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9/15/2019

Amor de madre

44 festival de cine de Toronto

Ignoro si sea una tendencia mundial, o una mera coincidencia en mi elección de películas, pero varias de ellas en el festival han tratado el tema de la maternidad desde diferentes perspectivas.
Sin duda, la más extrema es la singular Ema, del chileno Pablo Larraín, cuya protagonista epónima (Mariana di Girolamo, una revelación) es una bailarina con una agenda imprevisible que incluye dar en adopción a su hijo pirómano, divorciarse de su esposo (Gael García Bernal), a su vez coreógrafo de su grupo de baile, seducir a su abogada de divorcio y, al mismo tiempo, a su marido bombero, a quien ella ha conocido porque Ema también le da rienda suelta a su piromanía con un lanzallamas en diversos puntos de Valparaíso.
Si eso suena disparatado, es mérito de Larraín el darle a todo un sentido, pues se trata de un nuevo orden familiar, en medio de diversos números musicales que el cineasta filma con solvencia, así como momentos de franco erotismo. Entre varias escenas memorables, habría que hacerle un monumento a la apasionada catilinaria pronunciada por García Bernal en contra del reguetón, la música que su mujer baila con su grupo en la calle.
Una madre más convencional, en comparación, es la heroína de la británica A Bump Along the Way ( Un tope en el camino), una señora cuarentona (Bronagh Galla-gher) que queda embarazada tras un acostón y decide tener al bebé, para indignación de su hija adolescente (Lola Petticrew). Dirigida por la debutante Shelly Love con ese tipo de simpatía natural que parece ser exclusiva de los irlandeses, se trata de una feel-good movie que se gana a pulso sus buenos sentimientos, pues tanto madre como hija pasarán por un trance de maduración del cual ambas saldrán reafirmadas y reconciliadas.
La que no se mide en su amor maternal es la protagonista de My Zoe, de la directora y actriz francesa Julie Delpy. La niña titular (Sophia Ally) es la hija de una inmunóloga (Delpy, claro), que tiene conflictos con su ex marido (Richard Armitage) de quien se ha divorciado en malos términos. Un día Zoe sufre un grave accidente cerebral y eso desata un torneo de reclamos, recriminaciones y culpas. Hasta allí, la película se defiende como un drama médico sumado a otro testimonio más sobre la crisis de la pareja. Sin embargo, en un giro tan inesperado como reprobable, la madre decide tomar medidas extremas para resucitar a la niña, que serían más aceptables si tratara de enterrarla en el Cementerio maldito (Kölsche y WIdmeyer, 2019). La película pierde su curso y no se recupera jamás.
Algo parece haber sucedido en el cambio de mandos del TIFF, pues la nueva administración da señas de querer vender más boletos y sacrificar las funciones para la prensa e industria, sobre todo en el pasado fin de semana. Asimismo, se ha vuelto más difícil conseguir los boletos de cortesía para las funciones públicas. De cinco que solicité sólo conseguí uno, cosa que no sucedía antes. ¡ O tempora, o mores!
Twitter: @walyder

9/23/2018

43 Festival de Toronto : Premios y conclusiones


Leonardo García Tsao

En esta ocasión mi tino para escoger títulos de los 255 disponibles fue, al parecer, muy errado, pues no vi ni una de las películas premiadas. En el rubro de los largometrajes canadienses hubo dos premios: el City of Toronto Award a la mejor opera prima fue para Roads in February (Caminos en febrero), de Katherine Jerkovic. Mientras el Canada Goose Award al mejor largometraje fue para The Fireflies are Gone (Las luciérnagas se han ido), de Sébastien Pilote.
El premio de la crítica, o sea FIPRESCI, fue para la irlandesa Float Like a Butterfly (Flota como una mariposa), de Carmel Winters, dentro de la sección Discovery. Y para la estadunidense Skin (Piel), de Guy Nattiv, dentro de la sección Special Presentation.
Por otra parte el premio NETPAC, dedicado al cine asiático, fue para la vietnamita The Third Wife (La tercera esposa), de Ash Mayfair. Y el premio Audentia de Eurimages a la mejor realizadora fue para la etíope Aäläm-Wärqe Davidian por su opera prima Fig Tree (Higuera).
Dentro de Platform, la única sección formalmente competitiva del festival, el premio principal fue para la película china Xi fu Cheng shi (Ciudades de últimas cosas), de Ho Wi Ding.
Y en un festival donde el público es tan importante –y entusiasta– el premio más esperado es el Grolsch People’s Choice Award, que se decide por votación popular. En esta ocasión la ganadora fue la hollywoodense Green Book (Libro verde), de Peter Farrelly. Cabe apuntar que la mexicana Roma, de Alfonso Cuarón, quedó en tercer lugar. Dentro de la sección Midnight Madness, el premio Grolsch fue para la india Mard ko dard nahi hota (El hombre que no siente dolor), de Vasan Bala. En la sección TIFF Docs, el premio fue para la estadunidense Free Solo, de la pareja E.Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin.
Si bien no faltaron las películas sobresalientes –aunque no ganaron premios– la impresión final del TIFF 2018 fue que la edición dejó algo que desear en comparación con ediciones anteriores. Según adelanté en mi primera nota, nos quedaron a deber las premiadas de Venecia, es decir, las nuevas películas de los hermanos Coen, Jennifer Kent, Julian Schnabel y Yorgos Lanthimos.
El TIFF solía ofrecernos el palmarés completo del festival italiano. Fuera de la ya mencionada Roma, ninguna otra película parecía revestir esa urgencia por verla. Esta vez no escuché rumores sobre tesoros ocultos que había que ver.
Por el lado de la industria, la publicación Variety reportó una similar tibieza por parte de los compradores. Por lo visto se acabaron los tiempos en que los títulos eran arrebatados en el primer fin de semana, con precios superiores a los 10 millones de dólares. Ahora prevaleció la cautela.
Es posible que se avecinen cambios dentro del festival, pues este fue el último año para Piers Handling, el director general, y Michèle Maheux, directora ejecutiva. Ambos llevaban décadas en la organización del festival –Handling fue programador desde 1982– y eran conocidos mundialmente por su amabilidad y eficiencia. A saber si los remplazos van a poder llenar sus zapatos.
Twitter: @walyder

9/16/2018

43 Festival de Toronto Viejos en retirada


Leonardo García Tsao

Foto
▲ André Singer (izquierda) y Werner Herzog, coproductor y director, respectivamente de Meeting Gorvachov.Foto Afp
Casi cada año, el cineasta alemán Werner Herzog está presente en el TIFF con un nuevo documental. Esta vez presentó Meeting Gorbachov, que, como su título sugiere, es una entrevista con el ex líder soviético realizada en tres ocasiones a lo largo de seis meses. Producido para History Channel, el documental es lo más convencional que ha hecho Herzog a la fecha, movido por la admiración y el agradecimiento que le profesa al responsable de la perestroika.
De 87 años, Gorbachov contesta con lucidez las preguntas sobre su mandato. El hombre habla de forma pausada y su mirada ha perdido brillo, pero sus recuerdos están intactos. El documental prácticamente cuenta su vida desde su infancia, durante la Segunda Guerra, hasta que renuncia como jefe de Estado ante el colapso de la Unión Soviética y después de haber sufrido un intento golpista.
La preferencia de Herzog por lo extraño y lo excéntrico está por una vez ausente en este trabajo. Codirigido por el francés André Singer, el documental es lineal y didáctico. La entrevista con Gorbachov está complementada con testimonios de políticos contemporáneos –James Baker y Lech Walesa, entre otros– que opinan sobre el legado del dirigente ruso. Una vez cubierto el lado político del tema, los realizadores concluyen de manera sentimental, enfocando el amor y devoción de Gorbachov por su finada esposa Raisa.
Otro homenaje a otro viejo pudo verse en la producción hollywoodense The Old Man and the Gun (El viejo y el revólver), que se supone será la última protagonizada por Robert Redford, quien hace poco anunció su retiro de las pantallas. El director y guionista David Lowery ha confeccionado un afectuoso vehículo de despedida en la historia verídica de Forrest Tucker, responsable de 80 asaltos bancarios y 16 fugas de diferentes cárceles. Redford lo interpreta como un caballero ladrón, que siempre sonríe a los gerentes y empleados de los bancos que roba, sin usar nunca la violencia.
En una de sus escapadas, Tucker conoce a la viuda Jewel (Sissy Spacek) con quien inicia un romance platónico. A la vez, el policía John Hunt (Casey Affleck) comienza la persecución muy benigna del delincuente. Toda la película se pasa como una brisa, pues está pensada como un elegiaco canto del cisne, una revisión de la personalidad de Redford a lo largo de su carrera (hasta incluye una escena de La jauría humana, de Arthur Penn). El veterano actor de 82 años sólo se deja querer, al igual que Gorbachov ante Herzog. 
Tan necesaria es la presencia de los talentos en este festival, sobre todo en las funciones de gala, que si nadie acude la película es retirada del programa. Así le sucedió a Galveston, dirigida por la también actriz Mélanie Laurent, cinta que fue sustituida por A Private War, de Matthew Heineman. Y me contaron el chisme de que esa fue también la razón de la ausencia de Suspiria, de Luca Guadagnino. Según parece, la actriz Tilda Swinton no podía asistir al TIFF por un compromiso social y el muy esperado remake fue cancelado. A veces, las alfombras rojas son más importantes que las propias películas.
Twitter: @walyder

43 Festival de Toronto

Leonardo García Tsao

La más reciente realización del británico Steve McQueen es una clara apuesta por un cine más comercial. Incluida en la sección de las funciones de Gala del festival, Widows (Viudas) es bastante más concesiva que sus primeras películas Hunger (2008) y Shame (2011).

Basada en una serie de TV del Reino Unido, Widows es un entretenido thriller con apuntes sociopolíticos sobre cómo las tres esposas de los respectivos maleantes que murieron al enfrentarse a la policía, se unen para realizar un asalto, pues haber perdido a sus parejas las ha dejado muy mal paradas.

Con un guion del propio McQueen y la novelista Gillian Flynn, la película abre de forma promisoria. La acción se sitúa en Chicago, una ciudad conocida por su crimen urbano, y donde hay una contienda entre dos candidatos a un puesto, uno de los cuales está involucrado con el botín robado por el difunto marido de Verónica (Viola Davis). Comentarios sobre el racismo, la corrupción y el sexismo abundan en lo que ella organiza el golpe que, curiosamente, resulta lo menos interesante del asunto. El director precipita el desenlace como si se hubiera cansado de entrar en detalles. Por eso mismo, abundan los cabos sueltos que quedan sin explicación.
Por otra parte, First Man (Primer hombre),tercer largometraje de Damien Chazelle, es la crónica elegíaca de la carrera del astronauta Neil Armstrong (Ryan Gosling) desde que pilotea jets X-15 hasta que pisa la Luna en la misión del Apollo 11. Con una abundancia de escenas de su vida familiar, que lo mismo revelan lo irreparable que fue la pérdida de su hija Karen, o establecen la devoción de su esposa Janet (Claire Foy). Como se necesita poseer un carácter bien centrado para ser astronauta, Armstrong carece de neurosis que lo hagan complejo. En la taciturna interpretación de Gosling, pareciera un hombre frío sobre todo al explicar a sus hijos los riesgos de su chamba como si fuera una conferencia de prensa.
La cinta cobra vida cuando Chazelle recrea los viajes espaciales como una experiencia inmersiva donde las imágenes y los sonidos remiten a una tecnología incierta, llena de peligros potenciales. Armstrong junto con Aldrin (Corey Stoll) y Collins (Lukas Haas) no estaban seguros que iban a salir con vida del viaje a la Luna. Pese a una música inadecuada de Justin Hurwitz, las secuencias finales del alunizaje sí captan todo el misterio y la dimensión de la hazaña. Todo está visto desde la perspectiva de los astronautas; no hay planos generales de sus acciones, lo cual les confiere una sensación íntima. (Por ahí hubo una controversia en Washington, porque no se ve el momento en que Armstrong coloca la bandera estadunidense sobre la superficie lunar; al parecer, los republicanos son tan tontos que si no ven detalles patrioteros, no entienden las cosas).
En el TIFF siempre queda la canija duda si uno escogió las películas correctas, o si las joyas estaban pasando en otras salas. De cualquier forma, entre los asistentes cunde la impresión que este festival no fue pródigo en maravillas como ha ocurrido en años anteriores. Ya faltan pocos días para modificar dicha impresión.
Twitter: @walyder

43 Festival de TorontoFranceses en inglés

Leonardo García Tsao


▲ La actriz Mia Goth en la alfombra roja de High Life, en el festival de cine de Toronto.Foto Ap

Hollywood como estado de ánimo pesa tanto en la mente de todo cineasta, que un director tan francés como Jacques Audiard ha sentido la necesidad de filmar un western. Contra lo que pudiera pensarse, el resultado es maravilloso. The Sisters Brothers (Los hermanos Sisters) es una coproducción entre Estados Unidos, Francia, Rumania y España, pero su corazón pertenece a la cinefilia más genuina.
Así pues, los hermanos epónimos son Eli (John C. Reilly) y Charlie (Joaquín Phoenix), dos eficaces matones a la orden del comodoro (Rutger Hauer en un cameo). Su siguiente misión es asesinar a Hermann Warm (Riz Ahmed), quien posee una fórmula que le permitirá encontrar oro en plena fiebre californiana (estamos en 1851). Sin embargo, los hermanos también tienen planes de volverse gambusinos.
Gran parte de la tensión –y el humor– de la película deriva de la relación volátil entre los Sisters. Charlie es impulsivo y dado a los placeres carnales más que Eli, quien una vez conseguido un botín, piensa colgar las armas y retirarse. Por supuesto, ambos se quieren, y hay una sorprendente ternura en la maternal conclusión de la historia. Ciertamente un final inesperado en la historia violenta del género.
The Sisters Brothers presume de una factura impecable que le valió a Audiard el premio al mejor directoren el pasado festival de Venecia. No es un western revisionista, ni tampoco aspira a un clasicismo de museo. El realizador ha logrado darle vitalidad al género con una imaginería novedosa, apoyado en el trabajo notable del fotógrafo Benoît Debie, en un equipo de primera que incluye al músico Alexandre Desplat y a la diseñadora de vestuario Milena Canonero.
El otro lado de la moneda es que la también francesa Claire Denis, directora de culto si las hay, ha hecho su primera película en inglés y dentro de un género, la ciencia-ficción, normalmente asociado con la producción hollywoodense. Bajo un título de tienda de ropa de los años 60, High Life, Denis ha engendrado una especie de pesadilla en el espacio, en el peor de los sentidos. La acción se sitúa en una nave espacial tripulada por reos que buscan redimirse cumpliendo una peligrosa misión. En efecto, las amenazas a la tripulación son constantes, entre ellas, una doctora (Juliette Binoche) está empeñada en obtener semen de los hombres para sus experimentos de vida artificial. La producción, aunque reúne capitales de cinco países, se antoja pobre y la nave parece una cómoda o un amplificador, según se le vea.
Entre otras cosas intrigantes, la película ofrece la imagen de la casi siempre infalible actriz, masturbándose con un dildo metálico dentro de un espacio conocido como the fuckbox. O también, la secuencia en que la misma Binoche se encama con un inconsciente Robert Pattinson para extraerle esperma y poder inyectársela a una mujer dormida y embarazarla. (La fecundación para ser el tema central de High Life, aunque no lo podemos decir con certeza). Denis ha hecho con frecuencia un cine arriesgado, pero inteligente. A menos que se trate de una simulada parodia, esta vez le falló la intuición.
Twitter: @walyder


43 Festival de Toronto : Demasiado grande para Netflix


Leonardo García Tsao

Después del éxito de Gravedad (2013), el realizador Alfonso Cuarón hizo algo sorprendente, volver a México para filmar su película más ambiciosa y personal a la fecha. Recién ganadora del León de Oro en el festival de Venecia, Roma es un vívido y emotivo fresco sobre la vida en Ciudad de México a principios de los años 70, desde la perspectiva de un personaje al que por regla general se le margina a un segundo plano. Ese personaje es Cleo (Yalitza Aparicio) una de las dos empleadas domésticas que trabajan en un hogar de clase media de la colonia epónima.
De tintes autobiográficos, la película describe una serie de situaciones en que la familia interactúa con Cleo, quien es la encargada de cuidar a los cuatro niños que la integran, además de encargarse de la cocina y la limpieza hogareñas. Si bien Sofía (Marina de Tavira), la madre, trata a Cleo como miembro de la familia, no faltan los momentos en que le grita órdenes para recordarle quién es la patrona.
Ambas mujeres han sido abandonadas por sus respectivas parejas, lo que refuerza el nexo.
El novio irresponsable de la muchacha es Fermín (Jorge Antonio Guerrero), un joven que la ha dejado embarazada. En una de las mejores secuencias de Roma, Cleo lo busca en un campo en el estado de México, donde él entrena artes marciales con docenas de jóvenes similares, bajo la instrucción del Profesor Zovek (Latin Lover). Es el entrenamiento de los Halcones que, meses después, entrarán en acción para reprimir la manifestación del jueves de Corpus.
Cuarón recrea dicha represión, pero es algo que sucede en los márgenes de la historia. Lo importante es lo que le sucede a Cleo en una tienda de muebles y su encuentro final con Fermín. Lo que sigue es el momento más doloroso de la película, una secuencia resuelta con una intención clínica que no elude la compasión.
No hay nostalgia en la mirada del director, sino un recuerdo patente de cómo eran las cosas. Así era la avenida de los Insurgentes, con sus camiones chatos y autos viejos. Así eran las salidas del cine, con la multitud de vendedores ambulantes. Así era el país, con sus presidentes represores cuyas iniciales se podían leer en los montes. Con travelings laterales, Cuarón lo muestra todo como un flujo vital, sereno como el recuerdo mismo.
Convertido en autor total –director, guionista, fotógrafo, coeditor y productor–. Cuarón ha hecho la película mexicana que será una referencia inevitable en los años venideros. Tan rico es el despliegue visual y auditivo de Roma que uno siente la necesidad inmediata de volverla a ver. Seguro las repetidas visiones revelarán otros significados.
Lo único lamentable del asunto es que, siendo adquirida por Netflix, Roma no podrá ser apreciada por la mayoría de los espectadores como acaba de verse en Toronto: en una pantalla grande de cine. Su hermosa fotografía en blanco y negro y 65mm. quedará reducida al tamaño de las pantallas caseras y, peor, las computadoras. Al menos en México sería urgente que pudiera estrenarse también en salas cinematográficas.
Twitter: @walyder

43 Festival de Toronto El terrorismo reconstruido


Leonardo García Tsao

En la sección Special Presentation del encuentro cinematográfico coincidieron dos películas sobre sendos ataques terroristas. La primera de ellas, Hotel Mumbai, del director australiano Anthony Maras, recrea cuatro días de noviembre de 2008, cuando un comando de 10 terroristas islámicos causaron cientos de muertos y heridos en varios puntos de la ciudad titular. Sin embargo, la acción se concentra en el estado de sitio que los militantes impusieron sobre el opulento hotel Taj Mahal Palace, matando a sus huéspedes y empleados con armas de fuego y granadas.
El realizador debutante se vale de elementos válidos para construir la permanente tensión del relato. La muerte violenta de inocentes es un recurso dramático infalible y aquí esa situación se mantiene in crescendo, sobre todo al concentrarse en un grupo aislado de personas que tratan de sobrevivir ocultas en un club privado dentro del hotel.
Ha habido tantos thrillers sobre terroristas vencidos por héroes de acción que uno reacciona por reflejo condicionado a la presencia de un gringote (Armie Hammer), que promete ser el muchacho chicho de la película. Y no es así. La realidad no admite a un Bruce Willis.
Por otro lado, el guion establece bien el rencor de los terroristas ante el verdadero lujo asiático en que viven sus víctimas. Amén de los fundamentos religiosos, lo que anima esta jihad es un profundo resentimiento de clase. Los terroristas no son más que jóvenes pobres, sin el privilegio de una educación y manipulados por sus líderes con falsas promesas del paraíso y una compensación económica para sus familiares.
La segunda película, 22 July (22 de julio), del británico Paul Greengrass, reconstruye la masacre perpetrada en 2011 en un campamento de veraneo en la isla de Utoya, Noruega, por parte de un terrorista neonazi. (Ya en la Berlinale se había estrenado la versión de Erik Poppe, titulada Utoya, precisamente, sobre los mismos hechos, aunque con un enfoque diferente).
El responsable de la matanza, Anders Behring Breivik (Anders Danielsen Lie), había detonado antes una bomba en el centro de Oslo. Pero su principal objetivo era asesinar a tiros a docenas de jóvenes de ideología liberal en dicha isla. De manera inteligente, Greengrass resume el ataque en los primeros 40 minutos.
El resto de las dos horas y pico de duración las dedica a contrastar con sobriedad el proceso legal al que se somete al terrorista tras su captura, con la dolorosa recuperación de una de sus víctimas, el adolescente Viljar (Jonas Strand Gravli).
Breivik sostiene una ideología totalmente opuesta a la islámica. Pero su metodología es letalmente la misma. Arrogante y solipsista, él se considera un soldado en la guerra contra la inclusión. Si bien una y otra forma de terrorismo son temibles, la del fascista resulta más difícil de comprender.
Tras su triunfo en Venecia, Roma, de Alfonso Cuarón, es una de las películas más esperadas en Toronto. Mañana comenzará a exhibirse y uno calcula que va a haber casi golpes para verla. Por lo pronto, tendrá tres funciones de prensa e industria en las salas más amplias del teatro Scotiabank. Eso es previsión.
Twitter: @walyder

43 FESTIVAL DE TORONTO : Todas hacen pop


Leonardo García Tsao

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▲ Los actores Jason Isaacs y Dev Patel, protagonistas del Hotel Mumbai.Foto Afp
Todavía no ha pasado aquí a la prensa la nueva versión de Nace una estrella, dirigida y protagonizada por Bradley Cooper, que ha recogido críticas elogiosas en su paso por Venecia. Pero no cabe duda de que el melodrama musical está nuevamente de moda. Este domingo se se vio Vox Lux, segundo largometraje del también actor Brady Corbet, que se supone es una deconstrucción de una estrella pop.
Dividida en actos de título presuntuoso y narrada con ironía por Willem Dafoe, la película describe el improbable ascenso de una cantante llamada Celeste (Raffey Cassidy), desde que es herida en uno de esos tiroteos masivos que suceden con alarmante regularidad en las escuelas gringas. Al componer una canción conmemorativa de la tragedia, Celeste se vuelve popular y consigue un contrato con una disquera, así como un mánager cínico (Jude Law, extrañamente soportable). Sin embargo sucede el ataque a las Torres Gemelas y la cantante debe cambiar.
Ya treintona (e interpretada por Natalie Portman), Celeste se ha convertido en una diva en conflicto con su hermana (Stacy Martin), su hija (Cassidy, nuevamente) y su propio abuso de bebidas etílicas. Otro ataque terrorista la coloca en el centro de la controversia. Pero el show debe seguir. Y Portman hace una acertada parodia de todas esas cantantes –ya saben cuáles– que promueven un pop inocuo y esterilizado, con canciones que son más bien eslóganes y movimientos robotizados. Al menos, pienso que es una parodia, porque la secuencia de concierto se presenta sin más al final, como en una celebración de lo que hoy pasa por espectáculo.
Otra película, estrenada en Toronto, ofrece una visión totalmente convencional de un fenómeno similar. Se trata de Teen Spirit (Espíritu juvenil), opera prima de Max Minghella (hijo del finado Anthony) y protagonizada por Elle Fanning como una adolescente polaca cuyo gusto por el canto la lleva a concursar en el programa televisivo epónimo. Por supuesto, la chica está verde aunque canta con el corazón, según le aconseja el viejo cantante de ópera (Zlatko Buric) que se ha vuelto su mánager.
El asunto no podría estar más apegado a una fórmula tan vieja como el concepto del showbiz. Pronto la protagonista es aceptada por ejecutivos y el público, triunfando a todo lo que da en la secuencia climática. La película misma está filmada como esos programas de concurso musical que se han vuelto tan populares, y uno siente la necesidad de cambiar de canal si no fuera porque Fanning es una presencia encantadora que trasciende el cliché.
No todo es perfección en este festival. Al menos en el departamento técnico, donde quiera se cuecen habas. Hace unos días, me contaron, la proyección de Peterloo, la obra más reciente del británico Mike Leigh, se vio afectada por un problema de audio que hacía ininteligibles los diálogos. Como el problema no se arreglaba y la película no se entendía, la mayor parte del público abandonó la sala. Y este domingo durante la proyección de Hotel Mumbai, de Anthony Maras, la lámpara del proyector se fundió un par de veces durante las escenas más tensas. Pero el público es tan educado que ni siquiera chifló. Aquí nadie la grita al cácaro.
Twitter: @walyder

9/09/2018

El insulto


Carlos Bonfil


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▲ “En la actual crisis migratoria en Europa, El insulto adquiere toda la pertinencia imaginable.”Foto grama de la cinta del director libanés Ziad Doueiri.

Del agravio personal al resentimiento político. La trama de El insulto (L’insulte, 2017), la cinta más reciente del director libanés Ziad Doueiri (West Beirut, 1998), es muy sencilla. A raíz de un pequeño altercado verbal entre Toni Hanna (Adel Karam), dueño de un taller de reparaciones de autos y simpatizante de la derecha cristiana libanesa, y Yasser (Kamel El Basha), un capataz de origen palestino que de modo comprensible aunque imprudente señala a Toni la fuga de agua que desde lo alto de su departamento moja a los peatones, se origina un pleito judicial que rápidamente escala y se vuelve asunto de una polarización política nacional.
Para entender mejor la dimensión del encono es preciso tener presentes, mínimamente, ciertos antecedentes históricos a los que la cinta alude: una sangrienta guerra civil iniciada en los años 70 y que en principio concluye en 1990, pero cuyas secuelas persisten hasta nuestros días; también la figura de Bachir Gemayel, líder cristiano carismático y muy popular que en tanto presidente electo fue asesinado en Líbano en 1982; y finalmente, la presencia en el país de una minoría de refugiados palestinos cuya integración cultural y política ha sido particularmente difícil. Huelga señalar que en el clima actual de crisis migratoria en Europa, la película El insulto adquiere toda la pertinencia que cabe imaginar, pudiéndose transplantar la espiral de agravios y rencores a varias regiones del continente, sin hablar de lo que los espectadores pudieran imaginar, como trama parecida, en alguna de nuestras dos fronteras.
La cinta hace énfasis especial en el poder explosivo del lenguaje. A la primera descalificación verbal teñida de racismo que profiere el cristiano libanés Toni, los palestinos nunca pierden la ocasión de perder una ocasión, le sigue, en el calor de la disputa, otra frase más brutal e irreparable: Me habría gustado que Ariel Sharon los hubiera aniquilado a todos.
Poco importan ya los esfuerzos diplomáticos por apaciguar los ánimos del fundamentalismo que encarna Toni o la rabia que se apodera de Yasser cuando ve rotos los puentes de un entendimiento civilizado. Tampoco las disculpas escatimadas u ofrecidas a destiempo ni la labor impotente de los escasos intermediarios pacificadores lograrán disipar un agravio que es sólo un pretexto para volver a atizar un fuego mal apagado o para abrir de nuevo heridas mal sanadas. El asunto llega hasta los tribunales de los que también resultará algo iluso esperar una imparcialidad verdadera. Y sin embargo, la fábula moral que propone el director es un poderoso alegato en favor de la tolerancia.
La película de Doueiri muestra, sin un asomo de ingenuidad, la confrontación innegable de posturas en apariencia irreconciliables tanto en el terreno religioso (Islam y cristianismo) como en el político (izquierda y derecha), y el caos que puede producir una palabra desafortunada capaz de interpretarse de maneras aún más lamentables. Una sola palabra o un simple tuit si la escala sube hasta el capricho de un tirano veleidoso. Viene luego el peso de la historia, de las viejas guerras fratricidas o los conflictos territoriales que se creían superados y que con la intervención de los medios o las redes sociales cobran una virulencia nueva. Los únicos perdedores en esos desencuentros y animosidades son quienes creyendo vivir en el mejor de los mundos posibles, cierran los ojos o voltean la mirada, niegan con una retórica hueca los agravios e injusticias, para luego escandalizarse por la persistencia de un rencor social para ellos incomprensible o injustificado. Los personajes de El insulto son víctimas de una ceguera moral compartida, de la irracionalidad de un entorno social cargado de violencia latente e incapaces de vislumbrar el perdón como última estrategia de salvación personal. La cinta transcurre en buena medida en los tribunales, pero el asunto es más moral que jurídico. La obra más reciente de Ziad Doueiri evita caer en lo convencional y lo maniqueo, sencillamente porque de modo muy lúcido sabe abordar una complejidad histórica. Se vuelve así una clara lección de humanismo, algo más valioso de lo que muchos espectadores suelen esperar de una buena cinta.
Se exhibe en la Cineteca Nacional y en salas comerciales.

43 Festival de Toronto Trump no es el único blanco


Leonardo García-Tsao


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▲ Penélope Cruz en la presentación de la cinta Everybody knows en el Festival de Cine de Toronto.Foto Afp

Uno de los estrenos más esperados del festival ha sido el nuevo documental de Michael Moore. Titulado Fahrenheit 9/11, en referencia al día que Donald Trump ganó la elección, es fácil adivinar cuál es su blanco de ataque en esta ocasión. El cineasta usa videos de archivo para pintar al presidente estadunidense como un déspota, racista y misógino, y no dice algo que no hayan dicho antes incontables comentaristas políticos, humoristas, blogueros y demás.
Pero eso es sólo la punta del iceberg. Moore tiene muchos temas en su agenda y los expone con su dispersión característica. El realizador sufre del síndrome de déficit de atención y se desvía a media película para denunciar la crisis de agua potable en su pueblo de Flint, Michigan, y condenar a Rick Snyder, el corrupto gobernador republicano de ese estado. Luego ejerce sus payasadas de costumbre y finge querer arrestar a Snyder en su oficina o rociar la entrada de su casa con agua contaminada.
Aunque Moore es pesimista, se permite ver con esperanza el surgimiento de movimientos cívicos por parte de los jóvenes, sobre todo los de Parkland, Florida, que convocaron a manifestaciones masivas después de haber sufrido uno de tantos tiroteos que se dan en Estados Unidos.
En la parte final, el cineasta hace comparaciones entre Hitler y Trump, advirtiendo cómo la historia puede repetirse si se confía demasiado en el poder de la Constitución. El tino de Moore es como de escopeta: dispara hacia todos lados, pero alguno de sus perdigones dan en el blanco. Fahrenheit 9/11 es más acertado cuando afirma que Trump es el resultado de un sistema, del cual los demócratas también son responsables. (Por cierto, Obama tampoco sale bien parado del documental y es acusado igualmente de corrupción).
Otro tipo de desencanto estadunidense pudo apreciarse en Destroyer, un abrasivo ejercicio en neo-noir debido a la directora Karyn Kusama. A diferencia de tantos ejemplos del género, la policía que ha tocado fondo en este caso es una mujer. Flaca, ojerosa, cansada y sin ilusiones, lo más sorprendente es quien la interpreta, una Nicole Kidman casi irreconocible.
La película abre en la escena de un crimen. La detective recuerda cómo estuvo involucrada hace 17 años como agente encubierta con una banda de asaltabancos, cuyo botín sigue oculto. Alternando dos tiempos en un Los Ángeles desolado y sórdido, la narrativa va revelando las razones por las que la protagonista ha descendido a su estado actual y cómo su hija adolescente, en plena etapa de rebeldía, es su única fuente de redención. Destroyer es cine negro como casi ya no se practica.
En el segundo día, las multitudes ya se agolpan en el múltiplex Scotiabank, donde se llevan a cabo la mayoría de las funciones. Aunque hay 14 salas en el complejo, alguien ha organizado con notable eficacia la logística de las largas colas de espectadores para evitar amontonamientos, agandalles y percances. Si el festival de Cannes tan sólo aprendiera.
Twitter: @walyder

43 Festival de Toronto : Guerreros chinos e intelectuales


Leonardo García Tsao

Ya empezamos con decepciones. Uno se mete a ver la nueva película del otrora gran director chino Zhang Yimou, esperando que se redimiera de ese espanto de artificio digital llamado La gran muralla (2016), que intentaba mezclar convenciones chinas con otras hollywoodenses de manera poco orgánica. En principio, este asunto prometía. Titulada Shadow (Sombra), la realización más recuiente de Zhang Yimou se suponía una recuperación de la estética milenaria de los dibujos a tinta negra de esmerada estilización. Y sí, los colores están deslavados y hay abundancia de grises y negros, pero eso no ha sido suficiente.
La historia se sitúa en el conflictivo periodo de los Tres Reinos (220-280 dC), donde el joven y peligroso rey Pei (Zheng Kai) aspira a recuperar la ciudad de Jing por la fuerza. Para eso quiere valerse de su comandante (Deng Chao), quien ha cultivado a un doble –su sombra– para engañar al rey y sus enemigos cuando sea necesario. Las intrigas cortesanas son por demás confusas y Zhang permite que los actores exageren en sus gestos como si se tratara de una ópera bufa. Todos los momentos dramáticos son puntuados por acordes de laúd chino.
Muchos espectadores empezaron a salirse de la sala y otros a reírse de manera involuntaria desde las primeras escenas. La cosa mejora un poquito cuando empiezan las acciones propias del género wuxia. Sin embargo, el cineasta escenifica raros duelos entre paraguas y lanzas que dudo mucho tengan veracidad histórica. Aunque hay algunas imágenes preciosistas de paisajes bajo la lluvia incesante, lo abundante es la violencia gore. Tratando de parecer una tragedia isabelina, todo conduce a un final baño de sangre por el cual la mayoría de los personajes perecen atravesados por una espada. Al parecer Zhang ha perdido totalmente la brújula (un invento chino, por cierto). Lo que antes era sobriedad y economía de gestos se ha convertido en una grandilocuencia totalmente desaforada.
Mucho mejor fue la nueva aportación del francés Olivier Assayas en Doubles vies (Vidas dobles, aunque aquí le endilgaron el título poco afortunado de Non-Fiction). Si al principio de su carrera el realizador evocaba comparaciones con François Truffaut, ahora ha emulado en cierta forma a Eric Rohmer, otro emblema de la Nueva Ola francesa. La película es una comedia costumbrista en la que los personajes –un editor de libros (Guillaume Canet) y su esposa actriz (Juliette Binoche)– se reúnen con amigos y conocidos para discutir, en esencia, sobre los cambios provocados en la lectura por las redes sociales. Por supuesto, como son franceses, las discusiones son inteligentes… y como son franceses, también, uno y otra tienen amantes sin que eso tenga mayor consecuencia dramática.
De hecho, el amante (Vincent Macaigne) de la esposa es un personaje muy gracioso: un novelista que utiliza su vida personal como punto de referencia para sus creaciones, al grado de llamarlas auto-ficciones. Mucho humor se deriva de un detalle en el que el escritor ha mentido sobre una felación que recibió en el cine. No fue durante una proyección de El listón blanco, de Michael Haneke, como apunta él, sino en un episodio reciente de La guerra de las galaxias.
El primer día del festival los organizadores se portan especialmente sádicos. Varias de las proyecciones de prensa e industria de hoy no se vuelven a repetir. Quien las vio, las vio. Y si no… pues a tratar de conseguir un boleto para sus atiborradas funciones públicas.
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43 Festival de Toronto: El cine mexicano va con todo


Leonardo García Tsao

Ya llegó ese momento del año en que terminan las vacaciones veraniegas en Norteamérica, comienza la temporada del futbol americano profesional y, por supuesto, empieza el de cine más imponente, así como mejor organizado del continente americano. En su 43 edición, el festival de Toronto ofrecerá 255 largometrajes en representación de 74 países. Y de ellos, 33 por ciento son películas dirigidas por mujeres. O sea que aunque uno se propusiera ver sólo cine femenino, no le alcanzaría el tiempo. De ese tamaño son las frustraciones del llamado TIFF.
Desde que dejó de abrir con títulos canadienses, el festival ha mantenido la tradición de estrenar títulos poco entusiasmantes para su función inaugural. Este año, el dudoso honor le ha tocado a Outlaw King (Rey forajido), de David Mackenzie, una película épica sobre la lucha de escoceses rebeldes contra invasores ingleses en el siglo XIV. Dado que el director fue responsable del estupendo thriller/western Enemigo de todos (2016), cabe esperar que el resultado sea algo más que un recalentado de Braveheart (Mel Gibson, 1995).
A diferencia del año pasado, cuando el cine mexicano fue representado en rigor por un solo título –Las hijas de Abril, de Michel Franco–, este año será la revancha con una presencia importante de cineastas nacionales: Alfonso Cuarón y Carlos Reygadas presentarán sus obras más recientes, Roma y Nuestro tiempo, respectivamente; mientras, Alejandra Márquez Abella, con Niñas bien, y Alonso Ruizpalacios, con Museo, ofrecerán sus segundos largometrajes. El quinteto lo completa la debutante Lila Avilés con La camarista. Desde luego, habrá mucha expectativa por ver la excelente Roma, después de que las críticas en Venecia han sido tan elogiosas y ante la posibilidad de ganar algún premio importante.
México también participará con coproducciones dirigidas por cineastas de otras nacionalidades: Acusada, del argentino Gonzalo Tobal, (con una aparición de Gael García Bernal), Belmonte, del uruguayo Federico Veiroj; Fausto, de la canadiense Andrea Bussmann, y Pájaros de verano, de los colombianos Ciro Guerra y Cristina Gallegos.
Por su parte, el cine argentino es el único otro latinoamericano con una fuerte representación: la ya mencionada Acusada; El ángel, de Luis Ortega, previamente estrenada en Cannes; La flor, de Mariano Llinás; La quietud, nuevo largometraje de Pablo Trapero; Sueño Florianópolis, de Ana Katz, y Rojo, de Benjamín Naishtat. Por cierto, la película de Llinás es la más larga del festival, con nada menos que 14 horas de duración. Ganadora del premio principal del festival Bafici, La flor será exhibida en tres funciones para aquel que quiera dedicarle más de la mitad de un día a ver cine argentino de vanguardia.
Si bien el TIFF nos tiene acostumbrados a dejarnos ver lo más atractivo del festival de Venecia, este año nos falló y no veremos aquí lo más reciente de los hermanos Coen (The Ballad of Buster Scruggs, un western paródico en episodios), el italiano Luca Guadagnino (su remake de Suspiria) y el griego Yorgos Lanthimos (The Favourite). A ver si el festival de Morelia sí nos hace el favor.
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9/17/2013

38 Festival Internacional de Cine de Toronto Los premios y los números



Leoonardo García Tsao
Toronto, 16 de septiembre. A diferencia de lo que ocurre con otros grandes festivales, el de Toronto es básicamente no competitivo, por lo que sus contados premios –que atañen sobre todo a la industria canadiense– no revisten mucho interés. No es por ser descortés con los amables anfitriones, pero el cine canadiense, salvo excepciones, no podría ser menos apasionante.
Así, el premio a mejor largometraje canadiense, otorgado por City of Toronto y Canada Goose Award fue para el documental When Jews Were Funny (Cuando los judíos eran chistosos), de Alan Zweig. El premio a la mejor opera prima canadiense fue para la película animada Asphalt Watches (Relojes de asfalto), de Shayne Ehman y Seth Scriver. Mientras el premio YouTube al mejor cortometraje canadiense fue para Noah, de Walter Woodman y Patrick Cederberg.
Los siguientes premios de importancia son los otorgados por la Fipresci (la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica), que se circunscriben a las secciones Special Presentations y Discovery. Dentro de la primera, el premio fue para la película polaca Ida, de Pawel Pawlikowski. Y en la segunda, el premio fue para la mexicana Los insólitos peces gato, opera prima de Claudia Saint-Luce, “quien –según el texto de la Fipresci– nos muestra un entendimiento precoz, juguetón y emotivo sobre la naturaleza fluida de la familia y la capacidad del corazón humano, aun bajo las peores circunstancias, para la generosidad, la empatía y la ternura”.
Siguen los Blackberry People’s Choice Awards, o sea el premio del público según el número de votaciones hechas por los espectadores en las urnas o por Internet. La ganadora fue 12 Years a Slave (Esclavo por 12 años), del británico Steve McQueen. El segundo lugar fue para Philomena, del también británico Stephen Frears; y el tercero para Prisoners (Prisioneros), debut hollywoodense del canadiense Denis Villeneuve. El primer premio viene acompañado de 15 mil dólares locales para el director. En la sección Midnight Madness, el premio del público fue para Jigoku de naze warui (¿Por qué no juegas en el infierno?), del japonés Sion Sono; y en la sección de documentales, TIFF Docs, fue para Al Midan (La plaza), de la egipcia Jehane Noujaim.
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La actriz Jennifer Aniston en el estreno de Life of Crime en el festival de cine de TorontoFoto Ap

Hay otros tres premios menores de diferentes patrocinadores que no mencionaré para no abusar de la paciencia del lector.

Por el lado del negocio, el festival reportó ventas más que satisfactorias. Así como un aumento del 10 por ciento en el número de delegados de la industria que asistieron al TIFF. Las compañías presentes sumaron un total de 2 mil 588. Eso habrá sido muy satisfactorio a la hora de las compraventas pero, en términos prácticos, explica en parte por qué las proyecciones de Prensa e Industria se volvieron tan multitudinarias como para salirse del control de los voluntarios y los gerentes del múltiplex Scotiabank. Eso, para un festival tan preocupado por ser práctico y eficiente, debe ser una de las cuestiones que deberán revisarse en la planeación de la edición del próximo año.

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9/16/2013

38 Festival Internacional de Cine de Toronto De soledades enfermizas



Leonardo García Tsao
Toronto, 14 de septiembre. Aunque el TIFF se especializa en programar convencionales historias de amor y ampulosas películas de época, sobre todo en su sección de Gala, también encuentra lugar para lo escabroso. Un ejemplo de ello es Child of God, segundo largometraje del polifacético y, por lo visto, infatigable actor James Franco.
Basada en una novela de Cormac McCarthy, la película se centra en un personaje llamado Lester Ballard (Scott Haze), un malviviente semitarado, semisalvaje, que deambula por los bosques sureños, impulsado por instintos muy primarios. Siempre babeante y de andar simiesco, Lester rompe el último de los tabúes al encontrar a una pareja que ha muerto accidentalmente en un auto; el hombre procede a fornicar con el cadáver de la mujer e incluso la carga a su cabaña para seguirla usando como pareja. De ahí en adelante, inicia una carrera de asesino en serie para procurarse más víctimas de su necrofilia.
Franco filma con algunos recursos de moda –la continua disolvencia a negros, la cámara que se menea aún en los planos fijos– y divide su relato en capítulos. Sin embargo, el novel realizador tendría que desarrollar un talento como el de Werner Herzog para convertir a ese freak en un verdadero hijo de Dios. Así como lo muestra es un simple hijo de la chingada, un personaje del todo repugnante.
Mucho más mesurada es Caníbal, del español Manuel Martín Cuenca. La película se sitúa en Granada, donde un sastre llamado Carlos (un sobrio Antonio de la Torre) lleva una vida solitaria de asceta, con nulo acercamiento a otras personas. El único problema es que Carlos se alimenta de las mujeres que asesina en parajes solitarios de la carretera. Esa paz será irrumpida por Alexandra (Olimpia Melinte), una inmigrante rumana que insiste en buscarlo. Tras la desaparición sospechosa de la mujer, el sastre es interrogado por Nina, la hermana gemela de aquella. Esta vez su mundo controlado será puesto a prueba.
Más que una película de género, Caníbal es un pausado estudio de personaje. Cuenca describe con equivalente parquedad la vida patológica de su misógino personaje, pero en ningún momento cae en el elemento violento que uno asocia con el canibalismo en el cine. Carlos no es ningún Leatherface. Ciertamente la estrategia estética de Cuenca es mucho más sugerente que la obviedad morbosa empleada por Franco.
Pero en eso del morbo, nadie le gana al sudcoreano Kim Ki-duk, quien ofrece en Moebius un verdadero round robin de perversidades. En su primera película no parlante –los personajes se comunican sólo con gritos y pujidos–, Kim describe a la más disfuncional de las familias: en un arranque de celos, una mujer le amputa el pene a su hijo adolescente (y se lo mete a la boca). Desde entonces, el padre se obsesiona para compensar a su hijo por su pérdida y descubre, por Internet, que uno puede sentir placer orgásmico si se raspa alguna parte del cuerpo con una piedra hasta sacarse sangre. Eso es apenas el inicio del delirio. Pronto la película deriva en otras prácticas masoquistas más extremas y hasta en el incesto. Moebius sólo puede aceptarse como una comedia negra (quizás involuntaria), pues el público del festival reaccionó a carcajadas o, de plano, saliéndose de la sala. Lo que no cabe duda es que Kim Ki-duk es un provocador de muy baja categoría.
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9/13/2013

38 Festival Internacional de Cine de Toronto : Punk y metal, según los gustos



Leonardo García Tsao

Toronto, 12 de septiembre. Después de un par de días de haber hecho selecciones equivocadas –ese elemento de suerte es el chiste para pasarla bien o mal en el festival de Toronto– uno ha recuperado el pulso con películas como Vi är bäst! (¡Somos las mejores!), realización con la que el sueco Lucas Moodyson recupera el tono celebratorio de su opera prima, Fucking Amal (1999), al narrar las andanzas de tres preadolescentes en el Estocolmo de 1982 que, en su rechazo frontal del sistema, deciden formar un trío de punk rock, aunque sólo una de ellas, Hedvig (Liv LeMoyne) sabe tocar la guitarra. Las otras dos, Bobo (Mira Barkhammar) y Klara (Mira Grosin) se ocupan de la batería y el bajo, respectivamente, con el pleno espíritu punk del valemadrismo.

Basada en la novela gráfica de Coco Moodyson, esposa del realizador, Vi är bäst! sigue a sus encantadores personajes, aún infantiles en muchas de sus actitudes, mientras despiertan el rencor entre las otras compañeras de la escuela y coquetean con los miembros de otra banda punk, ésta masculina. Y aunque hay rivalidad entre Klara y Bobo por uno de ellos, el malentendido es pasajero, pues la solidaridad entre las tres, como indica Hedvig, es lo más importante. Todo culmina con un desternillante concierto en una escuela de la ciudad vecina de Vastarnas, donde el trío –ante los abucheos– decide probar que el punk no ha muerto, insultando al público y su ciudad.

Hablando de conciertos de rock, el lunes pasado fue el estreno mundial de Metallica: Through the Never, película de concierto dirigida con habilidad por el realizador estadunidense de ascendencia húngara Nimród Antal. Como era de esperarse, el público asistente parecía componerse casi exclusivamente por fans rabiosos del metalero grupo –salvo quien esto escribe–, por lo que abundaban las camisetas negras, los tatuajes y las manos poniendo cuernos. Por ahí, hasta andaba un paisano ondeando la bandera tricolor que, cuando aparecieron los miembros de Metallica a presentar la película, lanzó el grito de ¡México los ama!

Exhibido en 3D y en IMAX, el documental confirma el potencial de ese tipo de recursos para hacer más vívida la experiencia. Eso y un sonido a volumen de concierto, precisamente, funcionan de recreación virtual de una presentación en vivo, por lo que sorprendió que el público no se manifestara más vocalmente durante la proyección. Uno esperaba por lo menos cantos gregorianos dentro de la sala para acompañar al cantante James Hetfield, pero no. Hasta para eso, los canadienses son bien portados.

Para hacer más entretenido el documental –y ejercitar su inventiva visual con su fotógrafo, el húngaro Gyula Pados– Antal y los integrantes de Metallica se han inventado un relato paralelo sobre un roadie (Dane DeHaan) que, en busca de un misterioso maletín, se enfrenta a un jinete apocalíptico en una ciudad desolada. Aunque uno hubiera querido ver más de ese asunto, los fanboys no lo hubieran perdonado.
Por su parte, el británico Ben Wheatley –conocido en México sólo en festivales, si acaso–ha hecho otra peculiar realización en A Field in England, sobre cuatro soldados que escapan del campo de batalla durante la guerra civil en 1648. Filmada en llamativo blanco y negro que le da a las imágenes la autenticidad de grabados de la época, la película es excéntrica aún para los estándares de Wheatley. Hay mucho alucine –producto de la ingesta de unos hongos– y una búsqueda incomprensible de un tesoro que acabará, claro, con un despliegue de violencia en cámara lenta. Este es el tipo de cine que sólo encuentra cabida en festivales tan eclécticos como el de Toronto.

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9/11/2013

38 Festival Internacional de Cine de Toronto: El camino de las decepciones



Leonardo García Tsao
Toronto, 10 de septiembre. Sgún se sabe, el camino del cinéfilo está empedrado de decepciones, sobre todo si las expectativas han sido alimentadas por buenos antecedentes. El británico Jonathan Glazer se había distinguido como director de videos musicales –de Radiohead, entre otros grupos– antes de debutar con Sexy beast (2000), esa vigorosa aportación al cine de gángsters en el Reino Unido. Más de una década ha pasado antes de que acometiera su segundo largometraje, Under the skin (Bajo la piel) que quizá podría calificarse como de ciencia ficción si fuera más inteligible.

En teoría trata de una extraterrestre que adopta una forma humana y femenina (Scarlett Johansson) y deambula, primero en camioneta y luego a pie, por parajes desolados de Escocia abordando a hombres que, atraídos por su belleza, responden muy interesados. A algunos los deja en paz, a otros los manda a una especie de limbo negro, donde sus cuerpos se disuelven como si estuvieran hechos de cartón.

La película rebosa en imágenes sugerentes y en la presencia de Johansson con ropa entallada o desnuda –lo cual no está mal–, pero pronto cae en una incoherencia narrativa que tendrá a algunos colegas haciendo sesudas interpretaciones. Glazer parece haber retornado a la estética del videoclip, sólo que en esta ocasión sus logros visuales son acompañados por sonidos raros y estridentes.

Igualmente decepcionante ha resultado el segundo largometraje de la mexicana Mariana Chenillo, cuya opera prima Cinco días sin Nora mostró un raro talento para hacer una película coral y una irónica mirada a las convenciones sociales. Paraíso, en cambio, peca de simple. En este caso, una pareja de gordos (Daniela Rincón y Andrés Almeida) se muda de Ciudad Satélite al DF y ese cambio supone en ella una concientización de su obesidad (como si el DF no estuviera igualmente poblado de panzones). Un intento de dieta compartida le funciona al marido pero a ella no; con lo que comienzan los conflictos de infidelidad.

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Scarlett Johansson a su llegada al estreno de Don JonFoto Ap

Basado en un cuento de Julieta Arévalo, el guión de la propia Chenillo no consigue hacer gracioso el dilema de la protagonista quien, de manera gratuita, resuelve su vida ganando un concurso televisivo de cocina, conducido por Carlos Loret de Mola, ni más ni menos. Demasiadas concesiones se han hecho en buscar una película de corte comercial y el resultado es poco diferenciable del grueso de las comedias que ahora abundan en el cine mexicano.

La mayor decepción de todas es que la organización del festival de Toronto, a la que he elogiado por su precisión y puntualidad, no pudo con los números de espectadores que acudieron en masa al múltiplex Scotiabank donde se realizan la mayoría de las funciones de prensa e industria. Ayer fue tal el gentío que se rompieron las estrictas reglas impuestas por el departamento de bomberos en cuanto a seguridad en un espacio público. Además, por rara ocasión en el festival, se atestiguaron gritos, empujones y agandalles de personas que se quisieron saltar las largas colas que serpenteaban el lobby.
Hoy se impusieron nuevas –e imprácticas– reglas para formar a los acreditados afuera, en la calle, justo el día en que el verano volvió intempestivamente y las temperaturas, con el factor de humedad, coqueteaban con los 40 grados. Con mucha razón, muchos estaban cabreados desde antes de ver una sola película.
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9/10/2013

38 Festival Internacional de Cine de Toronto Biopics y documentales trucados



Leonardo García Tsao
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La actriz británica Judy Dench posa en la alfombra roja de la película Philomena en el festival de cine de TorontoFoto Xinhua

Toronto,9 de septiembre. Basado en hechos reales puede ser una de las frases más engañosas en los créditos cinematográficos, porque suele prestarse a licencias contradictorias a la verdad. El escepticismo se acrecienta sobre todo en las biopics de celebridades contemporáneas, pues la memoria es reciente. Tal es el caso de All Is By My Side, recuento biográfico de Jimi Hendrix en la primera parte de su carrera musical, justo antes de llamar la atención internacional en el festival de Monterey de 1967.

Dirigida y escrita por John Ridley, esta producción británica parte desde la época en que el músico aún se hacía llamar Jimmy James y tocaba de acompañante en un club neoyorquino. Es ahí donde lo descubre Linda Keith (Imogen Poots), novia de Keith Richards nada menos, quien lo anima a independizarse y buscar su propio sonido. La interpretación hecha por André Benjamin (la mitad del dúo Outkast) es lo único verosímil del asunto. Parecido físicamente al verdadero Hendrix, el también actor ha hecho una caracterización convincente de su timidez e incluso de su forma de hablar. Es la historia la que suena hueca, con poco rock y demasiado rollo. (Para colmo, no se aseguraron los derechos de las composiciones de Hendrix y ninguna se escucha en la banda sonora… este Jimi sólo toca cóvers.)

La historia real detrás de Philomena es mucho menos conocida, sin embargo resuena con autenticidad. Dirigida por el británico Stephen Frears con su acostumbrado profesionalismo, la película recrea la historia de la anciana epónima, Philomena Lee (Judi Dench), que decide conocer al hijo ilegítimo que le fue arrebatado por unas monjas y puesto en adopción; ella acude al periodista Martin Sixmith (Steve Coogan) para que la ayude en su misión de encontrarlo. Aunque no es una comedia, detalles humorísticos abundan en la no siempre cordial relación entre los dos personajes, marcada por el sarcasmo del segundo.

Sin embargo, detrás de su aspecto de película amable y biempensante, Philomena es una maliciosa diatriba contra la Iglesia católica, cuya mojigatería en la Irlanda de los años 50 despojaba a las jovencitas solteras embarazadas de sus niños y los ponía en venta a parejas estadunidenses pudientes; factor por el que las monjas escamoteaban la información y la hacían inaccesible a las partes afectadas. La postura anticlerical es expresada en todo momento por el personaje de Sixmith, y naturalmente Coogan –coguionista y productor del proyecto–se adjudicó los mejores diálogos.

Por supuesto, el género más directo para referirse a la historia misma es el documental. Pero, ¿qué se hace cuando no hay material con qué ilustrarlo? El camboyano Rithy Panh, quien ha dedicado su carrera a documentar las atrocidades del Khmer Rouge, resolvió el dilema de no encontrar pietaje en L’image manquante (La imagen faltante) con el recurso de utilizar figurillas de barro y detalladas maquetas. Así, Panh describe cómo el totalitarismo brutal de Pol Pot hizo vaciar la capital de Pnom Penh y obligar a la población civil a trabajos forzados en condiciones miserables. El efecto, aunque totalmente artificial, es elocuente. El poco material fílmico disponible es propaganda del Khmer Rouge, con imágenes de trabajadores felices de la tierra. Los escasos momentos filmados de las lamentables condiciones reales fueron hechas por un anónimo camarógrafo que fue preso y ejecutado.

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9/09/2013

38 Festival Internacional de Cine de Toronto: Pérdidas en el espacio



Leonardo García Tsao
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En esta imagen publicitaria de Gravity aparecen Sandra Bullock, a la izquierda, quien interpreta a Ryan Stone, y George Clooney, quien personifica a Matt KowalskyFoto Ap

Toronto, 8 de septiembre. Los elogios recibidos en Venecia no fueron exagerados. Gravity (Gravedad), de Alfonso Cuarón, es por mucho la mejor realización de su corta filmografía, un triunfo artístico que reconcilia a la ciencia con la ficción y también la poesía. Si bien su anterior Niños del hombre (2006) apuntaba ya a logros de ligas mayores, Gravity alcanza la categoría de clásico instantáneo. Cuarón no es sólo el director y el productor, sino también su coguionista (en colaboración con su hijo Jonás) y su coeditor (con Mark Sanger).
La acción se sitúa en el espacio, a 600 kilómetros sobre la Tierra, donde dos astronautas trabajan fuera de su estación espacial. Él, Kowalsky (George Clooney) es un veterano de la Nasa, mientras ella, Stone (Sandra Bullock, en el papel de su carrera) es una debutante que efectúa reparaciones al equipo externo. Una anunciada lluvia de chatarra espacial, restos de un satélite ruso, provocan un desastre y Stone queda a la deriva. Eso es apenas el inicio de una estrujante aventura de supervivencia en el hostil aunque majestuoso ambiente del espacio.

Desde su primera escena, Gravity suspende todo escepticismo. Cualquiera diría que se trata de la primera película de ficción filmada en locaciones reales del espacio. La referencia obligada a 2001: odisea del espacio es superada en cuanto a verosimilitud. Tal es el dinamismo de la puesta en cámara, la maestría fotográfica de Emmanuel Lubezki y el apoyo de impecables efectos especiales que uno se siente como en una experiencia de inmersión. En este caso, el efecto de la tercera dimensión no es un mero gimmick para cobrar más caro el boleto, sino una parte esencial de dicha experiencia. (Verla en dos dimensiones o, peor, en video, como ocurrirá eventualmente, es quitarle gran parte de su chiste).

Quizá el único elemento discordante sea el tono demasiado jocoso del personaje de Clooney, aun en cara a la muerte. En esos momentos se evoca más bien a Buzz Lightyear, de Toy Story, que a un astronauta auténtico. Pero es una objeción muy menor a una obra que dará mucho de qué hablar.

Por cierto, tanta expectativa había entre los acreditados del festival de Toronto para ver Gravity, que la entrada a la sala fue otra hazaña. Desde una hora antes de iniciar la función ya había una multitud ordenada en filas que no parecían tener principio ni fin. Por supuesto, la sala de 555 butacas fue insuficiente y muchos profesionales se quedaron afuera. Eso sí, el festival ya programó una función adicional para prensa e industria el día de mañana.

Tal fue el impacto de Gravity que hasta parece desproporcionado hablar de otra película en el mismo espacio. Pero vale la pena mencionar Palo Alto, si tan sólo para abordar el fenómeno de James Franco, ya consagrado como el ajonjolí de todos los moles en los medios gringos. El ubicuo actor también es director y su segunda película: Child of God, se presenta en el festival después de que la primera, As I lay dying, se estrenó en Cannes este año. Asimismo, es escritor en sus ratos libres y una colección de sus cuentos, titulada Palo Alto, ha sido adaptada al cine y dirigida por Gia Coppola, nieta de Francis Ford, nada menos. La película –con una secundaria actuación de Franco, no faltaba más– es otro recuento más de cómo la juventud de hoy –llamémosla Generación XXX– pierde su potencial cometiendo pendejadas. Coppola pone y mueve la cámara mejor que su tía Sofía (bueno, eso cualquiera), y no juzga a sus desperdiciados personajes, sino los observa con desmarcada curiosidad. Así, la película con nombre de motel de paso sirve para marcar el debut aceptable de la portadora de un apellido que, alguna vez, tenía connotaciones del mejor cine.
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9/06/2012

37 Festival Internacional de Cine de Toronto Algo de lo que nos espera


Leonardo García Tsao
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La cinta On the road será una de las que se exhiban en el encuentro fílmico de la ciudad canadiense. En la imagen aparecen, de izquierda a derecha, Sam Riley, Kristen Stewart y Garret Hedlund, en una escena de la películaFoto Ap

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oronto, 5 de septiembre. Por segunda vez consecutiva el festival norteamericano más importante ha oto su tradición de inaugurar su programación con una película canadiense, optando por un estreno hollywoodense. Si Cannes lo hace, ¿Toronto por qué no? En este caso el título es Looper, thriller de ciencia-ficción dirigido por Rian Johnson, en el cual un matón a sueldo (Joseph Gordon-Levitt) deberá viajar al futuro para asesinar a la versión cincuentona (Bruce Willis) de sí mismo.
Mucho más anticipados son otros tres títulos estadunidenses en el programa: Cloud Atlas, inusitada colaboración entre el alemán Tom Tykwer y los hermanos Wachowski; The Master, la nueva realización del impredecible Paul Thomas Anderson, cuya anterior Petróleo sangriento (2007) ha sido una de las obras maestras del nuevo milenio, y To the Wonder, un regreso atípicamente veloz de Terrence Malick a la actividad cinematográfica, después de que el año pasado El árbol de la vida fue una de las películas más discutidas.

Como es costumbre, varios otros títulos redondean el atractivo de un festival que retoma lo sobresaliente de anteriores festivales como Berlín, Cannes, Locarno y Venecia, y lo mezcla con un anticipo de los principales estrenos del otoño. La numeralia indica que se ha programado un total de 372 títulos, 289 largometrajes y 93 cortos, bastante más que el año pasado. Las películas se reparten en 15 secciones, y el festival utiliza un total de 34 pantallas. O sea, el asunto es intensivo, como siempre.

Entre las novedades encontramos que la sección dedicada a los documentales, antes llamada Reel to Real, se ha rebautizado como TIFF DOCS (TIFF son las siglas de Toronto International Film Festival). Y en un festival que, en esencia, no es competitivo, por primera vez se otorgará un premio por NETPAC (Network for the Promotion of Asian Cinema) al mejor primer o segundo largometraje de producción asiática.
La programación iberoamericana ha reunido 15 títulos de los que, para no variar, el mayor número son españoles: cinco, sin contar las coproducciones de directores no españoles. Estos son:
Blancanieves, película muda de Pablo Berger; Fin, de Jorge Torregrossa; el documental Hijos de las nubes: la última colonia, de Alvaro Longoria; The Impossible, coproducción con Hollywood de Juan Carlos Bayona, e Insensibles, de Juan Carlos Medina. En cambio, la participación mexicana se limita a dos: Juego de niños, de un director que se hace llamar Makinov (obviamente se trata del seudónimo de alguien conocido) y Post tenebras lux, la obra de Carlos Reygadas ya estrenada en Cannes.

También el cine argentino tiene un par de representaciones: Elefante blanco, de Pablo Trapero, y Viola, de Matías Piñeiro; lo mismo sucede con el cine chileno: la muy elogiada No, de Pablo Larraín, protagonizada por Gael García Bernal, y La noche de enfrente, película póstuma de Raúl Ruiz. Colombia se queda con una: La Sirga, de William Vega (que, como No, cuenta con participación mexicana). De países con escasa (o casi nula) producción están Polvo, del guatemalteco Julio Hernández Cordón, y 7 cajas, de los paraguayos Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori. Mientras, de Portugal se presentará Tabú, de Miguel Gomes, para varios colegas la merecedora del Oso de Oro en el pasado festival de Berlín.
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