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4/05/2026

El peligro de perder la verdad

 El Oasis de la Insignificancia

Óscar de la Borbolla

"¿Será posible la vida social sin que exista la verdad, ese único camino hacia los hechos?".

No conozco ningún método para saber dónde me encuentro, más que intentar verme desde afuera. Si no lo consigo doy vueltas y vueltas inútilmente. En un bosque, por ejemplo, he de subir a un árbol o a la punta de algún cerro para descubrir en dónde estoy; cuando adquiero distancia y vislumbro el horizonte, tengo el indicio de mi ubicación y, simultáneamente, descubro hacia donde puedo dirigirme para hallar la salida. Si el problema no es determinar el lugar, sino entender el momento histórico donde me encuentro, hace falta asomarme a ver cómo se veían las cosas en otro siglo y, gracias a ello, puedo entender lo que, por serme tan familiar, no percibo.

En esta ocasión quisiera entender qué pasa con la mentira en la actualidad. Es un problema que a todos nos atañe: nos concierne tanto que es probable que sin percatarnos todos estemos en una mentira. Para salir de dudas, para distanciarnos, remontémonos a lo que sobre este asunto decía Montaigne en sus Ensayos, en el Siglo XVI. Para él la verdad solo tenía una cara, mientras que la mentira tenía muchas, y comparaba la verdad con ese único camino que da en el centro de la diana, a diferencia de los infinitos caminos de la mentira que son los que recorren las saetas erradas. Su metáfora  nos muestra que la verdad es ese único decir que se corresponde con los hechos, pues los hechos son los mismos para todos.

¿A cinco siglos de distancia seguimos admitiendo que la verdad coincide con los hechos? La respuesta es sí y no. Sí, en el terreno simple de la vida cotidiana, cuando de lo que se trata es de asuntos domésticos: si se trata de ¿quién se comió mi cena?, debe haber alguien (no importa si fue uno o fueron varios), ya que si mi cena no está es porque alguien dio cuenta de ella. En la práctica hay cientos o miles de cuestiones que se resuelven apelando a los hechos; los hechos tienen la última palabra, y la última palabra es, precisamente, la verdad.

Si este problema lo planteamos en territorios más complejos, como la ciencia o la sociedad, la propuesta de Montaigne deja de funcionar. En ciencia, por ejemplo, "La verdad —dice Hawking en su libro El gran diseño— es dependiente del modelo". Lo que a su vez implica que los hechos son, de alguna manera, producidos por el método que se sigue para alcanzarlos. Para visualizar esta tesis piénsese en la dualidad onda-partícula con la que se muestra la luz según sea el procedimiento con el que se la estudia.

En la sociedad, el asunto de los hechos se torna aún más complicado, pues "los hechos" son acometidos con diferentes narrativas. Lo que da como consecuencia que, apelando a los "mismos" hechos, la realidad de cada quien sea diferente. Para nuestros días, fue decisiva la frase nietzscheana: "no hay hechos solo hay interpretaciones", pues en efecto, actualmente esta es la situación. Por lo visto, la verdad que con Montaigne era ese camino único hacia la diana, se ha vuelto tan polifacética como la mentira, pues parecería haber diferentes realidades, diferentes verdades, una por cada narrativa. Hoy, la gente vive en mundos distintos.

Ante esta situación surgen dos preguntas apremiantes: ¿cómo llegamos aquí?, y ¿se puede vivir en una sociedad donde cada quien o cada grupo está convencido de una realidad distinta?

La primera pregunta se aclara de algún modo en el libro Los orígenes del totalitarismo  de la filósofa Hannah Arendt. Ahí, ella analiza el modo como la verdad no fue refutada sino disuelta entre un montón de mentiras puestas a circular desde el poder: múltiples versiones verosímiles que terminaron por agotar la capacidad crítica de la gente haciéndola desistir de querer saber. Tantas mentiras que las personas pierden la capacidad de distinguir entre la realidad y la ficción. El objetivo de los totalitarismos que estudia Arendt, nazismo y estalinismo, es construir un mundo ficticio y coherente que sea más atractivo que la compleja y caótica realidad. Hoy esa multiplicidad de versiones es construida desde las redes sociales, en las que muchos individuos, por diversión, y muchos grupos con intereses políticos opuestos alimentan narrativas incompatibles y el efecto es el mismo que en los totalitarismos: ya no se distingue entre realidad y ficción, y cada quien vive encerrado en una burbuja informativa o, si se prefiere, en una narrativa.

Para responder a la segunda pregunta, ¿se puede vivir sin verdad?, haré un paralelismo de la sociedad humana con el mundo natural a fin de que cada quien saque su propia conclusión: en la naturaleza hay algunos animales y algunas plantas que sin la intención de mentir (pues esto supondría conciencia), consiguen engañar y lo hacen para sobrevivir. Es muy conocido el caso de la serpiente que se conoce como falso coralillo; esta especie ostenta, igual que las coralillos auténticas, franjas rojas, negras y amarillas o blancas. Las coralillos reales son temidas por su veneno poderosísimo, las falsas son inofensivas pero con su disfraz espantan a sus depredadores. Otro caso notable es el de las Orquídeas Abeja (Ophrys apifera). Los pétalos de esta flor parecen una abeja, lo que atrae a los machos y gracias a ello se efectúa la polinización. Son incontables los insectos que se mimetizan volviéndose indistinguibles de las hojas de las planta, y los hay que se posan en el fondo de la maleza y parecen hojas podridas cubiertas por excremento de pájaros; se camuflan  tan eficazmente que se pierden en el entorno. Un último ejemplo que deseo mencionar es el camaleón; su capacidad de cambiar de color según el contexto ha permitido crear el adjetivo "camaleónico" que se usa para referirse a las personas que tienen la habilidad de cambiar de aspecto, de comportamiento e incluso de ideología según convenga a sus intereses.

Teniendo en cuenta este paralelismo, quisiera preguntarle, amable lector: ¿qué ocurriría si en la naturaleza no solo algunos animales y algunas plantas engañaran con su apariencia, sino si lo hicieran todos?, ¿sería posible la vida? Ahora calcule: ¿Será posible la vida social sin que exista la verdad, ese único camino hacia los hechos? ¿Cuánto resistirá nuestra sociedad si en vez de referirnos al mundo, a los hechos, cada quien apela a una narrativa distinta y la da por buena?

X @oscardelaborbol

3/15/2026

Un viaje a la verdad: lo contraintuitivo

                              Un viaje a la verdad: lo contraintuitivo

                             El Oasis de la Insignificancia

Óscar de la Borbolla

"En algún sentido parecería que la ciencia se ha propuesto llevarle la contra a nuestras intuiciones más ciertas".

Hoy se habla mucho de lo contraintuitivo. Es un concepto que ha puesto de moda la mecánica cuántica en virtud de las propiedades extrañas que ha descubierto en la profundidad de la materia; sin embargo, no la palabra "contraintuitivo", pero sí su necesidad en el vocabulario nació, cuando en el Siglo VI a. C., apareció el primer filósofo: Tales de Mileto. Recordemos que "contraintuitivo" es un adjetivo que sirve para referirse a la incongruencia que se da entre lo que ocurre realmente y la idea que a nosotros nos parece obvia. Lo que suponemos y hasta consideramos evidente no se parece en nada a lo que, en efecto, es o sucede.

Imaginemos a lo contemporáneos de Tales, trasladémonos 27 siglos al pasado cuando la gente, por muy ajena que hoy pueda parecernos, reaccionó exactamente como reaccionamos nosotros ante lo que contradice nuestra más íntima convicción. A todos nos consta la diversidad del mundo: sobre mi escritorio, ahora mismo, están unos libros, una taza, un teléfono celular y un vaso con plumones y bolígrafos, además de mi computadora y mis manos. Cada quien tiene ante sí una diversidad de objetos distintos y, de pronto, a Tales se le ocurre decir que todas esas cosas distintas son lo mismo, que el principio de todo es el agua, que todo lo que está ante nosotros y que distinguimos perfectamente, puesto que se muestra como diversidad, es agua. Hoy sabemos que no todo es agua, pero gracias a esa afirmación, desde entonces, se busca lo que las cosas tienen en común y, gracias a ello, entre otras muchas consecuencias nacieron las ciencias. Hoy la física no afirma que todo sea agua, pero nos dice que TODO son partículas o incluso cuerdas bidimensionales.

A una distancia de 27 siglos, los seres humanos seguimos viendo a nuestro derredor cosas distintas: nadie confunde un semáforo con una manzana; pero ya no nos resulta tan chocante la idea de que haya un componente básico, de que todo sea en el fondo lo mismo. Y es por ello que la afirmación de Tales ya no nos parece tan contraintuitiva como a sus contemporáneos. Con la afirmación de Tales —el acuerdo es unánime— da inicio el conocimiento científico; fue una afirmación que provocó en su tiempo lo que hoy se denomina resonancia cognitiva (una frase elegante para referirse a lo antipático y chocante).

Casi podría decirse que cada avance, en verdad decisivo, de la ciencia resulta contraintuitivo, y es que los seres humanos somos dados a fundar nuestras "verdades" a partir de lo que nos parece obvio o evidente. Por ejemplo, que nuestro planeta está quieto, pues, salvo cuando tiembla, no hay nada más fijo que la Tierra. Yo admito, pero a regañadientes, que la velocidad a la que va nuestro planeta dándole de vueltas al sol es de 30 kilómetros por segundo. Aunque a mí la Tierra me parece quieta. Veámoslo con calma: 30 kilómetros por segundo equivalen aproximadamente a poco más de cien mil kilómetros por hora. 100,000 km/h es una velocidad que no me entra en la cabeza. Yo camino a 4 kilómetros por hora y la velocidad máxima que, como tal, he experimentado es cuando el avión en el que voy de viaje despega. Lo hace a una velocidad entre 250 y 300 km/h, ya luego cuando asciende a lo que se llama "altura de crucero" puede llegar hasta  900 km/h, pero no siento esa velocidad. Según mi experiencia, lo que sí es evidente es el despegue, la velocidad me encaja sobre el respaldo del asiento. ¿Cómo entender que la Tierra recorre su órbita a 100 mil kilómetros por hora y no sintamos nada. Y eso sin sumarle otras velocidades, pues el Sol también está en movimiento, al igual que nosotros orbita el centro de la Vía Láctea a una velocidad de más 800 mil kilómetros por hora, y la Vía Láctea junto con Adrómeda y otras galaxias a su vez orbitan en torno al Gran Atractor. En otras palabras, la velocidad a la que nuestro planeta va persiguiendo al Sol que, a su vez, persigue a la Vía Láctea, que está en movimiento, da una velocidad altísima y esto es una verdad contraintuitiva. Entiendo, la admito; pero para mí, según el sentir de mi cuerpo, el suelo está quieto. En algún sentido parecería que la ciencia se ha propuesto llevarle la contra a nuestras intuiciones más ciertas.

La cuestión más contraintuitiva, sin embargo, con la que me he topado no llegó a mí cuando me asomé a la mecánica cuántica, aunque ahí, en efecto, cada paso pone en crisis la lógica con asuntos como la acción a distancia que viola la velocidad de la luz o la superposición que Shodinger intentó ridiculizar con su famoso experimento mental en el que un gato está vivo y muerto a la vez. No, lo más contraintuitivo fue la respuesta a una pregunta de total sencillez, atribuida al filósofo Berkeley para resumir la tesis central de su filosofía: "el ser es ser percibido". La pregunta es: ¿si un árbol cae en un bosque donde no hay nadie hace ruido? Esta pregunta no pone en duda que el árbol caiga, sino si se produce o no algún ruido. Fue discutida durante un largo tiempo, muchos sostuvieron que sí y otros que no. Hoy sabemos que el ruido, el sonido en general, no es otra cosa que ondas sonoras, ondas que se propagan en el aire o en el agua o en algún medio que ondule y que no suenan, pues el sonido es una experiencia subjetiva que se produce en nosotros, cuando nuestro oído, estimulado por esas ondas, manda unas señales eléctricas al cerebro, y es en nuestra conciencia donde esos estímulos eléctricos son percibidos como sonido.

Y lo mismo sucede con el color. Los colores son ondas electromagnéticas de distinta frecuencia. Ondas que nosotros percibimos como colores: el rojo no es en sí mismo rojo, es una simple frecuencia incolora que se encuentra entre los 400 y los 480 terahercios y que nosotros experimentamos como rojo. E igual pasa con todos los demás estímulos que recibimos por los sentidos. No es que no exista algo ahí, afuera de nosotros, puede ser que sean campos y partículas que se colapsan, como sostiene la física moderna; pero en modo alguno son el mundo tal y como lo percibimos.

De todas las verdades científicas, esta idea es la que más se contrapone a lo que intuitivamente doy por bueno. Racionalmente la acepto, pero me resulta imposible admitir que mi hijo o mi esposa o mis amigos o el motociclista que estuvo a punto de atropellarme hace unos días, no sean lo que mi intuición me dice que son: personas reales; sin embargo entiendo que son campos que vibran, frecuencias electromagnéticas que mi cerebro de un modo aún no del todo comprendido, transforma en experiencias subjetivas. Me resulta inconcebible que nada exista afuera de mí como lo capto dentro de mí o, en pocas palabras, que todo cuanto me rodea sea una ilusión, una alucinación compartida por todos los seres humanos pues, hasta en el caso de que todos alucinemos lo mismo, eso no le quita que lo que llamamos realidad es una alucinación.

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3/08/2026

La razón de que los jóvenes estén así…

 Óscar de la Borbolla

"¿Qué reacción podrían tener los jóvenes de hoy más que la depresión ante el calentamiento global, la falta de agua, el desempleo y el subempleo...?"

A mediados del siglo pasado, se extendió por el mundo una visión pesimista. No sólo fue a través de pensadores existencialistas como Jean Paul Sartre o Albert Camus, sino con obras de teatro como las de Eugenio Ionesco, Samuel Beckett o Harold Pinter, dramaturgos que se denominaban del absurdo; hubo también cineastas como François Truffaut, Jean-Luc Godard o Michelangelo Antonioni que contribuyeron a esa misma visión. Se trataba, en todos los casos, de mostrar el absurdo de la existencia. Los jóvenes de entonces quedamos pasmados. Muchos habíamos crecido en ambientes donde la existencia era diáfana, pues se percibía la vida de una manera simple: había que estudiar, trabajar, ser felices y al final, cuando sobreviniera la muerte, la preocupación quedaba, literalmente, eclipsada con Dios. No era un Dios que se entendiera profundamente ni que se asumiera con una fe firme; era más bien un barniz religioso, suficiente para dejar tranquilos a quienes no se cuestionaban demasiado.

La sensación de absurdo era provocada por novelas como La náusea o El extranjero, o por obras de teatro como Esperando a Godot o El final de la partida, o con películas como Blow up o Pierrot el loco. La juventud de entonces comenzó a asomarse al sinsentido de la existencia; era una experiencia novedosa que incluso se denominó "experiencia límite". Era como de pronto tropezar con la gratuidad del mundo y con su total sinsentido; Sartre expresó muy bien esa sensación con la fórmula: "la náusea existencial". Era una vivencia que duraba lo que tarda una tarde o un estremecimiento, pues uno se reponía casi de inmediato al reconectarse con las urgencias de la vida cotidiana. Esa vida cotidiana en la que uno no tiene tiempo para asuntos metafísicos, pues está demasiado ocupado en resolver problemas urgentes como el dinero, el bienestar de las personas a las que se quiere; esa cotidianidad donde uno se encuentra con amigos y, también, donde uno procura cuidarse de que algún malintencionado le meta a uno una zancadilla. Esa vida cotidiana que es absolutamente absorbente porque en ella está cuanto nos importa: donde todo tiene sentido: una sonrisa, un apretón de manos, un like, un desdén, un aumento de sueldo, un "sí" o un "no" que, pese a ser monosílabos escuetos, son capaces de cambiar el rumbo de nuestra vida.

La vivencia de absurdo rasgaba por un momento la cotidianidad y se hacía ver la nada, pero, casi de inmediato, el asomo del sinsentido se cerraba y uno volvía a enfrascarse en su vida, porque uno tenía una vida con un montón de anhelos y de personas importantes y de deseos que quería cumplir y de cosas que quería tener, y uno sentía a flor de piel la injusticia que le cometían, y odiaba con toda el alma a quien indebidamente se había quedado con lo que a uno legítimamente le correspondía, y donde todo era importante, hasta el color de las paredes o la mancha en la ropa o el peinado que le descomponía el viento. La vida cotidiana es el mundo del sentido. Un sentido tan poderoso que cierra el hoyo provocado por el absurdo.

Y hubo muchos jóvenes de mediados del siglo XX que incluso le daban un sentido heroico a sus vidas y querían trasformar este mundo, porque les indignaban la injusticia, las desigualdades, el dolor ajeno. Muchos que experimentaban su vida con un sentido de trascendencia social y que no tenían tiempo para darse el lujo de vivencias pequeñoburguesas existencialistas. Para ellos, los encuentros fugaces con el sinsentido sencillamente no existían. Lo que había era la necesidad apremiante, la urgencia vital de hacer algo para transformar este mundo. La vida tenía sentido, un sentido total, y esos jóvenes vivían entregados a conseguir su meta. En aquel tiempo, no había sitio para la indiferencia, no había lugar para el vacío, porque todo estaba lleno de futuro y uno sentía que el futuro era casi palpable, sólido, seguro.

Durante 50 años fui profesor de filosofía en la Universidad y, obviamente, poco a poco, fui dejando de ser joven; pero los jóvenes también poco a poco dejaron de serlo, sobre todo en la última década: cada generación llegaba al aula con menos fuerza. Al principio de mi carrera docente ser joven era ser apasionado, interesado, curioso, preocupado, comprometido; sin embargo, un día, no hace muchos años, a la universidad llegaban jóvenes más viejos que yo; eran tan viejos que nada los entusiasmaba, que nada lograba conmoverlos. Y los vi convertirse, incluso, en zombis: estaban deprimidos, ausentes, indiferentes a todo, sin ánimo. Lo que pasó en mi entorno, pasó también en el resto del mundo, y hoy quisiera no ofrecer una teoría, ni siquiera una hipótesis para explicar lo ocurrido; quisiera únicamente dejar constancia de mi impresión de persona común y corriente que ha tenido el privilegio de vivir de mediados del siglo pasado a lo que va de este.

En algún momento me parecieron inexplicables los jóvenes de hoy, no por sus atuendos estrafalarios y sus tatuajes, sino por las estadísticas de depresión, el consumo de alcohol y de drogas, por la tasa de suicidios, la indolencia, el desgano, la indiferencia en el trabajo, el poco interés por el estudio, la falta de concentración, el nivel raquítico de palabras que usan en sus conversaciones y, sobre todo, por el hecho inconcebible de que prefieran pasarse la vida encerrados, contemplando una pantalla, perdidos en el mundo virtual de las redes sociales que querer tragarse y atragantarse con el mundo. Inconcebible que hayan desertado del mundo real para mudarse al mundo virtual, a la evasión total.

En un principio, digo, me pareció incomprensible el fenómeno que estaba ocurriendo; pero lentamente fue pareciéndome lógico, completamente lógico, incluso, obvio. Sólo revisemos el panorama para que se transparente el comportamiento de los jóvenes actuales: hoy no existe en la mente de nadie la utopía, lo que hay son docenas de distopías, de versiones apocalípticas del futuro. ¿Qué más podría haber ante el fracaso real de las utopías? Fracasó la ciencia que era la panacea prometida por Moro, Bacon o Campanella; fracasaron las utopías de justicia y equidad que plantearon los socialistas y los anarquistas; fracasó la democracia ante el poder de manipulación que posee la tecnología mediática al servicio del dinero... ¿Qué otra reacción podrían tener los jóvenes de hoy más que la depresión ante el calentamiento global, la falta de agua, el incremento incesante de los gases de efecto invernadero, la acelerada extinción de las especies, las sofisticada variedad de las armas de destrucción masiva, el desempleo y el subempleo, los algoritmos que los encierran en una burbuja informativa y la amenaza que implica la IA de volverlos no solo a ellos, sino a todos unos seres no útiles, prescindibles, desechables? La fuerza que poseía la vida cotidiana porque dotaba de sentido ya no es suficiente para cerrar el boquete gigante de absurdo de este mundo que no ofrece esperanzas por ningún lado. Un mundo donde el futuro ha dejado, no digamos de ser tangible, sino, siquiera, incierto, pues se vislumbra como la certeza de que no habrá futuro.

¿Con qué podría cerrarse esa nada que parece estar ahí devorándolo todo, ese dilatado absurdo, si hoy la vida cotidiana ya no tiene ni siquiera el atractivo poderoso que implicaba el amor? Sí, el amor que hacía que una persona cualquiera se convirtiese de pronto en importantísima y por esa persona se tensaran los días y se llenaran de entusiasmo y de ganas. Hoy, cualquiera se junta con cualquiera y se sustituye con cualquiera y, por supuesto, ni ahí se encuentra nada con sentido. Y otro tanto ocurre con la indignación, ese poderoso resorte que nos llenaba instantáneamente de sentido, provocándonos una reacción de rabia. Hoy la indignación es un resorte que se ha aflojado, pues son tantas las indignidades, se suceden tan velozmente unas a otras, que ya más que reaccionar indignados parpadeamos ante un nuevo acontecimiento abominable y nos da lo mismo. El absurdo que fue en el siglo pasado una experiencia límite se ha vuelto una vivencia estacionada. Aquellos antihéroes de las novelas La náusea y El extranjero, Antoine Roquentin y Meursault, son Pedro y Juan y María y Guadalupe, el ejército incontable de los jóvenes de hoy, a quienes se les ha dinamitado el campo gravitatorio de la vida cotidiana que es donde existía el sentido.

Sólo me resta decir que deseo profundamente estar exagerando, pero que, a veces, la exageración nos deja ver lo que bien podría estar por suceder o ya está ocurriendo.

X @oscardelaborbol

1/11/2026

500 columnas y mi balance

 sinembargo.mx


Óscar de la Borbolla

Con esta columna llegó a 500 entregas para SinEmbargo. Son más de 10 años en los que de manera semanal he intentado ir aclarándome algún aspecto del mundo. Siempre he procurado explicarme algo a mí mismo: unas veces, de la naturaleza de la realidad, otras, de la condición humana; prácticamente, puedo decir que nada humano ha sido ajeno a esta columna: la ciencia, el arte, la filosofía, la religión, la tecnología, la moral, la conducta… En fin, creo que cuanto ha despertado mi interés o mi curiosidad ha desfilado por este espacio, y hoy, con 500 reflexiones a mis espaldas quisiera, además de agradecer a Alejandro Páez Varela, por tantísimos años de hospitalidad, y a todo el equipo de SinEmbargo que hace posible que se dé el encuentro con los lectores; también quisiera llevar a cabo un análisis de mi experiencia, un balance de lo que me ha sucedido: me reviso y descubro que hoy tengo más claro lo que me rodea, pero simultáneamente encuentro en mí un sentimiento de estupefacción provocado por el mundo de hoy.

¿Cómo puede ser esto posible: sentir que ahora entiendo mejor muchas cosas y a la vez sentirme aturdido, pasmado frente al mundo? Aclaro que no se trata simplemente de la tradicional paradoja de quien por saber más se percata de lo absolutamente grande que es su ignorancia, sino de que por mucho o poco que entienda hoy me siento estupefacto. Esta paradoja es, al parecer, de otro tipo e intentaré explicarla de la mejor manera que está a mi alcance: acometerla en primera persona. No cuento con un equipo de investigadores para realizar un estudio de campo y, por ello, no puedo más que confiar en que lo que me ocurre a mí le suceda también a mucha gente.

Comenzaré con una obviedad: cuando en mi temprana juventud cobré conciencia, quiero decir, cuando empecé a juzgar por mí mismo lo que me pasaba y pasaba ante mí, y conquisté lo que se llama tener "criterio propio": saber por mí mismo lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que me convenía y lo que no, y comencé a tomar mis decisiones, me sentí responsable; responsable de mis actos. Fue un momento decisivo, pues tuve la claridad y la honestidad de reconocerme como autor de lo que hacía: yo me sabía responsable aunque pudiera no admitirlo y escondiera la mano tras arrojar la piedra. De todas maneras, lo sabía con absoluta claridad: mis actos eran míos y yo era el responsable.

"En estos últimos diez años y tras 500 reflexiones casi me siento solo en ese pacto". Foto: Especial

En esa remota ocasión ocurrió en mi vida un salto espectacular: pacté con la objetividad: había algo real: un mundo fuera de mí con el que me relacionaba, un mundo donde 5 era mayor que 4 y que, por mucho que yo deseara que ciertas cosas fueran de otro modo, no podía permitirme confundir la realidad con mis deseos. Ese salto espectacular simplemente consistió en aceptar que los hechos tenían la última palabra.

En estos últimos diez años y tras 500 reflexiones casi me siento solo en ese pacto. Y es que yo mismo no estoy tan seguro de dónde comienza lo objetivo y dónde francamente se trata de mera subjetividad. Los problemas revisados, las teorías estudiadas y, sobre todo, el observar detenidamente a los demás me han llevado a la estupefacción que he mencionado.

Vayamos por partes. En primer lugar, a lo más inmediato: la conducta de los demás. Hoy pareciera que nadie es responsable de sus actos. La inmensa mayoría pretexta el famoso "yo no fui, fue otro", y en muchísimas ocasiones, la autoría del acto se diluye achacándola a algún aspecto de la circunstancia: al medio social, a padecimientos mentales, a la adversidad en la infancia, a alguna alteración provocada por enervantes, a razones genéticas, a presiones grupales, a la falta de oportunidades, a la abundancia de oportunidades, a un sesgo cognitivo, al plomo en la sangre, a la ignorancia, a las mareas, al alcohol o a los astros… el caso es que incontables personas no es que se engañen o quieran eludir su responsabilidad, sino que auténticamente se sienten ininputables: tiran la piedra, no esconden la mano y ni ellos, ni quienes atestiguan el hecho, lo admiten. Hoy, para muchísimas personas 5 ya no es mayor que 4.

"El recorrido que implican 500 reflexiones, me ha servido; pero estoy estupefacto". Foto: Especial

En segundo lugar, lo menos inmediato: las ideas filosóficas que parece que contribuyen al eclipsamiento de la objetividad, que no es otra cosa que la desaparición de la verdad, la verdad que los antiguos griegos llamaban: alétheia y que, literalmente, significa: desocultar. La verdad es lo que está oculto por incontables velos, es lo que se descubre dejando ver la evidencia: el ser mismo, los hechos. Ya el mismo Platón, con su Alegoría de la Caverna mostró lo escurridiza que es la verdad, y durante siglos las metodologías epistemológicas reiteraron dicha dificultad, pero de todos modos prometían algún método eficaz para llegar a la verdad. Poco a poco, sin embargo, la posibilidad de alcanzar la famosa verdad fue volviéndose ilusoria. A mi juicio, son cuatro los filósofos que asestaron fuertes golpes a la esperanza de encontrar la verdad: Berkeley (1685-1753) con su "ser es ser percibido", mostró que la objetividad es subjetiva: el ser es percepción. Kant (1724-1804) con su inaccesibilidad al nóumeno, a la cosa misma, mostró que todo era fenómeno, que lo que llamábamos realidad es una aparición en la conciencia. Hegel (1770-1831) con su dialéctica hizo que la verdad fuera un proceso y, por más que propuso haber llegado al saber absoluto, lo que sí dejó claro es que la verdad es histórica. Y finalmente, Nietzsche (1844-1900) con su apotegma: "no hay hechos, solo hay interpretaciones", idea que comparto, pero que sienta las bases de unas consecuencias prácticas que han armado este mundo que me deja estupefacto. Un mundo al que en mi adolescencia habría calificado como un mundo de locos y que hoy, sin embargo no puedo negar la validez de todos los puntos de vista, sin poder privilegiar ninguno, pues, precisamente, de eso se trata la pérdida de la objetividad: que todos tengan razón porque ninguno la tiene, y que haya múltiples mentalidades.

El recorrido que implican 500 reflexiones, me ha servido; pero estoy estupefacto. Solo me resta agregar: un gracias sincero, gracias a quienes me acompañan aquí en SinEmbargo al Aire desde hace unos meses y a quienes me han seguido durante años en SinEmbargo Mx.

X @oscardelaborbol

12/28/2025

El color de nuestro tiempo

sinembargo.mx


Óscar de la Borbolla

Es difícil establecer el tono de una época. Sin embargo, es admitido que el Medioevo fue oscuro y que, en cambio, el Renacimiento fue luminoso y, tal vez, se asocie algún color para representarnos la dicha que sugiere la Belle Époque. La pregunta, entonces, es: ¿con qué color imaginamos nuestro tiempo? Si pensamos en las guerras que están vigentes y en el desastre climático, de seguro se nos ocurrirá un tono negruzco sanguinolento; pero si tomamos en cuenta otros aspectos, creo que se antoja un arcoíris multicolor. Elijo esa gama no tanto porque hoy sea la bandera de un movimiento que reivindica el derecho de todas las orientaciones sexuales, asunto por completo legítimo, sino porque alude a la diversidad, a la presencia simultánea de incontables puntos de vista y a lo que, sin duda, caracteriza nuestro tiempo: la relatividad.

Hoy —salvo que uno se encuentre fanatizado— se admite que todo es relativo. Sin embargo, no estoy muy seguro de que se entienda por completo la razón de que hayamos llegado aquí, de que la relatividad de todo nos resulte admisible.

Tal vez la mejor vía para entender nuestro tiempo sea recordar el camino que nos condujo hasta aquí. ¿De dónde veníamos? Revisemos algunos de los frentes: durante milenios vimos desbarrancarse sistemas filosóficos que en su momento se proclamaron como poseedores de la verdad absoluta. Alguno de los últimos fue el positivismo de Augusto Comte que ya entrado el siglo XX fue suscrito, incluso, por muchos de los intelectuales que dieron origen a la Escuela Nacional Preparatoria y a nuestra Universidad: Justo Sierra, Gabino Barreda... En otro frente, la geometría euclidiana brilló durante casi dos milenios sin sufrir ninguna lascadura, hasta que empezó a aparecer en el mundo lo impensable: "geometrías". Así, en plural: las llamadas geometrías no euclidianas. Otro bastión, que también se creyó insuperable, fue Newton. Su concepción del espacio y del tiempo como absolutos fueron tan contundentes que todavía hoy la mayoría de la gente es newtoniana sin saberlo: todos aquellos que creen en la simultaneidad  y se preguntan: ¿qué estará haciendo a estas horas algún amigo que se encuentra en otro país o en otro continente? O: ¿qué estará pasando en este preciso instante en el centro de nuestra galaxia? Todos aquellos que desean saber lo que sucede en "el mismo tiempo" suponen que hay un presente común para todos, que existe la simultaneidad de los eventos y, por ello, son newtonianos, lo admitan o no, porque, precisamente, suponen que hay un tiempo común para todo, un tiempo absoluto.

Hoy, sin embargo, sabemos por la Relatividad Especial de Einstein que el tiempo no fluye a la misma velocidad en todas partes, que las horas y los minutos se aceleran o se ralentizan según sea la velocidad del observador o la fuerza gravitacional del lugar donde el observador se encuentre. Un gran número de personas hemos visto películas o leído novelas de ciencia ficción donde los personajes viajan a distancias interestelares y aunque se trasladan a sitios a los que la nave se tardaría millones de años para llegar viajando a la velocidad de la luz, los personajes siguen siendo tan jóvenes como cuando partieron, como si el tiempo no hubiera transcurrido para ellos, y no nos parece una incongruencia de la trama, pues hemos oído que el tiempo se ralentiza con la velocidad, según Einstein… pero ¿se entenderá cabalmente el asunto? Porque si esto es así, entonces, no podemos preguntarnos por lo que estará haciendo en este preciso momento una persona que va en avión de una ciudad a otra, pues su tiempo y el nuestro no se corresponden exactamente. Ya sé que esas milésimas de segundo que se desfasan son irrelevantes para la vida, pero no lo son para muchísimos asuntos prácticos como, por ejemplo, la exactitud del Sistema de Posicionamiento Global, mejor conocido como GPS.

Al recordar el camino por el que hemos llegado a nuestra época resulta más claro el relativismo; lo que no resulta claro es que pese a ello muchísimas personas sigan absolutamente convencidas de lo que están convencidas, de que  cotidianamente ocurra el choque frontal y brutal de las creencias incompatibles, cuando, si fuéramos congruentes, nos resultaría perfectamente obvio que uno no posee ninguna verdad absoluta, que ninguna de las creencias que uno suscribe tiene ningún apoyo firme, porque, si en efecto, hoy, ni la geometría de Euclides es la única, ni se mantiene firme ninguna postura filosófica, porque todo pensamiento es histórico, o toda verdad es "dependiente del modelo", como dice Stephen Hawking en su libro El gran diseño. Lo que no se entiende es que tantísimas personas sigan defendiendo una idea que ni siquiera es una verdad probada, sino un simple punto de vista: su opinión.

Es extraordinariamente raro que en esta época, caracterizada por la relatividad, sigamos siendo tan feroces al defender nuestro punto de vista y que se dé, como en los viejos tiempos, la actual polarización que hoy nos enfrenta, prácticamente, a todos contra todos. ¿Qué ideas absolutas defienden los bandos que hoy se enfrentan? Porque si admitiera, en serios que las ideas son relativas —como cabría esperar- la conducta lógica que se seguiría sería la del respeto mutuo, la de la negociación, la de la apertura frente al que piensa diferente.

Hoy que sabemos que la verdad es histórica y que todo es relativo, en vez de la pacífica duda, lo que aparece en el mundo es el dogmatismo con el que avanzan por sus rieles absolutos, como locomotoras, los defensores a ultranza de una verdad que consideran no la más acertada, sino la única que merece vivir. Creo que no es el arcoíris la banda cromática que caracteriza a nuestro tiempo, sino un negro negrísimo, un negro resultado de que la sociedad está tan atomizada y tan distantes entre sí los grupos que pese al multicolorido  que hay solo se aprecia el abismal vacío que nos separa, negro como el del espacio exterior, un tono más profundo que el de la Edad Media. De cualquier manera: ¡Feliz Navidad!

X @oscardelaborbol

12/21/2025

Vientos tejocoteros

 sinembargo.mx


Óscar de la Borbolla

Cada que llega la segunda semana de diciembre se me viene a la mente la frase: "Vientos tejocoteros" con la que Raúl Béjar Navarro —quien fuera el primer director de la ahora FES Acatlán— se refería a esta flojera que nos invade a todos en estas fechas. Es como si el cuerpo lo supiera, como si la cabeza, las manos, las  piernas entendieran que ya vienen las vacaciones, y uno afloja el paso. Nosotros no hibernamos, no entramos en un periodo de vida latente, pero sí nos dan ganas de desertar de las obligaciones laborales o de las prisas por las citas perentorias e instalarnos en la inmanencia de la vida familiar; nos dan ganas de reconcentrarnos en nosotros mismos y mirar adentro.

Yo, lo confieso, me siento atravesado por esos vientos y, por eso, los invito a que cada quien mire dentro de sí mismo, y para asistirlos en este acceso les mostraré unas estampas de mi propio interior, cuya única virtud es que poseo un interior como el de cualquiera: me asomo dentro de mí y lo primero que descubro es que ando memorioso. La prueba está en el recuerdo con el que he iniciado esta columna: "vientos tejocoteros". No es una frase deslumbrante, a lo más es una imagen que, aunque precisa, resulta un tanto pueril, pues alude al hecho obvio de que las piñatas que andan reventando a fuerza de palos están retacadas de tejocotes cuyo perfume arrastra el viento. La recuerdo, no obstante, pues la escuché por primera vez hace casi cincuenta años, cuando yo era muy joven y me pareció deslumbrante. Cuantas cosas me lo parecieron entonces…

Cursaba el último año de la licenciatura en Filosofía en CU y, sin embargo, ya daba clases en Acatlán. Recién había leído las Meditaciones metafísicas de Descartes y tenía a mi cargo el curso de Ontología. Estaba obligado a parafrasear unos filosofemas que acababa de medio entender, y eso no era lo peor: lo más difícil era pararme frente al grupo de estudiantes, algunos mayores que yo, pues padecía de una timidez que me llevó muchos años superar. Así, que recuerdo, como si estuviera ahí, como tartamudee mi primer cogito ergo sum. Qué nuevo era todo entonces y qué arduo.

Y qué lejos quedaba Acatlán, cuatro camiones separaban mi casa de mi clase, cuatro camiones o, tal vez, cuatrocientos los que me separaban prácticamente de cualquier cosa… (aquí lo invito, lector, a que introduzca sus propios recuerdos: de seguro conserva los incidentes de cuando comenzó a trabajar).

Dirijo otra mirada a mi interior y encuentro que ahí algo está desacoplado, que faltan personas y sobran sentimientos, que tengo amores vivos por quienes ya no existen o simplemente se quitaron, se fueron. Hay un desajuste que me impide parear mis sentimientos: hay amores, pero también odios que ya no se dirigen a nadie que ande a mi alcance en este mundo.

En mi interior, sin embargo, no solo hay nostalgia y algunos sentimientos que carecen de referente, hay también un gusto por celebrar, por acercarme a los que siguen a mi lado, o están a la distancia de una llamada telefónica, o de un breve recorrido que me permita verlos, estucharles la mano, darles un abrazo, desearles lo mejor para el año que viene. Y junto a este gusto, en mi interior experimento una suerte de regocijo, de bienestar, porque el aguinaldo obra milagros, y uno muy importante es sentir que mis bolsillos están más abultados que de costumbre.

No está mal, me digo, no está mal permitirme desertar de mis obligaciones, hojear un libro inútil, irme al cine, visitar un amigo, charlar con él toda la tarde aunque esta columna me quede corta. Sé que en SinEmbargo me lo tolerarán, sé que quienes me siguen regularmente estarán de acuerdo conmigo en que le pare aquí. Y no porque "otras tierras del mundo reclamen el concurso de mis modestos esfuerzos", sino, sencillamente, porque entenderán que los vientos tejocoteros me quieren llevar a otra parte.

X @oscardelaborbol

12/14/2025

¿Acaso somos libres?

 


Óscar de la Borbolla

Una de las experiencias que tenemos como más ciertas es que actuamos libremente, que elegimos por nosotros mismos, que gozamos de lo que se conoce como libre albedrío. Esta experiencia es tan genuina que nos hace rechazar instintivamente la posibilidad de ser unos títeres movidos por otro. Nuestro yo se experimenta autónomo y cuando somos forzados a actuar en una dirección u otra, sentimos que esas acciones no nos pertenecen, que no fuimos nosotros sus autores y decimos que fuimos obligados a llevarlas a cabo contra nuestra voluntad. Nos sentimos libres, nos sabemos libres.

¿Dicha certeza será verdadera? (Recuérdese que esta columna es una invitación a pensar, y pensar es, precisamente, lo que hacemos cuando nos atrevemos a cuestionar, a poner en duda nuestras convicciones más firmes.) ¿Será cierto que somos libres? Veamos el problema de cerca: existe otra afirmación que goza de un muy amplio crédito. El hecho de que los seres humanos nos movemos por ideas, que actuamos por ideas. Lo que no significa que siempre seamos congruentes o que todos actúen como piensan; sin embargo, cuando alguien se aparta de las ideas que suscribe y actúa en una dirección contraria se justifica aduciendo otras ideas. Las ideas, en suma, son lo que siempre está detrás de nuestros actos. La pregunta es, entonces, ¿de dónde proceden las ideas que nos gobiernan?, ¿serán innatas acaso? No. Todo el mundo sabe que nacemos prácticamente como una tabula rasa, y que las ideas que terminan por anidar en nosotros son adquiridas a través de la educación, de la socialización; que las tomamos de películas, de redes sociales, de lecturas…, en síntesis, de otros: nuestras ideas nos vienen de lo que hemos escuchado de otros. Es el entorno que nos ha tocado el que nos imbuye las ideas que tenemos por nuestras y por las que actuamos como actuamos; o sea, por las ideas que tenemos es por lo que elegimos esto o aquello.

Pregunto entonces: ¿seremos libres si ese yo, que es quien decide esto o aquello, es un yo constituido por los otros y por las circunstancias que le han tocado? Pongamos un ejemplo para darle más tangibilidad a la pregunta: ¿cómo sería mi yo y que elegiría si en lugar de haber nacido en México en el siglo XX, con todo lo que esto implica, se me hubiera ocurrido venir al mundo en el siglo X en Noruega y mis padres hubieran sido vikingos?, ¿habría elegido esta mañana dedicarme a reflexionar sobre estas cuestiones metafísicas para cumplir con la entrega de esta videocolumna, o habría elegido seguir mi entrenamiento en el uso de la espada y el hacha para ganarme una muerte heroica y así aspirar a ser elegido por las valquirias para acceder al Valhalla y estar ahí listo para acompañar a mi dios Odín al Ragnarök o batalla final? Creo que la respuesta es obvia. Somos el producto de nuestro tiempo y de las coordenadas geográficas que nos tocaron; suscribimos las ideas de nuestra época y, ni siquiera todo lo que cada época encierra, pues solo tomamos una pequeña parte: aquella pequeñísima parte de nuestra época de la que hemos podido enterarnos y hemos hecho nuestra.

Mi yo, ese yo mismo que es con el que elijo y desde el que elijo, no es otra cosa que el resultado del azar. Estamos a favor o en contra, valoramos unas cosas y rechazamos otras, nos gustan ciertos alimentos y otros nos repugnan, alguien nos parece bello u horrible, por casualidad: por la casualidad que nos tocó: somos los títeres de las circunstancias.

Y en esta circunstancia, nuestro papel, el papel que representamos, es el de creernos libres, poseedores de un magnífico libre albedrío que nos permite elegir por nosotros mismos.

A propósito de la fuerza que tienen las ideas que uno admite como válidas, y que finalmente son las que nos hacen elegir y decidir nuestra vida, he contado muchas veces una experiencia que tuve la fortuna de vivir en Uruapan, la noche en la que conocí a la ultima heredera del volcán Paricutín. Era la nieta o la bisnieta del indígena purépecha en cuyo predio brotó el volcán, y ella me contó, cómo su antepasado estaba arando su terreno y descubrió, al hundir su azadón en la tierra, que había un material incandescente y que la tierra se abría por la pujanza de una fuerza que quería salir. Él pensó que era el diablo que luchaba por escapar de las profundidades del averno;  corrió al pueblo para avisar del peligro, y toda la comunidad volvió al predio armada con cubetas que contenían agua bendita para impedir que el diablo brincara a la superficie. Cuando llegaron los autobuses del ejército para evacuar el sitio, la comunidad (que nunca había visto autobuses) pensó que ya se habían salido los diablos y tuvieron que perseguirlos y subirlos a los autobuses; todos gritaban por las ventanillas como si estuvieran siendo deglutidos y una persona murió de infarto en el estribo del autobús. La pregunta que me hago desde entonces es: ¿dónde murió esa persona, en el estribo del autobús o en las fauces del diablo? Así de determinantes son las ideas que tenemos de las cosas, y desde esas ideas y por esas ideas actuamos. Que quede en el aire la pregunta inicial: ¿de veras, somos libres?

X @oscardelaborbol

11/30/2025

¿Cómo conseguir una pareja estable?

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Óscar de la Borbolla

Nunca pensé que me ocurriría lo mismo que a uno de mis escritores favoritos: el brasileño Jorge Amado. Como a él, me ha llegado una carta de una lectora pidiéndome que le aclarare un asunto. La lectora de Amado le preguntó: "¿por qué al corazón de una mujer le hacen falta dos amores?" Y la respuesta fue una de las novelas más divertidas e interesantes de nuestro continente: Doña Flor y sus dos maridos. Mi lectora me ha preguntado: ¿por qué para muchas mujeres (y sobre todo para las que tienen entre 35 y 45 años) resulta tan difícil encontrar una pareja estable? Yo, como se sabe, intento en este espacio ir aclarándome asuntos: a veces muy abstractos, como cuando me meto en cuestiones matemáticas, y otras, con temas humanos que me agrada desmenuzar para contribuir con algunas razones a entender la atribulada época que nos ha tocado. Hoy, sin embargo, atenderé la gentil misiva que me ha dirigido una lectora que me pidió mantener su anonimato. Las palabras que siguen están, no obstante, dedicadas a ella:

Primero quisiera establecer un punto de comparación para entender el problema planteado: todavía muy entrado el siglo XX, a pocas mujeres les resultaba difícil encontrar una pareja estable, y conocí a muchas que incluso la conseguían para toda la vida. Hay numerosas razones que favorecían esto; pero una, sin duda muy importante, tenía su base en lo que decían por ese entonces las abuelas. Si mal no recuerdo, la frase era: "niña, date a desear". Era una frase breve, clara y, por qué no decirlo, incluso victoriana. Pero intentemos comprenderla no como una cuestión moral, sino en el marco de la economía, pues desde esta disciplina, creo, se obtendrá más luz sobre el asunto que nos interesa. Todos sabemos que uno de los factores por los que se asigna valor a una mercancía es el grado de escasez o abundancia, o dicho con un ejemplo: el oro vale más que el aire porque es más escaso. Entiendo que hay otros factores por los que se asigna valor, pero destaco este, pues se liga con la frase de las abuela, porque todavía hacia los años 80 del siglo pasado, el famoso "date a desear" se encontraba muy difundido y, sobre todo, adoptado por un amplio sector, lo que provocaba escasez o, al menos, dificultad para que  hubiera sexo, lo que hacía que las relaciones se valoraran y se atesoraran como el oro.

Hoy, en cambio, para plantearlo con una exageración —que no se aleja demasiado de lo que ocurre en la práctica— nadie se da a desear, pues el deseo se satisface a las primeras de cambio y, muchas veces, primero se tienen relaciones y luego uno se entera del nombre de la persona con quien las tuvo. O con palabras más sencillas: abunda la oportunidad de tener sexo y, en consecuencia, esa oportunidad ha dejado de tener valor.

Sé que simplifico demasiado; sin embargo, planteemos, sin ninguna delicadeza el problema para que resulte evidente: existe un paralelismo entre la economía y la sociedad, un paralelismo que influye en nuestra percepción del valor, lo mismo para las mercancías que para las personas. Hoy la economía se mueve por un afán de novedades, por la cambiante moda y, como también forma parte de nuestra percepción que los productos se descomponen de acuerdo con una caducidad programada, todo ello motiva a que procuremos deshacernos de lo que tenemos y lo sustituyamos por algo nuevo que promete ser mejor.

En las actuales circunstancias del mercado, lo mismo económico como social, ¿qué puede hacerse para que una persona resulte valiosa para otra al grado de interesarse en permanecer a su lado? Es obvio que el consejo de las abuelas ya no funciona. Sin embargo, hemos topado con un concepto interesante que puede servirnos para construir una respuesta: el concepto "valor". Antes lo definimos con una sola de sus características: la escasez. Busquemos en la teoría del valor marxista factores que lo determinan. Marx, en El Capital, propone una definición más completa: el valor de una mercancía lo da "el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla considerando, claro, la abundancia o escasez de la materia prima y teniendo en cuenta el grado de desarrollo de los medios de producción". Veamos de cerca esta definición: posee 3 rasgos: trabajo invertido, escasez y desarrollo tecnológico. Si nos lleva más tiempo producirlo más valor tendrá, si es más escaso más valor tendrá, si la tecnología de que disponemos es muy desarrollada menos valor tendrá. ¿De qué está hablando Marx en el fondo? Creo que habla de dificultad, pues si necesita poco tiempo, existe en abundancia y está a la mano, menos valor tendrá; lo mismo si se cuenta con una tecnología que permita producirlo más fácilmente su valor será menor… o sea, en el fondo, de lo que habla es de la dificultad: lo que da valor a algo es su dificultad (por lo visto, mi abuela era marxista, al decir, date a desear o hazte la difícil).

El paralelismo con la economía, al parecer, no me sirve para plantearle una solución a mi lectora. Al menos no me sirve la economía que tiene que ver con las mercancías comunes y corrientes. Pues quizás el amor, que es de lo que estamos hablando realmente, no sea una mercancía común y corriente. Quizás lo que permite que una relación perdure en el tiempo sea otro tipo de mercancía: el valor que buscamos es el que se asigna a una obra de arte...

Adoptemos este supuesto: el amor es como una obra de arte: ¿qué le da valor a una obra de arte? ¡Qué pregunta más imposible de responder y, sobre todo hoy, que todo está patas arriba! Facilitemos el problema preguntando: ¿que hacía que antes se considerara valiosa una obra de arte? Esta es una pregunta de respuesta posible. Aventurémosla: en el arte importaban la originalidad y la perfección de la factura, o sea aspectos que tenían que ver con que el objeto artístico era único, y lo era porque el artista, ese y no otro cualquiera, era el único capaz de producir esa obra; en suma porque la obra de arte era única. ¿Qué enseñanza podría obtenerse para mi entrañable lectora de lo dicho? Un consejo muy simple: estimada amiga, si quieres una relación estable debes convertirte en una obra de arte: ser única.

Ser único no significa ser bello; bellezas hay muchas; significa más bien ser interesante, tener algo que nadie más tenga, porque hoy lo que abunda son las vidas iguales, comunes y corrientes. Se trata de que tu vida sea no como la vida de cualquiera, sino una vida única, y las vidas únicas son el resultado de una pasión a la que uno se entrega. Descubre en ti qué te interesa y persíguelo hasta volverte interesante primero para ti y luego para los demás. Hoy, en el mercado de las relaciones, donde todos pasan de uno a otro, o a otra, y de todos a todos porque todos son intercambiables, son pocos quienes tienen algo único, pocos quienes han hecho de su vida una obra de arte. Si, de verdad, deseas una pareja estable vuélvete interesante. Y si pese a todo no lo logras, descubrirás, al menos, que tienes una vida y ya con eso te sentirás más que satisfecha.

X @oscardelaborbol

11/23/2025

El sentido común y la locura

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Óscar de la Borbolla

Existe un elemento muy importante para la convivencia y para la seguridad de nuestra propia vida que quizá no le damos la importancia suficiente: me refiero al sentido común. Sé que se ha dicho, incluso con sorna, que es el menos común de los sentidos; pero hoy quisiera revisar esta afirmación y pensar, en la medida de mis posibilidades, su importancia y los peligros que involucra.

El sentido común es lo que permite que todos los que estamos ahora sigamos aquí con vida. No hablo de la calidad ni a la comodidad de nuestras vidas, sino del mero hecho de seguir aquí. A todos nos antecede una infancia de la que bien o mal logramos salir. Me refiero a esa etapa en la que, para sobrevivir, dependimos de aquellos que estuvieron a nuestro lado: si no nos hubieran alimentado (insisto: bien o mal) y atendido en cientos de aspectos, como salud, educación, cuidados mínimos… no habríamos llegado a este momento. Algo fue necesario que hicieran bien quienes nos acompañaron y algo también hizo bien el Estado para provocar un entorno en el que pudimos desarrollarnos, pues no todo fue suerte, estoy seguro.

Y ahora ocurre lo mismo: el mundo funciona relativamente bien o, por lo menos, una mayoría de las personas funcionan de acuerdo con el sentido común, aunque algunos, obviamente, intenten minarlo: si pensamos en la actividad más común y corriente, podremos darnos cuenta de la cantidad de sentido común que existe: ir al supermercado, por ejemplo: las verduras están acomodadas con un orden, no están mezcladas con los paquetes de carne, ni con las latas de conservas, ni todo está aventado sin ton ni son, y sazonado con detergentes… los artículos están colocados en un orden que hace posible, cuando nos familiarizamos, ir directamente a los pasillos para encontrar lo que buscamos. El sentido común fue lo que hizo que alguien colocara cada cosa en su lugar. Y otro tanto ocurre si vamos al cine: la película que elegimos está en la sala indicada y entramos y ocupamos nuestro asiento y alguien, por sentido común: se atiene al horario, apaga las luces y proyecta la película. Si no hubiera sentido común no podríamos ni siquiera ir al baño, pues hay un orden dictado por este sentido que nos indica que uno primero se baja los pantalones y luego se sienta en la taza.

El sentido común es lo que hace que nuestro mundo tenga lógica, y si entendemos esta lógica entonces también nosotros tenemos sentido común. Esto por supuesto no garantiza que alguien se pase un alto, o que se meta en sentido contrario, ni que tome una escopeta y se ponga a disparar a la gente; pero, como la inmensa mayoría no lo hace, el sentido común está más presente de lo que suele creerse: el mundo funciona gracias a él.

Este sentido común, que se manifiesta como reglas, no es sin embargo eterno: no fue siempre así ni lo seguirá siendo indefinidamente: las prácticas y las costumbres cambian; lo que ahora nos parece obvio no siempre lo fue. El ejemplo más sencillo es el lavado de manos: hoy nos parece un hábito correcto e indispensable en los cirujanos. En el siglo XIX, la higiene no formaba parte del sentido común y es muy conocido el caso del Hospital General de Viena, donde quienes atendían a las parturientas venían de haber estado haciendo autopsias y, sin lavarse las manos, atendían a las mujeres haciendo que murieran de fiebre puerperal. ¿Cómo suponer que existían unos microbios si no podían distinguirse a simple vista? Recordemos que entonces no existían los microscopios. Al primero que propuso lavarse las manos, un médico húngaro de apellido Semmelweis, lo ridiculizaron y, obviamente, lo tildaron de loco.

Este ejemplo —pero hay infinidad— muestra el peligro que entraña el sentido común: un peligro que se muestra como hostil resistencia al cambio. Hoy, la música de "La Bella Durmiente" de Chaikovski, es unánimemente admirada y disfrutada; pero cuando se estrenó, a finales del siglo XIX, fue acogida con una indiferencia que rayaba en el rechazo. Cada cambio se enfrenta al sentido común de su época y no siempre consigue salir adelante. Conocemos el repudio franco que padeció Gauguin, y hoy sus pinturas son invaluables; y lo mismo le pasó al Greco. En todos los campos, el sentido común, lo que se tiene por correcto, es el enemigo de la novedad. Así, mientras más novedosa resulte una propuesta, mientras más contravenga lo habitual, mayor es la saña con la que se busca impedir su acceso al mundo

Tenemos entonces una paradoja con el sentido común: por un lado, es el orden que permite la existencia y, por el otro, es el principal obstáculo para la llegada de la novedad, para que la historicidad que nos constituye pueda desplegarse.

Nada es más contrario al sentido común que la locura y, por ello, los grandes innovadores han sido en su momento tachados de locos: en el arte y en la ciencia, que es de donde surgen las más potentes novedades que revolucionan la historia y la destraban, es producto de locos que luego terminan considerándose genios, cuando no terminan en el manicomio, claro. El arte, por definición, es creación y lo nuevo espanta. La ciencia acostumbra ir en contra del sentido común, es inherentemente contraintuitiva y, aunque en la actualidad ya no se encuentre con la hoguera, se tropieza con otros obstáculos que igualmente queman: la falta de subsidios, la prohibición para incursionar en ciertos temas, así como la sempiterna burla, hoy disfrazada de indiferencia.

Si el sentido común es un orden indispensable para vivir y la locura es la fuente del cambio histórico, entonces la historia humana es una danza dialéctica entre bomberos e incendiarios.

X @oscardelaborbol

11/16/2025

¿Deveras quieren Pensamiento Crítico?

¿Deveras quieren Pensamiento Crítico? 

Óscar de la Borbolla

Uno de los fenómenos sociales más sobresalientes de nuestro tiempo es la polarización y, como en todo, las causas son múltiples; aunque hay algunas que destacan: la generalizada desconfianza en las instituciones, porque no solo se duda de la probidad de las instituciones gubernamentales o eclesiásticas sino también de las instituciones educativas y hasta de la familia como la manera de pasar el resto de la vida. A la desconfianza también podría contribuir la exuberante aparición de puntos de vista cuyo alcance no depende de ningún criterio salvo el de la popularidad y que, al ser tantos y variados, se vuelven indistinguibles en el espectro de la información. Otro factor, que sin duda, actúa de forma decisiva es el uso de ciertos algoritmos en las plataformas de internet que nos encierran a todos en una cámara de ecos: cada usuario solo encuentra lo que se parece a lo que previamente ha buscado y no solo en la temática, sino en el sesgo ideológico.

La autoridad, no la autoridad del poder que gobierna, sino esa autoridad que se ganaba por haber dedicado la vida al estudio en un campo del conocimiento y por haber alcanzado, gracias a un sinnúmero de experiencias, una opinión documentada y ponderada se encuentra en crisis. Lo que se llamaba sabiduría está perdida como una aguja en el pajar de las opiniones que más seguidores tienen. "En el mercado todos son iguales", decía Nietzsche en su Zaratustra y hoy todos vivimos en el mercado. Ese mercado, sin embargo, no es la democracia, sino la democracia real, o sea, la corrupción en la democracia, y aquí volvemos a la primera causa mencionada: la desconfianza en las instituciones: dedicar la vida a un campo de conocimiento se materializa en títulos, títulos expedidos por "instituciones" y que no necesariamente acreditan nada, o en premios y reconocimientos oficiales que tampoco garantizan nada.

La falta de autoridad en el sentido dicho, sumada a la variedad de puntos de vista reforzados con una parafernalia tecnológica que acrecienta su poder persuasivo, más la machacona repetición de lo mismo, de ese "más de lo mismo" en el que nos encierran los algoritmos, han terminado por polarizarnos: no admitimos más que lo que creemos y al no haber matices, ponderaciones, sino polémicas ruidosas y vistosas, el propio punto de vista, al que uno se aferra, se hace más recalcitrante.

Seguramente hay muchas más razones para que se dé la actual polarización; pero quizás resulte más interesante analizar sus consecuencias: lo que caracteriza a una persona polarizada es que se encierra en ella misma y solo permite el acceso de lo que confirma lo que es ella: lo distinto es el enemigo. La gravedad de encontrarse polarizado se comprenderá fácilmente si recordamos cómo han sido la historia humana y nuestro crecimiento personal. Si uno compara cómo eran los seres humanos al principio, de qué disponían, cuál era su acervo… con lo que ahora somos y tenemos; o si uno compara lo que éramos al nacer con lo que ahora somos, surge una pregunta obligada: ¿cómo fue posible llegar, como humanidad y como individuos, a lo que somos y poseemos en la actualidad? Si cada quien se hubiera encerrado en sí mismo sin aceptar lo que otros individuos le ofrecían, obviamente, seguiríamos en la época de las cavernas y tan silvestres y ferales como al nacer.

Este análisis, que raya en lo excesivamente didáctico, muestra una verdad clarísima: somos el resultado de lo que los demás nos han dado y nosotros hemos tomado. Los otros son indispensables para construirnos y, más estrictamente: no los otros iguales a nosotros, sino los verdaderamente otros, los distintos de nosotros, pues, así como una comunidad se estanca cuando repite lo mismo, igual le pasa a aquel que se rodea solo de quienes le dan por su lado y le dicen lo que quiere oír. Y por ello, una persona polarizada es un individuo estancado.

¿Por qué uno se cierra a lo otro? La historia de la Edad Media nos ofrece la respuesta: una vez que se ha encontrado una solución para algún problema, esa solución se repite y se vuelve La solución y La verdad, además de que nos cohesiona y nos da seguridad. Lo otro es lo que no se quiere oír, lo que se rechaza porque pone en riesgo nuestra seguridad, nuestra identidad. El diálogo, a diferencia del coro, es ese estado en el que uno se abre al otro, se dispone a considerar lo otro, lo distinto. Por ello la desaparición del diálogo es una consecuencia grave de la polarización, la otra es el estancamiento. La historia se frena, el enriquecimiento de uno mismo se detiene, la verdad que se suscribe se vuelve dogma y uno sin darse cuenta se fanatiza.

Últimamente se habla mucho de pensamiento crítico, de lo necesario de alentarlo y de difundirlo y —como yo lo entiendo— ese pensamiento crítico comienza cuando se adquiere la capacidad de dudar, pero la duda no se suscita si uno no encara lo otro, enfrenta lo distinto, se mide con lo discordante, o sea, si uno precisamente se resiste a escuchar lo que no quiere oír. Y hoy priva una conducta de sobreprotección que busca ponernos a salvo, evitar que topemos con lo incómodo. Me refiero a la moda de lo políticamente correcto que apoya, precisamente, la actitud de no querer oír lo que no gusta. Y no solo no lo quiere oír, sino que lo prohíbe, lo persigue y lo cancela para que nadie lo oiga. Antes, era el Estado el que prohibía oír ciertas cosas; hoy, es la sociedad quien exige al Estado que las prohíba. Lo otro, lo disidente, lo subversivo, lo inmoral, lo revolucionario, lo iconoclasta, lo que incomoda, lo herético, lo rebelde, lo incendiario, lo loco… en una palabra: lo distinto, pretende extirparse —y como en las más cerriles dictaduras— no solo se busca desterrarlo del presente, sino del pasado: hoy se expulsan libros de las bibliotecas.

La polarización es sin duda un mal social y hoy este mal, que es cerrazón, se complementa con un intento de cierre a lo distinto, con la moda de lo políticamente correcto que es la otra cara de ese mal. La solución seguramente está en desarrollar el pensamiento crítico, pero ¿cómo adquirirlo si se nos quiere meter en un mundo donde solo exista lo que nos complace? ¿Cómo adquirir un criterio propio —que finalmente es el sentido del pensamiento crítico— si se prohíbe lo que causa disonancia cognitiva a los susceptibles?

¡Cómo extraño el diálogo, el verdadero diálogo, que puede ser todo lo acalorado que se quiera, siempre, claro, que los participantes sí se escuchen!

X @oscardelaborbol

9/28/2025

¿Con IA o hacerlo nosotros mismos?

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Óscar de la Borbolla

El inicio del ser humano y de las herramientas es indistinguible. De hecho, solo podemos suponer que ya había humanidad en ciertos homínidos porque los acompañaban herramientas. Son inseparables de nosotros desde siempre, y su sentido ha sido auxiliarnos en las más variadas tareas; las más antiguas fueron las de piedra; hoy, a cientos de milenios de aquellos comienzos, contamos con millones de herramientas entre las que destacan la computadora y la inteligencia artificial (IA). Sin embargo todas, al margen de su sencillez o complejidad, se encuentran o inventan para cumplir con un propósito. Así, desde las hachas hasta la IA tienen el fin de facilitarnos o ahorrarnos una tarea. Que la herramienta lo haga todo e incluso que lo haga mejor que nosotros ha sido la gran meta de la tecnología.

Hoy parece que con la IA hemos alcanzado ese anhelo y, por ello, es el momento de preguntarnos nuevamente por nuestro sentido en el mundo, pues el mero sobrevivir que parecía nuestro sentido como especie ha perdido su preeminencia: literalmente ya no tenemos qué hacer. Realizar tareas fue, primero, facilitado por alguna herramienta, pero ahora prácticamente lo pueden hacer ellas sin nosotros. Así, una pala mecánica, con un solo operario, cava un hoyo inmenso en unos cuantos minutos volviendo innecesarias a docenas de personas que lo hacían en días. El tornillo de Arquímedes, girado por un motor, bombea miles de litros de agua que costaría un trabajo infernal si esa misma cantidad de agua nos propusiéramos sacarla usando nuestras manos como cuencos: las herramientas son sencillamente prodigiosas: más herramientas se traducen en menos necesidad de personas y, por eso hoy, que la IA puede hacer cualquier tarea incluso mejor que nosotros: diagnosticar una enfermedad, redactar una reflexión como esta, componer una sinfonía, hacer una película, elaborar una demanda, servirnos de chofer, inventar fármacos, armar una campaña publicitaria…, la pregunta por nuestro sentido en la Tierra se impone como urgente: ¿qué hacer ahora que las herramientas lo pueden hacer todo por nosotros, incluso tomar decisiones?

Responder "nada" significaría jubilarnos desde el nacimiento. Responder "emplear el tiempo en nosotros mismos" significa una falsedad práctica, pues hemos visto, en los hechos, que es utópico; son rarísimas las personas que cuando tienen tiempo lo dedican a cultivarse a sí mismas, más bien lo que se observa es que la mayoría se dedica a matar el tiempo para no aburrirse; a fugarse de la realidad estupidizándose con jueguitos o mudándose a vivir a un sueño virtual. El tiempo se vuelve una tortura cuando no se hace nada, por esto me pregunto en serio: ¿qué vamos a hacer cuando no tengamos nada que hacer?

Creo que debemos replantearnos el sentido del hacer, pues hasta ahora el hacer se ha entendido demasiado relacionado con el hacer tareas, es decir, con lograr mediante el hacer lo que necesitamos para vivir. Hacer y sobrevivir parecen referirse a círculos que se corresponden puntualmente. Sin embargo, no todo tiene ni ha tenido siempre ese único propósito: yo pienso y escribo y grabo esta reflexión y con ello gano dinero que uso para vivir, pero no lo hago solo por eso (si alguien lo duda, solo imagine las horas de lectura, escritura y esfuerzo que invierto y compárelo con mis honorarios, y me dará la razón sin regateos). No todo hacer es para sobrevivir, si lo fuera, yo le pediría a la IA que escribiera esta reflexión y me quitaría de trabajos. ¿Por qué la hago por mí mismo?, ¿qué gano además de mis honorarios? ¿Qué ganan quienes hacen lo que hacen no solo por dinero o para ganarse la vida?

Hay ciertos haceres que parece que se llevan a cabo no por sobrevivir, sino porque le dan sentido a la vida de quien los realiza. Esto es muy claro en el terreno artístico: un auténtico pintor no pinta por dinero, un poeta tampoco; hay muchas actividades donde ocurre lo mismo: un auténtico investigador no investiga por dinero, un actor auténtico tampoco lo hace por dinero… Y, en cambio, hay actividades que parece que solo se hacen por dinero: destapar cañerías, se me ocurre, no es un trabajo del que pueda decirse que sirve para realizarse, y otro tanto, recoger diariamente la basura. De entre todos los haceres que al menos a mí, me parece, no tienen más propósito que permitir ganar dinero es el de cajero de supermercado: tomar de la banda cada producto, pasarlo por la lectora del código de barras, decir el importe, recibir el efectivo o la tarjeta, y devolver el cambio o el recibo…

Esta división entre actividades que se hacen porque le dan sentido a la vida y las que solo se hacen porque dan dinero parece correcta; sin embargo, solo lo es en el plano lógico. Veamos por qué: muchas veces he visto en la puerta de mi edificio el carro de la basura y los empleados que brindan este servicio. Lógicamente deberían hacer su trabajo deprimidos, pues lo hacen solo por dinero. No es así, recogen los botes, los vacían alegremente, se cuelgan de una barra, se avientan a la cara cáscaras de plátano, hacen bromas, coquetean con las empleadas domésticas, se tumban encima del camión como si estuvieran en la playa y se van a la siguiente parada. Entre ellos han creado vínculos, relaciones de camaradería, tienen expectativas y sueños, no parece que lo hagan solo por dinero. Más bien ese hacer da la impresión de llenarles la vida, de darles un sentido.

Y otro tanto ocurre con actividades que lógicamente se hacen no solo por ganar dinero, sino por algo más: el pintor auténtico, el investigador auténtico. Veamos a uno de ellos de cerca, porque no es lo mismo un "investigador auténtico" que un investigador de carne y hueso, o sea, no es lo mismo un eidos platónico que una persona real que se dedica a la investigación. Un investigador real es aquel que investiga en una universidad; pero en las universidades, lo investigadores, para mantenerse o mejorar su salario, necesitan rendir frutos; por ejemplo, publicar artículos. El investigador "auténtico" investigaría de manera incansable, pero eso no garantizaría siempre un resultado publicable, entonces, publicaría solo de vez en cuando. Un investigador real, por su parte, necesita publicar regularmente, y al contar con la IA, le sería posible generar cuantos ensayos deseara.

En este contexto real quisiera hacerle a usted, apreciado lector una pregunta: ¿Qué haría usted si fuera un investigador real y sospechara que un colega, otro investigador de su Centro se vale de la IA para cumplir con las exigencias de la institución?, ¿qué haría si viera a ese colega ascender sin esfuerzo por el escalafón académico?, ¿qué haría si el sistema premiara sólo los resultados y no valorara la realización personal, la formación real, sencillamente porque son aspectos que no pueden medirse?, ¿se mantendría heroico como investigador auténtico o se comportaría como el investigador real que no hace nada por sí mismo y su trabajo lo hace con gran eficiencia la IA? El contexto real es perverso: es capaz de echar a perder hasta los eidos platónicos.

Resumo el planteamiento: siempre nos hemos apoyado en herramientas para facilitar nuestras tareas, siempre hemos actuado para sobrevivir, hoy parece que gracias a las herramientas con las que contamos podemos sobrevivir sin hacer nada… reitero la pregunta: ¿qué hacer cuando ya no tenemos que hacer, pero entendemos que hacer es indispensable no solo para sobrevivir, sino para seguir siendo seres humanos? O en otras palabras: ¿qué hacer hoy? La respuesta a esta última pregunta la debe encontrar cada quien preguntándose: ¿qué es lo que debo hacer por mí mismo?

X @oscardelaborbol