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9/22/2019

TIFF ; Premios y conclusiones

44 Festival de cine de Toronto

Si bien el TIFF no es un festival netamente competitivo, desde hace unos tres años tiene su tibia sección Platform que, salvo el jurado, nadie se molesta en cubrir en su totalidad. Este año, la justa ganadora fue la italiana Martin Eden, de Pietro Marcello, anacrónica épica personal basada en la novela de Jack London, que ya había sido premiada en Venecia. Es necesario que la sección refuerce la calidad de su selección antes de que suscite algún interés.
Como es un festival de los habitantes de Toronto, tiene sentido que sus premios más importantes sean otorgados por el voto del público. El llamado Grolsch People’s Choice Award lo obtuvo de manera previsible la estadunidense JoJo Rabitt, del neozelandés Taika Waititi, complaciente sátira antinazi que enloqueció también a varios colegas. Por pura casualidad, también conozco al segundo y tercer lugar, respectivamente: Una historia de matrimonio, de Noah Baumbach, y Parásito, del surcoreano Bong Joon-ho (ganadora de la Palma de Oro en Cannes), que son más meritorias.
En la sección Midnight Madness (Locura de Medianoche), el premio del público fue para la ya reseñada El hoyo, del español Galder Gaztelu-Urrutia, mientras que entre los documentales la más votada fue The Cave (La cueva), del sirio Feras Fayyad.
Los premios para el cine canadiense fueron los siguientes: el City of Toronto Award a la mejor opera prima del país fue para The Twentieth Century (El siglo 20), de Matthew Rankin, y el Canada Goose Award al mejor largometraje canadiense fue para Antigone, de Sophie Deraspe. Sale sobrando decir que no vi ninguna de las dos. Seré un invitado ingrato, pero el cine de los anfitriones suele ser anodino y de escaso interés.
El premio Netpac (Network for the Promotion of Asian Pacific Cinema) fue para 1982, del libanés Oualid Mouaness, otrora productor de documentales. Mientras los de Fipresci fueron para Murmur (Murmullo), de la canadiense Heather Young, y How to Build a Girl (Cómo construir una chica), de la británica Coky Giedroyc.
Puede concluirse que no fue un año especialmente memorable en la edición del TIFF. Que Guasón, de Todd Phillips, fuera la película más esperada lo dice todo. (El año pasado fue Roma, de Alfonso Cuarón, y el antepasado, La forma del agua, de Guillermo del Toro.) Como en toda selección de más de 200 títulos, no faltaron los petardos El jilguero, de John Crowley; Judy, de Rupert Goold, y muchos otros . Con los años, uno ha desarrollado cierto instinto y ha podido escoger entre lo mejorcito, que fue de una calidad meramente aceptable en promedio.
Los negocios marcharon con cierta cautela, que ya es la norma, siendo Netflix el enemigo a vencer en cuanto a compras –y también producción– de filmes de calidad. Ese es el futuro, aunque el prospecto incomode a muchos.
Twitter: @walyder

9/15/2019

Diferencias de intensidad

44 Festival de Toronto

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▲ Javier Bardem posa para la prensa en el festival canadiense durante la presentación de la cinta Santuario.Foto Afp
Una dosis de necesaria adrenalina cinematográfica fue proporcionada por los hermanos Josh y Benny Safdie con su nueva y más sólida realización a la fecha, Uncut Gems (Gemas no cortadas). Sobre un guion de ellos mismos y Ronald Bronstein, la narrativa se centra en el joyero transa Howard Ratner (Adam Sandler) y sus arriesgadas maniobras por salir adelante financieramente a costa de los demás. Al mismo tiempo, el hombre se está separando de su esposa (Idina Menzel), se ha peleado con su voluptuosa amante/empleada (Julia Fox) y le debe una fortuna a un gangsteril pariente (Eric Bogosian), quien lo asedia con sus matones.
El adjetivo frenético no empieza a describir la energía con que los Safdie conducen este thriller cómico que, como buenos neoyorquinos, evidencia la influencia hiperactiva de Martin Scorsese (quien funge como productor ejecutivo) y el bajo mundo de Abel Ferrara. En comparación, hasta su anterior película, Viviendo al límite (2017), parece un ejercicio en calmada contemplación.
Sandler siempre me ha parecido un cómico insufrible, pero aquí demuestra –como lo hizo antes en Embriagado de amor (Paul Thomas Anderson, 2002)– haber desperdiciado su talento protagonizando comedias chatarra. Su personaje de Howard es una mezcla de desesperación y vulgaridad que resulta graciosa al mismo tiempo que patética. Es un loser con ínfulas de winner.
Igual de intensa, aunque en un tono muy diferente es la ingeniosa película española El hoyo, promisorio debut en la realización del bilbaíno Galder Gaztelu-Urrutia. Situada en un futuro distópico, la acción se sitúa en un centro penal que consiste en varios niveles –nunca se sabe cuántos– donde una plataforma desciende desde la cúspide cargada de manjares, recorriendo los pisos por minutos para que, en cada uno de ellos, un par de presos consiga comer dejando los restos para los de abajo.
Cumpliéndose un mes, los presos cambian de nivel al azar. Uno de los reos (Iván Massagué) intenta idear una forma de retar al sistema, conservando algo de comida para que llegue al último nivel. El original guion de David Desola y Pedro Rivero se presta, por supuesto, a la alegoría con claras implicaciones sociopolíticas y religiosas. Como suele suceder, los de arriba se cagan (a veces, literalmente) sobre los de abajo. Y la Administración permanece como un ente abstracto que nunca se manifiesta.
Gracias a un diseño de producción acertadamente minimalista, El hoyo no parece una producción modesta. Sin embargo, su riqueza está en las ideas con que la intriga se mantiene llena de suspenso hasta el final. En este tipo de propuestas, la resolución es la que suele fallar y esta no es la excepción. No obstante, la película es una combinación atractiva de thriller, ciencia-ficción y violencia gore. La noticia es que Netflix la ha adquirido para su exhibición y pronto se podrá ver en la comodidad del hogar.
Twitter: @walyder

Una dosis de realidad

44 Festival de cine de toronto
Leonardo García Tsao

La sección TIFF Docs suele reunir una estupenda muestra de documentales, algunos de ellos estremecedores. Ese es el caso de Colectiv, del rumano Alexander Nanau, que se refiere a los sucesos después de una tragedia en Bucarest: en el centro nocturno epónimo, un incendio en 2015 acaba con la vida de 27 personas –la mayoría jóvenes que asistían a un concierto de death metal– y hiere a otras 300. Pronto se revela que el lugar carecía de salidas de emergencia y el gobierno en turno es derrocado. Lo siguiente es aún peor: por malos cuidados en los hospitales capitalinos, docenas mueren en los días posteriores.
FotoEn un caso verdadero de periodismo de investigación, el reportero Catalin Tolontan encabeza a un equipo –de un diario deportivo, nada menos– que descubre la infestación de dichos hospitales por bacterias nocivas. Los pacientes del incendio fallecieron infectados por esas condiciones insalubres. Además, se revela que la compañía farmacéutica Hexa-Pharma vendía a todos los hospitales dosis diluidas de desinfectantes. Esa es apenas la punta de un iceberg gigante de corrupción y mala administración (¿algo les suena familiar?).
Tras el cese de dos ministros de Salud, el puesto es ocupado por el bienintencionado Vlad Voiculescu, otrora activista de los derechos de los pacientes. El nuevo funcionario se muestra impotente para llegar a una solución, pues cada hebra de la investigación revela otra capa de corruptelas y coimas. El hombre sólo puede admitir que el sistema está podrido desde sus raíces. Pero su cargo es efímero. En las nuevas elecciones ganan los socialdemócratas y todo corre el peligro de seguir sin cambio.
▲ Javier Bardem presentó en Toronto su documental Santuario, donde recorre la Antártida junto con su hermano Carlos para apoyar una campaña de concientización de Greenpeace.Foto Afp
La cámara de Nanau sigue esa investigación periodística dejando en claro que los reporteros son los héroes. También enfoca a algunos de los familiares de las víctimas con la necesaria compasión y nada de morbo. Un documental ejemplar.
De naturaleza totalmente diferente es el documental estadunidense The Capote Tapes (Las cintas de Capote), del debutante Ebs Burnough. Resulta que, a raíz de la muerte de Truman Capote en 1984, el periodista George Plimpton condujo varias entrevistas con sus amigos más cercanos y esas declaraciones conducen el desarrollo de la película. Con material gráfico y pietaje poco visto, Burnough ilustra una ocurrente exploración de la personalidad del célebre escritor, una figura que evidenció su condición gay antes de que fuera comúnmente aceptada y se volvió parte esencial de la aristocracia neoyorquina, de la que hizo escarnio en los fragmentos publicados de Answered Prayers, su libro perdido.
El documental concluye que Capote se identificaba más con la gente común, como lo fue él mismo en su infancia sureña, y por ello A sangre fría es su mejor creación. Y que sus años finales dejó de escribir por navegar en el jetset neoyorquino, sus constantes apariciones televisivas (en algunas de las cuales hizo aparente su estado de ebriedad) y su afición a las sustancias prohibidas. Aunque uno tenga un interés somero en la vida y obra del escritor, The Capote Tapes resulta fascinante.
Twitter: @walyder

TIFF : Imposible de clasificar

44 Festival de Toronto
Leonardo García Tsao

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▲ Pryanka Chopra Jonas y Farhan Akhtar, en la presentación de El cielo es rosa en el festival canadiense.Foto Afp
El director sueco Roy Andersson es un fuera de serie que en casi 20 años ha realizado sólo cuatro largometrajes, empezando por Canciones del segundo piso (2000), todos ellos construidos con base en viñetas de un humor negro y absurdo sobre la condición humana. Su más reciente creación, titulada Om det oändliga (Acerca de lo interminable) es diferente porque el humor está casi ausente, pero la estrategia estética es la misma.
Ganadora del León de Plata al mejor director en el pasado festival de Venecia, Om det oändliga confirma que nadie filma la miseria humana con tal extraña y perturbadora belleza. Con los colores deslavados, un plano general, estático en el que se resuelven las mínimas acciones y una infinita profundidad de foco, las imágenes conseguidas por Andersson asemejan cuadros hiperrealistas en movimiento. Son como dioramas del absurdo de nuestra existencia, en donde cosas tan nimias como un zapato femenino con el tacón roto remite a una tragedia mayúscula.
En esta ocasión hay unos cuantos personajes recurrentes. El principal es un sacerdote que ha perdido la fe y sufre pesadillas en que él es azotado por una multitud, cargando una cruz en su propio y moderno vía crucis. Aunque el hombre acude a un siquiatra pidiendo ayuda, este lo evade argumentando que va a perder su tren. También hay un par de viñetas históricas sobre el nazismo: oficiales nazis esperan ansiosos en su búnker durante un bombardeo y el propio Hitler, con cara de derrota, se les une; en otra, un sinfín de tropas alemanas marchan a su cautiverio en Siberia, bajo una furiosa ventisca. Mientras tanto, una impersonal voz femenina narra cada viñeta con la misma frase inicial: “He visto…”.
Otro tipo de fantasmas habita La Llorona, tercer largometraje del cineasta guatemalteco Jayro Bustamante (autor de Ixcanul y Temblores), quien narra la caída del general senil –y ficticio ex presidente– Enrique Monteverde (Julio Díaz), que es sometido a juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en su administración. Aunque el tribunal lo encuentra culpable de genocidio, Monteverde sale libre a refugiarse en su mansión con los pocos familiares y servidumbre que lo acompañan. Una multitud rodea el lugar, gritando arengas que no cesan. Al hogar llega la misteriosa figura de Alma (María Mercedes Coroy), una indígena que parece precipitar apariciones y otros fenómenos.
Con buena intuición, Bustamante se arriesga a mezclar lo político con lo sobrenatural. En este caso, es el pueblo guatemalteco entero el que llora por sus hijos. Lo extraño se sugiere primero con el sonido de sollozos femeninos en casa del militar y concluye con una aglomeración fantasmal en su alberca, entre otras imágenes sugerentes. En general, el uso del sonido es especialmente afortunado en crear un clima de asedio físico y espiritual. La Llorona confirma la estatura del realizador en el muy escaso cine de su país.
Twitter: @walyder

Buen cine de países exóticos

44 Festival de cine de Toronto
Leonardo García Tsao


Si bien los grandes estrenos forman buena parte de la programación del TIFF –por ejemplo, hoy va a haber golpes para ver Guasón, de Todd Phillips, recién ganadora de Venecia– uno de los placeres del festival es encontrar tesoros ocultos que no reciben tanta publicidad.
Por ejemplo, de Singapur pude ver la película Wet Season (Temporada de lluvias), del realizador Anthony Chen, que examina el malestar en una familia de clase media, en la que la señora Ling (Yeo Yann Yann) vive descontenta pues no ha podido embarazarse, enseña chino a jóvenes estudiantes aburridos, cuida a su suegro paralítico y sufre el desdén de su marido que la engaña con otra. Mientras tanto, el adolescente Wei Lun (Koh Jia Ler), campeón de artes marciales y abandonado por su familia, empieza a enamorarse de la maestra.
Aunque el desenlace es hasta cierto punto previsible, lo importante no es la sorpresa, sino la forma como Chen nos conduce a las instancias dramáticas de su historia. Con una cámara elegante que observa a sus personajes a distancia, la película nos involucra en las complicadas emociones de su protagonista. Además, el uso de la lluvia constante es fundamental para la atmósfera y sirve de marco ideal para un abrazo amoroso climático.
De Bulgaria tampoco es común encontrar muchas películas. De hecho, la anterior producción de ese país que yo había visto es La lección (2014), exhibida en la Cineteca según recuerdo, y dirigida por la pareja formada por Kristina Grozeva y Petr Valchanov, quienes son los autores de Bashtata (El padre), ganadora hace poco en el festival de Karlovy Vary.
Con ese título el dúo de cineastas ha cambiado del registro dramático al humorístico, al describir la tensa relación del fotógrafo profesional Pavel (Ivan Barnev) con su padre senil Vasil (Ivan Savov), cuando el primero acude a su pueblo para asistir al funeral de su madre. Es evidente que el anciano tiene rencores guardados con su hijo y las discusiones son continuas. Sobre todo, cuando Vasil insiste que, antes de morir, su señora tenía algo importante que comunicarle y ahora intenta hacerlo desde el más allá.
Ejerciendo un tipo de humor ácido que evoca al del cine checo de los años 60 y al del reciente cine rumano (al parecer, el socialismo es la clave), Bashtata es una comedia maliciosa que acumula situaciones absurdas, pero hilarantes como cuando Pavel intenta, en la comisaría, robarle un poco de mermelada de membrillo a un policía porque se la ha encargado su esposa. Dicha mermelada resultará más importante de lo que parece, según se revela al final.
Tanto Wet Season como Bashtata son productos que sólo llegarán a nuestro país si los adquiere un osado distribuidor independiente, dispuesto a estrenarlos sólo en el circuito de salas de arte.
Twitter: @walyder

9/24/2017

42 Festival Internacional de Cine de Toronto: Premios y conclusiones


 
Leonardo García Tsao
La Jornada 

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La directora iraní-canadiense Sadaf Foroughi recibe el premio Ava de la crítica en el certamen de cine de Toronto Foto Afp
Aunque no es un festival estrictamente competitivo, el TIFF otorga varios premios, siendo el más importante el de su sección Platform, para el que se convoca a un jurado de profesionales. Este año, el ganador fue el western australiano Sweet Country, de Warwick Thornton. Este premio es de 25 mil dólares canadienses, otorgados por la compañía Air France.
También relevante es el galardón Grolsch del público, otorgado por el voto popular. La ganadora fue la meritoria Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, del británico Martin McDonagh, que se lleva 15 mil dólares canadienses.
En una competencia que prácticamente sólo interesa a los locales, el premio a la mejor ópera prima canadiense se lo llevó Luk’Luk’l, de Wayne Wapeemukwa; mientras, a la mejor película canadiense fue para Les Affamés, de Robin Aubert.
En el galardón de la crítica hay una buena noticia para el cine mexicano. El premio de Fipresci de la sección Special Presentation, fue para El autor, coproducción hispanomexicana, dirigida por el andaluz Manuel Martín Cuenca. Dentro de la sección Discovery, el premio fue para la canadiense Ava, de Sadaf Foroughi.
Según la publicación especializada Variety, este no fue un buen año para ventas en el área de negocios del festival. Según parece, las plataformas digitales como Netflix y Amazon han ofrecido tales cantidades en sus compras, que los distribuidores más pequeños no pueden competir.
Pero sospechamos que el artículo de Variety está prejuiciado, pues se queja de constantes retrasos en las funciones por las medidas de seguridad. Uno sólo asistió a una función con un retraso de 15 minutos, debido a la gran cantidad de personas (de la tercera edad, debo añadir) que acudieron a ver el documental sobre Eric Clapton. Y no fui testigo de una sola medida de seguridad, como en Cannes, que entorpeciera el acceso a las salas.
Variety también reporta con mala leche que el festival de Telluride ha ganado la partida al TIFF en cuanto a estrenos exclusivos. Puede ser, pero es necesario aclarar que el de Telluride es una actividad exquisita para los habitantes del pueblo y contados
invitados, mientras eL TIFF es multitudinario, abierto a miles de cinéfilos y acreditados de prensa e industria. El peso de Toronto es mucho mayor.
Este año no hubo títulos como La La Land o Moonlight, que el año pasado ya parecían favoritos para los premios de la Academia gringa. No obstante, hubo gran demanda para ver La forma del agua, de Guillermo del Toro; I, Tonya, de Craig Gillespie; Lady Bird, debut como directora de la actriz Greta Gerwig, y Molly’s Game, debut también del guionista Aaron Sorkin, entre otras.
Con o sin ventas millonarias, el TIFF es la inmejorable plataforma de lanzamiento para los estrenos de la temporada otoño-invierno. Un éxito en el festival es señal de buen augurio para la vida comercial de una película.
Twitter: @walyder

9/17/2017

42 Festival de Toronto: El rostro oculto


Leonardo García Tsao
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Glen Close en la alfombra roja de The Wife, en el Festival de Cine de TorontoFoto Ap
Toronto. Una tendencia muy marcada en este festival ha sido el cine estadunidense que acude a la nota periodística como fuente de inspiración. No importa que el asunto sea de hace décadas, se acude al recuerdo de los memoriosos para evocar escándalos pasados.
Así, se estrenó aquí la película Chappaquidick, del neoyorquino John Curran, que como podrá deducirse del título, trata sobre el incidente trágico que, en 1969, hundió las aspiraciones presidenciales de Edward Kennedy, el último sobreviviente varón del famoso clan.
Curran recrea los incidentes de esa fatídica noche en la isla de Chappaquidick, en que Ted (el australiano Jason Clarke, muy bien caracterizado) sufre un accidente automovilístico en un angosto puente, donde muere ahogada la secretaria Mary Jo Kopechne (Kate Mara). Lo grave no fue tanto eso, sino que el senador abandonó la escena y no reportó el incidente hasta horas después, después de haber acudido a sus asesores.
Lo más válido de la película es la descripción de cómo entran en acción los spin doctors de Washington para tratar de salvar la campaña y la reputación de Kennedy. Pero es inútil. Según esto, Ted no era más que un cobarde y un tonto, siempre acomplejado por sus hermanos y por las exigencias de su padre Joseph (Bruce Dern). No recuerdo otro caso cinematográfico en que se embarre de manera tan enfática a un miembro de la famosa familia.
Otro ejemplo en que se sacan los trapitos al sol de los famosos es el documental Scotty and the Secret History of Hollywood, de Matt Tyrnauer, centrado en el hoy nonagenario Scotty Bowers, quien puede describirse como el chichifo y alcahuete de las estrellas, pues, a partir de la posguerra se dedicó a procurarle placeres sexuales, entonces prohibidos, a diversas celebridades hollywoodenses. El documental está basado en el libro confesional de Bowers, Full Service, en el cual se dedicó a sacar del clóset a actores como Cary Grant, Katharine Hepburn, Charles Laughton, Randolph Scott y Spencer Tracy, entre varios otros.
Lástima que el documental está editado con las patas y carece de estructura alguna. A pesar de su avanzada edad, Bowers es un hombre animoso que vive en casas convertidas en chiqueros, de tanta basura acumulada. Con reveladora inconciencia, él narra que fue abusado sexualmente por un vecino y después a manos de veintenas de sacerdotes; sin embargo, afirma que disfrutó la experiencia. Lo único que lo conmueve es el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial y haber perdido a su herm
ano en Iwo Jima.
Si un valor tiene el desordenado documental es el de testimoniar qué tan reprimida estaba la homosexualidad en el Hollywood clásico, donde galanes como Rock Hudson tenían que fingir romances heterosexuales para no arruinar sus carreras. Y cómo los gays eran perseguidos por el llamado escuadrón del vicio y chantajeados por pasquines como Confidential. Pero para Scotty, todo eso es nostalgia.
Twitter: @walyder

42 Festival de Toronto : De dioses y monstruos



Leonardo García Tsao
Había tanta expectativa por ver La forma del agua, de Guillermo del Toro, que uno temía que las cosas se salieran de control en sus funciones de prensa e industria. Pero la organización del TIFF es sabia y dispuso dos salas grandes a la misma hora para la proyección de la reciente ganadora de Venecia. No hubo necesidad de empujones ni de dar portazo (si tan sólo los de Cannes siguieran ese ejemplo).
Se abusa tanto del término obra maestra en esto de la crítica, que uno lo usa con precaución. Pero no hay otra forma de describir el décimo largometraje de Del Toro, una amalgama hermosa y cruel de sus obsesiones primordiales, que consigue combinar la melancolía conmovedora de El laberinto del fauno (2006) con el desparpajo lúdico de Hellboy (2004). Un cuento de hadas para adultos, una historia de amor loco, un thriller de espionaje y hasta un musical, todo envuelto en el mismo paquete de refinado diseño visual.
La acción se sitúa en 1962, en un laboratorio gubernamental de Estados Unidos. Allí, la afanadora muda Eliza (Sally Hawkins) atestigua la llegada de un hombre anfibio (Doug Jones), traído del Amazonas donde es considerado una deidad. Maltratado por el sádico agente Strickland (Michael Shannon), el extraño ser corre peligro de muerte. Es cuando Eliza decide rescatarlo con la ayuda de su vecino, un pintor publicitario (Richard Jenkis) y un científico (Michael Stuhlbarg).
Esa sinopsis no da cuenta de la riqueza de detalles con que el cineasta cuenta su historia. Pocos autores del cine fantástico han estado tan enamorados del concepto del monstruo como Del Toro. El hombre anfibio es una creación que desciende genéticamente de El monstruo de la Laguna Negra (Jack Arnold, 1954), pero aquí se le permite convertirse en la Bestia para la Bella de Eliza. Sólo a Del Toro se le ocurriría transgredir la norma y proponer una posibilidad inusitada en el género.
La sexualidad asoma como nunca antes en su cine, así como el comentario político. Situar la historia en plena guerra fría le permite a Del Toro constatar que, medio siglo
después, las cosas no han cambiado mucho. El miedo a lo diferente se sigue manifestando, ya sea como discriminación racial o paranoia ante los rusos, y por ello ha creado a un villano tan eficaz como Strickland, una encarnación del fascista ordinario oculto en el hombre de poder gringo.
En sus momentos finales, La forma del agua alcanza dimensiones de verdadera poesía cinematográfica. Del Toro es un romántico incansable y aquí le enmienda la plana a Jean Cocteau, entre otros autores que han buscado la imaginería sublime. Por unos instantes, también creemos que la fuerza del amor todo lo puede.
Ya habrá ocasión de hablar más ampliamente de las maravillas de La forma del agua, cuando se estrene en México a finales de año.
Twitter: @walyder

42 Festival de Cine de Toronto : Noticias del imperio



Leonardo García Tsao
Toronto. Parece coincidir con el Brexit que algunas películas recientes evocan las glorias de la Pérfida Albión sin ningún tipo de pudor. Hace poco ocurrió el estreno de Dunkerque, de Christopher Nolan –que tuvo una función especial en el festival– y ahora se ha visto Darkest Hour (Hora más oscura), del británico Joe Wright, que también transcurre en mayo de 1940, durante la crisis de la posible invasión nazi al Reino Unido, sólo que vista desde la cúpula misma del poder. La película es una apología de Winston Churchill (Gary Oldman), desde el momento en que hereda el cargo de primer ministro de Neville Chamberlain (Ronald Pickup), hasta que pronuncia en el Parlamento su célebre discurso, llamando a la guerra contra el fascismo.
Asimismo, parece haber una fascinación mediática por la figura de Churchill, quizá porque el escaso calibre de los líderes actuales nos hace mirar para atrás. Recién lo han interpretado actores tan diversos como Michael Gambon, Brendan Gleeson, Brian Cox y hasta el estadunidense John Lithgow (en la popular serie The Crown). Ninguno de ellos se le parece físicamente y Oldman no es la excepción. Cubierto por maquillaje prostético, el actor adopta todos los tics de su personaje –la postura encorvada, el sempiterno habano en la boca, los cachetes caídos, el hablar en murmullos roncos–, aunque sí logra escapar a la caricatura y darle un cariz humano y hasta gracioso. Oldman estaba más cerca físicamente de Sid Vicious, pero su actuación es uno de los méritos de la película.
Por su parte, Wright no suele ser un director sutil (¿se acuerdan de ese horror llamado Pan?), y aquí toca todos los botones de la exaltación para evocar a un Churchill heroico. Incluso hay una penosa secuencia, sacada de la manga, en la que el protagonista toma el Metro londinense y se revela como un hombre del pueblo; ese contacto ciudadano es el que le servirá de inspiración para pronunciar su discurso climático.
Otro director británico, Martin McDonagh, ha aportado una película muy diferente, comenzando por el hecho de que se sitúa en el sur de Estados Unidos. Recién premiada por su guion en el festival de Venecia, Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Tres espectaculares en las afueras de Ebbing, Missouri) es un divertido estudio de personajes en conflicto. Mildred Hayes (la siempre bienvenida Frances McDormand), es una madre que busca esclarecer la violación y asesinato de su hija poniendo en vergüenza al sheriff local (Woody Harrelson) con los anuncios espectaculares del título. De allí deriva una embrollada trama en que la temeraria Mildred enfrentará la hostilidad de la policía sin arredrarse.
Según lo había demostrado en su debut, En Brujas (2008), McDonagh es un inspirado guionista cuyos diálogos son ingeniosos y groseros en la misma proporción. En estos tiempos en que la gran mayoría de los productos hollywoodenses son previsibles desde el cartel, Three Billboards… tiene la enorme virtud de sorprendernos con coherentes vueltas de tuerca y cambios de matices en los personajes. Si perdonamos su fallido segundo esfuerzo, Seven Psycopaths (2012), McDonagh lleva una carrera muy promisoria.

42 Festival de Cine de Toronto: Optimismo ante el fin del mundo



Leonardo García Tsao
La Jornada 
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George Clooney antes de la presentación de Suburbicon, cinta dirigida por él, en el certamen de TorontoFoto Xinhua
El director estadunidense Alexander Payne es una rareza en su propio país, donde no ha sido tan celebrado como merecería, por hacer un cine invariablemente inteligente, que siempre ha mirado a sus conciudadanos con una marcada ironía que no excluye el afecto. Autor de películas tan satisfactorias como Las confesiones del señor Schmidt (2002), Entre copas (2004), Los descendientes (2011) y Nebraska (2013), el director ha presentado en Venecia y ahora en Toronto su más reciente esfuerzo, titulado Downsizing. Es también la primera vez que ha hecho algo decepcionante.
La premisa inicial está llena de potencial: en Noruega, unos científicos descubren la fórmula que puede disminuir el tamaño de los seres humanos (y otros animales) a escasos centímetros. Esto es aprovechado como una importante medida ecológica para economizar en una gran cantidad de necesidades. Ahora, los humanos pueden vivir, por ejemplo, en una casa de muñecas de lujo a precios irrisorios. Uno de los interesados en intentar esa existencia miniaturizada es un gringote de Omaha (Matt Damon, por supuesto), quien es abandonado por su esposa (Kristen Wiig) y descubre que la vida regalada puede ser algo aburrida.
La película comienza como una incisiva sátira social –esa nueva versión de los liliputienses está obviamente inspirada en la malicia de Swift–, con toques de ciencia ficción. Sin embargo, cuando el protagonista descubre que el paraíso también tiene su lado tercermundista, personificado por una refugiada vietnamita (Hong Chau) que necesita su ayuda, la comedia desbarra y cae en una especie de humanismo de pacotilla. Demasiado larga y con virajes desafortunados, Downsizing parece el compuesto de varios guiones no muy compatibles.
Si Payne tiende a mirar a sus coterráneos con optimismo, la china Vivian Qu hace exactamente lo contrario en Jianianhua (Los ángeles visten de blanco), testimonio de cómo la corrupción contamina a la mayoría de los ciudadanos (¿les suena familiar?) y convierte en víctimas a las mujeres, sobre todo. La mirada compasiva de la cineasta enfoca a dos adolescentes, una de ellas ultrajada por un funcionario y la otra la empleada de motel que atestigua el crimen. Ambas verán su vida trastornada por los tejemanejes de los adultos, quienes quieren sacarle provecho a las circunstancias.
En ese mundo de dominio masculino sólo una abogada parece actuar con ética e investiga el crimen tratando de llegar al fondo. Sin embargo, nada repondrá la inocencia perdida de las adolescentes. Qu filma su riguroso drama sin concesiones sentimentales y utiliza un leitmotif visual, una efigie de Marilyn Monroe, como sutil comentario a las acciones. Cine chino crítico de alto nivel.
Si hay algo que llama la atención de un espectador acostumbrado a los malos modales de los chilangos al ir al cine, es comprobar que en las funciones del festival de Toronto nadie habla durante la proyección, ni tampoco prende su celular para chatear con sus amistades. Es como estar en otro planeta.

9/10/2017

42 Festival de Cine de Toronto : Dos coproducciones mexicanas



Leonardo García Tsao
El mismo día pudieron verse las dos películas seleccionadas –Zama, de la argentina Lucrecia Martel, y El autor, del español Manuel Martín Cuenca– en las cuales ha invertido el cine mexicano en apuestas muy diferentes de producciones de calidad.
La primera marca el regreso de Martel a la dirección cinematográfica, tras nueve años sin hacer un largometraje. En ese lapso la cineasta ha decidido hacer su primera película de época, una adaptación de la novela homónima de Antonio Di Benedetto sobre la crisis de un corregidor (Daniel Giménez Cacho) en una colonia española en lo que hoy es Paraguay. Aunque el funcionario quiere ser transferido a un mejor puesto, parece condenado a una vida estancada, de aislamiento y hostilidad, por quienes lo rodean.
En su última parte, la película se anima con la expedición que busca eliminar al bandido Vicuña Porto, personaje legendario, que muchos afirman ya ha sido ejecutado. Una secuencia en que una banda de ciegos roba los caballos de la expedición bajo la luz de la luna, es uno de los momentos más alucinantes que se han visto recientemente en pantalla.
Densa, a ratos críptica pero siempre imaginativa en sus encuadres, Zama asemeja un sueño febril, donde muy poco parece ocurrir en una realidad tangible. Giménez Cacho cumple un papel demandante, con un deterioro físico evidente conforme avanza la narrativa. Y la película se emparenta con Aguirre, la ira de Dios (Werner Herzog,1974) y Cabeza de Vaca (Nicolás Echevarría, 1991), en la reinvención de un pasado que no tiene nada que ver con la convencional recreación histórica. La complejidad de Zama se presta a muchas revisiones
En tanto, El autor es un curioso cambio de registro para Manuel Martín Cuenca, director de la inquietante Caníbal (2013), su anterior realización. Aunque el tema trata también sobre un personaje obsesivo que quiere controlar su entorno. En este caso, la adaptación de una novela de Javier Cercas es acerca del sevillano Álvaro (el sorprendente Javier Gutiérrez), un escritor frustrado cuya esposa infiel ha escrito una exitosa novela. Ya separado de ella, el hombre se muda a un departamento y empieza a inmiscuirse en la vida privada de sus vecinos, para inspirar su primera novela, bajo la supervisión de su estricto maestro (Antonio de la Torre).
La película comienza en tono de comedia y va tornándose más oscura conforme los cambios que Álvaro ha propiciado en sus vecinos cobran vida propia, como si las creaturas se rebelaran contra su autor. Cabe señalar que entre los afectados por el protagonista está una pareja de mexicanos, interpretados con su habitual solvencia por Adriana Paz y Tenoch Huerta.
Así, como no queriendo la cosa, El autor se vuelve una reflexión atinada sobre los procesos creativos y lo subjetivos que son los conceptos de arte e inspiración.
Si bien el cine nacional sólo ha estado presente en Toronto con Las hijas de Abril, de Michel Franco, ha extendido su alcance con estas coproducciones que, por lo menos, exponen a tres actores mexicanos muy capaces.
Twitter: @walyder

42 Festival de Cine de Toronto: Las ventajas del primer mundo



Leonardo García Tsao
La Jornada 
Ya llegó ese momento del año en que uno se dispone a escoger entre la imposible variedad del festival de Toronto. No los aburriré más con las cualidades asombrosas de esa certamen. Todo se reduce a una organización de extrema eficiencia que funciona como la proverbial pieza de relojería suiza. Baste con que ustedes entren a la página tiff.net para que puedan comprobarlo.
La información que allí se encuentra no podría ser más completa. Desde luego, incluye a cada una de las 300 y pico películas que se podrán ver a lo largo de 10 días de frenética actividad, con su ficha técnica y un comentario inevitablemente elogioso. La página está diseñada de tal modo que uno puede encontrar los títulos deseados por idioma, género, tema, país, región y programadores, además del consabido orden alfabético.
Asimismo, existe una app que uno puede bajar a su celular, con la cual uno tendrá acceso a todos los horarios de proyección –pública y de prensa e industria– e incluso comprar boletos, si así lo desea. Además, uno le pica al título y aparece toda la información necesaria sobre cada película. No conozco otro festival que ofrezca esa ventaja cibernética, vaya ni Cannes lo tiene. Si alguien no consigue ver una cinta deseada es que de plano sufre de meningitis o tiene muy mala suerte.
En ese panorama de orden y armonía resulta triste comprobar que este año la presencia del cine mexicano es muy reducida. De hecho, la única película nacional es Las hijas de Abril, de Michel Franco, que ya ha sido estrenada aquí. Las otras que tienen producción mexicana han sido dirigidas por cineastas extranjeros: El autor, del español Manuel Martín Cuenca, fue coproducida por la compañía Alebrije Cine y Video; mientras que Zama, de la argentina Lucrecia Martel, fue coproducida por Canana. Por su lado, participa Guillermo del Toro con la producción estadunidense The Shape of Water (La forma del agua), que recientemente ha sido aclamada en los festivales de Venecia y Telluride. Entre los actores mexicanos presentes en Toronto, sobresalen Daniel Giménez Cacho, protagonista de Zama, y Gael García Bernal, quien ofrecerá un coloquio con el público. Y párenle de contar.
La presencia del cine hispanoparlante es muy nutrida, como suele suceder, con un gran número de películas españolas. Como es ocioso y aburrido enlistar todos los títulos, me limitaré a mencionar un fenómeno positivo: la buena cantidad de películas dirigidas por mujeres. Además de la mencionada Zama, de Martel, que también fue muy elogiada en Venecia, están las argentinas Anahí Berneri (Alanis), Constanza Novick (El futuro que viene) y Silvina Schnicer (Tigre); la boliviana Violeta Ayala (Los Burritos); la colombiana Laura Mora (Matar a Jesús), y la chilena Marialy Rivas (Princesita).
Contra la costumbre, la película inaugural no será norteamericana, sino una coproducción escandinava titulada Borg/McEnroe, dirigida por el danés Janus Metz, que obviamente está centrada en la intensa rivalidad habida entre los dos tenistas titulares, interpretados respectivamente por Sverrir Gudnason y Shia LaBeouf, lo cual es un acierto de casting. No sé el sueco, pero LaBeouf es tan insoportable como lo fue John McEnroe. (Curiosamente, el festival incluye otra película sobre un memorable enfrentamiento entre tenistas: Battle of the Sexes, de Valerie Faris y Jonathan Dayton, que narra la rivalidad política y deportiva entre Billie Jean King y Bobby Riggs en
1973).
Finalmente, cabe apuntar que hace unos días, el director y CEO del festival, Piers Handling, anunció que dejará el cargo después de la edición del año próximo. Una noticia algo triste, pues el hombre ha sido una figura esencial en la evolución del TIFF desde que entró a la organización en 1982 y, sobre todo, en los 23 años en que ha fungido como su director. Además, en este mundo saturado de egos inflados, Handling se ha distinguido por ser una de las personas más amables y cordiales que uno puede encontrarse. Se le va a extrañar.
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9/25/2016

Premios y conclusiones


 41 Festival Internacional de Cine de Toronto

Leonardo García Tsao
La Jornada


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Zhang Ziyi, actriz e integrante del jurado del encuentro fílmico, en la alfombra roja de la película The Edge of SeventeenFoto Ap


Toronto. Como es costumbre, uno pasó de largo ante el grueso contingente de películas canadienses y no vio la ganadora del Goose Award como mejor largometraje del país anfitrión: Ceux qui font les révolutions à moitié n’ont fait que se creuser un tombeau (Aquellos que hacen la revolución a medias no hacen más que cavar su propia tumba), de los quebequenses Mathieu Denis y Simon Lavoie. El premio viene acompañado de 30 mil dólares canadienses.
Dentro de la categoría de opera prima, el City of Toronto Award fue para Old Stone (Piedra antigua), de Johnny Ma, filmada en China. En este caso, el premio en efectivo es de 15 mil dólares canadienses.
Ya en su segundo año, la sección competitiva Platform dio su premio a la popular Jackie, producción británica dirigida por el chileno Pablo Larraín (que en Venecia ya había ganado el reconocimiento a mejor guión). El jurado, conformado por los realizadores Brian De Palma y Mahamat-Saleh Haroun y la actriz Zhang Ziyi, explicó su veredicto: Nuestra decisión fue unánime. Encontramos una película que combinaba un guión extraordinario con una dirección precisa y una actuación inolvidable. Le dimos el premio por su exploración del mito del Camelot estadunidense y la actuación prominente de Natalie Portman. El ganador se lleva además veinticinco mil dólares canadienses.
Y como se predijo hace un par de días, la ganadora al premio del público Grolsch fue La La Land, del estadunidense Damien Chazelle. Para quien no alcanzó a ver el excelente musical en sus múltiples proyecciones, el festival ofreció hoy una función gratuita en el Roy Thomson Hall. En la sección Midnight Madness, el premio Grolsch fue para Free Fire (Fuego libre), del británico Ben Wheatley, que podría describirse como hora y media de balazos. Y en la categoría documental, el favorito del público fue I Am Not Your Negro, de Raoul Peck.
Esos son algunos de los premios otorgados por diferentes instancias en un festival que cada año debería ganar el premio a la mejor organización. Aunque la programación hace a veces combinaciones sádicas por las cuales las películas deseadas pasan a la misma hora, uno finalmente consigue ver el mayor porcentaje de lo planeado. Mucho mérito le pertenece al ejército de voluntarios que, con la proverbial amabilidad canadiense, pastorean a las multitudes de espectadores a fin de que entren a las atiborradas funciones en ordenadas filas, sin necesidad de hacer tumultos o dar empujones. (Cannes, por lo visto, nunca ha aprendido esa lección).
Como resumen de lo más sobresaliente del año, el TIFF es inmejorable. No faltó uno solo de los premios principales de los respectivos festivales de Berlín, Cannes, Locarno y Venecia. A eso se suman varios títulos que uno calcula estarán compitiendo por el Óscar a principios del año próximo, entre ellos La La Land y Jackie, precisamente.
El mercado cumplió su cometido y si bien las compras fueron cautelosas, sobre todo al principio del festival, aseguraron la importancia del TIFF al cimentar lo que será la exhibición mundial en los meses venideros.
Hasta el clima se portó bien y sólo un día cayó una ligera llovizna. De hecho, ya he expresado de sobra mi única queja del festival: las malditas escaleras eléctricas del complejo Scotiabank, que casi nunca funcionaron en ambas direcciones al mismo tiempo.
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9/18/2016

41 Festival Internacional de Cine de Toronto



Leonardo García Tsao
De todo un poco
La Jornada 

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Los legendarios músicos Ronnie Wood y Keith Richards, acompañados de sus esposas Sally y Patti, respectivamente, durante su paso por la alfombra roja para la premier de la cinta The Rolling Stones Olé Olé Olé: un viaje a través de América Latina, en el encuentro fílmico de Toronto Foto Ap

Toronto. Ya acercándose el final del TIFF ‘16, me queda hacer un repaso de los títulos satisfactorios vistos en los últimos días. Apuntaba ayer sobre lo que promete ser la favorita del festival, La La Land, de Damien Chazelle. Sin duda, se trata de la película más placentera del encuentro, un musical que si bien hace un homenaje a los clásicos del género –las producciones de la MGM de los años 50, así como la aportación francesa de Jacques Demy (sin su cursilería)–, no se siente como pieza de museo.
Chazelle ha dado un brinco en sus ambiciones desde su anterior Whiplash (2014) y aquí expresa con exuberancia los sentimientos de todo musical que se respete: el gozo de vivir y el gozo de estar enamorado. A través de la relación entre dos jóvenes de Los Ángeles, una aspirante a actriz (Emma Stone) y otro a jazzista (Ryan Gosling), a lo largo de las cuatro estaciones, el cineasta sorprende con su capacidad formal, plenamente expuesta desde el primer momento, una alucinante coreografía en plano-secuencia de todos los conductores atrapados en un freeway angelino, que se ponen a cantar y bailar al unísono.
Ya habrá oportunidad de hablar más sobre ese notable logro genérico cuando se estrene comercialmente en la cartelera. Será curioso constatar cómo reacciona el público mexicano, tan reacio al musical tradicional.
En el registro opuesto está Home, de la realizadora belga Fien Troch. Hablada en flamenco, es un drama familiar sobre un muchacho recién salido del reformatorio (por un delito que desconocemos) que es adoptado en el hogar de su tía, quien tiene un hijo de la misma edad. Utilizando el estilo directo de los hermanos Dardenne (paisanos, al fin y al cabo), pero sin su esperanza humanista, Troch establece con elocuencia cómo las opciones se reducen para jóvenes que, de alguna manera, han sido marcados por la sociedad. La mirada de la cineasta –recién premiada en la sección Orrizonti del festival de Venecia– es dura y nada concesiva, sobre todo a la hora de mostrar el dilema de otro joven personaje sofocado por su mamá devoradora.
Por su parte, el chileno Pablo Larraín participó –al igual que Werner Herzog– con dos títulos en el festival. Mucho más atractiva que Neruda para el público local, Jackie, su primera película hablada en inglés, es un recuento impresionista de los días vividos por la célebre primera dama estadunidense justo después del asesinato de John F. Kennedy. Apoyada en una compleja interpretación de Natalie Portman, el personaje es visto en una variedad de registros, desde el duelo hasta la altivez, pasando por su preocupación de que no se pierda el legado de su marido. Es la película más controlada de Larraín y tal vez la más efectiva.
Con estilo de sobra, Nocturnal Animals, segundo esfuerzo del diseñador Tom Ford como cineasta, combina dos narrativas con su mismo enfoque gélido. Una exitosa dueña de una galería de arte (Amy Adams) recibe la nueva novela de su ex marido (Jake Gyllenhaal), al tiempo que constata que el actual (Armie Hammer) le es infiel. La película ilustra la lectura de dicho texto, sobre cómo un hombre (también con el rostro de Gyllenhaal) sufre el ataque de unos delincuentes en una carretera desierta, resultando en la violación y muerte de su esposa e hija adolescente. La mirada sobre la gente privilegiada de Los Ángeles es fríamente despectiva, mientras que el recurso de la historia dentro de la historia es
doblemente distanciador.
La cosecha ha sido buena en esta edición del TIFF. O uno ha tenido el acierto de escoger bien. El caso es que, ante la excesiva oferta de casi 300 largometrajes, uno se ha salido en una sola ocasión a media película, con la fallidísima I Am the Pretty Thing That Lives in This House (Yo soy la cosa bonita que vive en esta casa), cuyo inepto director, Osgood Perkins, supone que la atmósfera de misterio se consigue con imágenes oscuras, un nulo sentido del ritmo y voces susurradas.
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Extremos del melodrama

41 Festival Internacional de Cine de Toronto

Leonardo García Tsao
La Jornada 

Toronto. Una sorpresa agradable resultó la producción británica Their Finest, sexto largometraje de la realizadora danesa Lone Scherfig. Situada en Londres en 1940, la película se centra en Catrin Cole (Gemma Arterton), atractiva mujer contratada como guionista por el Ministerio de Información para las películas que se producen en su división cinematográfica, bajo la misión edificante de levantar la moral del público británico durante la Segunda Guerra Mundial.
Si bien Catrin dice estar casada con un pintor, su relación profesional con el principal guionista de la oficina (Sam Claflin) se va tornando romántica durante el rodaje de una película escrita por ambos, sobre un par de hermanas gemelas que participan en el rescate de soldados varados en Dunquerque, un hecho exagerado de la vida real.
Scherfig aborda el melodrama con suma delicadeza, dejando que la historia de amor se desarrolle sin trampas ni resortes obvios. El destino trágico de la misma obedece a una casualidad bien planteada, como consecuencia de la guerra. La mesurada interpretación de Arterton confirma la versatilidad de la actriz y sólo Bill Nighy, en el papel de un vanidoso actor de capa caída, se roba todas las escenas en las que aparece.
Además, Their Finest es un sutil homenaje al cine y su capacidad de conmover. Cuando la protagonista ve finalmente el filme de propaganda terminado, comprueba su efectividad sentimental cuando ve que los espectadores se emocionan y lloran a lo largo de su proyección.
Quien ha abusado de las reglas del mismo género, es el veterano Víctor Gaviria con La mujer del Animal. Conocido por sus memorables retratos de la juventud colombiana lumpen en Rodrigo D. no futuro (1990) y La vendedora de rosas (1998), el cineasta sitúa su relato nuevamente en su natal Medellín, en este caso en el cinturón de miseria que rodea a la ciudad.
La protagonista, Amparo (Natalia Polo), es una chica de 18 años que huye de su escuela de monjas para refugiarse con su hermana, quien vive con su marido en una favela. Para su desdicha, un hombre llamado Libardo (Tito Alexander Gómez), apodado El Animal, se fija en ella y al día siguiente la alcoholiza, la viola, la secuestra y la encierra en una choza, obligándola a trabajar sin darle de comer. La cosa se pone peor.
Por desgracia, el guión del propio Gaviria no permite que ese retrato del brutal macho latinoamericano adquiera otro matiz fuera de la vileza integral. Corpulento y de mirada torva, Libardo se gana a pulso su apodo pues, además de martirizar a Amparo, es un criminal del barrio que viola a otras adolescentes locales, participa en asaltos y asesina a vecinos. Es un villano que pide a gritos su ajusticiamiento, a cumplirse de manera inexorable por las reglas del melodrama.
Así, La mujer del Animal se vuelve monótona y demostrativa en su afán de describir una cultura misógina. Cada diálogo de Libardo, rematado por las groserías malparida e hijaeputa, es la promesa de una canallada y Amparo resulta un personaje demasiado pasivo, aún bajo el condicionamiento social que la ha vuelto una víctima.
Ya en sus últimos días, el TIFF denota la partida de gran número de los acreditados. Sólo los locales siguen asistiendo a las diversas funciones en multitudes. Hasta ahora, los títulos que más popularidad han gozado –a juzgar por las largas colas previas a su exhibición– son La La Land, de Damien Chazelle, y Jackie, del chileno Pablo Larraín. De la primera, incluso se añadieron dos funciones más de prensa e industria para cubrir la demanda. Es muy probable que gane el premio del público.
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Doblete de Werner Herzog


41 Festival Internacional de Cine de Toronto
TIFF
Leonardo García Tsao
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De muy buen humor llegaron Justin Timberlake y el director Jonathan Demme a la premier del documental JT + The Tennessee Kids en el festival de Toronto. El filme, protagonizado por el actor y cantante, acaparó la atención de la crítica

Foto Afp

Toronto. De lo que fue el llamado Nuevo Cine Alemán de los años 70, Werner Herzog ha sido el realizador que más se ha mantenido activo y vigente. Dos de sus películas más recientes se exhibieron en el festival para confirmarlo, aunque no se trata de sus mejores logros. (Por ahí también anda Wim Wenders dando lástima con otro bodrio suyo titulado Les beaux jours d’Aranjuez).
Es sabido que, con la excepción del delirante Enemigo interno (2009), las ficciones recientes de Herzog no se comparan con las de su primera época. Salt and Fire (Sal y fuego) se exhibió ayer en una única función de prensa y para la industria y, desde los primeros minutos, el fuerte hedor a churro hizo que los espectadores abandonaran la sala en grupos.
La película abre con el aparente secuestro de tres delegados de la ONU: la alemana Laura (Barbara Ferres), el italiano Fabio (Gael García Bernal) y el también alemán Meyer (Volker Michalowski), quienes acuden a un lugar en Sudamérica (Bolivia, en realidad) para investigar un desastre ecológico. Los diálogos son tiesos y explicativos, las actuaciones son malas de no creerse. Después de padecer la madre de todas las diarreas, el italiano y el alemán desaparecen del cuadro. Sólo queda Laura para enfrentar a Riley (Michael Shannon), magnate autor del secuestro, quien la lleva a una enorme salina, en lo que se supone antes era un lago.
En ese momento, Salt and Fire da un giro de 180 grados y se vuelve otra película. Laura es abandonada en el desierto con dos niños indígenas casi ciegos, con suficientes pertrechos para sobrevivir varios días. Para ella, la convivencia con los niños en un paisaje casi extraterrestre, cobijados sólo por las incontables estrellas, se vuelve una experiencia mística.
Riley reaparece para explicar el abandono y aceptar su culpa en el crimen ecológico de la zona, mientras Herzog se sale con la suya en una de sus realizaciones más excéntricas. Cofinanciado por la compañía mexicana Canana, Salt and Fire es de esos productos inclasificables que sólo encuentran su lugar en un festival de cine.
Más en forma es el documental Into the Volcano (Dentro del volcán), producido por Netflix. En él, Herzog reafirma su obsesión por filmar los cráteres de los volcanes, que se había manifestado antes en el memorable mediometraje La Soufrière (1977) y en Encuentros en el fin del mundo (2007), ambos citados en el nuevo documental. Acompañado por el vulcanólogo Clive Oppenheimer, el cineasta recorre el mundo –el archipiélago Vanuatu, Indonesia, Etiopía, Islandia y Corea del Norte– para documentar los diferentes volcanes que han causado devastación en otros tiempos, y el culto humano del que son objeto.
Las escenas más sobrecogedoras ocurren cuando Herzog capta el momento justo de una erupción, con todo su estruendo y sus oscuras fumarolas. Pero su atención se desvía a otros temas no tan fascinantes, como el hallazgo de huesos humanos fosilizados en Etiopía o, en su parte más colgada, la temible realidad socialista de Corea del Norte y la adoración forzada de sus líderes (cuyo poder proviene del Monte Pektu, según la mitología).
Sin embargo, Into the Volcano palidece al lado de La Soufrière que, en escasa media hora, lograba dar una melancólica sensación de fin del mundo, al explorar la isla de Guadalupe cuando fue evacuada en precaución de la inminente erupción de un volcán. Al final de ese trabajo, un joven Herzog se lamentaba de no haber podido presenciar la destrucción de la isla. Ahora, más prudente, se clasifica como un realizador cuerdo que no corre riesgos innecesarios.
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La rebelión sofocada


41 Festival Internacional de Cine de Toronto
La Jornada
Leonardo García Tsao

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La actriz Amy Adams en la premier de Nocturnal Animals, en el festival de cine canadiense
Foto Ap

Toronto. A raíz de haber sido la gran ganadora en el festival de Sundance de este año, había mucha expectación para ver The Birth of a Nation (El nacimiento de una nación), ópera prima de Nate Parker, quien participó además como productor, guionista y actor protagónico. Una de las salas más amplias del complejo Scotiabank registró un lleno total para su función de Prensa e Industria.
La película es una reconstrucción histórica de la rebelión de esclavos afroestadunidenses encabezada por Nat Turner (Parker, claro) en 1831, tres décadas antes de la Guerra de Secesión. Partiendo desde la infancia de Turner, la narrativa es un recuento detallado de la crueldad y el abuso ejercidos por los amos blancos sobre sus esclavos. El héroe creció en una plantación no tan terrible, donde la señora de la casa (Penelope Ann Miller) tuvo la bondad de enseñarle al niño a leer la Biblia. Dichas lectura y aprendizaje le sirven a Turner adulto a fungir de predicador entre sus compañeros.
Su fama trasciende, y pronto los dueños de las otras plantaciones piden a su amo Samuel (Armie Hammer) que alquile sus servicios de predicador. Es en las diferentes visitas cuando Turner atestigua las atrocidades sufridas por otros negros. Además, su esposa es violada y golpeada por un trío de blancos y él mismo es sometido a latigazos. Eso es el detonante de una violenta sublevación contra los amos que duró dos días.
Con la grandilocuencia explícita desde el título, Parker hace todo lo posible por hacer de su película un evento. Son raras las épicas históricas hechas por realizadores afroestadunidenses –quizá Rosewood (1997), de John Singleton, sea su antecedente más directo– y el realizador no titubea en ser maniqueo para caracterizar a la mayoría de los blancos como villanos patibularios, mientras los negros se muestran siempre nobles en su sufrimiento.
Se debe tomar en cuenta que la película triunfó en Sundance cuando en Hollywood ocurría el escándalo de las nominaciones del premio Óscar, que excluyeron por completo a los actores negros. La ley de la compensación se aplicó con contundencia. De entonces a la fecha, Parker se ha visto involucrado en una acusación de violación por una mujer que se suicidó en 2012. Eso sin duda ha lesionado su causa entre la legión de los políticamente correctos. Por lo pronto, en la conferencia de prensa en el festival, el realizador desvió las preguntas sobre el caso.
De cualquier forma, El nacimiento de una nación aparece en un momento particularmente crítico de tensión racial en Estados Unidos. Los están matando por el solo hecho de ser negros, dice un diálogo de la película, sentimiento que
hace eco a lo ocurrido en varias ciudades del país, donde ciudadanos negros han sido ejecutados por la policía sin justificación.
El título es una clara impugnación a la obra maestra de Griffith de 1915, que fue objeto de controversia por su ideología racista. (Se recordará que en ella los negros eran los villanos y los miembros del Ku Klux Klan, los héroes). En cambio, El nacimiento de una nación, de Nate Parker, no tiene con qué ser incendiaria… ni trascendente. Al final de su proyección en Toronto no se escuchó un solo aplauso.
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La celebridad femenina


41 Festival Internacional de Cine de Toronto
TIFF
Leonardo García Tsao
La Jornada 

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La actriz Scarlet Johannson a su llegada a la premier de Sing, en el Festival de Cine de TorontoFoto Ap

Toronto. Año con año, la sección TIFF Docs, dedicada a los documentales de todo el mundo, se ha convertido en una de las más atractivas. Y es que el género atraviesa por una afortunada racha, sobre todo en México.
Producido por Netflix (y programado a estrenarse en octubre en ese sitio), el documental Amanda Knox es una puntual reconstrucción del crimen y del juicio que se le siguió a la estadunidense a que se refiere el titular y a su entonces novio Raffaele Sollecito, acusados de haber asesinado a la británica Meredith Kercher en el pueblo italiano de Perugia. Como se sabe, un ambiente circense rodeó el proceso porque a Knox se le acusó, en esencia, de ser una asesina depravada por los medios internacionales, que no perdieron la ocasión de satanizar su figura.
Para ello, los realizadores Rod Blackhurst y Brian MGinn hicieron este año una serie de entrevistas a cámara con los propios Knox y Sollecito, así como con el fiscal de Perugia, Giuliano Mignini, y el periodista del diario británico Daily Mail Nick Pisa, quienes hablan con aparente sinceridad sobre sus respectivos papeles en el caso. Quien más se balconea es el último, pues queda en evidencia la clase de amarillismo prevaleciente durante la cobertura de la investigación y el juicio. El supuesto periodista con actitud de chacal defiende su postura con la vieja excusa de si no lo hubiera hecho yo, otro más hubiera aprovechado la noticia.
El documental no saca conclusiones, sino que esto lo deja al juicio del espectador. Al parecer, Amanda Knox no cometió un crimen más grave que el de ser una gringa babosa y frívola –tenía 20 años cuando sucedieron los hechos– que no supo reaccionar a la gravedad del asesinato. Mientras que Sollecito tuvo el infortunio de enamorarse de ella en el momento más inoportuno.
Por su parte, el documental mexicano Bellas de noche, debut de María José Cuevas (hija del pintor del ilustre apellido) es una mirada a otro tipo de celebridades del ayer. Se trata de las vedettes Olga Breeskin, Lyn May, Rossy Mendoza, Wanda Seux y la Princesa Yamal, notorios símbolos sexuales de hace tres o cuatro décadas. Lejos de adoptar una mirada condescendiente o incluso burlona, el documental capta a mujeres que recuerdan con afecto su época de gloria y enfrentan el presente con la mejor de las caras (aun cuando han sido quirúrgicamente renovadas).
Cuevas consigue, al igual que en el caso de Amanda Knox, testimonios honestos de sus entrevistadas, que no se intimidan para declarar secretos (Lyn May confiesa haber tenido un desliz de necrofilia), aceptar realidades dolorosas (Wanda Seux habla de su tratamiento contra el cáncer) o abordar hechos que dañaron sus carreras (la Princesa Yamal habla sobre cuando fue encarcelada, acusada de participar de un robo en el Museo de Antropología). Tal vez la más ajustada a su nuevo statu quo es Olga Breeskin, quien ahora es ministra de una especie de culto en Estados Unidos.
Apoyada en revelador material de archivo, Cuevas ilustra bien el contraste entre el pasado y el presente, la fama y el olvido, la abundancia y la carencia. Bellas de noche es uno de los mejores documentales producidos en México en fechas recientes. Es de confiar que sí consiga una difusión amplia, cuando llegue el momento.
Mientras tanto, por si siguen prestando atención, la descompostura de la escalinata eléctrica del complejo Scotiabank sigue sin arreglarse. Hoy incluso también se suspendió el servicio de descenso, para mayor fatiga de los asistentes. Si uno escuchaba con atención, podía oírse cómo tronaban las rodillas de los usuarios. Es como para demandarlos.
Twitter: @walyder


9/11/2016

Cineastas latinoamericanos de ambición


41 Festival Internacional de Cine de Toronto
TIFF
Leonardo García Tsao
Toronto. Programada en una sala de gran tamaño, La región salvaje, de Amat Escalante, logró reunir a un buen número de espectadores en su primera función de prensa e industria. No fue un lleno total, pero casi. Precedido por críticas mixtas a partir de su estreno en el festival de Venecia, el cuarto largometraje de este realizador marca un encomiable cambio de registro después del realismo descarnado de sus anteriores esfuerzos.
La película abre con la intrigante imagen de un asteroide flotando en el espacio. La imagen adquirirá sentido conforme se desarrolla la narrativa, oscilante entre un realismo cotidiano y lo fantástico. En esencia, Escalante describe un cuadro familiar no por conocido menos tétrico. La pareja guanajuatense formada por Ángel (Jesús Meza) y Alejandra (Ruth Ramos) es típicamente infeliz. Él es un insensible y desagradable machín que no satisface sexualmente a su espo-sa, quien soporta estoicamente su situación sumisa (ella trabaja en la fábrica de chocolates propiedad de su suegra). Y aunque Ángel no se cansa de expresar su homofobia, en la clandestinidad sostiene relaciones con Fabián (Edén Villavicencio), el hermano gay de Alejandra. Al cuadro se añade Verónica, enigmática chica que quiere convertir a todos a su secreto: algo oculto en una cabaña en el bosque, susceptible de ofrecer la satisfacción sexual a tope.
Poco a poco lo fantástico va dominando el relato. Según parece, la criatura en la cabaña (una especie de pulpo gigante, con tentáculos fálicos) provino de un asteroide caído a la Tierra (el cráter resultante es una especie de pozo afrodisiaco para varios animalitos del bosque, que copulan libremente, unos junto a otros). Y quienes administran los servicios de la criatura son una pareja enigmática.
El sexo lo es todo en ese extraño relato. Y es difícil no evocar el recuerdo de Posesión (1981), esa obra maestra de horror metafísico de Andrzej Zulawski, sobre todo en una escena en que uno de los personajes femeninos copula con la criatura, envuelta en sus tentáculos. (Escalante reconoce sus influencias. La película, según se apunta en los créditos finales, está dedicada al cineasta polaco fallecido a principios de este año).
¿Funciona esa mezcla genérica? No del todo. Hacia el final hay momentos que invitan a la risa involuntaria (aunque podrían tratarse de muestras del sardónico sentido del humor del autor). Y, en general, el cuadro doméstico es demasiado prosaico para aguantar una asimilación con la otredad. Desde luego, La región salvaje tiene el mérito de explorar nuevo territorio para Escalante, quien pudo conformarse con realizar Heli parte 2.
También muy ambiciosa, pero más lograda, es Neruda, del chileno Pablo Larraín. Situada a finales de los años 40, la película describe la persecución de la que es objeto el poeta titular (Luis Gnecco) por su filiación comunista. Él y su esposa Delia (Mercedes Morán) se ven obligados a vivir en la clandestinidad. Sin embargo, quien narra la historia es un personaje ficticio, el inspector policiaco Peluchonneau (Gael García Bernal, en su segunda colaboración con Larráin después de No).
Larraín abusa de las vueltas de cámara, los jump-cuts y, en general, un estilo rebuscado para darle originalidad a su relato. El cineasta se pasa de pretencioso. Sin embargo, lo más interesante es la relación entre el escritor y su creación, el policía, quien se rebela ante su condición de personaje secundario y busca trascender. Si bien el recurso literario evoca más a Borges que a Neruda, el asunto funciona para darle un giro conceptual a lo que podría haber sido una biopic convencional.
Y, por si los tenía preocupados, la escalera eléctrica sigue descompuesta, a pesar de los esfuerzos de unos técnicos trabajando a sol y sombra para reparar el desp
erfecto. Según me reveló una de las voluntarias, la escalera lleva dos meses sin operar. Por suerte, uno encontró un lento elevador que funciona en un rincón escondido para ahorrarle a uno la escalinata.
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Visiones de mujeres

41 Festival Internacional de Cine de Toronto

Leonardo García Tsao

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El actor Leonardo DiCaprio a su llegada a la premier del documental ambientalista Before the Flood, en el segundo día del encuentro fílmico en Toronto

Toronto. El primer par de días del TIFF se ha llevado a cabo bajo un calor veraniego, atípico para estas fechas. Lo cual, para los locales, ha añadido un sabor festivo al asunto. (Por alguna razón se ha agregado un desodorante a la bolsa de obsequios del festival. ¿Le habrán querido decir algo a los periodistas europeos?).
Tres películas realizadas por sendas cineastas han ofrecido visiones muy diferentes de la condición femenina actual. La primera, la israelita Sufat chol (Tormenta de arena), de Elite Zexer, se sitúa en una comunidad beduina donde son amplias las evidencias de que la mujer es una ciudadana de segunda clase.
La narrativa se centra en Layla (Lamis Ammar), adolescente con una tensa relación con su madre Jamila (Ruba Blal-Asfour), quien debe supervisar la segunda boda de su ex marido con otra mujer más joven. La principal fuente de tensión, sin embargo, es que Layla ha ocultado la existencia de un novio. Le tocará al padre conseguirle a su hija un marido formal, un hombre que ni conoce.
Premiada en el festival de Sundance, esta opera prima deja ver a un talento en ciernes, que sabe poner en escena su pesimista retrato de una situación milenaria. Muy elocuente es la imagen final de una hermana menor de Layla, atestiguando lo que será su propio destino, mientras estruja los barrotes de una ventana.
El otro ejemplo hace ver a Sufat chol como un dechado de optimismo. Dirigido por la búlgara Ralitza Petrova, también debutante, Bezbog (Sin dios) es un austero drama sobre Gana (Irena Ivanova), trabajadora social que atiende a ancianos en sus hogares. A los que sufren algún tipo de demencia les despoja de su credencial de identidad, para ser mal usado en el mercado negro. El único alivio de la protagonista es participar en un coro dirigido por uno de sus pacientes.
Lo que Petrova pinta es un mundo permeado de corrupción, donde los que no tranzan no avanzan, mientras los no privilegiados se hunden en la desesperanza. (Ciertamente el Departamento de Turismo de Bulgaria no participó en el financiamiento de la película. A partir de sus imágenes resulta difícil concebir un lugar más triste y desolador en la faz de la Tierra).
No extraña que el jurado presidido por Arturo Ripstein en el reciente festival de Locarno la haya premiado con el Leopardo de Oro y la distinción a la mejor actriz para Ivanova. Nuevamente el cine de Europa del Este, como ha ocurrido con Rumania, describe la realidad del poscomunismo como un proceso de descomposición social.
Por su parte, la directora Kelly Reichardt –quizá la más talentosa dentro del cine independiente estadunidense– ha adaptado en Certain Women tres relatos de la escritora Maile Meloy, para contar correspondientes historias, ligadas de alguna manera casual, en las cuales la mujer tiene el papel principal. La estrategia de Reichardt es de desdramatizar situaciones que guardan el potencial de terminar en tragedias, pero las evita con un tono medio. Apoyada en actores probados –Laura Dern, Jared Harris, Michelle Williams (la favorita de la directora) y sí, hasta Kristen Stewart, la película se desenvuelve con la naturalidad de la vida misma, bajo un carácter agridulce.
Algo nada característico del festival es que, desde el primer día, no funciona la escalera eléctrica del múltiplex Scotiabank, donde se realizan la mayoría de las proyecciones de prensa e industria. Entonces la única manera de subir una distancia equivalente a cuatro pisos es mediante una imposible escalinata. Quizás el festival tiene la intención de eliminar con un infarto a los acreditados que pasamos de cierta edad, para cederles nuestro lugar a los jóvenes millennials.
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