9/13/2026

Políticos migajeros


Ana Lilia Pérez

"A estas alturas de su tragicómico historial, ver a Fox abrazando las ruinas del priismo ya no es sorpresa".

Políticos

Vicente Fox tropieza, como de costumbre, con sus propias palabras. Su verborrea actual se enreda al grado de colocarlo al mismo nivel de aquellos a quienes antes fustigaba. Durante su campaña presidencial del año 2000, el panista cimentó su popularidad con una narrativa en que criticaba al PRI calificando a ese partido y sus integrantes como un nido de “mañosos, corruptos incorregibles, víboras prietas, alimañas y tepocatas”, esas eran las expresiones que utilizaba. Hoy se funde en un abrazo con la dirigencia del partido tricolor.

Como reza el viejo dogma de que en política “la forma es fondo”, Fox decidió llevar su cinismo al siguiente nivel: para su encuentro con la dirigencia del PRI en la sede de ese partido hasta se vistió a juego con Alejandro Moreno y la cúpula priista. Las fotografías así lo muestran: corbata roja a tono con el color institucional del PRI, y una combinación de sonrisas ensayadas y amnesia política.

A estas alturas de su tragicómico historial, ver a Fox abrazando las ruinas del priismo ya no es sorpresa, pero lo más absurdo es que apenas en mayo, en Chihuahua, Jorge Romero, lo elogiaba con bombos y platillos –junto a Felipe Calderón– como uno de los “baluartes” del panismo.

Durante su campaña presidencial, Fox afirmaba que “la corrupción es sinónimo del PRI” en este país, y ahora convoca a la unidad con dicho partido. Su urgencia radica en consolidar nuevamente una alianza para el proceso electoral que arranca formalmente este 10 de septiembre, donde se disputarán miles de cargos a nivel local, gubernaturas y la Cámara de Diputados.

El reciente encuentro entre Fox –acompañado con otros panistas que ahora se hacen llamar “Alma de México”– y la cúpula del PRI, va materializando las desesperadas súplicas de Alejandro Moreno para que la coalición “PRIAN” vuelva a figurar en las boletas electorales. Esta urgencia también responde a la necesidad de supervivencia del tricolor: al PRI le queda sólo presencia en dos gobiernos estatales (Coahuila y Durango), y en cuanto a su cobertura territorial ese partido perdió ya la estructura mínima requerida en seis entidades.

Además, los partidos políticos deben mantener al menos un número de militantes afiliados equivalente al 0.26 por ciento del padrón electoral federal, y la afiliación del PRI se desplomó.

La verificación del número real de militancia afiliada en sus padrones le corresponde al INE, en una revisión que realiza cada tres años. La más reciente concluyó en agosto y, según la compulsa que hizo el INE, el PRI tiene 819 mil 103 militantes.

Aunque el desgaste estructural de ese partido viene desde hace muchos años, la negativa percepción pública que se tiene de su dirigente Alejandro Moreno, también provocó la desbandada de sus integrantes y mucha de su militancia. El drástico desfondamiento de la militancia del PRI ha ocurrido precisamente bajo su gestión como presidente nacional del partido.

En agosto de 2019, cuando Alejandro Moreno asumió la dirigencia, el cotejo oficial del INE registró un padrón de seis millones 764 mil 615 militantes. Para 2023, más de cinco millones de personas ya se habían desafiliado, reduciendo la base a un millón 411 mil.  La debacle continuó, disminuyendo su número de afiliados a 819 mil 103, 42 por ciento menos que en 2023.

En balance, durante los años que Alejandro Moreno ha dirigido el PRI, ese partido perdió casi seis millones de afiliados; una contracción de más del 80 por ciento del padrón con el que recibió el cargo. Cada vez más disminuido, al PRI le urge coaligarse nuevamente con los otros partidos.

Para el PAN sus resultados tampoco son cifras alegres: el deficiente ejercicio de Gobierno de los sexenios de Fox y Calderón llevaron a su partido a perder posiciones de manera consecutiva.

En las elecciones de 2012 el PAN cayó a la tercera posición al obtener 25 por ciento de la votación. Esta tendencia a la baja se agudizó en 2018, cuando obtuvo el 17.84 por ciento de la votación.

En un intento de recuperar posiciones, se coaligaron con el PRI y el PRD, pero su estrategia resultó contraproducente: el PAN obtuvo apenas el 16.31 por ciento de los sufragios. Por su parte el PRD perdió su registro nacional al no alcanzar el mínimo legal de votos.

Después del descalabro de su coalición, en 2025 el PAN anunció su “relanzamiento”,  su estrategia de “afiliarse” con un solo click, prometiendo incluso que al afiliarse participarían en una rifa mensual de celulares Iphone. Con ese gancho tan superficial y vacuo, Jorge Romero intentó incentivar la afiliación al blanquiazul.

El PAN aumentó su militancia en 88 mil 439 afiliaciones: en los padrones de 2023 tenía 277 mil 665 afiliados, ahora tiene 366 mil 104.

Cuando Romero anunció el “relanzamiento” del partido y afiliación masiva, lo hizo también bajo la premisa de romper definitivamente sus coaliciones electorales, pero desde el día del anuncio se exhibieron contradicciones, porque tenía allí mismo en el evento a algunos priistas y perredistas que conformaría el ahora partido Somos, vinculados a Claudio X. González.

La incongruencia de sus figuras políticas ha derrumbado los mitos fundacionales que presumía el Partido Acción Nacional: el de Ernesto Ruffo Appel, a quien solían referirse como el primer Gobernador de oposición en la historia de México al romper la hegemonía del PRI en Baja California. Ese símbolo idílico se les desmoronó drásticamente: hoy Ruffo se encuentra bajo proceso judicial en prisión preventiva, acusado de delincuencia organizada y contrabando de combustible (huachicol fiscal).

A ese colapso se suma el de Fox, a quien se le promovía como el panista que en el año 2000 logró la “alternancia” en el poder al “desterrar al PRI de Los Pinos”. Pero la nostalgia de aquella alternancia se disuelve en el cinismo. Aquel candidato que se ufanaba de “sacar a las víboras priistas” ahora es entusiasta promotor de ese mismo partido. Esto demuestra que su antigua retórica de campaña no fue más que la mercadotécnica de un gerente refresquero usando como gancho un supuesto “cambio”, para en realidad edificar su negocio personal a la sombra del poder público.

Aquellas frases coloridas y expresiones que en su momento empataron con el hartazgo ciudadano frente al régimen priista ciertamente le ganaron la simpatía de millones de votantes. El electorado vio en él una posibilidad de transición; sin embargo, todo quedó en un cambio de membrete y en actos teatralizados, como cuando en su campaña aplastaba figuras de plástico que simulaban a las “víboras prietas” de la corrupción, asegurando enardecido que así las erradicaría. Al final Fox sólo capitalizó el descontento social para su propio beneficio, comprometiéndose a cambios que nunca cumplió.

Más pronto habían quedado en el Congreso concretadas las primeras alianzas prianistas, como la conversión de la deuda privada del Fobaproa en deuda pública. Esta determinación, que hace casi tres décadas tomaron el PRI y el PAN, sigue costando millonarios recursos al erario a través de una deuda interminable que se paga año tras año, y que en su momento sirvió como salvadidas para unos cuántos empresarios beneficiados por esas componendas.

La Presidencia de Fox no representó una ruptura con el priismo, sino una continuidad intensificada del modelo neoliberal y un crecimiento desmedido de los privilegios para la “burocracia dorada”. La élite panista, que había prometido desterrar la corrupción del Gobierno, terminó repartiéndose los cargos para el uso, goce y beneficio personal de quienes estaban en el poder, cobrando y disfrutando lo que antes criticaban de los priistas, incluso con un costo mucho mayor para el erario.

Lo que se vivía en Los Pinos con una pareja presidencial como Vicente Fox y Marta Sahagún es muestra de lo que se vivió en aquel periodo. La pareja presidencial dándose vida de realeza, en estilo de derroche que era extensivo a secretarios de Estado y a quienes dirigían las paraestatales, pagándose a cuenta del erario también lujos y privilegio.

De esos años data el derroche y privilegio como el de Raúl Muños Leos, designando director de Pemex por Vicente Fox. Raúl pagaba las cirugías plásticas estéticas de su esposa Hilda con recursos de la paraestatal. A su vez la amiga de Hilda, Marta Sahagún, hacía pagar sus lujosos atuendos con recursos públicos.

Ese sistema de beneficios se extendía a la cúpula panista. En ese contexto se gestionó que a María Amparo Casar –entonces asesora de Santiago Creel en la Secretaría de Gobernación– se le autorizara la millonaria pensión vitalicia, que hasta ahora sigue cobrando, a pesar de las evidentes irregularidades en su aprobación.

Un caso que refleja los modos que se tenían en el Gobierno de Fox es el de la familia de Amparo Casar: su cónyuge, Carlos Márquez Padilla ingresó a Pemex asignado a un cargo directivo de alta relevancia porque era amigo de Octavio Aguilar Valenzuela, a quien Fox puso como director Corporativo de Administración de Pemex, y lo puso en ese cargo porque Octavio es el hermano de quien entonces era su vocero en la Presidencia, Rubén Aguilar.

Así era la designación y manejo de cargos en esos tiempos, en los cuales, a la sombra de Los Pinos Vicente Fox y Martha Sahagún, fueron operando el entramado que los llevaría a su dorada jubilación como poseedores de inmuebles y numerosas empresas de giros diversos.

El acercamiento actual de Fox con lo que queda del priismo tampoco resulta sorprendente. Ya desde el sexenio de Peña Nieto, Vicente Fox fue de los panistas que se volvieron de los principales promotores de ese gobierno; en el caso de Fox para hacer negocio.

Un claro ejemplo son las transacciones vinculadas al Centro Fox: desde el Gabinete de Peña Nieto se le mandaban funcionarios a “capacitarse” en sus “cursos de liderazgo”. Por los que el Centro Fox cobraba más de 20 mil dólares por funcionario, con cargo al erario.

En esos años Fox también cobraba su ostentosa pensión de expresidente y tenía al Estado Mayor como servidumbre personal.

En los próximos meses, con el proceso electoral, seremos testigos de nuevas alianzas. Esta unión de membretes y políticos, en muchos casos no responde a coincidencias ideológicas, sino al lucrativo negocio que les garantiza la supervivencia de los partidos. Al final, aunque ahora pretendan autonombrarse el “alma de México” sólo buscan asegurar prerrogativas, exhibiéndose como lo que realmente son: vulgares migajeros.

Rubio, Sheinbaum y la saturación desinformativa

 Utopía
 

 
Eduardo Ibarra Aguirre
 
Marco Rubio está inmerso en la desesperada puja por suceder a su jefe político e ideológico, Donald John Trump, en la Oficina Oval de la Casa Blanca dentro de dos años, pero ahora está concentrado en hacerle segunda metiendo a México y su gobierno en la agenda electoral de Estados Unidos para el primer súper martes de noviembre, desesperado como están el grupo tecnofascista gobernante y el Partido Republicano –dirigido por un orate que se cree rey– para no perder la Cámara de Representantes y el Senado con la oferta pública hecha en Dallas, Texas, de entregar 5 000 dólares a cada ciudadano siempre que el Partido Demócrata no gane las elecciones.

Más tardó el que sus detractores rebautizaron como Narco Rubio que Claudia Sheinbaum en mandarlo muy educadamente a Chingatitlán de las Fiestas: “México no es piñata de nadie. A México se le respeta” y ocúpense “de los graves problemas que tiene Estados Unidos”. Además de que el sujeto estaba de fiesta porque recibió la máxima condecoración ecuatoriana de manos de Daniel Noboa, el junior al que papi le compró la presidencia y dueño de la principal empresa bananera a la que le encuentran cargamentos de plátanos para encubrir los de cocaína. Pero ni a Rubio ni a Trump se les ocurre tacharlo de “narcoterrorista”, como tampoco a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras al que indultaron después ser sentenciado a 40 años de prisión por introducir a EU 50 toneladas de cocaína; y muchos más criminales latinoamericanos son subalternos de Washington.

Rubio dijo exactamente lo que sigue: “Los mexicanos han hecho más que nunca para ir contra estos grupos, pero todavía no es ni de cerca suficiente”. Primero el reconocimiento, enseguida el reclamo y después el desplante intervencionista: “…esa amenaza (de los cárteles) tendrá que ser enfrentada de una manera u otra”.

Comete un pequeño error, México, su gobierno y pueblo no son ni remotamente Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Honduras o Perú. Y lo hizo el rabioso anticomunista un día después de que fueron presentadas las mejores cuentas en materia de seguridad pública, entre otras: bajaron 53% los homicidios dolosos en 23 meses, al pasar de 86.9 diarios en promedio a 40.8; son 46 asesinatos menos al día; fueron detenidos 67 253 personas por delitos de alto impacto, y del 6 de agosto de 2025 al 31 del mes pasado, cayeron 2 000 por extorsión en 29 entidades y, ojo Rubio, vienen de USA 84% de 34 353 armas aseguradas. Ustedes le hacen básicamente al Tío Lolo.

Mientras tanto, está en marcha en el imperio de las barras y las estrellas una gran operación de “fatiga de noticias”, consistente en saturar las redes sociales con publicaciones frívolas, “chistosas” de las que hubo más de 300 sólo el pasado fin de semana para que Donald John imponga su propia agenda desinformativa que por supuesto no incluye la agresión militar a Irán y la conflictividad en todo Medio Oriente, el desplome de su aprobación ciudadana y los más acuciantes problemas sociales y económicos, como la inflación y el desempleo. Y en las conferencias de prensa también impone su agenda y limita las preguntas más incómodas, lo que se refleja en la pobreza informativa de los diarios, porque la televisión en buena medida la controla Donaldo Juan.

Si nos atenemos a los corresponsales Jim Cason y David Brooks con la saturación desinformativa y frívola se genera un efecto de cansar a la ciudadanía que lee o escucha noticias, lo que reduce el papel del periodismo en Estados Unidos y el debate público se traslada a las redes sociales donde DJT es el amo y señor.

Acuse de recibo

La diputada Margarita Zavala Gómez del Campo, mejor conocida por ser la esposa del señor de la “guerra contra el narcotráfico” –impuesta por la Casa Blanca y el hambre de legitimidad presidencial–, un tal Felipe del Sagrado Corazón de Jesús, dijo en la tribuna de la Cámara de Diputados al criticar el II Informe de Claudia Sheinbaum: “Nos quieren hacer creer que vamos bien”. Tantos años de legisladora y política profesional, de espléndidos sueldos, para salir con tal simpleza. (…) “40 años de aventuras militares de EU: un historial de fracasos estratégicos. Desde su fundación, EU ha participado en 481 enfrentamientos militares desde 1798, de los cuales alrededor del 60% tuvieron lugar desde 1983. Muchas de estas campañas tuvieron resultados controvertidos y contribuyeron a generar inestabilidad en distintas regiones del mundo”: Sputnik Mundo. (…) De Elba Pérez Villalba: “El ministro israelí de Defensa insiste no sólo en la expulsión de los palestinos de Gaza; sino en el exterminio de los palestinos. La doctrina Donroe será diferente en cada país: embajador de EU en foro de ultraderecha, y agregó: gestiones como la de Kast (hijo y nieto de nazis) en Chile la facilitarán”.  (…) Usted puede consultar 3,160 textos de Utopía y el reporte completo de Forum en Línea sigue gracias a ustedes, en la liga  https://forumenlinea.com/?page_id=53

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Ser mexicano, hoy

Fabrizio Mejía Madrid

"El nacionalismo impuesto desde arriba se opone a una Nación que habita abajo con otras ideas de lo que es ser mexicanos".


Ser mexicano, hoy. Por Fabrizio Mejía Madrid

Este 15 de septiembre vale la pena pensar y hablar del nuevo nacionalismo mexicano. Se ha afianzado en ambos lados de la frontera norte un tipo politizado de pertenencia y de arraigo a la Nación mexicana que es distinto de que se desplegó en los regímenes del PRI y del PRIAN. El viejo nacionalismo fue una mezcla entre el dominio del Partido Único y la amenazante vecindad con los Estados Unidos. Ya en el neoliberalismo simplemente se desechó para convencernos de que sólo desde “lo local” se vivía la pertenencia. Desde que el PRI implementó la Unidad nacional y la rellenó con los mitos del mexicano binario entre español y azteca, el mariachi para conservar cerca a la zona cristera, el cine y la televisión como melodrama donde, si bien los pobres siempre pierden, encuentran reposo en haber actuado con bondad. El nacionalismo impuesto desde arriba se opone a una Nación que habita lo popular, abajo y en las regiones, con otras ideas de lo que es ser mexicanos. Abajo, el ese mexicano del PRI no existe, si por él entendemos que es priista, pendenciero, borracho, iracundo, sometido, irresponsable, infantil, y mañoso. Ese sujeto que inventa el PRI no sirve más que para ser sometido, trabajar forzado, y aguantar. El aguante conforma tanto al sujeto político como al identitario. Aguanta el dolor, el castigo, el picante, y el tequila. Y, por supuesto, un siglo casi de PRI. Eso es ser mexicano de 1940 hasta el desembarco neoliberal desde Estados Unidos. Durante cuatro décadas, al PRI le funciona la vecindad con los gringos como un enemigo amenazante pero a cuya modernidad se debe aspirar. El PRI era la defensa mexicana contra el invasor gringo porque era más astuto, escurridizo, y taimado. Pero, el mismo PRI fue el que deliberadamente acabó por entregarse a sus corporaciones, alimentos, entretenimientos, e idioma. Su nuevo mexicano universal es Octavio Paz que pasó de reivindicar el ejido en su juventud a elogiar la norteamericanización como salida del México inviable. Se dice “ciudadano del mundo” en un momento en que el individualismo no tiene otra Patria que los tratados de libre comercio.

Cuando llegan los neoliberales al poder, mediante el fraude electoral de 1988, ser mexicano es ser global, es decir, carecer de puntos donde se detengan los prejuicios, gustos, y figuras emulables. Lo que sigue es entregarse al consumo total, ahora llamado “libertad”. Si hay raigambre es en tu barrio, en tu comunidad, en tu cuadra. Pero no importa porque la Nación ha dejado de existir. “Arráigense donde los conozcan”, parece decir el nuevo discurso oficialista, de Salinas de Gortari a Enrique Peña Nieto. La élite y una parte de la clase media quiere ser valoradas, entonces, por lo que veneran y consumen, no por lo que son. Y es entonces que ellos son los primeros mexicanos que niegan haber nacido aquí. Se escudarán en ser globales pero, en realidad, están agringados. Los de abajo, es decir, todos los que no somos élite, tenemos muchas más formas de relacionarnos con Estados Unidos que la simple veneración a su tecnología, medios masivos, y comida rápida. Y es que abajo hay una diversidad de rechazos que se actualizan con la migración masiva de la primera década neoliberal. Entre el peligro que encarnan los gringos y el PRI ostentando su anti-democracia como una forma de defensa nacional, surge lo popular, democratizador y politizado, poco a poco.

Abajo, la Nación habla muchas voces. Desde 1988 se va gestando una respuesta nacional popular al neoliberalismo, con el neocardenismo, el  zapatismo urbano, y finalmente el obradorismo. La hegemonía cultural a la que aspiró el PRI con el muralismo, la novela de la Revolución y el cine, nunca alcanzó más que a sobreponerse sobre una tierra popular donde las principales claves simbólicas del mexicanismo se trastocaban, se interpretaban, se leían distinto. Pedro Infante, por ejemplo, no fue el “pobre pero honrado” de Ismael Rodríguez, sino que reencarna en la lucha contra el desafuero de López Obrador convertido en “Peje, El Toro”, es decir, en la indignación contra el sistema judicial. El zapatismo de Chiapas arrebata al Zapata priista y lo extiende a las comunidades indígenas y, de ahí, a los barrios de las megaciudades conurbadas. El cardenismo trastoca la gráfica de los años treintas para reformular su mensaje: el neoliberalismo traiciona el nacionalismo de Lázaro Cárdenas, a los ejidatarios, a los mexicanos de la tierra. Se fue construyendo con esa reapropiación otra hegemonía cultural, histórica y simbólica de raigambre popular.

Una por una las capas simbólicas del antiguo nacionalismo son resignificadas por lo popular. Es un proceso que empieza en 1988 y que no ha culminado. Veamos algunos de los esterotipos que han cambiado. En primer lugar, está el pueblo. El pueblo del priismo era una entidad desaparecida en el momento en que la encubraron como símbolo: los campesinos pobres que habían combatido en la Revolución mexicana. El pueblo actual delimita a los excluidos por el neoliberalismo, es decir, a casi todos y los convierte en sujetos políticos, en votantes, en parte del espacio público en donde lo que dicen es una fuerza y una razón, no sólo ruido como con el PRI. Como sabemos, las identidades no son esencias que uno carga consigo sino que son relaciones de poder. Al cambiar las relaciones de poder también cambió lo que significa ser parte del pueblo. Ya no es el indio dormido recargado en el nopal, sino un sujeto político indignado y esperanzado en la posibilidad de la transformación de su presente y destino. El charro, la china poblana, el jarocho perdieron su base apartada en los montes y las sierras y fueron utilizados por el PRI para retratar al sujeto gobernable, obediente, atenido al momento de repetir la tonada, y el paso de baile.

Estos esterotipos desaparecen en la heterogeneidad de lo popular que los toma como una domesticación de sus orígenes marginados y guerrilleros, como en el caso del jarocho, que fue el moreno que bajó de la sierra para defender el Puerto de Veracruz. Nada de esa épica convenía al PRI cultural.

En segundo lugar, valdría la pena echarle un ojo a la lista de Carlos Monsiváis hizo de la cultura nacional en el número de octubre de Cuadernos Políticos de 1981. Enumera como parte de la cultura nacional: “la obra política y literaria de la generación de la Reforma”. Hoy reivindicada en el Estado laico, como separaciones entre creencias y ciencia, pero también entre poder económico y poder político. Enlista Monsiváis el ámbito de derechos civiles desprendido de la Constitución del 57 y de la Constitución del 17. Ahora ya expulgada de las reformas del neoliberalismo, aquella sensación política de que lo escrito en esa Constitución era una promesa incumplida de un futuro más igualitario y que no se aplicaba en nuestro presente, se ha ido extinguiendo. Creo que sería válido decir que la Constitución de la 4T es más parecida a los principios de la Revolución mexicana que la de Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Escribe Monsiváis: “El sitio de las mujeres en la sociedad y en la familia”. Como la parte sometida del patriarcado que implicó la identidad masculina como aguante, las mujeres han tenido una reivindicación política en la paridad de las instituciones de representación y en recobrar la memoria de su papel en las luchas emancipadoras del país. Su participación no remunerada en la economía comienza a reconocerse. Y qué diría Monsiváis de que una mujer es la actual Presidenta. Monsiváis incluye, además, la religiosidad popular cifrada en la Virgen de Guadalupe, la función categórica de la familia, el panteón de la alta cultura en donde se encuentran las obras de Fernández de Lizardi, Luis G. Inclán, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Justo Sierra, Lucas Alamán, Gutiérrez Nájera, Othón, Díaz, Mirón, Velasco, Posada, Manuel Payno, Emilio Rabasa, López Velarde, Tablada, Villaurrutia, Paz, Reyes, Vasconcelos, Torri, Rulfo, Azuela, Pellicer, Martín Luis Guzmán, Tamayo, Luis Barragán, Silvestre y José Revueltas, Carlos Chávez, Siqueiros, Orozco, Rivera, Manuel Álvarez Bravo, el arte virreinal, Sor Juana Inés de la Cruz, la obra de los jesuitas humanistas del siglo XVIII, el arte prehispánico, la experiencia histórica cultural y social de la Revolución Mexicana (que ordenan visualmente las fotos del Archivo Casasola y redactan ideológicamente las novelas y el cine), las artesanías populares, el sentido antimperialista agrario y popular del sexenio de Lázaro Cárdenas, las diversas expresiones de la cultura popular: el corrido, el teatro de revista, el grabado, algunas películas de Fernando de Fuentes, Emilio Fernández y Luis Buñuel y algunos actores, la realidad y la mitología de la resistencia popular, de Chucho "el Roto" a Rubén Jaramillo y Lucio Cabañas”.

De la lista de Monsiváis extraigo los rasgos políticos: la relación de los energéticos con el anti-imperialismo y la memoria de la resistencia plebeya. El enlace entre destino común y lenguaje colectivo en estos ocho años de 4T parece enumerar a otros tantos rasgos de la pertenencia y sus formas de arraigo a la Patria, a la Nación: la inclusión de los dos sectores que fueron sacudidos por el neoliberalismo: las mujeres arrojadas por la necesidad de subsistir a la informalidad y los migrantes forzados hacia Estados Unidos. Ambos grupos han sido reivindicados como parte de la Nación. Se ha reivindicado a las comunidades indígenas como sujetos de derecho, no como objeto de estudio. Un nuevo piso de decisiones económicas y políticas sobre su territorio se hizo constitucional. Se ofende la clase media buenaondita de lo que llaman “apropiación” de los tejidos indígenas en los trajes de la Presidenta o de las ceremonias del bastón de mando. Son formas de inclusión simbólica. No tienen nada que ver con el folclorismo priista o la simulación de Xóchitl Gálvez. Si hubo un proceso de resignificación popular de personajes, símbolos y memoria histórica durante el periodo 1988-2018, ahora ya en el poder esa resignificación se dará también en sentido inverso: el poder ostenta algunos símbolos de lo popular para terminar de construir un puente de transmisión cultural. La idea de que “el gobierno utiliza a los indígenas” no guarda relación alguna con el momento actual y lo que ha sucedido en materia de derechos de las comunidades y la inclusión en aparatos tan rancios como la Suprema Corte de Justicia.

Y nada, hice esta columna porque el orgullo de ser mexicanos se ha resignificado en estos años. El 15 de septiembre de 2006: el de Vicente Fox refugiado en Guanajuato por el fraude electoral a favor de Felipe Calderón; el de López Obrador en su toma de Paseo de la Reforma; y el de los pobladores de San Salvador Atenco cobijados mediáticamente por el zapatismo. Fox gritó: “Vivan las instituciones”. Alejandro Encinas, a nombre del plantón de Reforma, gritó: “Viva la soberanía popular”. Y el subcomandante Marcos dijo: “Presos políticos, libertad”, en relación a Ignacio del valle y los otros dirigentes de San Salvador Atenco encarcelados por oponerse al aeropuerto de Texcoco. Mucho ha pasado de ese hecho insólito del 15 de septiembre de 2006. Fox se abraza con "Alito" Moreno en las instalaciones del PRI. El aeropuerto de Texcoco se devolvió al lago inmemorial y ahora hay otro construido por la voluntad política de López Obrador. Y el subcomandante ha cambiado ya varias veces de nombre e insiste en reaparecer cada vez que hay elecciones. Pero es crucial el cambio entre ese entonces y hoy. La cultura popular, fuera de la sociedad del espectáculo, es asidero de una identidad nacional que se basa, no en la china poblana y el Museo de la Antropología, sino en los derechos políticos. Ser mexicano hoy es estar politizado y poder debatir con quienes durante muchas décadas se consideraron estereotipos dormidos en lo profundo de las piedras.

Si en Alemania vuelven a votar a los nazis ¿podría pasar en México?

Un Quijote en Tenochtitlán

Juan Carlos Monedero

"Se ha desatado la extrema derecha en todo el mundo, hoy son primera fuerza en donde nació el fascismo, el nazismo, el franquismo".

Si en Alemania vuelven a votar a los nazis ¿podría pasar en México? Por Juan Carlos Monedero

Cuando una sociedad empieza a considerar normales cosas que anteriormente consideraba intolerables, cuando el odio va arraigando culturalmente como algo que forma parte de lo normalizado, cuando el odio se va organizando socialmente e interviene con su discurso o con sus prácticas violentas, una sociedad va camino del fascismo.

Después de la victoria de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt, Alice Weidel, la líder de Alternativa por Alemania, el ganador partido neonazi, ha exigido la deportación de “más de un millón de refugiados”. Alemania, que fue la que inventó el ICE más letal el siglo pasado, vuelve a las andadas.

Vivimos un mundo desatado. Y el gran desatador es el egoísmo. Un egoísmo ciego que no ve nada más que el interés particular inmediato y que viene con un cuchillo afilado cortando todas las sogas que sujetaban a los monstruos.

Se han desatado las temperaturas del mar y las catástrofes por el calentamiento global; se ha desatado la Inteligencia Artificial movida por el beneficio económico o militar, que nadie parece saber cómo parar y amenaza a la humanidad; se ha desatado la ignorancia y la estupidez por el mundo, según señala el último informe Pisa; se han desatado las ganas de mucha gente de marcharse de países en donde no ven futuro; se ha desatado la depresión como una pandemia en un mundo que aísla a una especie, la humana, que es social por naturaleza; y se ha desatado la extrema derecha en todo el mundo, que se ha comido a la derecha y que hoy son primera fuerza en los lugares donde nació el fascismo (Italia), el nazismo (Alemania), el franquismo (España) y el colaboracionismo (Francia), y también, y, esto es novedoso, en el país que ayudó a derrotar a las potencias del Eje cuando entró en la Segunda Guerra Mundial, esto es, en los EU de Donald Trump.

Hay una conmoción en Europa porque una fuerza que tiene claros vínculos con la Alemania nazi, Alternativa por Alemania, ha ganado las elecciones en Sajonia-Anhal, con el 44 por ciento de los votos. La participación ha sido histórica, del 77.8 por ciento, lo que indica que la extrema derecha ha movilizado también a los abstencionistas. Ha ganado en todas las categorías sociales -menos en los sectores acomodados- y edades -salvo los mayores de 70 años, que tienen memoria. Sachsen-Anhalt no es toda Alemania. Se trata de un mediano Land de la antigua República Democrática Alemana con 1.7 millones de habitantes, con apenas un nueve por ciento de inmigración -muy por debajo de la media de Alemania, que está en el 20 por ciento- y que, sin embargo, es un espejo de la frustración europea, de ciudadanos que creen que no les va como se merecen.

Un profesor en Leipzig comentaba que había hablado con varios amigos suyos, gente normal, que habían votado por AfD. Reconocían que había nazis en ese partido, pero insistían en que no todos eran nazis. Todos los contertulios compartían algún tipo de frustración, ciertas ganas de revancha, un malestar difuso que bebía de diferentes lugares: de la reunificación alemana que les había dejado en un mal lugar económico, de la política neoliberal de la derecha y del SPD, de una Europa burocratizada a la que veían muy lejos, de la pérdida de posición social y laboral de los hombres, de una guerra entre Rusia y Ucrania que les amenazaba y que no entendían, y de un envenenamiento de los medios que les agitaba aún más la intranquilidad. Todo esto les daba la excusa para dejar de ser solidarios.

Habían votado por Ulrich Siegmund, el líder de la formación ultraderechistas del que todos los medios destacan su buen humor. Esta persona jovial, en una reunión de ultraderechistas en Potsdam en 2023, dijo que la vida de los extranjeros en Sajonia-Anhalt "debería ser lo más desagradable posible". En Alemania, el país que le hizo tan desagradable la vida a judíos, gitanos, socialistas, comunistas, homosexuales… Los líderes de la extrema derecha no son ya señores grises con trajes oscuros y mirada torva, pero piensan igual que sus antecesores. Son igual de inquisitoriales, pero queman herejes sonriendo y con maneras liberales. Vamos, que pueden estar divorciados o vivir en parejas homosexuales o haber abortado y firmar tu encarcelamiento o deportación mientras se meten una raya de coca o viajan colocados con MDMA.

Leyendo las explicaciones de esos votantes de AfD me he encontrado con las mismas explicaciones que contaba el judío norteamericano Milton Mayer en su clásico libro de 1955 Creían que eran libres.

A principios de los años cincuenta, Milton Mayer se fue a Alemania y se instaló en una pequeña ciudad, Marburgo -a la que llamó Kronenberg -. Quería convivir con 10 alemanes que, desde su punto de vista, eran perfectamente normales. No eran jerarcas nazis. No eran generales. No eran grandes criminales de guerra. Eran gente corriente: un sastre, un carpintero, un estudiante, un panadero, un cobrador de deudas, un empleado de banco, un policía, un maestro… Es decir, gente que, aparentemente, podía cruzarse contigo por la calle sin que sonara ninguna alarma. Todos habían sido miembros de base del Partido Nazi. Es verdad que Mayer no le dijo a ninguno que él era judío.

Mayer quería averiguar algo bastante incómodo: cómo personas normales podían apoyar a Hitler, colaborar con el régimen o simplemente mirar hacia otro lado mientras la barbarie avanzaba y, además, no sentir que estaban siendo parte de una aventura criminal. Iban dejando de ser libres pero recordaban el nazismo como un periodo con algunos excesos, si bien lleno de cosas buenas.

El nazismo no llegó a sus vidas con un cartel que dijera: "Atención: a partir de mañana comienza una dictadura criminal". Hasta una persona como Hitler tenían educación y eso habría sido descortés. Llegó prometiendo orden, empleo, estabilidad, orgullo nacional y la recuperación de un país humillado después de la Primera Guerra Mundial. Las libertades tampoco desaparecieron todas de golpe. Fueron desapareciendo poco a poco. A cómodos plazos para la capacidad moral de esa sociedad. Una pequeña restricción por aquí. Una excepción por allá. Una medida “provisional” aplicada sólo a determinadas personas. Una Ley “necesaria”. Una prohibición que afectaba solamente a otros. Una libertad que podía sacrificarse porque, total, esta vez había una buena razón. Hasta que llegó el momento en que ya no quedaba casi nada que defender. Y entonces apareció otra característica extraordinariamente humana: nadie se consideraba responsable. Ni los que han votado esta semana a AfD ni los entrevistados por Meyer se veían como monstruos. Se veían como personas decentes atrapadas por las circunstancias. Dijeron que no podían saber lo que ocurría, que no podían hacer nada, que no era asunto suyo. Ellos solamente habían intentado sobrevivir.

Mayer no quiso contar que los nazis fueran unos monstruos. Una dictadura no necesita que todos sus ciudadanos sean fanáticos. Basta con una minoría consistente. Luego, ya solo falta que el resto acepte cada pequeño recorte de libertad, cada ataque a los derechos humanos como algo razonable, provisional o inevitable. Meyer no decía que sus entrevistados fueran inocentes: fue gente que no se metió en problemas y sacó algún beneficio mientras los nazis prosperaban. Y esta conclusión es más preocupante que decir que todos eran unos terribles nazis sanguinarios.

Una buena parte de los votantes de AfD son ciudadanos “normales” que pueden seguir considerándose así mismos buenas persona mientras el monstruo hace su trabajo. Existen en España, en México, en Argentina, en Colombia, en Brasil. Saben que el monstruo existe, pero creen que está ahí porque sobre él -o ella- recae una pesada carga, que es hacer el trabajo que beneficia a todos. Otra vez el egoísmo.

En la Alemania gobernada por el bipartidismo del centro-derecha y el centro-izquierda, los alimentos han subido el 34,7 por ciento, mientras que los salarios lo han hecho en torno a un tercio, el 14,28 por ciento. El 87 por ciento de los votantes de AfD creen que su partido es de centro. En la campaña electoral, diseñada desde Berlín, han hablado de inmigración, pese a que en Sajonia-Anhalt tienen, como decíamos, la menor tasa de migración del país, el nueve por ciento, frente al 20 por ciento nacional. Pero podían haber hablado de la Unión Europea, de la guerra, de la burocracia o de cualquier otra cosa. Lo relevante es que ya habían captado lo más relevante: eran vistos como la fuerza monstruosa, redentora, a la que había que darle la oportunidad de que hiciera algo.

A los votantes de AfD no les importa que su líder en Sajonia-Anhalt se rodee de gente que se declaran nazis o han sido militantes de organizaciones nazis. Los escándalos tampoco parecen afectarles. A los votantes de la extrema derecha no les molesta el nepotismo, algo muy mal visto en la democracia europea. El padre de Ulrich Siegmund trabaja para un Diputado del Bundestag de Sajonia-Anhalt y ya había trabajado para otros diputados de AfD. Pero cuidado si lo hace alguien de la izquierda… Además, los medios le hacen la campaña al presentarle como antisistema -Der Spiegel lo presentó como “El hombre más peligroso de Alemania-, cuando no es verdad y sus políticas están ya marcadas por las realizadas por la CDU o por el SPD. Pero ¿quién aplaca mejor la frustración que quien se ve como el enemigo del sistema? Insiders que se venden como outsiders.

Alice Weidel, la líder nacional de AfD, tiene un perfecto perfil burgués: economista, con un doctorado, ha trabajado en Goldman Sachs -entiende y profesa pues el neoliberalismo- y también en China (habla mandarín); convive desde hace más de una década con Sarah Bossard, una productora audiovisual nacida en Sri Lanka y adoptada de niña por una familia suiza. Tienen dos hijos concebidos por donación de esperma. Residen buena parte del año en un pueblo suizo, Biel/Bienne, aunque su domicilio electoral formal sigue siendo la casa de sus padres junto al lago de Constanza. Todo esto mientras copreside un partido que en su programa defiende el matrimonio heterosexual como núcleo de la nación, rechazó el matrimonio igualitario, habla de "remigración" y deportaciones masivas, y ha sido calificado por la Oficina Federal para la Protección de la Constitución como "movimiento extremista de derecha confirmado"

¿Cómo se solventa esta contradicción? Ella lo hace con una enorme caradura: “Mi vida es una cosa y el modelo social que yo considero deseable es otra.” O como dijo en otro sitio, mi vida personal es la prueba de que hace falta un partido como AfD.

En los entornos urbanos pesa más en el voto la ansiedad frente a la inmigración, la nostalgia del Este postindustrial, el rechazo a Bruselas, el malestar difuso. Y un discurso autoafirmativo: si hasta una jodida lesbiana está con nosotros, es que tenemos la maldita razón. Y todos contentos. Es la hipocresía elevada al cubo: en tu vida privada haz lo que quieras siempre y cuando no salgas con las banderas de esa mierda que haces en tu vida privada. Tu identidad sexual no puede formar parte de nuestras instituciones. Cuando no te ve nadie, haz lo que quieras. Pero no nos molestes. Toleran al homosexual individual, pero persiguen al movimiento LGTBI. Los símbolos de la sociedad sólo los definen ellos.

No eligen a Weidel para que le enseñe cómo vivir, la eligen para que resuelva quirúrgicamente, sin que le tiemble el pulso, un problema que perciben como existencial (la inmigración, el estatus del Este alemán, el coste de vida). Cuanto más grave se percibe el problema, menos margen queda para el escrutinio de la vida privada del mensajero. Weidel dice que su vida privada es asunto suyo, mientras defiende que el currículo escolar alemán no debería enseñar "sexualización precoz" ni "la locura de género", en la fórmula que usan también otros dirigentes del partido y que en España VOX llama “ideología de género”.

Y lo mismo ocurre con la inmigración: su definición de “inmigración controlada” significa “la que a mí me viene bien”. O “la que conozco”. Odian a los inmigrantes, pero tienen un vecino turco con el que se llevan de maravilla. Hasta que alguien venga a buscarle porque no es su vecino y es turco. Es una mezcla de odio abstracto, es decir, de estupidez que no se representa al otro, y, una vez más, el egoísmo. Los inmigrantes son una amenaza pero con mi frutero indonesio la relación es buena; los homosexuales amenazan la familia tradicional, pero tengo un amigo homosexual; Alemania está por encima de todo, pero puedo vivir donde quiera, incluso fuera del país. La AfD defiende la soberanía nacional, la identidad nacional, la recuperación del Estado-Nación, la protección de la Nación frente a las élites globalizadas y es crítica de las élites cosmopolitas. Su programa plantea incluso transformar radicalmente la relación de Alemania con la UE y recuperar competencias nacionales. Pero Weidel vive en Suiza con su pareja. El mensaje es: “Me da igual dónde y con quién duerme Alice Weidel. Quiero que cierre las fronteras y fusile a los malditos burócratas de Bruselas”.

Una mujer que habla mandarín, ha trabajado en Goldman Sachs, vive en Suiza y está casada con una mujer nacida en Sri Lanka puede ser simultáneamente una dirigente muy eficaz para una derecha radical nacionalista. La contradicción biográfica de Weidel se convierte en un activo político. Seguramente porque los medios no le sacan los colores, porque ninguna otra mujer con sentido común se ríe en un debate de su caradura ni la gente le afea en la calle su incongruencia. La tolerancia que brindan los medios a la extrema derecha ayuda. Y mucho. El líder ya no debe "encarnar nuestros valores” sino que “el líder debe defender nuestros intereses contra nuestros enemigos”. El líder nos autoriza a ser sinvergüenzas. Entonces, nos vale.

El abuelo de Alice Weidel entró tarde en el partido nazi, en 1932. Un años después, entró en las SS (Schutzstaffel, “Escuadras de Protección”). En Polonia, una de las zonas de mayor represión del nazismo, fue donde este Weidel trabajó como Juez militar, en Varsovia, ascendiendo hasta ser Juez del estado mayor superior Oberstabsrichter, nombrado por Adolf Hitler en 1944. Tras el levantamiento del gueto de Varsovia se ejecutaron a siete mil judíos y se deportó a campos de concentración a 42 mil judíos, que también fallecieron. Tras el final de la guerra Weidel fue detenido por los británicos, pero salió impune “por falta de pruebas”.

No hay que pedirle coherencia al votante de la extrema derecha. Te gritan cada vez más fuerte: “me importa una higa lo que haga mi líder. Weidel es la única con narices para hacer lo que nadie se atreve y es la que dice lo que yo quiero que alguien diga sobre inmigración y sobre la izquierda”. Y en su hipocresía, se blindan: “¿Cómo podemos ser homófobos si nuestra líder vive con una mujer? ¿Cómo podemos ser racistas si la pareja de nuestra líder nació en Sri Lanka?”. El mensaje es típico de las extremas derechas de todo el mundo: “Sí, vive en Suiza, pero defiende como nadie a Alemania. Sí, está con una mujer, pero defiende como nadie el matrimonio heterosexual. Sí, su mujer nació en Sri Lanka, pero tiene razón sobre la inmigración. Y nos ayuda como nadie a odiar a nuestros enemigos”. Como hacen los evangélicos neopentecostales con Trump: “¿Es un buen cristiano? Evidentemente no, pero ¿defiende nuestros intereses frente a nuestros enemigos? Como el que más. No es como yo, pero está de mi lado”. En España, Santiago Abascal, el político más belicista, hizo trucos para evitar hacer el servicio militar obligatorio.

La hipocresía está en que, en el fondo, quieren imponer cosas a los demás. Un fumador puede defender que fumar es malo. Un divorciado puede defender que el matrimonio es indisoluble. Un homosexual puede considerar preferible la familia heterosexual. Un rico puede defender impuestos bajos. No hay contradicción lógica inmediata. La vida está llena de contradicciones. El problema político salta cuando presionas para que se pueda fumar en lugares públicos, prohíbes el divorcio o el aborto, estigmatizas tipos de familia que no sean heterosexuales, evades impuestos. Es decir, prohíbes a los demás que hagan lo que tú haces. La vida privada de los nazis, los fascistas, los franquistas o de Trump, Salinas Pliego, Musk o Esptein no es muy edificante

¿Puedes ser líder planteando que tu vida tenga el privilegio de ser una excepción a la norma que defiendes? En la izquierda es muy difícil; en la derecha ya es el pan nuestro de cada día. Como pasaba en el nazismo, no todos son nazis convencidos, pero todos sacaban algún beneficio de no oponerse al nazismo. Sus motivaciones son abstractas, no incurren en complejidades, no se rompen la cabeza: lo que está claro es que no se ponen en el lugar del otro, como criticó Hanna Arendt. Y, curiosamente, nunca se equivocan de bando. No son inocentes. Como contó Daniel Goldhagen, la gente corriente, llegado el momento, son los verdugos voluntarios. Si no les explicas a tiempo lo que están haciendo y los ganas para la decencia. Pero cuando crece el fanatismo, eso es casi imposible. El batallón de policía de reserva 101, compuesto por gente corriente de Hamburgo, fueran fanáticos asesinos en Polonia. Lo que les llevó a cometer esas barbaridades hoy lo tenemos cotidiano en nuestras sociedades: conformismo, presión de los más fanáticos, obediencia a la autoridad, adaptación al papel que te asignan, brutalización de la guerra o de la violencia, normalización de la violencia, a lo que hay que añadir el racismo y la propaganda que descargan los medios y las redes todos los días.

Al final, lo que más pesa a la hora de apoyar a la extrema derecha es el odio que justifica el egoísmo: odio a la izquierda, a los inmigrantes, a las mujeres, a la ciencia, a los pobres o a los miércoles o a la poesía. Lo importante es odiar. Y en nuestras sociedades, Trump, que celebra aniversarios con un ring de lucha libre nos dice junto a la extrema derecha: no hay sociedad para todos. Al final, parece que el mensaje es: odias o te odian. Mientras la gente decente, sin suficientes palabras como para explicarse, sigue en la perplejidad al ver que sus vecinos empiezan a considerar normales cosas que anteriormente consideraba intolerables, cuando el odio va arraigando culturalmente como algo que forma parte de lo normalizado, cuando el odio se va organizando socialmente e interviene con su discurso o con sus prácticas violentas hasta hacer la vida furiosa y amenazante.

Guerra por el sentido

 avn.info.ve

Por: Fernando Buen Abad

Es crucial que el siglo XXI se entienda como el siglo de las guerras por el sentido, porque la disputa decisiva no ocurre únicamente sobre territorios, mano de obra, recursos, tecnologías o instituciones; ocurre sobre la capacidad de nombrar, clasificar, jerarquizar y volver inteligible el mundo. Entendemos aquí que la filosofía de la semiosis tiene hoy una tarea que rebasa la interpretación sobre los medios, modos y relaciones de producción de sentido, que debe investigar y transformar el cómo se fabrica socialmente aquello que una época aprende a considerar verdadero, natural, deseable o inevitable. Quien consigue imponer el significado de “libertad”, “democracia”, “seguridad”, “progreso”, “mérito”, “naturaleza”, “trabajo” o “verdad” no ha conquistado todavía la realidad, pero ha avanzado sobre el territorio donde la realidad comienza a ser percibida.

Las derechas y las ultraderechas están preparando un paquete de emboscadas ideológicas y políticas con el objetivo preciso de producir esa desfiguración: que los dueños de grandes recursos se representen como víctimas, que aquellos que acumulan riqueza se representen como creadores solitarios de prosperidad, que aquellos que subsisten de su trabajo se perciban como sospechosos de parasitismo, que el conocimiento colectivo se apropie como propiedad privada y que la naturaleza, tras siglos de explotación, se vea obligada a presentarse ante el tribunal de la rentabilidad.

Entendemos que transparentar la semiosis (producción de sentido) permite descubrir esa operación: cada signo condensa relaciones históricas, intereses materiales, memorias, conflictos y posibilidades; cada palabra puede funcionar como ventana hacia lo real o como cortina que lo oculta. Por eso, intervenir la semiosis del presente significa rastrear las fuerzas que producen los significados, identificar quién tiene poder para estabilizarlos y abrir nuevamente aquello que el discurso dominante pretende cerrar. La guerra por el sentido es, en última instancia, una lucha por la imaginación social: por decidir qué vidas cuentan, qué sufrimientos son visibles, qué conocimientos son legítimos, qué territorios pueden ser sacrificados y qué futuros pueden ser concebidos. Allí comienza una filosofía crítica de nuestro siglo: desarmar los signos que naturalizan la dominación y construir signos capaces de revelar las relaciones que hacen posible transformar el mundo.

Una de las paradojas más perjudiciales de nuestra época radica en que aquellos que afirman salvaguardar la libertad están creando las condiciones materiales para que casi nadie pueda ejercerla. Por otro lado, aquellos que se acusan de amenazar el orden suelen ser aquellos que intentan retornar al término “libertad” su significado perdido. Esta distorsión semiótica no es un accidente del lenguaje: es una operación de poder. Cuando una clase logra denominar la realidad desde la perspectiva de sus propios intereses, tiene la capacidad de transformar la explotación en mérito, el despojo en inversión, la subordinación en oportunidad, la obediencia en libertad y la devastación ecológica en expansión. La primera batalla, entonces, ocurre antes de cualquier programa económico: ocurre en el diccionario con el que una sociedad aprende a reconocerse.

Y su mecanismo resulta sofisticado porque pretende aparecer como sentido común. Su éxito dependería de que la sociedad cesara la percepción inversa de las relaciones sociales y aceptara como naturales aquellas formas históricas construidas a través de leyes, instituciones, violencia, herencias, cercamientos, monopolios, endeudamiento y disciplinamiento en el ámbito laboral. El fetichismo de la mercancía alcanza aquí una dimensión política extrema: las cosas parecen adquirir voluntad propia mientras desaparecen las personas y las relaciones que las producen. Un precio parece explicar el valor; una patente parece explicar el conocimiento; una propiedad parece explicar la legitimidad; un contrato parece explicar la justicia; una estadística de crecimiento parece explicar el bienestar.

Detrás de cada abstracción reaparece, cuando se mira con suficiente precisión, una arquitectura humana. La mercancía oculta las manos. El salario puede ocultar dependencia. La rentabilidad puede ocultar agotamiento. La deuda puede ocultar transferencia de poder. La propiedad puede ocultar una historia de apropiaciones. La palabra “eficiencia” puede esconder cuerpos exhaustos. Allí comienza una ciencia crítica de la conciencia: aprender a preguntar qué relación social ha sido borrada para que una cosa pueda presentarse como autónoma. El proyecto reaccionario necesita precisamente lo contrario: una sociedad que contemple los resultados sin investigar las relaciones que los producen.

Por eso intenta secuestrar los recursos naturales, la fuerza de trabajo y las capacidades intelectuales, como si fueran reservas privadas disponibles para una minoría. La operación es particularmente reveladora en el campo del conocimiento. Quienes menos contribuyen a producir conocimiento colectivo pueden intentar privatizar sus resultados, controlar sus canales de circulación y convertir décadas de acumulación científica, tecnológica y cultural en rentas extraordinarias. La inteligencia social aparece entonces como propiedad de quien posee la infraestructura para capturarla.

Esta es otra distorsión crucial: el capital puede apropiarse de una potencia intelectual que no se creó de manera individual, para presentarse posteriormente como la fuente exclusiva de innovación. La paradoja alcanza su máxima intensidad cuando se observa la fuerza laboral. Se exige flexibilidad a quienes viven de su trabajo mientras se reclama seguridad absoluta para quienes poseen capital; se celebra la movilidad del trabajador mientras se blindan las posiciones de propiedad; se invoca la libertad contractual entre partes radicalmente desiguales y luego se interpreta el resultado como expresión espontánea de mérito. El contrato parece democrático porque las firmas son simétricas sobre el papel, aunque las condiciones materiales que conducen hasta esas firmas sean profundamente asimétricas. La explotación contemporánea ha aprendido además a esconderse detrás de vocabularios luminosos: emprendimiento, autonomía, innovación, resiliencia, competitividad.

Palabras legítimas se vacían de su historia hasta funcionar como dispositivos de consentimiento. La cuestión de género vuelve todavía más visible esta arquitectura. Una economía tiene la capacidad de proclamar igualdad mientras descarga sobre las mujeres, las disidencias y los cuerpos feminizados enormes cantidades de trabajo reproductivo, emocional y comunitario que rara vez se encuentran en las cuentas públicas. Cocinar, cuidar, criar, acompañar, sostener enfermos, organizar hogares, mantener redes afectivas y reconstruir cotidianamente la vida constituyen actividades indispensables para la reproducción social.

Cuando ese trabajo queda invisibilizado, la economía parece producirse sola. La mercancía llega al mercado como si hubiera nacido allí, sin infancia, sin cuidados, sin cuerpos que hayan garantizado su existencia. La perspectiva ecológica revela una inversión semejante. La naturaleza se presenta como “recurso” cuando en realidad constituye la condición material de toda producción. Se llama externalidad a aquello que ha sido expulsado artificialmente del cálculo empresarial: contaminación, pérdida de biodiversidad, agotamiento de acuíferos, degradación del suelo, emisiones, residuos, alteración climática, enfermedades asociadas a determinados procesos industriales. La palabra “externalidad” realiza una proeza ideológica: convierte en externo aquello de lo que depende la existencia misma del sistema. El planeta aparece como una periferia contable de la economía cuando la economía es, materialmente, una organización social inscrita dentro de la biosfera. El error no es solamente conceptual; produce consecuencias históricas.

Una civilización que considera ilimitada una base material finita construye su propia contradicción. Por eso la revolución de las conciencias requiere una operación más profunda que cambiar consignas: exige aprender a ver aquello que el lenguaje dominante vuelve invisible. No basta denunciar una mentira; hay que reconstruir el sistema de relaciones que permitió que pareciera verdadera. No basta sustituir un diccionario por otro; hay que devolver a las palabras su capacidad de revelar experiencias concretas. La libertad debe volver a preguntar por las condiciones materiales que permiten ejercerla. La propiedad debe preguntar por su historia. El progreso debe responder ante la vida. El desarrollo debe enfrentar sus costos ecológicos. El trabajo debe recuperar la dignidad de quienes producen. La ciencia debe reconocer su carácter colectivo. La igualdad debe incorporar las dimensiones económicas, sexuales, raciales, territoriales y ambientales de la existencia. La democracia debe entrar también en la fábrica, la universidad, el laboratorio, la plataforma digital, el campo, el hogar y los territorios amenazados por el extractivismo.

Aquí se manifiesta la dimensión ética de la práctica: una transformación social genuina no puede limitarse a la conquista de instituciones; requiere la modificación de los hábitos perceptivos a través de los cuales los individuos interpretan su propia experiencia. La revolución de las conciencias comienza cuando alguien descubre que aquello que consideraba un fracaso individual era una relación social; que aquello que entendía como destino era una estructura histórica; que aquello que parecía una mercancía era trabajo humano cristalizado; que aquello que parecía una decisión privada estaba condicionado por fuerzas colectivas; que aquello que parecía naturaleza inevitable había sido producido políticamente.

Esa revelación tiene también una dimensión estética: cambia la composición de lo visible. Hace aparecer las manos detrás de los objetos, los cuidados detrás de los salarios, los territorios detrás de las materias primas, las generaciones futuras detrás de cada decisión presente y los cuerpos detrás de cada cifra. La realidad adquiere profundidad cuando recupera sus mediaciones. Allí reside la verdadera potencia de una conciencia emancipada: dejar de mirar el mundo desde el espejo que fabricaron quienes se benefician de su reflejo. La emboscada ideológica fracasa cuando el lector descubre que el supuesto orden natural era una construcción social y que la supuesta libertad del mercado dependía de innumerables trabajos, instituciones, cuidados y bienes comunes previamente producidos.

Entonces la paradoja se completa: aquello que había sido presentado como propiedad individual revela una deuda colectiva; aquello que parecía riqueza privada revela trabajo social; aquello que parecía libertad revela dependencia; aquello que parecía progreso revela destrucción; aquello que parecía sentido común revela una disputa histórica por el poder de nombrar. Y cuando una sociedad aprende a mirar esas relaciones en su posición verdadera, el diccionario deja de ser una jaula: se convierte en instrumento de investigación, memoria y transformación. La conciencia deja de contemplar el mundo como destino y comienza a reconocerlo como obra humana, por tanto, susceptible de ser transformada. Esa es la zona insospechada donde ética, ciencia, estética y política vuelven a encontrarse: en la capacidad colectiva de producir otro significado para la vida antes de que otros vuelvan a producir, en nuestro nombre, el significado de nuestra propia existencia.

Derechas y ultraderechas disputan, e imponen, su sentido de “la libertad” convertido en una mercancía que necesita compradores para demostrar que existe. He ahí otra paradoja: cuanto más se pronuncia la palabra libertad, más estrecho puede volverse el mundo material de quienes viven de su trabajo. El signo promete emancipación mientras la relación social organiza dependencia; la palabra asciende y el cuerpo desciende. Arriba dice LIBERTAD. Abajo aparece una firma. Entre ambas, una deuda. Y detrás de la deuda, alguien posee aquello que otro necesita para sobrevivir. La trampa comienza cuando confundimos el nombre de una cosa con la cosa misma.

El capitalismo sabe que quien consigue dominar el significado antes de dominar el territorio puede hacer que el territorio parezca ya conquistado. Por eso la nueva ofensiva de las derechas y ultraderechas no necesita presentarse siempre como asalto: puede llegar vestida de diccionario, entrar por la gramática, instalarse en los reflejos cotidianos y conseguir que la víctima termine pronunciando las palabras de su propia subordinación. La operación es casi perfecta: llamar “libertad” a la obligación de vender la fuerza de trabajo; “mérito” a la ventaja heredada; “eficiencia” al despido; “inversión” al despojo; “recurso” al río; “propiedad” a una acumulación histórica; “innovación” a la apropiación privada de inteligencia social; “orden” a la obediencia de quienes no tienen poder para definir las reglas. El lenguaje deja entonces de describir la realidad y comienza a administrarla.

Hay una escena invisible detrás de cada mercancía. Conviene detener la mirada allí. Un objeto aparece terminado, limpio, silencioso. Parece decir: YO SOY. No obstante, esa primera persona es falsa. Detrás del objeto hay extracción, transporte, energía, conocimiento, cuerpos, tiempo, cuidados, infraestructura, suelo, agua, trabajo visible y trabajo oculto. La mercancía pronuncia “yo” para que desaparezca el “nosotros” que la hizo posible. Esa es la gran ilusión: las cosas adquieren apariencia de sujetos mientras las personas aparecen como cosas intercambiables. El mundo queda patas arriba. La mesa parece producir al carpintero; el salario parece producir al trabajador; la fábrica parece producir al empresario; la patente parece producir conocimiento; el dinero parece producir dinero. El efecto semiótico es formidable: lo creado parece creador y quien crea termina apareciendo como accesorio de su propia creación.

Entonces aparece la emboscada decisiva: apropiarse de la inteligencia colectiva y presentarla como propiedad de quien controla sus dispositivos de captura. Una sociedad produce ciencia durante generaciones, acumula lenguajes, técnicas, bibliotecas, universidades, memorias, experiencias y descubrimientos; después, una estructura propietaria puede envolver fragmentos de esa inteligencia común, registrarlos, cercarlos y devolverlos al mundo bajo la forma de mercancía. La inteligencia social entra por una puerta y sale por otra con propietario. La multitud produce conocimiento; el monopolio produce la factura. La paradoja debería detenernos: ¿cómo puede privatizarse una inteligencia cuya condición de posibilidad fue siempre colectiva?

Y la misma desfiguración atraviesa el trabajo. Se habla del trabajador como “recurso humano”, expresión aparentemente inocente que contiene una violencia conceptual: transforma a la persona en inventario. Luego se le exige adaptabilidad, disponibilidad, movilidad, resiliencia y permanente reinvención. La mercancía humana debe reinventarse sin descanso para que permanezca inmóvil la estructura que la compra. El lenguaje empresarial celebra la autonomía mientras multiplica formas de dependencia. La plataforma promete independencia y organiza subordinación mediante algoritmos. El contrato declara igualdad mientras dos poderes materiales radicalmente distintos se encuentran ante la misma hoja. Dos firmas pueden ser gráficamente idénticas y socialmente asimétricas. La tinta no registra esa diferencia.

Bien lo saben las mujeres que son parte viva y profunda del engaño. La economía visible descansa sobre una economía invisible de cuidados. Allí donde una estadística encuentra “productividad”, alguien ha preparado una comida; donde aparece “capital humano”, alguien sostuvo una infancia; donde se celebra una jornada laboral, alguien hizo posible que ese cuerpo pudiera llegar hasta ella. Millones de horas de reproducción de la vida han sido históricamente absorbidas como si fueran paisaje. La sociedad aprende a contar mercancías y desaprende a contar cuidados. La invisibilidad no significa ausencia: significa trabajo convertido en silencio. El cuerpo que cuida sostiene una arquitectura económica que después pretende haber surgido espontáneamente.

No escapa la naturaleza a esta operación semiótica burguesa: se la llama “recurso” para que deje de parecer condición de existencia. Un río convertido en recurso deja de ser río. Un bosque convertido en activo deja de ser bosque. Un territorio convertido en reserva deja de ser territorio habitado. La palabra prepara la extracción. Nombrar algo como recurso significa introducirlo anticipadamente en una contabilidad donde su destino parece estar decidido. La montaña no habla en el balance financiero. El acuífero tampoco. Las especies desaparecidas carecen de casilla. Las generaciones futuras todavía no pueden votar. Allí donde el lenguaje económico escribe “externalidad”, la biosfera escribe continuidad de la vida. Una palabra puede esconder una catástrofe con extraordinaria elegancia.

Por eso la batalla política profunda ocurre en el lugar donde las palabras adquieren autoridad sobre nuestra percepción. El problema no consiste únicamente en que existan discursos falsos; consiste en que determinadas relaciones consiguen producir los signos que las hacen parecer verdaderas. El poder más sofisticado no ordena siempre: consigue que su orden parezca descripción. No necesita decir “obedece” cuando puede decir “sé realista”. No necesita decir “acepta la desigualdad” cuando puede decir “premia el mérito”. No necesita decir “entrega el territorio” cuando puede decir “atrae inversión”. No necesita decir “trabaja más por menos” cuando puede decir “sé competitivo”. La dominación alcanza su forma más refinada cuando consigue hablar con la voz interior de quienes soportan sus consecuencias.

En este punto se inicia la revolución de las conciencias: no se trata de reemplazar un léxico por otro, ni de repetir fórmulas de pertenencia, ni de crear una nueva ortodoxia verbal; se trata de recuperar la habilidad de cuestionar qué relación humana se oculta tras cada palabra que parece transparente. ¿Quién llama “natural” a esto? ¿Quién gana cuando se dice “eficiencia”? ¿Qué trabajo desapareció cuando apareció la mercancía? ¿Qué cuerpo quedó fuera de la estadística? ¿Qué río se redujo a cifra? ¿Qué inteligencia colectiva terminó convertida en patente? ¿Qué historia se borró para que una propiedad pareciera eterna?

Y la conciencia comienza a emanciparse cuando descubre que muchas experiencias que había interpretado como fracasos privados eran efectos de relaciones sociales. El cansancio deja de ser defecto moral cuando se reconoce la organización material que lo produce. La precariedad deja de parecer incapacidad individual cuando se comprende su estructura. La desigualdad deja de parecer una diferencia de talentos cuando aparecen sus condiciones históricas. El miedo deja de ser únicamente una emoción privada cuando se descubre la arquitectura que lo administra. Entonces el espejo cambia de dirección.

Y esa es la operación estética más peligrosa para cualquier poder: invertir el espejo. Hacer visible lo invisible. Devolver el verbo al cuerpo. Devolver el territorio a la palabra territorio. Devolver el cuidado a la economía. Devolver el trabajo a la mercancía. Devolver la historia a la propiedad. Devolver la inteligencia a la comunidad. Devolver la naturaleza a la condición de vida. Allí la realidad deja de parecer una colección de cosas y recupera su verdadera sintaxis: relaciones.

Quizá entonces comprendamos la paradoja final. No vivimos rodeados de cosas que producen relaciones; vivimos rodeados de relaciones dictatoriales de dominación y esclavitud que han aprendido a disfrazarse de cosas y plusproducto. La mercancía es una máscara. El precio, una cifra que puede ocultar una historia. La propiedad, una forma jurídica que puede ocultar relaciones de poder. El salario, una cantidad que puede ocultar una dependencia. El “recurso natural”, una palabra que puede ocultar una extracción. El “talento individual”, una etiqueta que puede ocultar siglos de conocimiento social. Y cuando la máscara cae, ocurre algo aparentemente sencillo y radical: aquello que parecía inevitable vuelve a aparecer como histórico. Aquello que parecía eterno vuelve a aparecer como construido. Aquello que parecía natural vuelve a aparecer como transformable. Ese es el instante en el que una conciencia despierta: no cuando aprende una consigna, despierta cuando descubre que estaba mirando el mundo desde el lado equivocado del espejo. En pleno siglo XXI.

*Artículo publicado originalmente en TeleSUR

Zedillo, autor del Fobaproa, cobra pensión vitalicia del Banxico por 1.8 MDP



Nancy Flores

A pesar de que el gobierno de AMLO canceló las pensiones vitalicias para los expresidentes de la República, el priísta Ernesto Zedillo Ponce de León continúa cobrando por ese concepto 149 mil 203 pesos mensuales. Los recursos los eroga el Banco de México y, tan sólo en 2026, representan un gasto para el pueblo de casi 1 millón 800 mil pesos. El dato de su manutención es revelador, porque este político es autor del mayor latrocinio contra México: el Fobaproa. La deuda que Zedillo socializó para rescatar a los más ricos es impagable, de acuerdo con la presidenta Sheinbaum y el secretario de Hacienda, Edgar Amador. Este último denunció que, de 1997 a la fecha, se ha pagado 1 billón 600 mil pesos sólo por intereses, y ni un solo peso del capital. Por su parte, información del IPAB descubre que el saldo de los pasivos netos del Instituto al cierre de junio de 2026 fue de 1 billón 10 mil 35 millones de pesos. A ello se suma que el más reciente informe del Comisario detectó que el IPAB cuenta con 0.52 pesos en su activo circulante para solventar los pasivos, por lo que no podría pagar de manera inmediata la totalidad de su deuda a corto plazo, por más de 228 mil millones de pesos

Autor del mayor latrocinio contra el pueblo de México –el rescate bancario del Fobaproa– y de las privatizaciones de los Ferrocarriles Nacionales, las pensiones, los satélites, puertos y aeropuertos, entre otras, el priísta ultraneoliberal Ernesto Zedillo Ponce de León sigue expoliando las finanzas públicas al cobrar, cada mes, una pensión vitalicia por 149 mil 203 pesos.

Los recursos públicos con los que se paga su manutención los eroga el Banco de México y, tan sólo en 2026, representan un gasto para el pueblo de 1 millón 790 mil 436 pesos. De acuerdo con el Banxico, la pensión la paga directamente el Estado mexicano, y cuenta con un aumento mensual de 6 mil pesos respecto de lo que se le pagaba en 2025: 143 mil 020 pesos.

https://contralinea.com.mx/investigacion/zedillo-autor-del-fobaproa-cobra-pension-vitalicia-del-banxico-por-1-8-mdp/

El priísta sigue cobrando dicha pensión vitalicia a pesar de que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador canceló este gasto que hacía la Presidencia de la República a favor de quienes habían sido titulares. Por ello, Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña se quedaron sin ese privilegio. Pero Zedillo había renunciado a la pensión de expresidente y se había quedado sólo con la pensión del Banxico, a pesar de ser el enemigo número 1 de las pensiones públicas: en su sexenio se dio el mayor golpe a la clase trabajadora al privatizar el régimen de pensiones del IMSS.

Como se recordará, en 1997 y en plena crisis, el entonces presidente promovió ante el Congreso de la Unión –entonces dominado por el PRI y el PAN– la Ley de Sistemas de Ahorro para el Retiro y la extinción del sistema de pensiones de 1973. Esto creó un negocio especulativo en el sector financiero mediante las Afores, y dejó en total vulnerabilidad a los ahora adultos mayores. Por ello, el gobierno de López Obrador tuvo que crear el solidario Fondo de Pensiones para el Bienestar y, con esto, evitar una crisis social producto de las jubilaciones que pagan esas instituciones privadas.

Zedillo, autor del mayor latrocinio contra México

Aquel 1997 no sólo estuvo marcado por el golpe al sistema de pensiones, sino también por la legalización del Fobaproa –hoy IPAB–, considerado el mayor latrocinio que ha vivido el pueblo de México. En plena celebración de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre de aquel año, el PRIAN convalidó que el gobierno socializara la deuda de los bancos, privatizados apenas un sexenio antes, con Carlos Salinas de Gortari.

Tres años antes, la banca comercial había quebrado. El contexto fue el llamado “error de diciembre” de 1994: a 20 días de haber asumido la Presidencia, el gobierno de Zedillo admitió que el país no contaba con reservas internacionales y devaluó la moneda mexicana: empresas y bancos colapsaron mientras millones de familias perdieron su patrimonio y sus ahorros. No obstante que la crisis era generalizada, el presidente priísta declaró sólo el rescate de los más ricos con dinero público.

Incluso en 1996, Zedillo aseguró en su Segundo informe de gobierno que el costo de aquel rescate ascendería a sólo 180 mil millones de pesos. De acuerdo con su mensaje, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 2 de septiembre de 1996, el doctor en economía afirmó que los apoyos canalizados a través del sistema bancario “no son para respaldar a los accionistas de los bancos. Son para proteger la integridad de los recursos depositados por las personas, las familias y las empresas en la banca, así como para auxiliar a los deudores a fin de que participen y contribuyan en la recuperación de la economía. Por eso, se han comprometido recursos fiscales, estimados a precios de 1996 en más de 180 mil millones de pesos, que se irán erogando a lo largo de varios años”.

Nada más alejado de la realidad: el pasado 4 de septiembre, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo denunció que esa deuda “nunca se va a acabar de pagar”. Agregó que en aquel gobierno se “endeudó a la gente. Se elevaron las tasas de interés, se devaluó el peso, y entonces el gobierno de Zedillo decide rescatar a los bancos y a las empresas, a las grandes empresas, con mucha corrupción. ¿Con qué las rescataron? Con el recurso público, con el dinero de la gente. Es el llamado Fobaproa, hoy IPAB, que seguimos pagando desde entonces, una deuda impagable”.

Al respecto, el pasado 9 de septiembre, el secretario de Hacienda, Edgar Amador, detalló que el problema con esa deuda es que no se ha pagado ni un solo peso del capital: de 1997 a la fecha, se ha pagado 1 billón 600 mil pesos sólo por intereses.

Al participar en la conferencia presidencial, el funcionario explicó: “como cualquier deuda, paga principal y paga intereses. Esos intereses tienen dos componentes: un componente que paga el equivalente a la inflación y otro que paga la parte real. Básicamente lo que se paga con cuotas del IPAB –que vale la pena recordarlo: por primera vez no van a ser deducibles para los bancos a partir del siguiente año; además de todo, las cuotas del IPAB las hicieron deducibles para los bancos, [pero] a partir del siguiente ejercicio ya no van a ser deducibles–, bueno, con eso se paga una parte de los intereses de la parte, la parte real.

“Entonces, la parte nominal y el principal de los bonos no se paga, se refinancia con nuevos bonos. Eso ha hecho que no se pueda pagarse hasta la fecha. Hemos pagado casi 1.6 billones de pesos a lo largo de estos años y no se ha pagado un solo peso; al contrario, ha crecido.”

Herencia de Zedillo, deuda impagable

Información del IPAB descubre que, al cierre de junio de 2026, el saldo de los pasivos netos del Instituto fue de 1 billón 10 mil 35 millones de pesos; mientras que el saldo de los activos totales al mismo periodo, registrados a su valor estimado de realización, fue de 232 mil 182.0 millones de pesos.

Los Informes sobre la situación económica, las finanzas públicas y la deuda pública, que presenta la SHCP al Congreso de la Unión, dejan al descubierto el círculo vicioso del que habló el secretario Amador: “durante el periodo de abril a junio de 2026 se obtuvieron recursos por 55 mil 680.0 millones de pesos provenientes de la colocación de los Bonos; de los cuales, 55 mil 631.0 millones de pesos corresponden a subasta primaria y 49.0 millones de pesos a colocación por medio de Cetesdirecto”.

El documento refiere también que “se recibieron 10 mil 35.0 millones de pesos por concepto de las Cuotas. De este total, el 75 por ciento se destina al pago de las obligaciones financieras derivadas del Programa de Apoyo

Ahorradores de la Banca. Con los recursos de refinanciamiento y del 75 por ciento de las Cuotas, así como con los intereses generados por la inversión de dichos recursos líquidos, el Instituto pagó las obligaciones siguientes: pago de principal e intereses de los Bonos por 70 mil 558 millones de pesos”.

Asimismo, se explica que “los recursos de refinanciamiento aplicados durante el periodo de abril a junio de 2026 al pago de obligaciones financieras del Instituto sumaron 50 mil 261 millones de pesos. Por su parte, en este

mismo periodo, se aplicaron recursos provenientes de trasferencias fiscales a través de Ramo ‘Programa de apoyo a ahorradores de la banca’ por 17 mil 797 millones de pesos y del 75 por ciento de las Cuotas recibidas por las IBM [instituciones de banca múltiple] por 2 mil 499 millones de pesos para el mismo fin. Cabe señalar que, las diferentes fuentes de recursos del Instituto no presentan, necesariamente, una aplicación que refleje el monto exacto que fue ingresado. Lo anterior, en virtud de la acumulación o uso de activos líquidos en ese periodo”. Dichas cuotas son las que, de acuerdo con el secretario de Hacienda, la banca deduce de sus impuestos.

Informe del comisario del IPAB

La deuda heredada por Zedillo con el Fobaproa-IPAB enfrenta otras dificultades. Y es que el informe del Comisario –de fecha 24 de marzo de 2026– refiere que “del análisis realizado por la Dirección General de Prevención de la Corrupción y Mejora Continua, se observó que los montos reportados en los estados financieros al cierre del ejercicio 2025 reflejan una

liquidez de 0.52, lo que indica que, por cada peso de deuda a corto plazo, el IPAB cuenta con 0.52 pesos en su activo circulante para solventar los pasivos correspondientes; lo que indica que no podría pagar de manera inmediata la totalidad de su deuda a corto plazo que asciende a 228 mil 124 millones 146 mil 862 pesos”.

Agrega que, respecto del activo total, “se observó un decremento de 6 mil 606 millones 443 mil 615 pesos, equivalente al 0.53 por ciento, al pasar de 1 billón 235 mil 21 millones 781 mil 686 pesos en 2024 a 1 billón 228 mil 415 millones 338 mil 71 pesos en 2025. Las variaciones de mayor relevancia se encuentran dentro de los activos circulantes, los cuales tuvieron un decremento del 11.57 por ciento, al registrar 118 mil 349 millones 35 mil 892 pesos en 2025, comparado con el año previo, la variación se presenta principalmente en la subcuenta de ‘Efectivos y Equivalentes’, la cual tuvo un monto de 2 millones 674 mil 315 pesos, lo que significó un decremento del 99.99 por ciento, que corresponde a 22 mil 395 millones 472 mil 568 pesos”.

El informe del Comisario también reporta que el pasivo total registró un decremento de 0.53 por ciento, equivalente a 6 mil 601 millones 141 mil 486 pesos, al pasar de 1 billón 235 mil 68 millones 711 mil 63 pesos en 2024 a 1 billón 228 mil 467 millones 569 mil 577 pesos en 2025. “La variación más importante se presenta dentro del Pasivo Circulante que tiene un decremento de 16.71 por ciento equivalente a 45 mil 775 millones 927 mil 653 pesos, la principal variación se encuentra en la subcuenta ‘Porción a Corto Plazo de la Deuda Pública a Largo Plazo’ con un total 208 mil 920 millones 851 mil 297 pesos, equivalente a 19.22 por ciento menos que lo registrado en 2024, que alcanzó 258 mil 634 millones 774 mil 857 pesos”.