Juan Carlos Monedero
"Sheinbaum pone fin a ocho años de congelamiento democrático en un momento en donde Sánchez ha decidido asumir el papel de defensor de la paz ".
Pero ¿la mejor política exterior no era la política interior? Antes de Trump esta afirmación tenía algo más de sentido. Hoy sería irresponsable. Por eso, si Trump crea el Escudo de las Américas, se van a reunir en Barcelona los que no estaban invitados al club de golf del Presidente norteamericano.
Claudia Sheinbaum ha confirmado su presencia el 18 de abril en Barcelona para la cumbre progresista "En Defensa de la Democracia". Compartirá mesa con los líderes de la izquierda en ejercicio más relevantes del hemisferio occidental sobre el que Trump se siente emperador: el español Pedro Sánchez, el colombiano Gustavo Petro, el brasileño Lula da Silva, y Yamandú Orsi, el Presidente de Uruguay.
Al mismo tiempo que se anuncia que Sheinbaum va a tomar un avión, se aprueba le Reforma Laboral en México y también una Ley por la que todos los mexicanos tendrán acceso a la seguridad social. Es decir, que ni un mexicano ni mexicana carecerá de atención sanitaria en el país. Y como siempre que se hacen bien las cosas, arrecian los insultos desde la derecha nacional -e internacional- a Claudia Sheinmbaum. Ladran, señal de que cabalgamos, podría decir la Presidenta. Una frase que no está en verdad en El Quijote, pero que podría perfectamente estar en boca de Alonso Quijano despreciando a los despreciadores profesionales. Porque cuando comienza la marcha, cuando se emprende el camino, cuando se enfila el rumbo, los perros, ociosos, se levantan y ladran.
¿Por qué va Claudia Sheinbaum a Barcelona? Antes tenemos que hacernos una pregunta previa: en una "mañanera" reciente le preguntaron a la Presidenta: ¿quién le puede poner freno a Donald Trump cuando ni siquiera respeta las leyes en su propio país? Contestó Sheinbaum: “Los pueblos y la fortaleza de México. Por eso en México hay que mantenernos unidos”.
Pero de inmediato viene otra pregunta: ¿basta con la unidad de los mexicanos? Es evidente que no. Con Trump no es cierto que la mejor política exterior es la política interior. Porque en la Estrategia de Seguridad Nacional Trump, publicada hace cuatro meses, dice que el Golfo de México es el Golfo de los Estados Unidos (EU), que puede cruzar el Río Grande cuando le venga en gana o que puede tratar como a animales a los migrantes mexicanos en los EU. Por eso, la Presidenta Sheimbaum ha dado un enorme salto y la unidad de los mexicanos la ha trasladado al conjunto de la región:
“Mantenernos juntos nos parece muy importante en la defensa de las leyes internacionales, de los tratados internacionales, y sobre todo de la Carta de Naciones Unidas y de la soberanía de los pueblos”.
Porque EU, como han recordado los chinos hace un par de días, en sus 240 años de historia, sólo ha logrado pasar 16 años sin guerra y ha establecido 800 bases militares en más de 80 países de todo el mundo. EU tiene muchos aliados. Ha creado el Escudo de las Américas y para que se demuestre quién manda, reunió en el Trump National Doral Miami, el resort con campo de golf de su propiedad, a Milei (Argentina), Bukele (El Salvador), Noboa (Ecuador), Kast (Chile), Chaves (Costa Rica), Mulino (Panamá), Paz (Bolivia), Peña (Paraguay), Abinader (República Dominicana), Asfura (Honduras), entre otros.
Y tiene aliados dentro de los países que no fueron invitados. Esta semana, la Senadora Lilly Téllez a ido a EU a decir que en el flanco sur de EU hay un narcogobierno socialista que amenaza la paz de los norteamericanos, que la culpa del fentanilo en las calles de EU es de México y que el Gobierno de Morena da soporte al Cártel Jalisco Nueva Generación (por supuesto, sin presentar pruebas). Más allá de que esta señora estaría presa en España por llamar a una intervención armada en el país y acusar sin pruebas de enormes delitos, el problema es que demuestra que la derecha mexicana, como la colombiana, la brasileña, la uruguaya o la española, están más cerca de Donald Trump y sus intereses que de los gobiernos de sus países.
En Barcelona se ha convocado la Movilización Progresista Global, donde México se reúne con Brasil, Colombia, España y Uruguay en un bosquejo de alianza que suma a 450 millones de personas y un nada despreciable PIB. El Presidente Pedro Sánchez, el anfitrión, ha venido haciendo méritos con México después del desencuentro por la disculpa que López Obrador pidió en 2019 por la Conquista, algo que subió de tono cuando Pedro Sánchez publicó fragmentos de la carta y posteriormente Obrador acusó en 2022 a empresas españolas de corrupción (recordemos que Iberdrola contrató a Felipe Calderón como una señal de prepotencia). Sheinbaum pone fin a ocho años de congelamiento democrático en un momento en donde Sánchez ha decidido asumir el papel de defensor de la paz y de enemigo de la guerra, no tanto por sus propias convicciones, sino porque Trump y Netanyahu, acostumbrados a tener a todo el mundo en Europa de rodillas, la más mínima desobediencia se vive como un insulto personal. Pero la verdad es que da igual que Pedro Sánchez haya sido siempre un hombre del bipartidismo, del banco central europeo, de la OTAN y de la España arrogante. Como decía Goethe, hay virtudes que, aunque se finjan, se realizan, como la cortesía, la generosidad o el izquierdismo de Pedro Sánchez. Los líderes de la izquierda latinoamericana llegan a España en un momento donde se acaban de regularizar a más de medio millón de personas que pasan a ser ciudadanos con derechos. Y muchos de ellos son latinoamericanos.
En Barcelona, todos los líderes se van a encontrar compartiendo respuestas al comportamiento intolerable de Trump. No en vano, Sánchez regresó esta semana de China, donde se ha reunido con Xi Jinping y ha firmado un acuerdo de inversión de alta calidad con China. Al igual que la Internacional del Odio y la Mentira de la extrema derecha reúne constantemente a los directores y equipos de Milei, Abascal, Verastegui, Salinas Pliego, Kast y demás ultras de la derecha, ya iba siendo hora de que la izquierda se reuniera para compartir complicidades y unir fuerzas.
La cumbre de Barcelona se llama Global Progressive Mobilisation (GPM) y su agenda formal incluye la defensa de instituciones democráticas, la regulación de las plataformas digitales (Musk ha insultado a Sheinbaum, a Lula, a Petro y a Sánchez. Al Presidente de Uruguay todavía no porque no tengo claro que sepa dónde está Uruguay), el fortalecimiento del multilateralismo y la lucha contra la desigualdad. Hay también una agenda informal urgente: cómo responder a la guerra arancelaria y geopolítica de Trump, a la crisis energética, a las migraciones, y el giro a la derecha en América Latina y Europa.
Para Sheinbaum, ir a Barcelona no es rebelarse contra Trump. Pero sí que es un movimiento propio de quien quiere mejorar su posición antes de sentarse a la mesa: esto es, construir opciones alternativas visibles. Si México demuestra que puede activar relaciones con Europa, que España puede ser puente hacia la UE, que hay un mercado alternativo creíble, que negociar con China es una opción, que el trato a los migrantes une a los países, etc., su posición en la renegociación del T-MEC es menos encarnizada. El vínculo con España es clave como puente para impulsar el acuerdo modernizado de México con la Unión Europea (UE), diversificando mercados, y obteniendo cooperación tecnológica, educativa y ambiental, así como en términos de seguridad.
Un México que sale fuera reduce el coste de oportunidad real de romper con EU. Es un movimiento de señalización. Como el del Papa, el de Canadá, el de Naciones Unidas, el de la Unión Europea, etc.
Además, el hecho de que el rey Felipe VI reconociera que en la Conquista de América hubo "mucho abuso", le da a Sheinbaum la cobertura política interna para ir sin parecer que abandona el principio que defendió AMLO. Es evidente que si Sánchez pierde las próximas elecciones y llega la derecha española al gobierno, la ventana de Barcelona desaparece. Ir ahora es racional.
Sheinbaum sigue construyendo silenciosamente su propio perfil diferente al de Obrador. Claramente continuista en lo esencial, pero con voz propia, Contrario a la postura de López Obrador de casi no salir de México, Sheinbaum ya acumula varios viajes en casi año y medio de Gobierno: el G20 en Brasil, una reunión de la Celac en Honduras, la Cumbre del G7 en Canadá, y el sorteo del Mundial 2026 en Washington junto a Trump y Carney.
Lo que Sheinbaum está construyendo no es una política exterior distinta de la de AMLO en términos ideológicos —sigue siendo no-intervencionista, progresista, soberanista— sino en términos de estilo operativo. La presencia física importa. Las redes de confianza entre líderes se construyen en persona. AMLO gobernó con la agenda internacional mínima viable. Sheinbaum está descubriendo que en el mundo de 2026 eso es un lujo que México no puede permitirse.
No en vano, la revista Time ha incluido a Sheinbaum entre las 100 personas más influyentes del mundo, destacando su capacidad de "combinar populismo con pragmatismo". Es el Time y, obviamente, siempre estará más cerca de Salinas Pliego que de Sheinbaum. El perfil de estadista internacional también va a servir para la audiencia interna, porque sigue incrementado su autoridad, su independencia de AMLO y sus credenciales propias.
No deja de ser relevante señalar que, como Sheinbaum recordó, la iniciativa fue idea original del expresidente chileno Boric, apuntando a fortalecer la cooperación entre gobiernos que comparten una agenda progresista. Boric, sin embargo, cometió errores de coherencia ideológica que han llevado a que hoy, no sólo no sea Presidente, sino que ha dejado en la Moneda a un pinochetista. Si los líderes progresistas que quedan no se coordinan ahora, cuando queden tres o dos, ya no habrá masa crítica suficiente para articular una posición común en los organismos internacionales. Barcelona es menos una cumbre de ideas que un ejercicio de conteo de fuerzas antes de que el mapa cambie más. Por eso también va a estar en Barcelona Axel Kicillof, que es quien más oportunidades tiene de sacar a Milei de la Casa Rosada.
A Trump le va a gustar, al tiempo que le va a enfadar, la reunión de Barcelona. Demuestra que hay un México independiente y con criterio con el que puede negociar. Un socio sin opciones es un socio que pide ayuda, no uno que firma acuerdos de igual a igual. El T-MEC le conviene a Trump y negociar le gusta.
El arte de la cumbre para Sheinbaum es estar presente sin quedar atrapada en marcos ajenos. Trump está interviniendo en las elecciones en Colombia a través de Ecuador y ha querido intervenir en las elecciones en Hungría, dentro de la Unión Europea, apoyando a Viktor Orbán. Trump ha insultado a Sánchez y a Petro. Algo dirán del presidente del pelo naranja.
Sheinbaum va a Barcelona porque sabe algo que AMLO nunca terminó de asumir: la mejor política interior necesita política exterior. No porque México dependa del mundo, sino porque el mundo está reorganizándose —aranceles, guerra comercial, derecha en ascenso, debilitamiento del multilateralismo— y un país que no tiene presencia en esas conversaciones cuando se toman las decisiones tampoco puede defenderse cuando las decisiones lo afectan. Sin olvidar que expresidentes como Felipe Calderón, radicado en Madrid está constantemente conspirando con la Presidenta madrileña Díaz Ayuso contra Claudia Sheinbaum. Para parar los ataques internacionales hace falta una agenda internacional.
Al final, Sheimbaum va en la dirección correcta porque se mueve en la paradoja de este siglo XXI, donde casi todo, como la luz, va a ser al tiempo onda y partícula: independencia respecto de Washington sin ruptura con Washington, independencia respecto de AMLO sin negación de AMLO, presencia en un foro progresista en un momento cargado de oportunidad y oportunismo sin quedar prisionera ni de sus socios más confrontados con Trump ni tampoco de los más neoliberales.
Para la vieja Europa, la visita de Sheibaum es una enorme bocanada de aire fresco.

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