12/15/2009

El fantasma de México
La revista letras libres propala el american way of life para México mientras la nación vive la peor pesadilla de la historia
José Antonio Aguilar Rivera

¿Cómo evaluar un pronóstico, un atisbo a un futuro por necesidad incierto? George Friedman lo hace de manera osada, convencido de que el sentido común no es un buen consejero para predecir el futuro del mundo. En esta visión utópica o distópica, como se le quiera ver, para fines del siglo XXI Polonia, Turquía y México han dejado el traspatio de la política internacional: “México es hoy la economía número 15 del mundo. Mientras los europeos se diluyen, los mexicanos, como los turcos, crecerán hasta volverse, para fines del siglo XXI, una de las grandes potencias económicas del mundo”. En 2080 habría madurado “un serio enfrentamiento en Norteamérica entre Estados Unidos y un México de creciente poder y fortaleza. Ese enfrentamiento podría tener consecuencias sin precedentes para Estados Unidos y prolongarse más allá del año 2100”.


La frontera entre la imaginación de futuro y la “prospectiva”, como ejercicio de la fantasía que borda en lo inverosímil, no es sencilla de trazar. Más de un visionario ha sido tachado de charlatán en su tiempo. Lo que llama la atención en la fabulación futurística de Friedman es cuánto le debe, sin mencionarlo, a un nostálgico nacionalista: Samuel Huntington. Fue él quien antes de morir articuló la idea de México como un país que encarna una amenaza, cultural, lingüística y demográfica para Estados Unidos. En marzo de 2004 la revista Foreign Policy publicó un artículo escrito por el famoso politólogo de Harvard, “El reto hispánico”. Fue un adelanto de libro que apareció poco después, Who are we? The Challenges to America’s National Identity,1 (¿Quiénes somos?, Paidós, 2004) sobre el supuesto peligro que representa para la sociedad norteamericana la inmigración mexicana.

“A mediados del siglo XX”, escribió Huntington, “los Estados Unidos de América se habían convertido en una sociedad multiétnica y multirracial caracterizada por una cultura mayoritaria dominante angloprotestante (bajo la que se englobaban múltiples subculturas) y por un credo político común enraizado en esa cultura mayoritaria. Sin embargo, tal y como se estaban sucediendo los acontecimientos a finales del siglo XX, Estados Unidos iba en camino de convertirse en una sociedad anglohispana bifurcada por dos lenguas nacionales. Esta tendencia era resultado, en parte, de la popularidad de la que gozaban las doctrinas del multiculturalismo y la diversidad entre las elites intelectuales y políticas, así como de las políticas gubernamentales de educación bilingüe y acción afirmativa promovidas y sancionadas por dichas doctrinas. De todos modos, la auténtica fuerza impulsora de la tendencia hacia la bifurcación cultural ha sido la inmigración procedente de América Latina y, muy especialmente, de México”.

Huntington también había advertido la singularidad de otro país que Friedman candidatea para gran potencia: Turquía. Años antes, en el controvertido ensayo aparecido en la revista Foreign Affairs, “El choque de las civilizaciones”, Huntington había considerado a México como un país cuya “civilización” no era occidental y, por tanto, distinta críticamente de la de Estados Unidos. México era, como Turquía, un país “desgarrado” entre dos civilizaciones: la “latinoamericana” y la “norteamericana”.2 Trece años antes, el historiador Arthur M. Schelesinger Jr. prevenía a sus conciudadanos en The Desuniting of America, uno de los libros clave en las guerras culturales de los noventa: “El impulso separatista no está confinado a la comunidad negra. Otra expresión notable es el movimiento bilingüe conducido ostensiblemente en aras de todos los no angloparlantes, pero particularmente se trata de una empresa de los americanos hispánicos… en años recientes la combinación del culto a la identidad y una inundación de inmigrantes de países hispanoparlantes le ha dado al bilingüismo un nuevo ímpetu”.3

Friedman tomó nota de las singularidades que, según Huntington, tiene la inmigración mexicana: contigüidad, número, ilegalidad, concentración regional persistencia y presencia histórica. Friedman parece haber comprado el argumento, particularmente en lo que hace a la distribución geográfica. Sin embargo, el diagnóstico de Huntington es una atalaya poco confiable para imaginar el futuro de México y Estados Unidos. En efecto, aunque las características de la inmigración mexicana son evidentes, no lo son sus presuntas consecuencias. Aun los críticos que admiraban en general el trabajo académico de Huntington reconocieron que el alegato carecía del proverbial realismo de sus otros libros. En lugar de la sólida interpretación de la historia de Estados Unidos, el autor ofrecía una “nostalgia romántica de la cultura angloprotestante”.4 Lo cierto es que, a pesar de que la inmigración mexicana tiene muchos de los rasgos descritos, no ha ocurrido lo que Huntington —y Friedman— cree. Los mexicanos, a pesar de estar muy cerca de su país, se asimilan, aprenden inglés y se incorporan al gran cauce de la cultura anglosajona. Una de las muchas pruebas de ello es que la tercera generación de inmigrantes hispánicos es usualmente monolingüe.

¿Podemos creer que México será en setenta años una gran potencia? Desafortunadamente hay pocos indicios para suponerlo. De hecho, desde hace más de cien años no ha habido convergencia significativa entre las economías de ambos países. No hay muchos indicios que nos lleven a pensar que el país cuente con recursos que lo impulsen a crecer de manera acelerada en los próximos treinta o cuarenta años. El último medio siglo nos proporciona algunas pistas. Según cálculos de Gerardo Esquivel, entre 1950 y 2000 el cociente observado de ingresos per cápita en el año 2000 respecto a Estados Unidos y Canadá era prácticamente el mismo que el de 1950. Si nos comparamos con España y Portugal la cosa se ve mucho peor. A pesar de que en 1950 el PIB per cápita de México era 33% más alto que el de Portugal y 4% más alto que el de España, para el año 2000 ya era inferior al de estos dos países en 40% y 50%, respectivamente. La tasa de crecimiento que requeriríamos para ser, como quiere Friedman, una potencia en 2080, es muy poco realista. Para que en el 2030 México pudiera tener un nivel de ingreso per cápita similar al que tenían Irlanda o Estados Unidos en el año 2000, el PIB en México debería crecer a una tasa de 4.5% o 5.4% anual, respectivamente, durante todo el periodo.

¿Es esto posible? La evidencia sugiere que muy pocos países en la historia económica reciente, “y menos aún países de ingresos medios como México en la actualidad, han logrado crecer a tasas superiores a 4.5% anual durante un periodo relativamente largo”.5 En el mejor de los escenarios, suponiendo que en los próximos lustros hayamos logrado superar los obstáculos estructurales al crecimiento económico (fiscales, financieros y de capital humano, entre muchos otros) este optimista escenario implicaría que los mexicanos estarían muy por debajo de los niveles de ingresos de los que disfrutan los norteamericanos hoy en día. Lo más probable es que en el próximo cuarto de siglo crezcamos, en el mejor de los casos, a una tasa anual de 2.8% a 3.8%. En el 2009 incluso eso parece casi utópico. Así, el nivel de ingreso que un mexicano promedio tendrá en el año 2030 probablemente sea más cercano al que tenían en el año 2000 países como Corea. Muy lejos del pronóstico de Friedman.

Hay también una inconsistencia en el pronóstico. Según el autor: “mientras los europeos se diluyen, los mexicanos, como los turcos, crecerán hasta volverse, para fines del siglo XXI, unas de las grandes potencias económicas del mundo. Durante la gran migración al norte alentada por Estados Unidos, el equilibrio de la población en los antiguos territorios mexicanos (los tomados de México en la guerra del siglo XIX) cambiará radicalmente hasta volver muchas de esas regiones predominantemente mexicanas. Y eso, aunado a la creciente fuerza de México como nación, modificará el equilibrio de poder en Norteamérica. El desafío mexicano estará basado en la crisis económica de los 2020, que será resuelto por las leyes de inmigración de principios de la década de 2030. Estas leyes estimularán enérgicamente la inmigración a Estados Unidos con el fin de terminar con la escasez laboral de ese país. Habrá un influjo masivo de inmigrantes de todos los países y esto incluirá obviamente a México […] México habrá solucionado su fase final de gran crecimiento demográfico expandiendo sus fronteras no políticas hacia los territorios cedidos en 1848, con la anuencia de Estados Unidos. La frontera, cada vez más adentro del territorio estadunidense, será predominantemente mexicana” (cap. 13: “The United States, Mexico and the Struggle for the Global Heartland”). Huntington dixit: “cuanto más concentrados están los inmigrantes, más lenta y menos completa es su asimilación”. El problema con este argumento es que si, en efecto, México creciera como si fuera China, probablemente reduciría drásticamente el número de inmigrantes que expulsa cada año a Estados Unidos. La vigorosa economía los emplearía y el reto de la inmigración mexicana a Estados Unidos disminuiría.

Friedman quiere adivinar cuál será el próximo reto, el siguiente rival, de Estados Unidos. Muchos creen que la identidad nacional norteamericana necesita un nuevo y duradero vigorizante. Se trata de una teoría maquiavélica, sobre la necesidad de la amenaza exterior y la guerra para preservar la virtud cívica de la república. En sus últimos años Huntington ubicó una amenaza más significativa, aunque su naturaleza fuera más ambigua, que los atentados de fundamentalistas islámicos: el reto hispánico a la cultura de Estados Unidos. Ahí halló la fuente de la nueva amenaza. Ese prejuicio parece también empañar y distorsionar el lente con el que George Friedman mira el futuro. Hace de una piñata colorida un tigre de papel futurista. Tal vez porque si bien es cierto que el sentido común no ayuda mucho a discernir el futuro, el nacionalismo y la prospectiva nunca hacen una buena pareja.

Se me ocurre un escenario alternativo de la integración al planteado por Friedman. La inmigración mexicana continúa en los próximos veinte años, pero gracias a una nueva política migratoria estadunidense ésta se vuelve en su mayor parte legal. Trabajadores mexicanos irán y vendrán de un país al otro con visas de trabajadores temporales. La gran máquina de asimilación que es la sociedad norteamericana hará que los que se queden sean integrados. Poco a poco los descendientes de los mexicanos remontarán la distancia que los separan en términos educativos y de ingreso de otros inmigrantes, como los asiáticos. México y Estados Unidos seguirán, como ahora, vinculados por una miríada de cordones umbilicales: comerciales, humanos, financieros. Sin embargo, no habrá un movimiento hacia la convergencia política, como en Europa. Seguirán siendo dos países muy relacionados entre sí, pero muy distintos. La lengua seguirá siendo un factor crítico de singularidad. El nacionalismo no se abatirá en ninguno de los dos países. Sus elites culturales seguirán siendo extrañas entre sí. Y un día México se dará cuenta de que cultura y ciudadanía son cosas muy diferentes. Contra lo que piensa Huntington, es muy probable que los mexicanos sean los nuevos patriotas estadunidenses.

Los gobiernos de ambas naciones seguirán teniendo encuentros y desencuentros. Sus relaciones serán difíciles, pero sin duda seguirán siendo aliados. Nunca tendrán la cercanía que existe entre Estados Unidos y Canadá. México seguirá siendo el vecino pobre; Estados Unidos un imperio continental. En Estados Unidos pasará el momento antimexicano y los apellidos como Hernández y Gómez se naturalizarán como en su momento lo hicieron los apellidos irlandeses y judíos. El 5 de mayo tendrá el mismo encanto que los desfiles del día de San Patricio. El inglés seguirá siendo la lengua de instrucción y cultura. Y la mayoría de los norteamericanos seguirá siendo monolingue.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Entre sus libros: El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos.


1 Samuel P. Huntington , Who are we? The Challenges to America’s National Identity, Nueva York, Simon & Schuster, 2004.
2 Samuel P. Huntington, “The clash of civilizations”, Foreign Affairs, vol. 72, núm. 3 (verano 1993), pp. 42-45.
3 Arthur M. Schelesinger, The Disuniting of America. Reflections on a Multicultural Society, Nueva York, Norton, 1992, p.107.
4 Alan Wolfe, “Native Son: Samuel Huntington defendes the homeland”, Foreign Affairs, vol. 83, núm. 5 (mayo/junio 2004), pp. 120-125.
5 Gerardo Esquivel, “México: en pos del crecimiento”, en José Antonio Aguilar Rivera (ed.), México: crónicas de un país posible, México, FCE, 2005, p. 99.

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