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5/10/2026

El Estado canalla


Gustavo Gordillo / I

Trump está activado por los cuatro jinetes de Apocalipsis: Musk, Thiel, Andressen y Altman. En realidad son cinco con el intelectual del grupo, Karp, presunto alumno de Habermas.

Éstos sí saben qué quieren: destruir a la humanidad. No son metáforas, es lo que explícitamente pregonan en sus escritos, dichos y jaculatorias.

De los miembros de ese cártel, el canciller sabe de qué se trata y cree que haciéndose pendejo va a ganarse el apoyo trumpiano. Desde el debate en la primera campaña, el truhán sabe quién es: lo apodó little, el pequeño, o en mexicano, el chiquitín. En cambio, el que sí se sabe de qué se trata es el empleado de Thiel, jotadé, o sea el Príncipe de las Tinieblas o, para los cuates, el oscuro Anticristo.

El clan de delincuentes que regentea la Casa Blanca se enriquece y enriquece a sus familias y amigos. Hacen tratos con los mayores déspotas del mundo. Apoyan a través del esposo de la hija al genocida Netanyahu y al cártel integrado, entre otros, por Itamar Ben-Gvir, Bezalel Yoel Smotrich y Orit Malka Strock. Dicen combatir al narcotráfico, pero sueltan al mayor capo, ese sí, de un narcoestado hondureño, es decir, Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años por la justicia estadunidense y luego indultado por Trump con el apoyo de Netanyahu para establecer desde Honduras, con el actual pelele que puso Trump, y muy pronto otra vez con Hernández de presidente impuesto, una base terrorista para desestabilizar gobiernos o candidatos progresistas en América Latina.

Voy a analizar en detalle las más recientes amenazas intervencionistas de Trump y sus esbirros, comenzando por el Departamento de Justicia, ese sí capturado por el crimen organizado estadunidense y por un sujeto que tiene severos problemas sexuales: “That is a low-T (testosterone) approach to threats to the United States”, expelió esta incongruencia lógica alguien denominado Gorka, después de insultar a los críticos de la guerra contra Irán como “confrontados testicularmente”. Lo que parece indicar que se trata de alguien que anhela algo que no tiene.

Por cierto, antes de entrar al tema no estaría mal si un grupo de países de Europa, África, América Latina y Asia, a través de sus respectivas agencias antidrogas y antiterrorismo, junto con varias fiscalías, acometieran en conjunto una investigación sobre los nexos profundos del crimen organizado, incluyendo los cárteles mexicanos, con el sistema financiero estadunidense enseñoreado tanto en Wall Street como en Silicon Valley. Esos sí que están capturados.

Lo que debe quedar claro es que la cúpula del poder político y económico de Estados Unidos está transitando de un Estado liberal democrático a un Estado canalla. El concepto de rogue state es un término clave en la política internacional y la diplomacia, acuñado principalmente por Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XX. No existe una única traducción oficial, pero las más aceptadas y utilizadas en los ámbitos periodístico, académico y diplomático son: Estado paria, Estado canalla o Estado delincuente.

Un rogue state es un país considerado una amenaza para la paz y la estabilidad mundial porque actúa fuera de las normas, tratados y leyes internacionales que rigen el comportamiento de la comunidad global.

Para explicárselo a alguien de forma sencilla, se puede decir que es el equivalente a alguien “fuera de la ley” ( outlaw), pero a nivel de países.

Muchos analistas políticos y expertos en relaciones internacionales critican el término por subjetivo y unilateral. Generalmente lo asigna una superpotencia según sus propios intereses geopolíticos. También le falta consistencia. Países que violan derechos humanos o normas internacionales no reciben esta etiqueta si son aliados de Estados Unidos, como Israel o Emiratos Árabes Unidos.

Entonces es muy buena práctica que desde el Sur denominemos a ese enjambre delincuencial, con el patán a la cabeza, como un Estado canalla.

Seguiremos en estos temas mientras no nos invadan.a

9/06/2020

Reparar

Gustavo Gordillo
La Jornada
La pregunta relevante es por dónde empezamos. No es que se haya dañado una pieza fácilmente sustituible, menos que la pieza dañada no se encuentre en el mercado. Ojalá sólo fuera que la máquina estuviera completamente deteriorada. Realmente se han dañado los mecanismos que permitían que la máquina funcionara.
La confianza. Uno de estos dos mecanismos es la dotación mínima de confianza entre los ciudadanos y sus gobiernos y entre los ciudadanos mismos, que constituye el lubricante para que la maquinaria funcione. Diversas encuestas y análisis de opinión constatan la baja confianza ciudadana y en continua caída con respecto a casi todas las instituciones en al menos los últimos 10 años.
La intermediación. El otro tipo de mecanismo es el que desempeña la función de agregación de intereses, a través de la cual se expresan demandas y propuestas. Nuestro país transitó de un régimen autoritario con inclusión desigual a partir de mecanismos corporativos de representación a otro en donde esa intermediación política recayó en el sistema de partidos.
Cuchos y chuecos. El hecho es que ambas formas de intermediación están severamente dañadas. Una, porque el corporativismo se fragmentó y perdió en mucho su capacidad para influir en las decisiones políticas. Otra, porque generó un sistema de partidos sustentado en vetos cruzados y pactos de colusión. El daño mayor es que estos mecanismos de intermediación agregan menos intereses en la medida en que se vuelven excluyentes y son incapaces de detectar los humores sociales. La máquina camina sin rumbo. Muchos aplaudimos que en el Congreso se llegara a un consenso en el nombramiento de los cuatro nuevos consejeros electorales. Se fortalece el INE. Ahora sólo faltan los partidos.
Partidos fragmentados. El PRI, aplastado por la carga de la corrupción pasada, no logra encontrar un camino que lo reivindique. El discurso del nacionalismo revolucionario fue desdeñado adentro y expropiado afuera. Pero la confianza en que era el ganador en las elecciones está hecha añicos. Así no tiene futuro. El PAN ha sufrido fuertes divisiones internas y una maniobra devastadora dirigida por Anaya, quien apoderándose del partido lo llevó a uno de los peores resultados electorales. La sombra de la corrupción abolla la principal marca de la casa, con la que presumieron mucho tiempo ante los electores: somos gente honesta. El PRD, con la enorme sangría de miembros y militantes que emigraron a Morena, se quedó suspendido en el espacio. Su aterrizaje será desastroso. Morena es un caso interesante. Se diría que es el partido en el gobierno, si es que fuera partido. Se diría que encabeza las mejores causas y movilizaciones sociales, si es que fuera un movimiento. Pero ni fu ni fa. El gobierno lo dirige, anima, define, convoca e impulsa el Presidente de la República. Los movimientos sociales, como el de mujeres a principios de marzo, han sido el resultado de una lenta conformación de colectivos que convergen a partir de hechos dramáticos –los feminicidios–, que incentivan las movilizaciones. Además de resolver sus problemas internos que quizás encuentren salida en proceso electivo próximo, Morena tiene un reto mucho mayor. En la Cuarta Transformación, ¿dónde está su espacio discursivo y su dispositivo político?
¿Cómo avanzar? Refutar los fundamentos de elaboraciones que justifican la injusticia existente requiere cultivar el tronco común de la acción solidaria. En dos ámbitos al menos existe coincidencia pública: ampliar el sistema de salud pública; generalizar las transferencias directas como compensación a la mayor parte de la gente que requiere un impulso para avanzar en la reactivación.
Reparar la maquinaria requiere deliberación pública, no soliloquios, no mentalidad de fortaleza sitiada. Pero tampoco ceguera que se niega a entender que las cosas sí cambiaron con las elecciones de 2018.
Twitter: gusto47

8/23/2020

La Jornada: El derrumbe de la lealtad por contubernio


Gustavo Gordillo

¿Por qué Lozoya lanza acusaciones contra tres ex presidentes y una parte estratégica de la clase política mexicana?
El monopolio indolente. A partir del modelo de Albert Hirschman podríamos caracterizar a la élite gobernante, hasta antes de 1997, como una en la cual la voz estaba administrada por diversos escalones jerárquicos, la salida tenía un precio muy alto y la lealtad se constituía en el engranaje que posponía la voz y bloqueaba la salida. La élite gobernante funcionó, dada la ausencia de competencia electoral, como un monopolio indolente. La lealtad tenía elementos ideológicos ligados con la matriz fundadora de la Revolución Mexicana. Pero sobre todo, gracias a cierto grado de estabilidad, se había podido construir una lealtad por contubernio reforzada por la impunidad que disuadía comportamientos cívicos, alentaba el oportunismo y proporcionaba garantías a los aliados para que siguieran siendo aliados. El precio de entrada era sumamente alto, es decir, requería carrera política, en donde el elemento disciplina era vital, junto con el adiestramiento, en una determinada parafernalia para gobernar. Por otro lado, la salida contenía penas muy severas, dado que se trataba de un ejercicio monopólico de poder y, en consecuencia, con una presencia débil de élites alternativas. Aun así, para los miembros más exigentes, la alternativa era salirse hacia alguno de los partidos satélites –lo cual les permitía un limitado pero cierto acceso al poder– o bien hacia un servicio de mejor calidad, por ejemplo, el servicio exterior, pero de alto precio: no participar por cierto tiempo en política doméstica.
La escisión de las élites políticas. Con la salida de la Corriente Democrática del Partido Revolucionario Institucional se generó un espacio de competencia electoral que redujo los costos de la salida. Además, los procesos de desagregación y descomposición de la coalición gobernante generaron un espacio político-corporativo, es decir, en el ámbito de las reivindicaciones sociales, proclive a la deslealtad, porque el precio que se pagaba era sumamente bajo en el ámbito electoral cuando aumentó la competencia. Así, algunos actores corporativos se comportaron como un gorrón, aprovechando la incipiente competencia electoral para amenazar con la salida para obtener ventajas corporativas. En el límite, como en el caso del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, se salió del arreglo priísta tradicional, sin perder ni influencia en las políticas públicas ni cierto espacio electoral.
El lubricante que mueve la maquinaria. La transición llevó a un régimen especial centrado en los tres partidos principales. Mientras el centro se desmoronaba, el país se fragmentaba y la sociedad se empobrecía; los tres partidos se peleaban por lo que quedaba del Estado. Buscaban elecciones plebiscitarias y, por ello, sus acuerdos políticos eran de corta duración. Desde las elecciones de 2006, para algunas élites económicas, resultó claro que sólo aliados los tres partidos evitarían el encumbramiento del movimiento obradorista. De ahí el Pacto por México. Para hacerlo sólido ante las presiones de dentro y fuera de los tres partidos, lo lubricaron con cantidades sorprendentes de recursos y canonjías.
Voilà, Lozoya.
Martin Scorsese comentó sobre su película Departed: Me gustó el juego sicológico de los personajes enfrentados a un ciclo en el que se suceden confianza y traición, confianza y traición. Este mecanismo perverso de la confianza continuamente defraudada crea un mundo de absoluta ambigüedad moral, una especie de zona cero de la ética.
O bien podríamos terminar con los célebres versos de Yeats:

“Todo se desmorona; el centro cede;
la anarquía se abate sobre el mundo,
se suelta la marea de la sangre, y por doquier
se anega el ritual de la inocencia;
los mejores no tienen convicción, y los peores
rebosan de febril intensidad”.

Sólo que en este caso corrijo: los mejores sí tienen fuertes convicciones. Se verá.
Twitter: gusto47

7/12/2020

Su majestad escoja



Escuchando y luego leyendo los discursos del presidente López Obrador y del patán de la Casa Blanca, no pude evitar recurrir al famoso calambur de Francisco de Quevedo, quien apostó con sus amigos que diría de frente a la reina Isabel de Borbón que estaba lisiada. Como sabemos, el juego de palabras fue: entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja.
Así, cuando Trump comenzó a decir que “en este país viven 36 millones de mexicanos que elevan el nivel de nuestras comunidades, iglesias y enriquecen nuestra diversidad cultural… También hay grandes empresarios y empresarias que representan un gran porcentaje de nuestros pequeños empresarios, exitosos, y como usted, Presidente, gente trabajadora y dura a la hora de negociar”, a nadie sorprendió su cinismo, que no tiene límites, sino el sapo que se estaba tragando.
Y cuando López Obrador subrayó con agudeza: También, como es sabido, la historia, la geopolítica, la vecindad y las circunstancias económicas de ambas naciones han impulsado de manera natural un proceso de migración de mexicanas y mexicanos hacia Estados Unidos y se ha conformado, aquí, una comunidad de cerca de 38 millones de personas, incluyendo a los hijos de padres mexicanos. Se trata de una comunidad de gente buena y trabajadora que vino a ganarse la vida de manera honrada y que mucho ha aportado al desarrollo de esta gran nación, remachó el sapote que se le atragantaba al Racista Mayor.
Pero el mejor momento del discurso fue cuando AMLO usó la paradoja irónica para desnudar al mentiroso patológico:
“Durante mi mandato como Presidente de México, en vez de agravios hacia mi persona y, lo que estimo más importante, hacia mi país, hemos recibido de usted comprensión y respeto… Usted no ha pretendido tratarnos como colonia, sino que, por el contrario, ha honrado nuestra condición de nación independiente. Por eso estoy aquí, para expresar al pueblo de Estados Unidos que su presidente se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto. Nos ha tratado como lo que somos: un país y un pueblo digno, libre, democrático y soberano”.
Sólo faltó decirle que estaba cojo. Pero es probable que el ególatra en jefe haya pensado que su gran personalidad generaba esas simpatías.
Damas de la caridad. Ninguno esperaba salir con las manos vacías del peculiar encuentro. Desde luego, era evidente lo que buscaba Trump: llevarse una rebanada del voto latino, que es religioso y conservador y puede ayudarle en los estados de Arizona y Texas, sobre todo. Pero Andrés Manuel López Obrador también ganará mucho. En ganancias electorales para 2021, las que ya obtiene con pruebas fehacientes de corrupción y manejos inadecuados con Estados Unidos que realizaron personeros de los dos partidos principales, PRI y PAN, cuando gobernaban.
T-MEC. Pero lo que se vislumbra en construcción es una fuerte alianza con los grandes empresarios mexicanos y estadunidenses en México para rellenar en parte el espacio de las intervenciones europeas y chinas.
Reconstruir el Estado. Con estos elementos ya acumulados, AMLO se encamina a la tarea más importante y decisiva de su sexenio: la reconstrucción del Estado mexicano. En artículo anterior usé el símil de un ferrocarril para ilustrar los problemas institucionales del Estado. En el primer vagón van las instituciones que surgen en el largo proceso de transición, desde el Banco de México pasando por el INE, la CNDH y otras. En el segundo viajan los resabios institucionales: las formas de acuerdos informales que eran sólido sostén en las relaciones del gobierno con el gran empresariado, plagadas de contubernios y ventajas fiscales, y de acceso privilegiado a la información. En el tercero viajan las instituciones orientadas a administrar la pobreza y el conflicto social con las clases subalternas.
El punto clave es cómo desenganchar el segundo vagón para realmente jalar al tercero sin destruir la locomotora.

Twitter: gusto47

6/28/2020

Residuos, resabios y enredaderas


Nos disgusta la incertidumbre y la indeterminación.
Pero ahora lo que tenemos es una triple crisis. Todas, plagadas de incertidumbres. ¿Qué es el Covid-19, cómo se combate y cuándo tendremos los instrumentos para hacerlo? Dada la profundidad de la crisis económica como consecuencia de la pandemia, ¿cuándo retomaremos el crecimiento, cómo reducir la pobreza y atemperar la desigualdad? ¿Cómo está afectando la convivencia social la simultaneidad de ambas crisis? ¿Qué efectos tendrán en el ejercicio democrático?
Muchas preguntas y pocas respuestas. Hay, desde luego, proyecciones y previsiones para todo. Pero dado que la pandemia, la crisis económica y su impacto en la sociabilidad y en el ejercicio de la democracia se desenvuelven de manera simultánea y conectada, cobra importancia revisar someramente cómo estábamos antes de la crisis sanitaria.
Casi dos años después de que comenzó el gobierno y en medio de esta simultaneidad de crisis, pienso que los factores claves son: el ambiente social y político, y la situación que guarda el Estado.
Hay polarización en el país, pero es necesario diferenciarla en dos ámbitos. En el de la opinión pública existen segmentos polarizados a partir de estereotipos. En uno, todo lo que haga Andrés Manuel López Obrador conduce inexorablemente al debilitamiento de la democracia. En otro, toda crítica al actual gobierno federal proviene de los enemigos de la transformación. Se trata de minorías intensas, porque en el espacio público predominan posiciones matizadas, sustentadas en argumentos y no en prejuicios. Aun así, las posiciones extremas contaminan el espacio necesario que pudiera llevarnos a sólidas deliberaciones públicas que reconozcan la otra polarización.
La determinante. En el ámbito de las sociedades locales –urbanas y rurales– ocurre una verdadera polarización social, cuyas expresiones son los linchamientos, los ataques armados a comunidades, las guardias de autodefensa, las agresiones entre alumnos, la población desplazada por la violencia y los conflictos intrafamiliares. Particularmente, las agresiones contra las mujeres. Se presume la ausencia del Estado y se recurre a menudo a la justicia por propia mano.
El Estado autoritario. El Estado era fuerte gracias a un conjunto de acuerdos y pactos formales que tejía el presidente de la República en turno y ejecutaban sus distintos instrumentos de intermediación. A eso llamó Rafael Segovia los residuos institucionales. Durante los pasados 40 años éstos se han tratado de desmontar, aunque estuvieran insertos en el funcionamiento mismo de la maquinaria estatal. Se desarticuló el nudo estratégico del poder del Estado sin sustituirlo por otros mecanismos de gobernabilidad.
Los tres vagones. Hace algunos años, un fiscal del Tribunal Supremo de España utilizó un interesante símil. La locomotora México tiene potencia, pero avanza más lentamente porque arrastra tres vagones. En el primero va el de clase mundial, en el segundo la delincuencia y la corrupción, y en el tercero la pobreza y la desigualdad. Modificando ese símil diría que, rotos los acuerdos informales anteriores, quedan aún los residuos institucionales, pero acuerpados en otras instituciones formales. En el primer vagón van las instituciones que surgen durante el largo proceso de transición, desde el Banco de México y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pasando por el IFE-INE, y muchas otras. En el segundo viajan los resabios institucionales: las formas de acuerdos informales que eran sólido sostén, señaladamente en las relaciones del gobierno con el gran empresariado, plagadas de contubernios y privilegios fiscales, y de acceso privilegiado a la información. En el tercero las instituciones orientadas a administrar la pobreza y el conflicto social con las clases subalternas.
El punto clave es cómo desenganchar el segundo vagón para realmente jalar al tercero sin destruir la locomotora.

http://gustavogordillo.blogspot.com/
Twitter: gusto47

6/14/2020

¿Existe el diablo?




En la escena final de la película Los sospechosos de siempre, Roger Verbal Kint (Kevin Spacey) descubre su verdadera personalidad como el temible asesino, Kaiser Söze, deja de renquear y se burla de la policía. Verbal, citando a Baudelaire, exclama: El mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía.
En sentido análogo, el mayor éxito del régimen priísta fue convencernos de que existía un Estado fuerte e institucional en México.
El Estado revolucionario. La percepción de un Estado fuerte se construyó desde tres ámbitos claves: el sistema de educación pública íntimamente vinculado con el texto único y gratuito; los mecanismos de intermediación social de las agrupaciones corporativas, pero sobre todo el partido oficial como crisol de esas percepciones del Estado poderoso y protector de las clases mayoritarias. El centro de la percepción del Estado fuerte lo personificó el presidencialismo todopoderoso.
Los residuos institucionales. Rafael Segovia, en su texto La crisis del autoritarismo modernizador (1996), señalaba agudamente que la función del Estado mexicano había venido creciendo incluso en contra de su voluntad; la multiplicación y diversificación de los grupos sociales y económicos habrían dejado a lo largo del camino modernizador una trama de residuos institucionales engastados en el aparato estatal. Concluía que tratar de librarse de ellos equivale a arrancar una planta trepadora que sostiene el viejo edificio que en parte ha destruido. Fernando Escalante precisa que esos residuos institucionales a los que se refiere Segovia son los recursos de gobernabilidad del régimen revolucionario (2018).
Los acuerdos y las reglas. ¿Qué eran esos residuos institucionales? Eran, en breve, una manera de conciliar, enmarcar, canalizar y, en extremo, reprimir; los distintos intereses sociales incorporados primero en pacto corporativo y luego floreciendo desde la sociedad como resultado de los diversos procesos modernizadores. Se basaban en pactos y acuerdos informales, pero enmarcados en las reglas formales de las leyes y la Constitución. Así el Estado mexicano impulsó las reformas sociales cardenistas, las reformas empresariales del alemanismo y la estabilidad macroeconómica de los 50. Como toda percepción, la de un Estado fuerte estaba afincada en la realidad, en hechos concretos.
El todopoderoso. Sabemos cómo funcionaba ese presidencialismo con sus facultades metaconstitucionales gracias al trabajo de Jorge Carpizo. Pero aún en el momento de mayor consolidación el presidencialismo no era un poder omnímodo, menos aún una monarquía sexenal o un poder imperial. La capacidad del presidente autoritario estaba basada en su capacidad de arbitraje entre los muy diversos y amplios conflictos de intereses dentro y fuera de su coalición gobernante. Eran conglomerados de intereses locales, sectoriales y nacionales, legales e ilegales, morales e inmorales, con quienes tenía que negociar el presidente. El mito presidencial, como señala Juan Espíndola (2004), estaba anclado en un excesivo voluntarismo, es decir, ponía demasiado énfasis en los rasgos personales del presidente. Este autor, en cambio, subraya las prácticas políticas informales, ya que la política mexicana no se puede analizar sólo bajo los lentes de las instituciones formales.
El no Estado. Lo que tenemos ahora es un Estado deformado por las distintas leyes y reformas constitucionales hechas al azar, sin propósitos políticos de largo plazo. Tenemos un Estado ausente, cuyo vacío es llenado por poderes fácticos. Tenemos franjas o segmentos del gobierno colonizado por otros poderes, como lo estamos viendo en distintos conflictos policiacos recientes. Sobre todo, se ha perdido la capacidad de organizar la acción del Estado a través de acuerdos y pactos, esos residuos institucionales que permitían gobernar. De aquí debe partir la reconstrucción del Estado mexicano.

Twitter: gusto47

5/31/2020

¿Dónde quedó el Estado?



La reforma del Estado. Casi toda la conversación pública en las últimas semanas se relaciona de distintas maneras con la debilidad, las deformaciones y las ausencias del Estado. El tema de su reforma es clave, porque sin ella difícilmente se podrán implementar muchas de las exigencias que ya estaban presentes en el horizonte y que se han agudizado con la pandemia. La pregunta clave es: ¿cuál Estado se busca reformar?
Los resabios. Rafael Segovia, en su texto La crisis del autoritarismo modernizador (1996), señalaba agudamente que la función del Estado mexicano ha venido creciendo, incluso en contra de su voluntad; la multiplicación y diversificación de los grupos sociales y económicos ha dejado a lo largo del camino modernizador una trama de residuos institucionales engastados en el aparato estatal. Tratar de librarse de ellos, añade el autor, equivale a arrancar una planta trepadora que sostiene el viejo edificio que en parte ha destruido.
La enredadera. Fernando Escalante añade que esos residuos institucionales eran, según Segovia, los instrumentos para articular y agregar intereses, para ordenar el proceso de cambio social, para hacerlo gobernable. Pero precisa que esos residuos institucionales a los que se refiere Segovia son, en realidad, los recursos de gobernabilidad del régimen revolucionario –el andamiaje político de la sociedad mexicana (2018).
La máquina disfuncional. Hoy, la pregunta relevante es por dónde avanzamos. No es que se haya dañado una pieza fácilmente sustituible, menos que la pieza dañada no se encuentre en el mercado. Ojalá sólo fuera que la máquina esté completamente deteriorada. Realmente se han dañado los mecanismos que permitían que la máquina funcionara y que podrían permitirle desempeñarse de otra manera.
La confianza. Uno de estos dos mecanismos es la dotación mínima de confianza entre los ciudadanos y sus gobiernos, y entre los ciudadanos mismos, que constituye el lubricante para que la maquinaria funcione. Por medio de diversas encuestas y análisis de opinión, se constata la baja confianza ciudadana y en continua caída con respecto a casi todas las instituciones en al menos los últimos 10 años. Una excepción en lo que va de este sexenio: la confianza en AMLO, con todos los matices y asegunes que se quiera.
La intermediación. El otro tipo de mecanismo es el que desempeña la función de agregación de intereses, que expresan demandas y propuestas y conduce a la representación política. Nuestro país transitó de un régimen autoritario con inclusión desigual a partir de mecanismos corporativos de representación a otro en donde esa intermediación política recayó en el sistema de partidos que terminó en oligarquía. En ambos casos, hay que decirlo, esa representación expresaba a parte de la sociedad.
Cuchos y chuecos. El hecho es que ambas formas de intermediación están severamente dañadas. Una porque el corporativismo se fragmentó y perdió en mucho su capacidad para influir en las decisiones políticas. Otra, porque generó un sistema de partidos sustentado en vetos cruzados y pactos de colusión, y que terminó colapsado en las elecciones de 2018. La máquina camina sin rumbo.
Precavernos contra reformas anteriores. La advertencia de Escalante es válida para cualquier tipo de reforma del Estado hoy, al señalar que la ilusión de que había un edificio resistente, sólido, capaz de sostenerse, fue seguramente lo que movió el intento de arrancar las trepadoras” (2018).
La crisis sanitaria y económica ha impulsado una gran cantidad de propuestas desde distintos ámbitos. Revisarlas todas con ojo crítico es indispensable para no caer en un monólogo. Pero más importante aún es preguntarse ante cada propuesta o conjunto de propuestas quién las va a ejecutar. Y aún los más neoliberales concluirán que el Estado tendrá un papel relevante.
De ahí que tenemos que preguntarnos por el estado del Estado mexicano.

Twitter: gusto47

5/16/2020

De una anormalidad a otra, nueva



En un artículo reciente decía que el virus transporta no sólo el contagio, sino varias tensiones. La primera es la sanitaria. El propósito es retrasar el salto exponencial de contagiados para evitar que las capacidades sanitarias sean rebasadas. Esta tensión depende de cómo nos comportemos como personas.
La tensión económica. El efecto económico más explosivo que generó el virus fue la disrupción de las cadenas productivas. A diferencia de la crisis de 2008-2009, es una crisis en los sectores directamente productivos. El punto clave ahora es cómo se defienden los empleos. Cuando la población se encuentra en empleo formal, el dilema es cuánto está dispuesto a gastar el gobierno para sostener a los desempleados por la crisis y para sanear a las empresas más afectadas.
Informalidad. Cuando más de 60 por ciento de trabajadores están en la informalidad, existe un problema distinto. Se trata de trabajadores por cuenta propia, informales, sin remuneraciones –que laboran o no para sus familias– y millones más que son subordinados, pero que no cuentan con prestaciones. La informalidad está vinculada con la pobreza, dado que al menos 25 por ciento de los trabajadores ocupados están en la informalidad. En el primer 10 por ciento de la población está más de la mitad en la informalidad.
La tensión social. Un ciudadano con sentido común reconoce las tensiones sanitaria y económica, y añadiría una tercera: la social. Entre seguir la vida en nuestra normalidad o aceptar las medidas que nos llevan a una anormalidad forzada. Forzada, ¿por quién? No estamos en un régimen autoritario, así que esa anormalidad en su mayor parte tiene que ser consentida.
Convergente. Lo característico hoy es la convergencia de las tensiones. Muchos por razones de sobrevivencia han tenido que asumir el riesgo del contagio para evitar su colapso económico. Es necesario dimensionar esta tragedia, porque el informe reciente del Coneval da cuenta de casi 10 millones de personas que en el primer trienio de este año han caído en la pobreza.
La sociedad. La sociedad mexicana ha estado fragmentada. El principio unificador que representó la narrativa de la Revolución Mexicana, eficientemente articulada con la escuela pública, se fue erosionando paulatinamente y se derrumbó en los 80. Se buscaba sustituirla con la narrativa de la modernización que terminó siendo exclusiva y excluyente.
¿Una sociedad organizada? Pero la fragmentación no significa ausencia de organización. La sociedad mexicana se organiza, casi siempre, con tres propósitos: para negociar derechos, demandas y/o prebendas; para defenderse, y para suplir a un agente externo. En todos los casos ese agente externo ha sido el Estado a través del gobierno federal, los gobiernos estatales o municipales, u otro tipo de autoridades que encarna a sus ojos la presencia del Estado. Las dinámicas de las vertientes gremial y ciudadana han hecho de la sociedad un conjunto de archipiélagos con dinámicas propias en general desarticuladas.
Ese Estado de todos tan mentado. El Estado actual está en la encrucijada de tres tipos de conflictos existenciales. Los existentes entre un sistema de partidos extremadamente dañado y coaliciones de ciudadanos que a veces actúan como ciudadanos y a veces como sublevados.
El segundo tipo de conflicto es entre gobiernos representativos y poderes fácticos. Este conflicto está imbricado en el espacio público como resultado de una percepción de inseguridad y de la incapacidad gubernamental para proveer seguridad.
El tercer tipo de conflicto se refiere a la profunda desigualdad entre oligarquías ejerciendo privilegios y los nuevos plebeyos, que incluyen a trabajadores urbanos formales e informales, estudiantes universitarios y jóvenes desempleados.
En la nueva anormalidad conviene revisar el estado que guarda el Estado mexicano.

Twitter: gusto47

5/03/2020

1918: hablar con la verdad



En recuerdo a El Gran Caifán, por los momentos de alegría que nos regaló.
¿Cuál guerra? Me disgusta que se haga el símil de la pandemia del coronavirus con la guerra, porque es un pretexto que sirve a los intereses de líderes e instancias autoritarias en el propósito de erosionar los derechos fundamentales. Es, también, una mampara tras la cual se eluden los dilemas centrales de este momento: la relación entre emergencia sanitaria y capacidad de atención médica a todos los ciudadanos; la relación entre el impacto económico de la pandemia y las diversas crisis de la globalización económica que venían gestándose; las fragmentaciones sociales que conducen a la anomia frente las expresiones solidarias en el ámbito familiar o comunitario; el egoísmo y el aislamiento internacional frente a la necesidad de idear o reforzar mecanismos de cooperación.
La pandemia como reto. La pandemia representa un conjunto de desafíos a la humanidad. Tiene, desde luego, distintas expresiones, pero dos aspectos en común: la desigualdad como principio articulador y el individualismo egoísta como narrativa. Dado que en esto se resumen los retos que presenta la pandemia, he dado un largo rodeo a llamada gripe española de 1918, la más grave que hemos venido en 100 años.
He seguido el relato detallado que sobre esa pandemia elaboraron tanto el historiador Alfred Crosby (2003) como el reportaje-crónica de Gina Kolata (2001), el artículo de Markel et al (JAMA, 2007) y el libro de John Barry (2005). Quiero enfocarme en los errores de políticas públicas cometidos entonces.
La mayor lección. Para Barry, la mayor lección de la epidemia de 1918 es que los dirigentes deben hablar con la verdad por más dolorosa que sea. Mentir genera miedo, sospechas y aislamiento. El propósito central es construir confianza. Cuando se destruye, la gente pierde rumbo. En 1918 los gobiernos mintieron, porque ahí sí estaban en medio de la guerra. Estados Unidos acaba de declarar la guerra al eje encabezado por Alemania y el triunfo era inminente. Cuando enviaban tropas estadunidenses a Europa comenzó la segunda ola de la pandemia. Más de un millón y medio de soldados fueron embarcados. Para entonces todos los campamentos militares en Estados Unidos, comenzando en Kansas y expandiéndose por varias regiones como Boston, estaban infectados. Se trató de una epidemia de los cuarteles. Sólo hasta octubre de 1918 suspendió el gobierno la siguiente convocatoria para reclutar a soldados. Aún en pleno auge del contagio, ciudades como Filadelfia y San Francisco convocaron a grandes concentraciones denominadas Marchas de la Libertad. Así se convirtieron en centros de contagios y decesos en la población civil también.
Cuando la gente se da cuenta de las mentiras. Desde luego, siempre hay tensión entre decir la verdad y provocar pánico, pero parece ser –así lo cree Barry y yo también– que la gente puede manejar mejor la realidad y la verdad, por dura que sea, que enfrentar la incertidumbre.
¿Cuándo y cómo sales del confinamiento? Algunas ciudades levantaron las intervenciones temprano y experimentaron una segunda ola de contagios, lo que condujo a establecer nuevamente medidas de confinamiento y a efectos disruptivos sobre las cadenas económicas. Un estudio de tres economistas, dos de la Reserva Federal de Estados Unidos (Correia, Luck y Vernier, 2020), compara casos en 30 estados de la Unión Americana y entre 45 y 60 ciudades en 1918, llega a dos conclusiones. Una, que la pandemia tuvo un efecto económico devastador tanto del lado de la demanda como de la oferta. Y, segundo, que las ciudades que implementaron las intervenciones de manera más vigorosa, incluyendo el confinamiento, tuvieron mejores resultados sanitarios y una más consistente recuperación económica.
Con este en mente quiero dedicar mis próximas entregas a la reflexión sobre el Covid-19, su impacto económico, político y cultural.

Twitter: gusto47

3/22/2020

Una fuerza por encima de contagios



Contagio y letalidad. El potencial de una epidemia se mide por su número reproductivo. En el caso del nuevo coronavirus (Covid-19) significa que cada enfermo contagia de dos a tres personas. Pero el virus crece de forma exponencial en sus primeras etapas. En Europa se está doblando cada tres días. El virus tiene un tiempo de contagio de cinco a seis días. Según la Orgnización Mundial de la Salud, han muerto de 3 a 4 por ciento de las personas que se saben han contraído la enfermedad. Un caso para subrayar es, empero, Corea del Sur, con una mortalidad más baja, de 0.6 por ciento.
La tensión sanitaria. El virus transporta no sólo el contagio, sino varias tensiones. La primera es la sanitaria. El propósito es retrasar el salto exponencial de contagiados, porque se quiere evitar que las capacidades sanitarias sean rebasadas por el número creciente de contagios. Ningún país del mundo estaba preparado para el crecimiento exponencial de contagios. Por ello aplanar la curva de contagios, para que sea compatible con las capacidades sanitarias de cada país. La primera tensión depende de cómo nos comportemos como personas. De ahí el confinamiento y la suspensión de actividades normales, es decir, las medidas de distanciamiento social.
La tensión laboral. Todo lo que se haga para aplanar la curva de contagios repercutirá inmediatamente en el ámbito económico. El efecto económico más explosivo que generó el virus al inicio fue la disrupción de las cadenas productivas. A diferencia de la crisis de 2008-2009 no es una crisis financiera, sino en los sectores directamente productivos. El punto clave ahora es cómo se defienden los empleos. Cuando la población se encuentra en empleo formal el dilema es cuánto está dispuesto a gastar el gobierno para sostener a los desempleados por la crisis y para sanear a las empresas más afectadas.
Informalidad. Cuando más de 60 por ciento de los trabajadores está en la informalidad existe un problema distinto. Samaniego y Murayama clasificaban el empleo informal ( Nexos, 2012) en 9.7 millones de trabajadores por cuenta propia informales, 3.1 millones sin remuneraciones –que laboran o no para sus familias– y 15 millones más que son subordinados pero no cuentan con prestaciones. Entre estos últimos destacan 7 millones que trabajan para empresas formales pero sin contratos (cobraban por honorarios, por ejemplo), un millón informales que laboran para instituciones públicas –como gobiernos–, así como 2 millones de empleadas domésticas.
Suma cero. Estas tensiones no las puedes resolver metiéndote en un callejón sin salida: o dejas que se infecten más y algunos mueran por la epidemia, o manejas más lentamente la curva de contagio y algunos fallecen de hambre. Este dilema sólo se lo plantea un demagogo o un enloquecido. ¡Que existen!
La tensión social. Un ciudadano con sentido común reconoce las tensiones sanitaria y económica, y añadiría una tercera: la social. Entre seguir la vida en nuestra normalidad o aceptar las medidas que nos llevan a una anormalidad forzada. Forzada, ¿por quién? No estamos en un régimen autoritario, así que esa anormalidad, en su mayor parte, tiene que ser consentida.
¿Por qué habríamos de consentir? Por solidaridad. Existe en México a raudales, como en muchas otras sociedades, pero requiere confianza. En el gobierno, pero también en los otros actores. El gobierno, a través de los programas sociales, debe bajar la edad para recibir recursos de Adultos Mayores. Jóvenes Construyendo el Futuro debe focalizarse en mujeres que están en la informalidad. Y así con los demás programas sociales. El sector empresarial debe ampliar la acción de sus fundaciones de apoyo social. Debemos mantener la red de abasto de medicamentos y alimentos.
Pero la fuerza principal somos nosotras y nosotros.
Recomiendo un texto de la economista Mariana Mazzucato en The Guardian (18 marzo).

2/23/2020

¡Ni una más!


Hay una crisis de seguridad innegable en el país. El número de asesinatos de 2007 a la fecha alcanza más de 200 mil personas. El feminicidio es un tipo característico de crimen que debe analizarse en lo específico con sus características y variantes en sus distintos espacios sociales y geográficos. Se necesita una política integral para enfrentarlo. Se requiere mucha empatía para ser solidario con las víctimas de esta enorme tragedia que a todos nos afecta.
Para entender. Estefanía Vela realizó un estudio colaborativo que presenta datos y reflexiones sobre el feminicidio. Reproduzco de su página web todo lo que sigue: http://estefaniavelabarba.com/?page_id=685
El estudio. En mayo de 2019 la organización Data Cívica y el Área de Derechos Sexuales y Reproductivos presentamos el informe Claves para entender y prevenir los asesinatos de las mujeres en México. Es un documento basado en un análisis de los Registros de Mortalidad del Inegi, que abarca el periodo que va de 2000 a 2017 (es el último año para el cual se tienen datos). Pretende arrojar luz a distintos patrones que surgen al analizar cómo, cuándo y dónde son asesinadas las mujeres en el país para así poder prevenirlos de mejor manera.
Hallazgos. El 2007 es un parteaguas para los homicidios de las mujeres, como ocurre con los homicidios de los hombres. A partir de 2007 la violencia se dispara y nunca vuelve a los niveles previos a este año. Los homicidios llegan a su tasa más alta de las últimas cuatro décadas en 2017, cuando 5.2 mujeres por cada 100 mil fueron privadas de sus vidas. Estamos hablando de aproximadamente 3 mil 300 mujeres que fueron asesinadas sólo en ese año. La crisis es innegable.
La violencia no es homogénea. Este aumento en la violencia, sin embargo, no ha sido homogéneo. Los incrementos de ésta han afectado, de manera desproporcionada, a mujeres jóvenes (de 20 a 35 años) y han sido desproporcionadamente cometidos en la vía pública y con armas de fuego. El arma de fuego es el instrumento más común con que matan a mujeres en el país. Lo es para todo el periodo de 2000 a 2017. Lo es tanto en casa como en el espacio público. Y es la forma de homicidio que más creció.
El tamaño del cambio. Para dimensionar el tamaño del cambio: entre 2007 y 2017, la tasa de homicidios de hombres con arma de fuego en espacio público se volvió 4.6 veces más grande. En mujeres, cinco veces mayor.
Qué pasó. La pregunta básica es: ¿qué pasó en 2007 en el país? Entre otras cosas, se militarizó la seguridad pública de forma constante e intensa en el país. Viendo los datos, lo que queda claro es que la vida en un país que está militarizado y en uno que no lo está es drásticamente distinta.
¿Qué implica todo esto? Además de exigir políticas para prevenir los homicidios en casa y para erradicar la discriminación por género es necesario exigir también políticas que garanticen un control efectivo de armas, que promuevan la desmilitarización de la seguridad pública y que fortalezcan a las instituciones civiles para que sean capaces de responder a la violencia de manera inteligente y focalizada, desde lo local y de la mano de la comunidad.
Impunidad. En un reciente artículo, el ex ministro de la Suprema Corte José Ramón Cossío ( El País, 19 febrero) parte de un cifra asombrosa: las tasas de impunidad en México se encuentran en 95 por ciento, y remata: quien comete un delito tiene pocas probabilidades de ser detenido,menos de ser procesado y, aún menos, de ir a prisión. Cossío se hace la pregunta relevante que contesta en su opúsculo, cuya lectura recomiendo: ¿quién investiga los delitos en México y bajo qué métodos?
Qué hacer. Como hombre y ser humano me solidarizo con las luchas que llevan a cabo las compañeras, incluyendo la jornada del 9 de marzo. De manera incondicional, sin calificativos ni descalificaciones.

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2/09/2020

AMLO y el obradorismo: el punto ciego




Theodor Shanin. Un profundo homenaje al gran analista de temas campesinos. Habré de dedicar más adelante unas reflexiones sobre sus grandes aportaciones.
El punto ciego. Javier Cercas ( El soldado de Salamina, Anatomía de un instante, El impostor y ahora la gran novela Terra Alta) escribió un ensayo literario (2016, Random House) que gira alrededor de este término y se refiere a la anatomía del ojo. Según conjeturó el físico Edme Mariotte nuestros ojos tienen un lugar, no fácilmente localizable, situado en el disco óptico, que carece de detectores de luz y a través del cual, por tanto, no se ve nada.
Rellenar el déficit visual. La razón por la cual descubrimos este déficit, añade Cercas, se debe a que vemos con dos ojos y los puntos ciegos no coinciden. En segundo lugar, porque el sistema visual rellena el vacío del punto ciego con la información disponible: porque el cerebro suple lo que el ojo no ve.
La pregunta es la respuesta. Cercas revisa una gran cantidad de novelas, desde Don Quijote, Moby Dick, El Proceso, incluso sus propias novelas, buscando el punto ciego. Advierte que otra manera de decirlo es que en el centro de estas novelas hay siempre una pregunta y toda la novela consiste en una búsqueda de respuesta a esa pregunta central, aunque al final la respuesta es la propia búsqueda de la respuesta.
Crisis orgánica. Como he argumentado antes, la erosión y fragmentación del Estado, ocurrido paulatinamente en los últimos 30 años, fue el producto combinado de las crisis económicas, políticas y sociales, agudizadas por el rotundo fracaso de la guerra con el crimen organizado. Los resultados electorales de 2018 pusieron al descubierto una crisis orgánica que venía gestándose, uno de cuyos signos más evidentes y preocupantes fue el desfondamiento del sistema de partidos.
2018. El triunfo electoral es contundente, porque también involucra a las cámaras legislativas, algunos congresos estatales y algunas gubernaturas. La legitimidad es amplia y la popularidad del Presidente es alta. Las fallas evidentes están en el acompañamiento político. Morena fue una exitosa coalición electoral agrupando corrientes, tendencias y personajes de un amplio espectro con notorias divergencias políticas e ideológicas, pero con un propósito común: ganar las elecciones de 2018.
Partido, partido-movimento u otra cosa. Ganaron, pero su dificultad está en convertirse en un partido en el gobierno. Las divisiones, los exabruptos, son parte de cualquier proceso de construcción partidista, como hemos constatado en el pasado en nuestro país. El verdero reto consiste en encontrar el papel de los partidos en el contexto de un sistema político en reconstrucción que tiende, por el peso apabullante de AMLO, hacia una democracia plebiscitaria.
Fuerza y debilidad. No es la menor de las paradojas del actual régimen, que en su gran fuerza reside su gran debilidad. Decía que AMLO había ganado la que es, siempre, la primera batalla política: la lucha por los símbolos. Ese triunfo, ejemplificado en temas como Los Pinos, el avión presidencial, la frugalidad, los programas sociales, tiene, empero, su sustento en una transformación central. Hacer visibles a los excluidos del pacto neoliberal.
AMLO y el punto ciego. Poner a los excluidos en el centro no significa asumirlos como sujetos o actores centrales de una transformación profunda. En el subsuelo social se mueve un abigarrado conjunto de pequeños grupos luchando aparentemente por temas disímbolos, pero con un propósito común: la defensa de sus territorios. Es un enorme archipiélago social desconectado entre sí y con endebles formas de intermediación. Es el punto ciego de AMLO, que lo rellena cuando su topa con sus resistencias visibles en Morelos, en la península de Yucatán o en el Istmo de Tehuantepec; con narrativas conspiratorias. La pregunta es, en cambio, ¿qué expresan?

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1/26/2020

AMLO y los obradoristas: viajero frecuente



Si el presidente López Obrador estuviera inscrito en algún programa de viajero frecuente y se premiara con millas el número de likes y retuits que han surgido a raíz de su propuesta sobre la rifa del avión presidencial, tendría millas para darle la vuelta al mundo en varias ocasiones.
El bendito avión. Prometo no hablar de la rifa y dedicar sólo un párrafo al avión presidencial. El revuelo que causó este tema es una prueba contundente de su triunfo en la disputa por los símbolos. Las coordenadas que definen el conflicto discursivo contemporáneo son la lucha contra los privilegios y contra la impunidad.
Restauración y renovación. Para Gramsci, la noción de revolución pasiva da cuenta de la tensión entre dos tendencias: conservación-innovación. Las élites económicas están divididas, las políticas están desplazadas y las fuerzas sociales dominadas, aunque en efervescencia, se encuentra fragmentadas. Surge entonces un movimiento multiforme que aglutina agravios y personal político proveniente de todos los agrupamientos desarticulados.
Coaliciones. Morena ha sido una coalición electoral exitosa. Una vez ganada las elecciones de 2018, instalados los poderes Legislativo y Ejecutivo, Morena ha transitado por dos vías. En el Poder Legislativo se perfila con claridad hacia un partido parlamentario. Ahí han sido muy exitosos, si se mide en iniciativas aprobadas y en construcción de consensos. Desde luego las mayorías legislativas sientan las bases para que eso ocurra, pero no es posible subestimar el papel de los liderazgos morenistas en ambas cámaras. En el Poder Ejecutivo no existe asomo alguno de partido, sino el liderazgo unipersonal del Presidente.
Partido-movimiento. Morena no es partido ni es movimiento. En ciernes, podría ser un partido parlamentario. La parte de movimiento es inexistente, como ha sido la ausencia de acompañamiento social en apoyo a medidas centrales y controversiales del presidente López Obrador. Estamos frente a un oxímoron cuya actualidad política ha sido consecuencia de dos constataciones. Por un lado, el creciente desprestigio de los partidos ante los ciudadanos que frecuentemente los conciben como oligarquías que no representan a los ciudadanos. Por otro, particularmente en el seno de las izquierdas que gobiernan en el ámbito nacional, el temor a que su perfil discursivo-ideológico se diluya en el quehacer gubernamental.
Sistema de partidos de la alternancia. Luis Salazar (1999) lo caracterizaba como un sistema polarizado no por identidades políticas consolidadas, sino por los agravios y conflictos generados tanto por la modernización económica como por la forma en que se desarrollaron las reformas político-electorales y los conflictos en torno a las mismas. Añadía que la persistente anomalía de nuestros procesos electorales centrada en una oposición maniquea entre autoritarismo y democracia conducía a eventos con un sentido plebiscitario. El eje de esa polarización ha sido desde entonces la dicotomía gobiernismo/antigobiernismo. Esto es el rasgo característico de todas las elecciones desde 1994.
El Estado se constituye por agregación. Un Estado es fuerte en la medida en que gobierna a través de una coalición que agrega intereses y valores. Las crisis orgánicas son el resultado de la incapacidad de sumar. La crisis es siempre crisis entre representantes y representados. Justamente lo que tenemos hoy.
Gobernabilidad. Luis Salazar (1993) señaló que el sistema político mexicano cristalizó una mezcla afortunada –desde el punto de la eficacia gubernativa– del México profundo con el México imaginario. A su vez, Rafael Segovia (1974), usando el término residuos institucionales, advirtiendo que tratar de liberarse de ellos equivale a arrancar una planta trepadora que sostiene el viejo edificio que, en parte, ha destruido.
Es en este terreno que se juega el futuro de la 4T.

1/12/2020

La revolución pasiva de AMLO



El Estado que es un no Estado. La derrota de la modernización económica se expresa en la incapacidad de inclusión social y productiva para la mayoría de la población. La derrota de la modernización política, a pesar de sus muchos logros, porque fue eficaz para desmantelar los tres pies del régimen autoritario: el presidencialismo, el partido hegemónico y la primacía de las reglas políticas informales frente a la normatividad formal; fue incapaz de sustituirlos. El presidencialismo se transfiguró en un Ejecutivo acotado por los poderes fácticos. El partido hegemónico fue sustituido por un pacto oligárquico, cuyo lubricante fue el reparto de recursos públicos. Las reglas informales continúan imperando al lado de un activismo legislativo de leyes aprobadas pero no acatadas. La mayor derrota del Estado, pero también de la sociedad, ha sido la guerra contra las drogas, como demuestra dolorosamente la cauda de muertos y desaparecidos. En síntesis, modernizaciones fallidas y crisis orgánica.
Esto fue lo que heredó AMLO.
¿La elección del primero de julio es una revolución? Creo que sí. Incruenta, pacífica y de enormes consecuencias. Una revolución política que es, siempre, una transformación de las formas de hacer política. Lo que hemos vivido después del primero de julio: simbolismo y manejo del lenguaje. Persiste, además, una cultura política regresiva, que sólo conjuga dos verbos: madrugar, como planteó Martín Luis Guzmán, y ningunear, planteado por Octavio Paz.
Revolución pasiva. Las modernizaciones fallidas se resuelven a través de una revolución pasiva. Ésta es el proceso a través del cual la esfera más consolidada del poder político y económico recupera parte de las demandas de los gobernados quitándoles su iniciativa política. Este proceso específico es denominado transformismo y consiste en la decapitación intelectual de las dirigencias opositoras por medio de la cooptación.
Revolución sin revolución. Para Gramsci, esta es otra manera de definir la revolución pasiva. La noción de revolución pasiva busca dar cuenta de la tensión entre dos tendencias o momentos: restauración y renovación, preservación y transformación, o, como señala el propio Gramsci, conservación-innovación. Las élites económicas están divididas, las políticas están desplazadas y las fuerzas sociales dominadas, aunque en efervescencia se encuentran también fragmentadas. Emerge, entonces, un movimiento multiforme que aglutina agravios y personal político proveniente de todos los agrupamientos desarticulados (Sobre la revolución pasiva contemporánea recomiendo Modonesi, Revoluciones pasivas en América, 2017)
Intermediación. Con un sistema de partidos colapsado, el discurso y las narrativas juegan un papel crucial. Tanto para las fuerzas favorables al nuevo régimen como para las opositoras, definirse en torno a la narrativa de la 4T es indispensable para su propia articulación interna. Con los mecanismos de intermediación azolvados, las élites han perdido la capacidad para descifrar las transformaciones que ocurren en la sociedad.
Restauración. La presunción de una restauración autoritaria se interpuso en 2012 y ahora en 2018 –aunque el conglomerado político que lo planteaba como hipótesis es distinto al que ahora lo plantea–, en el camino que debe conducir a una nueva gobernabilidad. Esta restauración no estaría vinculada a un solo partido, porque es fruto de un hecho central: la incapacidad de las élites y de las clases subalternas de configurar una nueva hegemonía. Gramsci, Marx y después muchos autores se han referido a esto como régimen cesarista o bonapartista.
En el fondo, la gobernabilidad del país pende de una interrogante estratégica: ¿cómo gobernar el pluralismo?
En la siguiente entrega analizaré cuatro restricciones que se interponen para avanzar en esta dirección: la prisa, la inercia, la ceguera y la exclusión.

Twitter: gusto47

12/01/2019

AMLO y el obradorismo



López Obrador ha ganado la batalla por los símbolos y con ello construye su base social. El símbolo central: atención a los pobres.
Empero, AMLO enfrenta una cancha marcada por cuatro restricciones. La primera son los factores externos que, en nuestro caso, quiere decir Trump. La segunda son los mercados, es decir, el capital financiero y los distintos segmentos del gran capital nacional y trasnacional. En tercer lugar un amplio espacio integrado por ONG, intelectuales públicos, expertos y centros de análisis e investigación. En cuarto sitio los aparatos del Estado, incluyendo los órganos autónomos, fragmentados y capturados en distintas franjas por poderes fácticos.
Trump. Es una amenaza existencial para México.
No importa si su reciente balandronada es parte de su juego electoral. Si este individuo gana las elecciones en 2020, buscará destruir nuestro país. Lo guía el odio racista, pero, sobre todo, el cálculo político relacionado con el crecimiento demográfico, político y económico de la población latina mayoritariamente de origen mexicano en Estados Unidos. Debemos proponernos coadyuvar a su derrota electoral. No importa quién gane. Tomando prestada la frase de Den Xiaoping: no importa si el gato es rojo o azul, sino si se come a los ratones. Particularmente, si es un nalgón, seboso y asqueroso ratón.
Hay polarización en el país. Pero es necesario diferenciarla en dos ámbitos. En el de la opinión pública existen segmentos polarizados a partir de estereotipos. En uno, todo lo que haga AMLO conduce inexorablemente al debilitamiento de la democracia. En otro, toda crítica al actual gobierno proviene de los enemigos de la transformación. Se trata de minorías intensas, porque aún en el espacio público predominan posiciones matizadas, sustentadas en argumentos y no en prejuicios. Aun así, las posiciones extremas contaminan el espacio necesario que pudiera llevarnos a sólidas deliberaciones públicas que reconozcan la otra polarización. La determinante.
En el ámbito de las sociedades locales –urbanas y rurales– ocurre una verdadera polarización social, cuyas expresiones externas son los linchamientos, los ataques armados a comunidades, las guardias de autodefensa, las agresiones entre alumnos, la población desplazada por la violencia, los incidentes cotidianos de agresión individual en las calles, en los bares, en los estadios deportivos. Particularmente, las agresiones hacia las mujeres. El hilo conductor es la constatación de la ausencia del Estado y el recurso a la justicia por propia mano. Estas expresiones espontáneas culminan en explosiones violentas y luego se disipan ante la debilidad de mecanismos de intermediación política. Pero ahí está concentrado la gran acumulación de enojo y rabia que habita en nuestro país.
Reflexionaré a partir de una serie de artículos en torno a AMLO y el obradorismo. Hay que partir nuevamente de las herencias que dejan al nuevo gobierno los últimos 30 años. Luego revisar las restricciones que enfrenta AMLO, particularmente la que desemboca en un crecimiento nulo de la economía y la resultante de un Estado desfalleciente, un gobierno desarticulado y una administración pública maltrecha. Es, por tanto, necesario reflexionar sobre el tipo de reforma del Estado que es deseable y posible. Dedicaré otro artículo para revisar las interacciones de distintos actores sociales y políticos que se mueven en la sociedad mexicana, teniendo por hilo conductor la discusión sobre cómo articular una coalición reformadora. Finalmente, discutiré sobre los dilemas que enfrenta AMLO respecto de la continuidad de su proyecto.
Tomaré, además, de Nadia Urbinati textos que pueden iluminar esta deliberación. Su Democracia desfigurada (2014), donde propone tres deformaciones de la democracia contemporánea: la tecnocrática, la populista y la plebiscitaria. Y su más reciente Yo, el pueblo (2019), que profundiza sobre el populismo y la democracia.

9/08/2019

El circo: papalotes como signos de nuestro tiempo

La Jornada:
Gustavo Gordillo/III

Explicaba Toledo:Hay una costumbre del sur: cuando llega el Día de Muertos, se vuelan papalotes porque se cree que las almas bajan por el hilo y llegan a tierra para comer las ofrendas; luego, al terminar la fiesta, vuelven a volar. Como a los estudiantes de Ayotzinapa los habían buscado ya bajo tierra y en el agua, enviamos los papalotes a buscarlos al cielo(citado por Darinka Rodríguez, El País, 6 de septiembre). Promotor de museos, protestas, papalotes, homenajes a seres fantásticos, de solidaridad con los 43, de defensa del maíz, voz de Oaxaca y de México. Su muerte, pero sobre todo su vida, me permite establecer un puente con los signos de nuestro tiempo.
Así como proliferan personajes autoritarios, impresentables, que hacen daño en sus países y en el mundo, existe un contexto que hace posible una proliferación de movilizaciones en el mundo, a la manera en que la ola de rebeldía juvenil se expandió hace 50 años desde la Polonia comunista, la Francia republicana y el México autoritario. Unos son síndromes de males que convergen del pasado reciente; otros, síntomas de un futuro borroso, cargado de amenazas, pero también de esperanzas.
Tres son factores claves. El maltrato a los jóvenes, sujetos a las más altas tasas de desempleo, a la violencia y a una expectativa sumamente pesimista de progreso y movilidad social. Una insultante desigualdad entre un puñado de muy ricos y amplias masas en condiciones graves de pobreza. La revolución de las telecomunicaciones –tanto en televisión, cine y radio, como en redes sociales– ha generado varias rupturas en términos de distancias geográficas, tiempo real y acceso a la información.
La interacción de esos tres factores es evidente. Jóvenes de todas partes del mundo descubren que su condición de falta de oportunidades existe lo mismo en países desarrollados que en vías de desarrollo, tanto con gobiernos autoritarios como con regímenes democráticos, en Occidente y en Oriente. Hay, desde luego, factores aceleradores, como el desempleo estructural, la mediocridad y la corrupción de las clases políticas. Pero, sobre todo, están presentes los itinerarios específicos de las movilizaciones populares en cada país, en cada sociedad.
Las condiciones de miseria y opresión explican sólo parcialmente las movilizaciones en Hong Kong, Rusia, Argentina o México. Hay gran cantidad de pequeños movimientos, actos de protesta, represiones en pequeña escala y muchos atropellos a los ciudadanos, particularmente a los jóvenes. Dada la escala de esos acontecimientos, rara vez logran ser noticia en tanto no se convierten en movimientos masivos. Es imposible entender las presentes insurgencias sin la ruta de los agravios marcada en ese mapa oculto –a los ojos de gobernantes– que también significa, de manera destacada, el proceso de aprendizaje social de la gente para defender sus derechos.
Carlos Monsiváis decía que quienes se movilizaban habrían de vencer tres obstáculos. El obstáculo de la apatía, la principal barrera entre el ciudadano agraviado, pero indispuesto a actuar contra esa situación. El segundo es el miedo al ridículo, al qué dirán. El tercero es el miedo frente a las medidas que el régimen puede y ha tomado contra disidentes.
En 2011, cuando comenzó este prolongado ciclo de movilizaciones sociales, la revista Time eligió como persona del año a la figura del Indignadopor ser capaz de capturar y enfatizar el sentido global de una promesa incumplida, por haber inquietado a gobiernos y al sentido común, por combinar las más antiguas de las técnicas con las más modernas de las tecnologías para iluminar la dignidad humana y, finalmente, por canalizar al planeta hacia un curso más democrático, aunque también más peligroso, para el siglo XXI, el Indignado es la persona del año. Sigue siendo válido. Quizás un signo frente a las ominosas señales del racismo y el autoritarismo.
Twitter: gusto47

8/25/2019

El circo: las nodrizas del odio



Después de la Segunda Guerra Mundial y para evitar las tragedias humanas que acompañaron a las dos guerras, se generaron dos grandes barreras civilizatorias. Por una parte, Naciones Unidas y el acuerdo de Bretton Woods. La primera, para organizar los temas que requerían cooperación internacional, siendo el mantenimiento de la paz en el mundo el aspecto central. Se generaron dos incentivos para la participación de todas las naciones. El primero fue que cada país independiente era un voto, independientemente de su tamaño físico, el número de habitantes y el peso de su economía y activos militares. El segundo, para asegurar que las grandes potencias triunfadoras en la Segunda Guerra Mundial tuvieran garantías en su participación, fue el diseño del Consejo de Seguridad, con el derecho de veto de esas potencias, a las cuales se añadió, a partir de su entrada en el sistema, la República Popular China.
El acuerdo Bretton Woods, a su vez, estableció mecanismos de gobernanza para un nuevo orden económico, en el cual se confirmó la hegemonía de Estados Unidos.
La segunda barrera civilizatoria fue, hasta cierto punto, una barrera invisible, pero tan eficaz como la primera. Se hizo a base de infinidad de luchas sociales de diversos tipos de minorías y de mayorías tratadas como minoría, como en el caso de las mujeres. Partió de la Declaración Universal de Derechos Humanos, los dos pactos de derechos económicos y sociales, y de derechos políticos y protocolos facultativos. Su efecto civilizatorio impregnó organismos internacionales, nacionales, la sociedad, distintos actores e incluso el lenguaje. Lo políticamente correcto buscaba ser parte de ese valladar contra la discriminación, el fanatismo y el racismo.
Con el crecimiento de países independientes miembros del sistema de Naciones Unidas y la multiplicación de prioridades a atender por agencias especializadas de ese mismo sistema –a petición, frecuentemente, de los miembros más poderosos– se volvió cada vez más compleja la administración de la paz mundial, que fuertemente dependió durante la guerra fría de la amenaza creíble de aniquilamiento.
Lo mismo ocurrió con la gobernanza económica, en la medida en que avanzaba el mundo hacia un sistema de múltiples poderes no sólo estatales, sino crecientemente de consorcios trasnacionales y complejos financieros.
Pero son el 11 de septiembre de 2001 y la crisis económica de 2008 las gotas que derraman el vaso de la gobernanza política y de la gobernanza económica.
Lo que priva desde entonces son los famosos instintos animales, que lo mismo inventan amenazas para invadir países que ejecutan los actos terroristas más horripilantes y despreciables, que dañan el medio ambiente y el futuro del mundo de la manera mas cínica e irresponsable.
Pero todo lo anterior es finalmente alimentado por una serie de empresarios, políticos mediocres y merolicos que desde sus espacios de poder prohijaron la emergencia de los Putin, Duterte, Bolsanaro y Trump. Esos personajes, probablemente, no merecerán ni siquiera un pie de página cuando se escriba la historia de estos años horripilantes, pero han sido clave en el desmantelamiento de estructuras imperfectas e injustas, pero que mantuvieron cierta estabilidad y, sin duda, progreso económico y social. Son, si se quiere, las nodrizas del autoritarismo.
Hoy, los payasos asesinos se ven complementados por segmentos de las sociedades en estado quiliaista.
Kari Mannheim (1973) forjó el tipo ideal de una utopía que denominó quiliaismo. En ese tipo de utopía se trata de reflejar la mentalidad de sociedades tradicionales que se ven desgarradas …Sociedades fundamentalmente agrícolas, caracterizadas por una pérdida total de las certidumbres simbólicas y valorativas.

Twitter: gusto47

7/28/2019

Comunidades para la paz y el bienestar



El ejido es un producto específico de la Revolución Mexicana. Sus rasgos centrales se resumen en la combinación de un aparato de control político y una instancia de representación campesina, que es la consecuencia del injerto de una superestructura político-estatal sobre la sociedad rural. Hoy, ha perdido esas características. No es ya un órgano de control político del Estado y tampoco, salvo en circunstancias muy específicas, un órgano de representación campesina.
Segundo, los propósitos del Estado revolucionario que dieron origen al ejido y que eran recuperar el territorio nacional, redistribuir la tierra, convertir a los campesinos en ciudadanos, producir alimentos suficientes y establecer una nueva gobernabilidad en el campo que sustituyera a la del porfiriato, se cumplieron con creces. Desde ese punto de vista, el ejido y la reforma agraria fueron un éxito.
Tercero, a partir de los años 70, resultado de transformaciones sociodemográficas, modificaciones en las políticas públicas al campo, tránsito de una economía cerrada dependiente de la iniciativa del Estado a una economía abierta impulsada por el sector privado y de una transición de un régimen autoritario supeditado a la supremacía presidencial a uno semidemocrático dependiente de pactos entre partidos, el ejido perdió sus propósitos originales.
Cuarta, las reformas rurales en los 90 enfrentaron la crisis del ejido desde tres ángulos: que los mercados resolverían el tema productivo depurando a los campesinos ineficientes, que el tema alimentario era uno de ventajas comparativas –comprar granos baratos en el mercado externo y vender frutas y legumbres caras– y que el tema de gobernabilidad se resolvía a través de la autogestión desde los ejidos.
Quinta, los mercados no depuraron a los agricultores menos eficientes y no mejoraron la pobreza rural, dado el mediocre crecimiento de la economía en su conjunto. En cambio, la migración internacional se convirtió en la mas importante válvula de escape de la población rural –hasta 2007, cuando comenzó a reducirse en términos relativos y luego absolutos. Paradójicamente, fueron los agricultores con recursos y capital humano la que migró –dado el monto de recursos necesarios como inversión inicial en una migración exitosa, aunque ilegal, a Estados Unidos. La política de ventajas comparativas en términos de alimentos se llevó un inmenso golpe cuando al calor de la crisis de alimentos entre 2007-2008, que elevó vertiginosamente los precios de granos, se prendieron luces rojas en todos los países señalando la importancia estratégica de contar con seguridad alimentaria. La autogestión de los ejidos resultó sólo en algunos ejidos y comunidades que contaban con suficiente capital social para desarrollarse o adaptarse en condiciones de una muy disminuida presencia de los instrumentos de desarrollo del Estado.
Enfrentar los retos en el campo mexicano requiere un nuevo diseño institucional del ejido y la comunidad que garanticen mayor inclusión de otros actores rurales cuya actividad principal no es la agricultura.
Se necesita restructurar el campo desde las comunidades rurales, independientemente de que sean ejido, comunidad indígena o pequeña propiedad. Se necesita un profundo cambio generacional en la conducción de las actividades productiva en el campo. Se requieren instrumentos que faciliten la cada vez mayor presencia de las mujeres. Se necesita un desarrollo sustentable pensando en los ecosistemas, más allá de la agricultura y la ganadería. Se requiere reconstruir la gobernanza local para recupera territorios y fronteras. Se necesitan políticas públicas que no fragmenten, sino articulen a los sujetos sociales rurales. Que no fracturen la política social de la política de fomento rural hacia los habitantes rurales pobres.
Se requieren comunidades para la paz y el bienestar.

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