En teoría, el régimen debió cambiar antes
"Entre los intelectuales que identificaron las causas del final del régimen priista se vislumbró la posibilidad de que el cambio se diera 'desde dentro'".
En teoría, el México actual debió de haberse transformado en democracia de manera pacífica y efectiva desde hace un buen tiempo. Pero su clase política no se arriesgó a aceptar las propuestas, bien razonadas, que le hicieron entonces algunos teóricos y que partían del supuesto que era mejor para todos, inclusive para las élites “otorgar” la democracia a la sociedad y no esperar a que ésta fuera “arrancada” tras forcejeos, movilizaciones, represión y crisis de legitimidad.
El proceso de reexaminar y juzgar grandes eventos o tendencias políticas del pasado, coyunturas críticas de otras épocas, puede llevarnos a modificar no lo que ya pasó sino las interpretaciones de lo que pasó. Y es que resulta casi inevitable especular desde el aquí y ahora sobre desenlaces diferentes de lo que efectivamente aconteció. Tal ejercicio no es vano sino una forma de aprovechar experiencias pasadas para mejorar tanto el presente como las posibilidades del futuro.
El régimen político mexicano al que la gran movilización electoral encabezada por Andrés Manuel López en 2018 le dio la puntilla en las urnas, fue el sistema político autoritario más longevo de la América Latina en el siglo XX. A lo largo de su existencia la naturaleza de ese sistema fue examinada y juzgada por muchos, entre ellos académicos e intelectuales que advirtieron fallas graves y la necesidad de cambiarlo para evitarle a la Nación otro final de régimen catastrófico.
En el pasado algunos de los estudiosos de los procesos políticos de nuestro país detectaron y expusieron fallas y contradicciones de fondo en la Pax priista y plantearon la necesidad de proceder a modificar al régimen desde su interior y sin esperar a que sus contradicciones se agudizaran y llevaran a callejones sin más salida que el choque violento. Desde esa perspectiva era factible cambiar al régimen sin tener que volver a someter a la sociedad mexicana a nuevas etapas de tensiones o a sufrir la prolongación indefinida de las deformidades del autoritarismo y la corrupción.
El régimen que había nacido en 1910 como resultado de una movilización ciudadana de protesta contra el fraude electoral y que finalmente se transformó en revolución tuvo como lema central el “sufragio efectivo” es decir el hacer auténtico los procesos electorales. En 1913 la reacción contra un golpe militar de la derecha llevó a que las demandas de los inconformes adquirieran un contenido social radical y su movilización devino en una verdadera revolución que puso fin a un viejo orden oligárquico. El punto culminante del nuevo régimen fue la presidencia del joven general michoacano Lázaro Cárdenas (1934-1940). Pero cuando finalmente este nuevo orden con base social amplia y popular se asentó, su desdén por practicar una democracia política genuina le llevó a adquirir una naturaleza tan antidemocrática, autoritaria y corrupta como la que tuvo aquel al que sustituyó. Pese a todo, ese nuevo sistema se mantuvo vigente por poco más de un siglo y en su etapa final ya era una oligarquía tan bien estructurada y extractiva como la que existía en la etapa previa, la porfirista.
Para cuando la II Guerra Mundial concluyó era evidente que la Revolución Mexicana también había llegado a su final y que ya daba señales de estar girando hacia la derecha. Fue entonces cuando empezaron a aparecer voces de alerta por la modificación en la naturaleza del proyecto nacional. Un ejemplo de esas voces fue el diagnóstico de Daniel Cosío Villegas que publicó en 1947, cuando apenas se iniciaba el alemanismo -un período presidencial que pasaría a la historia como símbolo de la corrupción política postrevolucionaria- y que apareció en Cuadernos Americanos como La crisis de México y que le valió al autor una andanada de reseñas negativas y el quedar relativamente marginado del debate nacional.
La crisis anunciada por Cosío no parecía evidente entonces, entre otras cosas porque no era una mera coyuntura como otras que en el pasado inmediato también habían sido calificadas como crisis -rebeliones de militares descontentos o de católicos que consideraban intolerable vivir en un Estado laico, choques con la potencia hegemónica o descalabros de la economía- sino que era un problema diferente, uno de moral política. El origen de esa crisis radicaba en el manejo corrupto del poder y en la negativa de la clase gobernante de avanzar en la democratización prometidas por el movimiento revolucionario.
Para muchos de los observadores y actores de la vida pública mexicana de entonces lo realmente significativo no era la moral sino el crecimiento económico propiciado por los arreglos del fin de la II Guerra Mundial, la buena relación con la potencia hegemónica del hemisferio, la estabilidad política propia de un partido de Estado, la industrialización vía la sustitución de importaciones y la rápida urbanización de una sociedad que estaba dejando atrás su carácter rural.
En ese ambiente, para muchos de quienes leyeron el ensayo de Cosío Villegas, la crisis anunciada no era relevante porque simplemente no les convenía aceptar que la “deshonestidad administrativa” de la que hablaba Cosío ya le estaba ganado la partida a los impulsos de justicia social y democracia que habían legitimado a la Revolución Mexicana.
Cuando arribó a la presidencia Miguel Alemán (1946-1952), el ejercicio del poder con un partido de Estado, elecciones hechas desde la Secretaría de Gobernación, medios de comunicación controlados, represión justificada por el anticomunismo y una presidencia sin contrapesos efectivos -características todas del autoritarismo-, la postrevolución ya había forjado los primeros y sólidos eslabones de la que sería una cadena de presidencias fuertes, encabezadas por civiles ya sin biografía revolucionaria, ajenas a la democracia pero muy dadas a tolerar o fomentar la corrupción y muy efectivas en el arte de combinar represión con cooptación.
Fue en ese ambiente generado por una “familia revolucionaria” sin enemigo significativo al frente, con gran confianza en su modus operandi, en su proyecto de modernización económica y de enriquecimiento personal y en su capacidad de control sobre las variables del poder, que los poderosos de la época simplemente ignoraron, desdeñaron o ridiculizaron diagnósticos como el de Cosío, un intelectual forjado en el vasconcelismo original. Sólo el tiempo habría de permitir aquilatar plenamente el valor del diagnóstico temprano de lo que sería uno de los nuevos “grandes problemas nacionales”.
Una de las conclusiones a las que arribó entonces Cosío fue que ni la oposición de derecha -su diagnóstico sobre el PAN fue demoledor- ni la de la izquierda de entonces, anterior a la acentuación de la Guerra Fría, pero ya afectada por la cooptación personificada por Vicente Lombardo Toledano, podían ser alternativa viable a un PRI sin rival pero que tarde que temprano podría ver en su subordinación a Estados Unidos -convertidos ya en la mayor potencia mundial- la solución de los problemas estructurales del país. Medio siglo más tarde la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos suscrito en un entorno de emergencia económica, le daría la razón a Cosío en este punto crucial.
En las circunstancias descritas, la única salida viable a la crisis era que desde dentro del propio grupo dominante surgiera una corriente que se propusiera una “reafirmación de principios y una depuración de hombres” que permitiera recuperar la esencia del proyecto original de sufragio efectivo, equidad, justicia e identidad propia de la Revolución y de relacionarse con Estados Unidos “sin dejar de ser México”.
Dos décadas más tarde, la demanda de buscar la salvación nacional vía el cambio desde arriba y desde dentro del propio régimen -la llamada “democracia otorgada”- fue reformulada por otro académico: Pablo González Casanova.
En 1965 apareció La democracia en México. Este examen del sistema político postrevolucionario en su etapa de madurez ya no fue un ensayo sino un sólido estudio socio político sobre la naturaleza y la mecánica del poder autoritario en México. La obra apareció justo en el momento en que ese sistema postrevolucionario estaba en la cima de su evolución, pero en vísperas de experimentar el tipo de crisis vaticinada por Cosío 18 años atrás: el movimiento estudiantil de 1968. Y aunque “el sistema” se mantendría vigente por varias décadas más su legitimidad quedó tocada de manera irremediable.
Lo que el autor de La democracia en México mostró con datos e interpretaciones precisas y una cuidadosa mezcla de los enfoques teóricos marxista y estructuralistas dominantes entonces en la URSS y los Estados Unidos, fue lo que el ciudadano promedio ya intuía: que la “democracia mexicana” no era más que un caparazón de una organización de un poder en esencia autoritario y de estructura muy compleja de arreglos al margen de la legalidad y con poca legitimidad.
Y es que la sociedad mexicana había transformado mucho en su demografía y en su complejidad económica, social y cultural respecto de lo que era cuando el régimen se consolidó y los arreglos antidemocráticos vigentes eran ya un obstáculo al desarrollo del país. Sin embargo, en esa coyuntura los dirigentes del aparato de poder mexicano aún tenían la posibilidad de transformar en el marco dentro del cual transcurría el ejercicio de su poder: ir por el camino de la “democracia otorgada” de lo contrario se corría el riesgo de hacer estallar ese marco.
Finalmente, sería un entorno caracterizado por la represión del 68 (más su secuela en el 71), la “guerra sucia”, los efectos sociales del neoliberalismo adoptado como proyecto nacional y el neozapatismo, lo que alentó las inconformidades generadas por la izquierda dentro del propio partido de Estado y que desembocaría en una “rebelión interna” encabezada por el hijo del general Cárdenas, Cuauhtémoc, en 1987.
En el inicio, esos “los rebeldes desde dentro” fueron apenas un puñado de notables pero muy pronto otros se les unieron hasta crear una movilización popular y entonces se empezó a vislumbrar la posibilidad efectiva de un gran proceso de cambio político en el México, de una “democracia arrancada” por las movilizaciones opositoras que tras superar fraudes electorales y muchos otros obstáculos cristalizó en 2018 al poner en la presidencia del país a Andrés Manuel López Obrador, un carismático opositor de izquierda que había iniciado su carrera política dentro del PRI pero que lo abandonó para unirse y luego revigorizar la movilización neocardenista hasta lograr cerrar pacíficamente el largo ciclo autoritario de la post Revolución Mexicana.
Se puede concluir que entre los intelectuales que identificaron las causas que llevarían al final del régimen priista se vislumbró la posibilidad de que el cambio se diera “desde dentro” pero esta posibilidad no se concretó. Sólo hasta que políticos profesionales formados dentro del propio sistema priista pero inconformes con su deriva derechista se arriesgaron y optaron por actuar desde fuera, cuando el cambio se materializó. La “democracia otorgada” si hubiera sido posible pero nunca tuvo una oportunidad real. Las reformas desde dentro existieron, pero fueron “gatopardistas” y sólo la “democracia arrancada” tuvo éxito, aunque en ese proceso destacaron un buen número de expriistas en particular Andrés Manuel López Obrador.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario