Leonardo García Tsao
Hasta ahora escribo sobre Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury porque debo confesar: a) una cierta aversión a las biopics antisépticas de roqueros fallecidos, b) una resistencia al rock kitsch de Queen y c) un temor a ser rodeado por espectadores que estén coreando la letra de la canción epónima.
En parte mis reservas fueron confirmadas por el carácter tan
convencional de esta realización de Bryan Singer (quien fue despedido
del proyecto por irresponsable y sustituido por Dexter Fletcher, sin
crédito, en el último par de semanas de rodaje). El guion de Anthony
McCarten, supervisado muy de cerca por Brian May y Roger Taylor, quienes
fungieron como productores, se cuida de trazar una trillada curva
dramática que sigue una cronología (falseada en varias instancias) del
ascenso, caída y final redención de Freddie Mercury (Rami Malek).
En el inicio, el que se llamaba Farrokh Bulsara, de origen indio
parsi, trabaja de humilde maletero de Heathrow y su oportuna presencia
en la disolución del grupo Smile le permite proponerse a sí mismo como
cantante ante el guitarrista May (Gwilym Lee) y el baterista Taylor (Ben
Hardy), tras demostrar su evidente talento vocal. El bajista John
Deacon (Joseph Mazzello) completa la formación definitiva de Queen, que
sigue la proverbial carrera meteórica, impulsada en gran medida por la
extravagante presencia escénica de Mercury. (El montaje de sus giras
mundiales sólo manifiesta la hueva de Singer de no pensar en algo más
original).
¿Y el lado romántico? Mucho énfasis se pone a la relación de Mercury
con Mary Austin (Lucy Boynton), quien parece ser la única en no darse
cuenta del amaneramiento de su novio o el hecho de que su banda se llama
Queen, para llegar a la tardía conclusión de que es gay.
En cuanto la película sale del clóset entra a la parte moralista de
la historia. Pues ser gay equivale, según esto, a entregarse a excesos y
caer en la decadencia. Sensación que se refuerza con la presencia del
único villano de la pieza, Paul Prenter (Allen Leech), primer amante
abierto de Mercury y manipulador de tiempo completo, que ha enajenado al
cantante de los otros miembros de la banda. El castigo vendrá, claro,
con la contracción del sida, lo que llevará al protagonista a
reconciliarse con su familia que no sólo incluye a los mortificados papá
y mamá, sino también al grupo y la noviecita santa.
El gran final de ese acto de redención es la actuación completa de
Queen en el concierto Live Aid en el estadio Wembley. Como si fueran
figuras de animatronic, la recreación es minuciosa. Y es mérito de Malik
el imitar paso a paso, gesto por gesto, el performance de
Mercury (aunque la voz es la del difunto y el actor sólo hace la
mímica). Físicamente Malik no se parece al biografiado. Tiene los ojos
verdes y saltones y con una burda peluca de melena evoca más a un Mick
Jagger joven y dientón, que a Mercury. Sin embargo, una vez que se corta
el pelo y se deja el bigote –
te ves más gay, le dice May– el actor consigue una imitación verosímil.
Sin embargo, una actuación convincente no salva a la película de su
estricto carácter convencional. Los mecanismos consabidos del melodrama
condicionan todo lo demás. Y en sus dos horas de metraje no consigue un
solo instante de auténtico, puro y cabal rocanrol.
Twitter: @walyder
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