3/14/2020

Y retembló en sus centros la tierra



Los sonidos de la furia y el silencio retumbaron por todo el país. Las movilizaciones de las mujeres demuestran tanto el hartazgo contra la violencia que las oprime como su decisión de transformar drásticamente la estructura social y cultural que sistemáticamente las pone en peligro.
Las multitudinarias marchas dominicales que tuvieron lugar por todo el país conjuntaron mujeres de muy distintas edades, condiciones económicas, sociales, religiosas y escolares. Porque todas ellas enfrentan cotidianamente agresiones simbólicas y físicas que las unen en el clamor contra el entorno que las hostiliza. Un entorno meticulosamente construido para favorecer el predominio masculino y sobajar a la población femenina. El domingo salieron a las calles y plazas para gritar su deseperación, para con estridencia hacerse oír y rubricar un hito en las movilizaciones que marcan fin de época e inician otra. El machismo, fuertemente arraigado estructural y culturalmente, inició una cuenta regresiva por la demostración de las mujeres que atiborraron arterias de las ciudades mexicanas.
Los interminables contingentes femeninos dieron portazo a las explicaciones conspiracionistas de todo tipo. Hubo quienes, sin sonrojarse, afirmaron que detrás de las protestas había financiamiento extranjero y/o nacional. También, que todo estaba armado por interesados en debilitar políticamente al gobierno. Ni el supuesto financiamiento, ni los interesados en acarrear beneficios políticos para su causa, tienen el poder de convocatoria para concitar movilizaciones masivas como las que abarrotaron las calles. El conspiracionismo de distinto perfil es ofensivo porque sigue perpetrando un discurso que tiene a las mujeres en capitis deminutio, en incapacidad permanente para por ellas mismas tomar el rumbo que deseen dar a sus vidas. Desde la óptica conspiracionista, las mujeres movilizadas son mentalmente menores de edad y requieren ser auxiliadas por los que sí tiene luces para ver los hilos que las controlan y manipulan.
Las reivindicaciones por las que claman las mujeres son de distinto tipo. Un sector es feminista de larga data, o herederas de luchas por derechos que les han sido negados y buscan hacerlos vigentes en las leyes e instancias judiciales. Otra parte es la conformada por las más jóvenes que todos los días experimentan las desventajas sistémicas que les dificultan el desarrollo personal. Unas más, miles, perdieron terriblemente a una hija o pariente y se han topado con el páramo que acalla sus desesperados gritos. Pero todas ellas tienen un denominador común: la violencia que las acecha y se cierne sobre ellas en cualquier lugar, a toda hora y la impunidad de los agresores. Impunidad que multiplica la repetición de los ataques.
Si los clamores del domingo fueron estruendosos, no lo fue menos la ausencia de millones de mujeres de los lugares de trabajo, escuelas, centros de diversiones, calles, parques y otros espacios por los que se mueven todos los días. Su ausencia logró evidenciar dramáticamente lo esencial de su presencia. Sin estar, estuvieron más presentes que nunca. Se hicieron más visibles, a pesar de que no fueron vistas en los lugares donde están cotidianamente.
¿Y ahora, como socidad, qué sigue? Es impostergable el cambio para construir un entorno social, cultural, judicial, económico e incluso religioso que no sea amenazante para las legítimas aspiraciones de las mujeres a vivir en un entorno libre de violencia sistémica. En esta tarea es necesario el cambio de paradigmas mentales que edifiquen un entramado distinto al que han padecido las mujeres mexicanas. Las ideas visualizan nuevos horizontes, pero por sí mismas no transforman el entorno; hace falta institucionalizar el nuevo orden mental en las instancias del Estado y la sociedad civil. Al mismo tiempo, si bien las ideas emancipatorias pueden ir sedimentando el terreno social y cultural, hay reformas normativas y la consecuente práctica eficaz de ellas que contribuyen a cambiar conductas lesivas y a crear nuevo piso cívico, ya sea por convicción o mediante la constatación a que llegan los agresores de que sus acciones difícilmente quedarán impunes.
La estrujante y conmovedora movilización del domingo en la Ciudad de México es, estoy convencido, esperanzadora. Anunció que el atroz invierno machista debe quedar definitivamente atrás. Fue el vislumbre de la primavera. Un color de camiseta que vistieron miles de mujeres, el morado, se confundió con las jacarandas que comienzan a renacer en las calles de la urbe. Una imagen, a la vez, de protesta vivificante y poética. Las coloridas jacarandas fueron el marco por el que transitaron niñas, adolescentes, madres, abuelas contra el entorno opresivo que busca imponer el machismo monocromático. Las jacarandas han florecido, y con ellas la primavera que anuncia nueva vida. A las flores les abrió paso el caminar de las mujeres que hizo retemblar en sus centros la tierra.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario