8/31/2014

El círculo roto



FotoCarlos Bonfil

Fotograma de la cinta de Felix van Groeningen

Alabama Monroe. Entre los pocos estrenos comerciales que vale la pena consignar esta semana figura El círculo roto (The broken circle breakdown), cinta belga de Felix van Groeningen (Steve & Sky, 2004; La vitalidad de los afectos, 2009), nominada al Óscar este año como mejor película en lengua extranjera. Hablada en neerlandés, con ocasionales parlamentos en inglés, la narrativa atractivamente dislocada (con saltos temporales que agilizan el relato) refiere el romance de Didier/Monroe (Johan Heldenbergh), cantante de música country, y Elise/Alabama (Veerle Baetens), una excéntrica especialista en tatuajes. Ambos comparten la pasión por la cultura popular estadunidense, aunque difieren radicalmente en asuntos políticos y religiosos.

Didier es un ateo intransigente, creyente fervoroso en la teoría de la evolución de Darwin, y fustigador de todo fundamentalismo que no sea el propio; Elise, en cambio, es una espiritualista seducida por todas las creencias, desde la cristiana hasta la hinduista. La relación amorosa de estos dos personajes la muestra el cineasta y también adaptador de la obra teatral homónima, como una notable conciliación de los contrarios, hasta el momento decisivo en que con la muerte de Maybelle, su hija única de seis años, se rompe el círculo de la armonía doméstica y se produce el colapso al que alude el título original de la película.

La historia no es particularmente novedosa. Duelos prolongados de esta índole, que acercan a las parejas o las distancian irremediablemente, han dado lugar a múltiples planteamientos melodramáticos, desde aquel clásico sentimental La canción del recuerdo (Penny serenade, George Stevens, 1941), con Cary Grant e Irenne Dunne, hasta en un extremo opuesto la cinta francesa Declaración de guerra (La guerre est déclarée, Valérie Donzelli, 2011). El realizador belga tiene en su favor varias apuestas arriesgadas y atractivas. Primeramente, la de recrear un llamativo microcosmos cultural alternativo en una ciudad de Gante gris y desdibujada. La banda sonora a cargo de un pintoresco grupo de músicos amigos amantes del country bluegrass y los atuendos vaqueros, es además un notable contrapunto a una historia particularmente deprimente. 

Viene luego una narración a salto de mata, con sus retrocesos y sus prolepsis ingeniosamente dosificados para mantener vivo el interés del espectador y crear un clima de incertidumbre y de suspenso. La fotografía tiene breves arrebatos de un lirismo en deuda con el cine de Terrence Malick (To the wonder/Deberás amar, 2013), pero a diferencia de aquél, aquí se muestra bastante contenido. El asunto más delicado, el cáncer linfático que amenaza la vida de la niña Maybelle (Nell Cattrysse, formidable), es tratado de manera muy sobria, sin escatimarle al espectador los detalles dramáticos del asunto (punción lumbar, efectos de la quimioterapia, desconcierto infantil ante la fatalidad incomprensible), pero sin agobiarlo tampoco con tremendismos gráficos ni chantajes sentimentales.

La tragedia infantil desencadena un drama conyugal ligado a las dificultades que tiene la pareja para vivir el duelo. El alud de recriminaciones mutuas, el recelo abierto y los rencores soterrados son algunos de los elementos en el proceso de su desintegración anímica. El director los maneja novedosamente al abrir el espectro emocional y llevar el drama desde la esfera doméstica y privada hasta un ámbito de interés público. Así se aborda el tema de la intolerancia religiosa que obstaculiza la investigación con células madre, susceptible de salvar vidas como la de Maybelle, y que el gobierno de George Bush endosa y promueve fervorosamente en la época en que se sitúa la cinta. 

Difícil imaginar un planteamiento tan directo en el cine de ficción hollywoodense. La relación de amor y odio que tiene el cantante de country Didier con su mitológico país de sueños, refleja en parte las complejidades de su relación amorosa con Elise, y también sus primeras reservas ante una paternidad indeseada y luego su cariño intenso por la niña enferma. El círculo roto problematiza y vuelve apasionantes aquellos temas que por regla general el cine comercial se empeña en dramatizar con exceso o en volver particularmente inocuos. Películas de este tipo suelen durar muy poco tiempo en cartelera, pero sus vigorosas resonancias los vuelven a la postre referencias ineludibles.

Twitter: @CarlosBonfil1


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