Una nota sobre la película Núremberg: el juicio del siglo
"El juicio de Núremberg obedece no sólo a la necesidad de justicia transicional, también a los pactos vistos en las conferencias de Yalta y Teherán".
El cine de Hollywood debe siempre interpretarse con pinzas, por la simple razón de que ante todo es una plataforma de entretenimiento que, como tal, pondera ciertos lenguajes, contenidos y recursos para convertir los sueños en una realidad visual. Dicho esto, se aclara que quien esto redacta y relata con su voz, no es especialista en cine ni aspira a serlo, sino sólo un aficionado que, sin embargo, puede extraer conclusiones de películas para la coyuntura política.
En ese sentido, está en cartelera el filme Núremberg, el juicio del siglo, dirigida por James Vanderbilt, y protagonizada por Russel Crowe en el papel de Hermann Göring y Rami Malek como el psiquiatra Douglas Kelly. Un primer comentario de arranque debe señalar que el largo proceso de la Segunda Guerra Mundial ha sido, es, y al parecer seguirá siendo en el futuro, una fuente inagotable de historias y ángulos que puede garantizar un público amplio en el cine, la literatura, el cómic, el documental y la investigación histórica.
En ese tenor, hay sin embargo un riesgo: aunque ese hecho histórico dé para posibilidades creativas infinitas, ante un tema tan construido por tantos frentes, siempre se debe tratar de dar una novedad, un punto omitido, un discurso novedoso que atrape a la audiencia y la haga sentir que valió la pena haber entrado una vez más a una sala de cine que tratará de otra película sobre el proceso central de la primera mitad del siglo XX.
La película tiene en ese respecto sus ventajas. La historia es conocida: relata el proceso de los Juicios de Núremberg, primer caso en la historia de un intento de justicia transicional operado por un pionero intento de legalidad internacional encabezada por las potencias ganadoras en la Guerra.
El aspecto que se resalta de ello es uno curioso. Se toca la serie de crímenes que cometió la élite nazi, y, tangencialmente, las motivaciones de la necesidad de un juicio a los jerarcas del nazismo que sí se logró atrapar, donde destaca desde luego el Ministro del Aire de Hitler, Göring, quien en algún momento pudo suceder al líder como mandatario supremo en Alemania.
En la historia real, el juicio de Núremberg obedece no sólo a la necesidad de una justicia transicional, sino también a los pactos y ambientes vistos en las conferencias de Yalta y Teherán desde 1943, cuando las potencias de Occidente, encabezadas por Roosevelt y Churchill, apostaban a una alianza a largo plazo con la Unión Soviética, que durara después de la Guerra, y sirviera para que el Ejército rojo fuera parte de la seguridad europea en la posguerra, donde las potencias occidentales estarían debilitadas tanto por la conflagración como por los intereses coloniales que países como Inglaterra o Francia aún deberían cuidar.
El espíritu de Yalta y Teherán no se cumplió, y, como es bien sabido, de la Segunda Guerra Mundial no prosiguió una alianza duradera entre los soviéticos y el así llamado occidente, sino más bien la Guerra Fría, que no inauguraba, sino que reactivaba, el ambiente febril de paranoia y juego de suma cero que primó desde el triunfo de la Revolución Bolchevique en el Mundo en 1917. Pese a eso, los juicios a los criminales de guerra nazis eran parte de ese intento de los Aliados de construir una paz que intuían precaria.
En la película, este juicio es sin embargo visto no desde esa perspectiva sino una que puede ser más interesante: la decisión de los Aliados de que en el proceso los prisioneros nazis estuvieran bajo observación psiquiátrica, para evitar que se suicidaran y evadieran su responsabilidad, labor que encabeza el psiquiatra estadunidense Douglas Kelly, quien toma como paciente a Göring, con una iniciativa personal oculta: la de obtener información de primera mano que le permita escribir posteriormente un libro que sea un éxito comercial.
La labor de Kelly se ve influida por el hecho de estar en contacto con Göring no como un despiadado ministro de un régimen dictatorial y asesino, sino como un hombre que tiene además otras facetas, como la de un conversador singular y un integrante de una familia conformada por su esposa e hija, a las que Kelly, por razones profesionales y para ahondar en la personalidad de su paciente, conoce.
En los puntos álgidos de la película, Kelly tiene obstáculos brutales para cumplir sus cometidos, lo cual hacen del filme un constante episodio de suspenso donde a través de la exploración de la salud mental, se pone en perspectiva histórica el crimen de lesa humanidad que significa el nazismo.
No se relatará aquí el final de la película, pero sí dos lecciones importantes en sí mismas y de utilidad para los tiempos que corren. La primera de ellas es que en tiempos donde se perpetra un genocidio en Gaza y donde en una potencia mundial gobierna un postfacista como Trump, el tema del nazismo sobresale como un proceso de estudio inacabado, cuyos conceptos no deben banalizarse, pero los personajes que se le asemejan en el siglo XXI no deben minimizarse.
Y, asimismo, debe resaltarse un punto, a riesgo de adelantar la enseñanza central de la película, y es que una de las conclusiones de Douglas Kelly es que los jerarcas nazis no eran monstruos exclusivamente alemanes e irrepetibles, sino más bien personas cuyos rasgos peligrosos pueden emerger en cualquier lado.
No ahondo en esta tesis para invitar al público a ver la película y así no darle un final precoz con una reflexión conclusiva. Pero sí vale señalar que, proponiéndoselo o no, la película da en el clavo: el nazismo es en efecto un fenómeno irrepetible, pero la personalidad que puede derivar en proyectos destructivos es algo inherente a los seres humanos de todas las sociedades, y, por lo tanto, el peligro está latente.
Dicho de otro modo, no hay aún una vacuna contra el nazismo ni contra los regímenes que apelan a un supremacismo violento que ponga en vilo al planeta. Con todas las proporciones guardadas, y en aras del rigor histórico, no podemos asegurar que entes como el genocida que gobierna Israel y el energúmeno prepotente que zangolotea el barco estadunidense son como Hitler o como Göring. Pero sí se le parecen en una cosa: ambos personajes, al igual que en su momento el führer alemán, no son la enfermedad sino el síntoma de un problema más grande: las sociedades que los construyen y los permiten.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario