Cristina Pacheco
ndice. Pág. 3: Viaje
al laberinto. Pág. l0: Lentejuelas y llamas. Pág. l3: Papel lustrina.
Pág.21: Morralito y secante. Pág. 28: Hombre con navaja.
I
Pág 3. Viaje al laberinto
Siempre a punto de que comenzaran las clases, mi madre y yo
abordábamos el tranvía rumbo al centro de la ciudad (un maravilloso
laberinto de calles) con el propósito de surtir la lista de útiles
escolares: juego de geometría –¿para qué sirve el transportador?–,
lápices, manguillo, caja de colores, goma, cartulinas, tijeras, papel
para forrar los libros y muchos cuadernos: raya, doble raya,
cuadriculados, blancos.
La desnudez de estas libretas me sugería, al menos, una duda: sin
líneas para guiarse, ¿por dónde iba a discurrir mi incierta caligrafía?
Sólo de pensarlo experimentaba la misma angustia que sentí al ver, en
una función de circo, a un payaso con bombín caminando sobre la cuerda
floja.
II
Pág. 10: Lentejuelas y llamas
El recorrido por las papelerías nos tomaba la tarde entera, entre
otras cosas porque íbamos de un establecimiento a otro comparando
precios. Al final, satisfecha por la tarea cumplida y el ahorro de unos
cuantos pesos, mi madre me invitaba a ver aparadores. Ante su visión,
igualadas por el asombro y los sueños, dejábamos de ser madre e hija
para convertirnos en dos niñas soñadoras y ansiosas por tener las
prendas que lucían los maniquíes: un traje sastre con una flor en la
solapa, un vestido recamado de lentejuela.
Ya de vuelta a la casa, a instancias de mi madre entrábamos en alguna
iglesia para darle gracias a Dios por los favores recibidos y hacerle
nuevas súplicas. Mientras ella rezaba, yo me distraía mirando los
Cristos, las vírgenes, los santos, los arcángeles y el infaltable cuadro
de las Ánimas del Purgatorio, hundidas en la desesperanza y el fuego.
Por más que me impresionaran, procuraba olvidar lo más pronto posible
aquellos rostros crispados por el sufrimiento; en cambio, protegía
celosamente el recuerdo de la maniquí vestida de tafeta, condenada a la
sonrisa eterna y a quedarse para siempre dentro de una hornacina de
cristal.
III
Pag. 13: Papel lustrina
En medio de todos sus quehaceres, mi madre se imponía la tarea de
forrar mis libros y cuadernos. Acodada en la mesa, la miraba doblar los
pliegos de papel y después reducirlos a la medida conveniente. Hacía el
trabajo despacio, en silencio, sonriendo a veces. Nunca me atreví a
preguntarle cuál era el motivo de su contento, pero supongo que el
recuerdo de sus días de escuela.
Al anochecer, dispersos sobre la mesa, los libros y cuadernos
recubiertos con papel lustrina de distintos colores se veían como un
pequeño jardín salpicado con rosas de la infancia.
IV
Pag l8: Morralito y secante
Ninguno de los niños que eran mis vecinos iba a la escuela con
mochila. Todos llevábamos nuestros útiles en morralitos de cotí que nos
hacía Rebeca, la vecina, a cambio de nada. Durante el tiempo que se
tardaba en la confección, el piso de su cuarto se veía alfombrado con
pequeños sobrantes de tela. De entre ellos podíamos elegir los más
vistosos y apropiados para hacer nuestros secantes.
Confeccionarlos era muy divertido, empezando por empalmar las telas
de mayor a menor. Para conservar esa disposición necesitábamos un botón.
En mi caso, lo elegía de entre los muchos que guardábamos en una caja
de zapatos. Al revolverlos para tomar el que me parecía más bonito, los
botones entrechocaban y producían un rumor muy especial.
Hecha la selección, armada de aguja e hilo, me sentaba en un banquito
para unir con el botón los trozos de cotí. Mientras lo hacía, mi madre
vigilaba que me pusiera bien el dedal y manejara la aguja con cuidado
para no lastimarme. Sus advertencias eran inútiles, porque tarde o
temprano me aparecía una gota de sangre en el índice.
¿Te duele?, se apresuraba a preguntarme. Yo le mentía diciéndole que sí, y mucho, sólo por el ansia de sentir su abrazo y escuchar sus frases de consuelo.
V
Pag. 24: Hombre con navaja
Parece que la oigo:
No es necesario que hagas eso. La niña tiene su sacapuntas.Sí, acababan de comprármelo: era cuadrado, amarillo, transparente y supongo que muy eficaz, pero no iba a usarlo: prefería que mi padre le sacara punta a mis lápices.
Me encantaba verlo desbastando la madera del lápiz con su navaja
hasta que al fin le aparecían una especie de golilla y la punta gris,
como de azogue. Para comprobar que estuviera en condiciones de usarse,
mi padre dibujaba su nombre en un trozo de papel. Conservé algunos entre
las hojas de mis cuadernos. Por desgracia los perdí; en cambio,
conservo el recuerdo de aquella escena. Si fuera un cuadro lo titularía Hombre con navaja.
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