2/14/2026

La violencia institucional machista tras los feminicidios

Fuentes: Ctxt

Las mujeres son a menudo infantilizadas, cuestionadas o ignoradas tras denunciar violencia de género. Estas actuaciones revictimizantes ponen en peligro la continuidad de los procesos judiciales y las órdenes de protección.

El 3 de septiembre de 1999, Ángela González Carreño decidió que no regresaría al infierno de insultos, humillaciones y palizas al que su marido, Felipe Rascón, llevaba años sometiéndola. Huyó del hogar familiar, si se le puede llamar así, interpuso denuncia ante los juzgados y solicitó el divorcio para cortar toda relación con su maltratador. El testimonio desgarrador de Ángela, presentado ante distintas instancias judiciales, no impidió la autorización de las visitas de Rascón para pasar tiempo sin supervisión con Andrea, la hija que tenían en común, y que por aquel entonces tenía tres años de edad. La menor rechazó hasta la saciedad aquellas visitas sin que nadie la escuchara. Consciente del peligro que esta decisión entrañaba para la criatura, Ángela interpuso más de 51 denuncias entre juzgados y comisarías implorando medidas de protección para ambas. Pero el 24 de abril de 2003 tuvo lugar el episodio de violencia vicaria más sangrante de las últimas décadas: Rascón, en una de las visitas pactadas, asesinó de un tiro a la niña con el fin de provocar el mayor dolor posible a su expareja como castigo por negarse a permitir sus abusos. 

En un artículo donde desengrana los pormenores del caso, la periodista y activista feminista Cristina Fallarás detalla el periplo judicial que atravesó desde la muerte de su hija: tras varios recursos desestimados por parte de los tribunales españoles, la asociación pro derechos humanos Women’s Link llevó su caso ante el Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW), que en 2014 dictaminó que España no la había protegido ni a ella ni a su hija. Por fin un tribunal extranjero reconocía la responsabilidad de las instituciones en la desprotección de madre e hija, y con ello empezaba a nombrarse tímidamente el término violencia institucional machista.

El único culpable del feminicidio vicario de Andrea fue su padre, pero el desenlace se podría haber evitado si los actores judiciales y policiales hubieran actuado con la debida diligencia. Esta violencia que procede directamente de las entidades públicas se manifiesta cuando, según el Observatorio de Violencias Institucionales Machistas (OVIM), “una mujer acude a las instituciones del Estado y se produce alguna omisión, práctica o acción que constituye violencia machista al obstaculizar o impedir el ejercicio de sus derechos humanos”. El observatorio añade que esta violencia silenciosa se despliega desde el momento en que una persona que ha sido víctima de un delito como la violencia de género, “sufre un nuevo daño como consecuencia del trato (escéptico) recibido por parte de instituciones, profesionales o la sociedad durante el proceso de denuncia, investigación o búsqueda de justicia”. 

Las instituciones tienen el deber legal de no tolerar ni perpetrar la violencia machista, además de no hacer caso omiso frente a ella. Más reciente que el de Ángela es el caso de María Salmerón, de tintes muy similares: a pesar de que su expareja había sido condenada a 21 meses de prisión por la violencia ejercida contra ella (pena que, por cierto, nunca llegó a cumplir), ella fue sentenciada a nueve meses de cárcel por un delito continuado de desobediencia grave a la autoridad con agravante de reincidencia tras incumplir el régimen de visitas de su hija, obligada a citarse con su padre, para evitar que corriera la misma suerte que Andrea.

Desde entonces, no han parado de sucederse los juicios donde las víctimas ven cuestionados sus relatos, las órdenes de protección son denegadas o las valoraciones se realizan de forma negligente al desconsiderar la situación de riesgo que sufren muchas mujeres recién separadas de sus agresores. La mayor parte de estos casos se producen dentro de la judicatura, aunque también tienen resonancia en comisarías, centros de salud o, en menor medida, recursos para víctimas en violencia de género. En España, seis de cada diez denuncias sobre violencia machista institucional están relacionadas con comportamientos o decisiones de los jueces: un estudio realizado por el OVIM pone de relieve que, de los casos recogidos, el 52 % se concentran en este sector, seguido por los ámbitos policial, sanitario, social y de atención integral. 

Como enfatiza este organismo, entre los patrones más habituales de violencia institucional se encuentran la negación sistemática de medidas de protección, la desconfianza hacia las víctimas y la priorización de los derechos de los progenitores frente al interés superior de los niños y niñas. También son tristemente habituales, añaden, los testimonios de mujeres que narran haber sido infantilizadas, culpabilizadas o ignoradas por parte de profesionales públicos. Este tipo de actuaciones revictimizantes ocurren con frecuencia durante los interrogatorios (recordemos la vista oral del juez Carretero con Elisa Mouliaá tras su denuncia por abusos sexuales contra Íñigo Errejón), y explican la elevada tasa de infradenuncia que persiste todavía en España. Muchas mujeres alegan sentir pavor ante la idea de que sus testimonios puedan ser cuestionados cuando ocurre una agresión, sobre todo si no encajan con el estereotipo de “víctima perfecta” que muchos jueces esperan encontrarse. El resultado: muchas supervivientes deciden no continuar el proceso judicial tras haber interpuesto una denuncia contra su maltratador por el peso de esa violencia institucional revictimizante. Esto a menudo se confunde con que las mujeres retiren sus denuncias, un argumento que suelen utilizar quienes defienden discursos antifeministas o negacionistas de la violencia machista. 

Injusticia epistémica en los juzgados

Cuando, debido a estas trabas, las mujeres renuncian a seguir con el proceso judicial, se produce lo que la filósofa británica Miranda Fricker acuñó bajo el término de “injusticia testimonial”. Un efecto del maltrato ejercido por las instancias que teóricamente deberían brindar seguridad y protección. “La experiencia por el proceso penal o en la policía de algunas mujeres hace que otras desconfíen de las instituciones y se replanteen el denunciar o no. Hemos escuchado relatos en los que se cuestiona qué ha hecho la mujer antes de recibir esta violencia, qué ha hecho durante la violencia y qué ha hecho después, pero también existe el miedo de que les vayan a quitar la custodia de sus hijos sabiendo que se están dando visitas a padres maltratadores”, explica a este medio Marina Oliva, integrante de Hèlia, una de las principales asociaciones de apoyo a víctimas de violencia machista en España. Oliva incide en un dato aterrador: en más del 80 % de los casos se están dando custodias y las visitas a padres agresores, pese a que la ley establece que estas no se deberían dar, por norma general, a padres que estén siendo investigados o condenados por violencia de género. 

La palabra que mejor define el sentir general de estas mujeres es el miedo, que se incrementa en el caso de las que son migrantes o racializadas: quienes se encuentran en una situación administrativa irregular tienen terror al hecho de que, si denuncian, puedan ser deportadas del Estado español y, además, en muchos casos, las barreras culturales e idiomáticas limitan la comunicación ya que no siempre hay intérpretes disponibles, como explica una investigación de la Universidad de Vigo elaborada por Sabela Pérez-Martín, Iria Vázquez Silva y Carmen Verde-Diego. También son culpabilizadas e infantilizadas con más frecuencia y sufren comentarios racistas durante el proceso judicial. Con todo, añaden, la pérdida de confianza en el sistema después de sufrir la negación de sus derechos por las mismas instituciones encargadas de velar por su seguridad genera un trastorno emocional y social significativo.

Por el momento, el sexismo institucional no está reconocido en el Estado español, si bien la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre de 2004 contempla medidas de protección integral para víctimas de violencia de género (entre ellas, asistencia jurídica gratuita, atención psicológica y social, protección policial y orden de alejamiento). Se trata de medidas cautelares –preventivas y temporales– una vez interpuesta la denuncia y celebrado el primer juicio rápido hasta la finalización del proceso. Ahora bien, según el Observatorio contra la Violencia de Género, el 34,18 % de estas órdenes de protección solicitadas en los últimos 15 años en España no se concedieron. Entre abril y junio de 2025, tal y como arrojan los últimos datos del Consejo General del Poder Judicial, se solicitaron en los órganos judiciales un total de 12.661 órdenes de protección y se concedieron siete de cada diez, una cifra preocupante para las expertas consultadas. 

De acuerdo con la Ley de Enjuiciamiento Criminal (LECRIM), algunas medidas de protección cautelares urgentes incluyen el alejamiento físico (el agresor no puede acercarse a la víctima ni a su entorno), prohibición de comunicación, retiro de armas al agresor de carácter inmediato, suspensión del régimen de visitas o acceso a recursos habitacionales de apoyo. El problema se halla en que la consideración del riesgo que padecen las víctimas depende directamente de la interpretación de los jueces, que pueden no tener integrado en su práctica un enfoque feminista. De esta forma, a veces se produce un gran desconocimiento por parte de los profesionales de las dinámicas que se producen en la violencia machista en el ámbito de la pareja, razón por la que se minusvaloran con frecuencia comportamientos peligrosos de los agresores. 

Para Iria Vázquez Silva, profesora de sociología en la Universidad de Vigo y coautora del citado informe, es preciso que cualquier profesional que tenga contacto con una víctima de violencia esté formada en prevención de violencia machista: “En grados de trabajo social, medicina, derecho o psicología, a veces no hay materias obligatorias de violencia de género. Y claro, luego te encuentras en los juzgados con que el equipo forense no está formado y los abogados de oficio, en casos de violencia de género, hay veces que tienen una formación específica de dos o tres días”. A muchas mujeres les juega en contra experimentar síndrome de estrés postraumático después de haber sufrido violencia machista, porque puede hacerles perder la custodia de sus hijos al malentenderse que no estará capacitada para hacerse cargo del menor. De esta forma, la violencia no sólo acaba patologizándose sino que se vuelve en contra de las víctimas al pasar por los juzgados. 

Saturación de los recursos públicos y fallos sistémicos

Pero una parte esencial de esa violencia por omisión a la hora de otorgar medidas de protección tiene que ver directamente con la saturación de los servicios y recursos públicos. “En Madrid tenemos 11 juzgados de violencia sobre la mujer para instruir, para investigar, dictar órdenes de protección y luego tenemos unos juzgados penales para los juicios. Todo esto hace que los jueces vayan a piñón. Cuando tienes un tiempo limitado a veces no puedes hacer todas las preguntas necesarias y llegas a dar por menos graves cosas que sí lo son. Muchas veces no hay medios para atender a cada caso como se merece”, explica Marta Herrero, abogada de víctimas de violencia machista. Esta precariedad atraviesa también a los recursos públicos de atención para víctimas: al recortarse sistemáticamente los fondos para estos espacios esenciales y volverse eternas las listas de espera para acceder, multitud de mujeres se quedan fuera, ya que sólo pueden atenderse los casos más extremos y urgentes. 

“En los recursos se prioriza siempre una situación que sea más grave. Entonces, aunque a nivel normativo se incluya a todas las mujeres, al final si no hay presupuesto ni plantilla suficiente y hay unas listas de espera superlargas, quedan excluidas del circuito muchísimas víctimas”, destaca Oliva. Las trabajadoras de la red contra la violencia de género de Madrid llevan tiempo denunciando que no hay suficientes profesionales para la demanda que existe ya que son recursos externalizados y en gran medida precarizados.

Una de las medidas penales de protección para víctimas es la implantación de dispositivos de control telemático para agresores. Más de 4.500 hombres en España las llevan puestas. Estos medios (pulseras o brazaletes) permiten conocer la ubicación exacta de los maltratadores con órdenes de alejamiento en vigor y sirven para detectar posibles quebrantamientos de la orden en tiempo real. El Centro Cometa, dependiente del Ministerio de Igualdad, que gestiona estos dispositivos de vigilancia, estuvo envuelto desde finales de 2024 en un sinfín de escándalos después de que se notificaran fallos en los dispositivos: congelación de la ubicación de los agresores, errores en los GPS, materiales de escasa calidad que facilitaban quitarse las pulseras… La adjudicación del contrato del servicio, mediante concurso público, a dos empresas privadas (Securitas y Vodafone) en marzo de 2024 fue el inicio de la precarización extrema de este servicio, que a la larga se tradujo en una violencia institucional de primer orden. 

Solo 825 ayuntamientos están integrados en el Sistema Viogen

Al igual que ocurre con la concesión de medidas de protección para víctimas en los juzgados, la violencia institucional también está presente en la valoración del riesgo de las mujeres en el sistema Viogen. “La policía, cuando toma declaración a la víctima para valorar su nivel de riesgo, le pide que conteste a determinadas preguntas y va rellenando un formulario informatizado. Según las respuestas que ellos piquen, sale un resultado u otro. No hay una entrevista de una trabajadora social o de una psicóloga en toda esa valoración”, alega Herrero sobre uno de los aspectos más mejorables de este sistema de calificación y seguimiento a nivel estatal. Falta, aseguran las expertas, más profesionalización en esas valoraciones, pero también tiempo para valorar pausadamente cada caso.

Para determinar un nivel u otro de riesgo la Policía o Guardia Civil (encargados del seguimiento) toman en consideración parámetros como la presencia de denuncias anteriores, tenencia de armas por parte del agresor, si este ha proferido amenazas de muerte a la víctima, sexo forzado, amenazas de suicidio, agresiones físicas a animales o antecedentes por atentado a la autoridad. Un agravante del riesgo puede ser que la víctima tenga certificada algún tipo de discapacidad, ya que este factor aumenta su vulnerabilidad frente al maltratador. 

Como desvelan los últimos datos del Observatorio de Violencia de Género, desde 2013, el número de casos activos en el sistema Viogen ha aumentado en más de 39.000 y los de riesgo alto se han multiplicado por siete. A pesar de lo alarmante de estas cifras, la mayor parte de los Ayuntamientos todavía no están integrados en el Sistema Viogen: A fecha de noviembre de 2025, tan solo lo estaban 825 consistorios, 38 de ellos capitales de provincia (en España hay 8.132 municipios). Esto es especialmente grave ya que cuando no existe convenio con los ayuntamientos, la Policía Local no puede ver ni actualizar el nivel de riesgo de una víctima. En Zaragoza, por ejemplo, que en 2025 contaba con más de 1.600 casos activos (2.566 en todo Aragón), estuvo hasta finales de año sin estar integrada plenamente en el sistema. “Es necesario seguir tomando conciencia de género y garantizar, con políticas y servicios públicos, seguridad para las víctimas. Aquí el problema está en la estructura del sistema y en la manera en la que se organiza la lógica institucional”, refiere Teresa Carrillo, psicóloga feminista especializada en violencias machistas.

Fuente: https://ctxt.es/es/20260201/Politica/51998/alejandra-mateo-fano-reportaje-justicia-revictimizacion-maltrato-violencia.htm

Industria indumentaria se sostiene de explotar mujeres trabajadoras: ProDESC

 

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), así como la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (CANAIVE) indican que las mujeres conforman el 66% de la fuerza de trabajo en la industria de la confección de prendas de vestir y el 35% de la industria manufacturera en general.

Estas declaraciones fueron emitidas tras la publicación del informe:«La industria indumentaria en México: una mirada a la situación de derechos humanos laborales desde un enfoque interseccional y de rendición de cuentas empresarial», en el que se detalló que siete de cada diez personas que trabajan en la industria indumentaria en México no percibe un salario suficiente para superar la línea de pobreza y la precarización laboral afecta principalmente a las mujeres sobre todo aquellas que laboran en ramas feminizadas.

La industria indumentaria son todas las actividades económicas destinadas a fabricar prendas de vestir.

La investigación de ProDESC arrojó que en México existe una aportación de 95 mil millones de pesos al Producto Interno Bruto (PIB) derivados de esta industria, siendo uno de los sectores más lucrativos a nivel global y nacional; sin embargo, pese a que emplea a 1.2 millones de personas, opera bajo condiciones de precariedad.

Los datos del informe arrojan que el 66% del empleo es informal, es decir, sin contratos ni salarios dignos y solo 1 de cada 3 personas cuentan con seguridad social al tener un empleo formal. Para Mercedes Ramírez, integrante de la Coordinación de Análisis e Incidencia de ProDESC esto se debe a que la indumentaria en México se sostiene de esquemas de explotación laboral sistemática.

Dicho esquema está marcado por bajos salarios, jornadas extenuantes, hostigamiento, trabajo forzoso, violencia de género, trabajo infantil, contaminación ambiental, impactos en la salud, desplazamiento forzado y el uso intensivo de recursos naturales. Para la organización, el panorama se normaliza e invisibiliza mientras se inserta en las dinámicas de consumo.

Por otro lado, el informe puntualiza que las dinámicas de poder detrás del sistema de explotación responden bajo lógicas de producción y reproducción de un sistema patriarcal, racista y clasista, perpetuando así las desigualdades en función de la edad, orientación sexual, movilidad humana, discapacidad, pertenencia a comunidades indígenas o afrodescendientes y del género.

CIMAC Foto

Gracias a los Diálogos Intergeneracionales de derechos humanos laborales del 2022 en Ciudad de México y del Diálogo Multiactor Hacia una articulación de agendas para la incidencia en pro de los derechos humanos laborales en la industria indumentaria desde una perspectiva de rendición de cuentas en 2023, ProDESC reunió las experiencias de mujeres trabajadores quienes confirmaron la existencia de abusos sistemáticos por parte de las empresas.

Actualmente, ellas enfrentan jornadas laborales completas incluso en el periodo de prueba sin retribución económica, así como rechazos sin explicación al intentar obtener el puesto ya sea por su condición de salud o antecedentes de inestabilidad laboral, lo cual afecta más a las mujeres quienes asumen el trabajo de cuidados. Estas prácticas contra las trabajadoras de la indumentaria fueron descritas como discriminatorias por la organización.

Cuando logran ser contratadas, muchas de ellas experimentan abusos que no denuncian ante el miedo de perder el sustento económico con el que ayudan en sus hogares lo que puede perpetuar otros escenarios como trabajo forzado, jornadas laborales excesivas cobro indebido del equipo de seguridad, incumplimiento de pago de horas extras, falta de garantías para ejercer la libertad de asociación y la negociación colectiva, y enfermedades recurrentes ligadas a las condiciones de trabajo.

De acuerdo con ProDESC, las vulnerabilidades se agravan en entornos de menos supervisión como talleres medianos o pequeños y en sistemas de trabajo a domicilio donde las posibilidades para obtener un empleo formal son reducidas. Bajo estas condiciones, las mujeres que necesitan horarios flexibles por su trabajo de cuidados, migrantes y con discapacidad suelen ser los perfiles que aceptan empleos en el sector informal.

«En estos espacios predomina la opacidad, la desinformación y una alta exposición a abusos laborales y violaciones de derechos humanos, sin una respuesta efectiva por parte del Estado ni del sector empresarial. En consecuencia, estas personas quedan atrapadas en condiciones de extrema vulnerabilidad.» – ProDESC.

Por otro lado, el informe “La situación de los contratos colectivos del trabajo en la industria de la indumentaria en México” del 2020 elaborado por las expertas en derechos laborales Inés González Nicolás, Andrea E. García y Gabino Jiménez Velasco, señala que el 54% de los contratos colectivos en la industria indumentaria en México no hace referencia a ninguna cuestión de género.

Respecto a los salarios, en algunos contratos se describió que solo una persona o un grupo reducido del personal podía obtener los salarios más altos, mientras que el resto conseguían los salarios más bajos, sobre todo en las ramas más feminizadas como la confección.

Para ProDESC es necesario la exigencia de rendición de cuentas y responsabilidad empresarial para que estén obligadas a cumplir con los marcos internacionales, nacionales y regionales, así como garantizar condiciones laborales y ambientales dignas a cada etapa de su cadena de valor. En adherencia, apuntaron la necesidad de transformar la estructura de poder y despojo que sostienen la industria

«Mujeres que ya no sufren por amor», el libro que cuestiona el romanticismo patriarcal

 

.- Ciudad de México.– El mito del amor romántico ha llevado a las mujeres a construir sus vínculos afectivos basándose en el sacrificio, el deseo del otro por encima del propio, verlo como un superior y aceptar el dolor o el castigo como muestra de afecto; sin embargo, la escritora Coral Herrera, a través de su libro “Mujeres que ya no sufren por amor”, busca desmitificar estos ideales e invita a construir relaciones más libres, centradas en el autocuidado, el respeto y la autonomía. 

Coral Herrera, originaria de España, es doctora en Humanidades y Comunicación Audiovisual, escritora y profesora. Desde hace 15 años investiga el amor romántico, el feminismo, las masculinidades y las relaciones de poder. Es integrante del Observatorio de Masculinidades de la Universidad de Elche y coordina el Laboratorio del Amor, una escuela virtual que fundó hace una década para estudiar las relaciones amorosas desde una perspectiva feminista.

“Mujeres que ya no sufren por amor”, es un libro publicado en 2018 el cual busca cuestionar el romanticismo patriarcal, afirma que es el responsable de una cultura amorosa basada en la subordinación. Esta cultura se mantiene mediante ideales peligrosos que sugieren que el amor lo puede todo, incluso soportar la violencia, bajo la ilusión de que la otra persona cambiará algún día y que, finalmente, se alcanzará el ideal del amor eterno.

Los parámetros de amor romántico han llevado a las mujeres a permanecer en vínculos donde las agresiones, insultos, golpes, se normalizan y se justifican; sin embargo, las consecuencias de ello pueden resultar letales. De acuerdo con ONU Mujeres, señalan que 83 mil mujeres y niñas fueron víctimas de feminicidio en todo el mundo y 60% de ellas murieron a manos de sus parejas o familiares, esto equivale a una mujer asesinada cada 10 minutos o un promedio de 127 víctimas diarias. 

En México, alrededor de 47.3 millones de jóvenes de 15 años y más que tienen o han tenido una relación de pareja, el 39.9 por ciento ha experimentado algún tipo de violencia como actos abusivos, de poder, omisiones intencionales que pretendan dominar, someter, controlar o agredir de manera física, verbal, psicológica, patrimonial, económica o sexual a las mujeres, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

Desde la perspectiva e investigación de Herrera, el amor patriarcal no surge de repente, sino que se va construyendo desde la infancia. Cuando las mujeres son pequeñas, se les enseña a colocar el amor como el eje de sus vidas y se vive a la espera del “milagro romántico”. Les dicen que deben ser dulces y obedientes, mientras que a los niños se les impulsa a ser valientes, fuertes y autónomos; para los hombres, el amor “es cosa de chicas”.

Las raíces patriarcales se refuerzan cuando en la familia no hay vínculos fuertes y saludables. Herrera señala que la falta de amor desde la infancia marca la forma en que se construirán las relaciones afectivas en la adultez, pues crecer sin afecto de los progenitores genera miedo a quedarse sola, temor al rechazo y ansiedad por no ser querida, lo que puede derivar en relaciones dañinas, sin cuidado ni respeto.

La salvadora

Estar en relaciones que colocan a los hombres como centro y autoridad de la vida, lleva a muchas mujeres a perderse a si mismas mientras intentan proteger a su pareja. Herrera define esto como “el rol de salvadora”: las mujeres asumen la obligación de resolver los problemas del otro, casi como si fueran sus madres; sin embargo, esta ayuda no surge de manera solidaria o altruista; detrás de ella, buscan obtener amor, lealtad y ser percibidas como seres indispensables.

Este papel que asumen lleva a las mujeres a adoptar otro rol: el de cuidadora y protectora, encargándose de satisfacer todas sus necesidades con la esperanza de ser reconocidas. Para alcanzar esa recompensa tan anhelada, creen que deben de ser pacientes y seguir entregando tiempo y esfuerzo a hombres infieles, violentos o incluso casados. Aun así, permanecen convencidas de que algún día el cambio llegará y que, cuando ocurra, finalmente podrán ser felices y plenas.

Romper el mito

Salir de estructuras profundas que han construido la idea de un amor romántico cruel y despiadado no es fácil, pero es necesario desecharlas. Coral Herrera señala que llevar a cabo una revolución amorosa no es solo un acto individual, sino colectivo, ya que incluso lo romántico tiene un carácter político. Ha sido utilizado de instrumento de dominio y coerción, por lo que, cambiar esta narrativa puede transformar la manera en que nos relacionamos afectiva, sexual y emocionalmente, así como la forma en que damos y recibimos cuidados.

La escritora enfatiza que las mujeres no fueron creadas para sufrir en el amor, pues no es una maldición, ni mucho menos una enfermedad incurable. El enamorarse no está desvinculado de usar nuestra lógica, de poder analizar a la otra persona e identificar su virtudes y defectos con la finalidad de saber si es conveniente seguir profundizando en la relación, sin abnegarse. El mito de que no se puede pensar y cuestionar durante la etapa del enamoramiento, es ficción.

Coral Herrera propone amar desde el autocuidado, lo que implica saber poner límites, aprender a decir no cuando algo no nos agrada, no dejarse manipular por los demás y asumir los problemas del otro como propios. Protegerse no es signo de conflictos románticos, que solo resultan disruptivos; el verdadero cuidado consiste en evitar situaciones dolorosas y no permitir que nadie nos haga daño, ni de manera consciente ni inconsciente.

La felicidad y la libertad no dependen del amor, señala Coral Herrera, sino que comienzan desde nosotras mismas. Se construyen al ejercer nuestra autonomía, tomar decisiones, llevar a cabo nuestras ideas y proyectos, cambiar aquello que no nos satisface en nosotras o en nuestras relaciones, dejar de imponernos límites, confiar en nuestra capacidad de influir positivamente en nuestro entorno y sumarnos para generar cambios positivos en el mundo

La Revolución Amorosa de las Mujeres, por Coral Herrera Gómez

 

El amor ya no puede ser una vía hacia la opresión, el sufrimiento y la muerte, sino una experiencia gozosa. Ya no se centra solo en la pareja: se expande hacia la comunidad.

Como nos han educado para que seamos todas dependientes emocionales y adictas al amor, estamos desaprendiendo todo lo que nos enseñaron para poder ser libres. Porque cuanto más yonkis somos, más violencia y abusos aguantamos por parte de hombres. En las leyes de algunos países las mujeres parecemos seres libres, sujetos de pleno derecho, pero la realidad es que hay millones de mujeres esclavizadas por el amor romántico que viven de rodillas y al servicio de un macho.

Echen un vistazo a las estadísticas del uso del tiempo libre: las mujeres trabajadoras tienen 2 jornadas laborales al día, una dentro de casa y otra fuera, y las que tienen hijos sufren el peso de 3 jornadas laborales, y nada de tiempo libre. Mientras, los hombres solo tienen una jornada laboral y disponen de mucho más tiempo para invertir en su carrera profesional, para hacer ejercicio físico, para dedicarse a sus pasiones, para dedicar tiempo a su gente querida, para descansar, para disfrutar de la vida y para tener todas las amantes que quieran. 

Ninguna mujer es obligada a cuidar a un hombre de por vida, pero son millones las que viven sirviendo a sus maridos y a sus hijos varones. Nos han hecho creer que el trabajo gratuito es amor, que todas nacimos para sufrir y sacrificarnos, que solo los hombres tienen derecho a ser felices, que nuestra función es que ellos vivan como reyes, y que al final de nuestra vida habrá una recompensa por todos nuestros sacrificios. 

Ahora que nos hemos rebelado contra esta enorme injusticia, ya tenemos claro que si los cuidados no son mutuos, son explotación. Ahora hemos aprendido a decir que no, a poner límites, y a decir claramente lo que queremos y lo que no queremos. 

Ahora ya no nos dejamos llevar: hemos aprendido a negociar. 

¿En qué consiste la Revolución Amorosa?

Es una lucha de las mujeres feministas que estamos hartas de sufrir y de desperdiciar nuestro tiempo y energía en el amor romántico. Desde que empezó el siglo XXI hemos dado escribiendo, leyendo, debatiendo, y analizando el mito romántico. Ya sabemos que es una estafa con la que han sometido a millones de mujeres, y ya estamos trabajando en nuestras liberaciones, personales y colectivas. 

Los pilares de la Revolución Amorosa son la Ética del Amor y la Filosofía de los Cuidados. Y esto es lo que estamos aprendiendo:

– Para poder disfrutar del sexo y del amor es fundamental que todo sea mutuo: las emociones, el deseo, y los cuidados. La reciprocidad es la clave para que una relación funcione y para que podamos ser felices en pareja. 

– El Amor está en todas partes, y tengamos o no pareja, todas nosotras tenemos gente que nos quiere y que nos cuida. Hemos aprendido a cuidar nuestras relaciones porque sabemos lo peligroso que es dejar que el amor de pareja nos aísle de las comunidades a las que pertenecemos. 

– Las mujeres tenemos derecho a disfrutar de la vida y para eso necesitamos tener energía y tiempo libre para descansar, para divertirnos, para dedicarnos a nuestras pasiones y a nuestra gente querida. Queremos el mismo tiempo libre que nuestros compañeros.

-No podemos seguir priorizando el bienestar y la felicidad de los hombres: nuestras necesidades, deseos y apetencias son más importantes. El auto cuidado de las mujeres es un asunto político de primer orden. 

– No queremos reyes a los que servir, lo que nosotras queremos son compañeros con los que crearrelaciones igualitarias en las que ambos tengamos los dos los mismos derechos y libertades.

– Sabemos que se vive mejor sin pareja que mal acompañada, y que nunca estaremos solas si tenemos una buena red afectiva a nuestro alrededor. 

-No es lo mismo relacionarse desde la libertad que desde la necesidad: las mujeres debemos cultivar la autonomía económica y la autonomía emocional para no depender de los hombres y para que no dependan de nosotras. 

– Sabemos que para tener autonomía hay que seguir luchando para que todas las mujeres tengan empleo digno e ingresos dignos, porque la pobreza y la dependencia emocional femenina no son un problema personal sino un problema político. 

– Ya tenemos claro que Cupido no tiene un poder total sobre nosotras, que ningún hombre lo tiene, y que cada vez somos las Mujeres que ya no sufren por amor 

– Las mujeres somos dueñas de nuestro amor y de nuestras vidas: somos responsables de nuestro bienestar y nuestra salud mental, y somos libres para hacer elecciones, para tomar decisiones, para llevar las riendas de nuestra vida. 

-Las mujeres enamoradas somos capaces de cualquier cosa: ya hemos comprobado que podemos desenamorarnos cuando queramos y que no tenemos por qué vivir presas del amor romántico.  

– Estamos trabajando para ahorrarnos toneladas de sufrimiento innecesario porque cada vez le damos más valor a nuestra salud física, mental y emocional, a nuestro tiempo y nuestra energía, a nuestra paz mental, nuestra alegría y nuestro bienestar.

– Hemos aprendido que otras formas de quererse, de relacionarse y de organizarse son posibles, y que solo transformando nuestras relaciones, podemos cambiar el mundo entero.

– Nuestros problemas personales son políticos: millones de mujeres viven con la autoestima por los suelos y sufriendo por hombres que las tratan como si fueran basura. Es un problema estructural: educamos a las niñas para que aguanten malos tratos y se crean que la violencia es romántica. Ya no más.

– Las mujeres estamos haciendo autocrítica amorosa para liberarnos de la culpa, del miedo, de los celos, la envidia, la rabia, la frustración, la dependencia emocional…y de todos los patriarcados que nos habitan, porque queremos ser mejores personas y aportar con nuestra transformación a la construcción de un mundo mejor. 

– Las mujeres estamos aprendiendo autodefensa emocional y estamos aprendiendo a usar nuestro poder para evitar la explotación, el abuso y la violencia de los hombres.

-Hemos tomado conciencia de que el amor romántico es una droga, que podemos pedir ayuda para liberarnos de la adicción que nos metieron en la infancia, y que podemos desengancharnos y liberarnos. 

– Ahora ya no participamos en el pacto de silencio que protege a los hombres, denunciamos en redes las violencias que sufrimos, compartimos la información entre nosotras y nos cuidamos entre todas. 

– Ya sabemos quienes se benefician de nuestro sufrimiento romántico, y lo tenemos muy claro: ya no nos engañan ni nos manipulan más. 

– Ya sabemos que el amor no lo puede todo, que no podemos cambiar a los hombres, y que los hombres no cambian por sí solos porque no tienen necesidad: les va muy bien así. La única transformación posible es la que hacemos en nosotras mismas. 

– Tenemos claro que no nacimos para ejercer de vigilantes, de policías ni de carceleras, y que solo podemos relacionarnos con hombres honestos en relaciones basadas en la confianza. También sabemos que no los hombres honestos no abundan y que no podemos esperar a que tomen conciencia de lo importante que es trabajarse la honestidad.

– Hemos aprendido que la violencia verbal es violencia, y que es tan grave la violencia física como la violencia emocional y psicológica. Y sabemos que los hombres que se benefician de nuestro sufrimiento son maltratadores, y que no debemos caer en la trampa en la que nos meten los cuentos y las películas: nuestro amor no cambia a ningún hombre, y aguantar malos tratos no tiene premio ni recompensa. 

– Las mujeres nos estamos liberando de la tiranía del «qué dirán», y estamos desobedeciendo las normas, los roles y los estereotipos que nos dicen cómo debemos ser y cómo debemos relacionarnos. Nosotras queremos ser en libertad y queremos amar en libertad, y no renunciar nunca a ser nosotras mismas 

– Hemos descubierto que para ser felices no necesitamos a un hombre: necesitamos una red de gente que nos quiera y nos cuide. Es nuestro mayor tesoro, junto con los grupos de mujeres. Lo más valioso que tenemos, y ya sabemos cómo cuidarlo y protegerlo.

– Ya sabemos que el Hombre no es el centro del Universo, y estamos aprendiendo a cuidarnos y a querernos al margen de ellos: cada vez hay más mujeres que están aprendiendo a quererse bien a sí mismas y a cuidar su relación consigo mismas.

-Ahora sabemos que es imposible disfrutar del amor con un hombre que no sabe cuidarse a sí mismo, que no sepa cuidar los espacios que habita ni las personas a las que quiere. Por eso somos cada vez más selectivas y por eso tantos hombres se están quedando solos.

– Cada vez somos más desobedientes, y más realistas: ya no nos comemos el cuento de la monogamia, y nos vamos quitando la venda unas a otras. Ya no toleramos el privilegio masculino a tener una doble vida, y a tener las amantes que quieran mientras nosotras renunciamos por completo al sexo y al amor encerradas en casa. 

– Estamos convencidas de que tenemos derecho a disfrutar, sin renunciar ni sacrificarnos, y sin aguantar. Sabemos ya que amar no es sufrir, y que si tenemos una relación de pareja es para gozar, no para pasarlo mal. 

-Ya sabemos que no debemos resignarnos ni conformarnos con hombres que no dan la talla para ser buenos compañeros porque no se han trabajado todo lo que se tienen que trabajar. 

– Ya sabemos salir de las relaciones en las que no somos felices, y tenemos redes de amigas en las que nos ayudamos unas a otras. Sabemos que separarse no es un fracaso sino una liberación. 

-Hemos aprendido que con la mayoría de los hombres lo que mejor funciona es tenerlos como amantes, o con la fórmula magistral: tú en tu casa y yo en la mía. 

-Ya sabemos que solas no podemos: nos necesitamos unas a otras, y en buenas compañías los procesos de liberación son más fáciles y se viven mejor. 

– Ya somos plenamente conscientes de que dejar de sufrir por amor es revolucionario porque la principal batalla del feminismo está en nuestros corazones y nuestro sexo, en la cama y en la casa: no vamos a vivir más de rodillas frente al Señor. 

– Ya estamos fabricando las herramientas que necesitamos para que el feminismo nos haga más libres y para poder llevar la teoría a la práctica, y estamos empezando a recoger los frutos de las semillas que estamos plantando para que todas podamos vivir una Buena Vida. 

– Ahora que sabemos usar nuestro poder, ya nuestras vidas no están centradas en ceder y en complacer. Porque sabemos lo que queremos y lo que no queremos, sabemos decirlo en voz alta, hemos aprendido a decir que no, y sabemos poner límites.

 -Ahora que estamos entrenando en las artes de la asertividad, y somos más valientes: ya podemos firmar un contrato amoroso con nuestras parejas, negociar los pactos de cuidado, y establecer las condiciones para poder querernos bien y poder cuidarnos mutuamente. 

-Las mujeres reivindicamos el derecho a vivir una Buena Vida, libre de sufrimiento y explotación. Este derecho es universal e inalienable, y nos pertenece a todas. 

– Soñamos con nuevas utopías amorosas en las que mujeres y hombres podamos querernos bien, en libertad y en igualdad, en relaciones basadas en los cuidados, la solidaridad, la honestidad, el trabajo en equipo y los buenos tratos: los amores compañeros.

La Revolución Amorosa es imparable, y ya no hay vuelta atrás: cada vez somos más mujeres disfrutando de estos procesos de liberación personal y colectiva. En la medida en que vayamos transformando nuestras relaciones, vamos cambiando la sociedad en la que vivimos, porque lo romántico es político y otras formas de quererse son posibles.

Los hombres pueden seguir luchando contra nuestras liberaciones y quedarse solos, o pueden empezar las suyas propias. 

Nosotras ya hemos avanzado mucho y no nos vamos a quedar sentadas a esperar a que nos alcancen ellos: ya estamos recogiendo los frutos de las semillas que hemos ido sembrando, ya estamos cosechando triunfos, y aunque a muchos les de miedo esta revolución, cada vez somos más. 

¡Amar es cuidar, amar es disfrutar!

¡Que viva la Revolución Amorosa de las Mujeres!

Escrito por: Coral Herrera Gómez

«Si duele, no es amor». Alertas en el enamoramiento por Silvia Congost

 

.- Ciudad de México.- En México, 39.9% de las mujeres de 15 años y más han experimentado violencia durante su relación de pareja, así lo indica la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021, por eso es muy importante que conozcamos los signos de alerta durante el enamoramiento, por lo que Silvia Congost, autora del libro «Si duele, no es amor» se dio a la tarea de investigar sobre el tema.

El libro «Si duele, no es amor» fue publicado en 2025 bajo la editorial Zenith.

Silvia Congost, es una psicóloga española que al mudarse durante un año a Estados Unidos vivió una relación de dependencia emocional; sin embargo, ella misma describe en su sitio web que tuvo dificultades para terminar el vínculo y que ni sus estudios en psicología podían ayudarla. A raíz de su experiencia personal comenzó a estudiar el tema hasta que pudo salir de dicha relación y más tarde, se interesó en ayudar a otras mujeres a construir relaciones sanas.

Sus estudios sobre el amor romántico y las relaciones de pareja la llevaron a crear los Centros de Psicología Silvia Congost, así como escribir doce libros: ¿Amor o adicción?; Autoestima AutomáticaSi duele, no es amorLa llave de las emociones; A solasCien días con Silvia10 maneras de cargarte tu relación de parejaConfinados; a solas o en compañía; La Voz de Mis Alas; Personas Tóxicas; Diario de una ruptura; y El arte de amar bien. 

El concepto de amor romántico se ha construido desde un marco patriarcal y social. De acuerdo con Verceli Melina Flores Fonseca en su artículo «Mecanismos en la construcción del amor romántico», actualmente, debido a los mitos relacionados con el amor romántico, a las mujeres se les impone cómo, cuándo y con quién deben enamorarse.

Se trata de una construcción social que idealiza las relaciones de pareja donde el rol de las mujeres no solo sigue mandatos patriarcales como la entrega incondicional, sino que también permite un escenario para que exista violencia de género que puede derivar en el tipo de feminicidio.

La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLLV) define a la violencia feminicida como la forma extrema de violencia de género contra las mujeres, adolescentes y niñas en donde existe una violación a sus derechos humanos y abuso de poder. Dicha violencia se manifiesta con conductas de odio y discriminación que ponen en riesgo sus vidas o culmina en muertes violentas como el feminicidio, suicidio, homicidio y otras formas de muerte evitables.

Datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) indican que México cerró el 2025 con 721 casos de feminicidio a nivel nacional. Sinaloa encabezó la lista de entidades con más casos, al contabilizar 69 casos, cuando en 2024 ocupaba la duodécima posición con 26. El estado de México se ubicó en segundo lugar con 56, lo que representa una reducción respecto al año anterior.

Gráfico del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP)

Las señales de alarma en cada etapa

Silvia Congost señala en su libro «Si duele, no es amor» que varios años de estudios sobre las relaciones de pareja llevan a un consenso en el que ellas pasan por etapas similares marcadas por señales de alarma diferentes.

Enamoramiento

La primera etapa es una“locura transitoria”, describe Congost, ya que las personas suelen dejar de mostrar interés en algo más allá de su pareja. Persisten una visión perfecta de la relación y unas ganas incontrolables de pasar el mayor tiempo juntos. En este periodo que suele durar de tres meses a un año, la relación es idealizada y las emociones se viven con intensidad.

Aún así, la autora explica que lo correcto es que la primera fase se viva en completa paz, es decir, que si se presentan síntomas de malestar, dudas de continuar la relación o cuestionamientos hacia los propios valores, esa ya consiste en una primera alerta que no debe ser ignorada porque de lo contrario todo lo que suceda a partir de ese momento empeorará.

Algunas actitudes en la pareja que Silvia Congost identifica como advertencias para no continuar la relación son: relación inconclusa con su ex pareja, si tiene dudas de estar contigo, conductas poco respetuosas, si te oculta información, te engaña, te miente o si hay algo que no te gusta.

Relaciones y vinculación

A partir del año y medio o de los dos años, las emociones experimentadas en el enamoramiento se disipan para dar lugar a la calma. Para este momento, las parejas dejan de idealizarse y comienzan a verse como son, con sus virtudes y defectos. Incluso puede que encuentres características que no les gusta del otro y aun así permanecer porque eso no cambia el sentimiento.

La confianza se fortalece y ambos se convierten en mejores amigos, aunque esto solo ocurre si previamente no existió ninguna decepción de lo contrario la autora advierte que será imposible construir una base sólida de una profunda amistad. También describe que es normal la existencia de diferencias entre ambos incluso discusiones que serán necesarias para hablar, conocer diferentes puntos de vista, dar y recibir respeto, y resolver conflictos.

En situaciones donde hay ocultamiento de información relevantes como que la pareja mantiene otro vínculo, tiene una adicción, sufre alguna enfermedad, o aspectos como cambios de trabajo, proyectos de futuro, la existencia de hijos o infidelidades es porque también son señales de alerta para no continuar la relación, ya que esto no fue revelado desde el comienzo, lo cual podría socavar la confianza entre ambos. Lo mismo aplica si las discusiones en pareja que son constantes, dolorosas e irrespetuosas.

Convivencia

Para Silvia Congost la convivencia o el vivir con la pareja es un punto clave en las relaciones, ya que las personas suelen conocerse a profundidad incluso en aspectos profundos como hábitos y manías. La autora puntualiza que el proceso de convivencia implica un proceso de adaptación mayor y definir cómo se distribuye el espacio; cómo se define la organización y mantenimiento; y quién realiza las obligaciones de la casa, la limpieza o la comida.

Si con el paso del tiempo tampoco hay objetivos a nivel personal o en común es porque ambos ya no van en la misma dirección y esto es reconocible cuando ya no les gustan las mismas cosas. A esto se suma la persistencia del sentimiento de que en realidad permanecen juntos solo porque están acostumbrados a hacerse compañía.

También es necesario que ambos sepan hacia dónde quieren ir, cuáles son sus objetivos, entenderse y valorar las mismas cosas.

Silvia Congost señala que si permaneces con tu pareja a pesar de las señales de alerta esto solo llevará al distanciamiento y debilitación de la relación.

Autoafirmación

Luego de tres a cuatro años de relación, la pareja entra en la etapa de la autoafirmación, es decir, el deseo de llevar a cabo sus intereses personales sin que coincidan con la otra persona. La autora menciona que lo importante es no sentir que hace falta un espacio entre ambos, de lo contrario se sentirá agobiada hasta caer en una depresión o puede que necesite salir de esa relación.

Si la otra parte es lo suficientemente madura entenderá la situación y respetará el espacio, en caso contrario puede interpretar la situación como un intento de abandono. Sentir que se necesita espacio en si mismo ya es un indicador de que la relación no está funcionando y si no hace esa pausa la relación se irá apagando, también es mala señal si decide alejarse sin dar explicación.

El que una persona pida espacio no quiere decir que lo utilice para hacer actividades que la otra parte no está dispuesta a tolerar o que no sean coherentes y respetuosas como salir con alguien más: «Si lo que el otro necesita, sea lo que sea, choca con nuestros valores, no debemos aceptarlo», advierte Silvia Congost.

Si se deja pasar, comienza un círculo de enganche-discusión-reconciliación-engaños-manipulación, pero prohibir acciones y poner ultimátums también tampoco es lo correcto.

Colaboración

Superar la etapa de la autoafirmación da inicio a la colaboración, es decir, cuando existen proyectos en común donde ambos están emocionados por compartirlos. Se trata de una fase de rencuentro con el otro en el que se planifica y proyectan objetivos y metas a corto, mediano y largo plazo. Silvia Congost menciona que durante esta etapa el vínculo puede fortalecerse porque hay confianza y comodidad.

No obstante, es indicador de que la relación va mal cuando la pareja se siente lejana uno del otro y no encuentran objetivos por compartir en el futuro. Puede que estén dispuestos a pedir ayuda para aprender estrategias enfocadas a recuperar el rumbo de la relación, pero nada cambiará si solo uno está interesado y todo puede terminar si en el proceso de ayuda se dan cuenta de que ya no hay nada más que hacer.

Adaptación

La última etapa se caracteriza por conformar una relación con una base sólida que permitirá soportar los altibajos que se presentan sobre todo en la mediana edad como la menopausia, andropausia, enfermedades propias o de familiares cercanos o muertes de seres queridos.

Incluso si la relación no soporta estas experiencias, el objetivo es que en principio la pareja se mantenga junta siéntanse que son importantes para el otro.

Sin embargo, es frecuente la aparición de terceras personas o que la pareja busque experimentar la etapa del enamoramiento donde las emociones se viven con intensidad. Otra señal de alarma es cuando la pareja comienza a cuidar su apariencia en exceso volviéndose más presumida o escondiendo su teléfono cuando no lo había hecho con anterioridad, los cuales son cambios por la aparición de alguien más.

En cualquier etapa, Silvia Congost recomienda recordar dónde están los límites y hasta dónde se puede comprender el actuar de la pareja.


Gisèle Pelicot: “Mi exmarido me habría matado si no le hubieran descubierto”

elpais.com

Daniel Verdú

Gisèle Pelicot (Villingen-Schwenningen, Alemania, 73 años) dejaba puesta la mesa del desayuno antes de acostarse. La miel, las servilletas, los platos, los botes de mermelada. Al día siguiente, solo tendría que sacar la mantequilla y preparar las tostadas mientras el aroma del café invadía la cocina de la casita donde vivía con su marido. Era más cómodo, claro. Pero con el tiempo, y quizá ese es uno de los pocos síntomas que emergieron inconscientemente mientras todo aquello estaba ocurriendo, también se dio cuenta de que aquella costumbre podía ser un mecanismo para saltarse mentalmente las horas de cama. Como si su cerebro, por algún tipo de instinto de protección, no quisiera procesar aquel tiempo.

Una de esas mañanas, Gisèle Pelicot recibió una llamada de la comisaría para acudir con su marido. Tenía 68 años y llevaba casada con aquel hombre medio siglo. Habían pasado altos y bajos. Pero sabía que era el hombre de su vida, por eso se habían retirado a aquella casita amarilla de persianas azules en un pueblo de la Provenza adonde acudían regularmente sus hijos y nietos.

Dos meses antes, sin embargo, había ocurrido algo. El guardia de seguridad de un supermercado había pillado a su marido grabando por debajo de la falda a varias clientas. La policía acudió al centro comercial y lo interrogó. Le confiscaron el móvil y el ordenador. Luego lo dejaron ir. De regreso a casa, él se lo contó a Gisèle, se echó a llorar y le dijo que no quería perderla. Y ella, como otras veces, decidió pasar página y esperó la llamada de la policía para declarar y olvidarse de aquella historia. Había decidido perdonarlo. Así que la visita a comisaría sería un trámite. Pero al entrar, los separaron y ella se sentó en una habitación con un policía que le hizo algunas preguntas. En un momento dado, el agente quiso saber cómo definiría a su marido. “Un hombre bueno y amable. Un tipo genial, por eso seguimos juntos”, respondió ella.

—Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle —le advirtió entonces.

Justo aquí comenzó la segunda mitad de la vida de Gisèle Pelicot, madre de tres hijos y siete nietos que descubre cómo la otra parte de su biografía se derrumba. De repente, 50 años de matrimonio se convirtieron en una masa informe de recuerdos felices mezclados con el horror más extremo. También quedaron profundas lagunas provocadas por los medicamentos que durante 10 años le suministró su marido para entregarla a 50 hombres que acudían a violarla a su casa. En su ordenador había miles de fotos, vídeos y mensajes anunciando en una web de contactos la posibilidad de abusar de su esposa mientras se encontraba sedada.

El pasado lunes 26 de enero, Gisèle Pelicot aparece por la puerta de su nueva agencia literaria, encargada de la promoción de Un himno a la vida (Lumen, 2026), que se publica en España el 17 de febrero. Un libro escrito con la periodista Judith Perrignon en el que relata aquel descenso a los infiernos y el modo en que ha logrado rehacer su vida. Gisèle Pelicot está radiante. Sonríe y saluda alegre al periodista y a la fotógrafa de El País Semanal, como si quisiera aliviar el peso que sabe que sienten sus interlocutores cuando la ven por primera vez, conscientes del sufrimiento extremo que ha atravesado.

Aunque pueda resultar extraño, parece una mujer feliz. Está a punto de publicar un best seller, ha comenzado a viajar por el mundo y vive tranquilamente en la isla de Ré con su nueva pareja, a quien conoció justo antes de empezar el juicio. Hoy es un símbolo eterno de la lucha de las mujeres contra la violencia machista gracias a la dignidad y entereza con la que afrontó un proceso que pidió celebrar de forma pública para poner el foco en el banquillo de los acusados y no en las víctimas, como ocurre a menudo. “Es hora de que la vergüenza cambie de bando”, proclamó para explicar su histórica decisión que empujó a Francia a modificar leyes y a interrogarse sobre su propia naturaleza.

Cuando empezó el juicio dijo que su vida era un campo de ruinas. ¿Cómo está hoy?

Mucho mejor. Pude hacer un proceso de introspección y un balance de mi vida. Estoy intentando reconstruirla. Y la verdad es que va bien.

¿La ha ayudado escribir este libro?

El libro era una manera de conocerme, de entender cómo seguía de pie. Y creí que podía ayudar a otras personas. Podemos atravesar pruebas muy difíciles en nuestras vidas, pero tenemos recursos de los que no somos conscientes.

¿Es posible integrar los buenos recuerdos de aquellos 50 años y separarlos del horror para no amputar más de media vida?

Intenté guardar lo mejor que viví con el señor Pelicot. Necesitaba saber que esos 50 años no eran solo una mentira. Separé lo negativo, los traumatismos, los encerré en un cofre y tiré la llave. Solo guardo lo mejor. Viví mucho con él, nos enamoramos muy jóvenes y tuvimos tres hijos. Y eso no lo puedo borrar. A algunos les parecerá raro o sorprendente. Pero no conservo ni odio ni rabia. Solo un sentimiento de traición, de impotencia e indignación. El odio y la rabia te destruyen.

¿Se puede llegar a echar de menos a alguien así?

Tengo momentos de tristeza, por supuesto. Echo de menos las Navidades, los cumpleaños, el nacimiento de nuestros hijos o nuestra boda. Lo vivimos todo juntos. Pero solo había conocido la cara A del señor Pelicot. El hombre bueno, incapaz de esos horrores. Todo el mundo decía que éramos una pareja modélica. Cuando la policía me preguntó cómo le definiría, dije que era un tipo genial. El suboficial Perret [el policía que condujo la investigación y a quien Gisèle asegura deberle la vida] dijo que no había dormido en diez días pensando en cómo me lo iba a contar. Sabía que destruiría mi vida.

El vigilante del supermercado que detuvo a su marido fue crucial. Ahí comenzó la investigación.

Sin él no estaría aquí ahora. Pero fue amenazado después por los violadores y sus familias. Vivimos en una sociedad que cultiva la negación, pero aquel hombre me salvó la vida. También la perseverancia de Perret, que podía haber pensado que el señor Pelicot era solo un viejo inofensivo. Pero decidió inspeccionar el material y comenzar la investigación.

¿Cuál cree que hubiera sido el límite de su marido si no le hubieran descubierto?

Me hubiera matado. Me sedaba continuamente, tenía cada vez más lagunas, no recordaba nada. Cuando traía a casa a sus hombres, me levantaba sin recuerdos. Hacía falta que algunas circunstancias me recordaran lo que ocurría, una llamada por la mañana de un amigo diciéndome que por la noche estaba extraña, diciendo cosas inconexas. Me preguntaba si había bebido, que no era coherente, repetía todo el tiempo las mismas frases. Luego le preguntaba al señor Pelicot y él respondía que me veía bien y que no preocupase a mis hijos.

¿No ha recordado nada de todo aquello?

Nada. Ningún recuerdo. Ni siquiera en mi cuerpo. Fui a ver a un especialista para ver si existía alguna memoria corporal. No encontró nada. Ni siquiera la parte física estaba ahí cuando me hicieron todo aquello, lo cual es una suerte. Cuando me levantaba y tomaba el desayuno con él, me miraba a los ojos como si nada hubiera ocurrido después de que me hubieran violado. Cuando amas a alguien, es imposible imaginar que podrá hacer algo así.

Le gustaría borrar el resto de los recuerdos de esta historia?

No podemos olvidar, es imposible. Hay que vivir con ello. Yo he escrito este libro para dar esperanza a los otros y algo de color a mi vida. Quiero aprovechar los buenos años que me quedan por vivir y estar rodeada de gente que me quiera. Ese es mi único objetivo.

En el libro usted dice que es enemiga de la muerte. Pero en algún momento debió pensar que sería la mejor manera de terminar con su sufrimiento.

El día que volví de la comisaría pensé que subiría al coche con mi perro y terminaría con todo. Pero fue un pensamiento fugaz, diez segundos. Combatí la muerte desde pequeña y sé que no seré eterna, pero quiero vivir.

Supongo que debió perder la confianza en el género humano. Y tal y como ha contado, se apoyó en su perro.

Ay… Mi perro. Mi pequeño. Desgraciadamente me dejó en diciembre, tuvo un cáncer y tomé la decisión de acompañarlo… [Se echa a llorar, la única vez en la entrevista]. Pero, por favor, no me haga hablar de esto porque es lo único que no puedo hacer sin llorar y se me va a correr el maquillaje [sonríe]. Sin él no sé si lo hubiera logrado.

¿Ha llegado a encontrar una explicación al comportamiento de su marido?

Tuvo una infancia muy complicada, con un padre tiránico y autoritario. Sufrió una violación a los nueve años en el hospital, luego participó en otra colectiva cuando era adolescente…, pero no excusa nada. Tendría que haber sido supervisado, vigilado. Sin embargo, había escondido esa personalidad. Su abogada dijo una frase muy bonita en el juicio: “La señora Pelicot lo reconcilió consigo mismo, pero no lo curó”.

Usted siempre ha alabado el trabajo de la abogada del señor Pelicot.

Fue la más elegante. El día que llegué al tribunal de Aviñón, había 44 letrados desafiándome. Pero ella atravesó la sala, me estrechó la mano y me dijo: “No le haga ningún regalo”. Nunca me agredió, siempre fue amable. Supongo que también porque el señor Pelicot lo había reconocido todo y los vídeos no dejaban lugar a duda. Ella sabía que yo no era responsable, consciente ni culpable de nada. Y eso incomodó a los otros abogados. “La señora Pelicot no es mi adversaria”, les dijo.

La apodaron la abogada del diablo.

Sí, pero asumió solo su papel, porque todo el mundo tiene derecho a una defensa, incluso para lo indefendible. Al señor Pelicot lo llamaron monstruo. Para mí sigue siendo solo un ser humano que cometió actos monstruosos.

La defensa también quería demostrar que el señor Pelicot no era el jefe de orquesta.

Pero lo era. Aunque esos individuos sabían que estaba sedada. Se conectaba a aquella web y venían en plena consciencia a violar a una mujer inconsciente. La mayoría veía que algo no iba bien. Pero se excusaban. Uno dijo que me notó caliente. Otro que iba a denunciar, pero que se levantaba muy temprano por la mañana y, finalmente, no lo hizo. Alguno sostenía que el señor Pelicot los amenazaba…, pero en los vídeos se ve cómo están compinchados. El nivel de negación es brutal. La sumisión química es un instrumento de la violencia, y la violencia es un instrumento de la dominación masculina. Es solo eso.

Escuchándolos, parecía que nunca entendieron lo que es una violación.

Lo sabían muy bien, aunque no estuvieran intelectualmente muy asentados. Pero sabían que eso los condenaría. La terminología es importante. Y eso también es un problema. Al principio, el presidente del tribunal hablaba de escenas de sexo. Me enfadé, le dije que eran escenas de violación, y que tenía la sensación de que la culpable era yo y había 51 víctimas. Sus abogados los prepararon para declarar que no estaban violando, que su cerebro no estaba ahí… Escuché argumentos ridículos sobre la responsabilidad de sus actos. Pero todos fueron condenados.

Había una víctima para 51 acusados. Eso también era excepcional.

Sí, normalmente es al revés. Y era de una enorme violencia, muy raro. Porque tenía todas las pruebas. Los vídeos mostraban uno a uno los delitos y a los culpables. Y aun así, había abogados que sostenían que yo era cómplice, sospechosa. O incluso que había consentido aquello.

No solo ellos. Muchos, al principio, incapaces de encontrar explicaciones a aquel horror, se hicieron esas preguntas.

Lo sé, decían que no era posible que no me enterara de nada. Pero no comprendían que sufrí anestesias generales. Consulté con neurólogos que me decían que estaba ansiosa, que había tenido un ictus o que sufría síntomas de Alzheimer. Los ginecólogos me decían que tenía una infección del cuello del útero. Y, de hecho, me provocó un papiloma del que me operaron en noviembre. Y todo eso es consecuencia de las violaciones. Pero me trataron como si fuera culpable. Por eso digo que esta sociedad cultiva la negación. Y eso debe cambiar.

¿Cree que es algo masculino?

Sí, la violencia es un instrumento de la dominación ­masculina. En Francia hemos votado la ley sobre la definición del consentimiento. Es un avance. Pero el camino es largo todavía.

¿Qué sociedad encontró cuando explotó el caso? Me refiero a médicos, policías, jueces, servicios sociales…

La sociedad no estaba preparada para un caso como el mío. Ni siquiera el presidente del tribunal lo estaba. Intentaba proteger a los abogados de la defensa. Yo tenía la impresión de que tenían derecho a insultarme, a humillarme, a pedir vídeos en los que claramente no era yo la que aparecía para intentar probar mi consentimiento… Se dudó de mi legitimidad. Hicieron dudar incluso a mis abogados, con los que trabajé tres años. Yo nunca había consentido que el señor Pelicot me fotografiara.

Usted decidió abrir las puertas del tribunal para que todo fuera público. Y, aun así, sufrió esas humillaciones que relata.

Al principio yo quería puerta cerrada total. Me escondí durante cuatro años. Prefería que nadie supiera quién era, proteger a mi familia. Pero mi hija me dijo un día: “Mamá, les vas a hacer un regalo increíble”. No me sentía capaz, pero en mayo de 2024, caminando por el campo, me dije que la vergüenza debía cambiar de bando. Mis abogados se sorprendieron. Me dieron una semana, pero al día siguiente se lo confirmé. Me advirtieron de que los acusados no me lo perdonarían y me desafiarían. Y así fue. Pero me había propuesto que la vergüenza cambiase de bando: un juicio de este tipo suele ser una doble pena para las víctimas. Había que trabajar para el colectivo luchando contra esa vergüenza.

La frase se convirtió en un poderoso eslogan. Y, curiosamente, la había pronunciado otra Gisèle mucho tiempo antes.

Sí, la abogada Gisèle Halimi, cuando defendió en 1978 a dos mujeres que habían sido violadas por tres hombres [consiguió que el juicio no se hiciera a puerta cerrada para que la ciudadanía tomara parte en el debate]. Aunque yo no lo recordaba. La decisión fue una victoria. Ellos se habían preparado para un juicio a puerta cerrada, sin que nadie pudiera saber lo que ocurría o decían. Y cuando escucharon que no sería así, sentí su mirada, lo que pensaban: “¿Quiere jugar a esto? Pues ahora verá”.

¿Cómo ha hecho para liberarse del sentimiento de odio o venganza?

Siempre he funcionado así en mi vida. Intento meterme en una burbuja y que la rabia y el odio no entren. Pongo barreras. Sentí humillación y traición. Pero tenía preguntas que hacer al señor Pelicot y quería respuestas. Además, no quise dar ese lujo a los abogados de la defensa, que buscaban que me poseyera el odio. Yo solo quería ser positiva, y tenía métodos para estar tranquila. A veces miraba fotos de mi familia, de lugares que me gustan.

¿Por qué decidió mantener el apellido de Pelicot?

Me divorcié el día que empezaba el juicio, dejé de tenerlo [era el apellido de su marido que adoptó con el matrimonio]. Pero lo mantuve por mi familia y por mis nietos. Lo hice públicamente y a propósito para equilibrar las cosas. No quería que mis nietos se avergonzasen de llevarlo, quise que pudieran estar orgullosos. A partir de ese día, Pelicot sería su abuela. Y sabe, mi nieta pequeña llegó un día a clase y su profesora le habló de mí. Le dijo que había hablado en nombre de todas las mujeres. Y mi nieta pudo estar muy orgullosa.

La relación con su familia, especialmente con su hija, fue complicada. Ella y un segundo hijo se distanciaron de usted por algunas decisiones que no compartían. Incluso la dejaron sola en Fin de Año y el día de Navidad, sin ver a sus nietos el peor año de su vida.

Mire, es falso que los dramas unan a las familias. Un drama de este tipo es una deflagración que se lo lleva todo por delante. Y cada uno intenta reconstruirse como puede, como sabe. Y para Caroline fue muy duro. Y, además, tiene una duda que puede ser una condena perpetua [en el ordenador del señor Pelicot había fotos de su hija desnuda y aparentemente sedada que invitan a pensar, aunque él lo negase, que pudo violarla]. Nuestras relaciones están mejorando, hemos retomado el contacto y ella se está curando. Es como una larga enfermedad que necesita tiempo.

Han estado mucho tiempo sin hablarse, incluidos los días del juicio.

Es verdad que el diálogo se rompió en un momento dado, pero quizá fue algo que necesitábamos porque somos todos muy diferentes y cada uno afronta su sufrimiento como puede. Ellos estaban muy cerca de él. Era un padre omnipresente, que parecía bien intencionado y cuidadoso. Era un buen marido también. Así que todos sufrimos esa deflagración inesperada, capaz de destruir una familia.

Su hija cree que el juicio no fue satisfactorio para ella.

Lo sé. Dice que es la gran olvidada de este proceso. Sigue con esa duda terrible. Y al final del proceso denunció a su padre. No sé cómo acabará todo, pero espero que obtenga las respuestas que busca y que pueda repararse. Es muy complicado para las víctimas no ser reconocidas como tales. Y ella cree que lo es.

¿Usted qué cree?

Yo también tengo esa duda que me perturba. En las dos fotos que vi parece dormida. No se puede comparar con las mías, pero en las imágenes hay una mirada incestuosa hacia su hija. Y eso es intolerable.

Si prospera la denuncia, habrá otro proceso. ¿No le inquieta volver a entrar en un tribunal ahora que está rehaciendo su vida?

Estaré ahí, la acompañaré.

Usted dice en el libro que quiere ir a la cárcel a ver al señor Pelicot para obtener más respuestas.

Durante el juicio no pude hablar con él, hacerle preguntas directamente. No he ido a verle todavía, pese a los rumores. Pero lo haré, porque pronto llevará ahí seis años. Quiero hablar con él y tener algunas respuestas que no sé si me dará. Necesito encontrarle.

Durante el proceso, emergieron otros dos casos mucho más antiguos de violaciones no resueltas en los que estaba involucrado. Uno terminó en asesinato. ¿Cree que pudo ser capaz?

En noviembre de 2022 me llamó la policía. Estaba enferma, en el sofá. Y me hablaron de ello. Hay un intento de violación en mayo de 1999, pero no tengo ningún recuerdo extraño. Se encontró el ADN del señor Pelicot, pero hubo un fallo en la custodia de las pruebas y ha prescrito. Imagino que esa mujer no se habrá podido reconstruir porque no tuvo su proceso y no fue reconocida como víctima. Tiene dos hijos y no quiere mostrarse, y lo entiendo. Además, hay otro caso con una muerte con violencia. Digo que es presunto inocente. Y solo espero que no sea el autor porque sería otro descenso a los infiernos.

La persona que la espera en la sala contigua es su nueva pareja. Es increíble que el amor pueda surgir en medio de un proceso de ese tipo.

Como se puede imaginar, no pensaba enamorarme en medio de todo lo que estaba ocurriendo. Pero el destino me puso delante a una persona increíble con valores verdaderos que cambió mi vida. Yo necesito amar. Pero no a cualquiera, ¿eh? Nada de internet, que estoy traumatizada de por vida con ese asunto. Eso ya lo hizo el señor Pelicot [se ríe].

No ha perdido el sentido del humor y ya puede bromear con este tema.

Tampoco he perdido la alegría de vivir. No hay que perder la esperanza.

Durante el proceso se habló mucho de la banalidad del mal. Esa idea de que los violadores eran gente corriente, nuestro vecino.

Eran ordinarios, eso es así. Había un segmento de edad que iba de 22 a 70 años. Todas las categorías profesionales… Pero no hay que mezclar cosas. Eso no vale para meter a todos los hombres en el mismo saco. No hay que dividir a los hombres y a las mujeres, enfrentarlos. Estamos hechos para vivir juntos.

Usted dijo cuando terminó el juicio que no quería que este fuera un proceso de las mujeres contra los hombres.

Siempre he sido una mujer libre, independiente financieramente. También cuando estaba con el señor Pelicot. Yo no soy una feminista radical, pero nunca conocemos de verdad a la persona con la que vivimos. Las mujeres de los violadores que testificaron, por ejemplo, siempre negaron que ellos hubieran podido hacer algo así. Yo podría haber sido una de ellas. Es muy difícil aceptar que vives con un violador. Mi familia fue destruida, pero también otras 50. Muchas de esas mujeres no trabajan, dependían de sus maridos, tienen hijos pequeños.

Siempre me pareció alucinante que hubiera unas 80 personas [los 51 condenados más una treintena que nunca fue identificada] dispuestas a violar a una mujer inconsciente en un radio tan pequeño. Había un criterio de proximidad, incluso de comodidad, para cometer los crímenes.

Es algo universal, hay casos parecidos en muchos sitios. La sumisión química es un instrumento de violencia. Y por mucho que votemos leyes, no cambiará si no se modifica la educación de los chicos, se inculca el respeto al prójimo. La mentalidad debe cambiar.

¿Cree que por esa densidad de hombres dispuestos a ir a su casa el juicio se convirtió en un proceso a los hombres?

Sí, muchos hombres se hacen hoy preguntas. Algunos me paran por la calle y me dicen que han cambiado su comportamiento, sus bromas, su manera de tratar a su pareja. Pero el señor Pelicot nunca tuvo una mirada incorrecta o nada que pudiese delatar su otra cara.

Si había tantos hombres dispuestos a violarla en un radio tan pequeño y en ese tiempo, ¿cuántos habría en todo el país?

Este fin de semana un programa de televisión hizo un experimento. Pusieron un anuncio parecido al que colgó mi exmarido en internet para violar a una mujer dormida. La foto era de una mujer hecha con IA. Decía, venid a acostaros con mi mujer dormida: tiene 50 años. En 48 horas tuvo 30 peticiones de personas que iban desde los 26 años hasta edades mucho mayores.

¿Cree que internet y algunos de sus efectos tuvo un peso importante en su caso?

Por supuesto. Todos esos hombres podían encontrar cualquier cosa, por muy pervertida que fuera. Y la prueba es que la policía cerró aquella web en junio, pero hay otras dos que siguen abiertas. Nunca llegarán a cerrarlas todas. Y con la pornografía ocurre lo mismo, es dramático que nuestros niños tengan acceso ilimitado a ese mundo y aprendan ahí su sexualidad. Hay que limitarlo, hay que restringirlo, poner códigos. Y hay que educar en el colegio, hablar de todo eso. Si uno entra en ese engranaje, es muy difícil salir. Es como la droga, una adicción.

En el proceso de apelación en el que se proyectaron de nuevo vídeos que grabó su marido, él bajó la mirada y el juez le preguntó por qué lo hacía. Él contestó: “Porque me sigo excitando”.

Fue muy impactante. Pero es que el mes de octubre de aquel año, cuando fue sorprendido en el supermercado y empezó la investigación, cuando probablemente sabía que sería detenido pronto, me sedó y violó tres veces. Cada vez más frecuentemente porque sabía que ya no volvería a casa. Quería aprovechar ese tiempo. No sé cómo sigo viva.

¿Es posible perdonar?

Perdonar es muy complicado, pero no quiero y no voy a vivir en el odio.

¿Qué le gustaría hacer a partir de ahora?

El libro es un testamento y un mensaje de esperanza. Pero siempre tendré una mirada atenta a lo que ocurre. Y si puedo ayudar, incluso en facultades de Medicina para explicar lo que fue, lo haré. Pero ahora solo quiero viajar, estar tranquila.

https://elpais.com/eps/2026-02-13/gisele-pelicot-la-sociedad-no-estaba-preparada-para-un-caso-como-el-mio.html