9/06/2026

Guerra por el Sentido



Fernando Buen Abad

Es crucial que el siglo XXI se entienda como el siglo de las guerras por el sentido, porque la disputa decisiva no ocurre únicamente sobre territorios, mano de obra, recursos, tecnologías o instituciones; ocurre sobre la capacidad de nombrar, clasificar, jerarquizar y volver inteligible el mundo. Entendemos aquí que la filosofía de la semiosis tiene hoy una tarea que rebasa la interpretación sobre los medios, modos y relaciones de producción de sentido, que debe investigar y transformar el cómo se fabrica socialmente aquello que una época aprende a considerar verdadero, natural, deseable o inevitable. Quien consigue imponer el significado de “libertad”, “democracia”, “seguridad”, “progreso”, “mérito”, “naturaleza”, “trabajo” o “verdad” no ha conquistado todavía la realidad, pero ha avanzado sobre el territorio donde la realidad comienza a ser percibida.

Las derechas y las ultraderechas están preparando un paquete de emboscadas ideológicas y políticas con el objetivo preciso de producir esa desfiguración: que los dueños de grandes recursos se representen como víctimas, que aquellos que acumulan riqueza se representen como creadores solitarios de prosperidad, que aquellos que subsisten de su trabajo se perciban como sospechosos de parasitismo, que el conocimiento colectivo se apropie como propiedad privada y que la naturaleza, tras siglos de explotación, se vea obligada a presentarse ante el tribunal de la rentabilidad.

Entendemos que transparentar la semiosis (producción de sentido) permite descubrir esa operación: cada signo condensa relaciones históricas, intereses materiales, memorias, conflictos y posibilidades; cada palabra puede funcionar como ventana hacia lo real o como cortina que lo oculta. Por eso, intervenir la semiosis del presente significa rastrear las fuerzas que producen los significados, identificar quién tiene poder para estabilizarlos y abrir nuevamente aquello que el discurso dominante pretende cerrar. La guerra por el sentido es, en última instancia, una lucha por la imaginación social: por decidir qué vidas cuentan, qué sufrimientos son visibles, qué conocimientos son legítimos, qué territorios pueden ser sacrificados y qué futuros pueden ser concebidos. Allí comienza una filosofía crítica de nuestro siglo: desarmar los signos que naturalizan la dominación y construir signos capaces de revelar las relaciones que hacen posible transformar el mundo.

Una de las paradojas más perjudiciales de nuestra época radica en que aquellos que afirman salvaguardar la libertad están creando las condiciones materiales para que casi nadie pueda ejercerla. Por otro lado, aquellos que se acusan de amenazar el orden suelen ser aquellos que intentan retornar al término “libertad” su significado perdido. Esta distorsión semiótica no es un accidente del lenguaje: es una operación de poder. Cuando una clase logra denominar la realidad desde la perspectiva de sus propios intereses, tiene la capacidad de transformar la explotación en mérito, el despojo en inversión, la subordinación en oportunidad, la obediencia en libertad y la devastación ecológica en expansión. La primera batalla, entonces, ocurre antes de cualquier programa económico: ocurre en el diccionario con el que una sociedad aprende a reconocerse.

Y su mecanismo resulta sofisticado porque pretende aparecer como sentido común. Su éxito dependería de que la sociedad cesara la percepción inversa de las relaciones sociales y aceptara como naturales aquellas formas históricas construidas a través de leyes, instituciones, violencia, herencias, cercamientos, monopolios, endeudamiento y disciplinamiento en el ámbito laboral. El fetichismo de la mercancía alcanza aquí una dimensión política extrema: las cosas parecen adquirir voluntad propia mientras desaparecen las personas y las relaciones que las producen. Un precio parece explicar el valor; una patente parece explicar el conocimiento; una propiedad parece explicar la legitimidad; un contrato parece explicar la justicia; una estadística de crecimiento parece explicar el bienestar.

Detrás de cada abstracción reaparece, cuando se mira con suficiente precisión, una arquitectura humana. La mercancía oculta las manos. El salario puede ocultar dependencia. La rentabilidad puede ocultar agotamiento. La deuda puede ocultar transferencia de poder. La propiedad puede ocultar una historia de apropiaciones. La palabra “eficiencia” puede esconder cuerpos exhaustos. Allí comienza una ciencia crítica de la conciencia: aprender a preguntar qué relación social ha sido borrada para que una cosa pueda presentarse como autónoma. El proyecto reaccionario necesita precisamente lo contrario: una sociedad que contemple los resultados sin investigar las relaciones que los producen.

Por eso intenta secuestrar los recursos naturales, la fuerza de trabajo y las capacidades intelectuales, como si fueran reservas privadas disponibles para una minoría. La operación es particularmente reveladora en el campo del conocimiento. Quienes menos contribuyen a producir conocimiento colectivo pueden intentar privatizar sus resultados, controlar sus canales de circulación y convertir décadas de acumulación científica, tecnológica y cultural en rentas extraordinarias. La inteligencia social aparece entonces como propiedad de quien posee la infraestructura para capturarla.

Esta es otra distorsión crucial: el capital puede apropiarse de una potencia intelectual que no se creó de manera individual, para presentarse posteriormente como la fuente exclusiva de innovación. La paradoja alcanza su máxima intensidad cuando se observa la fuerza laboral. Se exige flexibilidad a quienes viven de su trabajo mientras se reclama seguridad absoluta para quienes poseen capital; se celebra la movilidad del trabajador mientras se blindan las posiciones de propiedad; se invoca la libertad contractual entre partes radicalmente desiguales y luego se interpreta el resultado como expresión espontánea de mérito. El contrato parece democrático porque las firmas son simétricas sobre el papel, aunque las condiciones materiales que conducen hasta esas firmas sean profundamente asimétricas. La explotación contemporánea ha aprendido además a esconderse detrás de vocabularios luminosos: emprendimiento, autonomía, innovación, resiliencia, competitividad.

Palabras legítimas se vacían de su historia hasta funcionar como dispositivos de consentimiento. La cuestión de género vuelve todavía más visible esta arquitectura. Una economía tiene la capacidad de proclamar igualdad mientras descarga sobre las mujeres, las disidencias y los cuerpos feminizados enormes cantidades de trabajo reproductivo, emocional y comunitario que rara vez se encuentran en las cuentas públicas. Cocinar, cuidar, criar, acompañar, sostener enfermos, organizar hogares, mantener redes afectivas y reconstruir cotidianamente la vida constituyen actividades indispensables para la reproducción social.

Cuando ese trabajo queda invisibilizado, la economía parece producirse sola. La mercancía llega al mercado como si hubiera nacido allí, sin infancia, sin cuidados, sin cuerpos que hayan garantizado su existencia. La perspectiva ecológica revela una inversión semejante. La naturaleza se presenta como “recurso” cuando en realidad constituye la condición material de toda producción. Se llama externalidad a aquello que ha sido expulsado artificialmente del cálculo empresarial: contaminación, pérdida de biodiversidad, agotamiento de acuíferos, degradación del suelo, emisiones, residuos, alteración climática, enfermedades asociadas a determinados procesos industriales. La palabra “externalidad” realiza una proeza ideológica: convierte en externo aquello de lo que depende la existencia misma del sistema. El planeta aparece como una periferia contable de la economía cuando la economía es, materialmente, una organización social inscrita dentro de la biosfera. El error no es solamente conceptual; produce consecuencias históricas.

Una civilización que considera ilimitada una base material finita construye su propia contradicción. Por eso la revolución de las conciencias requiere una operación más profunda que cambiar consignas: exige aprender a ver aquello que el lenguaje dominante vuelve invisible. No basta denunciar una mentira; hay que reconstruir el sistema de relaciones que permitió que pareciera verdadera. No basta sustituir un diccionario por otro; hay que devolver a las palabras su capacidad de revelar experiencias concretas. La libertad debe volver a preguntar por las condiciones materiales que permiten ejercerla. La propiedad debe preguntar por su historia. El progreso debe responder ante la vida. El desarrollo debe enfrentar sus costos ecológicos. El trabajo debe recuperar la dignidad de quienes producen. La ciencia debe reconocer su carácter colectivo. La igualdad debe incorporar las dimensiones económicas, sexuales, raciales, territoriales y ambientales de la existencia. La democracia debe entrar también en la fábrica, la universidad, el laboratorio, la plataforma digital, el campo, el hogar y los territorios amenazados por el extractivismo.

Aquí se manifiesta la dimensión ética de la práctica: una transformación social genuina no puede limitarse a la conquista de instituciones; requiere la modificación de los hábitos perceptivos a través de los cuales los individuos interpretan su propia experiencia. La revolución de las conciencias comienza cuando alguien descubre que aquello que consideraba un fracaso individual era una relación social; que aquello que entendía como destino era una estructura histórica; que aquello que parecía una mercancía era trabajo humano cristalizado; que aquello que parecía una decisión privada estaba condicionado por fuerzas colectivas; que aquello que parecía naturaleza inevitable había sido producido políticamente.

Esa revelación tiene también una dimensión estética: cambia la composición de lo visible. Hace aparecer las manos detrás de los objetos, los cuidados detrás de los salarios, los territorios detrás de las materias primas, las generaciones futuras detrás de cada decisión presente y los cuerpos detrás de cada cifra. La realidad adquiere profundidad cuando recupera sus mediaciones. Allí reside la verdadera potencia de una conciencia emancipada: dejar de mirar el mundo desde el espejo que fabricaron quienes se benefician de su reflejo. La emboscada ideológica fracasa cuando el lector descubre que el supuesto orden natural era una construcción social y que la supuesta libertad del mercado dependía de innumerables trabajos, instituciones, cuidados y bienes comunes previamente producidos.

Entonces la paradoja se completa: aquello que había sido presentado como propiedad individual revela una deuda colectiva; aquello que parecía riqueza privada revela trabajo social; aquello que parecía libertad revela dependencia; aquello que parecía progreso revela destrucción; aquello que parecía sentido común revela una disputa histórica por el poder de nombrar. Y cuando una sociedad aprende a mirar esas relaciones en su posición verdadera, el diccionario deja de ser una jaula: se convierte en instrumento de investigación, memoria y transformación. La conciencia deja de contemplar el mundo como destino y comienza a reconocerlo como obra humana, por tanto, susceptible de ser transformada. Esa es la zona insospechada donde ética, ciencia, estética y política vuelven a encontrarse: en la capacidad colectiva de producir otro significado para la vida antes de que otros vuelvan a producir, en nuestro nombre, el significado de nuestra propia existencia.

Derechas y ultraderechas disputan, e imponen, su sentido de “la libertad” convertido en una mercancía que necesita compradores para demostrar que existe. He ahí otra paradoja: cuanto más se pronuncia la palabra libertad, más estrecho puede volverse el mundo material de quienes viven de su trabajo. El signo promete emancipación mientras la relación social organiza dependencia; la palabra asciende y el cuerpo desciende. Arriba dice LIBERTAD. Abajo aparece una firma. Entre ambas, una deuda. Y detrás de la deuda, alguien posee aquello que otro necesita para sobrevivir. La trampa comienza cuando confundimos el nombre de una cosa con la cosa misma.

El capitalismo sabe que quien consigue dominar el significado antes de dominar el territorio puede hacer que el territorio parezca ya conquistado. Por eso la nueva ofensiva de las derechas y ultraderechas no necesita presentarse siempre como asalto: puede llegar vestida de diccionario, entrar por la gramática, instalarse en los reflejos cotidianos y conseguir que la víctima termine pronunciando las palabras de su propia subordinación. La operación es casi perfecta: llamar “libertad” a la obligación de vender la fuerza de trabajo; “mérito” a la ventaja heredada; “eficiencia” al despido; “inversión” al despojo; “recurso” al río; “propiedad” a una acumulación histórica; “innovación” a la apropiación privada de inteligencia social; “orden” a la obediencia de quienes no tienen poder para definir las reglas. El lenguaje deja entonces de describir la realidad y comienza a administrarla.

Hay una escena invisible detrás de cada mercancía. Conviene detener la mirada allí. Un objeto aparece terminado, limpio, silencioso. Parece decir: YO SOY. No obstante, esa primera persona es falsa. Detrás del objeto hay extracción, transporte, energía, conocimiento, cuerpos, tiempo, cuidados, infraestructura, suelo, agua, trabajo visible y trabajo oculto. La mercancía pronuncia “yo” para que desaparezca el “nosotros” que la hizo posible. Esa es la gran ilusión: las cosas adquieren apariencia de sujetos mientras las personas aparecen como cosas intercambiables. El mundo queda patas arriba. La mesa parece producir al carpintero; el salario parece producir al trabajador; la fábrica parece producir al empresario; la patente parece producir conocimiento; el dinero parece producir dinero. El efecto semiótico es formidable: lo creado parece creador y quien crea termina apareciendo como accesorio de su propia creación.

Entonces aparece la emboscada decisiva: apropiarse de la inteligencia colectiva y presentarla como propiedad de quien controla sus dispositivos de captura. Una sociedad produce ciencia durante generaciones, acumula lenguajes, técnicas, bibliotecas, universidades, memorias, experiencias y descubrimientos; después, una estructura propietaria puede envolver fragmentos de esa inteligencia común, registrarlos, cercarlos y devolverlos al mundo bajo la forma de mercancía. La inteligencia social entra por una puerta y sale por otra con propietario. La multitud produce conocimiento; el monopolio produce la factura. La paradoja debería detenernos: ¿cómo puede privatizarse una inteligencia cuya condición de posibilidad fue siempre colectiva?

Y la misma desfiguración atraviesa el trabajo. Se habla del trabajador como “recurso humano”, expresión aparentemente inocente que contiene una violencia conceptual: transforma a la persona en inventario. Luego se le exige adaptabilidad, disponibilidad, movilidad, resiliencia y permanente reinvención. La mercancía humana debe reinventarse sin descanso para que permanezca inmóvil la estructura que la compra. El lenguaje empresarial celebra la autonomía mientras multiplica formas de dependencia. La plataforma promete independencia y organiza subordinación mediante algoritmos. El contrato declara igualdad mientras dos poderes materiales radicalmente distintos se encuentran ante la misma hoja. Dos firmas pueden ser gráficamente idénticas y socialmente asimétricas. La tinta no registra esa diferencia.

Bien lo saben las mujeres que son parte viva y profunda del engaño. La economía visible descansa sobre una economía invisible de cuidados. Allí donde una estadística encuentra “productividad”, alguien ha preparado una comida; donde aparece “capital humano”, alguien sostuvo una infancia; donde se celebra una jornada laboral, alguien hizo posible que ese cuerpo pudiera llegar hasta ella. Millones de horas de reproducción de la vida han sido históricamente absorbidas como si fueran paisaje. La sociedad aprende a contar mercancías y desaprende a contar cuidados. La invisibilidad no significa ausencia: significa trabajo convertido en silencio. El cuerpo que cuida sostiene una arquitectura económica que después pretende haber surgido espontáneamente.

No escapa la naturaleza a esta operación semiótica burguesa: se la llama “recurso” para que deje de parecer condición de existencia. Un río convertido en recurso deja de ser río. Un bosque convertido en activo deja de ser bosque. Un territorio convertido en reserva deja de ser territorio habitado. La palabra prepara la extracción. Nombrar algo como recurso significa introducirlo anticipadamente en una contabilidad donde su destino parece estar decidido. La montaña no habla en el balance financiero. El acuífero tampoco. Las especies desaparecidas carecen de casilla. Las generaciones futuras todavía no pueden votar. Allí donde el lenguaje económico escribe “externalidad”, la biosfera escribe continuidad de la vida. Una palabra puede esconder una catástrofe con extraordinaria elegancia.

Por eso la batalla política profunda ocurre en el lugar donde las palabras adquieren autoridad sobre nuestra percepción. El problema no consiste únicamente en que existan discursos falsos; consiste en que determinadas relaciones consiguen producir los signos que las hacen parecer verdaderas. El poder más sofisticado no ordena siempre: consigue que su orden parezca descripción. No necesita decir “obedece” cuando puede decir “sé realista”. No necesita decir “acepta la desigualdad” cuando puede decir “premia el mérito”. No necesita decir “entrega el territorio” cuando puede decir “atrae inversión”. No necesita decir “trabaja más por menos” cuando puede decir “sé competitivo”. La dominación alcanza su forma más refinada cuando consigue hablar con la voz interior de quienes soportan sus consecuencias.

En este punto se inicia la revolución de las conciencias: no se trata de reemplazar un léxico por otro, ni de repetir fórmulas de pertenencia, ni de crear una nueva ortodoxia verbal; se trata de recuperar la habilidad de cuestionar qué relación humana se oculta tras cada palabra que parece transparente. ¿Quién llama “natural” a esto? ¿Quién gana cuando se dice “eficiencia”? ¿Qué trabajo desapareció cuando apareció la mercancía? ¿Qué cuerpo quedó fuera de la estadística? ¿Qué río se redujo a cifra? ¿Qué inteligencia colectiva terminó convertida en patente? ¿Qué historia se borró para que una propiedad pareciera eterna?

Y la conciencia comienza a emanciparse cuando descubre que muchas experiencias que había interpretado como fracasos privados eran efectos de relaciones sociales. El cansancio deja de ser defecto moral cuando se reconoce la organización material que lo produce. La precariedad deja de parecer incapacidad individual cuando se comprende su estructura. La desigualdad deja de parecer una diferencia de talentos cuando aparecen sus condiciones históricas. El miedo deja de ser únicamente una emoción privada cuando se descubre la arquitectura que lo administra. Entonces el espejo cambia de dirección.

Y esa es la operación estética más peligrosa para cualquier poder: invertir el espejo. Hacer visible lo invisible. Devolver el verbo al cuerpo. Devolver el territorio a la palabra territorio. Devolver el cuidado a la economía. Devolver el trabajo a la mercancía. Devolver la historia a la propiedad. Devolver la inteligencia a la comunidad. Devolver la naturaleza a la condición de vida. Allí la realidad deja de parecer una colección de cosas y recupera su verdadera sintaxis: relaciones.

Quizá entonces comprendamos la paradoja final. No vivimos rodeados de cosas que producen relaciones; vivimos rodeados de relaciones dictatoriales de dominación y esclavitud que han aprendido a disfrazarse de cosas y plusproducto. La mercancía es una máscara. El precio, una cifra que puede ocultar una historia. La propiedad, una forma jurídica que puede ocultar relaciones de poder. El salario, una cantidad que puede ocultar una dependencia. El “recurso natural”, una palabra que puede ocultar una extracción. El “talento individual”, una etiqueta que puede ocultar siglos de conocimiento social. Y cuando la máscara cae, ocurre algo aparentemente sencillo y radical: aquello que parecía inevitable vuelve a aparecer como histórico. Aquello que parecía eterno vuelve a aparecer como construido. Aquello que parecía natural vuelve a aparecer como transformable. Ese es el instante en el que una conciencia despierta: no cuando aprende una consigna, despierta cuando descubre que estaba mirando el mundo desde el lado equivocado del espejo. En pleno siglo XXI.

Autor: Fernando Buen Abad

https://fbuenabad.blogspot.com/

Trump carece del mando total; otros peores que él toman las decisiones

La Jornada 

Aún con los polvos de la batalla por la presidencia de su país sobre los hombros, el ex presidente de Colombia Gustavo Petro mira de frente a su siguiente tarea: impedir que el hiperfascismo se apodere de Latinoamérica.

Son las 17 horas. Petro llega a las instalaciones de La Jornada para conceder la primera entrevista luego de dejar la presidencia y, con la memoria aún fresca, advierte que su complicada relación con el gobierno de Donald Trump comenzó cuando protestó contra la masacre en Gaza y externó su apoyo a Palestina, y empieza el relato: “después del día crucial, cuando bombardean Caracas, Trump dice: cuídese el trasero, porque ahora voy por Petro. Ese día pensé: viene un misil contra mí.

“Estaba junto al mar y tuve que separar a las mujeres y a las personas que no tenían que ver con eso, para que se fueran. Me quedé solo con mi escolta, la de las fuerzas públicas de Colombia. Les dije que podía pasar algo, que se alistaran, que camináramos… como a las 2 de la mañana me despiertan, pensé: ya vienen. Me dijeron que venía un barco de la Armada estadunidense –en aquellos momentos estábamos bloqueados y sus barcos se hallaban cerca, fuera del mar de Colombia, pero bloqueados– que ya estaba en nuestras aguas. Esto parecía real –dije, y pensé en escapar–, nos vamos a ir por una trocha (camino abierto entre la maleza), entre los manglares, a ver si salimos. No era cierto, volví a la cama y me despiertan de nuevo para decirme: ‘Trump quiere hablar con usted’.

“Los Estados Unidos profundos”

“Fue una cosa casi mágica y después supe cómo fue. Un congresista republicano, obvio, de derecha, del sector que llamamos ‘los Estados Unidos profundos’, llamó a mi embajador allá, Daniel García-Peña, quien estaba subiendo a un avión y tuvo que bajar para hablar con el congresista. Le dijo que le parecía una estupidez que fueran a hacer con Colombia lo mismo que con Caracas, porque Colombia por décadas, ha sido su aliado. Entonces, después de hablar con el congresista, el embajador llamó a Trump –tenía acceso– y le dijo: ¡¿Cómo se le ocurre?!, hable usted con el presidente Petro y Trump dijo que sí.

https://www.jornada.com.mx/2026/09/03/politica/007e1pol

“Ahí fue cuando me llegó la noticia. Yo había convocado a una manifestación en la Plaza de Bolívar para el siguiente día para declararnos en resistencia frente a los ataques, no como lo hizo Maduro, sino a la colombiana. Tenía el discurso listo y a las 5 de la tarde logro hablar con Trump, ya a punto de iniciar la manifestación, en mi oficina. Terminamos casi de amigos y se cuadró una cita. Me tocó cambiar todo el discurso en cuestión de horas y tuve que bajar la intensidad porque mi objetivo era que no cayeran misiles en Colombia, después de lo sucedido en Venezuela.

“Fue un momento relativamente mágico. Se ha contado que cuando llegué a Washington vi la foto que le tomaron a la señora María Corina Machado, de Venezuela, casi arrodillada, casi entregándole el Nobel que le dieron. Hay que tener mucho cuidado con la foto porque yo no iba a aparecer como sumiso, sino de tú a tú, y así salió.

El verdadero grupo de poder en Washington

“En la Oficina Oval pude sentir físicamente al grupo de poder. Estaban Vance, Rubio… coincidió que cuando yo llegué, también llegó Trump y nos encontramos en el pasillo de las fotos de los presidentes. Hablamos junto al retrato de Lincoln. Le dije que había que hacer un pacto por la vida y la libertad. Que el concepto de libertad era el que nos unía como repúblicas. Le conté la historia del mechón de pelo que Washington le regaló a Simón Bolívar y que todavía está en Caracas, aunque nunca se conocieron personalmente. Traté de mostrar que en el fondo, en el origen de la República, de Estados Unidos y el nuestro hay un sentido común hacia la libertad y hacia la idea de la democracia. Eso le gustó.

“Cuando llegué a la Oficina Oval, las sillas no estaban dispuestas como él (Trump) quería, al estilo de su entrevista con Macron (el presidente francés), él sentado y yo enfrente, como si él fuera el jefe, alguien las había colocado así. Rubio y los demás tenían que voltearse para vernos.

“En la foto me quisieron hacer una pequeña trampa, pero no me dejé atrapar. Él tenía una imagen falsa de mí, la cual se fue deshaciendo conforme hablamos. Le mostré un video corto –no aguanta cosas largas– en el que se ve un atentado en mi contra. Le dije que me atacaban los narcotraficantes y le dije que él no me podía decir que estaba con ellos. Me respondió: ‘me han engañado tanto que ahora me doy cuenta que usted es un good man’. Luego hablé con él unas tres veces.

“La última me dejó un tanto preocupado porque yo siempre le pedí que abandonara la guerra en Irán, que podía ayudar a la paz en Gaza. En esa última llamada le pedí que me sacaran de una lista condenatoria porque él y yo seguíamos hablando y yo seguía en esa lista. Trump preguntó de qué lista se trataba y su intérprete le tuvo que explicar. Ahí entendí algo peligroso, no sólo para mí sino para el mundo: el hombre ya no está del todo al mando, que tiene espacios de claridad y espacios en los que otros toman las decisiones y esos otros son peores que él.”

La matriz de la mentira

Con un gesto de preocupación habló de su visión del momento: “vivimos en un caparazón planetario, es la matriz de la mentira, se actúa como en Matrix, como en la película. De pronto usted encuentra una granja de bots, no es de seres humanos, son perfiles que automáticamente reaccionan ante cualquier líder latinoamericano porque quieren degradar la discusión política y llevarla al insulto, por eso le llamo la matriz de la mentira. En ese caparazón de falsedad algunas partes se escapan porque son fuertes como estados pero la intención de esa matrix es esclavizar al ser humano y no se trata solamente de una cadena física, sino mental, esclavizar al ser humano para permitir la explotación de los recursos naturales no renovables por ejemplo”.

Petro explicó el contrataque: “se requieren matemáticas, porque es un ataque matemático, algorítmico, tanto en los bots para manipular seres humanos como las propias elecciones en los resultados finales”.

–Nos está hablando de una fuerza de derecha, muy grande, muy poderosa que puede avasallar a los pueblos. ¿Fracasó la izquierda, el progresismo? ¿Lo que tenemos enfrente nos habla del fracaso?

–No, yo no creo que se pueda avasallar a los pueblos. Vivimos un totalitarismo mil veces superior al que pudo crear Hitler, eso es lo que estamos enfrentando. Entonces, ¿qué ha hecho la izquierda en el caso latinoamericano? –se pregunta–. Desde 1968 viene ganando intermitentemente, no ha desaparecido. En Colombia, por primera vez hace cuatro años. No puedo ver eso como un fracaso, sino como un aprendizaje de los pueblos que están en un mundo que no conocían que luchan en contra de algo que no conocían y que ahora empieza a visibilizarse: un tecnofascismo que hay que derrotar y que se derrota con mentalidades fuertes, la educación es fundamental porque se derrota con matemáticas. Se pueden construir softwares que protejan a la población de la manipulación que sobreviene contra los pueblos de la región. Hay que ganar la batalla comunicacional. Ellos no tienen que ganar necesariamente. Hagamos algoritmos sin falsear la realidad, es decir, con gente real y razonando, así nos equivoquemos porque la equivocación es humana, no de máquinas.

Petro habla de un próximo libro bajo su firma en el que trata de explicar el proceso de robotización donde está implícita la inteligencia artificial que nos lleva según denuncia “necesariamente a un fascismo porque la lógica descubierta hace dos siglos es que se va a entrar en una crisis en la que se va a producir mucho y se va a demandar poco y aunque siempre ha habido crisis de sobreproducción hoy lo vivimos en una escala gigantesca que nunca se había visto y entonces la pregunta es: ¿cómo controlar a la humanidad para que no se vuelva insurgente?, pues no hay más que un hiperfascismo, control policial, misiles, genocidio, puede ser el holocausto humano y la barbarie para ponerle un nombre”.

El ex presidente no pretende terminar la entrevista sin hablar de Colombia y su reciente proceso comicial: “hay una situación muy difícil porque el actual mandatario es ilegítimo, además de ser ciudadano de Estados Unidos que jura obedecer, antes que al pueblo colombiano, al gobierno de Trump, y eso nos vuelve automáticamente una colonia y al presidente un virrey elegido por Trump, no por el pueblo.

“Abelardo de la Espriella fue el abogado de los paramilitares que era el grupo narcotraficante más grande de Colombia. Los estafó, tuvo que refugiarse en Estados Unidos, allá se volvió abogado de narcos en Miami.”

–Dibújeme usted el futuro inmediato de Colombia.

–En Colombia, en las elecciones, La Derecha Diario participó con el socio de Cerimedo, Negre, que ya habían participado en las elecciones de Argentina, Bolivia, Chile; así que no es un caso sólo colombiano, es un asunto que tiende a volverse global y que está dirigido por un centro de poder privado, también de escala mundial, cuyos dueños son multimillonarios, dueños de la inteligencia artificial y las redes. Así asoma el tecnofascismo, el hiperfascismo…

▲ Gustavo Petro considera que el actual presidente de Colombia obedece a Trump y “eso nos vuelve automáticamente una colonia”.

Autoridad moral

Fabrizio Mejía Madrid

"Hay una valentía política que no viene de las ambiciones sino de las convicciones. Es lo que hace la diferencia entre líderes y liderazgo".


Autoridad moral. Por Fabrizio Mejía Madrid

En estos días hemos oído mucha discusión sobre resultados y datos en relación con el segundo año de Gobierno de Claudia Sheinbaum. Pero no hemos escuchado a nadie referirise a lo que permite que se den esos resultados exitosos en la inversión, el salario, la pobreza laboral, la seguridad, la infraestructura y con los Estados Unidos. Se llama autoridad moral. Es distinta de la autoridad política y la legitimidad porque no es algo medible en millones de votos ni en niveles de aprobación, aunque éstos nos resultan útiles para verla.

Entendemos la autoridad moral como la consistencia entre los valores de una persona y sus acciones y actitudes cotidianas. Esta coherencia genera confianza y respeto más allá de la simple obediencia. La autoridad moral no es un asunto legal, es la integridad del carácter de una persona. Pero, cuando hablamos de una Presidenta, ese carácter existe por fuera de las leyes o del simple poder institucional. Sus armas son la persuasión, la sabiduría y saber poner el ejemplo. La autoridad moral es la capacidad de influir en los demás mediante la forma en que uno vive. No se trata de personalidad, popularidad o técnica. Surge del carácter. Crece cuando una persona alinea constantemente su vida con aquello que considera verdadero y bueno. La autoridad moral surge cuando se actúa por el bien, aunque no sea lo que convenga. Por eso es moral y no un cálculo. En los dos ejemplos que veremos, uno de AMLO y otro de Claudia, son decisiones no tácticas sino de convicciones. Como escribió Cicerón: “Si el poder es indivisible por naturaleza, debe existir algo exterior a él que lo limite”. Ese papel es la moral, la distinción entre el bien y el mal.

Pero primero su dimensión política. Cuando esta autoridad moral entra en relación con los ciudadanos se crea un espacio de valores compartidos donde la honestidad, la justicia, y el trato entre iguales son el fondo, no sólo la forma. La muestra de esos valores compartidos en un espacio público es un compromiso ético. Ahí no hay construcciones lingüísticas o manipulaciones mediáticas.

Fue López Obrador el que pudo hacer llevar este tipo de autoridad a la Presidencia de la República. Como dirigente de la oposición fue coherente entre dichos y actos, lo que él calificó como máximas: “No mentir, no robar, no traicionar al pueblo”. Una vez en Palacio Nacional siguió conservando esa integridad entre valores, forma de gobernar, y carácter que le refrendaron la confianza de muchos más de los que originalmente habían votado por él. “Amor con amor se paga” fue la consigna que encontró para reflejar esa relación de confianza política en el democrático.

El expresidente que lo antecedió, Enrique Peña Nieto, carecía en absoluto de integridad y, por lo tanto, dependía de la publicidad para ser considerado como gobernante. Desde el financiamiento de la campaña del PRI que lo llevó a la Presidencia con la compra de cinco millones de votos, entró en contubernio con Odebretch, las eléctricas españolas, y con los servicios de equipos de espionaje de Israel, a través de su compinche Avishai Neria, con quien fue retratado esta semana en una boda en Portofino, Italia, en la boda de otro de los socios israleitas en México, el cantante Omer Adam. Peña Nieto había negado conocer a Neria y a Uri Emanuel Ansbacher, los que le vendieron a Tomás Zerón y a varios gobernadores e incluso a particulares ---presuntamente a Isabel Miranda de Wallace--- el sistema Pegasus de infiltración en teléfonos celulares. Peña lo negó cuando apareció en The Marker de Tel Aviv, pero ahora fue filmado junto a Neria en una boda.

No sólo fue mentir lo que no le permitió a Peña Nieta tener un gramo de autoridad moral. Fue su contrato televisivo, las talegas de dinero que gastó en autopromoción y que era la marioneta de un grupo de empresarios, como Claudio X. González. Cuando ya no les sirvió a esos empresarios que iban a ganar miles de millones tanto en el aeropuerto de Texcoco como en el tren México-Querétaro que fue cancelado, dejaron a Peña Nieto caer en la vergüenza al divulgar que la casa donde vivía era parte de un soborno. No pudo defenderse. No tenía autoridad de ningún tipo, ni moral ni política. Queda ahí la foto en la que José Andrés de Oteyza, director de OHL, lo regaña en público. Del anterior a Peña, Felipe Calderón, ya ni hablamos. Fue capaz de llevar a una masacre que excedió incluso su sexenio sólo para legitimarse en un cargo obtenido por fraude. Fue capaz de decir que una parte de los mexicanos debería morir para que la otra viviera en paz. Y se dice católico. Pero ya no hablemos de quien mintió diciendo que protegía el interés nacional cuando lo único que hizo fue defender al Cartel de Sinaloa y las políticas de la DEA.

Por definición, la moral y la autoridad se sitúan en extremos opuestos del espacio de relaciones sociales. La moral atañe a la conducta correcta —la distinción entre lo correcto y lo incorrecto al margen del poder de la Ley—, mientras que la autoridad implica la facultad de decidir, ordenar y hacer que se obedezca. Pero, como la autoridad moral es una consideración política pero no legal, la obediencia puede convertirse, no sólo en aprobación, sino apoyo abierto para participar. Esto fue especialmente notorio cuando entre el 9 y el 15 de enero de 2019, López Obrador ordenó cerrar los ductos de Petróleos Mexicanos para detener la extracción ilegal de gasolina y solicitó paciencia a los automovilistas. Esperar en las filas para tomar gasolina fue entendido como un acto de participación política para ayudar al gobierno a combatir el robo. En ese momento, el Presidente alcanzó un nivel de aprobación de 80 por ciento. No sólo se refería a que la gente aprobaba que se detuviera el llamado huachicol sino que le reconocían a AMLO la autoridad moral para llevarlo a cabo. Por eso, la tomadura de pelo genial de la oposición ha sido tratar de vincular a López Obrador, sus colaboradores, sus paisanos y hasta a sus hijos precisamente con el tema que más respaldo le trajo. No han podido por la autoridad moral que todavía tiene, lejos del espacio público y todo.

Por su parte, la Presidenta Sheinbaum obtuvo su nivel de aprobación más alto ---83 por ciento--- en mayo de 2025, cuando estrenó el lema “Cooperación sin subordinación”. Un 53 por ciento se declaró listo para defender al país, mientras un 71 por ciento rechazó cualquier tipo de injerencia de los Estados Unidos. Su autoridad moral provino, entonces, de no agachar la cabeza ante un adversario más poderoso. Esto se hubiera esperado del PRIAN, pero no de la izquierda. La astucia frente al poderoso es un valor cultural por todo el país. El espacio de valores compartidos incluye, además de la honestidad y el reparto de la justicia, también a la templanza y la dignidad. Esa actitud de no provocar al adversario ventajoso pero tampoco ceder en la defensa de nuestra soberanía nacional, coincidió con un conjunto de valores culturales compartidos en la sociedad mexicana como son el patriotismo defensivo, la resistencia cultural frente a un poder mucho mayor, y la activación de la cohesión comunitaria. Lo que mueve esos valores es que la dignidad de los mexicanos no puede ser negociable, sobre todo en una situación en que el principal agresor es la mayor potencia económica y militar del planeta. Ahí, la templanza y la firmeza ---“la cabeza fría” de Sheinbaum--- fue el pegamento de la adhesión a su autoridad moral. La defensa de los intereses estratégicos de la Nación fue atacada por el PRIAN una vez más declarándose listos para recibir a las fuerzas armadas de Estados Unidos, a sus agentes de la CIA, la DEA y hasta el ICE, o peregrinando a Washington para pedir socorro ante una catástrofe que sólo  a ellos les excita. Se volvieron a equivocar porque Claudia tiene autoridad moral.

La autoridad moral no sólo se habla, se ejerce. Es consistencia de las acciones, los comportamientos, e incluso del estilo del personaje. Un gobernante fiel a sí mismo genera confianza para actuar. Pero un gobernante que, además, es consistente con lo que el pueblo espera de él o ella, tiene autoridad moral. Por eso creo que tanto la Presidenta como la nueva dirigencia de su partido, ha insistido en últimas fechas en la honestidad. No sólo para conservar la autoridad moral, sino porque es un valor ligado a la prosperidad. Basta ver en los tiempos de Peña Nieto, cuando la corrupción se decía que era “cultural”, cómo el presupuesto jamás alcanzó para el bienestar de los más. Con la honestidad como forma de vida y la austeridad, no de los trabajadores sino del gobierno, se han logrado repartos históricos de justicia social. La honestidad y hacer el bien son dos valores que han probado ser parte de una mayoría de mexicanos. El robo y el saqueo, el conflicto de interés, el nepotismo, la palanca deben ser condenados públicamente cuando sean ejercidos por los gobernantes y los empresarios. Pero queda todavía el horizonte de condenar la avaricia como forma de vida, uno de los lastres del neoliberalismo y de la concentración de fortunas enormes en una sola familia. Si hay moralidad en el ejercicio de la política, debería existir también en el terreno de las empresas.

Desde Salinas de Gortari hasta Peña Nieto, es decir todo el periodo del PRIAN neoliberal, se dijo que la moralidad no era una cosa pública sino sólo privada y que todo era muy relativo cuando se trataba de diferenciar el bien del mal. Cuando se les atrapaba a los gobernantes y empresarios en alguna trapacería, siempre decían que era legal porque efectivamente la decencia como dimensión de las cuestiones públicas no es algo constitucional, sino de la expectativa de los gobernados.

El vínculo que se establece entre gobernantes y gobernados a partir de las virtudes públicas es lo que hace de la autoridad moral un asunto político y no religioso o privado. No baja desde los cielos, sean divinos o presidenciales. Tampoco se encierra tras las puertas de las casas. Es un espacio de encuentro público de valores tan universales como la honestidad, la justicia, la igualdad, la prosperidad y la felicidad en comunidad. Las consistencias entre ambas y, a su vez, con la conducta de la Presidenta ha generado la autoridad moral, un tipo de afecto que es político.

Hay una valentía política que no viene de las ambiciones sino de las convicciones. Es lo que hace la diferencia entre líderes y liderazgo, entre gestores de una administración o conductores de una Nación. Los dos ejemplos que he puesto cuando, tanto AMLO como Claudia, han tenido niveles de aprobación casi totales, tienen que ver con ese carácter: ajustar los intereses particulares al interés general y ser valientes. No es la prepotencia de Lorenzo Córdoba. No es el porrismo de "Alito" Moreno. No es tampoco vestirse de militar con las mangas colgando, ni usar botas y sombrero, ni masticar chicle. Es valentía moral. Y es entender que, en estos momentos, las elecciones no serán sobre competencia, sino sobre convicciones, ideología y valores compartidos con el pueblo. En suma, serán sobre autoridad moral.

https://www.sinembargo.mx/4864395/autoridad-moral/

Perfiles criminales y granjas de bots, riesgos de campañas

Ana Lilia Pérez

"'Vacunarse' contra la delincuencia debe ser un eje central en la designación de candidaturas".

Perfiles criminales y granjas de bots, riesgos de campañas. Por Ana Lilia Pérez

El banderazo de salida para el proceso electoral 2026-2027 está programado para el 10 de septiembre. En este escenario, los partidos políticos debían asumir como ineludible la responsabilidad de aplicar filtros rigurosos en la selección de los candidatos que competirán en los comicios de junio próximo, donde se renovarán la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y miles de cargos locales.

Blindarse contra la infiltración del crimen organizado ya no debía ser una opción, sino una obligación democrática prioritaria. Las fuerzas políticas deben garantizar que cada perfil en la boleta electoral cuente con una trayectoria limpia. “Vacunarse” contra la delincuencia debe ser un eje central en la designación de candidaturas, porque el acceso que criminales pudieran tener a cargos de elección popular representa una grave amenaza para la seguridad pública y para la seguridad nacional.

Este fenómeno no sólo pone en riesgo al Estado, sino que también fomenta el enquistamiento y la expansión de células delictivas en diversas regiones del país. El costo de la omisión es severo: la evidencia en muchas entidades demuestra que la infiltración del crimen organizado en las administraciones locales provoca un debilitamiento estructural con impacto directo en la seguridad nacional.

Al permitir que perfiles ligados a la delincuencia accedan a cargos de elección popular, también los partidos políticos han facilitado el arraigo y la expansión territorial de organizaciones criminales. Por ello, la fiscalización interna y el blindaje riguroso en la designación de candidaturas constituyen el filtro más urgente de la agenda política ante el proceso electoral en puerta.

La postulación de perfiles bajo sospecha, representa un peligro inmediato para la seguridad, además de corromper y pervertir los procesos democráticos. Y es que, históricamente personajes vinculados a grupos criminales y cobijados por diversas banderas partidistas han alcanzado gubernaturas a lo largo y ancho del país, alcaldías y puestos en el legislativo, una dinámica que aún representa un problema.

La capacidad de interferencia de la delincuencia para incrustar operadores en la función pública queda en evidencia con los hallazgos de estrategias como la Operación Enjambre, un despliegue coordinado por el Gobierno federal, mediante el Gabinete de Seguridad, a inicios del presente sexenio. Mediante este operativo, las autoridades federales han logrado detener y procesar a casi un centenar de funcionarios locales vinculados con grupos criminales, incluidos 20 alcaldes en funciones y exalcaldes.

Los alcaldes detenidos y procesados por sus nexos con la delincuencia organizada accedieron al poder cobijados por las diversas fuerzas partidistas del país, en entidades como Jalisco, el Estado de México, Puebla, Michoacán, Morelos, Chiapas, entre otras entidades, y eso también evidencia de la capacidad de las estructuras criminales para infiltrar las boletas electorales. Al amparo de diferentes siglas políticas, esos perfiles lograron registrarse y ser electos para encabezar sus respectivos municipios, en algunos casos incluso aún y cuando arrastraban un extenso historial delictivo.

En este sentido, los hallazgos de la Operación Enjambre también resultan una confirmación de que la cooptación de las instituciones gubernamentales y el servicio público –sobre todo a nivel local– es un fenómeno transversal que no distingue colores ni filiaciones ideológicas.

Ante este panorama, resulta patente la necesidad urgente de implementar filtros más estrictos en la selección de candidatos, y para ello los partidos políticos tendrían que consolidar una coordinación permanente entre los distintos niveles de Gobierno, sobre todo a partir de la reciente reforma a la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales (LGIPE).

Y es que el primer filtro debe nacer dentro de los propios partidos, mediante una verificación efectiva de la integridad de sus planillas. Esto incluye cotejar la información de los aspirantes en coordinación con las autoridades de seguridad, inteligencia financiera y procuración de justicia.

Esta posibilidad cobró formalidad con la reciente reforma, aprobada a finales de mayo. Dicha modificación legislativa estableció un mecanismo mediante el cual los partidos políticos pueden enviar al INE sus listas de forma preventiva y confidencial, antes del registro de las candidaturas. El INE actuaría entonces como enlace de consulta ante instancias como la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), y la Fiscalía General de la República (FGR), para analizar detalladamente los perfiles y determinar si existe riesgo de nexos ilícitos o antecedentes de corrupción.

Aunque esta revisión mantiene un carácter voluntario supeditado a la decisión de cada partido, el contexto y los antecedentes de criminales que han logrado colarse a las boletas electorales, vuelven imperioso que los partidos adopten ese filtro inicial de manera obligada y de forma permanente.

Al grave riesgo de que perfiles criminales se infiltren en las boletas electorales, se suma una amenaza complementaria, pero igualmente destructiva: el uso cada vez más recurrente de la tecnología, la inteligencia artificial y las granjas de bots para distorsionar la voluntad popular a través de las redes sociales, una tendencia también cada vez más creciente a nivel global.

Desde aquel escándalo de Cambridge Analytica en 2015 hasta las campañas recientes en países de la región, el Honduras gate o el caso Cerimedo en Bolivia, queda evidenciado que la manipulación de información digital ha crecido exponencialmente en procesos electorales, con el fin de influir mediante campañas sucias. Ya no se trata de casos aislados, sino de estrategias articuladas a nivel internacional.

Son estrategias que emplean ejércitos artificiales para propagar noticias falsas, inflar artificialmente la popularidad de ciertos políticos, atacar reiteradamente a opositores y diseminar discursos de odio.

El andamiaje e intereses de quienes operan ese tipo de redes, así como su alcance y nivel de corrupción, ha quedado expuesto a través de casos como el Honduras gate, o lo que se ha ventilado a raíz de la detención del consultor argentino Fernando Cerimedo –el socio de Javier Negre en La Derecha Diario– acusado Cerimedo del intento de feminicidio de su expareja e imputado ya por cargos de enriquecimiento ilícito y otros delitos.

Asesor de Rodrigo Paz en Bolivia, de Milei en Argentina y otros políticos de ultraderecha, Cerimedo operaban granjas de bots para intervenir de forma sistemática en procesos electorales en países de la región, contra gobiernos progresistas.

Así, lo mismo que se ha vuelto imperioso que los partidos políticos apliquen filtros a la selección de sus perfiles para evitar la infiltración criminal, es también urgente que las autoridades electorales fiscalicen y sancionen el uso de granjas de bots e inteligencia artificial orientadas a la guerra sucia, para que se garantice la equidad en la contienda, porque es un hecho que el estilo Cerimedo se reproduce en nuestro país de manera cada vez más abierta e impune, ante una falta de regulación y la insuficiente fiscalización de la autoridad electoral.

https://www.sinembargo.mx/4863859/perfiles-criminales-y-granjas-de-bots-riesgos-de-campanas/


Trump en Venezuela: ¿de villano a libertador?

Un Quijote en Tenochtitlán

Juan Carlos Monedero

"Trump necesita salir del atolladero de Ormuz y Delcy, de ver si encuentra tiempo para recomponer una base social que se fue alejando del chavismo".

 Trump en Venezuela: ¿de villano a libertador? Por Juan Carlos Monedro

El comunicado de la Casa Blanca sobre el acuerdo petrolero con Estados Unidos (EU) termina diciendo: "El Presidente Trump ha restablecido la Doctrina Monroe, eliminando la influencia maligna extranjera de nuestro patio trasero y garantizando el dominio estadounidense en nuestro hemisferio".

Si María Corina Machado hubiera firmado ese acuerdo es 100 por ciento seguro que, con más razón o con menos, el chavismo se echaría a la calle acusando a la política que le regaló el Nobel a Trump de traidora. Es una señal de que el acuerdo tiene mucho de político. Trump necesita salir del atolladero de Ormuz y Delcy Rodríguez, de ver si encuentra tiempo para recomponer una base social que se ha ido alejando del chavismo.

Si pensamos que Netanyahu no podría haber devastado Gaza sin el apoyo de Donald Trump; si pensamos en el ICE y el dolor que han generado en la migración en EU; si pensamos en los caprichosos aranceles que han generado una enorme incertidumbre en la economía mundial; si pensamos en el bombardeo a Irán, las muertes causadas y el consiguiente cierre del Estrecho de Ormuz que está llevando al planeta a una recesión económica; si pensamos en las más de 200 personas destrozadas por misiles contra barquichuelas en el Caribe; si pensamos en el castigo que están infligiendo a los jueces y juezas del Tribunal Penal Internacional o a la relatora especial de Naciones Unidas para los territorios palestinos, Francesca Albanesse; si pensamos en la entrega de la Inteligencia Artificial a unos psicópatas que se están apropiando del conocimiento del mundo y amenazan con un desempleo brutal; si pensamos en que en EU han indultado a un narcopresidente hondureño sólo porque han pagado israelíes un enorme cantidad de dinero y, además, porque se ha comprometió en desestabilizar los gobiernos de Petro y de Claudia Sheinbaum; si pensamos que una red autorizada por Trump ha manipulado las elecciones en numerosos países latinoamericanos; si pensamos que Trump bombardeó Caracas y La Guaira, mató a 100 personas, y secuestró al Presidente Nicolás Maduro y a la primera dama y Diputada Cilia Flores, bien podríamos acordar que es muy probable que sea Donald Trump la persona contra la que más personas en el mundo tienen malos deseos e, incluso, le desean pasa lo más pronto posible a mejor vida.

A Trump no le quedan amigos: sólo vasallos, adversarios, quizá un aliado circunstancial con Putin, o enemigos. Canadá ha comenzado a romper comercialmente con los EU, un país con el que está encadenado económicamente; México está jugando al gato y al ratón con Washington, sabiendo la enorme descompensación que existe; Brasil, ante la injerencia evidente de EU en las elecciones en el país ha pisado el acelerador; y EU, con ayuda de Israel, pone sus capacidades de vigilancia para golpear a Lula y amenazar al Poder Judicial de que recibirán castigos si no se pliegan a Bolsonaro; la Unión Europea, acostumbrada a mandar, está atada a la cadena de la OTAN, donde algunos quieren soltarse, pero no pueden y, mientras tanto, hacen un tratado de libre comercio con India; Putin tiene un ojo en Kiev y otro en la Costa Oeste norteamericana; África quiere despertar, pero no la dejan y si algún descanso encuentra es porque China necesita y tiene organizados los minerales de ese continente; y hasta los iraníes que están siendo bombardeados tienen equipos de negociación con Trump.

“Que el mundo fue y será una porquería/ ya lo sé”, rezaba el tango argentino.

Sí, y como dice una de las leyes de Murphy, la tostada caerá al suelo por la parte donde hay más mantequilla: el mundo está hecho una porquería y ni siquiera el tango hace justicia a tanta podredumbre.

La izquierda global vivió mucho de la retórica antiimperialista venezolana, y los propios venezolanos abusaron de esa propaganda que era más verbal que práctica, dando cobijo en no pocas ocasiones antes a influencers que a intelectuales que tenían una mirada crítica. No es verdad que la Venezuela de Maduro estuviera tan lejos de la de Chávez, salvando, obviamente, las circunstancias, ni que lo que está haciendo Delcy Rodríguez está tan lejos de lo que intentaba negociar Maduro con los EU. Por razones que aún no sabemos, con Maduro no salió la negociación y con Rodríguez sí. Decía Lenin que hay que hacer análisis concretos en situaciones concretas. Y a Venezuela la han invadido sin invadirla, de manera que ni siquiera la retórica de que si los gringos entraban en el país iba a haber un segundo Vietnam se ha producido. Quizá por eso contrasta hoy la retórica de los que ayer inflamaban el ejemplo bolivariano y hoy dicen que todo está en orden.

El acercamiento del gobierno venezolano contrasta con el alejamiento de toda la izquierda mundial. Porque todos los demócratas del mundo ansían que Trump no gane en Brasil, que no gane las elecciones de medio término en noviembre, que en el próximo tropiezo se dé un golpe en la nuca o que se quede dormido y se atragante. O que las cosas realmente se le compliquen. Porque a Trump no les están saliendo bien las cosas. De hecho, algunos errores tácticos, como bombardear Irán para acompañar el delirio del genocida Netanyahu, debilitan poderosamente a EU, lo que lleva a que cada vez más se recupere la idea del “declive” norteamericano.

Parece que en Venezuela EU ha decidido hacer caja respecto de su política imperial. La hegemonía norteamericana, decía Wallerstein, requiere mantener alianzas, presencia militar mundial, bases, ayuda exterior, instituciones internacionales, capacidad de intervención, estabilidad del sistema monetario, protección de los aliados. Como todo eso cuesta dinero, hicieron caja en los lugares donde hay petróleo: en Irak, en Libia, en Siria y ahora en Venezuela.

No es extraño tampoco que esté habiendo un desencuentro entre lo que está esperando la América Latina progresista respecto de los EU, que es, como decíamos, la desaparición de Donald Trump o, cuando menos, su debilitamiento en las elecciones de noviembre, y la posición del gobierno venezolano encargado, dirigido por Delcy Rodríguez, que viene expresando un acercamiento al gobierno norteamericano.

Se va sabiendo que Donald Trump ha injerido en las elecciones de Honduras, de Brasil, de Chile, de Colombia, de Argentina, de Bolivia o de Perú a través de un siniestro consultor argentino, Fernando Cerimedo, sobre el que pesan pruebas evidentes de haber mandado asesinar a su novia embarazada, de haberse enriquecido ilícitamente, de organizar una trama de exportación de droga con el jefe de la inteligencia boliviana y de crear una trama ilegal en el mismo seno del gobierno de Bolivia, junto al mismo Presidente Rodrigo Paz o su familia, y al mismo tiempo, desde el gobierno de Venezuela se ha celebrado el reciente acuerdo petrolero con palabras de elogio hacia el Presidente norteamericano: "Agradezco al Presidente Donald Trump, al Secretario Rubio, a su gobierno por el esfuerzo de EU". De la misma manera que se ha celebrado la visita del Secretario de Energía norteamericano, Chris Wight, para acompañar lo que finalmente parece una inversión en Venezuela por parte de algunas empresas petroleras. Y no es extraño que haya mucha gente que se pregunte: ¿hace falta realmente en este momento expresar señales de buena voluntad con Donald Trump y Marco Rubio, que están matando de hambre a los cubanos, como han hecho en Gaza, en un cerco medieval que debiera llevar a estos políticos norteamericanos a la cárcel de por vida?

Es evidente que estas afirmaciones contrastan con la retórica antiimperialista que ha sido la tónica en el país caribeño, aún más cuando aún está en la memoria que ese gobierno norteamericano es el que bombardeó en enero el país, secuestró al Presidente, y a la primera dama y fue responsable de, al menos, 100 muertes. A la fuerza ahorcan, dice un refrán castellano y otro, más sutil, dice que nadie se ahorca con sombrero.

El anunciado acuerdo entre EU y Venezuela para gestionar 65 mil millones de barriles de petróleo ha generado una oleada de opiniones, a derecha e izquierda, del gobierno norteamericano y del gobierno venezolano, de expertos y también de todólogos, lo que no deja de llamar la atención porque no termina de conocerse en realidad el contenido total de ese acuerdo y, por tanto, parece que pertenece, al menos en parte, al mundo de la retórica más que al de la práctica.

La variable independiente sigue siendo lo que pasó el 3 de enero y desde ahí, si se entiende que ese día EU decidió ir con todo para que Venezuela olvidara cualquier discurso sobre la soberanía, podremos entender el resto de lo que está pasando posteriormente. Y también podremos entender que Venezuela, en una dirección u otra, empezaba a entrar en la VI República.

Es indudable que el acuerdo entre Venezuela y EU -que tiene aún muchos pendientes legales- ha llamado la atención porque parece haber consumado el objetivo de los EU desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1989: controlar el petróleo venezolano. La retórica sobre la dictadura de Maduro, el Cártel de los Soles, el Tren de Aragua… todo se ha disuelto en el aire cuando Trump ha anunciado, con la bravuconería que le caracteriza, que van a duplicar las reservas de petróleo en EU, que van a controlar el petróleo de Venezuela -algo que, por otro lado, prohíbe la Constitución bolivariana- que va a abaratar el precio de la gasolina que está golpeando a la clase trabajadora norteamericana, y que volverán a ser el actor más relevante en el mantenimiento del mundo de las energías fósiles, todo “sin coste alguno a los contribuyentes”. Bravuconería trumpista como bien conocemos. Aunque al haber implicado al Pentágono en este acuerdo y hacerlo poseedor, a través de la Oficina de Capital Estratégico del Departamento de Defensa de EU, del 35 por ciento de la propiedad en la empresa, hay que pensar que EU está lanzando una advertencia a China y Rusia, que también tienen intereses en Venezuela: este acuerdo lo vamos a defender militarmente.

Desde el gobierno de Rodríguez se ha celebrado el acuerdo con el argumento de que Venezuela necesita inversión extranjera para poder producir, que no tiene ni dinero ni tecnología para extraer ese petróleo -por culpa de las sanciones y, añadimos, por errores propios: no olvidemos que, por ejemplo, el penúltimo presidente de PDVSA, Pedro Tellechea, está en la cárcel con buena parte de su equipo-, y que, en definitiva, las presiones sobre Venezuela obligaran a encontrar un nuevo rumbo. Presiones que empezaron antes de que la desaparición de Chávez les allanara el camino -Chávez siempre supo quiénes eran los EU- y que se incrementaron cuando Nicolás Maduro asumió la complicada tarea de sustituir al comandante Chávez en un contexto de hundimiento de los precios del petróleo y de agotamiento mundial del modelo neoliberal.

Los 17 campos se gestionarían por una empresa privada, NABEP (North American Blue Energy Partners), propiedad de un empresario al que EU y Venezuela han exonerado de sus “pecados”, Alejandro Betancourt, pero no así Suiza y España, con el que tiene cuentas pendientes. Esa empresa poseería mayoría accionarial (algo que niega el gobierno venezolano). En su mayoría se trata de “campos verdes”, es decir, campos no explotados, muy lejos, ahora mismo, de la capacidad venezolana para ponerlos en funcionamiento. El gobierno venezolano ha afirmado que no pierde soberanía sobre su petróleo y por tanto no se viola la Constitución, aunque no termina de entenderse una cosa y la otra. El gobierno estadounidense tendría acceso a precio de costo, a través del Departamento de Estado, al 20 por ciento de la producción de esos 17 campos. También tendría el derecho preferente a comprar el 80 por ciento restante. Y EU dice que el acuerdo es por 100 años, mientras que Venezuela habla de 25. Trump ha dicho que utilizará ese petróleo para recuperar la reserva estratégica del país. El gobierno de Delcy Rodríguez ha afirmado que, con base en la Ley y la Constitución, no pierde soberanía sobre sus recursos en el subsuelo. Trump afirma lo contrario. No hay consenso y cada cual está creyendo al que le da la razón a lo que venía pensando.

¿Se harán las inversiones? ¿Llegarán realmente los beneficios para Venezuela? ¿El precio que se pague por el barril y las regalías llegarán a las arcas del tesoro venezolano? ¿Servirá este acuerdo para normalizar la situación en Venezuela? Pues tampoco se puede garantizar, porque EU ha demostrado que marca constantemente los límites de lo que puede y no puede hacer el gobierno encargado -por ejemplo, dictando a qué países se puede vender petróleo-. Y no parece que se vayan a levantar las sanciones.

Venezuela necesita tiempo para reorganizarse después de la derrota del 3 de enero, necesita que el pueblo vuelva a empezar casi desde cero, que debata, discuta, entienda el momento, sepa los riesgos que supondría un gobierno de María Corina Machado, reclame al chavismo por sus errores, escuche al chavismo disidente, organice la resistencia no desde la retórica sino desde la práctica, y, sobre todo, que se reinvente.

La relación de Venezuela con EU no se entiende por parte de la izquierda que ve que, en paralelo a esta íntima relación entre Venezuela y los EU de Trump, ha estallado el caso Cerimedo, una historia que demuestra que el 100 por ciento de los argumentos de la derecha contra la izquierda no forman parte de ningún compromiso real. Esa derecha de De la Espriella, Kast, Milei, Bolsonaro, Machado, Paz, Fujimori, Bukele, Salinas Pliego, Noboa, defienden con gran alharaca la familia cristiana, y resulta que su asesor principal que les hizo ganar las elecciones con trampas cibernéticas (ayudado por otros personajes igualmente oscuros, como Javier Negre), el citado Fernando Cerimedo, casado y con hijos, deja embarazada a otra mujer a la que, además, manda balear porque, al parecer, iba a denunciar sus fechorías. Gran defensor de la familia cristiana. La derecha que habla de recuperar la soberanía, pero resulta que Cerimedo era un agente con sólidas relaciones con la CIA y el gobierno norteamericano, y buscaba invariablemente que los países latinoamericanos se subordinaran a los intereses de los EU, incluso poniendo en el gobierno a personas que también tuvieran la nacionalidad norteamericana. Estos gobiernos de la derecha que han hecho de la lucha contra las drogas un elemento central de su ataque a los “narcogobiernos” de México o Colombia, y ahora se sabe que Cerimedo, con ayuda del responsable de Inteligencia de Bolivia, tenían toda una red de tráfico de cocaína. ¿Muy hipócrita, no? Roban, mienten, asesinan, trafican… No es extraño que el Trump de la isla de Epstein o el que indultó al narcopresidente hondureño Juan Orlando Hernández, sea el vértice en el cual desembocan todos estos disparates.

Si Washington decide quiénes son los “narcotraficantes” que hay que perseguir, pero algunos personajes relacionados con esas mismas estructuras pueden moverse con extraordinaria soltura por los salones del poder estadounidense, ¿qué hacemos entregando a EU la decisión de quién es realmente narcotraficante y quién es un respetable aliado geopolítico? Noboa y las relaciones familiares con la droga, De la Espriella defendiendo como abogado a narcos, Paz en una estructura de narcotráfico, Juan Orlando Hernández indultado pese a ser condenado por tráfico… Decir tráfico de drogas es hablar de los EU.

Son tiempos de enorme turbulencia donde hace falta mirada larga, cabeza fría y rumbo firme. Cuando secuestraron a Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3 de enero cayó un jarro de agua fría sobre todos los demócratas decentes del mundo. Aquel día algunos sabíamos que la revolución bolivariana, que llevaba años en fase de “resistencia” había sido derrotada y tocaba empezar a pensar la reconstrucción. Quizá iba a empezar la VI República. Hacerla al lado los EU, que es una potencia en decadencia, enfrentada a China y que basa su supervivencia en la energía fósil, no es jugar a caballo ganador. Pero Venezuela, como México, tienen la maldición geográfica de estar muy cerca de los EU y, en el caso de Venezuela, poca disposición a confrontar al coloso del norte.

La revolución, al menos por ahora, ha sido derrotada por sinvergüenzas poderosísimos como el Trump de la isla de Epstein, el Cerimedo que balea a su novia embarazada o el Netanyahu que dirige un holocausto en pleno siglo XXI.

El mundo puede estar en vísperas de una III Guerra Mundial y necesitamos muchos aliados para evitar la guerra. Es momento de ganar tiempo, de discutir escenarios con libertad y sinceridad -Venezuela tiene que abrir mil espacios populares de debate-, de entender los errores, de perfilar un rumbo emancipador, de dejar de lado las palabras gruesas y de entender que el mundo, Venezuela, Europa, Asia, África, está otra vez en la tesitura de escoger entre socialismo o barbarie. Y que estar cerca de los EU es estar cerca de la barbarie.

https://www.sinembargo.mx/4864410/trump-en-venezuela-de-villano-a-libertador/

La ruptura Sheinbaum-López Obrador

Historia de lo inmediato

Álvaro Delgado Gómez

"Los analistas del salinismo que invocan una ruptura Sheinbaum-López Obrador son quienes calculan políticamente que sólo un pleito podría darles una oportunidad".

La ruptura Sheinbaum-López Obrador. Por Álvaro Delgado

Cuando Claudia Sheinbaum asumió la Presidencia de la República le recomendaron separarse de Andrés Manuel López Obrador, “correrse al centro”, al mismo tiempo que la acusaban de someterse a su antecesor, y con el paso del tiempo inventaron un alejamiento entre ambos que, en estos días del fugaz regreso de Rubén Rocha Moya y la visa de Andrés López Beltrán, se dio como rompimiento, una fantasía que —otra vez— ha tenido como correlato la misoginia y la nostalgia autoritaria.

Los autores de tales insidias provienen del rancio conservadurismo prianista y más específicamente de los adictos a Carlos Salinas de Gortari, los mismos que dominan los espacios informativos de México y que se potenciaron en el sexenio de este personaje marcado por el fraude electoral, la alta corrupción y la represión política, incluyendo la desaparición y el asesinato.

No porque Salinas de Gortari haya dejado la Presidencia que se robó en 1988 significa que haya dejado de tener poder e influencia, que ejerce en los ámbitos económicos, políticos, académicos e intelectuales, y cada vez con menos eficacia a través de sus medios y opinadores, que miran la realidad nacional con las viejas categorías de análisis, la escuela priista del verticalismo, el presidencialismo exacerbado y la corrupción en serio, no tonterías.

Son estos ejemplares del salinismo, y sus aprendices, los que invocan una ruptura entre Sheinbaum y López Obrador, como la que hubo entre Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo en 1994. Nada más que no hay paralelismos, ni tiempos ni circunstancias ni personajes análogos.   

En primer lugar, en la actualidad no hay una crisis económica tan devastadora como la que estalló en diciembre de 1994, que arrojó a la pobreza a millones, que despojó de su patrimonio a otros tantos y que endeudó al país con el Fobaproa por el rescate de banqueros, empresarios y políticos. No hay ni crisis.

Zedillo rompió con Salinas de Gortari por haberle entregado la economía de México pendiente de alfileres y luego él se los quitó, como le respondió el otro irresponsable, en una diatriba que devastó a la Nación y que arrojó a ambos al basurero de la historia. No se olvide que la inaudita corrupción de Raúl Salinas también los enfrentó.

En segundo lugar, Sheinbaum triunfó con el 60 por ciento del electorado, que contrasta con la condición fraudulenta de Salinas y del propio Zedillo. Si el primero inició con acciones espectaculares, fue por su condición espuria y el segundo se abrió a una Reforma Electoral precisamente por la inequidad de su elección y por el daño que hizo a la economía de México.

¿Por qué habría Sheinbaum de distanciarse o de romper con López Obrador si ambos gozan, juntos y por separado, de un respaldo popular que Salinas y Zedillo jamás tuvieron, ni siquiera Vicente Fox y menos Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto? ¿Qué gana la Presidenta de México apartándose de su antecesor? Nada.

Los nostálgicos del autoritarismo priista, los que abrevan del salinismo que llegó al poder con crímenes y que lo ejerció como monarca —hasta regaló gubernaturas al PAN y corrompió intelectuales—, ven una golondrina y concluyen que es verano. De pronto, al deslenguado Rocha Moya le da la gana volver a la gubernatura de Sinaloa, y es la evidencia de que Sheinbaum no tiene poder y que quien manda es López Obrador.

¿Pruebas? Ni una sola. La sola palabra de los analistas, faltaba más, y que son los de la sucia escuelita de “la verdad ya es irrelevante”.

Los analistas del salinismo afirman también que hoy no hay Secretaría de Gobernación como cuando estaba “don Fernando”, el torturador y asesino Gutiérrez Barrios; no hay “mano dura” como con Calderón y el narcotraficante Genaro García Luna, con quienes esos analistas retozaban; no hay “oficio político” como con el PRI de Peña Nieto, que era muy corrupto, pero daba “apapachos”, y hasta extrañan al flácido Santiago Creel y su coordinadora de asesores, María Amparo Casar, que se hizo millonaria a la mala.

Desde su candidatura presidencial hasta su primer tercio de Gobierno, cuyo Segundo Informe presenta este martes 1 de septiembre, el prianismo misógino ha querido “calar” a Sheinbaum y se han ido llevado sorpresas.

Sheinbaum ha tenido que hacer a un lado a personajes que, impulsados por López Obrador, se volvieron disfuncionales para su proyecto sexenal: Adán Augusto López Hernández fue orillado a separarse de la coordinación de Morena en el Senado por el escándalo de La Barredora y el Fiscal Alejandro Gertz Manero dejó el cargo para irse de Embajador.

El pleitazo de Luisa Alcalde con López Beltrán en la dirigencia nacional de Morena, que ponía en riesgo la elección intermedia de la Presidenta Sheinbaum, implicó también la sustitución de ambos, en la lógica de la eficacia electoral, no de ruptura con López Obrador.          

Y en los meses que siguen habrá, seguramente, más movimientos en el Gabinete presidencial, en la lógica también de eficacia como Gobierno en el segundo trienio y para preparar la sucesión con el suficiente margen de maniobra, en medio de tantas fuerzas y grupos con intereses legítimos y espurios que es la Cuarta Transformación.

La coalición de Morena con los partidos Verde y del Trabajo también implica una intensa negociación para la distribución del poder —esa es la democracia—, pero no hay ninguna racionalidad entre tener estos objetivos y romper con López Obrador, en lo que sería devastador para ambos, sobre todo por lo que les importa la historia.

¿Por qué López Obrador querría manchar su legado con afanes transexenales y de influencia indebida sobre Sheinbaum? ¿Por qué habría de querer imitar a Plutarco Elías Calles? ¿Por imponer a su hijo en la Presidencia de la República? Ya ni es secretario de Organización de Morena. Y aunque quisiera impulsarlo, el carisma no se hereda ni los mexicanos son súbditos de nadie.

En realidad, los analistas del salinismo que invocan una ruptura Sheinbaum-López Obrador, los que la anhelan sin base racional alguna, son quienes calculan políticamente que sólo un pleito podría darles una oportunidad para obtener lo que por sí mismos no han podido lograr, ni con Xóchitl Gálvez ni ahora con Ricardo Salinas Pliego, engendro del salinismo.

Finalmente, no es tan estúpido el razonamiento y la apuesta del salinismo: una ruptura entre Sheinbaum y López Obrador devastaría al movimiento que ambos fundaron y que ya triunfó dos veces de manera avasalladora. Los dos saben del inmenso costo histórico y eso es, precisamente, lo que la hace inviable…

Calderón es el abuelo; Operación Berlín es la hija y la Derecha Diario es el nieto

                              Calderón es el abuelo; Operación Berlín es la hija y la Derecha Diario es el nieto

"La Derecha Diario aparece como una letrina más cuyo principal efecto es tratar de intimidar a los contrarios y radicalizar a los más obtusos".

Para cualquier persona con un mínimo de decencia, asomarse a la Derecha Diario en su versión mexicana, o en cualquiera de ellas, es un ejercicio masoquista o de curiosidad antropológica que, en cualquier caso, debe hacerse con las fosas nasales fruncidas, porque ni siquiera se trata de un panfleto de agitación política, es sin más una letrina de calumnias que hace ver elegante e ingeniosa a cualquier pared de baño público vandalizada por albureros.

El objetivo de la Derecha Diario no parece ser difundir ideas o movilizar audiencias en algún sentido político. Su meta parece mucho más burda: pretende intimidar a través de la injuria a sus adversarios, y con ello el tácito deseo de desmovilizar a los contrarios. No es, pues, un ejercicio para construir audiencias amplias, sino una vía para fanatizar a un grupúsculo marginal de gente carente de crítica o de escrúpulos.

Mirar su contenido significa algo predecible: una falsedad por acá, una cauda de adjetivos sin sustento por allá, una difamación por aquí, una bajeza por acullá; en un tono donde son capaces de basarse en una estolidez fantasiosa para hacer asociaciones forzadas. Así, por ejemplo, el famoso e irrelevante saludo de López Obrador con la mamá del "Chapo" es la base para acusar a toda una estructura gubernamental y su partido de “narco”, prefijo que usan contra todos sin el menor recato y sin notar las posibles implicaciones peligrosas.

No se dice nada nuevo hasta aquí. La Derecha Diario aparece como una letrina más cuyo principal efecto, deseado o no, es tratar de intimidar a los contrarios y radicalizar a los más obtusos. Pues bien: ahí en esa falta de originalidad de esa letrina digital es donde estriba un problema distinto.

Y ello es porque las suciedades que hace ese panfleto no son nada nuevas en México y, de hecho, han tenido un protagonismo indebido en nuestro país. Porque si se trata de publicar calumnias para deslegitimar o intimidar adversarios a través del ciberespacio, lugar que se prioriza porque ahí hay menos posibilidades de regulación, la historia mexicana ha sido prolífica en ello, pero ahí resalta un punto de inflexión, y ese fue el de la elección fraudulenta de 2006.

La campaña panista de ese año, que todos recordamos con la acusación al candidato puntero de ser “un peligro para México”, fue sucia, violatoria abiertamente de varios artículos del Cofipe, y, sobre todo inédita. No había en la historia de nuestro país ningún precedente de la turbiedad de esa campaña.

Esto parece una exageración si pensamos que México vivió un régimen autoritario en el siglo XX donde sin duda se calumniaba e intimidaba a los adversarios. Pero en términos de propaganda, hubo una diferencia. Y es que el régimen priista sí emitía mentiras contra sus enemigos, pero para hacerlo usaba dos vías informales: la línea editorial de los noticiarios y medios cooptados o afines; o la clandestinidad, como ocurría con los panfletos anónimos o libelos que se fabricaban en los sótanos de la Secretaría de Gobernación, como el famoso libelo El Móndrigo, hecho para atacar a los estudiantes de 1968, o Danny, sobrino del tío Sam, para calumniar a Cosío Villegas en 1974.

La propaganda de 2006 fue un cambio en ese sentido, porque, por primera vez en la historia, una campaña sucia se hacía deliberadamente en tiempos formales y bajo la firma de un partido político en el poder. El PAN, así, hizo lo que ni el PRI, así fuera por estrategia o demagogia, se atrevió, y eso es el hecho de haber convertido en campaña oficial lo que antes se hacía desde la marginalidad o el anonimato.

Y esa campaña fue pionera en otros tres aspectos: por primera vez el Presidente de la República se metió, violando la ley, a enturbiar la campaña con spots. Por primera vez los empresarios participaron, también violando la ley, para emitir de forma masiva comerciales en contra del mismo candidato al que atacaba el PAN. Y por primera vez la internet fue usada para hacer campaña sucia.

Desde la Secretaría de Gobernación foxista, bajo la égida de Ramón Muñoz y de Abraham González, con recursos públicos se emitieron millones de mensajes vía correos electrónicos -en lo que hoy serían las redes sociodigitales- para emitir las peores calumnias posibles contra López Obrador, en mensajes donde se instaba al magnicidio, se le acusaba de bajezas dignas de estercolero (como zoofilia y fratricidio), se le imputaban delitos fantasiosos y se metían con su familia, incluido su hijo menor de edad. Este grupo de choque digital de la Secretaría de Gobernación se mantuvo todo el sexenio de Calderón y su discurso era abiertamente fascista, en un crimen pagado por todos nosotros.

Demos un salto de unos años. En 2017 y 2018, se gestó la Operación Berlín. Ahí, un porro sin escrúpulos que se disfraza de editor, llamado Fernando García Ramírez, a la sazón alto funcionario de la revista Letras Libres y mano derecha de Enrique Krauze, organizó otro grupo de choque digital con la consigna deshonesta de hacer otra campaña sucia contra López Obrador, quien se encaminaba, como dictan los parámetros de la democracia, a su tercera candidatura presidencial.

Ahí, desechando por la borda el rigor periodístico e histórico -que por cierto nunca fue una gran virtud de Krauze, como demostró Manuel López Gallo en su libro Las grandes mentiras de Krauze desde 1997-, García Ramírez usó dinero de empresarios, donde destacaron los Coppel, para de forma ilegal fabricar memes, paginillas apócrifas (donde sobresalió una en Facebook llamada “Populismo autoritario” y más tarde una llamada “Pejeleaks”), donde se pagaban miles de pesos por fabricar memes ridiculizantes y calumniadores contra López Obrador y su familia; o para fabricar mentiras disfrazadas de denuncias periodísticas.

De esa letrina viene la calumnia de que, por ejemplo, la casa que rentaba en Coyoacán José Ramón López Beltrán era producto del tráfico de influencias porque pertenecía a una trabajadora del periódico La Jornada, en un momento, 2017, donde ese presunto tráfico era imposible porque López Obrador no era servidor público y no podía favorecer a nadie a cambio de algo que ni siquiera es un beneficio, como la posibilidad de rentar una casa. Por cierto, los porros de García Ramírez, de forma intimidatoria, fueron a pegar pendones de “Pejeleaks” ahí cerca del domicilio de López Beltrán, como si insinuaran que lo espiaban.

Momento inmejorable para recordar lo que alguna vez denunció el doctor Ernesto Lammoglia con el periodista Julio Hernández en su canal de Astillero, cuando el psiquiatra acusó que hace años, Krauze le ofreció dinero e información -producto sin duda del espionaje- a cambio de escribir un libelo en contra de Cuauhtémoc Cárdenas, a lo cual el médico, por ética y repulsión humanista, se negó.

De ese año de 2018, y también de la Operación Berlín, vinieron otros chismarrajos delirantes, como que López Obrador era plagiario de libros (porque una vez escribió un prólogo para un libro de 2010, que mentirosamente García Ramírez e atribuyó la autoría), y la joya de la corona fue la sandez delirante de la trama rusa, donde se acusó que Putin estaba detrás de la candidatura del tabasqueño, a través del medio Russia Today, mediante una complicada trama que incluía a John Ackerman -entonces colaborador del medio- e Irma Eréndira Sandoval, propuesta por AMLO para ocupar la Secretaría de Función Pública.

Más que un análisis geopolítico, eso parecía una mala copia de la picaresca de Chava Flores en sus canciones, como aquella de "Los Gorrones", donde explica uno de ellos su presencia en el festejo mediante la justificación de que “Yo soy amigo de la hermana de un señor que no vino a la fiesta”. Así, con ese nivel delirante, se trataba de explicar la supuesta presencia rusa en la campaña morenista, cuestión que, desde luego, nunca se acreditó y terminó como un cuento más en los muchos inventados para tratar de desacreditar al tabasqueño.

La Operación Berlín sólo sirvió para que sus gestores hicieran el ridículo y se evidenciaran como unos deshonestos miserables. Por razones que sólo atañen a la derecha mexicana, no se sabe por qué en sus entornos ese grupúsculo de porros acosadores y calumniadores, como goebbelsitos tropicales, no perdió ninguna respetabilidad, cuando lo que hicieron fue una campaña sucia acompañada de posibles delitos en su financiamiento.

Algunas de las sandeces de la Operación Berlín aún siguen usándose por comentócratas obtusos. Por ejemplo, en 2022, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad trató de revivir el cuento de la casa de López Beltrán en Coyoacán, mientras que diversos ciberpiojos y porros virtuales aún repiten las mentiras de que López Obrador es plagiario o que no se tituló o que mató a su hermano y demás cuentos inescrupulosos nacidos en 2006 o 2018.

Es por eso que no sorprende la existencia de la Derecha Diario en México ni que haya estólidos capaces de trabajar para sus dos dueños, los pillastres delictivos Javier Negre, apodado "El Condenas" en España por sus delitos, y Fernando Cerimedo, hoy en la cárcel por intento de feminicidio.

Pero hay que decirlo hasta el cansancio. Debido a estos precedentes, hay una relación implícita ideológica. La Derecha Diario hoy es la hija de la Operación Berlín, que a su vez es la hija de la campaña panista de 2006, en un linaje sucio de una serie de campañas de propaganda goebbelsiana de un grupo político, iniciado por Fox y Calderón, que se dedicó a convertir al país en una fosa común, y al debate público en una fosa séptica.