3/10/2020

México, ¿conquistado o inventado?

Pedro Salmerón Sanginés


Tzvetan Todorov resume en un párrafo la idea general que se tiene de la conquista de México: “Un misterio sigue ligado a la conquista […] ¿cómo explicar que Cortés, a la cabeza de algunos centenares de hombres, haya logrado apoderarse del reino de Moctezuma, que disponía de varios cientos de miles de guerreros?”
Todorov sintetiza las explicaciones tradicionales, que se reducen a la combinación de cuatro factores: el comportamiento vacilante, cobarde incluso, de Moctezuma, fincado en el mito del retorno de Quetzalcóatl. La explotación de las disensiones internas: durante toda la campaña Cortés sabe sacar provecho de las luchas intestinas entre facciones rivales. La superioridad de las armas españolas. Y que Cortés es el fundador involuntario de la guerra bacteriológica (hasta aquí Todorov).
Resulta que las cuatro explicaciones son erróneas o exageradas. Matthew Restall demuestra que casi todo lo que hemos creído del encuentro entre Cortés y Moctezuma es falso o erróneo. Resulta también que los caballos y las armas fueron mucho menos importantes de lo que nos han contado. Y la epidemia de viruela que en el otoño de 1520 diezmó a la población de México-Tenochtitlan fui igualmente devastadora en los altépetl que encabezaban la liga antitenochca o que se incorporarían a ella poco después, como Cempoala, Tlaxcala, Huejotzingo, Texcoco y Xochimilco.
Quizá lo más importante que he­mos encontrado es que el factor clave de la derrota de México-Tenochtitlan es la construcción de una gran liga de ciudades contra su dominio, muy parecida a la que encabezaron Texcoco y Tenochtitlan en 1428 contra Azcapotzalco. La lectura cuidadosa de las fuentes permite entender la construcción de una liga totonaca encabezada por Cempoala, y cómo Chicomecóatl (el cacique gordo de Cempoala) diseña la ruta política que se inicia por la incorporación de Tlaxcala y Huejotzingo a la liga antitenochca.
Luego, tras la derrota y expulsión de los españoles de Tenochtitlan, en junio de 1520, fueron los dirigentes tlaxcaltecas Maxixcatzin (muerto de viruela, como Cuitláhuac) y Xicoténcatl el joven quienes diseñan la campaña militar para debilitar a la Triple Alianza. Y en los primeros meses de 1521, es el señor de Texcoco, Ixtlil­xóchitl, quien diseña y encabeza el gradual cerco de Tenochtitlan. En todos los casos, la lógica de la guerra es mesoamericana.
Fue Cortés quien empezó a construir el discurso según el cual el dominio de México-Tenochtitlan le daba el de toda la América septentrional. Él difundió la idea de que México era el centro político de todo el Anáhuac de manera esencial. Y cuando se empezó a construir la idea del estado-nación mexicano, a semejanza de como se estaba construyendo o se había construido en Europa, los criollos ilustrados, como Francisco Xavier Clavijero, y los historiadores liberales, como Manuel Orozco y Berra y Alfredo Chavero, decidieron (como aparece en el diseño y construcción del Museo Nacional de Antropología) que la esencia de México, el origen de la nación estaba justo en México, y de ahí incluso se decidió el nombre del nuevo Estado. En México y no en, digamos, Cempoala, Tlaxcala, Huejotzingo, Cholula, Texcoco o Xochimilco, las ciudades clave en la derrota de los mexicas. Posterior a 1521, la gran diferencia para vencedores y vencidos respecto de procesos anteriores, la marcarían las epidemias.
Peor: se habla de la conquista de México cuando la mayor parte del territorio fue sojuzgado militar y políticamente en tiempos posteriores, incluso muy posteriores, y de maneras muy distintas. El FCE acaba de reditar el clásico de Philip W. Powell, La guerra chichimeca, que nos recuerda que las naciones que habitaban los actuales estados de Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas, Aguascalientes y buena parte de Querétaro, Jalisco y Durango, nun­ca fueron vencidas por los españoles y mesoamericanos en una larga guerra de medio siglo (1550-1600), y que la región se pacificó mediante estrategias de negociación, que fueron favorables a los indígenas hasta entonces nómadas. En esa guerra jugaron papeles centrales capitanes indígenas, como el otomí Fernando de Tapia y el tenochca Pedro Moctezuma.
Sometidos los chichimecas, en el siglo XVII hay nuevas guerras de conquista en la llamada Nueva Vizcaya, los actuales Chihuahua, Coahuila y Durango. Y apenas en el XVIII se someten a la corona española la Sierra Gorda de Querétaro, la Sierra del Nayar y la provincia de los Tamaulipas. Si volteamos al oriente, encontraremos que vastísimas extensiones de la selva baja yucateca nunca fueron sometidas; en 1850-1900, aún se hablaba de una nación maya.
Insistimos: la conquista de México no existió, es una construcción histórica. Y lo hacemos, para ver si nos ayuda a destruir el mito priísta del mexicano sometido, hijo de la chingada (https://bit.ly/39Dc6b3).
Twitter: @HistoriaPedro

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