(IPS) -
Eréndira Derbez e Israel Espinosa publicaron, en abril de 2017, el
artículo “Bocafloja: El privilegio del marcho progre”, en el que
analizaron la respuesta misógina del rapero Bocafloja a una colaboradora
durante un acto público. La publicación desató una polémica en el
círculo del hip hop latinoamericano sobre machismo, racismo y clasismo,
pero también una serie de comentarios en redes sociales de quienes
defendieron al rapero y atacaron a uno de los autores del artículo.
Lo curioso, dice Eréndira, fue que los mensajes de desprestigio,
violentos, iban dirigidos solo a ella. “Fueron insultos en donde las
ideas del texto fueron desestimadas por el hecho de que era mujer.
Utilizaron el argumento de que yo no entendía nada del tema porque era
una mujer blanca. Usaron el discurso del racismo para validar el
machismo”, comenta.
Días después de la publicación,
Eréndira se desconectó de redes sociales, cansada de bloquear a
usuarios que a diario le enviaban insultos y mensajes violentos.
“Yo nunca aparecí en ningún tipo de reclamo, a mí no me nombraron
nunca, todo era hacia Eréndira. Y creo que se volvió más violento porque
ella se identifica abiertamente como feminista. Se vuelve más violento
cuando se trata de una mujer con postura política”, opina Israel,
coautor del artículo.
“Menstruadora” fue el nombre que Luisa Velazquez dio a la cuenta en
Twitter con la que, en 2011, utilizó internet para ampliar su activismo
lesbofeminista. Pero desde que emitió sus primeros mensajes comenzó la
ola de hostigamiento de ciberusuarios que se decían “agredidos” por sus
publicaciones.
Las amenazas contra ella y sus compañeras del colectivo
“Lesboterroristas” aumentaron en mayo de 2015, y obligaron a Luisa a
cerrar sus cuentas de redes sociales.
“En los comentarios hablaban de violarme, matarme y colgarme, o
primero matarme y luego violarme y luego colgarme, o violarme colgada y
al final matarme”, cuenta Luisa quien toleró mensajes de odio y amenazas
mientras pensó que se trataban de comentarios de usuarios anónimos en
Internet.
Sin embargo, cuando conocidos suyos la amenazaron con publicar su
domicilio si no paraba el activismo, decidió alejarse del espacio
virtual para cuidarse física y emocionalmente.
Luisa y el colectivo “Lesboterroristas” señalaron el hostigamiento
como un acto de lesbofobia y la organización de defensa de la libertad
de expresión Artículo 19 calificó la huida de Luisa del ciberespacio
como un “debilitamiento del libre debate y difusión de información de los derechos de las mujeres”.
“Lo normalizamos. Es una de esas violencias que toleramos y no
deberíamos”, dice Luisa sobre las agresiones virtuales que la llevaron a
abandonar Internet.
Los efectos
Hay una mujer en el piso, acostada sobre un trozo de papel, y otras tres
mujeres pintan con plumones su silueta. “En el estómago, yo siempre
siento todo en el estómago”, comienza diciendo una de ellas y dibuja una
espiral a la altura del vientre del cuerpo delineado sobre el papel. “A
mí me dan calambres en los pies”, añade otra y pinta un rayo en una de
las extremidades del dibujo. “¿No les sudan las manos?”, pregunta
alguien más. “Sí, a veces. Y el dolor de cabeza y de espalda, bueno, ese
es permanente”.
Es una de las actividades del encuentro “Construyamos una Internet
Feminista”, en el que activistas de diferentes estados de México, que
han enfrentado agresiones virtuales, realizan el ejercicio de plasmar en
un dibujo los impactos de esa violencia sobre sus cuerpos.
Una de las organizadoras explica por qué es necesario el feminismo en
el espacio virtual. “Pensamos que la violencia en Internet no es
violencia. ‘Como es virtual no es real’, nos dicen. Pero todas sabemos
que no es así, todas sabemos cuáles son sus efectos”.
En 2006 la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC) inició la campaña “¡Dominemos la Tecnología!” para
visibilizar la relación entre el uso de las tecnologías de información y
comunicación (TIC) y la violencia contra las mujeres.
“Dentro de los círculos feministas, cuando comenzamos a investigar
sobre violencia en línea, nos dijeron: no es importante, son unas
excesivas, no tiene nada que ver con la violencia real, no entienden que
están matando mujeres, de verdad cállense, las feministas tenemos
trabajo más importante que hacer”, cuenta Erika Smith, miembro de la APC
en México.
“Y nosotras dijimos: es todo parte de la misma estructura, conforme
vamos apropiándonos más de internet, e internet va ganando más espacio
en nuestras vidas, esto va a crecer y ser más y más relevante, tenemos
que prestar atención”.
En 2012, la APC comenzó a documentar en un mapa en línea hechos
de violencia contra mujeres relacionados con la tecnología. Su objetivo
era demostrar que este se trata de un problema sistemático y serio.
Lo primero que descubrieron fue que —al contrario de lo que se
planteaba en algunos espacios— no se trata de un “problema de primer
mundo”. Los abusos se cometen contra mujeres de cualquier nivel
socioeconómico, en Serbia, Colombia, República Democrática del Congo,
Pakistán, Kenia, Filipinas y México.
Otros hallazgos fueron: las mujeres de 18 a 30 años son las más
vulneradas en espacios digitales, y en 41 por ciento de los casos el
abuso es cometido por una persona conocida. “La violencia en Internet
refleja totalmente la violencia que conocemos. Es parte de una
estructura y, por supuesto, es ejercida por gente cercana a nosotras”,
explica Smith.
Según el diagnóstico de la APC, Facebook y los teléfonos celulares son las plataformas más denunciadas.
La mitad de los casos documentados fueron denunciados ante alguna autoridad, sin embargo, seis de cada 10 denuncias no fueron registradas formalmente porque consideraron que no existió violencia o delito.
“Las mujeres van y buscan sus medios tradicionales de justicia y les
están fallando de manera tremenda. Lo interesante es por qué”, opina
Smith. Luego menciona algunas de las respuestas de las autoridades: “No
es violencia real. Regresa cuando te violen. Regresa cuando de verdad te
hagan algo. ¿Cómo puedes tomarlo en serio? Es una amenaza en Twitter o
¿Qué es Twitter? No entiendo”.
Quizás la evidencia más contundente que arrojó el trabajo de la APC
fue que, de un universo de más de 1.000 denuncias entre 2012 y 2014, 11 por ciento de los casos de violencia virtual escalaron a violencia física.
“A nivel estadística a lo mejor no es tan alto, pero en América Latina esa violencia física es feminicidio”, alerta Smith.
El daño emocional que la violencia en línea ocasiona a las mujeres es
el más notorio y el que tiene efectos inmediatos en la vida cotidiana.
Lo que la APC determinó con el análisis fue que “las sobrevivientes sufren de depresión, miedo y ansiedad, casi en todos los casos”, impidiendo la participación amplia de las mujeres dentro y fuera del espacio virtual.
El cuerpo: la delgada línea
Un torbellino de mujeres se abalanza sobre el muro que sirve de
pizarra. Sobre la pared enlistan violencias que han enfrentado,
relacionadas con la tecnología: difamación; censura de contenido (como
imágenes con pezones femeninos); vigilancia; difusión de contenido
íntimo sin consentimiento; robo de identidad y “hackeo” de cuentas de
redes sociales, correos electrónicos y sitios web.
La lista incluye acoso; “doxeo” (documentación y publicación
de todo tipo de información que exista en Internet sobre una persona);
violencia sexual, y amenazas de violación y muerte.
“Hay violencias que son delito y hay violencias que no lo son. Lo
importante es considerar que todas tienen su impacto”, dice Erika de la
APC.
Aunque en este momento se enfocan en los tipos de violencia en línea,
también consideran que no se trata de una nueva clase de violencia ni
de un abuso que esté separado de los que suceden en el “mundo real”. En
realidad, opinan, hay una delgada línea que no separa, sino une la
realidad a lo que sucede en el mundo virtual.
“La violencia se está ejerciendo a través de nuestros cuerpos en
todos los espacios y el sistema patriarcal está en todos lados, no
perdona ni un espacio”, opina Liliana Zaragoza (Lili_Anaz), cofundadora
del Laboratorio de Interconectividades, una iniciativa que promueve la autodefensa hackfeminista.
De igual forma, la APC considera en que la violencia en línea contra
las mujeres está conectada a la violencia “offline” o del “mundo real”.
“Las mismas formas de discriminación de género que configuran las
estructuras sociales, económicas, culturales y políticas se reproducen
en línea y en diferentes plataformas digitales”, explican en Cultivando la violencia a través de la tecnología.
En Internet y dominación. Hacia una sociología de la nueva espacialidad, Mariana
Celorio, académica e investigadora sobre los espacios virtuales y la
dominación en internet, también habla de una dinámica en el ciberespacio
semejante a la del espacio público.
En ambos “se propicia la interacción, la exclusión y la segregación
social entre quienes pertenecen y no a él, entre quienes lo usan, lo
viven, lo administran y gestionan; es sede de formas plurales de
expresión ciudadana y de maneras distintas de apropiación colectiva que
muchas veces pueden ser antagónicas, contradictorias, hasta llegar a la
violencia”, señala Celorio.
“¿Sabemos que implica Internet? ¿Qué es territorio? o ¿De dónde a
dónde abarca cuando hablamos de cuerpo? Esas son las preguntas, pero lo
que sí sabemos todas es cómo se siente un cuerpo violentado todos los
días” , dice Liliana Zaragoza para explicar las planteamientos que
abordan en los talleres de autodefensa hackfeminista.
Un arma de doble filo
En un tendedero cada participante del evento “Construyamos una
Internet Feminista” cuelga una hoja en donde relata una experiencia
positiva vivida gracias a Internet, y en otra exponen una vivencia
negativa y cómo las hizo sentir cada una.
La mayoría coinciden con que Internet —y en general el uso de las
TIC— las ha ayudado a difundir y crecer su activismo, aunque también les
ha traído consecuencias violentas.
Un miembro de un colectivo feminista de la ciudad de Guadalajara
comenta que les permitió llevar a cabo proyectos sin recursos. Otras
activistas de los estados de Michoacán, Guerrero, Yucatán, parecen estar
de acuerdo con que las redes sociales potenciaron la difusión de sus
causas. Sin embargo, también consideran su actividad en el ciberespacio
como un arma de doble filo.
“A nosotras, en general, el ciberactivismo nos ha traído muchas
experiencias terroríficas. No podemos obviar que en México existe una
violencia de Estado contra quienes se organizan para exigir sus
derechos”, comenta una activista de Ciudad de México.
Un ejemplo reciente es la historia de acoso callejero y en línea a Tamara de Anda,
columnista del periódico El Universal. La periodista publicó en redes
sociales que realizó una denuncia en contra de un chofer de taxi de
Ciudad de México que le gritó guapa en la vía pública.
El resultado fue una sanción administrativa para el taxista y una
cascada de agresiones por parte de usuarios de internet que comenzaron a
acosar a la denunciante. Los mensajes de odio que recibió De Anda iban
desde la desacreditación de su denuncia, hasta amenazas de muerte y
violación.
“Hoy (la violencia en línea contra las mujeres) es más visible por
los recientes ataques a periodistas. Pero, desde antes, muchas ya la
vivían”, comenta Lulú Barrera, integrante de Luchadoras, un colectivo
feminista.
A pesar de que Luchadoras nació y creció en redes sociales, Lulú
cuenta que son cada vez más las activistas feministas que prefieren
salir de plataformas como Facebook que, por ejemplo, no permiten
imágenes de pezones femeninos, pero sí hordas de usuarios que promueven
la misoginia y discursos de odio. “Para mí, estar en Facebook es como
vivir en la casa del agresor”, dice.
La plataforma más denunciada por activistas, por ser en la que más
agresiones en contra de mujeres suceden, fue Facebook. Esto, en parte,
porque es la red social que más usuarios tiene en México, reflexiona
Erika Smith de la APC.
Autoridades y plataformas
Para el segundo trimestre de 2015, el Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (Inegi) contabilizó 62,4 millones de usuarios de Internet en México (57 por ciento de la población), y de cada 100 usuarios, 49 son mujeres.
Por su parte, en 2016 Facebook reportó 61 millones de usuarios en el
país, de los cuales 41 millones utilizan la plataforma diariamente,
convirtiéndola en la red social de mayor penetración en México, de
acuerdo con un estudio de la Asociación de Internet.
Concientizar a autoridades y dueños de plataformas sobre la violencia
contra de mujeres relacionada con la tecnología es un trabajo que la
APC ha realizado desde que comenzaron la campaña “¡Dominemos la
tecnología!”.
A nivel internacional, este también ha sido tema de debate.
Recientemente, la policía de Chicago comenzó la búsqueda de cinco
hombres que violaron en grupo a una adolescente de 15 años y
transmitieron la agresión en Facebook Live.
La violación fue visualizada en vivo por al menos 40 personas y
ninguna de ellas lo denunció ni a la policía ni a Facebook, dado que un
día después de la transmisión la red social no había retirado el
contenido y el video seguía público.
“Una de las exigencias a Facebook ha sido que sean específicos en sus
condiciones en caso de violencia de género, cosa que no han querido
hacer”, dice Smith.
Para este reportaje se buscó a la oficina de Facebook México para conocer su postura sobre el tema, pero no hubo respuesta.
En el caso de iniciativas de sociedad civil e instituciones en México, en agosto de 2014 inició una campaña contra el “cyberbullying (ciberacoso”, promovida
por legisladores, académicos y empresarios. La iniciativa, dirigida a
adolescentes y niños, buscaba concientizar sobre “conductas perniciosas”
en Internet.
En julio de 2016 comenzó otra campaña contra el llamado “sexting”, el
intercambio consensuado de textos, audios, imágenes o videos eróticos.
Sin embargo, la primera campaña considera el ciberacoso un problema de “adolecentes con poca supervisión”, mientras que la otra fue criticada por activistas y organizaciones por estigmatizar la práctica e intentar combatirla desde una postura moralista.
Para la comunicóloga Lisseth Pérez Manríquez el problema radica en
que no se piensa en internet como un espacio, sino más como un medio de
comunicación y expresión o una herramienta de trabajo.
Erika Smith cree que lo que se requiere es sensibilización y no la
coacción o sobrevigilancia. Pero las estrategias apuntan hacia el lado
contrario. “Lo que quieren controlar internet, no la práctica y el
comportamiento negativo o violento”, opina.
De acuerdo con el análisis de la APC, en México la violencia relacionada con el uso de las TIC no es considerada en la legislación.
Al respecto, las comunicólogas Florencia Goldsman y Graciela
Natansohn señalan que es un error creer que la violencia contra mujeres
en ambientes digitales es una nueva forma de violencia y por tanto se
necesitan nuevas leyes específicas al tema.
“Se trata de la misma violencia histórica patriarcal traducida a nuevos formatos y espacios”, argumentan en el documento Violencia contra las mujeres en red, vigilancia y el derecho a la privacidad.
La APC coincide con ellas pues ya existen la Ley General de Acceso de
las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y la Ley Federal para
Prevenir y Eliminar la Discriminación. Lo que es necesario, apuntan, es que estas leyes contemplen la violencia contra las mujeres relacionada con la tecnología.
Internet feminista
Ante un panorama violento y complejo, la APC reunió en 2014 a
activistas feministas, defensoras de los derechos en internet y la
tecnología y redactaron los “Principios feministas para internet”, vaciados en un documento que está en permanente construcción.
“Para mí son provocaciones. Aprovechar Facebook para nuestro
beneficio es hermoso, aunque haya vulnerabilidades asociadas. No
necesariamente el foco del feminismo —cuando hablamos de Internet— debe
ser la violencia. Rechazamos esto, porque no podemos reducir género a
violencia”, dice Erika Smith.
“Por eso hablamos de internet feminista, porque nuestro espacio no
puede ser solo de denuncia e indignación. Lo que queremos es apertura,
tenemos que asegurarla”.
Es lo que también promueven iniciativas como el Laboratorio de
Interconectividades: una visión amplia del espacio virtual, más allá de
las redes sociales en donde se desarrolla la violencia.
“Cuando hablamos de violencia en línea contra las mujeres y hablamos
de Twitter y Facebook, lo que queremos mostrar es que internet va más
allá de estas plataformas. Si no toda nuestra energía se nos va a ir en
buscar respuestas para cuidarnos en plataformas que de por sí nunca se
preocuparon por nosotras, que más bien nos ven como potenciales
clientes”, advierte Liliana Zaragoza.
Cuando Luisa comenzó a recibir amenazas de muerte y violación a
través de sus redes sociales y decidió suspender las cuentas
de Menstruadora, desde donde practicaba su activismo, algunas
organizaciones sociales se acercaron a ella para apoyarla, pero ninguna
tenía claridad de qué hacer. Mientras, lo máximo que las autoridades
podían lograr era identificar a sus agresores, pero ella ya los conocía.
Ahora, dos años después de la experiencia, Luisa dice que tuvo que
“despersonalizarse en Internet”. Sigue practicando su activismo y ha
reactivado sus redes sociales poco a poco.
Este artículo fue originalmente publicado por Pie de Página, un proyecto de Periodistas de a Pie . IPS-Inter Press Service tiene un acuerdo especial con Periodistas de a Pie para la difusión de sus materiales.
Revisado por Estrella Gutiérrez
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