litro de gasolina en relación a la última semana de febrero, antes de que estallara la guerra. Encima, lastra estancamiento salarial y al menos seis meses de creación nula de empleo privado por una mezcla de baja actividad económica y recortes por sustitución de la inteligencia artificial (más capital, menos trabajo). Además, enfrenta un mercado de la vivienda congelado, donde el número de vendedores excede a los compradores, lo que para la economía estadounidense sugiere una inminente caída de precios acompañada de una erosión de riqueza, cuya anticipación a su vez prescribe ahorrar para épocas de vacas flacas. Por si no fuera suficiente, los nuevos aranceles de Trump obligan a recortar o, cuando menos, a reorientar gasto. En síntesis, bajo el argot del basquetbol, el consumidor es presa de una presión de cancha completa.
Varias acciones y políticas presidenciales explican en directo el creciente desempleo. Por una parte, la austeridad del gobierno federal no sólo impacta directamente con despidos, sino que además congeló contrataciones de terceros, en particular en la obra pública. Por otra parte, la persecución migratoria disparó el ausentismo y el temor a contratar, a tal punto que Trump fue obligado por efecto búmeran a reactivar el programa de visas temporales en el campo, so pena de perder apoyo de los agricultores y los latinos. En cuanto a los servicios, el antagonismo atípico hacia aliados y rivales por igual provocó una caída de visitantes a ciudades turísticas que dan muestras de recesión, como Las Vegas, donde los canadienses se echan en falta. Por último, pero no menos importante, la manufactura da señales de estrés por los continuos reajustes a las cadenas de suministro impuestos por los aranceles.
Si los cimientos de la economía están más débiles de lo pensado, lo normal sería encontrar paredes agrietadas. Una visible es que los préstamos incobrables en tarjeta de crédito por impago de más de 90 días treparon a 12.7 por ciento para alcanzar su nivel más alto en la historia estadounidense reciente, tasa solo superada por el máximo de casi 14 por ciento en la Gran Recesión. Otra difícil de ignorar es el reciente episodio de tensión extrema en los mercados de crédito privado, que obligó a varias instituciones financieras a imponer un “corralito” a los depósitos con tal de frenar estampidas.
Al agregar que las tasas de vacancias en las oficinas están por los cielos, que la inteligencia artificial camina y grazna como burbuja, y que un rebrote inflacionario general parece inminente, la economía luce todo menos boyante. De manera simple y llana, no hay tal “boom”.
En suma, la economía estadounidense está parada en una finísima capa de hielo en medio de una laguna de hondas incertidumbres. Para los optimistas de la voluntad, aquellos que temen incrementos de la pobreza por una economía mundial debilitada, la catástrofe no es asunto consumado. Irónicamente, el olor en Medio Oriente al mayor TACO (Trump Always Chickens Out, o Trump siempre recula) en la historia de MAGA podría componer el sentimiento negativo. De igual o mayor ironía, la elección intermedia de noviembre podría mejorar el ambiente macroeconómico si ata al Presidente de manos hacia la segunda mitad del mandato. En otras palabras, el mayor seguro contra desastres económicos es la propia iniciativa política de Trump. Elijo, sin mayor ancla que un mero salto de fe y un austero corazón combativo, estar del lado de los optimistas.
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