Las versiones y los
rumores sobre una eventual y próxima privatización de los servicios
públicos de salud son ya casi el pan nuestro de cada día. Y lo mismo
ocurre con los desmentidos oficiales y oficiosos a esa presunta
privatización del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), del
Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del
Estado (ISSSTE) y hasta de los hospitales y los prestigiados institutos
nacionales de alta especialidad dependientes de la Secretaría de Salud
(SSA).
Entre los voceros oficiosos que niegan esa eventual
privatización destacan algunos periodistas ligados al régimen pripanista
o al descarado servicio de éste, así como líderes y personeros del
charrismo sindical, también llamado sindicalismo oficial. Y
así están las cosas por el momento: versiones y rumores de privatización
de los servicios de salud todavía públicos, y desmentidos y versiones
contrarias.
¿A quién creerle? Por lo pronto, trabajadores de los
servicios públicos de salud de la Ciudad de México y del estado de Nuevo
León ya han empezado a movilizarse para expresar su oposición a esa
eventualidad privatizadora. Piensan sabiamente que cuando el río suena,
agua lleva. Pero hay otros datos e indicios de que esa
presunta privatización de la salud es un firme propósito gubernamental.
Digamos en primera instancia que esa es la tendencia histórica -más de
40 años- de los gobiernos neoliberales.
En México a lo largo de esas
cuatro décadas ya se han privatizado servicios y empresas tan
importantes y estratégicas como la telefonía, la siderurgia, la banca y
otra entidades financieras, los ferrocarriles, las carreteras, los
aeropuertos, los puertos y hasta las pensiones para los trabajadores en
retiro. Si todas estas ramas económicas ya han sido privatizadas, ¿no es
lógico que sigan esa misma ruta otros sectores de la economía?
Todas esas privatizaciones fueron ejecutadas con el argumento de la
inmediata y notoria mejoría económica de la población. ¿Y finalmente qué
pasó? Que en lugar de mejoría hubo empeoramiento económico. En vez de
bienes y servicios más baratos, se vio su notorio encarecimiento. Ahí
están como pruebas monumentales de esta verdad los casos de las
gasolinas, los servicios postales, las cuotas carreteras.
Y cuando los
precios no se han elevado, ha sido porque hasta la rama económica
respectiva ha desaparecido, cual es el caso del transporte ferroviario
de pasajeros y en buena medida hasta el de carga. También se
dijo para justificar esas privatizaciones lo mismo que se dice ahora
para justificar las eventuales (y bastante probables) privatizaciones de
la salud y de la educación. Que el paso a manos privadas de los bienes y
servicios públicos iba a conducir a un decremento de la corrupción.
Y
luego de cuatro decenios lo que se observa es el crecimiento enorme,
cínico, extendido, escandaloso e impune de la corrupción. Y
no hay lugar para la sorpresa. Allá en el lejano 1994 Porfirio Muñoz
Ledo afirmaba que los mandamases de entonces (Miguel de la Madrid,
Carlos Salinas, Pedro Aspe y demás privatizadores “en parte habían
vendido el país y en parte lo habían comprado”.
Siderurgia, telefonía
fija y banca son buenos ejemplos de la desmedida corrupción con que
comenzó en México la era de las privatizaciones. Para
desgracia de la inmensa mayoría de los mexicanos cabe pensar que los
rumores y versiones sobre la próxima privatización de los servicios de
salud se encuentra ampliamente considerada en los planes de la podrida
casta política que mal gobierna a México y lastima a los mexicanos.Blog del autor: www.miguelangelferrer-mentor. com.mx
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