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5/23/2026

Los diez rasgos de una derecha acomplejada

 Héctor Alejandro Quintanar

"La derecha mexicana carece de liderazgos y prestigio, y por eso tiende a buscarlos afuera".

Los diez rasgos de una derecha acomplejada. Por Héctor Alejandro Quintanar

Desde el terreno de los reaccionarios y panfletistas de poca monta, mucho se pregona acerca de que las izquierdas tienen como característica central algún tipo de resentimiento; cuestión que se expone como si fuera una especie de pecado original que en automático anula sus posiciones políticas. Así, poco importa si desde el espectro izquierdista se dice alguna verdad, ésta será menospreciada porque tiene como motor, presuntamente, a un emisor resentido con algo.

De nada serviría argumentar con los trabajos históricos de don Luis Villoro o Wright Mills, quienes explicaron que las ideas políticas suelen construirse a partir de que el individuo, en su biografía, suele detectar ciertas carencias sociales -sean propias o sean de otros- que merecen ser resarcidas. Y ese proceso de desear solucionar esas ausencias y reflexionar sobre la mejor forma de hacerlo es politización pura. Y tampoco de nada serviría argumentar que en la vida individual y social existen resentimientos legítimos, que moldean la visión y conducta de las personas. No se trata aquí de describir cómo es que se conectan las cuestiones materiales con las emociones válidas -existentes en todo ser humano- en la formación de las ideas, sólo se resalta una obviedad, y esas que la idea de un resentimiento, por sí misma, no anula o falsea a algún emisor que hable desde esa emoción.

De lo que no se habla mucho, sin embargo, es de algo que toma mayor forma en el espectro político y que se exhibe con más nitidez en coyunturas como la de los días recientes, donde una Gobernadora panista abre las puertas a la injerencia estadounidense, o se recibe a una politiquilla española como Díaz Ayuso como cantante de pop en una gira por México. Y eso que no se habla demasiado y que debería exponerse es que un fundamento central de ciertas derechas es, llanamente, una personalidad acomplejada, recurrente a las exageraciones o peor, autoengaños, compensatorios, que se convierten en un imaginario colectivo digno tanto de estudio como de alarma. Ante eso, aquí una lista breve, un decálogo de rasgos de una derecha mexicana acomplejada, mismo que tiene más fines de ánimo jocanti que sociológicos, pero quizá, como suele ocurrir en la broma, alguna verdad se cuele.

  1. Importa liderazgos de afuera, porque sabe que adentro no importa. Así, desde traer al franquista José María Aznar en febrero de 2006; al golpista brasileño Sergio Moro en 2017; al facho Santiago Abascal y al partido Vox en 2021, a la nobiliaria Cayetana Álvarez en 2024; hasta invitar a la reaccionaria Isabel Díaz Ayuso en 2026, son hechos que marcan una pauta persistente: la derecha mexicana carece de liderazgos y prestigio, y por eso tiende a buscarlos afuera. Lo curioso es que lo hace entre personajes anodinos cuando no abiertamente desprestigiados, corruptos o antidemocráticos.
  2. No sólo tergiversan la historia: de plano la falsifican. Ello, porque es muy pesado asumir el complicado pasado mexicano, donde hubo un exterminio y conquista multifactoriales cuyas taras, como el racismo, tienen vigencia hoy. Por eso, en vez de asumir realidades con madurez y crítica, les resulta mejor inventarse un encuentro amoroso encabezado por un padre aventurero como Hernán Cortés y una legión civilizatoria que vino a quitarle lo salvaje a los indios. Ficción que, curiosamente, se asemeja mucho al discurso del fascismo de Vox en Europa, obsesionado en decir que España nació en el siglo VIII en la Batalla de Covadonga contra los moros, para reivindicar el catolicismo; y en decir que ellos después ejercieron un colonialismo bueno y evangelizador en América, a diferencia de Inglaterra, que ejerció un colonialismo malo y exterminador en sus colonias norteñas de Aridoamérica.
  3. Conferir su identidad a banalidades propias de la diversidad humana. Así, son capaces de negar la crítica a las taras del colonialismo en México con argumentazos del estilo “de no ser por España hoy no hablarías español”; o “de no ser por España no habría tacos de carnitas”. Eso sí, se enojan con facilidad de forma febril y zapatean con fiereza el suelo cuando alguien les recuerda que la lengua española actual o la cocina ibérica serían imposibles sin el legado árabe en ellas; enojo tal cual le ocurre a los neofranquistas de Vox, a quienes se les olvida que a su amada momia dictatorial, Francisco Franco, sentía reverencia por el mundo árabe por su estancia militar en Marruecos.
  4. La prepotencia con el de abajo y el servilismo con el de arriba. Si bien esta característica es propia de la personalidad autoritaria tan frecuente en las derechas, tratan de esconderla en la parte más mítica del mestizaje y la negación de que existan aún estructuras de desigualdad en México. Eso sí, cuando una politicastra del Partido Popular español viene a México y ni se digna a escribir correctamente el nombre del país que la recibe, se publican panfletos bochornosos donde se justifica su bravata; en un acto de sumisión que nos recuerda al besamanos de los presidentes de derechas frente a Trump, en la reunión del Escudo de las América, donde les dijo que, aunque fueran mayoría, no aprendería “su maldito idioma”.
  5. Dota de autoridad intelectual a la pacotilla del pensamiento. Así, entes esperpénticos como el ripioso cantantucho Nacho Cano (con su visión supremacista de la Conquista), o el poetastro de quinta Carlos Baute (con sus invectivas racistas en Madrid) se tornan no sólo en epítome de la manera de pensar de las derechas, sino en sus filósofos más insignes.
  6. Recurre a plataformas mediáticas no para informarse, sino para confirmar sus prejuicios. Desde Goebbels, para quien una mentira repetida mil veces se torna en verdad; hasta Raymundo Rivapalacio, para quien “la verdad ya es irrelevante”; el acto de informarse es innecesario, pues basta escuchar a las estridencias más engañadoras o a las letrinas más sucias -estilo la Derecha diario, dirigida por un gachupín de apellido Negre y un ciberpiojo anodino del tío Richi-, para lograr lo obvio: no el construir una visión crítica de la realidad, sino encerrarte en un mundito de prejuicios azuzados por quien te dice no la verdad, sino lo que quieres escuchar.
  7. Mide con criterios distintos fenómenos parecidos y simultáneos. Así, es capaz de comparar a los mexicas con los nazis porque hacían sacrificios humanos, pero no interpreta con el mismo rasero las matanzas religiosas que al mismo tiempo se perpetraban en todos los pueblos europeos y la inquisición.
  8. Posee una identidad frágil pero una autopercepción de superioridad sólida. Con esa tara, es capaz de sentirse europeo con ínfulas nobiliarias y heráldica pura sólo porque uno de sus treinta y dos tataratatara abuelos nació en alguna aldea perdida del sur español, aunque él haya nacido en Zapopan o Cholula.
  9. Enfatiza precisamente que quien le cuestiona los ocho anteriores elementos es justamente porque está resentido o le tiene envidia.
  10. Por último, y como toda franja de derechas más sectarias, es un victimario con discurso de víctima. Aunque reproduzca los peores vicios vigentes desde el sistema de castas, como el racismo, él se sentirá agraviado si se critica algún privilegio de clase y aludirá a entelequias del estilo del “racismo a la inversa”.

En suma, mucho del discurso de las derechas mexicanas que se postran ante aventureros políticos foráneos que vienen aquí a ocultar sus iniquidades locales, es un disfraz compensatorio, un intento de sentirse ajenos a un país como México, del cual para ellos sobresale una paradoja: se sienten dueños de él aunque en el fondo lo detesten.

5/17/2026

Isabel Díaz Ayuso y la derecha importadora de fracasos

 Héctor Alejandro Quintanar

"Díaz Ayuso quiso llegar con ínfulas de reconquista como Isidro Barradas, y terminó yéndose del país como portadora solamente de insidia y burradas".

Isabel Díaz Ayuso y la derecha importadora de fracasos. PorHéctor Alejandro Quintanar

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, quiso llegar a México como si fuera el General Isidro Barradas en 1829, en ánimos de reconquista y de recuperar un territorio que sienten no sólo suyo sino subalterno. Desde luego, en el año 2026 la politicastra madrileña no arribó con miles de soldados bajo su mando para librar una batalla física en Tampico, pero sí vino con las ínfulas propias de quien siente que tiene derecho a adentrarse a una casa ajena a mandonear.

La presencia de Isabel Díaz Ayuso en México resultó mucho más irrelevante que su ausencia en España, por una razón sencilla: como recordó Luis Hernández Navarro, la situación de la política del Partido Popular en su país no puede ser más desafortunada, porque acarrea añejos casos de corrupción desde la pandemia y hoy es una pinza de sus mentores, el panfletista exministro de José María Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, con quien ha ejercido desde la capital ibérica un gobierno desaseado que exhibe no sólo la improbidad sino también la escasa humanidad de las derechas, que dejaron en el abandono a los sectores más vulnerables en el momento más crítico de la epidemia de COVID hace pocos años.

Así, la visita de la señora Díaz Ayuso a México fue una especie de huida ante la luz pública, un refugio temporal de sus dislates, o, en el mejor de los casos, unas vacaciones a costa de los erarios español y mexicano; donde la señora pretendía llegar a un país multiétnico y multicultural a pontificar sobre la magnanimidad de Hernán Cortés y sobre por qué debemos estar agradecidos de que el conquistador y sus huestes llegaran a civilizarnos, lo que en la estrecha cabeza de las derechas significa el haber impuesto a la fuerza una religión y valerse de un sistema jerárquico que no sólo acabó con más del sesenta por ciento de la población originaria, sino que sentó las bases de una estructura colonial cuyas taras lacerantes, como por ejemplo el racismo, siguen vigentes.

En otras palabras, a diferencia de Isidro Barradas, que vino a dar una batalla armada de reconquista en el siglo XIX, la señora Díaz Ayuso vino a dar un intento de batalla cultural en el siglo XXI, a través de coartadas muy pobres en calidad, aunque no en lo monetario, como fue una vinculación con la Feria de Aguascalientes, la recepción de algún premio insípido ahí; un intento de misa reivindicativa de Cortés en la Catedral de la Ciudad de México; una reunión con la narcisista Alcaldesa de la Cuauhtémoc en Ciudad de México; una reunión con los cuatro gobernadores del Partido Acción Nacional, una conferencia en la Universidad patito de Ricardo Salinas Pliego, y una invitación a un acto de premios cinematográficos en Xcaret.

En ese proceso sobresalieron un par de aristas, una de contenido y otra logística. En ese sentido, el contenido del discurso de la señora Isabel Díaz Ayuso fue un pergeño ripioso de la Guerra Fría, porque acusó que el indigenismo es el “nuevo comunismo”, mal del que se debe salir; y acusó también, en un discurso ramplón y carente de cualquier evidencia, que México y España son ejemplos de países donde ha muerto la democracia porque no se respetan las reglas electorales que son de todos. Sin ofrecer un solo dato concreto, y obviando que, en el caso mexicano, las elecciones por primera vez en 2021 dejaron de tener derroche del erario federal para compra de voto y en 2024 la candidata del PRIAN tuvo equitativa presencia mediática y se le perdonaron recursos ilegales en campaña -como los invertidos en la red sociodigital X-, la señora Díaz Ayuso emitió una arenga obtusa, fantasiosa, que sin embargo pudieron haber firmado los transitólogos que se creen liberales en el país.

El anticomunismo, como han planteado Ernesto Bohoslavsky o Marcelo Casals, más que una ideología política es un intento de pensar el conflicto político y de construir antagonismos, donde al adversario se le quiere anular, muchas veces usando vías no democráticas o ilícitas, para señalarlo no como alguien con ideas equivocadas, sino alguien de existencia ilegítima; y siempre al presunto comunista se le acusa de ser una fachada, mascarada o caballo de Troya de una fuerza extraña y maligna que opera desde las sombras, llámese satanás, judaísmo, masonería, Unión Soviética, Foro de Sao Paulo, Foro Puebla, Venezuela, La Habana, el Castrochavismo o una unión intergaláctica narco-socialista.

Así, Díaz Ayuso llegó a México a decir nada nuevo, salvo en el estilo, al olvidar que en el país el único narcogobierno documentado es el del panista Felipe Calderón, un tipejo peligroso cuyo brazo de seguridad está hoy completamente preso o confeso de crímenes del narco, pero al que quizá el partido de la señora Díaz Ayuso respeta porque en 2007 tuvo la intención demagógica de abrir una sede panista en Madrid, llamada Europan, para estrechar vínculos con el Partido Popular, mientras en México, en ese mismo año, el Tec de Monterrey, de manera vergonzosa, le daba una cátedra al señor José María Aznar sobre “Liderazgo”, olvidando acaso que ese homúnculo fue el responsable de la ignominia de que España secundara el genocidio de Bush en Irak en 2003, labrado con la mentira de las “armas de destrucción masiva”.

Así, la dimensión de contenido de la visita de Díaz Ayuso fue un refrito trasnochado de los peores prejuicios de la Guerra Fría, embadurnados asimismo con la necedad de querer explicarle a los colonizados por qué le deben rendir pleitesía al colonizador. En lo relativo a la dimensión logística, sin embargo, es donde está el verdadero legado de la presidenta de la comunidad de Madrid, porque sin más su gira vacacional con cargo al erario fue un fracaso de dimensiones catastróficas.

Cancelada su misa en Catedral, reunida con lo peorcito de la opinión pública en la zahúrda de Salinas Pliego; fotografiada con cuatro gobernadores grises donde la que más sobresale lo hace por violar la Constitución y permitir injerencias de la CIA; en un hecho cuya foto dimensiona el tamaño real de Acción Nacional y su crisis electoral; y cancelada su verbena y verborrea en Xcaret, no hay nada memorable a su favor en su visita a nuestro país sino lograr sólo un apodo descriptivo para la señora que ya se asume la Díaz Ayuso mexicana: Alessandra Rojo de la Vega, a quien desde Madrid ya llaman la “Alcaldesa de poca monta”.

Consciente de su reverendo fracaso, la funcionaria madrileña optó por acortar su estancia y cancelar sus últimos cinco días y actos en México, pero como buena kamikaze política, y en pretensión de llevarse a algún inocente en su caída, Díaz Ayuso tuvo el descaro de mentir como Goebbels y acusar que se iba porque había un clima de boicot en su contra perpetrado por la Presidenta de México, que según ella presionó a Xcaret para cancelar su foro, hecho que la propia organización desmintió. Poco importa, para las hordas fanatizadas de las derechas mexicanas, esa verdad será irrelevante y culparán de su fracaso a Claudia Sheinbaum hasta el fin de los tiempos.

Así, la señora Díaz Ayuso se suma a una caterva innoble. En febrero de 2006, el PAN trajo a México a José María Aznar a violar la ley electoral y a dar banderazo de salida a la campaña fascista ilegal más cara en la historia hasta ese momento: la del “peligro para México”. En 2017, los porros de Claudio X. González trajeron a la capital mexicana al juez golpista Sergio Moro, mafioso que desaforó a Dilma Roussef y luego sería Ministro del fascista Jair Bolsonaro en Brasil. En 2021, el PAN trajo al Senado mexicano a Santiago Abascal de Vox, cuyo fascismo estruendoso fue tan vergonzoso que el propio PAN se arrepintió de su cháchara; y en 2024, traída por el magnate evasor Ricardo Salinas Pliego, llegó a México Cayetana Álvarez de Toledo, en una visita perfectamente olvidable.

La lección sin duda es clara. El PAN y el conservadurismo no entendieron que traer a politicastros derechistas en desgracia o bancarrota moral a tratar de sanearse a México y con ello dar lustre a la derecha local, es algo tan ridículo como traer a un estafador prófugo a que venga a ser tu especialista contable a tu empresa en quiebra.

El PRIAN mexicano no se ha dado cuenta de ello, y por eso deifica o trata como heroína a una mujer grisácea, con lozas políticas pesadas sobre la espalda, mientras ella, un poco más aguzada que sus anfitriones, se dio cuenta de su fracaso y prefirió darle la espalda a sus epígonos rastreros en México. Y con ello, selló un destino. Si Díaz Ayuso quiso llegar con ínfulas de reconquista como Isidro Barradas, y terminó yéndose del país como portadora solamente de insidia y burradas.

5/10/2026

Morena, Sinaloa y la soberanía

Héctor Alejandro Quintanar

Morena, Sinaloa y la soberanía

"Con el trabajo que ha hecho la 4T en desarrollo social, el reto de Montiel será mantener al partido como vanguardia de esa arista".

Morena, Sinaloa y la soberanía. Por Héctor Alejandro Quintanar

Como resultaba previsible, el fin de semana pasado en su Congreso Nacional Morena formalizó a Ariadna Montiel como dirigente del partido. Luego de participar con dos presidentes distintos en la Secretaría de Bienestar, su llegada supone una vivificación de una tesis fundacional morenista, labrada el 20 de noviembre de 2012, cuando se creó la cartera de Bienestar como una de las instancias operativas del movimiento, con el objetivo no sólo de darle identidad progresista, sino también de arrebatarle esa causa al entrante Gobierno de Peña Nieto, que en ese momento ya presumía a Rosario Robles como Secretaria de Desarrollo Social, en una decisión que el priista asumía como un giro progresista de su Gobierno y terminó en la Estafa Maestra.

Con ese antecedente, y con el trabajo sin precedentes que han hecho los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación en el rubro del desarrollo social, el reto de Montiel será mantener al partido como vanguardia de esa arista. Luego de ocho años de notables éxitos electorales de parte del partido, que no necesariamente han devenido en consolidación del proyecto a nivel local, la sustancia identitaria de Morena tendría que ser la prioridad, más allá de lo electoral.

El discurso de Montiel, sin embargo, se acotó a la coyuntura política, dominada por el caso de Rubén Rocha Moya como Gobernador con licencia, ante acusaciones de Estados Unidos, que en México encabezó el Embajador Ronald Johnson, de que se trata de un aliado del Cártel de Sinaloa, señalamiento contra él y contra otras nueve personas, donde destaca el Senador por la misma entidad Enrique Insunza, más el Alcalde de Culiacán y jefes policiacos en el estado.

La acusación contra Rocha no tiene precedentes, porque nunca se había anunciado un señalamiento así a un Gobernador en funciones y protegido por el fuero constitucional. Más allá de eso, tendría que acreditarse una imputación tan delicada. Nadie duda hoy que Rubén Rocha ha sido un Gobernador ineficiente en todo aspecto. Pero entre la ineptitud y la colusión con el crimen organizado hay una grieta que hoy tendría que solventar con pruebas el gobierno de Estados Unidos, que hasta el momento no ha expuesto más que banalidades. No se trata de exonerar o condenar a priori a Rocha Moya, pero sí de resaltar que una acusación como la expuesta necesita acreditarse con prontitud.

Dadas las escasas pruebas que ha presentado Estados Unidos -con el Embajador Johnson como punta de lanza-, es de suponer, como recordaba Mike Vigil recientemente en una entrevista en SinEmbargo, que detrás de la decisión no haya ningún intento de justicia ni ninguna ética antinarco, puesto que históricamente eso no le ha importado al gobierno de los Estados Unidos, cuyos paramilitares entrenados, por ejemplo, no tuvieron empacho en unirse a cárteles al fin de la Guerra Fría. Ni tampoco eso le ha importado a Donald Trump, personaje siniestro que incluso ha indultado a narcos comprobados, como el expresidente hondureño Orlando Hernández, con tal de vivificar a la derecha de ese país.

Pareciera, según plantea Vigil, un contragolpe político luego de la exhibición de que la CIA trabaja abiertamente con una Gobernadora panista, como la chihuahuense María Eugenia Campos, en un acto violatorio de la Constitución, como aceptó tácitamente el exfiscal de la entidad César Jáuregui en su demagógica carta de renuncia. Aquí, más allá de resaltar lo absurdo que sería una operación así para desmantelar un único laboratorio de narcóticos, que ni siquiera se ha acreditado como el gigantesco aparato de producción criminal que Ricardo Anaya presumía que era, vale recordar que esa operación no es sólo una violación a la soberanía.

Y es que parece que el panismo olvida qué es la CIA y cómo ha operado en el llamado Tercer Mundo en general y en América Latina en particular, donde ha sido gestora o acompañante de las peores realidades latinoamericanas de los últimos ochenta años. Desde la importación de estrategias terroristas de presunta contrainsurgencia, como fue la Operación Fénix en Vietnam, que en Sudamérica dio pie a la Operación Cóndor, hasta la manufactura o apoyo a los golpes de Estado de la región, no hay nada que los latinoamericanos le deban a la CIA en términos de democracia o de seguridad.

Con esos antecedentes, y un largo historial de adicción por desestabilizar lo que no les gusta a los gobiernos estadunidenses, ¿qué proyecto democrático y saludable podrían tener en común una instancia como la CIA y una Gobernadora como la señora Eugenia Campos? Sobre todo en el entendido de que su entidad destaca como una de las peores en términos de seguridad y de combate a los delitos más lacerantes contra la sociedad, como secuestro, extorsión y feminicidio, como ha expuesto con cifras contundentes el Senador y exgobernador chihuahuense Javier Corral en numerosos foros.

Más que una ayuda desesperada o una coordinación institucional, el vínculo del Gobierno chihuahuense con la CIA resalta por su tufo injerencista y por sus actividades sospechosas, todavía agravadas por el hecho de que la Gobernadora y el exfiscal Jáuregui señalan la responsabilidad de toda la operación a un funcionario que también falleció en el accidente, Oseguera Cervantes, como si se le tomara como chivo expiatorio de algo que es indebido.

La reacción del PAN, sin embargo, es muy reveladora en ese sentido, pues en vez de cuestionar a una compañera que cometió una arbitrariedad, como lo mandata el sentido común, y como, en los hechos, lo hace Morena al declarar que no meterá manos al fuego por nadie y exaltar los filtros anti-corrupción con miras a 2027 como señaló Ariadna Montiel en su primer discurso como dirigente morenista, hoy el PAN no sólo victimiza a Campos, sino que la glorifica, y hasta como posible candidata presidencial la expone.

Esa inercia destructiva de una derecha no leal es dañina no sólo para el país, sino para la oposición misma, que no detecta que el berrinche eterno y la ciega impugnación de todo ante su adversario puede implicar no sólo exhibir su alma entreguista ante los Estados Unidos, sino también un tiro en el pie, donde buscan santificar a quien tiene notables adeudos políticos con su propia entidad. Pero eso es la oposición partidista en México desde 2018, un cuerpo político que no ve problemático darle la espalda a sus electores, mientras le da la lengua, mediante lamidas de suela, a un país que históricamente ha sido abusivo con México, como Estados Unidos, y que particularmente con Trump, ha sido un reto brutal que pone en vilo no sólo al país, sino a América Latina. Esa apuesta del PAN, o de cualquiera, no puede ser sino fallida.

5/03/2026

Un nazi en Teotihuacán

Héctor Alejandro Quintanar

"El nazismo en México ha sido un fenómeno marginal pero relevante cuya trayectoria incide en las derechas contemporáneas".

Un nazi en Teotihuacán. Por Héctor Alejandro Quintanar

El pasado 20 de abril un sujeto de nombre Julio Jasso perpetró una balacera en Teotihuacán, ataviado con pantalones y botas tácticas y cubierto el rostro con un cubrebocas y lentes oscuros. En su crimen, el tipo asesinó a una persona y dejó lesionadas a varias, todas ellas turistas, en una barbarie que acompañó con una serie de bravatas en contra de los extranjeros y lanzaba amenazas mortuorias; y quien, luego de ser rodeado por agentes de seguridad que repelieron el ataque, se suicidó.

La versión oficial de las autoridades, expuesta por el Fiscal mexiquense Luis Cervantes, explica que el hombre padecía algún tipo de problema psicológico y que fundamentalmente su crimen fue una estrategia de imitación, que en inglés se conoce como copycat. Aunque Cervantes no especificó qué hecho copió Jasso, se intuye que se trata de la masacre de Columbine, perpetrada por dos adolescentes estadunidenses exactamente el 20 de abril de 1999, misma que el propio Jasso reivindicaba en sus perfiles de redes sociodigitales.

A pesar del suicidio del perpetrador del ataque, que en apariencia cerraría el caso, es necesario compartir algunas líneas sobre el aspecto ideológico que rodea al hecho. En primera instancia, en un detalle que no es menor, el crimen cometido por Jasso ocurrió exactamente la fecha de cumpleaños de Adolfo Hitler, cuestión que en Columbine resultó incidental, pero en el ataque en Teotihuacán podría ser reveladora, porque de entre lo poco que se sabe del tirador es que, efectivamente, era admirador de las ideas del nazi alemán.

Y aquí resalta un hecho. El nazismo en México ha sido un fenómeno marginal pero relevante cuya trayectoria incide en las derechas contemporáneas. Bien vale hacer un breve recorrido de ese fenómeno para tratar de entender al tipo de gente que interpela y las consignas y prejuicios que enarbolan.

En noviembre de 1922, poco después de la marcha de Roma de Mussolini, se fundó en México el Partido Fascista Mexicano, un grupúsculo irrelevante de fifíes decadentes, como los llamó el historiador y periodista Carleton Beals, cuya mayor preocupación era oponerse al proyecto agrario de la Revolución Mexicana y reivindicar el carácter religioso del país, al cual la Constitución Mexicana sentían había vulnerado.

Si bien ese partido no tuvo impacto político mayor, parte de su agenda religiosa asemejó mucho a la de los cristeros en el alzamiento estallado en 1926 en oposición a la ley Calles; en un grupo conformado por soldados religiosos donde algunos creían combatir un real anticlericalismo del gobierno posrevolucionario mexicano, pero una parte importante de los alzados estaba compuesta por fanáticos envilecidos y violentos que querían un retroceso antisecular en México y devolver el país a las catacumbas del oscurantismo.

La cristiada fue un vehículo y correa de transmisión de dos consignas. Una tenía que ver con el conservadurismo religioso mexicano debilitado desde la Guerra de Reforma de 1857, y otra tuvo que ver con importar, a través del respaldo que dio el Vaticano a los alzados cristeros, ideas del pensamiento reaccionario europeo; donde en ese momento el Papa, asustado por la reciente consolidación de la Unión Soviética, pensaba que se avenía una revuelta mundial comunista y que habría que hacerle frente a como diera lugar. Pensamiento que compartían personajes como Mussolini, y, luego de 1922, un austriaco mudado a Baviera de apellido Hitler.

Así, la cristiada reconfiguró el pensamiento de las derechas mexicanas, que tuvieron un derrotero antidemocrático en la creación de grupos armados, como los Camisas Doradas de Nicolás Rodríguez, opuestos también al agrarismo revolucionario, y en organizaciones secretas, fanatizadas, partidarias de la violencia, cuya consigna, al igual que los Camisas Pardas alemanes, era oponerse a una presunta conspiración judeo-masónica-comunista en el mundo.

Pero esta inercia fascista tuvo presencia también en grupos políticos protagónicos de la vida pública mexicana del siglo XX. Ahí resaltan dos. El primero de ellos fue el Sinarquismo, movimiento protopartidista numeroso en el centro del país que, si bien era una especie de cristerismo por la vía pacífica, entrañaba personajes reivindicadores del fascismo, como los publicados por la Editorial Jus de Salvador Abascal. Y el otro fue ni más ni menos que el PAN, partido cuya vena fundadora corrió a cuenta de intelectuales, abogados, clasemedieros ilustrados y más sectores demócratas. Pero también tuvo una raíz en una cauda de nazis declarados o franquistas furibundos, como Jesús Guiza o los panistas que escribían en la revista nazi La Reacción (?).

La consolidación de la Guerra Fría en la década de 1950 acrecentó la ansiedad de estos grupúsculos y corrientes que, pese a la derrota del fascismo en 1945, y alineados con la dictadura franquista, a la que como mexicanos se sentían cercanos, vivieron momentos de activismo y ansiedades permanentes bajo la idea trasnochada de que se avenía una revuelta comunista mundial y ya no había dique contra eso en Europa.

Con el paso de los años, esos grupúsculos fueron ganando presencia en partidos políticos como el PAN, en aras de tener participación electoral, y llegaron al poder en partes del gabinete de Vicente Fox en 2000, donde nombres como el hijo del sinarquismo Carlos Abascal o abiertos fascistoides como Ramón Muñoz, perteneciente a las organizaciones secretas como El Yunque, dieron identidad ultraderechista al que se pretendía como gobierno plural del primer Presidente panista en la historia.

En ese tránsito, el fascismo y las simpatías por Hitler, al igual que en Europa, se atrincheraron en grupúsculos automarginales o ínfimos, como el club de lectores de la literatura nazi del panfletista Salvador Borrego, biógrafo de Hitler y primer negacionista del Holocausto en lengua castellana; y en grupos juveniles de rock pesado o expresiones de la contracultura reaccionaria, como el Frente Nacional por la Familia de 2016, apoyado por una célula de neonazis que, haciendo más el ridículo que ruido, salieron a marchar en ese año en favor de la “familia natural” y en contra de los grupos LGBT.

Las ideas supremacistas, patriarcales y violentas de estos grupos se mantuvieron en varios personajes de la política, que en sus respectivas plataformas debieron verse obligados a enfrentar resistencias y matices a su proyecto dañino, mientras que los grupos marginales fascistas han padecido en México una saludable irrelevancia.

De ahí que resalte la importancia de un personaje como Julio Jasso, quien reivindicando esas ideas perpetró un crimen indecible que se asemeja al de los múltiples que ocurren en Estados Unidos cometidos por hombres blancos llenos de incertidumbres en sus vidas. Es quizá la primera vez que con estos indicios ideológicos se comete un crimen motivado por la patraña fascista en el país y se hizo contra turistas extranjeros, cuya nacionalidad resulta más relevante que el escenario, un sitio arqueológico del cual el perpetrador no hizo ninguna reivindicación. Así, no es que Jasso resaltara su identidad mexicana, más bien sólo explotó su xenofobia.

Y justamente con eso en mente, bien valdría la pena poner en la mesa dos reflexiones: la primera de ellas, resaltar a los responsables que han hecho del discurso de odio o de la banalización del fascismo en el debate público, como los orcos iletrados que creen que el fascismo es simplemente la estética militar o alguna otra sandez.

Y también debemos preguntarnos qué consecuencias tiene en el país la precariedad y la ausencia de cuidado de la salud mental. Porque hay que decirlo, si bien es injusto decir que todas las derechas son nazis, es verdad que todos los que perpetran discursos de odio en México son de derechas fascistoides. Y nunca está de más exigirle cuentas al odio y mentiras que este sector completo del espectro político esparce, y que luego sólo sirve de insumo para radicalizar a las peores minorías de este país.

4/26/2026

Claudia Sheinbaum en Barcelona y la derecha en Madrid

 Héctor Alejandro Quintanar

"Mientras cinco presidentes a la izquierda trataron de hacer un llamado a la racionalidad política desde Barcelona, su contraparte sobresalió por organizar un berrinche colectivo".

Claudia Sheinbaum en Barcelona y la derecha en Madrid. PorHéctor Alejandro Quintanar

En el año 2020, en plena pandemia de COVID, la capital española sobresalió en el mundo de habla hispana cuando se formó el Foro Madrid, un espacio formativo de la extrema derecha, instado por el partido post-franquista, o postfacista, da lo mismo, llamado Vox. A pesar de su origen en la península ibérica, y a ser iniciativa de una organización cuya xenofobia rancia la hace ser incapaz de entender su propio ombligo, el Foro de Madrid tenía la mirada puesta más allá de las fronteras españolas.

Con un neologismo simplón, ese espacio se definió por la defensa de una supuesta “iberósfera”, que es una manera de denominar a los países, fundamentalmente de América Latina, donde España tuvo presencia colonial y que hoy comparten lengua e incidencia católica con la llamada madre patria.

Pero la mirada sobre América Latina de esa ultraderecha no es solidaria sino con ínfulas de reconquista. Vox y el Foro Madrid sustentan su visión no en una lectura conservadora de la historia, sino en su cínica falsificación, como demostró un grupo de historiadores coordinado por Jesús Casquete en años recientes. En la cauda de mentiras deplorables con que Vox y la ultraderecha distorsionan la historia, sobresale una muy importante relativa al subcontinente latinoamericano.

Ahí, esa derecha oscura piensa que ejerció contra América Latina una especie de colonialismo bueno, a diferencia del colonialismo “malo” británico, que llegó a tierras americanas para ejercer ante todo un exterminio. Según esta visión oscura, la colonia española, en cambio, se dedicó a encontrarse, mejorar, abrazar y, en una palabra, civilizar en América a una horda de bestias malcriadas pero inocentes de su propia maldad a la que había que dotarles de alma cristiana.

Este cuento da sustento a la iberósfera, que en el fondo no es más que un intento contemporáneo de relegitimar prácticas de abuso, como la presencia de empresas españolas lesivas en la región latinoamericana, como Iberdrola, Repsol o Santander. Con un desdén histórico a los abusos coloniales (donde de paso se niegan, por ejemplo, la presencia e influencia árabe en España), esta visión de las derechas es sólo un intento de darle lustro a los cipayos locales, estilo Felipe Calderón, para hacer pasar sus corruptelas a favor de empresas españolas como hechos respetables.

Pero también ese año 2020 en Madrid significó una intentona de coordinación geopolítica de las derechas, que, en un tono trasnochado de la Guerra Fría temprana, acusaron que hay una especie de epicentro mundial del comunismo, sito en el Foro de São Paulo o el Grupo Puebla, que, como si fueran el Moscú de otros tiempos, coordina desde el empíreo a los gobiernos de Venezuela, Cuba, Nicaragua más lo que se acumule.

En esta mentalidad reaccionaria y conspirativa, propia del fanatismo envilecido, Madrid se yergue como un supuesto dique contra eso. Cien años después del Eje Berlín-Roma-Madrid, que unió a Hitler, Mussolini y Franco en una Anti-Comintern contra la revolución socialista mundial, hoy la capital española se pretende como una barrera contra el “comunismo” y el “narco” y otras añagazas que necesitan imaginar en sus adversarios y omitir en sus aliados. Pensemos, por ejemplo, en el caso más documentado de narcogobierno en México, el de Felipe Calderón, con media nómina de su brazo de seguridad en la cárcel por narcotraficantes, pero que como dio tantas facilidades a Iberdrola en su sexenio, intentó abrir una oficina del PAN aliada al Partido Popular español, llamada Europan, y ser hoy un guarecido en esa Madrid, es visto desde esa derecha oscura como un catedrático respetable de la fundación FAES de José María Aznar, y no como el homúnculo corrupto y peligroso que realmente es.

Con ese antecedente de la política madrileña, era esperable la reacción de derechas ante la cumbre por la democracia que reunió en Barcelona a la Presidenta de México Claudia Sheinbaum, al mandatario uruguayo Yamandú Orsi; a los presidentes colombiano y brasileño, Gustavo Petro y Lula Da Silva; con el Presidente español Pedro Sánchez como anfitrión.

Ese foro recalcó la importancia de la democracia acompañada de bienestar; recordó la relevancia de la soberanía nacional; dio pábulo a una crítica a los bloqueos y belicismos que hoy tienen en vilo al mundo y, sin nombrarlo, se posicionó en contra de la política histriónica y destructiva de Donald Trump.

Ese grupo tuvo presencia de los mandatarios de los tres países más poblados de América Latina: Brasil, México y Colombia, que, con sus casi 400 millones de personas representan más de la mitad de la población del subcontinente y las dos economías más importantes de la región. Y con mesura, se posicionaron en aras de una geopolítica sin guerras ni directrices imperialistas. 

Es decir, hicieron un llamado a una mínima decencia y moderación para crear una coexistencia pacífica entre los habitantes del planeta tierra. Por eso resaltó que a la par de esa cumbre importante, la derecha madrileña, haciendo gala de querer ser capital mundial del fascismo lacayuno, haya visto la necesidad de crear su propia reunión para contrarrestar al “aquelarre comunista”, como lo definió el partido Vox.

Y su reunión fue básicamente una invitación de parte de la presidencia de Madrid, en manos de la señora Isabel Díaz Ayuso, para que la indigna María Corina Machado fuera ahí a recibir una medalla a algún mérito inventado, que esperemos no regale al fascistoide Donald Trump o al genocida Netanyahu-Mileikoski; y a impostar un presunto baño de Pueblo en la Puerta del Sol, donde se reunió un grupo de personas que, muy pronto, reveló su esencia.

Entre esa muchedumbre, resaltó su pensador más importante, un ripioso cantantucho de nombre Carlos Baute, venezolano, quien lanzó la que tristemente será su verso más recordado en su vida y que revela la estructura ética de su escaso ingenio, cuando en vez de lanzar alabanzas a la indigna Machado, se dedicó a lanzar bravatas racistas contra Delcy Rodríguez, azuzando a mucha chusma elitista reunida en Madrid a que gritara la frase “fuera la mona”.

Como si fueran vulgares barrabravas neonazis de la hinchada de futbol del club Villarreal, o de los fascistas del Ultra Sur del Real Madrid, que suelen lanzar plátanos y llamar “macacos” a los jugadores afrodescendientes de equipos rivales; las hordas coreadas por Baute dieron el único discurso memorable, por racista y revelador, que opacó por completo cualquier bagatela que haya dicho la señora Machado y su anfitriona Díaz Ayuso.

Como lo recuerda el dicho, si en una mesa hay seis personas donde tres son fascistas, los seis son fascistas; en una plaza pública donde se corea multitudinariamente una barbajanada racista convierte a todos los integrantes en racistas por acción u omisión. Lo mismo ocurrió en la presunta marcha de la mal llamada generación Z en México en noviembre pasado, donde todo de ella fue olvidado salvo las consignas nazis judeófobas que un grupo de cretinos escupió contra la Presidenta Claudia Sheinbaum.

De ese modo, mientras cinco presidentes a la izquierda trataron de hacer un llamado a la racionalidad política mínima desde Barcelona, su contraparte sobresalió por organizar un berrinche colectivo. Así quedará recordada la mojiganga reactiva de la derecha madrileña: reunidos no en la Puerta del Sol sino como si cantaran “Cara al sol”, el himno del fascismo español, y donde premiaron a Machado, una mujer que ya pasó a la historia como una lacayuna indigna de las dos peores amenazas del siglo XXI, Trump y Netanyahu; y donde el pensador más importante fue un compositor de pacotilla, el tal Baute, cuyo ingenio grisáceo pasó de escribir soporíferos berridos como “Colgado en tus manos” a escribir consignas racistas que lo evidencian como alguien colgado mentalmente en el siglo XIX.

4/19/2026

Italia, el fascismo y el Mundial de 2026

 Italia, el fascismo y el Mundial de 2026

VIDEOCOLUMNA

Héctor Alejandro Quintanar

"Mussolini interfirió para que Italia ganara el Mundial de 1934, no sólo amenazando con fuerza a sus propios jugadores, sino también intimidando árbitros".

En días recientes se jugaron los repechajes para ver qué equipos obtendrían los últimos boletos al Mundial de Futbol de 2026, que se celebrará en Norteamérica, con Canadá, Estados Unidos y México como anfitriones, y que se jugará en un inédito marco geopolítico, donde el Presidente de un país sede, el postfascista Donald Trump, tiene frentes bélicos abiertos contra Irán, un país cuya selección de futbol calificó a la justa mundialista y no tiene garantizada su seguridad al llegar a un territorio gobernado por una élite que le es hostil.

Quizá esa novedad es la que habría que resaltar, porque es una obviedad el señalar que las competencias deportivas de ese calibre, sea la Copa del Mundo o las Olimpiadas, no sólo son un escenario social para leer la política y la historia, sino en sí mismas son estrategias geopolíticas incomparables. Como estudió Ariel Rodríguez Kuri respecto a las Olimpiadas de México en 1968 como epítome de la geopolítica interamericana de la Guerra Fría; o como la Copa Mundial de Argentina de 1978 fue un mecanismo de legitimación de la dictadura gobernante que decía que en el país eran “derechos y humanos”; es ya un lugar común el saber que esos torneos masivos son un escaparate y un reflejo de la política mundial.

Pero que sea un lugar común no quita que siempre busquemos ese ángulo político para abordarlos y exponerlos. Sobre todo porque, en un caso de vergüenza sin precedentes, el dirigente de la FIFA, Gianni Infantino, en diciembre pasado galardonó a Donald Trump con el Premio de la Paz de la FIFA, en un acto de abyección que es apenas superado por la indignidad que la señora María Corina Machado quien, del mismo modo que el escritor noruego Knut Hamsun en 1943 regaló su Nóbel de la Paz al ministro nazi Joseph Goebbels, obsequió su Nóbel de la Paz al energúmeno Trump en enero pasado, como premio quizá por haber violado la soberanía de su país, asesinar a decenas de personas y secuestrar a un mandatario en funciones. Vaya pacifismo trumpista, al cual se le suman bombardeos a Irán para asesinar niñas.

Pero volvamos a las eliminatorias mundialistas de la semana pasada, donde lograron su calificación a la Copa del Mundo, que por primera vez tendrá 48 plazas, países como Irak, la República Democrática del Congo, Suecia, la querida República Checa y Bosnia y Herzegovina, que si bien ya tiene experiencia mundialista, en esta clasificación resaltó por una cuestión: el haber derrotado en el repechaje a la escuadra italiana, país que tendrá un tercer Mundial consecutivo sin clasificar. Su última participación fue en 2014 y tanto ahí como en la contienda de 2010, no pasó de la primera ronda.

Así, la última vez que Italia tuvo una conducta destacada en Copas del Mundo fue en 2006, precisamente la ocasión última en que esa escuadra azul resultó campeona de la justa, al derrotar en penales a la Francia de Raymond Domenech, equipo al que el fascista Jean Marie Le Pen acusó que no llegaría lejos en ese torneo porque tenía demasiados jugadores negros.

En un tono parecido al del fascista Le Pen, el exdefensa italiano Fabio Cannavaro, campeón del Mundo en 2006, explotó en 2017 cuando su selección no calificó al Mundial de Rusia que se jugaría el año siguiente, y ahí, equivocadamente, acusó que el problema del futbol de su país es que daba oportunidad a muchos extranjeros en detrimento de los “chicos italianos”.

En un artículo publicado en el periódico La Jornada en diciembre de 2022, ya se había asentado esta aseveración, y es la de que no hay manera más fácil de entender algo complejo como el fascismo que usar la historia del futbol en Mundiales. Y la historia, prolífica en ejemplos, nos revela este año que puede ser crítico en cómo un país gobernado por un postfascista como Trump procesa la recepción de invitados a los que les es hostil y la presencia de su policía grotesca, ICE, ante las aglomeraciones propias de un torneo que está diseñado para recibir millones de aficionados y que se presume es un promotor de la paz, aunque esto parezca ya no una mentira indignante sino una provocación ridícula, como la encabezada por Infantino al galardonar a una bestia sin escrúpulos como el republicano estadunidense.

Pero remontémonos al origen, que es más revelador que nada. Los mundiales de 1934 y 1938 se celebraron en Italia y Francia respectivamente, y el campeón en ambos certámenes fue la escuadra italiana, que representaba a un país que en ese momento era gobernada por el fascismo, y donde Mussolini se tomó las competencias como un asunto de Estado para poder demostrar, según él, la superioridad competitiva y racial del fascismo.

Pero no hay demagogia que no se sostenga con crímenes. Mussolini interfirió para que la selección de su país ganara el torneo jugado en casa, no sólo amenazando con fuerza a sus propios jugadores, sino también intimidando árbitros para que pitaran a su favor, como fue el caso de la semifinal entre España e Italia en 1934, partido jugado en dos encuentros por un empate injusto, donde se le anuló un gol legítimo a los españoles, y donde el arbitraje permitió de forma deliberada agresiones a la escuadra española.

Pero eso queda en segundo término. La parte central estaba en el origen mismo de la selección italiana. El fascismo se entiende como una postura violenta a favor de una sociedad jerárquica y supremacista donde un grupo tiene derecho a imponerse sobre los demás, a los que se les considera inferiores por condiciones no escogidas, como son el color de piel, el origen étnico, el origen de clase, género, nacionalidad o religión. De ahí que el fascismo sea siempre excluyente, racista, patriarcal y homofóbico. Ahí en ese elitismo intrínseco es donde está la esencia fascista y no en otras superficialidades con las que los tontos contemporáneos quieren banalizar el concepto.

Por ese supremacismo anti-histórico y anti-científico es que el fascismo es una ideología antidemocrática y execrable que nunca mereció respeto de nadie y cuyo potencial destructivo quedó en evidencia desde su surgimiento, como nos lo alertaron en 1926 las primeras víctimas mortales de los fascistas, los socialistas y pacifistas Giacomo Matteoti y Giovanni Amendola.

¿Pero cómo funciona el futbol para contradecir y desmentir al fascismo? La respuesta es notable, porque aunque a Cannavaro y a Le Pen les sorprenda, la selección italiana campeona de 1934 y 1938, que se asumió como la máxima representación de la italianidad y sirvió para promover un proyecto ultrarracista, violento, que odiaba al comunismo, al liberalismo, a la influencia francesa, a la democracia, y a todo que no hubiera nacido en territorio italiano, tenía una estructura interesante.

Ahí, en ese equipo italiano de trasfondo xenófobo y nativista, jugaban nada más y nada menos que Florence Borel, que había nacido en Francia; Anfilogino Guarisi, que había nacido en Brasil; jugaban Atilio de María, Enrique Guaita, Raimundo Orsi y asimismo el que sería la estrella del torneo, Luis Monti, y todos ellos habían nacido en la Argentina, futbolistas a quienes el entrenador italiano Vitorrio Pozzo debió ir a convencer a que jugaran para la escuadra italiana.

Así, seis de once jugadores titulares del equipo italiano en un marco racista, supremacista, nativista y xenofóbica, no nacieron en Italia, que era un equipo que, como todos en todos los tiempos, está hecho de una complejidad diversa que nadie tiene derecho a menospreciar porque de ella venimos. Pero qué más da, el sustento del fascismo no sólo es la ignorancia sino la negación y el autodesprecio convertido en ideología política a través de un mecanismo psicológico compensatorio, donde el fascista se ve a sí mismo como superior a través de la condición más simplona, como es el lugar de nacimiento o el color de piel que nadie puede elegir. Quizá porque si la superioridad estuviera en otros méritos, como la decencia o la inteligencia, el fascista iletrado no tendría absolutamente posibilidad de competir.

Italia, el fascismo y el Mundial de 2026. Por Héctor Alejandro Quintanar

     

4/12/2026

Una nota sobre la película Núremberg: el juicio del siglo

 Héctor Alejandro Quintanar

Una nota sobre la película Núremberg: el juicio del siglo

"El juicio de Núremberg obedece no sólo a la necesidad de justicia transicional, también a los pactos vistos en las conferencias de Yalta y Teherán".

El cine de Hollywood debe siempre interpretarse con pinzas, por la simple razón de que ante todo es una plataforma de entretenimiento que, como tal, pondera ciertos lenguajes, contenidos y recursos para convertir los sueños en una realidad visual. Dicho esto, se aclara que quien esto redacta y relata con su voz, no es especialista en cine ni aspira a serlo, sino sólo un aficionado que, sin embargo, puede extraer conclusiones de películas para la coyuntura política.

En ese sentido, está en cartelera el filme Núremberg, el juicio del siglo, dirigida por James Vanderbilt, y protagonizada por Russel Crowe en el papel de Hermann Göring y Rami Malek como el psiquiatra Douglas Kelly. Un primer comentario de arranque debe señalar que el largo proceso de la Segunda Guerra Mundial ha sido, es, y al parecer seguirá siendo en el futuro, una fuente inagotable de historias y ángulos que puede garantizar un público amplio en el cine, la literatura, el cómic, el documental y la investigación histórica.

En ese tenor, hay sin embargo un riesgo: aunque ese hecho histórico dé para posibilidades creativas infinitas, ante un tema tan construido por tantos frentes, siempre se debe tratar de dar una novedad, un punto omitido, un discurso novedoso que atrape a la audiencia y la haga sentir que valió la pena haber entrado una vez más a una sala de cine que tratará de otra película sobre el proceso central de la primera mitad del siglo XX.

La película tiene en ese respecto sus ventajas. La historia es conocida: relata el proceso de los Juicios de Núremberg, primer caso en la historia de un intento de justicia transicional operado por un pionero intento de legalidad internacional encabezada por las potencias ganadoras en la Guerra.

El aspecto que se resalta de ello es uno curioso. Se toca la serie de crímenes que cometió la élite nazi, y, tangencialmente, las motivaciones de la necesidad de un juicio a los jerarcas del nazismo que sí se logró atrapar, donde destaca desde luego el Ministro del Aire de Hitler, Göring, quien en algún momento pudo suceder al líder como mandatario supremo en Alemania.

En la historia real, el juicio de Núremberg obedece no sólo a la necesidad de una justicia transicional, sino también a los pactos y ambientes vistos en las conferencias de Yalta y Teherán desde 1943, cuando las potencias de Occidente, encabezadas por Roosevelt y Churchill, apostaban a una alianza a largo plazo con la Unión Soviética, que durara después de la Guerra, y sirviera para que el Ejército rojo fuera parte de la seguridad europea en la posguerra, donde las potencias occidentales estarían debilitadas tanto por la conflagración como por los intereses coloniales que países como Inglaterra o Francia aún deberían cuidar.

El espíritu de Yalta y Teherán no se cumplió, y, como es bien sabido, de la Segunda Guerra Mundial no prosiguió una alianza duradera entre los soviéticos y el así llamado occidente, sino más bien la Guerra Fría, que no inauguraba, sino que reactivaba, el ambiente febril de paranoia y juego de suma cero que primó desde el triunfo de la Revolución Bolchevique en el Mundo en 1917. Pese a eso, los juicios a los criminales de guerra nazis eran parte de ese intento de los Aliados de construir una paz que intuían precaria.

En la película, este juicio es sin embargo visto no desde esa perspectiva sino una que puede ser más interesante: la decisión de los Aliados de que en el proceso los prisioneros nazis estuvieran bajo observación psiquiátrica, para evitar que se suicidaran y evadieran su responsabilidad, labor que encabeza el psiquiatra estadunidense Douglas Kelly, quien toma como paciente a Göring, con una iniciativa personal oculta: la de obtener información de primera mano que le permita escribir posteriormente un libro que sea un éxito comercial.

La labor de Kelly se ve influida por el hecho de estar en contacto con Göring no como un despiadado ministro de un régimen dictatorial y asesino, sino como un hombre que tiene además otras facetas, como la de un conversador singular y un integrante de una familia conformada por su esposa e hija, a las que Kelly, por razones profesionales y para ahondar en la personalidad de su paciente, conoce.

En los puntos álgidos de la película, Kelly tiene obstáculos brutales para cumplir sus cometidos, lo cual hacen del filme un constante episodio de suspenso donde a través de la exploración de la salud mental, se pone en perspectiva histórica el crimen de lesa humanidad que significa el nazismo.

No se relatará aquí el final de la película, pero sí dos lecciones importantes en sí mismas y de utilidad para los tiempos que corren. La primera de ellas es que en tiempos donde se perpetra un genocidio en Gaza y donde en una potencia mundial gobierna un postfacista como Trump, el tema del nazismo sobresale como un proceso de estudio inacabado, cuyos conceptos no deben banalizarse, pero los personajes que se le asemejan en el siglo XXI no deben minimizarse.

Y, asimismo, debe resaltarse un punto, a riesgo de adelantar la enseñanza central de la película, y es que una de las conclusiones de Douglas Kelly es que los jerarcas nazis no eran monstruos exclusivamente alemanes e irrepetibles, sino más bien personas cuyos rasgos peligrosos pueden emerger en cualquier lado.

No ahondo en esta tesis para invitar al público a ver la película y así no darle un final precoz con una reflexión conclusiva. Pero sí vale señalar que, proponiéndoselo o no, la película da en el clavo: el nazismo es en efecto un fenómeno irrepetible, pero la personalidad que puede derivar en proyectos destructivos es algo inherente a los seres humanos de todas las sociedades, y, por lo tanto, el peligro está latente.

Dicho de otro modo, no hay aún una vacuna contra el nazismo ni contra los regímenes que apelan a un supremacismo violento que ponga en vilo al planeta. Con todas las proporciones guardadas, y en aras del rigor histórico, no podemos asegurar que entes como el genocida que gobierna Israel y el energúmeno prepotente que zangolotea el barco estadunidense son como Hitler o como Göring. Pero sí se le parecen en una cosa: ambos personajes, al igual que en su momento el führer alemán, no son la enfermedad sino el síntoma de un problema más grande: las sociedades que los construyen y los permiten.

4/05/2026

Plan B: ¿es una derrota para Claudia Sheinbaum?

 Plan B: ¿es una derrota para Claudia Sheinbaum?

Héctor Alejandro Quintanar

"El contenido del Plan B puede generar un deseable ahorro público, pero no modifica la estructura de la representación política en las cámaras legislativas".

El 26 de marzo pasado el Senado de la República aprobó, con una sola modificación, el llamado Plan B de la Reforma Electoral, lo cual devendrá en una serie de modificaciones que restringirán a los gastos electorales y el número de funcionarios en niveles municipales, entre otras cuestiones. Los cambios son importantes, pero no alcanzan la dimensión de otras reformas electorales, como la de 2014 o la de 2007, por ejemplo, y por eso mismo destaca no tanto la reforma en sí, sino la expectativa que generó en aquellos que preconizan el discurso de que México avanza a una autocracia o a un régimen autoritario.

Sobre eso va esta reflexión. El contenido del Plan B es apenas una serie de cambios relevantes, que pueden generar un deseable ahorro público, pero que no modifica la estructura de la representación política en las cámaras legislativas y no ahondó en posibilitar, por ejemplo, más figuras de democracia participativa, ya que sólo se centró en la dimensión del tiempo de la ya existente revocación de mandato.

Era, pues, una reforma con un buen sentido, pero frugal. Misma que, por cierto, es resultado de un rechazo previo a un Plan A, que no fue aprobado por la Cámara de Diputados, ni había sido consensuado por los partidos que integran la coalición mayoritaria en el Congreso, integrada por Morena, el Partido del Trabajo y el siempre oportunista Partido Verde.

Y eso, aunque ya parece haber quedado en el olvido, es algo relevante sobre lo que hoy se debe reflexionar. Muchos analistas, ante ese hecho, se centraron en especular con base en sus deseos, y así, dijeron que, por ejemplo, la “coalición gobernante” podría padecer una ruptura de cara a 2027 dada la negativa del PT a apoyar la reforma. Si bien es cierto que valdría la pena analizar el poder de chantaje que tienen, inmerecidamente, los partidos minoritarios de la coalición Sigamos Haciendo Historia, no hay razón para asegurar que ésta se haya desbaratado.

En primera, porque no sería la primera vez que una coalición partidista de izquierdas tenga votos distintos y conflictos, para luego volver a aparecer unida en las elecciones futuras. Así, en 2007, en el marco de otra reforma electoral, el entonces partido Convergencia votó en contra de dicha modificación legislativa -a diferencia de sus aliados del Frente Amplio Progresista, el PRD y PT-, y eso no impidió que aparecieran unidos en el frente “Salvemos México” -conformado por PT y Convergencia en 2009, y la Coalición Movimiento Progresista en 2012, integrada de nuevo por PRD, PT y Convergencia.

Aun con su poder de chantaje, PT y el PVEM son partidos que se saben minoritarios y que, con todo y sus ambiciones y defectos, han hecho una lectura política mejor que la del PRI y PAN desde 2018, al tener claras las inercias electorales. Bien saben el costo altísimo que les implicaría desunirse de Morena y, asimismo, es notable que hoy mismo puedan calcular el repudio posible de no haber apoyado con claridad una reforma proveniente de la Presidenta Claudia Sheinbaum que, además, fue parte de su agenda de campaña en 2024.

Pero en todo este pandemónium previo a la votación del 26 de marzo, destaca el discurso de los ideólogos de la transición, que han hecho de su versión de la historia de la democracia mexicana un evangelio sagrado. Ellos esperaban que la Reforma electoral sería el último clavo al ataúd de la democracia porque reforzaría un régimen autoritario donde, en su visión, una sola fuerza política ya controla el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

A tal grado llegó su alarmismo, que en febrero pasado construyeron el llamado Frente Amplio Democrático, engañifa hoy olvidada no porque no haya logrado impacto en la sociedad, sino porque tiene un mal diagnóstico de país y una historia incompleta de la transición a la democracia mexicana.

Los hechos recientes respecto a la Reforma Electoral deberían hacerles modificar su perspectiva y ejercer una autocrítica profunda. Porque con el contenido de ella la democracia nunca estuvo en riesgo, y entre la argumentación autocomplaciente para ver un falso autoritarismo, ese sector recurrió al esoterismo, como crear sospechas sólo porque la reforma proviniera de una preeminencia del Poder Ejecutivo, omitiendo que no es la primera vez que esto ocurre, porque las aplaudidas reformas de 1977 y 1996 tuvieron al Gobierno federal como fuente originaria.

Pero la autocrítica central debería estar en su perspectiva de que hoy la misma fuerza política controla el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, lo cual, según esta visión esotérica, es un rasgo indudable de autoritarismo. Pues bien, los hechos desecharon tal especulación porque fue el propio Congreso el que de manera absolutamente normal, votó en contra del Plan A de la Reforma Electoral, en un hecho parecido a lo ocurrido en 2022 respecto al Plan A electoral de López Obrador en aquel año.

Ese rechazo legislativo sería imposible si, como ellos dicen, la Cámara estuviera controlada por la misma fuerza del ejecutivo. No hay manera rigurosa u honesta de argumentar tal “control”, y ante los hechos recientes, este sería el momento ideal para que este sector de la comentocracia hiciera un fuerte cuestionamiento interno a sus prenociones y prejuicios, que quieren imponer como versión única de la historia de la transición a la democracia.

Tal vez porque con esa percepción equívoca es con la que complementan sus dichos alarmistas respecto al retroceso democrático que, dicen, vivimos. No es fácil el debate con un sector que tiene ya prenociones fijadas y las cuales no mueven un milímetro ante los hechos, porque en vez de adecuar sus interpretaciones a la realidad, tienden a cometer lo inverso.

En un momento donde el mundo da ejemplos de qué sí es autoritarismo, regresión antidemocrática, dictadura y fascismo, esta comentocracia debería saber que a los conceptos hay que tenerles respeto y no azuzarlos como banderas huecas, porque, como la fábula de Pedro y el Lobo, cuando de verdad se presente un riesgo antidemocrático, como por ejemplo la posible candidatura o movilización política de cierto evasor fiscal, ni sus huestes les creerán el riesgo real que corremos.