11/12/2022

¡Por sus…narices!

  

.- Como feminista radical (la que va a la raíz de las cosas) asisto – y escribo- sobre todo el proceso para la aprobación de la llamada Ley Trans.

Me alucinan muchas cosas de este proceso como por ejemplo la falta de rigor democrático de quienes la proponen y que, al menos en teoría, deberían velar por el avance y consolidación de los derechos de las mujeres.

Se ha perdido toda una legislatura sin apenas avanzar en derechos, porque salvo la ley llamada “Solo sí es sí” y con salvedades, no se ha desarrollado el Pacto de Estado contra las Violencia de Estado, cuyo impulso y compromiso era una cuestión de coherencia política. Y mientras a las mujeres nos siguen asesinando por ser mujeres. Y a las criaturas para, sobre todo, hacer daño a las madres.

Todos los esfuerzos han estado dedicados a lograr derechos civiles para un porcentaje ínfimo de la población. Y siempre he dicho que todo lo que conlleve aumentar derechos civiles del conjunto de la población me parecerá siempre estupendo y plausible. 

Pero en este caso, el aumento de derechos para esa parte ínfima de la población que pretende convertir sus deseos en ley tiene una pega. Solo una, pero importantísima: Que esos derechos cercenan y de forma importante, los derechos de algo más de la mitad de la población que somos las mujeres.

La cancelación en redes sociales, la cancelación de presentación de libros o de conferencias de grandes voces del feminismo, la propuesta de eliminar del Consejo de Estado de una de las principales voces feministas del Estado, así como la invención de una neolengua que pretende borrar la palabra MUJER de su particular diccionario, así como la violencia desatada contra las feministas en algunas concentraciones y/o manifestaciones da una idea de la virulencia de esos postulados, uno de cuyos gritos es “Kill de Terfs” o muerte a las Terfs que es la nueva forma de llamarnos al as feministas radicales. Antes nos llamaban feminazis, pero como he dicho antes, están inventando una neolengua posmoderna.

Es una verdadera pena y una estafa que quienes se decían desde la supuesta izquierda que venían a renovar la política y las instituciones hayan derivado en esto. En una nueva forma de sectarismo que pretende aprobar por urgencia una ley que puede cambiar a peor la vida de algo más de la mitad de la población y que además pretende borrar del diccionario la palabra MUJER, al querer negar el sexo biológico con el que nacemos hombres y mujeres y que es la fuente de la opresión histórica que sufrimos las mujeres. 

Y, nada más y nada menos que por sus…narices, pretenden sustituirlo por el “género sentido”. Ahí es nada.

Si tenemos en cuenta que el género es un constructo social consecuencia de, entre otros factores, la socialización diferenciada, entenderemos que ser mujer u hombre y lo que se espera de nosotras y de ellos, nos viene dado incluso antes de nacer, cuando las ecografías desvelan nuestro sexo y, justo en ese momento se nos comienza a socializar como niñas o como niños. Y de ahí en adelante ya se nos “marca” para que sepamos qué se espera de mujeres y de hombres.

Y, lo peor de todo es que cuando te pones a rascar un poco, comprendes que, al final es todo un tema de intereses económicos. Exactamente igual que con el tema de la prostitución, tema en el que por cierto no se ha avanzado nada hacia la abolición de esta, exactamente por lo mismo: por el dinero generado. 

O con los vientres de alquiler que pasa lo mismo, cuestión de intereses económicos y en ambos casos, prostitución y vientres de alquiler, esos beneficios se obtienen en base a una materia prima que les sale muy rentable: los cuerpos de las mujeres económicamente vulnerables.

A diferencia de la ley trans, los beneficios se van a obtener de personas vulnerables por falta de tratamientos posiblemente psicológicos y los van a obtener las grandes corporaciones farmacéuticas que les van a proveer de bloqueadores y medicamente a perpetuidad puesto que se van a convertir en personas con enfermedades crónicas. Y también quienes van a obtener pingües beneficios económicos van a ser las clínicas médicas privadas que con las llamadas “transiciones” van a mutilar cuerpos humanos sanos. Y, en ambos casos, medicación crónica y mutilación corporal para “reasignarse”, los efectos son irreversibles.

Pero a esa parte del Gobierno que pretende aprobar la Ley trans, todo esto parece que le da igual. No atienden y, lo que es peor, hurtan al Parlamento un debate sosegado y tranquilo, escuchando voces expertas para poder votar con conocimiento de causa. O sea, que pretenden aprobar la Ley Trans por sus… narices, por ser educada.

Se acerca un año electoral y me siento muy triste al haber escuchado ya las voces de mujeres a las que admiraba, lanzar al viento la consigna de “la Ley Trans será Ley”. Y sintiéndolo mucho, se van a quedar sin mi voto. 

Y, si me quedo sin opciones o, lo que es lo mismo, huérfana de voto, me encargaré de que mi voto nulo, sea transmisor de mi tristeza y orfandad.

Solo deseo que este delirio no llegue a buen puerto y se aumenten los derechos civiles de la sociedad, por supuesto, pero sin menoscabar o cercenar lo derechos de las mujeres que tanto dolor, esfuerzo y años nos han costado conseguir.

Espero que al final impere el criterio de la lógica y de la realidad material y objetiva y se tomen, en todo caso, otras medidas que no nos borren a las mujeres ni se pongan en peligro nuestros espacios seguros.

Teresa Mollá Castells

tmolla@telefonica.net  

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