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9/06/2026
Guerra por el Sentido
Fernando Buen Abad
Es crucial que el siglo XXI se entienda como el siglo de las guerras por el sentido, porque la disputa decisiva no ocurre únicamente sobre territorios, mano de obra, recursos, tecnologías o instituciones; ocurre sobre la capacidad de nombrar, clasificar, jerarquizar y volver inteligible el mundo. Entendemos aquí que la filosofía de la semiosis tiene hoy una tarea que rebasa la interpretación sobre los medios, modos y relaciones de producción de sentido, que debe investigar y transformar el cómo se fabrica socialmente aquello que una época aprende a considerar verdadero, natural, deseable o inevitable. Quien consigue imponer el significado de “libertad”, “democracia”, “seguridad”, “progreso”, “mérito”, “naturaleza”, “trabajo” o “verdad” no ha conquistado todavía la realidad, pero ha avanzado sobre el territorio donde la realidad comienza a ser percibida.
Las derechas y las ultraderechas están preparando un paquete de emboscadas ideológicas y políticas con el objetivo preciso de producir esa desfiguración: que los dueños de grandes recursos se representen como víctimas, que aquellos que acumulan riqueza se representen como creadores solitarios de prosperidad, que aquellos que subsisten de su trabajo se perciban como sospechosos de parasitismo, que el conocimiento colectivo se apropie como propiedad privada y que la naturaleza, tras siglos de explotación, se vea obligada a presentarse ante el tribunal de la rentabilidad.
Entendemos que transparentar la semiosis (producción de sentido) permite descubrir esa operación: cada signo condensa relaciones históricas, intereses materiales, memorias, conflictos y posibilidades; cada palabra puede funcionar como ventana hacia lo real o como cortina que lo oculta. Por eso, intervenir la semiosis del presente significa rastrear las fuerzas que producen los significados, identificar quién tiene poder para estabilizarlos y abrir nuevamente aquello que el discurso dominante pretende cerrar. La guerra por el sentido es, en última instancia, una lucha por la imaginación social: por decidir qué vidas cuentan, qué sufrimientos son visibles, qué conocimientos son legítimos, qué territorios pueden ser sacrificados y qué futuros pueden ser concebidos. Allí comienza una filosofía crítica de nuestro siglo: desarmar los signos que naturalizan la dominación y construir signos capaces de revelar las relaciones que hacen posible transformar el mundo.
Una de las paradojas más perjudiciales de nuestra época radica en que aquellos que afirman salvaguardar la libertad están creando las condiciones materiales para que casi nadie pueda ejercerla. Por otro lado, aquellos que se acusan de amenazar el orden suelen ser aquellos que intentan retornar al término “libertad” su significado perdido. Esta distorsión semiótica no es un accidente del lenguaje: es una operación de poder. Cuando una clase logra denominar la realidad desde la perspectiva de sus propios intereses, tiene la capacidad de transformar la explotación en mérito, el despojo en inversión, la subordinación en oportunidad, la obediencia en libertad y la devastación ecológica en expansión. La primera batalla, entonces, ocurre antes de cualquier programa económico: ocurre en el diccionario con el que una sociedad aprende a reconocerse.
Y su mecanismo resulta sofisticado porque pretende aparecer como sentido común. Su éxito dependería de que la sociedad cesara la percepción inversa de las relaciones sociales y aceptara como naturales aquellas formas históricas construidas a través de leyes, instituciones, violencia, herencias, cercamientos, monopolios, endeudamiento y disciplinamiento en el ámbito laboral. El fetichismo de la mercancía alcanza aquí una dimensión política extrema: las cosas parecen adquirir voluntad propia mientras desaparecen las personas y las relaciones que las producen. Un precio parece explicar el valor; una patente parece explicar el conocimiento; una propiedad parece explicar la legitimidad; un contrato parece explicar la justicia; una estadística de crecimiento parece explicar el bienestar.
Detrás de cada abstracción reaparece, cuando se mira con suficiente precisión, una arquitectura humana. La mercancía oculta las manos. El salario puede ocultar dependencia. La rentabilidad puede ocultar agotamiento. La deuda puede ocultar transferencia de poder. La propiedad puede ocultar una historia de apropiaciones. La palabra “eficiencia” puede esconder cuerpos exhaustos. Allí comienza una ciencia crítica de la conciencia: aprender a preguntar qué relación social ha sido borrada para que una cosa pueda presentarse como autónoma. El proyecto reaccionario necesita precisamente lo contrario: una sociedad que contemple los resultados sin investigar las relaciones que los producen.
Por eso intenta secuestrar los recursos naturales, la fuerza de trabajo y las capacidades intelectuales, como si fueran reservas privadas disponibles para una minoría. La operación es particularmente reveladora en el campo del conocimiento. Quienes menos contribuyen a producir conocimiento colectivo pueden intentar privatizar sus resultados, controlar sus canales de circulación y convertir décadas de acumulación científica, tecnológica y cultural en rentas extraordinarias. La inteligencia social aparece entonces como propiedad de quien posee la infraestructura para capturarla.
Esta es otra distorsión crucial: el capital puede apropiarse de una potencia intelectual que no se creó de manera individual, para presentarse posteriormente como la fuente exclusiva de innovación. La paradoja alcanza su máxima intensidad cuando se observa la fuerza laboral. Se exige flexibilidad a quienes viven de su trabajo mientras se reclama seguridad absoluta para quienes poseen capital; se celebra la movilidad del trabajador mientras se blindan las posiciones de propiedad; se invoca la libertad contractual entre partes radicalmente desiguales y luego se interpreta el resultado como expresión espontánea de mérito. El contrato parece democrático porque las firmas son simétricas sobre el papel, aunque las condiciones materiales que conducen hasta esas firmas sean profundamente asimétricas. La explotación contemporánea ha aprendido además a esconderse detrás de vocabularios luminosos: emprendimiento, autonomía, innovación, resiliencia, competitividad.
Palabras legítimas se vacían de su historia hasta funcionar como dispositivos de consentimiento. La cuestión de género vuelve todavía más visible esta arquitectura. Una economía tiene la capacidad de proclamar igualdad mientras descarga sobre las mujeres, las disidencias y los cuerpos feminizados enormes cantidades de trabajo reproductivo, emocional y comunitario que rara vez se encuentran en las cuentas públicas. Cocinar, cuidar, criar, acompañar, sostener enfermos, organizar hogares, mantener redes afectivas y reconstruir cotidianamente la vida constituyen actividades indispensables para la reproducción social.
Cuando ese trabajo queda invisibilizado, la economía parece producirse sola. La mercancía llega al mercado como si hubiera nacido allí, sin infancia, sin cuidados, sin cuerpos que hayan garantizado su existencia. La perspectiva ecológica revela una inversión semejante. La naturaleza se presenta como “recurso” cuando en realidad constituye la condición material de toda producción. Se llama externalidad a aquello que ha sido expulsado artificialmente del cálculo empresarial: contaminación, pérdida de biodiversidad, agotamiento de acuíferos, degradación del suelo, emisiones, residuos, alteración climática, enfermedades asociadas a determinados procesos industriales. La palabra “externalidad” realiza una proeza ideológica: convierte en externo aquello de lo que depende la existencia misma del sistema. El planeta aparece como una periferia contable de la economía cuando la economía es, materialmente, una organización social inscrita dentro de la biosfera. El error no es solamente conceptual; produce consecuencias históricas.
Una civilización que considera ilimitada una base material finita construye su propia contradicción. Por eso la revolución de las conciencias requiere una operación más profunda que cambiar consignas: exige aprender a ver aquello que el lenguaje dominante vuelve invisible. No basta denunciar una mentira; hay que reconstruir el sistema de relaciones que permitió que pareciera verdadera. No basta sustituir un diccionario por otro; hay que devolver a las palabras su capacidad de revelar experiencias concretas. La libertad debe volver a preguntar por las condiciones materiales que permiten ejercerla. La propiedad debe preguntar por su historia. El progreso debe responder ante la vida. El desarrollo debe enfrentar sus costos ecológicos. El trabajo debe recuperar la dignidad de quienes producen. La ciencia debe reconocer su carácter colectivo. La igualdad debe incorporar las dimensiones económicas, sexuales, raciales, territoriales y ambientales de la existencia. La democracia debe entrar también en la fábrica, la universidad, el laboratorio, la plataforma digital, el campo, el hogar y los territorios amenazados por el extractivismo.
Aquí se manifiesta la dimensión ética de la práctica: una transformación social genuina no puede limitarse a la conquista de instituciones; requiere la modificación de los hábitos perceptivos a través de los cuales los individuos interpretan su propia experiencia. La revolución de las conciencias comienza cuando alguien descubre que aquello que consideraba un fracaso individual era una relación social; que aquello que entendía como destino era una estructura histórica; que aquello que parecía una mercancía era trabajo humano cristalizado; que aquello que parecía una decisión privada estaba condicionado por fuerzas colectivas; que aquello que parecía naturaleza inevitable había sido producido políticamente.
Esa revelación tiene también una dimensión estética: cambia la composición de lo visible. Hace aparecer las manos detrás de los objetos, los cuidados detrás de los salarios, los territorios detrás de las materias primas, las generaciones futuras detrás de cada decisión presente y los cuerpos detrás de cada cifra. La realidad adquiere profundidad cuando recupera sus mediaciones. Allí reside la verdadera potencia de una conciencia emancipada: dejar de mirar el mundo desde el espejo que fabricaron quienes se benefician de su reflejo. La emboscada ideológica fracasa cuando el lector descubre que el supuesto orden natural era una construcción social y que la supuesta libertad del mercado dependía de innumerables trabajos, instituciones, cuidados y bienes comunes previamente producidos.
Entonces la paradoja se completa: aquello que había sido presentado como propiedad individual revela una deuda colectiva; aquello que parecía riqueza privada revela trabajo social; aquello que parecía libertad revela dependencia; aquello que parecía progreso revela destrucción; aquello que parecía sentido común revela una disputa histórica por el poder de nombrar. Y cuando una sociedad aprende a mirar esas relaciones en su posición verdadera, el diccionario deja de ser una jaula: se convierte en instrumento de investigación, memoria y transformación. La conciencia deja de contemplar el mundo como destino y comienza a reconocerlo como obra humana, por tanto, susceptible de ser transformada. Esa es la zona insospechada donde ética, ciencia, estética y política vuelven a encontrarse: en la capacidad colectiva de producir otro significado para la vida antes de que otros vuelvan a producir, en nuestro nombre, el significado de nuestra propia existencia.
Derechas y ultraderechas disputan, e imponen, su sentido de “la libertad” convertido en una mercancía que necesita compradores para demostrar que existe. He ahí otra paradoja: cuanto más se pronuncia la palabra libertad, más estrecho puede volverse el mundo material de quienes viven de su trabajo. El signo promete emancipación mientras la relación social organiza dependencia; la palabra asciende y el cuerpo desciende. Arriba dice LIBERTAD. Abajo aparece una firma. Entre ambas, una deuda. Y detrás de la deuda, alguien posee aquello que otro necesita para sobrevivir. La trampa comienza cuando confundimos el nombre de una cosa con la cosa misma.
El capitalismo sabe que quien consigue dominar el significado antes de dominar el territorio puede hacer que el territorio parezca ya conquistado. Por eso la nueva ofensiva de las derechas y ultraderechas no necesita presentarse siempre como asalto: puede llegar vestida de diccionario, entrar por la gramática, instalarse en los reflejos cotidianos y conseguir que la víctima termine pronunciando las palabras de su propia subordinación. La operación es casi perfecta: llamar “libertad” a la obligación de vender la fuerza de trabajo; “mérito” a la ventaja heredada; “eficiencia” al despido; “inversión” al despojo; “recurso” al río; “propiedad” a una acumulación histórica; “innovación” a la apropiación privada de inteligencia social; “orden” a la obediencia de quienes no tienen poder para definir las reglas. El lenguaje deja entonces de describir la realidad y comienza a administrarla.
Hay una escena invisible detrás de cada mercancía. Conviene detener la mirada allí. Un objeto aparece terminado, limpio, silencioso. Parece decir: YO SOY. No obstante, esa primera persona es falsa. Detrás del objeto hay extracción, transporte, energía, conocimiento, cuerpos, tiempo, cuidados, infraestructura, suelo, agua, trabajo visible y trabajo oculto. La mercancía pronuncia “yo” para que desaparezca el “nosotros” que la hizo posible. Esa es la gran ilusión: las cosas adquieren apariencia de sujetos mientras las personas aparecen como cosas intercambiables. El mundo queda patas arriba. La mesa parece producir al carpintero; el salario parece producir al trabajador; la fábrica parece producir al empresario; la patente parece producir conocimiento; el dinero parece producir dinero. El efecto semiótico es formidable: lo creado parece creador y quien crea termina apareciendo como accesorio de su propia creación.
Entonces aparece la emboscada decisiva: apropiarse de la inteligencia colectiva y presentarla como propiedad de quien controla sus dispositivos de captura. Una sociedad produce ciencia durante generaciones, acumula lenguajes, técnicas, bibliotecas, universidades, memorias, experiencias y descubrimientos; después, una estructura propietaria puede envolver fragmentos de esa inteligencia común, registrarlos, cercarlos y devolverlos al mundo bajo la forma de mercancía. La inteligencia social entra por una puerta y sale por otra con propietario. La multitud produce conocimiento; el monopolio produce la factura. La paradoja debería detenernos: ¿cómo puede privatizarse una inteligencia cuya condición de posibilidad fue siempre colectiva?
Y la misma desfiguración atraviesa el trabajo. Se habla del trabajador como “recurso humano”, expresión aparentemente inocente que contiene una violencia conceptual: transforma a la persona en inventario. Luego se le exige adaptabilidad, disponibilidad, movilidad, resiliencia y permanente reinvención. La mercancía humana debe reinventarse sin descanso para que permanezca inmóvil la estructura que la compra. El lenguaje empresarial celebra la autonomía mientras multiplica formas de dependencia. La plataforma promete independencia y organiza subordinación mediante algoritmos. El contrato declara igualdad mientras dos poderes materiales radicalmente distintos se encuentran ante la misma hoja. Dos firmas pueden ser gráficamente idénticas y socialmente asimétricas. La tinta no registra esa diferencia.
Bien lo saben las mujeres que son parte viva y profunda del engaño. La economía visible descansa sobre una economía invisible de cuidados. Allí donde una estadística encuentra “productividad”, alguien ha preparado una comida; donde aparece “capital humano”, alguien sostuvo una infancia; donde se celebra una jornada laboral, alguien hizo posible que ese cuerpo pudiera llegar hasta ella. Millones de horas de reproducción de la vida han sido históricamente absorbidas como si fueran paisaje. La sociedad aprende a contar mercancías y desaprende a contar cuidados. La invisibilidad no significa ausencia: significa trabajo convertido en silencio. El cuerpo que cuida sostiene una arquitectura económica que después pretende haber surgido espontáneamente.
No escapa la naturaleza a esta operación semiótica burguesa: se la llama “recurso” para que deje de parecer condición de existencia. Un río convertido en recurso deja de ser río. Un bosque convertido en activo deja de ser bosque. Un territorio convertido en reserva deja de ser territorio habitado. La palabra prepara la extracción. Nombrar algo como recurso significa introducirlo anticipadamente en una contabilidad donde su destino parece estar decidido. La montaña no habla en el balance financiero. El acuífero tampoco. Las especies desaparecidas carecen de casilla. Las generaciones futuras todavía no pueden votar. Allí donde el lenguaje económico escribe “externalidad”, la biosfera escribe continuidad de la vida. Una palabra puede esconder una catástrofe con extraordinaria elegancia.
Por eso la batalla política profunda ocurre en el lugar donde las palabras adquieren autoridad sobre nuestra percepción. El problema no consiste únicamente en que existan discursos falsos; consiste en que determinadas relaciones consiguen producir los signos que las hacen parecer verdaderas. El poder más sofisticado no ordena siempre: consigue que su orden parezca descripción. No necesita decir “obedece” cuando puede decir “sé realista”. No necesita decir “acepta la desigualdad” cuando puede decir “premia el mérito”. No necesita decir “entrega el territorio” cuando puede decir “atrae inversión”. No necesita decir “trabaja más por menos” cuando puede decir “sé competitivo”. La dominación alcanza su forma más refinada cuando consigue hablar con la voz interior de quienes soportan sus consecuencias.
En este punto se inicia la revolución de las conciencias: no se trata de reemplazar un léxico por otro, ni de repetir fórmulas de pertenencia, ni de crear una nueva ortodoxia verbal; se trata de recuperar la habilidad de cuestionar qué relación humana se oculta tras cada palabra que parece transparente. ¿Quién llama “natural” a esto? ¿Quién gana cuando se dice “eficiencia”? ¿Qué trabajo desapareció cuando apareció la mercancía? ¿Qué cuerpo quedó fuera de la estadística? ¿Qué río se redujo a cifra? ¿Qué inteligencia colectiva terminó convertida en patente? ¿Qué historia se borró para que una propiedad pareciera eterna?
Y la conciencia comienza a emanciparse cuando descubre que muchas experiencias que había interpretado como fracasos privados eran efectos de relaciones sociales. El cansancio deja de ser defecto moral cuando se reconoce la organización material que lo produce. La precariedad deja de parecer incapacidad individual cuando se comprende su estructura. La desigualdad deja de parecer una diferencia de talentos cuando aparecen sus condiciones históricas. El miedo deja de ser únicamente una emoción privada cuando se descubre la arquitectura que lo administra. Entonces el espejo cambia de dirección.
Y esa es la operación estética más peligrosa para cualquier poder: invertir el espejo. Hacer visible lo invisible. Devolver el verbo al cuerpo. Devolver el territorio a la palabra territorio. Devolver el cuidado a la economía. Devolver el trabajo a la mercancía. Devolver la historia a la propiedad. Devolver la inteligencia a la comunidad. Devolver la naturaleza a la condición de vida. Allí la realidad deja de parecer una colección de cosas y recupera su verdadera sintaxis: relaciones.
Quizá entonces comprendamos la paradoja final. No vivimos rodeados de cosas que producen relaciones; vivimos rodeados de relaciones dictatoriales de dominación y esclavitud que han aprendido a disfrazarse de cosas y plusproducto. La mercancía es una máscara. El precio, una cifra que puede ocultar una historia. La propiedad, una forma jurídica que puede ocultar relaciones de poder. El salario, una cantidad que puede ocultar una dependencia. El “recurso natural”, una palabra que puede ocultar una extracción. El “talento individual”, una etiqueta que puede ocultar siglos de conocimiento social. Y cuando la máscara cae, ocurre algo aparentemente sencillo y radical: aquello que parecía inevitable vuelve a aparecer como histórico. Aquello que parecía eterno vuelve a aparecer como construido. Aquello que parecía natural vuelve a aparecer como transformable. Ese es el instante en el que una conciencia despierta: no cuando aprende una consigna, despierta cuando descubre que estaba mirando el mundo desde el lado equivocado del espejo. En pleno siglo XXI.
Autor: Fernando Buen Abad
https://fbuenabad.blogspot.com/
Trump carece del mando total; otros peores que él toman las decisiones
La Jornada
Aún con los polvos de la batalla por la presidencia de su país sobre los hombros, el ex presidente de Colombia Gustavo Petro mira de frente a su siguiente tarea: impedir que el hiperfascismo se apodere de Latinoamérica.
Son las 17 horas. Petro llega a las instalaciones de La Jornada para conceder la primera entrevista luego de dejar la presidencia y, con la memoria aún fresca, advierte que su complicada relación con el gobierno de Donald Trump comenzó cuando protestó contra la masacre en Gaza y externó su apoyo a Palestina, y empieza el relato: “después del día crucial, cuando bombardean Caracas, Trump dice: cuídese el trasero, porque ahora voy por Petro. Ese día pensé: viene un misil contra mí.
“Estaba junto al mar y tuve que separar a las mujeres y a las personas que no tenían que ver con eso, para que se fueran. Me quedé solo con mi escolta, la de las fuerzas públicas de Colombia. Les dije que podía pasar algo, que se alistaran, que camináramos… como a las 2 de la mañana me despiertan, pensé: ya vienen. Me dijeron que venía un barco de la Armada estadunidense –en aquellos momentos estábamos bloqueados y sus barcos se hallaban cerca, fuera del mar de Colombia, pero bloqueados– que ya estaba en nuestras aguas. Esto parecía real –dije, y pensé en escapar–, nos vamos a ir por una trocha (camino abierto entre la maleza), entre los manglares, a ver si salimos. No era cierto, volví a la cama y me despiertan de nuevo para decirme: ‘Trump quiere hablar con usted’.
“Los Estados Unidos profundos”
“Fue una cosa casi mágica y después supe cómo fue. Un congresista republicano, obvio, de derecha, del sector que llamamos ‘los Estados Unidos profundos’, llamó a mi embajador allá, Daniel García-Peña, quien estaba subiendo a un avión y tuvo que bajar para hablar con el congresista. Le dijo que le parecía una estupidez que fueran a hacer con Colombia lo mismo que con Caracas, porque Colombia por décadas, ha sido su aliado. Entonces, después de hablar con el congresista, el embajador llamó a Trump –tenía acceso– y le dijo: ¡¿Cómo se le ocurre?!, hable usted con el presidente Petro y Trump dijo que sí.
https://www.jornada.com.mx/2026/09/03/politica/007e1pol
“Ahí fue cuando me llegó la noticia. Yo había convocado a una manifestación en la Plaza de Bolívar para el siguiente día para declararnos en resistencia frente a los ataques, no como lo hizo Maduro, sino a la colombiana. Tenía el discurso listo y a las 5 de la tarde logro hablar con Trump, ya a punto de iniciar la manifestación, en mi oficina. Terminamos casi de amigos y se cuadró una cita. Me tocó cambiar todo el discurso en cuestión de horas y tuve que bajar la intensidad porque mi objetivo era que no cayeran misiles en Colombia, después de lo sucedido en Venezuela.
“Fue un momento relativamente mágico. Se ha contado que cuando llegué a Washington vi la foto que le tomaron a la señora María Corina Machado, de Venezuela, casi arrodillada, casi entregándole el Nobel que le dieron. Hay que tener mucho cuidado con la foto porque yo no iba a aparecer como sumiso, sino de tú a tú, y así salió.
El verdadero grupo de poder en Washington
“En la Oficina Oval pude sentir físicamente al grupo de poder. Estaban Vance, Rubio… coincidió que cuando yo llegué, también llegó Trump y nos encontramos en el pasillo de las fotos de los presidentes. Hablamos junto al retrato de Lincoln. Le dije que había que hacer un pacto por la vida y la libertad. Que el concepto de libertad era el que nos unía como repúblicas. Le conté la historia del mechón de pelo que Washington le regaló a Simón Bolívar y que todavía está en Caracas, aunque nunca se conocieron personalmente. Traté de mostrar que en el fondo, en el origen de la República, de Estados Unidos y el nuestro hay un sentido común hacia la libertad y hacia la idea de la democracia. Eso le gustó.
“Cuando llegué a la Oficina Oval, las sillas no estaban dispuestas como él (Trump) quería, al estilo de su entrevista con Macron (el presidente francés), él sentado y yo enfrente, como si él fuera el jefe, alguien las había colocado así. Rubio y los demás tenían que voltearse para vernos.
“En la foto me quisieron hacer una pequeña trampa, pero no me dejé atrapar. Él tenía una imagen falsa de mí, la cual se fue deshaciendo conforme hablamos. Le mostré un video corto –no aguanta cosas largas– en el que se ve un atentado en mi contra. Le dije que me atacaban los narcotraficantes y le dije que él no me podía decir que estaba con ellos. Me respondió: ‘me han engañado tanto que ahora me doy cuenta que usted es un good man’. Luego hablé con él unas tres veces.
“La última me dejó un tanto preocupado porque yo siempre le pedí que abandonara la guerra en Irán, que podía ayudar a la paz en Gaza. En esa última llamada le pedí que me sacaran de una lista condenatoria porque él y yo seguíamos hablando y yo seguía en esa lista. Trump preguntó de qué lista se trataba y su intérprete le tuvo que explicar. Ahí entendí algo peligroso, no sólo para mí sino para el mundo: el hombre ya no está del todo al mando, que tiene espacios de claridad y espacios en los que otros toman las decisiones y esos otros son peores que él.”
La matriz de la mentira
Con un gesto de preocupación habló de su visión del momento: “vivimos en un caparazón planetario, es la matriz de la mentira, se actúa como en Matrix, como en la película. De pronto usted encuentra una granja de bots, no es de seres humanos, son perfiles que automáticamente reaccionan ante cualquier líder latinoamericano porque quieren degradar la discusión política y llevarla al insulto, por eso le llamo la matriz de la mentira. En ese caparazón de falsedad algunas partes se escapan porque son fuertes como estados pero la intención de esa matrix es esclavizar al ser humano y no se trata solamente de una cadena física, sino mental, esclavizar al ser humano para permitir la explotación de los recursos naturales no renovables por ejemplo”.
Petro explicó el contrataque: “se requieren matemáticas, porque es un ataque matemático, algorítmico, tanto en los bots para manipular seres humanos como las propias elecciones en los resultados finales”.
–Nos está hablando de una fuerza de derecha, muy grande, muy poderosa que puede avasallar a los pueblos. ¿Fracasó la izquierda, el progresismo? ¿Lo que tenemos enfrente nos habla del fracaso?
–No, yo no creo que se pueda avasallar a los pueblos. Vivimos un totalitarismo mil veces superior al que pudo crear Hitler, eso es lo que estamos enfrentando. Entonces, ¿qué ha hecho la izquierda en el caso latinoamericano? –se pregunta–. Desde 1968 viene ganando intermitentemente, no ha desaparecido. En Colombia, por primera vez hace cuatro años. No puedo ver eso como un fracaso, sino como un aprendizaje de los pueblos que están en un mundo que no conocían que luchan en contra de algo que no conocían y que ahora empieza a visibilizarse: un tecnofascismo que hay que derrotar y que se derrota con mentalidades fuertes, la educación es fundamental porque se derrota con matemáticas. Se pueden construir softwares que protejan a la población de la manipulación que sobreviene contra los pueblos de la región. Hay que ganar la batalla comunicacional. Ellos no tienen que ganar necesariamente. Hagamos algoritmos sin falsear la realidad, es decir, con gente real y razonando, así nos equivoquemos porque la equivocación es humana, no de máquinas.
Petro habla de un próximo libro bajo su firma en el que trata de explicar el proceso de robotización donde está implícita la inteligencia artificial que nos lleva según denuncia “necesariamente a un fascismo porque la lógica descubierta hace dos siglos es que se va a entrar en una crisis en la que se va a producir mucho y se va a demandar poco y aunque siempre ha habido crisis de sobreproducción hoy lo vivimos en una escala gigantesca que nunca se había visto y entonces la pregunta es: ¿cómo controlar a la humanidad para que no se vuelva insurgente?, pues no hay más que un hiperfascismo, control policial, misiles, genocidio, puede ser el holocausto humano y la barbarie para ponerle un nombre”.
El ex presidente no pretende terminar la entrevista sin hablar de Colombia y su reciente proceso comicial: “hay una situación muy difícil porque el actual mandatario es ilegítimo, además de ser ciudadano de Estados Unidos que jura obedecer, antes que al pueblo colombiano, al gobierno de Trump, y eso nos vuelve automáticamente una colonia y al presidente un virrey elegido por Trump, no por el pueblo.
“Abelardo de la Espriella fue el abogado de los paramilitares que era el grupo narcotraficante más grande de Colombia. Los estafó, tuvo que refugiarse en Estados Unidos, allá se volvió abogado de narcos en Miami.”
–Dibújeme usted el futuro inmediato de Colombia.
–En Colombia, en las elecciones, La Derecha Diario participó con el socio de Cerimedo, Negre, que ya habían participado en las elecciones de Argentina, Bolivia, Chile; así que no es un caso sólo colombiano, es un asunto que tiende a volverse global y que está dirigido por un centro de poder privado, también de escala mundial, cuyos dueños son multimillonarios, dueños de la inteligencia artificial y las redes. Así asoma el tecnofascismo, el hiperfascismo…
▲ Gustavo Petro considera que el actual presidente de Colombia obedece a Trump y “eso nos vuelve automáticamente una colonia”.
Autoridad moral

En estos días hemos oído mucha discusión sobre resultados y datos en relación con el segundo año de Gobierno de Claudia Sheinbaum. Pero no hemos escuchado a nadie referirise a lo que permite que se den esos resultados exitosos en la inversión, el salario, la pobreza laboral, la seguridad, la infraestructura y con los Estados Unidos. Se llama autoridad moral. Es distinta de la autoridad política y la legitimidad porque no es algo medible en millones de votos ni en niveles de aprobación, aunque éstos nos resultan útiles para verla.
Entendemos la autoridad moral como la consistencia entre los valores de una persona y sus acciones y actitudes cotidianas. Esta coherencia genera confianza y respeto más allá de la simple obediencia. La autoridad moral no es un asunto legal, es la integridad del carácter de una persona. Pero, cuando hablamos de una Presidenta, ese carácter existe por fuera de las leyes o del simple poder institucional. Sus armas son la persuasión, la sabiduría y saber poner el ejemplo. La autoridad moral es la capacidad de influir en los demás mediante la forma en que uno vive. No se trata de personalidad, popularidad o técnica. Surge del carácter. Crece cuando una persona alinea constantemente su vida con aquello que considera verdadero y bueno. La autoridad moral surge cuando se actúa por el bien, aunque no sea lo que convenga. Por eso es moral y no un cálculo. En los dos ejemplos que veremos, uno de AMLO y otro de Claudia, son decisiones no tácticas sino de convicciones. Como escribió Cicerón: “Si el poder es indivisible por naturaleza, debe existir algo exterior a él que lo limite”. Ese papel es la moral, la distinción entre el bien y el mal.
Pero primero su dimensión política. Cuando esta autoridad moral entra en relación con los ciudadanos se crea un espacio de valores compartidos donde la honestidad, la justicia, y el trato entre iguales son el fondo, no sólo la forma. La muestra de esos valores compartidos en un espacio público es un compromiso ético. Ahí no hay construcciones lingüísticas o manipulaciones mediáticas.
Fue López Obrador el que pudo hacer llevar este tipo de autoridad a la Presidencia de la República. Como dirigente de la oposición fue coherente entre dichos y actos, lo que él calificó como máximas: “No mentir, no robar, no traicionar al pueblo”. Una vez en Palacio Nacional siguió conservando esa integridad entre valores, forma de gobernar, y carácter que le refrendaron la confianza de muchos más de los que originalmente habían votado por él. “Amor con amor se paga” fue la consigna que encontró para reflejar esa relación de confianza política en el democrático.
El expresidente que lo antecedió, Enrique Peña Nieto, carecía en absoluto de integridad y, por lo tanto, dependía de la publicidad para ser considerado como gobernante. Desde el financiamiento de la campaña del PRI que lo llevó a la Presidencia con la compra de cinco millones de votos, entró en contubernio con Odebretch, las eléctricas españolas, y con los servicios de equipos de espionaje de Israel, a través de su compinche Avishai Neria, con quien fue retratado esta semana en una boda en Portofino, Italia, en la boda de otro de los socios israleitas en México, el cantante Omer Adam. Peña Nieto había negado conocer a Neria y a Uri Emanuel Ansbacher, los que le vendieron a Tomás Zerón y a varios gobernadores e incluso a particulares ---presuntamente a Isabel Miranda de Wallace--- el sistema Pegasus de infiltración en teléfonos celulares. Peña lo negó cuando apareció en The Marker de Tel Aviv, pero ahora fue filmado junto a Neria en una boda.
No sólo fue mentir lo que no le permitió a Peña Nieta tener un gramo de autoridad moral. Fue su contrato televisivo, las talegas de dinero que gastó en autopromoción y que era la marioneta de un grupo de empresarios, como Claudio X. González. Cuando ya no les sirvió a esos empresarios que iban a ganar miles de millones tanto en el aeropuerto de Texcoco como en el tren México-Querétaro que fue cancelado, dejaron a Peña Nieto caer en la vergüenza al divulgar que la casa donde vivía era parte de un soborno. No pudo defenderse. No tenía autoridad de ningún tipo, ni moral ni política. Queda ahí la foto en la que José Andrés de Oteyza, director de OHL, lo regaña en público. Del anterior a Peña, Felipe Calderón, ya ni hablamos. Fue capaz de llevar a una masacre que excedió incluso su sexenio sólo para legitimarse en un cargo obtenido por fraude. Fue capaz de decir que una parte de los mexicanos debería morir para que la otra viviera en paz. Y se dice católico. Pero ya no hablemos de quien mintió diciendo que protegía el interés nacional cuando lo único que hizo fue defender al Cartel de Sinaloa y las políticas de la DEA.
Por definición, la moral y la autoridad se sitúan en extremos opuestos del espacio de relaciones sociales. La moral atañe a la conducta correcta —la distinción entre lo correcto y lo incorrecto al margen del poder de la Ley—, mientras que la autoridad implica la facultad de decidir, ordenar y hacer que se obedezca. Pero, como la autoridad moral es una consideración política pero no legal, la obediencia puede convertirse, no sólo en aprobación, sino apoyo abierto para participar. Esto fue especialmente notorio cuando entre el 9 y el 15 de enero de 2019, López Obrador ordenó cerrar los ductos de Petróleos Mexicanos para detener la extracción ilegal de gasolina y solicitó paciencia a los automovilistas. Esperar en las filas para tomar gasolina fue entendido como un acto de participación política para ayudar al gobierno a combatir el robo. En ese momento, el Presidente alcanzó un nivel de aprobación de 80 por ciento. No sólo se refería a que la gente aprobaba que se detuviera el llamado huachicol sino que le reconocían a AMLO la autoridad moral para llevarlo a cabo. Por eso, la tomadura de pelo genial de la oposición ha sido tratar de vincular a López Obrador, sus colaboradores, sus paisanos y hasta a sus hijos precisamente con el tema que más respaldo le trajo. No han podido por la autoridad moral que todavía tiene, lejos del espacio público y todo.
Por su parte, la Presidenta Sheinbaum obtuvo su nivel de aprobación más alto ---83 por ciento--- en mayo de 2025, cuando estrenó el lema “Cooperación sin subordinación”. Un 53 por ciento se declaró listo para defender al país, mientras un 71 por ciento rechazó cualquier tipo de injerencia de los Estados Unidos. Su autoridad moral provino, entonces, de no agachar la cabeza ante un adversario más poderoso. Esto se hubiera esperado del PRIAN, pero no de la izquierda. La astucia frente al poderoso es un valor cultural por todo el país. El espacio de valores compartidos incluye, además de la honestidad y el reparto de la justicia, también a la templanza y la dignidad. Esa actitud de no provocar al adversario ventajoso pero tampoco ceder en la defensa de nuestra soberanía nacional, coincidió con un conjunto de valores culturales compartidos en la sociedad mexicana como son el patriotismo defensivo, la resistencia cultural frente a un poder mucho mayor, y la activación de la cohesión comunitaria. Lo que mueve esos valores es que la dignidad de los mexicanos no puede ser negociable, sobre todo en una situación en que el principal agresor es la mayor potencia económica y militar del planeta. Ahí, la templanza y la firmeza ---“la cabeza fría” de Sheinbaum--- fue el pegamento de la adhesión a su autoridad moral. La defensa de los intereses estratégicos de la Nación fue atacada por el PRIAN una vez más declarándose listos para recibir a las fuerzas armadas de Estados Unidos, a sus agentes de la CIA, la DEA y hasta el ICE, o peregrinando a Washington para pedir socorro ante una catástrofe que sólo a ellos les excita. Se volvieron a equivocar porque Claudia tiene autoridad moral.
La autoridad moral no sólo se habla, se ejerce. Es consistencia de las acciones, los comportamientos, e incluso del estilo del personaje. Un gobernante fiel a sí mismo genera confianza para actuar. Pero un gobernante que, además, es consistente con lo que el pueblo espera de él o ella, tiene autoridad moral. Por eso creo que tanto la Presidenta como la nueva dirigencia de su partido, ha insistido en últimas fechas en la honestidad. No sólo para conservar la autoridad moral, sino porque es un valor ligado a la prosperidad. Basta ver en los tiempos de Peña Nieto, cuando la corrupción se decía que era “cultural”, cómo el presupuesto jamás alcanzó para el bienestar de los más. Con la honestidad como forma de vida y la austeridad, no de los trabajadores sino del gobierno, se han logrado repartos históricos de justicia social. La honestidad y hacer el bien son dos valores que han probado ser parte de una mayoría de mexicanos. El robo y el saqueo, el conflicto de interés, el nepotismo, la palanca deben ser condenados públicamente cuando sean ejercidos por los gobernantes y los empresarios. Pero queda todavía el horizonte de condenar la avaricia como forma de vida, uno de los lastres del neoliberalismo y de la concentración de fortunas enormes en una sola familia. Si hay moralidad en el ejercicio de la política, debería existir también en el terreno de las empresas.
Desde Salinas de Gortari hasta Peña Nieto, es decir todo el periodo del PRIAN neoliberal, se dijo que la moralidad no era una cosa pública sino sólo privada y que todo era muy relativo cuando se trataba de diferenciar el bien del mal. Cuando se les atrapaba a los gobernantes y empresarios en alguna trapacería, siempre decían que era legal porque efectivamente la decencia como dimensión de las cuestiones públicas no es algo constitucional, sino de la expectativa de los gobernados.
El vínculo que se establece entre gobernantes y gobernados a partir de las virtudes públicas es lo que hace de la autoridad moral un asunto político y no religioso o privado. No baja desde los cielos, sean divinos o presidenciales. Tampoco se encierra tras las puertas de las casas. Es un espacio de encuentro público de valores tan universales como la honestidad, la justicia, la igualdad, la prosperidad y la felicidad en comunidad. Las consistencias entre ambas y, a su vez, con la conducta de la Presidenta ha generado la autoridad moral, un tipo de afecto que es político.
Hay una valentía política que no viene de las ambiciones sino de las convicciones. Es lo que hace la diferencia entre líderes y liderazgo, entre gestores de una administración o conductores de una Nación. Los dos ejemplos que he puesto cuando, tanto AMLO como Claudia, han tenido niveles de aprobación casi totales, tienen que ver con ese carácter: ajustar los intereses particulares al interés general y ser valientes. No es la prepotencia de Lorenzo Córdoba. No es el porrismo de "Alito" Moreno. No es tampoco vestirse de militar con las mangas colgando, ni usar botas y sombrero, ni masticar chicle. Es valentía moral. Y es entender que, en estos momentos, las elecciones no serán sobre competencia, sino sobre convicciones, ideología y valores compartidos con el pueblo. En suma, serán sobre autoridad moral.
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