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1/05/2020

Universidad Michoacana: el salario rehén



La primera universidad autónoma de América Latina se encuentra, por cuarto año consecutivo, en situación de insolvencia para cubrir los salarios y el aguinaldo de sus alrededor de 9 mil trabajadores, académicos y administrativos.
Las causas del déficit son múltiples, y pasan por subsidios insuficientes, lustros de mala administración, despilfarro y saqueo por parte de rectores, gastos y prestaciones no reconocidos por los presupuestos de la Federación, recortes a los subsidios en 2016 y 2017 y, probablemente, desviación de recursos a fines gubernamentales o partidarios en áreas completas de ausencia de rendición de cuentas.
Entre 900 y mil millones de déficit anual han implicado, desde 2016 o quizás antes el retraso en los pagos salariales y desde 2017 la recurrente suspensión de éstos desde octubre o noviembre. En algunos casos se han cubierto con el presupuesto asignado al año siguiente, y en otros con la gestión de recursos extraordinarios provenientes del gobierno federal. Fue el caso en diciembre de 2018, cuando la administración obradorista signó con el gobierno de Silvano Aureoles Conejo y el entonces rector, Medardo Serna, un convenio que proveyó a la Universidad Michoacana 500 millones de pesos para solventar los sueldos del personal universitario.
No fue un convenio, sin embargo, incondicional. En él se inscribieron cuatro compromisos de austeridad, rendición de cuentas y mejora administrativa, y uno más que implicó, para 2019, el fortalecimiento del régimen de jubilaciones y pensiones, sin especificar cómo habría de entenderse esa acción. En la práctica, se ha traducido en presión a los trabajadores y sus sindicatos para que acepten entrar al consabido régimen de cotización a cuentas individuales, el alargamiento de hasta 10 años en el periodo de trabajo para alcanzar el retiro completo, y un nuevo requisito de edad de 65 años. El paradigma neoliberal, en suma, que se supondría erradicado desde diciembre de 2018.
El referido convenio no fue nunca consultado con los trabajadores ni sus representaciones sindicales; tampoco fue ratificado por el Consejo Universitario, según lo mandan la fracción XVIII del artículo 12 y la VI del 6 de la Ley Orgánica de la Universidad Michoacana. No obstante, impuso virtualmente a los empleados y docentes la obligación de aceptar retrocesos importantes en sus condiciones de trabajo y prestaciones.
No hubiera sido difícil al nuevo rector, Raúl Cárdenas Navarro, impugnar ese convenio –que no hacía sino facilitar el cumplimiento de una obligación de la parte patronal– en virtud de lo antes dicho, sino por un factor adicional: la reforma al artículo 3 de la Constitución promulgada el pasado 15 de mayo no sólo establece en su fracción X la obligatoriedad y gratuidad de la educación superior pública, sino prevé en el transitorio décimo quinto la formación de un fondo federal especial que asegure a largo plazo los recursos económicos necesarios para garantizar la obligatoriedad de los servicios a que se refiere este artículo, así como la plurianualidad de la infraestructura.
Es sabido por el gobierno federal y por los universitarios que el déficit acumulado se debe al incumplimiento por el gobierno de Aureoles Conejo del acuerdo firmado el 13 de enero de 2016, en el que el gobierno estatal se comprometía a incrementar progresivamente sus aportaciones a la universidad (de 30 por ciento entonces) hasta alcanzar 50 por ciento. En 2019 fueron de sólo 32 por ciento. Pero el rector Cárdenas Navarro no tiene la intención de reclamar a su colega agrónomo y, como él, egresado de la Universidad Autónoma Chapingo, y ha optado por solicitar nuevamente los recursos extraordinarios no regularizables de la Federación. Sólo que esta vez la SEP exige el cumplimiento del compromiso signado el 21 de diciembre de 2018, modificando radicalmente el derecho a la jubilación de los nicolaitas.
Le ha tocado al subsecretario de Educación Superior, Luciano Concheiro, quien no hace mucho reivindicaba su ideología comunista, presionar contra los derechos de los trabajadores y condicionar los recursos extraordinarios a la universidad a la imposición del esquema neoliberal de jubilación. El sindicato de profesores (SPUM), con una dirigencia espuriamente instalada en noviembre de 2012, realizó una consulta en la que sólo 12.9 por ciento de los afiliados aceptó incondicionalmente la reforma; 9 por ciento la aceptaba con condicionamientos que no se cumplieron ni se plantearon; 8.4 votó en contra y 68 por ciento no participó. Con esos números, ha firmado un acuerdo que permitirá a sus afiliados recibir en breve una parte de su pago.
El sindicato de empleados, Sueum, que no ha aceptado firmar la contrarreforma jubilatoria, ha sido excluido de las remuneraciones ya devengadas. No se sabe cuándo podrán cobrarlas, porque gracias al gobierno estatal aureolista, a la solidaridad del gobierno federal con éste, al ex rector Serna y al rector Cárdenas, en la Universidad Michoacana los salarios no son un derecho de los trabajadores, sino un objeto de chantaje y, en su caso, una especie de premio a la buena conducta.
* Profesor e investigador de tiempo completo de la UMSNH

8/20/2019

El PRI en los tiempos de la Cuarta Transformación

Cambio de Michoacán

El pasado fin de semana el Partido Revolucionario Institucional, otrora todopoderoso en el medio político mexicano, realizó el proceso inédito de una elección universal y directa entre sus militantes de su presidencia nacional. De ella surgió triunfante un joven político, el gobernador con licencia de Campeche, Alejandro Moreno Cárdenas, también conocido como Alito . Es clara la intención, con esta nueva dirigencia, de dar una imagen de renovación y frescura ante sus militantes y los ciudadanos en general de cara a los próximos procesos electorales, en busca de recuperar algo del mucho terreno perdido en los comicios de 2018.
Pero esa imagen no parece corresponderse en nada con lo que se vio en el proceso electivo interno del domingo 11 de agosto: urnas vacías, denuncias de fraude y ausencia de consenso en torno a los resultados. De sus 6.76 millones de adheridos formalmente inscritos en sus padrones, participó alrededor del 20 o 25 por ciento, y eso después de una campaña aún inconclusa de afiliación. El candidato triunfante habría obtenido un 80 por ciento o más de la votación. En tanto que la candidata que quedó en segundo lugar, la ex gobernadora de Yucatán Ivonne Ortega, que obtuvo un 13 o 16 por ciento, según la fuente consultada, denunció a lo largo del día a través de su cuenta de Twitter compra de votos, acarreo de votantes, urnas “embarazadas” y paquetes electorales abiertos. Anunció que impugnará el proceso, en tanto que a la tercera candidata, la prácticamente desconocida Lorena Piñón, le correspondió un papel testimonial con no más del 3 o 3.5 %; pero aun así contribuyó a convalidar el proceso favorable a Alito . Previamente, el ex rector y ex secretario de Salud José Narro Robles se había retirado de la contienda y del partido denunciando que la elección estaba arreglada y el resultado cantado. Y al también aspirante Ulises Ruiz —el represivo ex gobernador de Oaxaca, con más de 20 muertes en su haber durante el conflicto de 2006— se le negó el registro por no tener respaldo de los sectores del partido, por lo que denunció que el proceso era “una farsa”.
Por otro lado, Manlio Fabio Beltrones, ex presidente partidario, anunció en un tuit que no participaría en la elección por las irregularidades en el padrón. Y renunció al partido la destacada periodista Beatriz Pagés Rebollar denunciando que se lo estaba entregando al presidente López Obrador.
En fin, desde la confección del padrón y la emisión de la convocatoria hasta el final de la jornada electiva hubo denuncias de irregularidades y trampeo en favor de quien se levantó a la postre como triunfador. Triunfo pírrico, si se considera el alto costo que para el partido tuvo la erección de la nueva dirigencia y el nivel de la indiferencia de los propios priistas hacia el proceso y sus candidatos. Un aguacero sobre mojado, dada la situación que vive ahora el otrora partidazo oficial, al que se le aplicaban en otros tiempos sobrenombres como “invencible”, “aplanadora”, y otros.
Las elecciones federales y estatales de 2018 determinaron la debacle tricolor, de la que se antoja imposible que se repongan los priistas. Su candidato presidencial, el “externo” José Antonio Meade sólo obtuvo —en alianza con el PVEM y el Panal— el 16 por ciento de la votación y se ubicó en un lejano tercer lugar, sin ganar en una sola entidad del país. En el Senado, sólo logró colocar, por la vía plurinominal, a 14 de sus candidatos, el 11 por ciento de los escaños. En la Cámara de Diputados cuenta con apenas 47 legisladores, el 9.4 por ciento del total. Desde la elección del Estado de México en 2017 no ha logrado ganar ningún gobierno estatal; en este año, en la elección de Baja California y en la extraordinaria de Puebla ni siquiera figuró como competitivo.
Sólo declarativamente, pues, y como un señuelo, pueden Claudia Ruiz Massieu Salinas y otros dirigentes priistas hablar de una recuperación política o electoral de su partido.
Pero hay más. Se trata de los escándalos de todos conocidos de corrupción en los que los priistas han estado comprometidos. Casi todos los gobernadores que Enrique Peña Nieto anunció como los exponentes del “nuevo PRI” se han visto involucrados en procesos de carácter penal por peculado, desviación de recursos, sobornos, paraísos fiscales, vínculos con la delincuencia y otras lindezas similares. Javier Duarte —de quien ahora sabemos que pactó su aprehensión y su condena con el entonces secretario de Gobernación Osorio Chong—, Roberto Borge, César Duarte (prófugo), Rodrigo Medina, el veracruzano Flavino Ríos, el tamaulipeco Egidio Torre Cantú y sus antecesores Eugenio Hernández, Tomás Yarrington y Manuel Cavazos Lerma. Humberto Moreira y su hermano Rubén han sido repetidamente señalados por su corrupción y su probable involucramiento con los zetas . Exonerados, han llegado a la cárcel el tabasqueño Andrés Granier y el michoacano Jesús Reyna García. Antes cayó y sigue en prisión Mario Villanueva Madrid por delincuencia organizada. Ahora, los señalamientos judiciales han alcanzado a altos ex funcionarios del gobierno de Peña Nieto: Emilio Lozoya Austin (prófugo) y su familia, y Rosario Robles Berlanga, protagonista central de la llamada Estafa Maestra . Seguir la pista del dinero puede llevar a varios otros ex servidores públicos de alto nivel, particularmente de la última administración priista.
Especial atención ha tenido el caso de César Duarte Jáquez, a quien el gobernador de Chihuahua, Javier Corral Jurado, busca tenazmente procesar a pesar del fracaso, hasta hoy, de los intentos de extradición desde su refugio en los Estados Unidos. Su secretario de Gobierno Alejandro Gutiérrez Gutiérrez, quien también fue secretario general adjunto del Comité Ejecutivo Nacional del PRI con Manlio Fabio Beltrones, ha sido condenado por peculado agravado y es la pieza clave para inculpar a Duarte Jáquez.
El priismo y especialmente el peñanietismo se convirtieron, a los ojos de la sociedad mexicana, en sinónimos de corrupción. Las puntas de la madeja: Robles, Duarte de Ochoa, Lozoya y Duarte Jáquez parecen conducir a un mismo nudo: el financiamiento ilegal de las campañas del PRI, especialmente de la de 2012 en la que Peña ganó la presidencia a costa de torrentes de dinero, pero también las de varios gobiernos estatales (Estado de México) en las que se derrocharon recursos y se rebasaron los topes establecidos.
También podría hablarse de los actos de represión durante los gobiernos de Peña en el Estado de México y el país: San Salvador Atenco, el 1 de diciembre de 2012 en la Ciudad de México, Tlatlaya, Apatzingán, Nochixtlán, Iguala —con sus 43 normalistas desaparecidos sin solución aún— y Tanhuato, varios de ellos verdaderos crímenes de Estado que colocaron e México en la mira de las organizaciones internacionales oficiales y civiles de derechos humanos. También de los más de 37 mil desaparecidos contabilizaos durante su mandato y el asesinato de 66 periodistas y de 161 defensores de derechos humanos, crímenes casi en su totalidad impunes o ni siquiera esclarecidos. De ese pesado lastre de su gobierno más reciente tendría que desprenderse el PRI para recuperar alguna dosis de aceptación social. El propio ex candidato presidencial priista Francisco Labastida Ochoa ha calificado a Peña Nieto como el peor presidente que ha tenido México en los tiempos actuales.
Ahora, el tema del financiamiento público, con el acuerdo del Consejo General del INE de otorgar a los partidos registrados 5 mil 240 millones de pesos para 2020, coloca al PRI en un nuevo dilema. De esa cuantiosa cifra (a la que habría que agregar la otorgada por los organismos electorales de las entidades federativas, que quizá se aproxime a otro tanto) le correspondería al partido tricolor unos 896 millones. Sin embargo, de inmediato el presidente López Obrador ha reaccionado a ese acuerdo del organismo superior electoral haciendo un llamado a los dirigentes partidarios a devolver la mitad de esas prerrogativas, e incluso ha girado instrucciones a la Secretaría de Hacienda de dialogar con ellos para ese fin. Renunciar a esos recursos, de por sí exiguos para el tamaño del aún voluminoso aparato priista, significaría profundizar su crisis; no hacerlo implicaría aumentar su desprestigio ante una sociedad harta de la partidocracia y de los abusos que desde las franquicias electorales se siguen cometiendo.
No es inminente que el PRI pierda su registro electoral en los años inmediatamente por venir. Su presencia sigue siendo extendida entre los ciudadanos del país. Pero se ve cada vez más difícil que logre el acceso a posiciones de poder por la vía de votaciones de mayoría relativa. Aun con su renovada dirigencia la sombra del fracaso lo asechará durante la nueva etapa que se ha abierto, la que López Obrador y Morena han proclamado como “Cuarta Transformación”. El camino que le quedará será el de contemporizar con el gobierno obradorista y evitar el enfrentamiento con éste, que sólo llevaría a su mayor desgaste. Pero aún eso difícilmente lo salvará de la marginalidad en las elecciones por venir en 2020, 2021 y aún en las de 2024. Los ciudadanos dieron un veredicto implacable en 2018, cuyas consecuencias todavía no acaban de desplegarse para el ya ni revolucionario ni institucional, como se seguirá viendo en el próximo periodo.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH 

4/15/2019

La insumisión de Zapata y su Ejército Libertador



"El zapatismo no se planteaba la cuestión del Estado ni se proponía construir otro diferente. Pero en su rechazo de todas las fracciones de la burguesía, en su voluntad de autonomía irreductible, se colocaba fuera del Estado. Su forma de organización no se desprendía o desgajaba de éste: tenía otras raíces. Y quien está fuera del Estado, si al mismo tiempo decide alzar las armas, se coloca automáticamente contra el Estado".
Adolfo Gilly, 1977

La historia empezó en realidad el 12 de septiembre de 1909. Sin testigos externos, sin medios de prensa y quizás sin llamar mucho la atención de las autoridades porfirianas, según la crónica de John Womack escrita a partir de los testimonios de algunos participantes y testigos, y como lo constató con la evidencia documental Jesús Sotelo Inclán. Emiliano Zapata recibe de los veteranos de Anenecuilco la caja de metal que contenía los títulos primordiales concedidos a ese poblado por el virrey Luis de Velasco en 1607. Es la historia de unos campesinos que, al decir del propio Womack, no querían cambiar y para eso hicieron una revolución; y que no acabaría el 10 de abril de 1919, aunque ese día tuvo una inflexión determinante.
La del zapatismo fue una lucha prolongada, armada durante una década, que civil y defensiva, pasó luego a ofensiva en la vorágine de la revolución emprendida por el terrateniente Madero contra la dictadura y el fraude electoral, pero que habría de rebasar a su iniciador. Los pueblos campesinos congregados durante los meses anteriores por Zapata en Morelos para la recuperación de tierras que les habían sido usurpadas por el auge de la caña azucarera, entroncaron con la lucha democrático-burguesa del maderismo y pasaron a la ofensiva ocupando Cuautla; pero la trascendieron convirtiéndose a sí mismos en la expresión más legítima y orgánica de la revolución popular en el periodo.
Esa lucha no terminó con el ascenso de Francisco I. Madero a la presidencia, sino sólo entró en una nueva etapa. El 28 de noviembre de 1911, apenas unas semanas después de que aquél asumiera el cargo, Zapata y sus hombres proclamaron el Plan de Ayala, donde denunciaban al coahuilense como traidor a la causa por la que él mismo había convocado al pueblo. Madero no cumplía ni pensaba dar cumplimiento a su oferta del Plan de San Luis Potosí de restituir las tierras despojadas a los pueblos campesinos durante el porfiriato. En cambio, desestabilizaba al Estado de Morelos colocando a Ambrosio Figueroa como gobernador.
“Yo no pacto con traidores”, fue la respuesta que dio Emiliano al padre de Pascual Orozco a la invitación que le hacía llegar el caudillo chihuahuense a apoyar al gobierno de Victoriano Huerta que había derrocado y asesinado al presidente Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez; y ordenó fusilarlo, declarando así la guerra a Orozco y al usurpador Huerta. Pasó el zapatismo a la ofensiva contra la usurpación sin subordinar su lucha a la de los constitucionalistas encabezados por Carranza ni admitir la jefatura de éste, que siempre consideró al general suriano un bandido y jefe de una gavilla, no un revolucionario. Con ello, el hacendado de Cuatro Ciénagas simplemente era congruente con la ideología de su clase frente a alguien que estaba devolviendo y repartiendo tierras a los campesinos pobres de Morelos.
Tras la derrota del huertismo en Zacatecas y la llegada de Obregón a la ciudad de México, los zapatistas se unieron a la Soberana Convención de Aguascalientes, convocada por la mayoría de los cuerpos revolucionarios para integrar un nuevo gobierno, pero desconocida por Carranza porque no lo aceptaba como presidente provisional, conforme él mismo lo había proclamado en el Plan de Guadalupe. La Convención, no sin fuertes debates, asumió el Plan de Ayala y los zapatistas se integraron al gobierno convencionista de Eulalio Gutiérrez. Ocuparon luego la capital del país y esperaron ahí el arribo de los revolucionarios del Norte, encabezados por Francisco Villa. El encuentro de ambos caudillos en Xochimilco en diciembre de 1914 y su entrada al Palacio Nacional representa el momento culminante de las insurrecciones campesinas de América hasta antes del triunfo de la Revolución Cubana.
Sin embargo, ni el Ejército Libertador del Sur ni la División del Norte habrían de asumir, menos aún retener, directamente el poder. Ni Villa ni Zapata se consideraban capaces de ocupar la Presidencia; y en la siguiente etapa ambos habrían de continuar luchando, esta vez contra el carrancismo, por de un orden social más justo que el que éste ofrecía a las masas campesinas y a los trabajadores, y sobre todo por un gobierno más representativo de las masas insurrectas mexicanas. Álvaro Obregón derrotó militarmente en 1915 al villismo, que se replegó a Chihuahua, ya sin la fuerza que había tenido apenas un año antes. Pero Carranza y sus generales como Treviño y Murguía nunca pudieron atrapar a Pancho Villa en Chihuahua. Pablo González asedió brutalmente a los zapatistas en Morelos, asesinado, violando, saqueando, incendiando poblados y ejecutando a sangre fría a los campesinos; pero éstos jamás delataron en dónde se encontraba el cuartel general zapatista. Como el nicaragüense Augusto César Sandino, Zapata fue un general de hombres libres; y como a aquél, tuvo que ser la traición la que pusiera fin a su vida ese 10 de abril de 1919.
Los ideales de Zapata, que eran los de los pueblos mismos de Morelos, subsistieron tras de su cobarde asesinato en Chinameca por González y Jesús Guajardo. Porque eran los pueblos los que le daban su fuerza a su permanente rebeldía, y a su intransigencia irreductible.
¿Qué queda a cien años de su sacrificio, de la figura histórica, del pensamiento y la acción de Emiliano Zapata? Más de lo que el capital quisiera; subsiste en la resistencia activa de cientos de comunidades locales, rurales o urbanas, ante el avance depredador del capital mismo, que arrasa la tierra, los recursos naturales y a los hombres en pos de la ganancia máxima; también en el espíritu rebelde siempre presente en las clases subalternas; en los maestros irreductibles en la defensa de sus derechos; en organizaciones populares que se mantienen tercamente en oposición a aeropuertos, minas, plantas termoeléctricas, el acaparamiento de las aguas, la devastación de los bosques y en favor de los derechos humanos colectivos o individuales. Por eso, en los cuatro vientos de nuestro país hoy como hace cien años se grita siempre: ¡Zapata vive, carajo!
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

3/18/2019

Cien días de acciones y señales contrapuestas


Cambio de Michoacán

Por alguna razón no bien identificada, desde hace pocos lustros se ha hecho un hábito político que los medios, la opinocracia (muchas veces más doxa que episteme) y la sociedad realicen un escrutinio y una primera evaluación de los gobernantes al cumplir éstos cien días de gestión en sus cargos. Un tiempo insuficiente, sin duda, para acciones que toman periodos más largos y mucho más para ver resultados de las políticas aplicadas. Pero el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no ha sido la excepción y él mismo se ha visto en la necesidad —o mejor, ha visto la oportunidad— de dirigir a la nación un mensaje, presentado como “informe” con ocasión de ese lapso, más allá de los que cotidianamente dirige a través de los medios en sus conferencias “mañaneras”, que tanto éxito y tanta audiencia le reditúan.
Como en todos los casos, en este no resulta fácil hacer un balance ni siquiera provisional de las acciones del gobierno federal; pero nadie podrá decir que no hay materia para el análisis y la reflexión, en el incesante quehacer de un presidente activista como lo es el tabasqueño. Tampoco resulta sencillo desentrañar en dónde parará todo el cúmulo de acciones, reformas e iniciativas que, incluso desde antes del 1 de diciembre del año pasado, al menos desde septiembre en que el Morena asumió la mayoría en el poder Legislativo, han manado del gobierno mexicano. Tampoco muchas de esas acciones resultan simples a la interpretación, pues envían a la sociedad señales contradictorias o confusas, negando inclusive lo que era el discurso de campaña en 2006, 2012 y 2018.
Ello no obstante, el Presidente no sólo ha conservado en este periodo de gobierno el apoyo del 53 por ciento de los ciudadanos que lo votaron, sino que su popularidad y la aprobación a su gobierno se han incrementado hasta alcanzar entre el 70 y casi 80 por ciento, según el sondeo o encuesta que se elija; algo muy pocas veces visto en el ejercicio del poder. Y lo ha hecho a pesar de afectar intereses importantes tanto en los círculos económicos como, en algunos casos, en la sociedad misma.
Sin duda, hay en la agenda lopezobradorista acciones plausibles que le reditúan en términos de popularidad y que han permitido al gobernante obtener esos índices de respaldo popular. El acercamiento cotidiano con la población, de manera presencial o a través de los medios es, sin duda, una de ellas. Desde Lázaro Cárdenas y, acaso, Adolfo López Mateos no se veía un gobernante al que uno pueda encontrar en los espacios de la cotidianidad como establecimientos de comida, aeropuertos, o en la calle comprando algún producto para su consumo, sin la barrera del Estado Mayor Presidencial o los consabidos guaruras, habituales en sus antecesores. Es, retomando el término de don Daniel Cosío Villegas, el “estilo personal de gobernar” que ha venido imponiendo el nuevo mandatario de la nación.
El combate a la corrupción es una de las facetas más creíbles y aprobadas de su discurso; pero sus frutos aún son demasiado magros como para cantar victoria. No hay peces gordos en prisión, a pesar de que se han evidenciado en investigaciones periodísticas y por los propios órganos de control gubernamental casos como los de Emilio Lozoya, Rosario Robles o el mismísimo José Antonio Meade por desvíos multimillonarios, sobornos y enriquecimiento presumiblemente ilícito. No se informa de la continuidad de las gestiones para la extradición de César Duarte a nuestro país, que debería conducir a desmadejar, junto con una investigación a fondo del caso Javier Duarte y de la relación de Lozoya con la constructora brasileña Odebrecht, la trama del financiamiento de la campaña de Enrique Peña Nieto en 2012. El indulto anticipado, anunciado por el hoy presidente desde su etapa como candidato, y la sospecha de pactos con Peña, empañan sin embargo uno de los aspectos más aplaudidos por la opinión pública en la actual administración.
La suspensión e inminente abrogación de la reforma educativa del sexenio anterior es una medida justa y necesaria para conciliar con el magisterio del país y sus sectores más activos (la CNTE), sometidos por ese proyecto supuestamente educativo a evaluaciones punitivas que a ningún otro sector de los servidores públicos se aplicaron.
La reducción de las percepciones de los altos funcionarios, incluido el presidente mismo, la eliminación de las pensiones vitalicias a los ex presidentes, el desuso del ostentoso avión presidencial comprado por Felipe Calderón para Enrique Peña, la eliminación de privilegios en vehículos, sobresueldos, escoltas y otros renglones para el funcionariado, la conversión de la casa presidencial de Los Pinos en museo y centro cultural, la supresión como tal del Estado Mayor Presidencial, la reducción de su propio sueldo, así como la reciente iniciativa para disminuir el financiamiento público a los partidos políticos, son medidas que también resultan en alta aprobación popular y que eran necesarias para frenar el dispendio y los privilegios de ciertas castas, aunque han llevado a fricciones con el poder Judicial y otros actores beneficiarios de tales prebendas.
La liberación de presos políticos y de reos por delitos menores, la conformación de la comisión de la verdad para el caso de los 43 de Ayotzinapa y el compromiso refrendado de esclarecer el paradero de esos estudiantes guerrerenses, el diálogo con las organizaciones de víctimas y defensa de los derechos humanos y la petición de perdón a Lydia Cacho y a otras víctimas de la violencia estatal, son acciones claramente encaminadas a la búsqueda de la justicia, pero que deben ir más allá de los simbolismos y rendir a la brevedad posible resultados en el ámbito penal contra los victimarios.
Otras medidas han resultado más polémicas y de menor aprobación; señaladamente la cancelación de la construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, el gran proyecto y el gran negocio del sexenio peñanietista, que sí afectó intereses económicos muy fuertes y críticas no sólo de la alta burguesía y los organismos financieros, sino de algunos sectores de la sociedad y, desde luego, de una parte de los medios. Era una medida también necesaria para evitar, en lo posible, el ecocidio en marcha y la afectación a las comunidades rurales de la región de Texcoco, a las que el anterior gobierno no tomó en cuenta en su mega proyecto. López Obrador ha buscado, y logrado en alguna medida, neutralizar esas reacciones y compensar a los inversionistas afectados ofreciéndoles obra en su proyecto aeroportuario de Santa Lucía y otras obras. El espaldarazo que Carlos Slim —uno de los inversores del NAIM— dio al Presidente el 11 de marzo, en el acto de los 100 Días, es prueba de ello.
También otras decisiones políticas y de inversión han resultado sumamente discutibles y de previsibles efectos negativos para las comunidades locales y para el país. Ahora afecto a los megaproyectos, López Obrador ha decidido echar a andar la construcción del Tren Maya, el Proyecto Transístmico, la planta Termoeléctrica de Huexca, en Morelos y la construcción de la refinería en Dos Bocas, Tabasco. Es clara la intención de impulsar el desarrollo del Sur y Sureste del país, las regiones más rezagadas de nuestra geografía social y económica; pero se ha omitido la consulta a las comunidades afectadas —obligada, en el caso de los pueblos originarios, por el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, del que el Estado mexicano es suscriptor— ni los estudios previos de impacto ambiental. Peor aún, el haber organizado y realizado una consulta de muy dudosa validez y veracidad en Morelos para el proyecto termoeléctrico ha concitado un amplio rechazo entre los descendientes de la estirpe zapatista, justo en el año que se ha dedicado oficialmente a recordar y honrar al Caudillo del Sur. Varios pueblos y comunidades de esa región han decidido considerar a López Obrador persona non grata por faltar a sus compromisos de campaña e imponer un proyecto que está lejos de tener consenso entre los morelenses.
En una lógica keynesiana y anticíclica, esos proyectos de inversión son una de las vías para la reactivación de la economía. La otra es la política social, que debe permitir ampliar el mercado interno, al elevar el consumo de los sectores deprimidos de la población, además de dar a éstos protección en su situación de vulnerabilidad. Pero esa política social ha resultado también más que contradictoria y parece no tener brújula ni objetivos precisos.
El programa que originalmente se planteó para la capacitación de jóvenes para el trabajo, por ejemplo, que hubiera implicado becas y ampliación de la oferta educativa en Conalep, bachilleratos tecnológicos, los centros de Capacitación para el Trabajo Industrial y sus correspondientes en los Estados, etcétera, se transformó en la práctica en un subsidio al sector empresarial para emplear y adiestrar aprendices (figura no contemplada en la Ley Federal del Trabajo) contratados en condiciones precarias, de inseguridad en el empleo y probablemente sin prestaciones completas; es decir, una nueva forma de informalidad en el trabajo. Y está por verse si esa política logra, como se lo propone, frenar la vinculación de los adolescentes y jóvenes a las redes de la delincuencia organizada o la práctica de delitos comunes.
En otra línea, se han eliminado los subsidios a estancias infantiles, comedores populares y a una gran cantidad de las llamadas organizaciones de la sociedad civil (OSC) u organismos no gubernamentales (ONG) que venían actuando en tareas de interés social y hasta en la defensa de derechos humanos. El razonamiento ha sido que en esas organizaciones existía lucro y corrupción financiados con recursos públicos. Y eso es cierto en una gran cantidad de casos, no hay duda; pero el retiro de las subvenciones se ha hecho sin un diagnóstico presentado previamente a la opinión pública de la operación de tales organismos, y en vez de sanearlos y rescatarlos selectivamente, se decidió pasar la guadaña al parejo dejando sin sustento incluso a asociaciones civiles libres de sospecha y que se encontraban arraigadas en la sociedad por servicios reales y desinteresados. Igualmente, se resolvió en el actual gobierno suprimir el Seguro Popular, creado por Felipe Calderón. La alternativa sería que las instancias del Estado (DIF, Secretaría de Salud, la ahora Secretaría de Bienestar, etcétera) pasaran a cubrir la atención a las necesidades de los sectores vulnerables y desamparados, y orientarse a lo que ha ofrecido el Presidente: eliminar la pobreza extrema en un sexenio; pero se ha optado, en varios casos, por otra salida: la entrega de los recursos de los programas sociales directamente y en efectivo a los beneficiarios, para que éstos los trasladen, en el mejor de los casos, a oferentes de servicios privados. Poco falta para que, si se descubre corrupción en el IMSS o el ISSSTE, se liquide esas dependencias y se entreguen sus recursos a los derechohabientes para que éstos acudan a los servicios privados de salud.
Las nuevas instituciones de educación superior que López Obrador está creando (Universidades para el Bienestar Benito Juárez García) tendrán también un papel en la política social. Diseminadas en múltiples regiones del territorio nacional, sobre todo en regiones marginadas, ofrecen llevar la enseñanza profesional, disfrutando además de becas, a miles de jóvenes que por diversas circunstancias han carecido hasta hoy de oportunidades de estudio en ese nivel. Es un proyecto sin duda atractivo, pero que contrasta con la restricción, reflejada en el presupuesto, de los apoyos a las universidades públicas ya establecidas y consolidadas, cuya oferta educativa es mucho más amplia que las recién fundadas, y que realizan tareas de investigación y difusión de la cultura que difícilmente éstas cumplirán. La huelga en la Metropolitana y las de otras instituciones de educación superior, ilustran las limitaciones de una política económica que insiste en conservar los topes salariales en el sector estatal, a contrapelo del discurso antineoliberal de las “mañaneras” de cada día.
Por otro lado, la Cuarta Transformación ha significado continuar con el adelgazamiento del Estado y la austeridad, tan gratos al gran capital y a los partidarios del neoliberalismo, mediante reducción de personal y disminución de los presupuestos en renglones sensibles como la educación superior, la investigación científica, la cultura y la administración pública en general. No olvidar que muchos trabajadores de esos ámbitos fueron votantes del hoy Primer Mandatario, ahora afectados en su estabilidad laboral o despedidos.
El tema no es menor. El combate al neoliberalismo (siempre dentro de una lógica capitalista; López Obrador no es en absoluto socialista) pasa por la reconstrucción y fortalecimiento del Estado de Bienestar, en gran medida desmantelado por los anteriores gobiernos, lo cual no sucede con la distribución de dinero a los beneficiarios de los programas sociales. La lógica del liberalismo y del neoliberalismo es la misma: el debilitamiento o liquidación de las instituciones estatales y organizaciones sociales y populares, sobre todo si éstas son de defensa de clase (sindicatos, uniones y movimientos), y la individualización de las relaciones entre los trabajadores y el capital y entre los ciudadanos y el poder político. En este caso, la política no vigoriza al Estado ni a los organismos de la sociedad civil, entendida en su sentido más amplio; pero sí reposiciona la figura del presidente como un proveedor que se relaciona directamente con el pueblo y sus sectores desfavorecidos, y el clientelismo electoral. No es casual que el censo de beneficiarios para los programas sociales haya sido levantado por jóvenes militantes y simpatizantes del Morena que ostentosamente portaban emblemas partidarios en sus atavíos, en una clara partidización de esos programas.
En otro renglón, la política más controvertida del lopezobradorismo es, sin duda, la de la seguridad pública, basada en una Guardia Nacional militarizada, con todo y reforma constitucional, y la permanencia de las fuerzas armadas por cinco años más en funciones de combate a la delincuencia. Es la renuncia al discurso antimilitarista previo a la elección del 1 de julio y la asunción, bajo una modalidad apenas matizada, de las estrategias de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto que tan costosa en violencia y víctimas ha resultado para la población de muchísimas regiones. Al combate al narcotráfico ahora se agrega la lucha contra los cárteles del huachicol, que ya ha cobrado también vidas y azuzado las disputas, particularmente en Guanajuato, entre distintas organizaciones delincuenciales.
El éxito de esa ruta de la militarización es una apuesta que depende de un control disciplinario del poder civil sobre los destacamentos militares y de la Armada, que Calderón y Peña no siempre tuvieron para evitar los recurrentes “daños colaterales” y violaciones a los derechos humanos. Muchas veces, en cambio, los poderes públicos encubrieron delitos y ataques de las fuerzas armadas contra la población civil, en escenarios que nadie desea que se vean replicados bajo el nuevo gobierno morenista. El rechazo a esa estrategia entre amplios sectores sociales seguirá presente, a pesar de la unanimidad lograda en el poder Legislativo para aprobar las reformas constitucionales y las leyes que ahora darán cauce a la corporación creada por López Obrador.
La síntesis de los Cien Días es, en suma, un resurgimiento del presidencialismo, con nuevas modalidades, nuevo discurso y rasgos democráticos, pero que recupera la legitimidad carismática, bien arraigada en nuestra historia patria, más que la de la racionalidad institucional y normativa, para ponerlo en términos weberianos. El 11 de marzo en el Palacio Nacional, López Obrador no dejó de refrendar su compromiso con la realización de un plebiscito o consulta para la revocación o refrendo de mandato en 2021, coincidiendo con la elección de los diputados en el Legislativo federal. Veremos a López Obrador en el papel en el que mejor se desempeña, el de candidato, impulsando además a los postulados por su partido, para tratar de conservar la mayoría en la Cámara de Diputados que ya alcanzó en 2018, apostando al éxito de su políticas económica, social y de seguridad pública durante la primera mitad de su mandato, y arriesgándose al rechazo de las oposiciones, del sector beligerante del capital y de los decepcionados y arrepentidos que ya dan señales de abandonarlo.
Hasta hoy, por los niveles de aceptación y aprobación antes referidos, ese rechazo dista de ser mayoritario, pero el éxito del gobierno de la autoproclamada Cuarta Transformación dependerá del crecimiento económico, el empleo, la mejoría del bienestar social de las mayorías y avances perceptibles en la seguridad y abatimiento de la violencia, conforme a las altas expectativas generadas desde la campaña de 2018 y el triunfo popular del 1 de julio. Hasta ahora, las condiciones y la opinión pública favorecen al gobernante tabasqueño; pero lo que sí podemos avizorar con certeza es que si éste fracasa, no vendrá a ser relevado por otras fuerzas a su izquierda, con mayor compromiso social, sino por una derecha renovada y muy probablemente más agresiva y revanchista, como se ha visto en la Argentina, Brasil Estados Unidos, Francia y otros países del mundo.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

2/08/2019

El feliz retorno de los principios históricos de la política exterior


Cambio de Michoacán

La actual crisis política en Venezuela, inducida y aprovechada por el gobierno estadounidense, ha representado en las recientes semanas para el gobierno de Andrés Manuel López Obrador su primer gran reto en política exterior. Sólo indirectamente, y no de manera frontal como en otros momentos de nuestra historia ha ocurrido, la coyuntura implica un enfrentamiento con Washington; pero eso podría cambiar en breve para llevar a fricciones más directas en los organismos multilaterales o en la relación bilateral entre México y los Estados Unidos.
El interés de los Estados Unidos, volviendo a sus recurrentes prácticas del pasado, es el imponer en la patria de Bolívar un cambio de gobierno que desplace del poder al izquierdista Nicolás Maduro Moro y al Partido Socialista Unificado de Venezuela. La vía elegida es la de promover a un casi desconocido joven político, Juan Guaidó, autoproclamado como supuesto presidente encargado del país, al que aupará entregándole los ingresos de la filial petrolera de Venezuela en los Estados Unidos, y con lo que golpeará aún más a la ya debilitada economía del país caribeño. La ofensiva contra el régimen constitucional venezolano es múltiple. El secuestro de esos ingresos (el gobierno de Donald Trump ha manifestado que está dispuesto a seguir recibiendo petróleo venezolano, del que en realidad depende en un buen porcentaje de sus importaciones; pero los pagos los entregaría no a Maduro sino a su propio pupilo) se suma a la también unilateral retención por el Banco de Inglaterra de 12 mil millones de dólares en oro de las reservas venezolanas ahí depositadas. Pero, sobre todo, se promueve el respaldo político de los gobiernos derechistas de la región latinoamericana y de la Unión Europea a Guaidó en su autoinvestido cargo de supuesto gobernante.
A más de dos semanas del intento de golpe político contra el gobierno de Maduro, queda claro que: 1) Guaidó no gobierna realmente, ni tiene equipo con el que constituir un mando real sobre la nación; 2) tampoco ha logrado ganar el respaldo de las fuerzas armadas, ni dividir a éstas; 3) sus apoyos internacionales, si bien importantes, no son suficientes tampoco para obtener el reconocimiento internacional en los órganos multilaterales no controlados por Washington, como las Naciones Unidas; 4) Guaidó no tiene control siquiera sobre una pequeña porción del territorio venezolano; 5) el supuesto “encargado” del poder ejecutivo cuenta con el apoyo de sólo una parte de la oposición política al gobierno chavista de Maduro; y 6) sin la tutela norteamericana, el joven autoinvestido no podría dar un paso.
Todo ello no obstante, hay fuerzas que ven en ese tragicómico personaje una oportunidad sin desperdicio para derrocar al chavismo del gobierno venezolano, y que por ello presionan, particularmente al gobierno mexicano, para que otorgue su reconocimiento al engendro de Trump. Desde fuera, ese papel lo lleva el Grupo de Lima, y desde dentro algunas fuerzas de oposición como el PAN, el PRI (que con ello renuncia a su propia historia) y hasta el derechizado y decadente PRD. Pero venturosamente, el recién estrenado gobierno de México ha respondido recuperando los principios de política exterior que otrora fueron característicos de nuestro país y que fueron renunciados y deteriorados sobre todo en los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto, en su afán de alinearse con los Estados Unidos.
La posición de López Obrador no es improvisada ni pragmática. Se apega a la tradición diplomática de nuestro país construida desde la Revolución, aunque con antecedentes aún más remotos. Se resume, en su versión más desarrollada, en cinco lineamientos o principios de carácter universal: la autodeterminación de las naciones, la no intervención en los asuntos internos de otros países, la igualdad jurídica de los Estados, la solución pacífica de los conflictos internacionales y la cooperación internacional para el desarrollo.
Los dos primeros son los de mayor tradición, constituidos como cimientos desde la posrevolución de una política consistente, y que tienen que ver o se concretan en la llamada Doctrina Estrada, de 1930. En ese año, el secretario de Relaciones Exteriores del presidente Pascual Ortiz Rubio, Genaro Estrada, emitió una circular a su cuerpo diplomático en donde expresaba que “El gobierno de México no otorga reconocimiento porque considera que esta práctica es denigrante, ya que a más de herir la soberanía de las otras naciones, coloca a éstas en el caso de que sus asuntos interiores pueden ser calificados en cualquier sentido por otros gobiernos, quienes, de hecho, asumen una actitud de crítica al decidir favorable o desfavorablemente sobre la capacidad legal de regímenes extranjeros. El gobierno mexicano sólo se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, sin calificar precipitadamente, ni a posteriori, el derecho de las naciones para aceptar, mantener o sustituir a sus gobiernos o autoridades”.
Tal formulación se daba por un régimen que apenas diez años antes emergía de una revolución prolongada y sangrienta, de intervenciones armadas estadounidenses en 1914 y 1916, y de otra amenaza de invasión en 1927, por el conflicto petrolero entre México y los Estados Unidos. Y ocurría en el contexto de la reinserción del nuevo Estado mexicano en la Sociedad de las Naciones y en las conferencias panamericanas. De esa nueva doctrina escribió Arnaldo Córdova: “Podría pensarse (y algunos lo hicieron en sus tiempos) que la tesis era un modo muy oportunista de lavarse las manos ante los compromisos que imponía la actuación del país en los asuntos internacionales. No había tal. La Doctrina Estrada era, esencialmente un escudo de autodefensa que se esgrimía contra los poderosos y no contra los iguales. En el fondo, era también una defensa de los débiles”.
Y, como lo señalaba Córdova, la aplicación de tal doctrina estaba lejos de representar el inmovilismo o neutralidad del país en el ámbito internacional. Unos años después, ya con Cárdenas en la presidencia, México defendió activamente a la República Española, se opuso a la intervención de la Italia fascista en Etiopía, y a la anexión de Austria y de los Sudetes (una parte del territorio checo donde había población alemana) por Hitler. En los años sesenta, México defendió a la Revolución Cubana, se negó a romper relaciones con el gobierno revolucionario y a la expulsión de éste de la OEA. En 1978, contribuyó al aislamiento del régimen somocista en Nicaragua —favoreciendo con ello a los revolucionarios sandinistas— al romper sus relaciones con éste, como en 1974 lo había hecho con la dictadura de Pinochet en Chile; y en 1981, formó frente con Francia para declarar la beligerancia del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional en la guerra civil de El Salvador, además de integrar el Grupo Contadora con Panamá, Colombia y Venezuela para contribuir a la solución pacífica de los conflictos armados en Centroamérica. En todos esos casos, la diplomacia mexicana se constituyó en un escudo contra la intervención de las potencias armadas en los países más débiles.
Gilberto Bosques, Isidro Fabela, Alfonso García Robles, Jorge Castañeda de la Rosa (cuyo hijo hoy aboga, paradójicamente, por el alineamiento con la política de Trump en Venezuela), Bernardo Sepúlveda Amor, entre otros grandes diplomáticos mexicanos, concretaron en políticas y dieron lustre a esos principios, a los que ubicaron de manera sólida en la arena mundial.
Hoy, la reivindicación de la Doctrina Estrada y de los otros principios de nuestra política exterior histórica —que además están en la fracción X del artículo 89 de la Constitución— está retomando esa línea histórica. Renunciar a ella, como lo pretenden la derecha mexicana y la internacional, implicaría sumarse al coro dirigido por los Estados Unidos para el derrocamiento de un gobierno al que aún reconoce como legal. En cambio, promueve, junto con el gobierno del Uruguay, una salida por medio del diálogo a la crisis política venezolana. La alternativa es la guerra, como lo ha señalado el ex presidente José Mujica, impulsada no sólo desde Washington sino también desde Bogotá, Brasilia y Lima. Estaríamos una vez más ante el ya archiconocido escenario del intervencionismo militar yanqui, en una de sus versiones más radicales y agresivas como la que representa el apocalipsis trumpiano. Bienvenida, entonces, la firme posición de México en defensa de la no intervención y la autodeterminación de nuestros hermanos venezolanos.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

12/17/2018

El Poder Judicial en el ojo del huracán

Cambio de Michoacán

Me cuento entre los que ya sospechábamos que el inicio del sexenio de Andrés Manuel López Obrador no sería tan fácil ni tan terso, y que la transición calificada como “de terciopelo” o era un pacto convenido para negociar impunidad por una mudanza del poder estatal sin perturbaciones, o era una ilusión óptica y auditiva. En especial, pensé que el mayor conflicto que el nuevo equipo gobernante tendría que resolver al inicio de su gestión sería el de la cancelación de la construcción del nuevo aeropuerto en el vaso de Texcoco. Hasta ahora, al menos, en ese tema parece haber un control de daños y una salida negociada con los empresarios involucrados en el proyecto aeroportuario.
En cambio, la liebre ha saltado por otro lado. Se ha agudizado la confrontación al interior del Estado mismo, entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, por una parte, y el Poder Judicial por la otra. Y se trata de un conflicto de pronóstico reservado. Los ministros de la Corte, magistrados y jueces han salido a la palestra a oponerse activamente —seguramente haciendo bloque con otros grupos y fuerzas menos visibles— a defender sus elevadísimas prerrogativas, por no decir opulentos e insultantes ingresos.
“Es la guerra”, ha dicho Ricardo Monreal, líder de la fracción de Morena en el Senado. Y ha propuesto abrir investigaciones a los ministros por presunta corrupción y hasta posibles vínculos con la delincuencia organizada. El semitroglodita también senador Félix Salgado Macedonio, asimismo del grupo de Morena, ha planteado, por su parte y sin más, la destitución de todos los ministros de la Corte por el presidente López Obrador para que otros nuevos sean designados (acotación: a la desaparición de un poder por otro se le llama, técnicamente, golpe de Estado).
¿Pero de dónde vienen esos privilegios palaciegos que tan obstinadamente defienden los ministros, magistrados y jueces, así como otros miembros del alto funcionariado estatal? Básicamente, de dos fuentes. La primera, la reproducción endogámica de los mismos grupos de poder que durante décadas se hicieron del control del Estado y de sus órganos para usarlos en beneficio propio; es decir, de un proceso de corrupción no individual sino sistémica en la que no necesariamente cada funcionario es o puede ser señalado como corrupto, sino lo es el organismo en su conjunto, y cada alto componente individual es tan sólo una pieza o elemento de ese aparato. La segunda, lo que podríamos bien llamar la Doctrina Fox (el del “gobierno de empresarios para empresarios”), según la cual es necesario que el Estado pague altos estipendios a fin de captar para la administración pública a los ejecutivos de alta empresa o “impedir” que los funcionarios públicos se “fuguen” hacia el sector privado.
En todo caso, quienes ahora suspenden por controversia constitucional la nueva Ley de Remuneraciones de los Servidores Públicos tienen a su favor al menos dos artículos constitucionales: el 94, que en uno de sus párrafos dicta: “La remuneración que perciban por sus servicios los Ministros de la Suprema Corte, los Magistrados de Circuito, los Jueces de Distrito y los Consejeros de la Judicatura Federal, así como los Magistrados Electorales, no podrá ser disminuida durante su encargo”, y el 14, que establece que “A ninguna ley se dará efecto retroactivo en perjuicio de persona alguna”.
Por su parte, la nueva Ley de Remuneraciones es reglamentaria del artículo 127 que en su fracción II establece: “II. Ningún servidor público podrá recibir remuneración, en términos de la fracción anterior, por el desempeño de su función, empleo, cargo o comisión, mayor a la establecida para el Presidente de la República en el presupuesto correspondiente”.
En consecuencia, como se ve, la aplicación a rajatabla de la fracción citada y de la nueva Ley sólo podría hacerse en violación a los artículos 14 y 94 de la Ley Suprema. Por eso la secretaria de Gobernación de López Obrador y ministra en retiro de la propia Corte, Olga Sánchez Cordero, ha señalado que será muy difícil y se ha manifestado en contra de la reducción de las remuneraciones de los ministros y magistrados del poder judicial. Ella misma, según se sabe, percibe en su condición de ex ministra una pensión de retiro de 258 mil pesos mensuales, más otros beneficios en efectivo y en especie. A eso se añadirá ahora su remuneración como secretaria de Estado, remuneración que ha ofrecido públicamente donar. El tener esos ingresos, como queda dicho, no la hace una persona corrupta, sino que es producto de un aparato que en su conjunto se fue corrompiendo hasta alcanzar niveles majestuosos en la desigualdad con respecto de los salarios mínimos, los comunes y los profesionales.
Pero hay algo más. Creo que la controversia fue mal planteada desde el inicio. En vez de que el tema de las remuneraciones a los altos funcionarios se tratara en el Congreso dentro del debate del Presupuesto de Egresos —el cual sólo se iniciará después del 15 de diciembre—, fue planteado por López Obrador apenas unos días después del 1 de julio, cuando aún ni siquiera era declarado presidente electo, en conferencia de prensa en la que salió a decir que su propia remuneración sería de 108 mil pesos y que haría aplicar la disposición del artículo127. Desde luego, nunca antes un candidato triunfante se había atrevido, al margen del Congreso y de un proyecto de Presupuesto, a establecer per se su retribución. El tema en vez de ser de racionalidad presupuestal se politizó y desde entonces generó urticaria y temores en amplios sectores de la administración pública. Hoy, no sólo los miembros del Poder Judicial sino muchos otros servidores públicos promueven amparos y se rebelan contra la nueva disposición legal expedida por el Congreso.
Desde luego que entre la población en general hay enojo contra la posición asumida por ministros y magistrados, en los que se han focalizado los señalamientos como casta privilegiada —que efectivamente son, pero no sólo ellos—, enojo que se manifiesta en las redes sociales, muchas veces con propuestas e iniciativas desubicadas o imposibles de cumplir por el Legislativo como no fuere a costa de romper el propio orden constitucional. Por el contrario, lo que se está logrando es unificar a las fuerzas de la derecha, el PRI, PAN, grupos empresariales y en general a los aún amplios sectores antiobradoristas detrás de la Corte y en contra de lo que ya califican como autoritarismo del Presidente y su partido.
Pero eso no quiere decir que no se pueda hacer nada contra el sistema de privilegios de la alta burocracia estatal en sus diferentes poderes.
En primer lugar, por supuesto, la nueva Ley de Remuneraciones habrá de aplicarse en lo sucesivo a los nuevos empleados de confianza del presidente López Obrador y en general a los que en el futuro se vayan incorporando a la administración pública federal y de los Estados.
En segundo término, como ya se hizo, llegar al acuerdo con los miembros de la actual Suprema Corte y del Poder Judicial en general, de no dar efecto retroactivo a la norma reglamentaria del 127. Desgraciadamente, por un tiempo, sí seguirán vigentes los faraónicos ingresos de esos y otros estamentos —consejeros del INE, IFAI, CNDH y, en general, de los organismos autónomos— a los que no les sería aplicable directamente esa ley sino violando el artículo 14 constitucional.
En el plano presupuestal, en tercer lugar, revisar todas las prerrogativas no retributivas que también benefician a esa casta de opulentos funcionarios; es decir, vehículos, combustibles, teléfonos, ayudantías, guaruras, etcétera, que ahora tendrán que ser pagados por los funcionarios con sus propios y elevados ingresos. Se debe partir de un señalamiento evidente: lo que esos miembros del servicio público perciben no son salarios, pues no se corresponden con el nivel de capacitación de su fuerza laboral, por más que algunos de ellos sean muy meritorios, ni mucho menos con las condiciones generales del mercado laboral, ahí donde se establecen realmente los salarios, sino con la específica ubicación de esos individuos en la cúpula del aparato administrativo que debe ser público pero que se ha tergiversado para ponerse al servicio de interese privados.
Y en un cuarto plano, perseguir puntualmente, esas sí como abusos de poder y delitos, y como lo sugiere el senador Monreal, las otras expresiones de corrupción, pero individuales. Desde luego, los abusos de poder, como el nepotismo que ya ha sido exhibido por investigaciones periodísticas, como el que, hasta ahora, a 500 ministros, magistrados y jueces se les han encontrado familiares y allegados cobrando en la nómina del Poder Judicial, en muchas ocasiones como aviadores. Lo mismo ha de hacerse en los organismos autónomos y todos los sectores donde sea necesario aplicar auditorías de personal.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

12/03/2018

¿Incendiar la pradera o pactos de estabilidad?



Cambio de Michoacán

El pasado 23 de noviembre, sorpresivamente, la Secretaría de Hacienda anunció la eliminación del subsidio fiscal al Impuesto Especial sobre Productos y Servicios, IEPS, a las gasolinas Magna y Premium, liberando más aún los precios de esos insumos indispensables para el transporte de personas y mercancías. Según una nota de El Financiero (26 nov. 2018), el retiro de ese estímulo a los combustibles impactará con una mayor volatilidad en los precios que representará, en el caso de la Magna, con un incremento de 4.59 pesos por litro al cierre del 2018, y en el de la Premium en 3.88 pesos por litro. Como ya se sabe, los incrementos en estos productos no son considerados inflacionarios por la Secretaría de Hacienda, ni ante ellos muestra el temor, pánico, que tiene al incremento de los salarios reales.
¿Por qué eliminar ese estímulo fiscal o subsidio justo a una semana de que Enrique Peña Nieto deje la Presidencia? Son recursos fiscales que éste ya no administrará; que en todo caso mejorarán los ingresos del próximo gobierno a cargo de Andrés Manuel López Obrador; pero también un factor realmente generador de inflación, de presiones sobre el costo del transporte y de descontento entre la población en general.
Otro más: también a pocos días del cambio en la presidencia de la República, el gobernador de Michoacán Silvano Aureoles anuncia unilateralmente que traslada a la Federación la responsabilidad total de la educación básica y normal hasta ahora a cargo de ese Estado. Simplemente se deshace, por incapacidad financiera, del pago de la nómina del magisterio adscrito a Michoacán y revierte el proceso de descentralización educativa iniciado hace alrededor de veinte años. No lo hizo en los pasados tres años, a pesar de la excelente relación de la que siempre se jactó tener con el gobierno de Peña Nieto; lo viene a hacer ahora, cuando está a punto López Obrador de asumir el máximo cargo de gobierno en el país.
Por su parte, los doce gobernadores del Partido Acción Nacional levantaron la voz y se expresaron a través de una carta dirigida al Presidente electo en la que se oponen a la designación de los llamados superdelegados, los nuevos funcionarios de la Federación que administrarán en cada Estado de la República los recursos federales, y también a la anunciada estrategia de seguridad que, afirman, los excluye y los deja como convidados de piedra.
También en esta coyuntura de transición, la Bolsa Mexicana de Valores registró una drástica caída de 4.2 por ciento el lunes 26 de noviembre, mientras el dólar se apreciaba rozando los 21 pesos por unidad. Las empresas del mercado accionario más afectadas fueron Banorte, las cadenas de tiendas Liverpool y Soriana y el Banco del Bajío; es decir, no sólo los bancos registraron pérdidas. La baja del peso se atribuyó —además de la tendencia mundial al fortalecimiento del dólar y la expectativa de un alza en las tasas de interés por la Reserva Federal estadounidense— al cierre y militarización de la frontera por nuestro gran aliado y amigo Donald Trump, a cuyo yerno y consejero Jared Kuchner consideran el presidente Peña y su canciller Luis Videgaray que hay que galardonar con la Orden del Águila Azteca por sus servicios a la nación mexicana. Sin embargo, no faltaron comentaristas que atribuyeron el descenso bursátil a la iniciativa anunciada por el Partido del Trabajo en la Cámara de Diputados para desaparecer las afores y transferir al Estado el manejo de los fondos de pensiones.
La Bolsa y el peso mexicano no tardaron en iniciar una rápida recuperación este miércoles; pero sus tropiezos quisieron cargarse, como hace unas semanas con el atrevimiento de Ricardo Monreal en el Senado de proponer la regulación de las comisiones bancarias, a las iniciativas del bloque parlamentario Morena-PT y al mismo López Obrador.
Los hechos referidos dan cuenta de que, finalmente, la transición del gobierno peñista al de López Obrador terminó por no ser tan tersa y aterciopelada como se había considerado y festejado. Desde la propia administración del priista, desde el PAN con su nuevo presidente Marko Cortés, desde el gobierno de Michoacán y desde el sector financiero aparecieron en los últimos días presiones diversas que plantean desafíos al próximo gobierno lopezobradorista. Los gobernantes panistas creo que tienen razón en hacer reclamos por un plan de Paz y Seguridad que no contempla a los Estados, sus gobernadores, fiscales y policías y se centra sólo en la anunciada Guardia Nacional militarizada; pero no hay motivo para la inconformidad en el hecho de que funcionarios federales designados por el Presidente administren los recursos que corresponden a la Federación. En todo caso habrá que esperar a ver la eficacia de esa nueva pauta administrativa, ciertamente centralizadora.
Al gobernante michoacano le ha dado respuesta pública el futuro superdelegado en la entidad, quien apuntó que antes de transferir la educación básica y normal a su cargo a la administración federal, deberá rendir cuentas del gasto educativo mediante auditoriías tanto a la SEE como al fondo de Pensiones Civiles del Estado, donde se encuentran las cotizaciones de los maestros y trabajadores de Educación en el Estado. Veremos en qué para este asunto y si López Obrador sabe batear el picheo del de Carácuaro.
Frente a las recurrentes caídas de la Bolsa y las presiones devaluatorias contra el peso, el presidente electo y su futuro secretario de Hacienda Carlos Urzúa han tenido que salir a hacer declaraciones públicas para dar seguridad y garantías al capital especulativo que opera en nuestro país. Tales garantías no pueden ser otras que el ofrecimiento de no modificar el marco regulatorio del sistema financiero y mantener los elevados niveles de ganancia que los mercados de dinero y de valores arrojan a quienes participan en ellos o los administran. Pero aquí han entrado en contradicción con las fracciones de Morena en el Senado y del PT en la Cámara de Diputados, que enarbolan demandas de amplio consenso social pero que afectan al capital bancario, dueño de medio país y el principal factor de presión desde hace varias décadas sobre los gobiernos que ha tenido el país. Si las reformas legislativas propuestas se pusieran a consulta, es seguro que obtendrían una elevada tasa de aprobación, pero hasta ahora, el presidente electo parece no querer tocar a ese sector del capital —ni a ningún otro— y permitir que sigan las ganancias especulativas y abusos contra los cuentahabientes y usuarios de la banca en general.
López obrador ha optado, ante los ataques de las cadenas televisoras, por negociar con los capos de la televisión e incorporarlos como “asesores” en un equipo peculiar integrado sólo por magnates con los que, anunció, discutirá la política económica a seguir por su gobierno. Dejó atrás la política de “ida y vuelta” en materia de libertar de expresión que anunció frente a las criticas de Proceso unas semanas antes, y su capacidad política e institucional para revirar tales campañas, por usar una expresión de su deporte favorito.
Pero no deja de extrañar que, hasta ahora, ni Morena y sus legisladores ni el equipo de transición hayan hecho declaración alguna en relación con el alza de las gasolinas. ¿Es acaso que necesitan esos recursos fiscales para ajustar la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos 2019, dados los compromisos de campaña y poselectorales asumidos hasta ahora por López Obrador en programas sociales y proyectos “prioritarios”? ¿Es un pacto con el gobierno saliente? ¿Es parte del pacto negociado de estabilidad a cambio de “perdón” presidencial de López Obrador a su antecesor y a sus colaboradores, del que habla el perredista Carlos Navarrete?
No todo en este proceso si generis de transición sexenal está claro. Los retrocesos en materia de seguridad pública, fuerzas armadas, pactos con la oligarquía —antes “Mafia del Poder”— y precios de las gasolinas parecen indicar que, a pesar de la gran legitimidad que le dan 30 millones de votos y un porcentaje de respaldo ciudadano sin precedentes desde que inició la mal llamada transición democrática, podríamos estar ante el escenario de un gobierno acotado por los factores reales de poder a los que ya antes he hecho referencia. Creo que nos corresponde a los ciudadanos evitarlo e impulsar las iniciativas más avanzadas por las que el pasado 1 de julio se votó.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

10/14/2018

La prueba salarial del gobierno lopezobradorista


Cambio de Michoacán

El tema de los salarios es uno de los que pondrán a prueba al próximo gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Sin duda, en lo inmediato, resolver acerca de la construcción del nuevo aeropuerto para la Ciudad de México es una cuestión primordial que implica desde ya un desafío mayor, dados los poderosos intereses que se encuentran vinculados al proyecto peñista en marcha; pero muy pronto habrá que atender las demandas de las mayorías que han depositado su confianza en que el cambio de gobierno, anunciado también como un cambio de régimen, deje atrás la etapa de oscuridad que se ha vivido durante cuarenta años, con un acelerado deterioro en las percepciones salariales y en las condiciones de trabajo.
Recientemente, en el mes de julio, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, OCDE, difundió su informe “Perspectivas del empleo 2018”, un análisis comparativo de la situación laboral de los países que la integran. Según ese estudio, México se encuentra en el peldaño más bajo de la escala salarial, con un ingreso medio diario por trabajador de 4.6 dólares, en tanto que el promedio de las economías del organismo es de 16.8 dólares. Dinamarca es el país que registra el nivel salarial más alto, con 29.8 dólares, más de seis veces lo recibido por los trabajadores mexicanos (El Economista, 4 de julio de 2018). También en el salario mínimo nuestro país ocupa el peldaño inferior dentro de esa organización de las economías más grandes del mundo occidental, y uno de los más bajos entre las naciones latinoamericanas. El salario mínimo mensual mexicano es de 147 dólares, que representa sólo el 44 % del promedio latinoamericano, de 332 dólares a diciembre de 2017.
No es un fenómeno nuevo. A esta situación se ha llegado por dos vías, complementarias y congruentes, aplicadas durante cuatro décadas contra el sector laboral: la fijación sistemática del salario mínimo en niveles inferiores al de las tasas inflacionarias, ya fueran éstas desbocadas, como en la década de los ochenta, o más moderadas como en los periodos más recientes, y la política oficial de topes aplicados a los salarios contractuales que operan en los sectores organizados de la clase obrera.
El tema de los salarios apareció en la reciente negociación del nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, planteado por los sindicatos canadienses y el gobierno de este país. Los bajísimos salarios mexicanos operan como un virtual subsidio para las exportaciones de México hacia nuestros socios comerciales; pero también implican límites a la capacidad de compra del mercado mexicano de las exportaciones de las economías al norte de la nuestra, cuando de lo que se trata es de constituir, según se ha planteado, el mercado más grande del mundo. Esa capacidad de compra está concentrada en las capas de más altos ingresos, en tanto que los grupos mayoritarios tienen acceso a las manufacturas chinas o de otros países de Asia, mucho más baratas.
Por muchas razones, pues, incluso de orden internacional, la actualización de los salarios en México es necesaria y urgente; pero sobre todo porque la política en la materia hasta ahora ha representado una auténtica injusticia para con las familias proletarias y una forma salvaje de acumulación (por desposesión a los trabajadores) de capital. El tema de los salarios fue planteado en tiempos recientes por el PRD desde el Congreso y la jefatura de Gobierno de Miguel Ángel Mancera en la Ciudad de México, pero sin resultados tangibles. De manera oportunista y demagógica el PAN, el mismo PRD y sobre todo el PRI han retomado la bandera; el partido del sol azteca plantea su duplicación, a poco menos de 177 pesos, en tanto que el tricolor propuso en septiembre pasado, en la Cámara de Diputados, elevar el salario mínimo al triple de su nivel actual para que alcance los 265 pesos diarios, lo que jamás planteó durante los últimos ocho lustros en que tuvo la mayoría de los gobiernos, y las remuneraciones reales tuvieron una tendencia constantemente descendente.
Incluso Gustavo de Hoyos, presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana, ha planteado que el sector productivo del país sí tiene la capacidad para pagar a fines del presente año, en consonancia con los objetivos fijados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en materia de desarrollo sostenido, un salario mínimo de 102 pesos, esto es, con un incremento del 15 por ciento, y que este aumento no tendría efectos inflacionarios.
Tan sólo en la última década, de acuerdo con los datos aportados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), de 2007 a 2017, los salarios reales perdieron el 26 por ciento de su valor; aunque su punto más bajo fue en 2014. Si en 2005 el salario mínimo era de 1 988 pesos mensuales, para 2014 era de 1 489 a precios fijos, iniciando una leve recuperación en 2015 para alcanzar 1 537 en 2017.
Desde luego que la realidad laboral en la era del ultraliberalismo depredador ha llegado a niveles antes inimaginables, y los salarios mínimos, de 88 pesos diarios, se encuentran a una distancia abismal del mandato constitucional de que los “salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”.
La irónica paradoja es que Basilio González Núñez, presidente desde 1991 de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, gana un salario bruto mensual de alrededor de 173 mil pesos.
El equipo del próximo gobierno del país, especialmente la joven Luisa María Alcalde, designada para ser la secretaria de Trabajo y Previsión Social, ha planteado que la recuperación del salario mínimo será paulatina a lo largo del sexenio para ubicarse al final de éste en 171 pesos más la tasa de inflación que se genere en ese periodo. Pero esa recuperación se antoja demasiado lenta e insuficiente para la magnitud de la injusticia social impuesta por el capital y sus representantes gubernamentales en las más recientes cuatro décadas. Aun elevadas a esa cifra, las retribuciones mínimas no serán suficientes para cumplir con lo establecido en el artículo 123 de la Constitución.
Pero el otro aspecto de la política económica es el de los topes salariales. Éstos inauguraron en 1978, en el gobierno de José López Portillo, la era de las políticas de inspiración neoliberal con el fin primordial de controlar la inflación y, desde luego, de elevar la tasa de ganancia del capital en un periodo de crisis, a costa de sacrificar el ingreso y el consumo de las familias trabajadoras. Durante cuarenta años se han mantenido con los mismos propósitos, afectando a los obreros y empleados que no ganan el salario mínimo pero que tampoco pueden obtener incrementos superiores a las tasas de inflación y casi siempre muy por debajo de éstas.
Los topes se han aplicado en primera instancia a los trabajadores del mismo Estado y de las empresas del sector público descentralizado, peso se extienden también a los del sector privado. Muy pocas veces los sindicatos en éste han logrado obtener incrementos más allá de lo establecido como porcentaje tope en las retribuciones al trabajo.
Los efectos conjuntos de la política depredadora en los salarios mínimos y contractuales han sido —aun dejando de lado el generalizado desempleo— lanzar a las mujeres e hijos de las familias proletarias a buscar ingresos complementarios, el acrecentamiento de la economía informal y de la delincuencia común u organizada. ¿En qué medida tales aspectos de la política económica han contribuido a la descomposición del tejido social? Al parecer, las estadísticas no la registran, pero la vinculación entre ambos fenómenos es muy visible.
La pregunta aún sin respuesta es si el próximo gobierno, que ofrece atender demandas de carácter popular pero ha fortalecido sus vínculos con el sector empresarial nacional y extranjero, seguirá aplicando, más allá de la anunciada política de salarios mínimos, la de los topes salariales, una de las expresiones más lacerantes de la ideología monetarista neoliberal y de la injusticia social. Es necesario que los voceros y los llamados como funcionarios a atender la economía y la política laboral en la inminente administración de Andrés Manuel López Obrador, se pronuncien al respecto; pero sobre todo, que los sindicatos y fuerzas organizadas de la sociedad exijan poner fin a esas políticas antilaborales, incluso antisociales, para dar paso a un auténtico y necesario proceso de redistribución de la riqueza en nuestro país, tan vergonzosamente desigual.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

2/23/2018

Universitarios, ciudadanos y el fraude que viene

Cambio de Michoacán

Hace ya varias décadas que los analistas académicos y periodísticos, mexicanos y extranjeros, vienen diagnosticando la situación de la democracia mexicana, de antaño también constituida como un régimen de partido dominante o hegemónico (Sartori), partido de Estado, de partido de régimen (Rodríguez Araujo) o como un aparato de gobierno híbrido, con elementos democráticos y autoritarios. Particularmente, el interés por realizar la calificación del sistema político se acentuó desde 1988, cuando se agudizó la lucha política electoral y la presidencia misma de la República estuvo en disputa. En los años siguientes, como se sabe, posiciones importantes, incluyendo los gobiernos estatales y del Distrito Federal, fueron cayendo en manos de las oposiciones electorales, hasta que la Presidencia misma fue conquistada en el 2000 por el Partido de Acción Nacional.

La entonces llamada transición democrática, o el cambio que prometió el panista Vicente Fox, no se cumplieron. El foxismo fue un gobierno tan corrupto como el de sus antecesores priistas, y el de su sucesor Felipe Calderón no tuvo nada que envidiarles en cuanto a autoritarismo. A la postre, en 2012 vendría la restauración priista de la mano del ex gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, más como un producto de la mercadotecnia, la propaganda mediática y el fraude que como un estadista. Ni los dispositivos para la corrupción habían sido desmantelados ni el presidencialismo se había debilitado lo suficiente para impedir que esa recuperación del poder político por el Revolucionario Institucional significara un auténtico retorno a sus genes de abuso del poder, desarrollados en siete décadas de uso incompartido del aparato estatal.

Los dictámenes sobre nuestro régimen no se han modificado mucho y aún hablan de una transición incompleta o frustrada, una democracia de fachada (Meyer), dictadura perfecta (Vargas Llosa), una semidictadura o dictablanda, o denominaciones equivalentes que se refieren a nuestro déficit democrático.

La coyuntura electoral de renovación presidencial no puede menos que actualizar el debate y plantear si hay o no nuevos elementos en la contienda. Por eso es que la Coordinación de Humanidades dela UNAM, a través de su proyecto “Diálogos por la Democracia”, organizó los pasados 14 y 15 de febrero la conferencia internacional “Democracia y autoritarismo en México y el mundo de cara a las elecciones de 2018”, realizada en la ciudad de México bajo la coordinación del prestigiado académico y colaborador periodístico John M. Ackerman. En diez mesas, casi cincuenta ponentes, académicos de la propia UNAM y otras universidades mexicanas, así como de instituciones de los Estados Unidos, Brasil, Inglaterra y otros países, realizaron un ejercicio de actualización del régimen mexicano entre la democracia, el autoritarismo, el liberalismo, el populismo, la corrupción, el estado de derecho, la movilización social, el papel del imperio estadounidense, los efectos del sistema en el medio ambiente y, desde luego, los retos del país ante las próximas elecciones.

Las visiones fueron diversas, como era de esperarse; pero en ellas un denominador común fue la caracterización del régimen y el sistema político mexicanos como insuficientemente democráticos, con fuertes tintes de autoritarismo, pero también la de una sociedad civil activa o en proceso de movilización y en la que subsiste de diversas maneras la inconformidad, a veces manifiesta y activa con expresiones de resistencia, a veces pasiva y soterrada.

Y en relación con el proceso comicial en curso, un taller ulterior en el que participó una parte importante de los ponentes de la conferencia, permitió detectar irregularidades ya en curso que anuncian una posible alteración de la voluntad popular y de las que son responsables las autoridades electorales, tanto el Instituto Nacional Electoral como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Un ejemplo, la derogación por este último del artículo 143 del Reglamento de Fiscalización aprobado por el Consejo General del INE para prohibir el reparto de tarjetas de depósito o monederos electrónicos durante el proceso electoral. Como resultado, el gobernador del Estado de México Alfredo del Mazo Maza ya ha iniciado el reparto a amas de casa de las famosas tarjetas de “salario rosa”, que había empleado durante su campaña del año pasado; y es de esperarse que esta forma poco disimulada de coacción y compra del voto se generalice durante los próximos meses por todo el país, sobre todo en las vísperas de la jornada electoral.

Otro caso es el de la conformación de los consejos locales y municipales del propio INE y los organismos públicos locales electorales (OPLEs), donde se ha colocado a personajes con clara militancia política en diversos partidos, pero muy particularmente en el PRI. Estas acciones han sido avaladas y sancionadas por el órgano de justicia electoral aplicando un criterio supuestamente garantista y pro personae para no afectar los derechos humanos y políticos de los ciudadanos, pero que claramente atenta contra la imparcialidad de los órganos electorales.

Subsiste también la suspicacia acerca de las frecuentes pero nunca suficientemente esclarecidas visitas del canciller Luis Videgaray a Washington, de las cuales no se anuncia con anticipación la agenda, en las que no hay conferencias de prensa y de las que salen apenas escuetos boletines que poco o nada explican. No se trata de las negociaciones del TLCAN, ampliamente publicitadas, sino de entrevistas virtualmente semisecretas del secretario de Elaciones Exteriores con funcionarios del gobierno estadounidense, que hacen pensar en la búsqueda de un aval anticipado al fraude electoral en nuestro país. No en balde nuestra cancillería se ha colocado en la vanguardia del frente diplomático para condenar —desechando por completo la doctrina de autodeterminación y no intervención— al régimen de Venezuela. Y también se apresuró el aprendiz de jefe de la diplomacia mexicana a reconocer el gobierno del presidente Juan Orlando Hernández en Honduras, producto de una ilegal reelección y del fraude electoral, además de sospechoso de vinculación con la narcodelincuencia. Como México no es Venezuela, es de esperarse la anuencia y el silencio del imperio ante un posible fraude en las elecciones presidenciales mexicanas.

En el curso de la acción partidaria y política en general, la guerra sucia de difamaciones y de amedrentamiento, ampliamente ensayada en nuestro país de tiempo atrás, va a todo motor, para incidir en la opinión pública e incluso preparando el terreno para acciones más drásticas de torsión de la voluntad de los ciudadanos.

Frente a tales signos y la necesidad de asumir actitudes más activas de los ciudadanos mexicanos y la comunidad internacional, se constituirá la Red Universitaria y Ciudadana por la Democracia, que buscará registrar observadores electorales mexicanos e internacionales y aprovechar los foros y medios de difusión al alcance de sus integrantes para promover la cultura política participativa, defender la legalidad político-electoral y, en su caso, denunciar dentro y fuera del país, las acciones atentatorias a la incipiente democracia mexicana. Se conformará, desde la academia, el periodismo y diversas tribunas como un espacio más, apartidario, para el involucramiento de los ciudadanos en la necesaria construcción de estructuras efectivamente representativas de gobierno y en el fortalecimiento de la cultura ciudadana.

Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

2/11/2018

El TLCAN, Trump y el dilema salarial



Cambio de Michoacán


A medida que se han desarrollado las negociaciones entre los Estados Unidos, Canadá y México para renovar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, más parece que nuestro país va perdiendo terreno en las ventajas comerciales que durante más de dos décadas ha venido aprovechando para ampliar sus exportaciones hacia los vecinos del norte. Mucho de lo negociado por los gobiernos de las tres naciones no está claro o no se ha concretado en las seis rondas efectuadas hasta ahora; menos perceptibles aún son las consecuencias de largo plazo que los hasta ahora socios comerciales tendrían al signarse un tratado reformado que podría modificar en muchos aspectos al de 1993.
Pero los signos más recientes ya hablan de que no es México —y quizá tampoco Canadá— el país que va obteniendo las ventajas inmediatas o de corto plazo después de seis mesas de discusión del acuerdo. Tras la más reciente ronda de renegociación, realizada en Montreal, Canadá a fines de enero, la ministra de Relaciones Exteriores de ese país, Chrystia Freeland, señaló que algunas de las condiciones que los Estados Unidos quieren imponer, como la expiración automática del acuerdo a los cinco años o el incrementar de 62 a 85 por ciento los componentes estadounidenses en los automóviles exportados a ese país, “no tienen precedentes”.
Más preocupante resulta que el presidente Donald Trump insista en vincular el tratado tripartito con la construcción del muro antiinmigrantes en su frontera sur y con el pago del mismo por nuestro país. Y por añadidura la inclusión ya acordada de un nuevo capítulo anticorrupción, que tiene dedicatoria especial para México, podrá exponer a empresas y al gobierno mexicanos a constantes sanciones por sus socios del norte. Desde luego que este nuevo apartado, celebrado por incluso las organizaciones empresariales mexicanas que ven ya la corrupción como un costo social y económico intolerable, llevaría a mejorar en el mediano y largo plazo la competitividad del país y sus exportaciones, pero en lo inmediato podría más bien cerrarles las puertas en los grandes mercados del norte.
En realidad, el TLCAN y el tema migratorio están siendo usados como instrumentos de Trump en temas que le pueden dar, según sus cálculos, rentabilidad política: la migración mexicana y el ingreso de mercancías sin aranceles como explicaciones a la obsolescencia de una parte de su planta productiva y del desempleo estructural de su economía.
Pero en las negociaciones, es el gobierno canadiense, apoyado por sus sindicatos, el que ha planteado de manera más congruente una salida. El primer ministro Trudeau, de gira actualmente en los Estados Unidos —especialmente visitando centros académicos, más que al gobierno de Trump— aboga por la elevación de los salarios de los trabajadores como la mejor alternativa para una buena negociación. Aunque Trudeau lo expresa de manera genérica, su alegato tiene, claramente, dedicatoria para México, uno de los países del mundo con salarios más bajos. Es la posición que anteriormente la Unifor, el sindicato más grande ubicado en el sector privado canadiense, ya había planteado en las negociaciones frente a México (El Financiero, 1 de sept. 2017, http://www.elfinanciero.com.mx/economia/sindicato-canadiense-se-lanza-contra-mexico-por-no-subir-salarios.html). "No compro el argumento que los negociadores mexicanos están presentando, que de alguna manera tienen que mantener a sus ciudadanos viviendo en la pobreza para que generen empleos, es un argumento sin sentido e indignante", dijo Jerry Dias, el dirigente de esa agrupación.
Y es que el primer ministro y el líder laboral canadienses tienen razón. Los empresarios y los gobiernos mexicanos han mantenido deprimidos los salarios, hasta llevarlos a niveles inconstitucionales y de infrasubsistencia, desde que el gobierno de José López Portillo ideó los topes salariales como principal mecanismo para contener, según él, la inflación, acorde con el pensamiento de los monetaristas friedmanianos de Chicago. Desde entonces, y sobre todo cuando, ya bajo la conducción de Miguel de la Madrid, se decidió optar por un crecimiento basado en las manufacturas y ya no en los productos primarios ni el petróleo, la contención salarial se hizo más radical como un factor de competencia en el mercado externo. Vino la era de la apertura económica y la desprotección de la planta productiva nacional, desde el ingreso de México al GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio, por sus siglas en inglés), el antecedente de la hoy Organización Mundial de Comercio, hasta la firma del TLCAN bajo el gobierno de Salinas de Gortari.
La contención salarial favorece fundamentalmente a dos subsectores de la economía mexicana: por una parte, a los exportadores, que hacen de ella un mecanismo de reducción de costos para competir en los mercados internacionales, a la manera de un dumping (subsidio a las mercancías de exportación); es una forma de competencia desleal para penetrar mercados que tienen, al menos en el factor trabajo, costos más altos de producción; por otro lado, es una ventaja, incluso en el mercado interno, para los productores, agrícolas, mineros, industriales, etc., menos productivos y que dependen más de la mano de obra que de la tecnología. Son las empresas más atrasadas de la economía mexicana, que no podrían subsistir en el mercado si se les incrementan los costos salariales.
Y es que las diferencias entre los salarios de México y los de sus socios del norte son abismales. En Canadá, el salario mínimo es de 10.75 dólares canadienses por hora, que equivalen a 160 pesos mexicanos, aunque pueden llegar, según la región a 15 dólares la hora. El trabajador menos retribuido en Canadá gana, entonces, unos 38 mil 400 pesos mexicanos al mes. En los Estados Unidos el salario mínimo, hoy estático, es de en promedio 7.25 dólares por hora, 137 pesos mexicanos. De manera que un trabajador sin formación académica obtiene por lo menos 32 mil 880 pesos al mes, lo cual es muy superior a lo obtenido en México por empleados con licenciatura. En México, como se sabe, el salario mínimo es de 88.36 pesos por jornada de ocho horas, que hacen 2 mil 650 pesos al mes, apenas poco más del 8 por ciento que las retribuciones en los Estados Unidos y el 6.9 por ciento que en Canadá.
A Donald Trump le preocupan, en la relación con México, los temas de la migración y el narcotráfico. La paradoja es que, si fuera inteligente, apoyaría las posiciones de los canadienses en favor de mayores salarios en México que, junto con el crecimiento del empleo, son los únicos factores que pueden frenar tanto los flujos laborales hacia su país como el reclutamiento de jóvenes por los cárteles de las drogas. El muro fronterizo difícilmente impedirá esos flujos mientras subsistan tales diferencias en la retribución salarial de ambos países. El trasiego de narcóticos, como una rama organizada del capital transnacional y del sistema financiero, y la salida de fuerza de trabajo que la economía nacional no puede retener, son subproductos característicos de la actual fase ultraliberal del capitalismo.
Pero hay otra paradoja. Los capitalistas y el gobierno mexicanos deberían estar ya construyendo escenarios para el caso de que la negociación del TLCAN fracase o sea muy desfavorable para México, particularmente por la agresiva política de Donald Trump contra nuestro país. Las exportaciones mexicanas al mercado más grande del mundo podrían reducirse sustancialmente o pagar aranceles que les hagan perder competitividad. Frente a ello, la alternativa para los productores nacionales y empresas extranjeras asentadas en México sería el mercado interno, al que han liquidado o condenado al estancamiento los gobiernos, desde De la Madrid en adelante, que optaron por insertarse en el marco de la globalización. Pero ese mercado interior no puede crecer mientras los salarios conserven su nivel actual, el subsector dominante en la población trabajadora sea el informal y no haya estímulos suficientes para los productores locales que atienden las necesidades de la demanda interna. Tampoco otros tratados internacionales tendrán la posibilidad de cubrir la demanda exterior que hoy representa para la economía mexicana el mercado estadounidense. Los salarios son, nuevamente, junto con políticas crediticias que no sólo atiendan la capitalización del sector financiero sino la del sector productivo, la clave para mantener a flote la economía mexicana. Pero eso, con la mentalidad neoliberal de quienes diseñan hoy la política en nuestro país, parece estar muy distante de la realidad.
Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH