3/22/2026

Cuba

Fabrizio Mejía Madrid



"Lo que quisieran los que abogan por una intervención militar que deponga al gobierno de Cuba es que regresara a 1958, cuando Estados Unidos intervenía directamente".

Firmé el desplegado que apareció en el diario La Jornada el 10 de marzo pasado. El mismo desplegado al que se sumó Andrés Manuel cinco días después y que desató la ya soporífera aversión de la ultraderecha. Son muchas las razones para apoyar a los cubanos en este momento. La perspectiva humanitaria sería suficiente: once millones de personas padecieron el apagón total de la electricidad el 16 de marzo. No hubo transporte, por lo tanto, escuelas. No hay diesel, por lo tanto alimentos y medicinas no llegan a los hospitales ni a las casas. Es una crisis que Cuba ha experimentado en otros periodos a lo largo de sesenta años. Hagamos un poco de historia. El bloqueo decretado por Estados Unidos desde 1962 a la fecha es para asfixiar la economía de la isla. Decretado por Kennedy, la idea era prohibir que las transacciones tanto de mercancías como de dinero entre empresas estadunidenses y Cuba. Pero esta restricción se extendió a terceros países y empresas que quisieran comerciar con Cuba. Es un bloqueo extraterritorial que Estados Unidos le aplica a todos los demás países. El objetivo ha sido siempre aislar, sofocar y, con ello, provocar una insurrección que haga regresar a las empresas que dominaban la isla antes de la Revolución. Así, desde hace sesenta años, Cuba se queda sin dólares, es decir, sin la posibilidad de comprar afuera o depositar y transferir dinero internacional para comprar lo que necesita. Por lo tanto, el socialismo cubano es forzado a la autosuficiencia. Pero el petróleo que Cuba tiene es muy poco ---40 mil barriles de los 150 mil que requiere--- y es pesado, es decir, que necesita una refinación imposible de hacer con las restricciones a las refacciones y desarrollos tecnológicos. Aún así, Cuba sigue en pie. No ha habido ni colapso ni insurrección. Sólo hambre y sufrimientos de tres generaciones de cubanos. Por eso, se hace necesaria la solidaridad en este momento.

Hay otra razón más egoísta, digamos, por llamarle de alguna manera. Y es que si Cuba cae, caeremos todos en América Latina. Simboliza, al igual que México, un dique al expansionismo estadunidense hoy reeditado por Trump como si estuviéramos en pleno siglo XIX y la Doctrina Monroe: con barcos de guerra, amenazas de invasión, y una retórica prepotente. Estados Unidos ha estado en contra de las resoluciones casi unánime de la ONU para levantar el bloqueo en 32 de las 33 veces que se ha votado. Sólo una vez, con Barack Obama en 2016, Estados Unidos se abstuvo. Es decir, 99 por ciento de los países están contra el bloqueo a Cuba de manera consistente. Dentro de Estados Unidos, de acuerdo a la encuesta de Progressive International publicada en días pasados, sólo el siete por ciento apoya el uso de la fuerza militar para remover al régimen cubano, mientras que un 43 por ciento piensa que deben dejar a los cubanos decidir sobre su forma de gobierno. En medio, un 34 por ciento piensa en vías diplomáticas para reformar el sistema cubano. Es decir, 77 por ciento no está de acuerdo en invadir a su vecina.

Cuba debe resistir porque seguir y durar es la forma en que los débiles triunfamos. Hay que ayudarla a resistir. Cuba es un país que organizó a su sociedad alrededor de las necesidades básicas de la mayoría, no del lucro de unos cuantos. Es un ejemplo de desarrollo porque su éxito no puede ser evaluado más que desde cómo distribuye la riqueza generada. Lo sabemos, pero es preciso repetirlo: tiene salud gratuita y universal, educación para todos y ni un sólo analfabeta, además de una industria de biotecnología que desarrolló por sí misma y que la ha llevado a descubrir vacunas contra el ébola, el VIH, la sífilis, y la COVID. Estamos hablando de una pequeña isla donde el socialismo ha aguantado lo que no aguantó la Revolución francesa o la Soviética: la alianza externa de las potencias contra ellas.

México, por su parte, es otro de los polos alternativos frente al neoliberalismo anti-global y belicoso de Trump. Aquí la vía ha sido restaurar en la medida de los posible el lugar del Estado que se destruyó con el PRIAN en los últimos treinta años. Nosotros también hemos resistido a las embestidas en forma de presión política de parte de republicanos, magas, y demócratas por igual. Pero nada se compara con las sanciones comerciales para cambiar un régimen. En eso, los cubanos han sido expertos en sortear una y mil dificultades. Y hay que ayudarlos.

Tengo, además otras razones para apoyar a Cuba. Hemos normalizado que algunos países, como Estados Unidos y Europa juzguen si nos consideran o no “democráticos”. Son países donde el voto es indirecto y cuya presidencia depende, no del voto popular, sino de un colegio con pesos distintos para distintos estados, como el caso de Estados Unidos. O países que califican la democracia de otros y no tienen límite a las reelecciones de un jefe de Estado, como Alemania, a la que Ángela Merkel gobernó 16 años seguidos. O países, como Gran Bretaña y España que todavía tienen reyes y aristócratas. Esos son los que juzgan la democracia de los demás. Apoyar a Cuba es entender que tiene una forma de representación de la voluntad popular, clave de la democracia, que no es como la de Estados Unidos o Gran Bretaña. Proviene de su propia historia. De eso me gustaría hablarles en esta columna. De por qué Cuba no es una dictadura y por qué un cambio de régimen no se puede inducir por hambre o por bombardeo. Si algo hemos aprendido es que ni la Revolución ni la democracia pueden exportarse. Tienen que ser procesos internos, de preferencia mayoritarios.

Empecemos por el inicio, que es la Revolución popular y armada de Cuba entre 1956 y 1959. Lo primero que hay que entender es qué es el sistema político socialista. El poder está concentrado, está mediado por una burocracia del partido que es una vanguardia, la población está movilizada y organizada permanentemente, y se tienen altos niveles de legitimidad, es decir, de obediencia por acuerdo, no por la fuerza. Ese es el esquema leninista de siempre. Pero, además, el Estado cubano, igual que todos en América Latina, tiene una Cámara que allá se llama Asamblea del Poder Popular, electa por casi el 70 por ciento de los ciudadanos; un Poder Judicial de impartición de justicia, y la administración central del gobierno que recae en un Presidente, que es Jefe del Estado y que actualmente es Díaz-Canel, y un Primer Ministro que es el Jefe del Gobierno, que recae en estos días en Manuel Marrero.

Cuba tiene dos organizaciones políticas, el Partido Comunista y la Unión de Jóvenes Comunistas. Tiene, además, varias organizaciones de masas: La Central de Trabajadores de Cuba (CTC), la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y de la Enseñanza Media (FEEM), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), y la Asociación de Combatientes de la Revolución (ACR). Se suman, por su importancia para crear consenso, las de escritores y artistas, los abogados, y los periodistas.

Los ciudadanos cubanos participan en una o más de estas distintas organizaciones, sea como profesionistas, militantes, o población políticamente activa. Se vota por los representantes de poder popular cada cinco años y por los municipales y de barrios cada dos años y medio. Son los diputados los que eligen al Presidente que sólo puede reelegirse una vez y debe tener menos de 60 años. El Presidente propone al Primer Ministro y éste debe ser ratificado y rectificado en la Asamblea del Poder Popular, es decir, en la Cámara de Representantes.

Lo que esta democracia participativa ha logrado en Cuba es resistir al nuevo escenario global, con la desaparición del bloque socialista y la división de la Unión Soviética en 15 países independientes. Ese sistema político pudo salvar las conquistas sociales de los cubanos y preservar la conducción centralizada de la economía en interés de la nación, en medio del aislamiento al que se vio, de pronto, sometido. Este sistema al que se tacha de dictadura, tuvo la capacidad de sortear con legitimidad la crisis de los años noventa. ¿Por qué? Porque puede procesar la información pública con discusiones en la base, debates en las organizaciones políticas y de masas y en los órganos representativos del Estado. De otra manera no podría haber sostenido una estructura de derechos sociales en medio del ajuste económico que sobrevino de ya no contar con los acuerdos comerciales con el bloque socialista. Estos mediólogos que se esfuerzan en retratar a Cuba como una dictadura tendrían que explicar cómo se ha sostenido, según ellos, por la pura fuerza, encarcelando millones de opositores, sin un consenso alto durante seis décadas. Las decisiones del Estado se procesan de formas democráticas en la base y los territorios, en las asociaciones, en las organizaciones. No, como en el sistema liberal, mediante unos partidos políticos que toman las elecciones como mercadotecnia, como en el resto de los democracias que nadie pone en duda.

Pero, a partir de 2019, Cuba ha experimentado, además, una reforma a sus instituciones políticas. Se ha producido un proceso de descentralización horizontal. No es, como en el capitalismo, una transferencia de poderes desde el Estado a los privados, sino hacia las instancias locales, en las provincias y municipios, que le dan a esta territorialización de los debates y las decisiones un refuerzo al poder central y su legitimidad. Las instituciones comunitarias son las responsables de que se haya aceptado la inversión extranjera asociada al Estado cubano, como los hoteles con participación de capitales españoles, las minas con inversiones canadienses, la Unión Europea en agricultura y construcciones, y México en el sector petrolero. Tiene una zona exclusiva de inversión extranjera en Puerto Mariel donde se están construyendo los centros logísticos y de biotecnología, así como una fábrica de paneles solares para no depender del diesel extranjero. En esta zona hay inversiones de Francia, México y Brasil y tiene tasa cero de impuestos. Así que esto contrasta con el cuento de que es un país que se niega a moverse, detenido en el tiempo en diciembre de 1958, y cuya población vive sometida a un dictador que les avienta yuca para que coman. Es un país de derechos sociales con un enfoque no dogmático de las inversiones privadas, pero sí muy preocupado por no regresar al país bananero de la dictadura de Fulgencio Batista. Dentro de ese enfoque se creó un mercado libre de productos y servicios de consumo público. Son las tiendas y restoranes de propiedad privada que todos los que hemos ido a La Habana conocemos. También hay trabajadores por cuenta propia, como taxistas. Así que no se deje engañar por los que retratan a Cuba como una especie de marcianos sin propiedad ni derechos en medio del capitalismo triunfante.

Tampoco es cierto que no haya nada más que el Partido Comunista de Cuba. Hay dos mil cien organizaciones no-gubernamentales que son religiosas, económicas, civiles y políticas. Hay muchas cooperativas en el campo. Pero el hecho de que sean no-gubernamentales, no quiere decir que sean anti-gubernamentales o anti-sistema. Son parte del debate y el consenso sobre el modelo económico y político que se aprueba año con año.

Lo que quisieran los que abogan desde México o Perú o Argentina por una intervención militar que deponga al gobierno constitucional de Cuba, es que la isla regresara a 1958, es decir, cuando Estados Unidos intervenía directamente poniendo y quitando dictadores, saqueando el trabajo de los cubanos, y apoderándose de sus playas, rones, y música. De hecho, Bacardí se robó hace pocos años la marca Havana Club casi en anuncio de lo que les espera a los cubanos de Cuba. Quisieran, también, que se abriera un sistema de partidos políticos que pudieran ser financiados por los capitales de Miami y, ya en el colmo de la marranez, que Marco Rubio resultara electo comprando votos con unos cuantos dólares. Y no. El sistema político cubano, con todos sus defectos, es algo que sigue evolucionando en el tiempo, de acuerdo a una historia terrible: fue la última colonia americana en independizarse de España, víctima de dictadores títeres de los Estados Unidos como Gerardo Machado y Fulgencio Batista, plagado de héroes que padecieron la prisión y la muerte tratando de liberarla.

Termino esta columna contando algo que me pasó en mi última visita a una feria del libro en La Habana en abril de 2022. Viendo unas bolsas tejidas en una tienda, la dueña se empezó a quejar conmigo de la inflación que había traído la pandemia de COVID-19. Estaba descontenta porque no había encontrado leche para su hija. “Es mi derecho”, me dijo, “y no se cumple”. Entonces entendí algo que pasa desapercibido para los que vivimos en el capitalismo. En México o en Estados Unidos, si no hay algún bien básico, pues escasea y uno se resigna a no tener el dinero para comprarlo o deja de consumirlo. En Cuba no. La leche es un derecho y no hay forma aceptable de la resignación. Esa rabia de lo conquistado mantendrá, no me cabe duda, a Cuba unida y firme ante nuestro emperador decadente.

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