4/12/2026

Una nota sobre la película Núremberg: el juicio del siglo

 Héctor Alejandro Quintanar

Una nota sobre la película Núremberg: el juicio del siglo

"El juicio de Núremberg obedece no sólo a la necesidad de justicia transicional, también a los pactos vistos en las conferencias de Yalta y Teherán".

El cine de Hollywood debe siempre interpretarse con pinzas, por la simple razón de que ante todo es una plataforma de entretenimiento que, como tal, pondera ciertos lenguajes, contenidos y recursos para convertir los sueños en una realidad visual. Dicho esto, se aclara que quien esto redacta y relata con su voz, no es especialista en cine ni aspira a serlo, sino sólo un aficionado que, sin embargo, puede extraer conclusiones de películas para la coyuntura política.

En ese sentido, está en cartelera el filme Núremberg, el juicio del siglo, dirigida por James Vanderbilt, y protagonizada por Russel Crowe en el papel de Hermann Göring y Rami Malek como el psiquiatra Douglas Kelly. Un primer comentario de arranque debe señalar que el largo proceso de la Segunda Guerra Mundial ha sido, es, y al parecer seguirá siendo en el futuro, una fuente inagotable de historias y ángulos que puede garantizar un público amplio en el cine, la literatura, el cómic, el documental y la investigación histórica.

En ese tenor, hay sin embargo un riesgo: aunque ese hecho histórico dé para posibilidades creativas infinitas, ante un tema tan construido por tantos frentes, siempre se debe tratar de dar una novedad, un punto omitido, un discurso novedoso que atrape a la audiencia y la haga sentir que valió la pena haber entrado una vez más a una sala de cine que tratará de otra película sobre el proceso central de la primera mitad del siglo XX.

La película tiene en ese respecto sus ventajas. La historia es conocida: relata el proceso de los Juicios de Núremberg, primer caso en la historia de un intento de justicia transicional operado por un pionero intento de legalidad internacional encabezada por las potencias ganadoras en la Guerra.

El aspecto que se resalta de ello es uno curioso. Se toca la serie de crímenes que cometió la élite nazi, y, tangencialmente, las motivaciones de la necesidad de un juicio a los jerarcas del nazismo que sí se logró atrapar, donde destaca desde luego el Ministro del Aire de Hitler, Göring, quien en algún momento pudo suceder al líder como mandatario supremo en Alemania.

En la historia real, el juicio de Núremberg obedece no sólo a la necesidad de una justicia transicional, sino también a los pactos y ambientes vistos en las conferencias de Yalta y Teherán desde 1943, cuando las potencias de Occidente, encabezadas por Roosevelt y Churchill, apostaban a una alianza a largo plazo con la Unión Soviética, que durara después de la Guerra, y sirviera para que el Ejército rojo fuera parte de la seguridad europea en la posguerra, donde las potencias occidentales estarían debilitadas tanto por la conflagración como por los intereses coloniales que países como Inglaterra o Francia aún deberían cuidar.

El espíritu de Yalta y Teherán no se cumplió, y, como es bien sabido, de la Segunda Guerra Mundial no prosiguió una alianza duradera entre los soviéticos y el así llamado occidente, sino más bien la Guerra Fría, que no inauguraba, sino que reactivaba, el ambiente febril de paranoia y juego de suma cero que primó desde el triunfo de la Revolución Bolchevique en el Mundo en 1917. Pese a eso, los juicios a los criminales de guerra nazis eran parte de ese intento de los Aliados de construir una paz que intuían precaria.

En la película, este juicio es sin embargo visto no desde esa perspectiva sino una que puede ser más interesante: la decisión de los Aliados de que en el proceso los prisioneros nazis estuvieran bajo observación psiquiátrica, para evitar que se suicidaran y evadieran su responsabilidad, labor que encabeza el psiquiatra estadunidense Douglas Kelly, quien toma como paciente a Göring, con una iniciativa personal oculta: la de obtener información de primera mano que le permita escribir posteriormente un libro que sea un éxito comercial.

La labor de Kelly se ve influida por el hecho de estar en contacto con Göring no como un despiadado ministro de un régimen dictatorial y asesino, sino como un hombre que tiene además otras facetas, como la de un conversador singular y un integrante de una familia conformada por su esposa e hija, a las que Kelly, por razones profesionales y para ahondar en la personalidad de su paciente, conoce.

En los puntos álgidos de la película, Kelly tiene obstáculos brutales para cumplir sus cometidos, lo cual hacen del filme un constante episodio de suspenso donde a través de la exploración de la salud mental, se pone en perspectiva histórica el crimen de lesa humanidad que significa el nazismo.

No se relatará aquí el final de la película, pero sí dos lecciones importantes en sí mismas y de utilidad para los tiempos que corren. La primera de ellas es que en tiempos donde se perpetra un genocidio en Gaza y donde en una potencia mundial gobierna un postfacista como Trump, el tema del nazismo sobresale como un proceso de estudio inacabado, cuyos conceptos no deben banalizarse, pero los personajes que se le asemejan en el siglo XXI no deben minimizarse.

Y, asimismo, debe resaltarse un punto, a riesgo de adelantar la enseñanza central de la película, y es que una de las conclusiones de Douglas Kelly es que los jerarcas nazis no eran monstruos exclusivamente alemanes e irrepetibles, sino más bien personas cuyos rasgos peligrosos pueden emerger en cualquier lado.

No ahondo en esta tesis para invitar al público a ver la película y así no darle un final precoz con una reflexión conclusiva. Pero sí vale señalar que, proponiéndoselo o no, la película da en el clavo: el nazismo es en efecto un fenómeno irrepetible, pero la personalidad que puede derivar en proyectos destructivos es algo inherente a los seres humanos de todas las sociedades, y, por lo tanto, el peligro está latente.

Dicho de otro modo, no hay aún una vacuna contra el nazismo ni contra los regímenes que apelan a un supremacismo violento que ponga en vilo al planeta. Con todas las proporciones guardadas, y en aras del rigor histórico, no podemos asegurar que entes como el genocida que gobierna Israel y el energúmeno prepotente que zangolotea el barco estadunidense son como Hitler o como Göring. Pero sí se le parecen en una cosa: ambos personajes, al igual que en su momento el führer alemán, no son la enfermedad sino el síntoma de un problema más grande: las sociedades que los construyen y los permiten.

Trump pausó el nearshoring en México, pero no lo mató

Mario Campa

Trump pausó el nearshoring en México, pero no lo mató

"En el largo plazo, el relato del nearshoring podría retornar, pero es incierto si regresará en carne viva en forma de un espectro ambulante".

La manufactura tuvo un año de claroscuros. Una nota reciente de Moody’s, segunda calificadora de riesgo crediticio más grande del mundo, envió una señal de confianza: “A pesar de los aranceles, México terminó con un superávit comercial ascendente, contrario a las expectativas”, escribió Alfredo Coutino. Antes, a finales de diciembre, el Wall Street Journal publicó una pieza titulada “El ganador inesperado de los crecientes aranceles estadounidenses es México” que destacó la dinámica sorpresiva de las exportaciones. A pesar de este par de muestras de optimismo flotante en aguas analíticas someras, un nado profundo en las capas más hondas de la manufactura y el relato del nearshoring, ambos aún acechados por Trump, invita a la cautela.

A pesar de enfrentar aranceles efectivos más altos, que oscilan entre el 3.8 por ciento y el 4.7 por ciento contra el 1.8 por ciento a 3.7 por ciento de Canadá, México amplió su participación de mercado en las importaciones estadounidenses. Las cifras de comercio internacional muestran que las compras provenientes de México aumentaron un 5.8 por ciento en 2025 frente al 2024, superando los 534 mil millones de dólares, mientras que las importaciones desde Canadá disminuyeron un siete por ciento, hasta 383 mil millones de dólares, por una mayor dependencia en las ventas de aluminio y petróleo. Hasta aquí, buenas noticias.

Las fábricas de México respondieron a los aranceles con tácticas subrepticias para mantener volúmenes de venta en Estados Unidos. Cifras del Departamento de Comercio muestran que la proporción del valor de los bienes que cruzó la frontera con trato preferencial del T-MEC subió de 44.8 por ciento en enero de 2025 a 88.7 por ciento en noviembre. Para contrarrestar las tarifas, los exportadores cumplieron las exigencias de contenido regional, y además adelantaron ventas. Asimismo, trasladaron a proveedores una fracción de la compresión de márgenes. No obstante, la Inversión Extranjera Directa (IED) en la manufactura cayó en 2025 un 25.5 por ciento a 14 mil 800 millones de dólares desde 19 mil 900 millones de dólares en 2024, mientras que la inversión fija bruta de maquinaria y equipo descendió ocho por ciento en enero en relación al año anterior y acumula 14 meses en cifras negativas, lo cual sugiere una congelación de planes de capacidad expansiva. Por otra parte, como evidencia adicional de estrés, una lupa al empleo delata que las plantas también recortaron personal para blindar ganancias inmediatas.

Las fábricas recortaron trabajadores por la incertidumbre crónica y expectativas comerciales deterioradas. Con cifras del Inegi, la manufactura mexicana perdió en 2025 más de 237 mil empleos e hiló un segundo año de caída (ENOE 12/2025), luego de que en 2024 fueron más de 387 mil empleos perdidos (ENOE 12/2024). Con este resultado, México perdió los 568 mil empleos en la manufactura que ganó en 2023. Además, el peso de la manufactura en el empleo total descendió a 15.7 por ciento desde el 17.1 por ciento del empleo total que llegó a tener en 2023 en pleno boom del nearshoring. Detrás del bache, la figura de Trump sobresale.

La pérdida de empleo fue encabezada por caídas en la fabricación de equipo de transporte, subsector que más sufre los aranceles de Trump. Por una parte, la industria automotriz de vehículos pesados está en situación crítica y experimentó en 2025 una contracción anual de casi 35 por ciento en unidades producidas y alrededor de 29 por ciento en unidades exportadas, en gran parte atribuible al arancel focalizado de Trump. En cuanto a los vehículos ligeros, la producción anual cayó casi uno por ciento y las unidades exportadas cerca de tres por ciento. En ambos casos, los planes de expansión fueron frenados en seco.

Aunque las fábricas mexicanas respiran sin ventilador mecánico, continúan en cuidados intensivos a la espera de un traslado a piso. Trends, herramienta de Google para medir el tráfico de búsquedas, muestra que el término nearshoring en México apenas alcanza una décima de la atención que llegó a tener en su pico en 2024 y sólo una quinta parte del promedio visto desde inicios de 2023 hasta la elección presidencial en Estados Unidos. Un ejemplo del impacto disuasivo de Trump es en la industria automotriz, donde BYD y Geely, armadoras líderes en China, cancelaron planes de construir fábricas nuevas en México por fricciones geopolíticas y enfrentan obstáculos para comprar la planta de Nissan en Aguascalientes por temor a descarrilar la revisión del T-MEC. En general, aunque la manufactura amortiguó el potencial cisne negro, agrega exigua capacidad. La parálisis en la construcción de naves industriales por una mayor tasa de vacancia testimonia el momento.

Trump pausó el relato de la relocalización de inversiones, pero no lo mató por completo. México consolidó su delantera como el principal proveedor del hegemón con una participación de mercado de 15.6 por ciento frente 11.1 por ciento de Canadá y 9.1 por ciento de China. Además, el revés de la Suprema Corte a la Casa Blanca reduce la tasa arancelaria media aplicada a México. Por último, una derrota en las elecciones intermedias de noviembre debilitaría la imagen de hombre duro de Trump y activaría el conteo regresivo del último baile.

¿Qué puede hacer México entretanto? En primer lugar, aprovechar el distanciamiento entre Ottawa y Washington para obtener ventajas marginales en la revisión del T-MEC. En segundo, reforzar los incentivos para que la industria desaventajada sustituya más componentes y obtenga aranceles preferenciales. En tercero, prevenir una sobreapreciación del peso mexicano ante la debilidad del dólar para evitar un vuelco comercial súbito a costa de más empleo en la manufactura. En cuarto, aprovechar la nueva modalidad de inversión mixta para diseñar esquemas de cofinanciamiento entre la banca comercial y la de desarrollo para que el Plan México gane grados de realidad. Por último, aumentar la recaudación tributaria en sectores sanos e individuos pudientes para robustecer desde ya la capacidad de la política industrial y el gasto contracíclico sin afectar el consumo, en especial de los más pobres.

En el largo plazo, el relato del nearshoring podría retornar, pero es incierto si regresará en carne viva o acaso en la forma de un espectro ambulante. Mucho dependerá de la pericia para enfrentar las exigencias de la Casa Blanca, pero también de la habilidad para no cerrar la puerta en las narices de quienes buscan trasladar las cadenas de suministro de Asia a Norteamérica. Si cualquiera falla, Vietnam, Taiwán, India y hasta Canadá, si logra acercamiento efectivo con China, podrían ganar atractivo en relación a México. En cualquier caso, para depender menos de las exportaciones y aprovechar las lecciones de la historia, crear una masa de consumo interno más robusta restaría vulnerabilidad al veletismo de Washington. Que los trabajadores puedan comprar el fruto de su trabajo no sólo apuntala la justicia social, sino también desata un desarrollo económico a prueba de los tragos amargos de la geopolítica, que suele castigar la dependencia.

En teoría, el régimen debió cambiar antes

 Lorenzo Meyer

En teoría, el régimen debió cambiar antes

"Entre los intelectuales que identificaron las causas del final del régimen priista se vislumbró la posibilidad de que el cambio se diera 'desde dentro'".

En teoría, el México actual debió de haberse transformado en democracia de manera pacífica y efectiva desde hace un buen tiempo. Pero su clase política no se arriesgó a aceptar las propuestas, bien razonadas, que le hicieron entonces algunos teóricos y que partían del supuesto que era mejor para todos, inclusive para las élites “otorgar” la democracia a la sociedad y no esperar a que ésta fuera “arrancada” tras forcejeos, movilizaciones, represión y crisis de legitimidad.

El proceso de reexaminar y juzgar grandes eventos o tendencias políticas del pasado, coyunturas críticas de otras épocas, puede llevarnos a modificar no lo que ya pasó sino las interpretaciones de lo que pasó. Y es que resulta casi inevitable especular desde el aquí y ahora sobre desenlaces diferentes de lo que efectivamente aconteció. Tal ejercicio no es vano sino una forma de aprovechar experiencias pasadas para mejorar tanto el presente como las posibilidades del futuro.

El régimen político mexicano al que la gran movilización electoral encabezada por Andrés Manuel López en 2018 le dio la puntilla en las urnas, fue el sistema político autoritario más longevo de la América Latina en el siglo XX. A lo largo de su existencia la naturaleza de ese sistema fue examinada y juzgada por muchos, entre ellos académicos e intelectuales que advirtieron fallas graves y la necesidad de cambiarlo para evitarle a la Nación otro final de régimen catastrófico.

En el pasado algunos de los estudiosos de los procesos políticos de nuestro país detectaron y expusieron fallas y contradicciones de fondo en la Pax priista y plantearon la necesidad de proceder a modificar al régimen desde su interior y sin esperar a que sus contradicciones se agudizaran y llevaran a callejones sin más salida que el choque violento. Desde esa perspectiva era factible cambiar al régimen sin tener que volver a someter a la sociedad mexicana a nuevas etapas de tensiones o a sufrir la prolongación indefinida de las deformidades del autoritarismo y la corrupción.

El régimen que había nacido en 1910 como resultado de una movilización ciudadana de protesta contra el fraude electoral y que finalmente se transformó en revolución tuvo como lema central el “sufragio efectivo” es decir el hacer auténtico los procesos electorales. En 1913 la reacción contra un golpe militar de la derecha llevó a que las demandas de los inconformes adquirieran un contenido social radical y su movilización devino en una verdadera revolución que puso fin a un viejo orden oligárquico. El punto culminante del nuevo régimen fue la presidencia del joven general michoacano Lázaro Cárdenas (1934-1940). Pero cuando finalmente este nuevo orden con base social amplia y popular se asentó, su desdén por practicar una democracia política genuina le llevó a adquirir una naturaleza tan antidemocrática, autoritaria y corrupta como la que tuvo aquel al que sustituyó. Pese a todo, ese nuevo sistema se mantuvo vigente por poco más de un siglo y en su etapa final ya era una oligarquía tan bien estructurada y extractiva como la que existía en la etapa previa, la porfirista.

Para cuando la II Guerra Mundial concluyó era evidente que la Revolución Mexicana también había llegado a su final y que ya daba señales de estar girando hacia la derecha. Fue entonces cuando empezaron a aparecer voces de alerta por la modificación en la naturaleza del proyecto nacional. Un ejemplo de esas voces fue el diagnóstico de Daniel Cosío Villegas que publicó en 1947, cuando apenas se iniciaba el alemanismo -un período presidencial que pasaría a la historia como símbolo de la corrupción política postrevolucionaria- y que apareció en Cuadernos Americanos como La crisis de México y que le valió al autor una andanada de reseñas negativas y el quedar relativamente marginado del debate nacional.

La crisis anunciada por Cosío no parecía evidente entonces, entre otras cosas porque no era una mera coyuntura como otras que en el pasado inmediato también habían sido calificadas como crisis -rebeliones de militares descontentos o de católicos que consideraban intolerable vivir en un Estado laico, choques con la potencia hegemónica o descalabros de la economía- sino que era un problema diferente, uno de moral política. El origen de esa crisis radicaba en el manejo corrupto del poder y en la negativa de la clase gobernante de avanzar en la democratización prometidas por el movimiento revolucionario.

Para muchos de los observadores y actores de la vida pública mexicana de entonces lo realmente significativo no era la moral sino el crecimiento económico propiciado por los arreglos del fin de la II Guerra Mundial, la buena relación con la potencia hegemónica del hemisferio, la estabilidad política propia de un partido de Estado, la industrialización vía la sustitución de importaciones y la rápida urbanización de una sociedad que estaba dejando atrás su carácter rural.

En ese ambiente, para muchos de quienes leyeron el ensayo de Cosío Villegas, la crisis anunciada no era relevante porque simplemente no les convenía aceptar que la “deshonestidad administrativa” de la que hablaba Cosío ya le estaba ganado la partida a los impulsos de justicia social y democracia que habían legitimado a la Revolución Mexicana.

Cuando arribó a la presidencia Miguel Alemán (1946-1952), el ejercicio del poder con un partido de Estado, elecciones hechas desde la Secretaría de Gobernación, medios de comunicación controlados, represión justificada por el anticomunismo y una presidencia sin contrapesos efectivos -características todas del autoritarismo-, la postrevolución ya había forjado los primeros y sólidos eslabones de la que sería una cadena de presidencias fuertes, encabezadas por civiles ya sin biografía revolucionaria, ajenas a la democracia pero muy dadas a tolerar o fomentar la corrupción y muy efectivas en el arte de combinar represión con cooptación.

Fue en ese ambiente generado por una “familia revolucionaria” sin enemigo significativo al frente, con gran confianza en su modus operandi, en su proyecto de modernización económica y de enriquecimiento personal y en su capacidad de control sobre las variables del poder, que los poderosos de la época simplemente ignoraron, desdeñaron o ridiculizaron diagnósticos como el de Cosío, un intelectual forjado en el vasconcelismo original. Sólo el tiempo habría de permitir aquilatar plenamente el valor del diagnóstico temprano de lo que sería uno de los nuevos “grandes problemas nacionales”.

Una de las conclusiones a las que arribó entonces Cosío fue que ni la oposición de derecha -su diagnóstico sobre el PAN fue demoledor- ni la de la izquierda de entonces, anterior a la acentuación de la Guerra Fría, pero ya afectada por la cooptación personificada por Vicente Lombardo Toledano, podían ser alternativa viable a un PRI sin rival pero que tarde que temprano podría ver en su subordinación a Estados Unidos -convertidos ya en la mayor potencia mundial- la solución de los problemas estructurales del país. Medio siglo más tarde la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos suscrito en un entorno de emergencia económica, le daría la razón a Cosío en este punto crucial.

En las circunstancias descritas, la única salida viable a la crisis era que desde dentro del propio grupo dominante surgiera una corriente que se propusiera una “reafirmación de principios y una depuración de hombres” que permitiera recuperar la esencia del proyecto original de sufragio efectivo, equidad, justicia e identidad propia de la Revolución y de relacionarse con Estados Unidos “sin dejar de ser México”.

Dos décadas más tarde, la demanda de buscar la salvación nacional vía el cambio desde arriba y desde dentro del propio régimen -la llamada “democracia otorgada”- fue reformulada por otro académico: Pablo González Casanova.

En 1965 apareció La democracia en México. Este examen del sistema político postrevolucionario en su etapa de madurez ya no fue un ensayo sino un sólido estudio socio político sobre la naturaleza y la mecánica del poder autoritario en México. La obra apareció justo en el momento en que ese sistema postrevolucionario estaba en la cima de su evolución, pero en vísperas de experimentar el tipo de crisis vaticinada por Cosío 18 años atrás: el movimiento estudiantil de 1968. Y aunque “el sistema” se mantendría vigente por varias décadas más su legitimidad quedó tocada de manera irremediable.

Lo que el autor de La democracia en México mostró con datos e interpretaciones precisas y una cuidadosa mezcla de los enfoques teóricos marxista y estructuralistas dominantes entonces en la URSS y los Estados Unidos, fue lo que el ciudadano promedio ya intuía: que la “democracia mexicana” no era más que un caparazón de una organización de un poder en esencia autoritario y de estructura muy compleja de arreglos al margen de la legalidad y con poca legitimidad.

Y es que la sociedad mexicana había transformado mucho en su demografía y en su complejidad económica, social y cultural respecto de lo que era cuando el régimen se consolidó y los arreglos antidemocráticos vigentes eran ya un obstáculo al desarrollo del país. Sin embargo, en esa coyuntura los dirigentes del aparato de poder mexicano aún tenían la posibilidad de transformar en el marco dentro del cual transcurría el ejercicio de su poder: ir por el camino de la “democracia otorgada” de lo contrario se corría el riesgo de hacer estallar ese marco.

Finalmente, sería un entorno caracterizado por la represión del 68 (más su secuela en el 71), la “guerra sucia”, los efectos sociales del neoliberalismo adoptado como proyecto nacional y el neozapatismo, lo que alentó las inconformidades generadas por la izquierda dentro del propio partido de Estado y que desembocaría en una “rebelión interna” encabezada por el hijo del general Cárdenas, Cuauhtémoc, en 1987.

En el inicio, esos “los rebeldes desde dentro” fueron apenas un puñado de notables pero muy pronto otros se les unieron hasta crear una movilización popular y entonces se empezó a vislumbrar la posibilidad efectiva de un gran proceso de cambio político en el México, de una “democracia arrancada” por las movilizaciones opositoras que tras superar fraudes electorales y muchos otros obstáculos cristalizó en 2018 al poner en la presidencia del país a Andrés Manuel López Obrador, un carismático opositor de izquierda que había iniciado su carrera política dentro del PRI pero que lo abandonó para unirse y luego revigorizar la movilización neocardenista hasta lograr cerrar pacíficamente el largo ciclo autoritario de la post Revolución Mexicana.

Se puede concluir que entre los intelectuales que identificaron las causas que llevarían al final del régimen priista se vislumbró la posibilidad de que el cambio se diera “desde dentro” pero esta posibilidad no se concretó. Sólo hasta que políticos profesionales formados dentro del propio sistema priista pero inconformes con su deriva derechista se arriesgaron y optaron por actuar desde fuera, cuando el cambio se materializó. La “democracia otorgada” si hubiera sido posible pero nunca tuvo una oportunidad real. Las reformas desde dentro existieron, pero fueron “gatopardistas” y sólo la “democracia arrancada” tuvo éxito, aunque en ese proceso destacaron un buen número de expriistas en particular Andrés Manuel López Obrador.

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Nadie detiene el frenesí asesino de Donald Trump

 


Pedro Mellado Rodríguez

Nadie detiene el frenesí asesino de Donald Trump

"La estela de abusos y crímenes que Trump ha sembrado en el planeta en año y dos meses empezó con una feroz campaña contra migrantes".

Los estadounidenses tendrán en los comicios del martes 3 de noviembre del 2026 la oportunidad de recuperar algo de la dignidad y el decoro extraviado, al convertirse en una democracia severamente erosionada y cuestionada, si logran arrebatarle al Presidente Donald Trump el arbitrario poder que tantos abusos y crímenes ha consecuentado, al despojarlo del control mayoritario de la Cámara de Representantes, en la cual se elegirán 435 nuevos legisladores y también el control de la Cámara de Senadores, en la cual se renovarán los titulares de 35 de las 100 plazas que la integran. Con mayoría en ambas cámaras, los demócratas podrían promover juicio político para destituir a Donald Trump.

La Constitución Política de los Estados Unidos de Norteamérica establece que el Presidente del vecino país puede ser destituido mediante juicio político por traición, soborno u otros delitos graves y faltas, o en su defecto, inhabilitado por incapacidad física o mental. La Cámara de Representantes debe aprobar la realización del juicio político y el Senado convertirse en jurado de sentencia con una mayoría de dos tercios.

Además, la Constitución estadounidense señala que si se juzga al Presidente de los Estados Unidos, la sesión será presidida por el Magistrado presidente de la Corte Suprema. La sentencia en casos de juicio político no podrá exceder de la destitución del cargo, y la inhabilitación para obtener y desempeñar cualquier cargo de honor, de confianza o con retribución en el gobierno de los Estados Unidos; pero el funcionario convicto quedará, no obstante, sujeto a ser acusado, juzgado, sentenciado y castigado de acuerdo con la Ley.

La estela de abusos y crímenes que Donald Trump ha sembrado en el planeta en apenas un año y dos meses empezó con una feroz campaña racista, discriminatoria, humillante en contra de los migrantes que en forma legal o irregular radican en suelo estadounidense. Del 20 de enero de 2025, cuando inició su segundo mandato Donald Trump, al 31 de marzo de 2026, se registraron 14 muertes de mexicanos en el contexto de la feroz ofensiva del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas del gobierno de Estados Unidos.

Desde el primer día de su mandato, Donald Trump amenazó al mundo y lo tiene estresado. Ha sido una calamidad tanto para sus amigos como para sus enemigos. Y ha jugado con los impuestos de tal forma que ha desestabilizado la economía del mundo al violar todas las reglas de manera arbitraria. Ha chantajeado a todos.

Ha amenazado con invadir por la fuerza de las armas a algunos países como Groenlandia, México y Cuba. Además del secuestro del Presidente de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa Celia Flores el 3 de enero de 2026, desde septiembre del 2025 desató una feroz cacería de presuntos narcotraficantes a los que ha asesinado en ejecuciones extrajudiciales en aguas internacionales del Mar Caribe y del Océano Pacífico, y respaldó a Israel en la guerra contra Irán.

Ha promovido e impuesto el fascismo delirante en la nación imperial que se siente dueña del mundo, alardeando de un autoritarismo y un nacionalismo radical de supremacista blanco, violento, grosero, agresivo, vulgar, inspirado en una doctrina militarista del poderoso abusivo y pendenciero. Y la mayoría de los países del mundo han permanecido callados, lo mismo que la Organización de las Naciones Unidas.

Euforia criminal

Algún día tendrá que pagar por sus crímenes, pues apoyado en el poder militar del imperio, el gobierno del estadounidense Donald Trump ejecutó de manera extrajudicial y en aguas internacionales, tanto del Mar Caribe como del Oceano Pacífico, entre septiembre del 2025 y febrero del 2026, a por lo menos 145 personas desde que Washington comenzó a atacar a quienes denomina “narcoterroristas” que presuntamente trafican drogas en pequeñas embarcaciones.

La fiebre asesina de Donald Trump se expresó por primera ocasión el martes 2 de septiembre del 2025, cuando en aguas del Caribe ordenó el ataque contra una lancha tripulada por venezolanos y fueron ultimadas 11 personas, que sin prueba o evidencia alguna, el gobierno de Estados Unidos aseguró que eran miembros del cártel delictivo conocido como Tren de Aragua, una organización que la administración trumpista clasificó como terrorista en 20 de febrero febrero del 2025.

Ese día el Departamento de Estado del gobierno estadounidense anunció la designación como organizaciones terroristas al Tren de Aragua, Mara Salvatrucha (MS-13), Cártel de Sinaloa, Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Cártel del Noreste (antes los Zetas), la Nueva Familia Michoacana, Cártel de Golfo y Cárteles Unidos. El comunicado advertía que la intención de designar a estos cárteles y organizaciones transnacionales como terroristas era proteger a Estados Unidos y a los países del continente americano, así como poner fin a las campañas de violencia y terror de estos despiadados grupos, tanto en Estados Unidos como a escala internacional.

En algún momento la Corte Penal Internacional, que tiene su sede en La Haya, Países Bajos, tendrá que analizar la conducta criminal de Donald Trump y del gobierno de Estados Unidos. Tendrá que hacerlo como instancia responsable de castigar los crímenes más graves que afectan a la comunidad internacional: el genocidio, los crímenes de guerra, los crímenes de lesa humanidad y el crimen de agresión. Estos delitos se definen en el Estatuto de Roma, que regula las funciones, facultades y obligaciones de la Corte Penal Internacional, emitido por las Naciones Unidas el 17 de julio de 1998, para entrar finalmente en vigor el primero de julio de 2002.

Por haber ocurrido estos asesinatos, presumiblemente en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de alguna nación en particular, en esta “guerra” que inició el gobierno de Estados Unidos, aplicaría la disposición del Artículo 8 del Protocolo de Roma, que define los crímenes de guerra como el homicidio intencional, así como las condenas dictadas y las ejecuciones sin previo juicio ante un tribunal regularmente constituido, con todas las garantías judiciales generalmente reconocidas como indispensables.

Mientras que el Artículo 25 del mismo Protocolo de Roma señala que tendrá Responsabilidad Penal Individual, de conformidad con el este Estatuto, la persona que cometa el crimen por sí solo, con otro o por conducto de otro, o en su caso, proponga o induzca la comisión de ese crimen, ya sea consumado o en grado de tentativa.

Donald Trump podría seguir el mismo camino que su entrañable amigo el Primer Ministro israelí Benjamín Netanyahu. Habría que recordar que el 21 de noviembre del 2024 la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto en su contra, por ser presuntamente responsable de crímenes de guerra, al hacer padecer hambre como método de guerra y de dirigir intencionalmente un ataque contra la población civil palestina en la Franja de Gaza.

A Benjamín Netanyahu se le acusa de crímenes de lesa humanidad, de asesinato, persecución y otros actos inhumanos desde al menos el 8 de octubre de 2023 hasta el 20 de mayo de 2024, según publicación de la Corte Penal Internacional en su página oficial de Internet. Acusaciones de las que no estaría exento el Presidente estadounidense Donald Trump.

Contra Irán

El pasado domingo 5 de abril del 2026, en su red social Truth, el asesino de la Casa Blanca publicó: “El martes será el Día de la Central Eléctrica y el Día del Puente, todo en uno, en Irán. ¡No habrá nada igual! ¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno! ¡Ya verán! Alabado sea Alá. Presidente DONALD J. TRUMP”.

Dos días después, el martes 7 de abril del 2026, Donald Trump reiteró las más agrias expresiones de sus salvajes rencores y desmesuras: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente ocurrirá. Sin embargo, ahora que tenemos un Cambio de Régimen Completo y Total, donde prevalecen mentes diferentes, más inteligentes y menos radicalizadas, quizá algo revolucionariamente maravilloso pueda suceder. ¿QUIÉN SABE? Lo descubriremos esta noche, uno de los momentos más importantes en la larga y compleja historia del mundo. 47 años de extorsión, corrupción y muerte finalmente terminarán. ¡Dios bendiga al gran pueblo de Irán!”.

La noche del martes 7 de abril del 2026 se informó que Irán y Estados Unidos habían llegado a un acuerdo de alto al fuego, que se mantendría durante dos semanas, condicionado a que la nación persa abriera al tránsito marítimo el Estrecho de Ormuz. Los ataques aislados en el Golfo continuaron la madrugada del miércoles, horas después de que se alcanzara el acuerdo. Israel dejó claro que continuaría su campaña militar contra Hezbolá en el Líbano. Y la tregua no duró ni siquiera 24 horas.

Con el pretexto de eliminar el programa nuclear y militar de Irán, Estados Unidos e Israel iniciaron la guerra contra la nación persa el sábado 28 de febrero del 2026. La administración de Donald Trump justificó las acciones en el supuesto de evitar que Irán obtenga un arma nuclear, eliminando misiles balísticos y atacando su infraestructura militar.

¿Y el Consejo de Seguridad?

Firmada el 26 de junio de 1945 en San Francisco, California, Estados Unidos, la Carta de las Naciones Unidas define las funciones del Consejo de Seguridad, instancia que debería haberse involucrado para evitar el conflicto armado y sancionar los abusos de guerra cometidos por Estados Unidos e Israel.

En su Artículo 23, la Carta de las Naciones Unidas establece que el Consejo de Seguridad se compondrá de 15 miembros. La República de China, Francia, la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (actualmente Rusia), el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y los Estados Unidos de América, serán miembros permanentes del Consejo de Seguridad. La Asamblea General elegirá otros 10 Miembros de las Naciones Unidas que serán miembros no permanentes del Consejo de Seguridad y formarán parte del organismo durante dos años.

El Consejo de Seguridad debe intervenir para procurar que los países involucrados en una controversia que puedan poner en peligro el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales busquen soluciones mediante la negociación, la investigación, la mediación, la conciliación, el arbitraje, el arreglo judicial, el recurso a organismos o acuerdos regionales u otros medios pacíficos de su elección.

Pero también, como establece el Artículo 41 de la Carta de las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad podrá decidir qué medidas que no impliquen el uso de la fuerza armada han de emplearse para hacer efectivas sus decisiones, y podrá convocar a los Miembros de las Naciones Unidas a que apliquen dichas medidas, que podrán comprender la interrupción total o parcial de las relaciones económicas y de las comunicaciones ferroviarias, marítimas, aéreas, postales, telegráficas, radioeléctricas, y otros medios de comunicación, así como la ruptura de relaciones diplomáticas.

En el supuesto de que estas medidas disuasivas no fueran suficientes, podrá ejercer, por medio de fuerzas aéreas, navales o terrestres, la acción que sea necesaria para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales. Tal acción podrá comprender demostraciones, bloqueos y otras operaciones ejecutadas por fuerzas aéreas, navales o terrestres de Miembros de las Naciones Unidas.

La Carta de las Naciones en su Artículo 51 aclara que ninguna disposición irá en menoscabo del derecho de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales. Las medidas tomadas por los Miembros en ejercicio del derecho de legítima defensa serán comunicadas inmediatamente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Nada de esto ha sucedido en el caso de la guerra declarada unilateralmente por Estados Unidos e Israel en contra de Irán. Por el contrario, irónicamente, el miércoles 11 de marzo del 2026 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó una resolución que condena "en los términos más enérgicos" los ataques con misiles y drones lanzados por Irán contra Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. El texto, impulsado por los países del Golfo, obtuvo 13 votos a favor y las abstenciones de Rusia y China, publicó ese organismo de las Naciones Unidas en su página oficial.

La resolución exige el cese inmediato de todas las agresiones iraníes y demanda a Teherán que "cese inmediata e incondicionalmente cualquier provocación o amenaza contra los Estados vecinos”, incluido el uso de intermediarios. También deplora los ataques a civiles mediante el bombardeo de zonas residenciales, aeropuertos, instalaciones energéticas e infraestructuras críticas, así como los ataques contra buques mercantes en el estrecho de Ormuz. Pero nada dice la ONU sobre las agresiones de Estados Unidos e Israel a Irán y a Líbano. Así está el mundo que Donald Trump encamina, insensatamente, hacia una conflagración mundial que podría incluso terminar con la raza humana.

El sionismo cristiano imbricado en la guerra contra Irán

Bernardo Barranco V.

En la guerra del Golfo de Medio Oriente, se enfrentan las versiones más radicalizadas del Islam, el sionismo judío y el sionismo cristiano. Las religiones abrahámicas se enfrentan en sus versiones más fundamentalistas. Pondremos el acento en el sionismo cristiano que está en pleno ascenso desde los años ochenta del siglo pasado, principalmente en Estados Unidos. ¿Cuáles son sus principales características? ¿Qué tanta influencia tiene el sionismo cristiano en la guerra que emprendió Estados Unidos? El sionismo cristiano estadunidense puede caracterizarse como un movimiento teopolítico derivado de los evangélicos conservadores estadunidenses. Compuesto por pentecostales blancos y protestantes fundamentalistas, han conformado gran parte de la base electoral de Donald Trump. Sostienen que, al final de los tiempos, Cristo gobernará el mundo durante mil años antes del juicio final. Este poderoso movimiento evangélico, compuesto principalmente por estadunidenses que conforman una importante base de MAGA, creen que la creación del Estado moderno de Israel, es no sólo es una iniciativa geopolítica, sino el cumplimiento de una profecía bíblica. Para ellos, el pueblo judío es un pueblo elegido y rechazan cualquier existencia de un Estado palestino.

El sionismo cristiano es un tema prácticamente desconocido para el público general. Para la academia resulta ser un objeto de estudio bastante contradictorio. Podría suponerse que aborda la relación entre el cristianismo y el judaísmo, pero en este ámbito, lamentablemente, se suele pensar más en las persecuciones de siglos pasados, el antisemitismo y los horrores del Holocausto. La idea de un cristianismo militante prosemita es, por lo tanto, cuando menos, sorprendente a primera vista.

Es importante aclarar que entendemos el término “sionismo”, como el nacionalismo judío surgido en Inglaterra en el siglo XIX. Originalmente fue un concepto secular que reivindicaba la creación del Estado de Israel. Con el tiempo, sectores religiosos conservadores judíos lo redireccionaron hacia fines expansionistas. Por ello, entendemos “sionismo cristiano” no sólo como una reivindicación nacional cristiana sobre el territorio de Israel, sino como el movimiento de cristianos que apoyan este nacionalismo ultraconservador judío. Es decir, por una lectura fundamentalista o literalista de la biblia que establece al pueblo hebreo como el pueblo elegido por Dios.

¿Qué incidencia tiene en la política de la Casa Blanca? Impresionó el 6 de marzo la imagen de Donald Trump en el despacho oval rodeado de pastores evangélicos que lo perciben como el elegido o el mesías salvador. Le perdonan todo porque le perciben como el catalizador apocalíptico del fin de los tiempos y del advenimiento de una nueva era. El embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, ha recibido duras críticas de países árabes tras sugerir que Israel tiene un derecho bíblico sobre gran parte de Oriente Medio. En ese sentido, el comentarista estadunidense de derecha, Tucker Carlson, declaró que Israel tiene un derecho divino sobre un territorio que se extiende desde el río Éufrates hasta el Nilo, lo que abarcaría a Líbano, Siria, Jordania y partes de Arabia Saudita. Pete Hegseth, secretario de Defensa de Estados Unidos, enfrentó duras críticas por incorporar preceptos religiosos cristianos en su discurso militar, que incorporaba referencias a las Cruzadas y oraciones por una “violencia abrumadora”. Cuestionado por introducir en cursos conceptos de “Guerra Santa”, estas declaraciones, que mezclan fe y guerra, están generando controversia en la prensa secular.

Si bien es difícil de cuantificar, se estima que la base conservadora de evangélicos en Estados Unidos está entre 100-130 millones de una población de 293 millones, es decir, cerca de 40%, de los cuales podría calcularse alrededor de 15 millones de evangélicos sionistas. Los cristianos sionistas no se limitan a apoyar al Estado de Israel, tanto políticamente como financieramente. Presionan por el“Gran Israel”, el objetivo declarado de la coalición gobernante en torno a Benjamin Netanyahu, al que se unen nacionalistas anexionistas, fundamentalistas religiosos y supremacistas que planean expulsar a sus conciudadanos árabes del país, relegando prácticamente al olvido a los movimientos judíos seculares, anticoloniales y liberales.

Son grupos de ultraderecha religiosa que sueñan con el cumplimiento escatológico. Funcionan como grupos de presión incluso más comprometidos que la mayoría de los grupos de interés judíos. Brindan un amplio apoyo político, financiero y práctico al Estado moderno de Israel. Creen, de manera literal, las expresiones contenidas del Antiguo Testamento que exalta al pueblo elegido y consideran que la expansión de los judíos de Israel en la región como necesaria para la guerra apocalíptica final que conducirá al Armagedón, la batalla final entre el bien y el mal, y al regreso de Jesús. Pero el sionismo cristiano no se queda ahí, algunas interpretaciones implican la conversión de los judíos o su destrucción en el juicio final. Hay una narrativa apocalíptica de la supremacía de la fe cristiana sobre la judía que ejerce una influencia decisiva en los procesos de paz. En conclusión, el sionismo cristiano nos remite a un movimiento religioso cuya misión es apoyar el nacionalismo sionista político judío, centradas en el cumplimiento de profecías bíblicas. Hay coincidencias teocráticas; sin embargo, las motivaciones teológicas del sionismo cristiano difieren notablemente de las del sionismo judío. La interpretación bíblica del sionismo cristiano consiste en una lectura literal de las profecías sagradas aplicadas a los acontecimientos contemporáneos relacionados con Israel; esta interpretación se nutre de peligrosas esperanzas milenaristas.

Memorias del subdesarrollo y Amelia, en la Cineteca

Rafael Aviña

Edmundo Desnoes, nacido en La Habana en 1930, escribió en 1965 su gran novela Memorias del subdesarrollo, una crítica a la burguesía cubana y su difícil adaptación al nuevo cambio social que representaba la revolución castrista. La sutil ironía de Desnoes se vio coronada con la adaptación cinematográfica realizada por el legendario Titón –el cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996)–, que en 1968 dirigiera una intrigante versión fílmica tan devastadora como el proceso de cambio social impuesto.

No obstante, Gutiérrez Alea, futuro realizador de Fresa y chocolate (1993), fue más allá, proponiendo un complejo entramado político, social, cultural y filosófico no exento de humor, ironía y también de una amarga realidad, en el que, de manera abiertamente ambigua, tanto el actuar de la “burguesía”, de aquellos que abandonaron la isla, o del propio régimen revolucionario, son observados con una frialdad que sorprende, y resultan por ello blanco de inconsistencias y defectos que hoy día continúan vigentes, como suele suceder con todas las “transformaciones” sociales de los siglos XX y XXI.

Más irónico aún, el propio Desnoes terminó autoexiliándose en Nueva York, donde fallecería hacia 2023, y él mismo aparece en una de las secuencias más mordaces de Memorias del subdesarrollo, que la Cineteca Nacional incluyó en una copia remasterizada dentro de la programación de la 79 Muestra Internacional de Cine. En ella, Desnoes forma parte de un panel de discusión entre intelectuales, y al verlo, el protagonista Sergio Carmona (Sergio Carrieriexcepcional), reflexiona para sí mismo: “…Debes sentirte muy importante porque aquí no existe competencia, fuera de Cuba no serías nadie, aquí en cambio ya estás situado”.

Ambientada entre la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, y la crisis de los misiles, en octubre de 1962, Memorias del subdesarrollo muestra el punto de vista de Sergio, intelectual burgués que se siente de izquierda y que optó por quedarse, a diferencia de sus padres o su ex mujer, para entender lo que se gesta en su patria a la que todo el tiempo mira con asombro y/o desdén, subdesarrollada e inconsistente.

Sergio es un privilegiado que ironiza acerca de su posición social, sobre las personas (“Ahora todo es el pueblo”) y en particular, el filme –no exento de brutales imágenes de archivo sobre la represión en tiempos de Fulgencio Batista– observa su visión machista y misógina (“Son frutas que se descomponen a una velocidad asombrosa”) al tiempo que recuerda a su ex mujer, a una joven alemana amor de juventud y se relaciona con dos chicas cubanas de posiciones precarias: una empleada doméstica (la bella Eslinda Núñez) y una chica de 16 años (Daisy Granados), a la que seduce y por la que después enfrentará un juicio. Obra maestra imperdible.

Asimismo, en la Cineteca, este martes 7 se proyecta la muy desconocida Amelia (1965), mención especial en el mítico primer Concurso de Cine Experimental y opera prima del malogrado cineasta Juan Guerrero Sánchez (1936-1970), inspirada en el intrigante relato homónimo de Juan García Ponce, adaptado por él, junto con Guerrero y Juan Vicente Melo. El tema, en apariencia trillado, es una relación amorosa que escala al sexo y después al matrimonio, el hastío y el abandono físico y emocional, resultado de una complejidad fuera de serie. La hipnótica y melancólica música de jazz a cargo de Manuel Enríquez –que obtuvo en ese certamen el premio correspondiente– impone una inquietante atmósfera sonora tendiente al claroscuro y se adecua de manera perfecta a aquella urbe enrarecida y nocturna donde se mueven los personajes.

La avenida Insurgentes Sur, la Colonia del Valle, el Centro Histórico, el Acapulco de aquellos años 60 y sus ambientes de esparcimiento y cultura en un emotivo acercamiento a uno de los tópicos esenciales de García Ponce: la imposibilidad amorosa de una pareja, protagonizada por la actriz y periodista Lourdes Guerrero, esposa del propio cineasta, y Luis Lomelí y los amigos de éste, Claudio Obregón y Alberto Dallal, cuyas caminatas nocturnas muestran el vacío emocional y el existencialismo del momento que Lomelí añora y lo lleva a la fractura sentimental con trágicas consecuencias. De una sensibilidad y sinceridad pocas veces alcanzada por nuestro cine.

Memorias del subdesarrollo se proyecta en la Cineteca Xoco, Las Artes, Chapultepec, Cinematógrafo del Chopo y Centro Cultural Universitario. Amelia se exhibe este martes 7 a las 18 horas en la sala 4; entrada gratuita, boletos en la taquilla uno.

El histórico y estratégico paso de Ormuz

Antonio Gershenson

Siglos han pasado y el sitio conocido como el estrecho de Ormuz sigue siendo un área geográfica importantísima para el comercio internacional. Es un paso marítimo reducido que cuenta sólo con 39 kilómetros de ancho. Es decir, una distancia aproximada que va del Zócalo de la Ciudad de México al pie del Ajusco. Un tramo marítimo fácil, relativamente, para el control del paso de embarcaciones comerciales.

El cobro por el derecho de paso es un gran negocio. Tanques petroleros, contenedores con productos diversos; semillas, y alimentos en general; automóviles, materias primas diversas, gas licuado y otros productos químicos derivados de hidrocarburos. Casi todo tipo de mercancías, como hace miles de años.

Primero con el reinado de Ormuz y un tiempo administrado por los colonizadores portugueses, continúa, desde antes de nuestra era hasta nuestros días, como un paso seguro sin complicaciones técnicas para las embarcaciones; de ahí su importancia. Siglos de experiencia de los gobiernos iraníes mantienen activo el negocio del cobro por el paso hacia el Golfo Pérsico y el mar Arábigo. Los países petroleros más importantes como Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irán, Irak y Kuwait, dependen de este paso natural. Otros países considerados grandes exportadores que utilizan el estrecho son China, India y Japón. Es por lo anterior que a Estados Unidos le encantaría apoderarse de este gran y estratégico negocio que es el cobro por utilizar esta desembocadura.

A partir del auge de la extracción petrolera posterior a la Segunda Guerra Mundial y del temerario incremento del comercio del petróleo a escalas inimaginables, el ya histórico estrecho de Ormuz ha sido controlado por Irán. Sin embargo, hace unos días, el gobierno de Omán se integra a Irán para garantizar el control de la salida y entrada de las embarcaciones. El estrecho ha sido siempre un punto ambicionado por otras naciones, pero, su importancia estratégica se ha magnificado debido al conflicto bélico iniciado por Estados Unidos.

Definitivamente, ese negocio no cambiará de dueño en muchos años. Con la participación del gobierno de Omán y otros que se unan a Irán, podríamos decir que se garantiza la posibilidad de seguir contando con esta vía marítima comercial fundamental. Del flujo de embarcaciones depende el alza del crudo y, por supuesto, de todo lo demás. Del transporte continuo de petróleo depende el bienestar, o la crisis en las economías de infinidad de países que dependen de esta fuente de energía no renovable. Y, por supuesto, hablamos también del equilibrio geopolítico, no sólo del área, sino del mundo.

Recordemos que, debido a las amenazas y acciones bélicas constantes contra Irán, el Parlamento de este país aprobó una ley que prohíbe el paso de buques de aquellos países socios de Estados Unidos e Israel. Por su parte, y como si fuera una decisión propia del gobierno republicano, Trump ha declarado que el estrecho sigue abierto, pero que si Irán insiste con sus agresiones, entonces el paso por Ormuz corre peligro de cerrarse. Nuestra pregunta al presidente abyecto es ¿y quién lo va a cerrar?

Por su parte (según un artículo publicado en La Jornada 3/4/26), Yvette Cooper, canciller británica, y otros 40 países, exigen a Irán, como si éste fuera el responsable, no secuestrar la economía mundial al cerrar y restringir selectivamente el estrecho de Ormuz, ya que está afectando, desde hace 30 días, a millones en el mundo por la entrega tardía de combustible. Pero la canciller y demás gobiernos no toman en cuenta las inmensas dificultades que está pasando el pueblo cubano, desde hace seis décadas, por el criminal bloqueo comercial ilegal y de energéticos. Sería humanitario que el gobierno británico solicite a Estados Unidos detener las agresiones en contra de Cuba.

Mientras esto sucede en Medio Oriente, la palabrería del presidente, presuntamente inocente, deja ver su deslinde paulatino a la guerra inventada por su gabinete belicista y pendenciero contra Irán. En estos últimos días se entretiene amenazando de invasión al pueblo hermano de Cuba. Su objetivo es cambiar el régimen político y “liberar al pueblo de la dictadura”. Dicho pasatiempo le puede costar el fin definitivo del bloqueo comercial contra el gobierno revolucionario socialista. Congresistas demócratas de la Cámara de Representantes están solicitando a Trump, a través de una carta, terminar con las sanciones económicas contra Cuba. Piden también, la modificación del enfoque político hacia el pueblo y gobierno de la isla. Ojalá así sea.

(Colaboró Ruxi Mendieta)

Para Ximena Guzmán Cuevas y José Muñoz Vega, la justicia llegará

Trump, derrotado

Pedro Miguel

Desde noviembre de 2024, es decir, desde antes del regreso de Trump a la Casa Blanca, la publicación Responsible Statecraft advertía que “la capacidad misilística de Estados Unidos se está agotando rápidamente” y que eran, ya para entonces, “insuficientes para abastecer a Ucrania con los interceptores necesarios para mantener sus sistemas de defensa antimisiles (https://is.gd/KzcEAX).

La situación empeoró significativamente a raíz de las respuestas iraníes de abril, junio y octubre del año pasado a previas agresiones de Tel Aviv y de Washington; el Pentágono no sólo tuvo que fortalecer las defensas de sus bases militares en la región del Pérsico, sino que también requirió ayudar a Israel a reponer sus dotaciones de la munición antibalística que gastó en interceptar centenares de drones y de misiles balísticos y crucero.

Es importante recordar que tanto los drones kamikaze como los misiles crucero, subsónicos y de vuelo bajo, pueden ser interceptados mediante una diversidad de medios, que va desde las ametralladoras y cañones antiaéreos convencionales hasta los misiles tierra-aire portátiles (Manpads), los aviones caza y también, desde luego, por las baterías del famoso Domo de Hierro israelí, concebido para contrarrestar los cohetes artesanales que han sido lanzados desde Gaza.

En cambio, la intercepción desde tierra de misiles balísticos, como los que ha desarrollado Irán en grandes cantidades, requiere de misiles estadunidenses Patriot 3 y Thaad y los israelíes Stunner del sistema Honda de David. El otro medio disponible para este propósito es el de los sistemas Aegis instalados en barcos de guerra de Estados Unidos.

En sus respuestas del año pasado a los atentados y bombardeos de Netanyahu y Trump, la república islámica fue perfeccionando una estrategia que aplicaría a fondo en 2026: carente de una fuerza aérea y de una armada significativas, Irán ideó un modelo de guerra asimétrica concebido para someter a sus adversarios mediante la derrota aritmética y económica de sus defensas antibalísticas: misiles que tienen un costo de entre 700 mil y 12 millones de dólares, y una fabricación limitada, han sido lanzados en pares para destruir en el aire drones iraníes Shahed y similares que pueden ser producidos en masa por 20 mil o 30 mil dólares (https://is.gd/w8TcJw).

A sabiendas de que la gran mayoría de sus drones y misiles de crucero serán derribados mediante diversos sistemas, los militares iraníes confían en sus misiles balísticos para lograr una ventaja sobre sus agresores.

Según el conteo del think tank británico Royal United Services Institute, las existencias israelíes de misiles antiaéreos Arrow 2 y Arrow 3 se acabaron el 27 de marzo; las de Stunner y Tamir, el 6 de abril; en cuanto a las de Thaad, llegarían a su término entre el 11 y el 17 de abril, y no habrá Patriot 3 el 26 de este mes si la confrontación mantenía su ritmo, lo que dejaría a Israel-Estados Unidos a merced de los misiles balísticos de Teherán. Si a eso se le suma la desastrosa jornada del 2 de abril, en la que Washington perdió más de media docena de aeronaves en suelo iraní, más los impactos económicos generados por el cierre del estrecho de Ormuz, la creciente oposición estadunidense a la guerra y el descontento de las petromonarquías por ser lanzadas como carne de cañón frente a Irán, es fácil entender por qué Trump se rindió –aunque disfrazara la derrota de comienzo de negociaciones de paz– el martes pasado.

Quienes condujeron a semejante fracaso a la superpotencia fueron, en primer lugar, Benjamin Netanyahu, quien según un chisme de The New York Times engatusó a Trump haciéndole creer que bastaba con decapitar al gobierno de la república islámica para que la institucionalidad iraní se desmoronara (https://is.gd/RyrlA4) y, por el otro, su secretario de “guerra”, Pete Hegseth, quien había llevado a cabo una purga de mandos profesionales en el Pentágono (https://is.gd/4DGHcY) para remplazarlos por incondicionales dispuestos a decir “sí” a cualquier tontera que se pasara por la mente del millonario presidente, los cuales fueron incapaces de realizar una evaluación estratégica correcta de las fuerzas en el golfo Pérsico.

De acuerdo con diversas fuentes, el círculo cercano a Trump usó durante el conflicto información privilegiada para especular con los vaivenes de los precios petroleros y los zigzagueos declarativos de su figura central.

Es posible que el autoproclamado dictador estadunidense (https://is.gd/ub6Qnr) haya aprovechado la catástrofe a la que llevó a su país para acrecentar su fortuna personal y familiar; igualmente significativo es que la ignorancia y la bastedad mental de él y de su equipo les impidieron ver que, más allá de los aspectos meramente militares, estaban a punto de romperse los dientes ante un país cohesionado y unificado en lo fundamental, que infravaloraran la cohesión institucional de Irán y que sobrevaloraran los movimientos de disidencia y protesta en esa nación.

Ahora Trump podrá gesticular y amenazar todo lo que quiera, pero está derrotado.

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