5/03/2026

Milei incumplió

Mario Campa

"Si prometer no cuesta nada, como aconseja el refrán, Milei imprimió promesas como un banco central billetes en tiempo de hiperinflación".

Milei incumplió. Por Mario Campa

Circa el año 2022, cuando Javier Milei fijaba la mira en la presidencia de Argentina, tomar postura era pan comido. "Yo desprecio la institución del Fondo Monetario Internacional porque es el invento de dos personas nefastas: uno es White, que era un espía ruso y otro es Keynes", declaró en tono bravucón a uno de los medios de comunicación que aupó la imagen de outsider del excéntrico economista. Mientras fue un actor político marginal y polemista de televisión, las promesas proliferaron sin rendición de cuentas inminente. "Nosotros estamos en contra del acuerdo con el Fondo y no lo vamos a acompañar", sostenía Milei en la antesala de su patada al tablero político nacional.

Si prometer no cuesta nada, como aconseja el refrán, Milei imprimió promesas como un banco central billetes en tiempo de hiperinflación. Al dar la espalda a su palabra, el libertario clavó una daga al programa electoral que ofreció en campaña. La lista de incumplimientos es larga: eliminar la inflación (hoy en 33 por ciento), cerrar el banco central (sigue abierto), dolarizar la economía (el peso continúa debilitándose), recargar en la casta los costos del ajuste (recayó en los más pobres) y cortarse un brazo antes que aumentar impuestos (elevó el impuesto PAIS, restituyó un gravamen a los trabajadores, y el brazo aún vive). En definitiva, Milei honró las palabras inmortales de Francisco de Quevedo: "Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir".

El último acuerdo de Argentina con el FMI es muestra inequívoca del incumplimiento de promesas. Luego de meses de negociaciones, el nuevo entendimiento permitiría desbloquear un desembolso de mil millones de dólares. A cambio, Milei pactó una batería de reformas estructurales y empeñó la posición financiera del país. El equipo técnico del FMI esperó hasta la aprobación del presupuesto público y la reforma laboral, además la ratificación de acuerdos comerciales, para abrir el grifo del endeudamiento que el actual Presidente repudió como candidato. Una complicidad había nacido.

Milei no cometió el pecado original de abusar del endeudamiento externo, pero sí es culpable de incubar insostenibilidad. Las finanzas públicas arrastran una deuda ingente que demanda pagos de intereses asfixiantes, además de amortizaciones periódicas que hoy día son pateadas mediante el arte de la seducción política y costosos “ajustes estructurales”. Con los desembolsos del 2025 y el más reciente del 2026, el país refrenda su estatus como el deudor más grande al Fondo Monetario: al 17 de abril, debía 58.9 mil millones de dólares que rondaban el nueve por ciento del PIB. Para dimensionar el monto, Argentina debe 35 de cada 100 dólares de la cartera del organismo multilateral. En otras palabras, monopoliza para mal la cartera y mantiene a la burocracia dorada. Estimados del think tank estadounidense CEPR muestran que la nación sudamericana es quien paga más sobretasa en recargos por tener el ratio más elevado de crédito vigente en relación a las cuotas de aporte que determinan los derechos de préstamo por país. En definitiva, Argentina es un cliente distinguido.

Y como tal, recibe un trato exclusivo. Durante el proceso de renegociación de pasivos, la directora del Fondo, Kristalina Georgieva, portó en eventos oficiales un prendedor en forma de motosierra — símbolo del “ajuste estructural” de Milei — y declaró a favor del gobierno en una antesala electoral: “A nivel nacional, Argentina tendrá elecciones en octubre y es fundamental que no descarrilen la voluntad de cambio. Hasta ahora, no lo vemos. No creemos que ese riesgo se materialice”, urgió la Directora General del FMI a la par que instaba a la Argentina a “mantener el rumbo”. Georgieva no actuaba sola.

El FMI es hoy rehén de la coyuntura política en Washington. Como escribió la exrepresentante estadounidense ante el FMI Elizabeth Shortino en un cándido artículo para Atlantic Council: “Cuando Estados Unidos habla, el FMI escucha, y cuando Estados Unidos presiona, la aguja se mueve”. En una institución fundada por y para Occidente, lo ingenuo sería pensar que el derecho de veto, que Estados Unidos tiene guardado bajo la llave del peso de su cuota, es inocuo. Hoy día, que Milei sea un apóstol de Trump en Sudamérica, por una combinación de convencimiento y conveniencia, facilita el entendimiento.

La palabra rota y el programa fallido poco incomodan a Milei, atrapado en un laberinto de contradicciones y popularidad decreciente. “Argentina hizo ajustes muchísimo más profundos que los que demandaba el propio Fondo Monetario Internacional”, pavoneó el Presidente para diferenciar el nuevo acuerdo de los anteriores. En verdad, lejos de trasladar la carga del ajuste a quienes más ingresos y riqueza poseen —a la casta económica—, Milei inflige castigo a los de abajo sin resolver la insostenibilidad. Al pactar con acreedores que como los casinos nunca pierden, la Casa Rosada juega a lo que en México se conoce como “patear el bote” o postergar soluciones de raíz, a costa del consumo básico y la protección social. Entretanto, la gente sobrevive como puede. El aumento de la indigencia y el insólito apetito por la carne de burro —sustituto desesperado ante una res incosteable— son el testimonio crudo de un milagro económico que no fue y, en cambio, degeneró en pesadilla.

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