"La derecha mexicana carece de liderazgos y prestigio, y por eso tiende a buscarlos afuera".

Desde el terreno de los reaccionarios y panfletistas de poca monta, mucho se pregona acerca de que las izquierdas tienen como característica central algún tipo de resentimiento; cuestión que se expone como si fuera una especie de pecado original que en automático anula sus posiciones políticas. Así, poco importa si desde el espectro izquierdista se dice alguna verdad, ésta será menospreciada porque tiene como motor, presuntamente, a un emisor resentido con algo.
De nada serviría argumentar con los trabajos históricos de don Luis Villoro o Wright Mills, quienes explicaron que las ideas políticas suelen construirse a partir de que el individuo, en su biografía, suele detectar ciertas carencias sociales -sean propias o sean de otros- que merecen ser resarcidas. Y ese proceso de desear solucionar esas ausencias y reflexionar sobre la mejor forma de hacerlo es politización pura. Y tampoco de nada serviría argumentar que en la vida individual y social existen resentimientos legítimos, que moldean la visión y conducta de las personas. No se trata aquí de describir cómo es que se conectan las cuestiones materiales con las emociones válidas -existentes en todo ser humano- en la formación de las ideas, sólo se resalta una obviedad, y esas que la idea de un resentimiento, por sí misma, no anula o falsea a algún emisor que hable desde esa emoción.
De lo que no se habla mucho, sin embargo, es de algo que toma mayor forma en el espectro político y que se exhibe con más nitidez en coyunturas como la de los días recientes, donde una Gobernadora panista abre las puertas a la injerencia estadounidense, o se recibe a una politiquilla española como Díaz Ayuso como cantante de pop en una gira por México. Y eso que no se habla demasiado y que debería exponerse es que un fundamento central de ciertas derechas es, llanamente, una personalidad acomplejada, recurrente a las exageraciones o peor, autoengaños, compensatorios, que se convierten en un imaginario colectivo digno tanto de estudio como de alarma. Ante eso, aquí una lista breve, un decálogo de rasgos de una derecha mexicana acomplejada, mismo que tiene más fines de ánimo jocanti que sociológicos, pero quizá, como suele ocurrir en la broma, alguna verdad se cuele.
- Importa liderazgos de afuera, porque sabe que adentro no importa. Así, desde traer al franquista José María Aznar en febrero de 2006; al golpista brasileño Sergio Moro en 2017; al facho Santiago Abascal y al partido Vox en 2021, a la nobiliaria Cayetana Álvarez en 2024; hasta invitar a la reaccionaria Isabel Díaz Ayuso en 2026, son hechos que marcan una pauta persistente: la derecha mexicana carece de liderazgos y prestigio, y por eso tiende a buscarlos afuera. Lo curioso es que lo hace entre personajes anodinos cuando no abiertamente desprestigiados, corruptos o antidemocráticos.
- No sólo tergiversan la historia: de plano la falsifican. Ello, porque es muy pesado asumir el complicado pasado mexicano, donde hubo un exterminio y conquista multifactoriales cuyas taras, como el racismo, tienen vigencia hoy. Por eso, en vez de asumir realidades con madurez y crítica, les resulta mejor inventarse un encuentro amoroso encabezado por un padre aventurero como Hernán Cortés y una legión civilizatoria que vino a quitarle lo salvaje a los indios. Ficción que, curiosamente, se asemeja mucho al discurso del fascismo de Vox en Europa, obsesionado en decir que España nació en el siglo VIII en la Batalla de Covadonga contra los moros, para reivindicar el catolicismo; y en decir que ellos después ejercieron un colonialismo bueno y evangelizador en América, a diferencia de Inglaterra, que ejerció un colonialismo malo y exterminador en sus colonias norteñas de Aridoamérica.
- Conferir su identidad a banalidades propias de la diversidad humana. Así, son capaces de negar la crítica a las taras del colonialismo en México con argumentazos del estilo “de no ser por España hoy no hablarías español”; o “de no ser por España no habría tacos de carnitas”. Eso sí, se enojan con facilidad de forma febril y zapatean con fiereza el suelo cuando alguien les recuerda que la lengua española actual o la cocina ibérica serían imposibles sin el legado árabe en ellas; enojo tal cual le ocurre a los neofranquistas de Vox, a quienes se les olvida que a su amada momia dictatorial, Francisco Franco, sentía reverencia por el mundo árabe por su estancia militar en Marruecos.
- La prepotencia con el de abajo y el servilismo con el de arriba. Si bien esta característica es propia de la personalidad autoritaria tan frecuente en las derechas, tratan de esconderla en la parte más mítica del mestizaje y la negación de que existan aún estructuras de desigualdad en México. Eso sí, cuando una politicastra del Partido Popular español viene a México y ni se digna a escribir correctamente el nombre del país que la recibe, se publican panfletos bochornosos donde se justifica su bravata; en un acto de sumisión que nos recuerda al besamanos de los presidentes de derechas frente a Trump, en la reunión del Escudo de las América, donde les dijo que, aunque fueran mayoría, no aprendería “su maldito idioma”.
- Dota de autoridad intelectual a la pacotilla del pensamiento. Así, entes esperpénticos como el ripioso cantantucho Nacho Cano (con su visión supremacista de la Conquista), o el poetastro de quinta Carlos Baute (con sus invectivas racistas en Madrid) se tornan no sólo en epítome de la manera de pensar de las derechas, sino en sus filósofos más insignes.
- Recurre a plataformas mediáticas no para informarse, sino para confirmar sus prejuicios. Desde Goebbels, para quien una mentira repetida mil veces se torna en verdad; hasta Raymundo Rivapalacio, para quien “la verdad ya es irrelevante”; el acto de informarse es innecesario, pues basta escuchar a las estridencias más engañadoras o a las letrinas más sucias -estilo la Derecha diario, dirigida por un gachupín de apellido Negre y un ciberpiojo anodino del tío Richi-, para lograr lo obvio: no el construir una visión crítica de la realidad, sino encerrarte en un mundito de prejuicios azuzados por quien te dice no la verdad, sino lo que quieres escuchar.
- Mide con criterios distintos fenómenos parecidos y simultáneos. Así, es capaz de comparar a los mexicas con los nazis porque hacían sacrificios humanos, pero no interpreta con el mismo rasero las matanzas religiosas que al mismo tiempo se perpetraban en todos los pueblos europeos y la inquisición.
- Posee una identidad frágil pero una autopercepción de superioridad sólida. Con esa tara, es capaz de sentirse europeo con ínfulas nobiliarias y heráldica pura sólo porque uno de sus treinta y dos tataratatara abuelos nació en alguna aldea perdida del sur español, aunque él haya nacido en Zapopan o Cholula.
- Enfatiza precisamente que quien le cuestiona los ocho anteriores elementos es justamente porque está resentido o le tiene envidia.
- Por último, y como toda franja de derechas más sectarias, es un victimario con discurso de víctima. Aunque reproduzca los peores vicios vigentes desde el sistema de castas, como el racismo, él se sentirá agraviado si se critica algún privilegio de clase y aludirá a entelequias del estilo del “racismo a la inversa”.
En suma, mucho del discurso de las derechas mexicanas que se postran ante aventureros políticos foráneos que vienen aquí a ocultar sus iniquidades locales, es un disfraz compensatorio, un intento de sentirse ajenos a un país como México, del cual para ellos sobresale una paradoja: se sienten dueños de él aunque en el fondo lo detesten.



















