1/15/2017

Anestesia


Carlos Bonfil
La Jornada 

Foto
Kristen Stewart, una de las protagonistas del quinto 
largometraje de estadunidense Tim Blake Nelson
Vidas cruzadas. A punto de iniciar una nueva vida –10 o 20 años más de tranquilidad garantizada–, el recién jubilado y apacible maestro de filosofía Walter Zarrow (Sam Waterston) padece una agresión mortal cuando de camino a casa, con un ramo de hortensias para su esposa Marcia (Glenn Close), se topa con un delincuente intratable e iracundo. Como un castillo de naipes se derrumba de golpe toda la civilidad y el talante generoso que había sido el soporte del caracter del profesor universitario. Esta escena inicial dura apenas pocos minutos en Anestesia, quinto largometraje del actor y realizador estadunidense Tim Blake Nelson, y a partir de ella el intricado guión, de autoría suya, procede en flash backs a describir no sólo la rutina cotidiana del maestro, sino a solazarse en las farragosas disquisiciones filosóficas que sus alumnos reciben con admiración y reverencia, y en los azotes y tentativas de reacomodo afectivo de por lo menos 10 personajes, cuyos destinos entrelazados tienen en común el vivir todos en Nueva York un desasosiego moral absoluto.
Adam (el propio Blake Nelson), el hijo de Walter, atraviesa por una situación difícil al enterarse del diagnóstico de cáncer de su esposa, Jill (Jessica Hecht), y al tener que atender los incipientes problemas de drogadicción de sus dos hijos adolescentes. Jill a su vez mantiene una relación sexual clandestina con un hombre negro, cuyo amigo de infancia requiere asistencia urgente por su adicción a la heroína. Descubrimos, en medio de estos dramas, la autoflagelación de Sophie (Kristen Stewart), estudiante que no soporta la frialdad e indiferencia del mundo que le rodea y elige lacerarse el cuerpo como penitencia interminable. Otra historia muestra a Sam, el hombre que auxilia a Walter en la noche de su agresión, intentando reconciliarse infructuosamente con la esposa a quien ha venido engañando y que ahora se abandona al alcoholismo frente a su dos hijas pequeñas que no aciertan a brindarle el apoyo necesario. Cuando el espectador termina de desenmarañar el tejido de relaciones tormentosas presente en el guión de Blake Nelson, ya se ha diluido buena parte del interés en la historia central, y lo que queda es, como resumen de esas tramas secundarias, un remolino de tremendismo melodramático al que hay que añadir reflexiones muy trilladas y ampulosas sobre la soledad y la incomunicación humana, y el significado final de la existencia.
Los modelos o inspiraciones narrativas del realizador son evidentes; el patchwork existencial que proponía magistralmente Robert Altman en Vidas cruzadas (Short cuts, 1993, según relatos de Raymond Carver), y la incursión en la tragicomedia de desencuentros sentimentales que ofrece Mike Figgis en Después de una noche (One night stand, 1997), por mencionar sólo dos títulos a los que cabría añadir Crash y su pesadilla urbana (Paul Haggis, 2004) o el tipo de relatos entrecruzados del Alejandro Iñárritu de Babel (2006).
Desafortunadamente, el guión de Anestesia soporta el lastre de una verbosidad excesiva y las subtramas propuestas no adquieren una mayor densidad dramática, resolviéndose algunas en la estridencia (historias de Sophie y del heroinómano Joe), otras en la trivialidad sentimental (las tribulaciones del adúltero Sam y sus crudas existenciales) o en el sicodrama familiar con el espectro de la enfermedad terminal como posible disolvente encaminado, venturosamente, a una nueva armonía hogareña. Queda la melancólica historia de Walter, el jubilado fallido, a quien un lamentable azar le anticipa un desenlace irónico a una vida llena de tranquilidad y satisfacciones profesionales. Esa broma cruel en medio de la noche neoyorquina habría bastado, por sí sola, para construir toda una ficción perturbadora sobre las ilusiones de concordia y prosperidad en tiempos tan aciagos como los presentes. El rudo despertar, tal vez, de una gran anestesia colectiva. Algo hay de todo eso en este filme, aunque bien cabe admitir que no lo suficiente.
Se exhibe en salas comerciales y en la Cineteca Nacional.
Twitter: @Carlos.Bonfil1

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