
A los 13 años se inició como fotógrafo de estudio, haciendo retratos a la antigua, en una azotea con sábanas blancas, hasta que conoció a Alex Phillips, quien trajo las primeras lámparas eléctricas para hacer fotografía, y así, se hizo la luz.
Nunca en la historia del mundo se admiraron los cielos de México de manera tan pura y luminosa. Gabriel se adueñó del cielo como antes había hecho el ruso Sergei Eisenstein, amante del tequila, quien filmó nubes libres y danzantes con el deseo de filmar la película Viva México, que tardaría años en hacerse.
Figueroa habría de iniciar su carrera cinematográfica como still man a partir de 1932 con las películas Revolución; Almas encontradas; La noche del pecado; La mujer del puerto, que personificó y que hizo célebre a Andrea Palma y a la canción Vendo placer, de Manuel Esperón; Chucho el roto, para después aparecer, en 1935, como operador al lado del fotógrafo Jack Draper en Vámonos con Pancho Villa, de Fernando de Fuentes, quien después le pidió fotografiar la cinta Allá en el rancho grande, que se estrenó en 1936 y, más tarde se alió a Chano Urueta para hacer La noche de los mayas, con el rostro de la actriz Stella Inda.
A partir de ese momento, el cine nacional no pudo apartar sus luces ni sus sombras de la mirada de Gabriel Figueroa, quien inició la Época de Oro del cine mexicano. Los rostros más bellos, más feroces, los besos más apasionados, las lágrimas más convincentes, los maizales dorados bajo el sol que pasaron a la pantalla grande en Ay qué tiempos, señor don Simón, con la redondez de Joaquín Pardavé y la coquetería de Mapy Cortés; Historia de un gran amor, con los besos de Gloria Marín y Jorge Negrete en Guanajuato, que es en sí mismo un escenario; María Candelaria, y Flor Silvestre, con los pómulos altos e irrepetibles de Dolores del Río y Pedro Armendáriz sobre una chalupa en los todavía no contaminados canales de Xochimilco. Enamorada y Río escondido, con dirección de Emilio El Indio Fernández, quien hizo el prodigio de levantar segundo a segundo los párpados de María Félix al escuchar Malagueña, y Maclovia, con la isla de Janitzio iluminada con antorchas en la celebración del Día de Muertos.
En su casa, en la calle de Zamora, en Coyoacán lo visité varias veces. Tenía que atravesar extensiones de pasto verde para llegar hasta un búngalo en el que recibía a sus amigos, como Luis Buñuel, con quién filmó Nazarín, al lado de las actrices Marga López (que siempre me daba flojera) y Rita Macedo (a quien estimé mucho), o El ángel exterminador, con Silvia Pinal (de barba y bigote). Sus contemporáneos iban a verlo, pero rehuían a El Indio Fernández, a quien podía vérsele como huerfanito sentado en una banca desolada en la entrada de los estudios Churubusco: “Miren ustedes nada más, aquella sombra solitaria que nomás espera, dado a la cachetada, es El Indio Fernández”.
Gabriel Figueroa también llevó a la “pantalla de plata” grandes obras de la literatura: Macario y La rosa blanca, de B. Traven, protagonizadas por Ignacio López Tarso, actor deslumbrante que murió en la Villa de Guadalupe muy solo, y Bajo el volcán, de Malcom Lowry, quien eternizó una cantina de Cuernavaca sólo para hombres.
En la tesis de la universidad Iberoamericana Tres momentos de la enseñanza del cine en México, de Javier Castanedo Cervantes, se encuentra una entrevista a Gabriel Figueroa, quien menciona que dio voluntariamente clases al Sindicato de Trabajadores Técnicos y Manuales (...), “donde me convencí después de mucho tiempo de que yo no nací para ser buen maestro; yo puedo explicar una cosa bien, conferencias, y eso he dado mucho, pero ser maestro de diario o de tres veces por semana, a ir a dar cátedra, para mí es muy difícil, imposible”. Sin embargo, en 1945, junto con Jorge Negrete y Mario Moreno Cantinflas, fundaron el Sindicato de la Producción Cinematográfica, donde ejerció el cargo de secretario general de técnicos y manuales. Así surgió una escuela para la enseñanza del cine en México, ubicada en la calle de Dinamarca, en la colonia Juárez. Invitó a Celestino Gorostiza para ser director de la institución, además de enseñar teatro. Adolfo López Mateos, quien fue su primo y más tarde presidente de México, colaboró como abogado sindical. Las clases de dicción las daba Mauricio Magdaleno, Juan Bustillo Oro, Rafael Muñoz y Ernesto Alonso (el Señor Telenovela), quienes crearon una forma de hablar en el cine. Matilde Landeta, la primera mujer directora de películas en México, daba clases de script girl, y Manuel Álvarez Bravo, los cursos de fotografía. A partir de 1951, aquella escuela pasó a ser el actual Centro de Arte Escénico del Instituto Andrés Soler.
Más tarde, por iniciativa de Jorge Negrete, Gabriel Figueroa creó la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, con las bases de Hollywood, a la que pertenecieron Carlos Pellicer, Celestino Gorostiza y Xavier Villaurrutia, “para que los artistas sólo recibieran el premio Ariel de la Academia”, como dispuso Jorge Negrete.
A principios de los años 80, Gabriel Figueroa me citó varias veces en su casa, en la calle de Zamora, para hacer el guion de una película sobre Tina Modotti. Desafortunadamente, al poco tiempo, bajo la dirección de la “albóndiga de porcelana”, como le decían a Margarita López Portillo, la Cineteca Nacional se achicharró y se perdieron materiales invaluables.
De ese guion que no se logró nació la novela Tinísima, que me llevó a viajar a Italia con Vitorio Vidali, su último amante.
Las últimas veces que coincidí con Gabriel Figueroa y su esposa, Antonieta Flores y Castro, fue en el teatro El Hábito, en Coyoacán, porque sus dos hijas fueron muy amigas de Jesusa Rodríguez.
Don Gabriel fue una de las figuras más longevas del cine nacional, aguantó a El Indio Fernández y las envidias venenosas entre Dolores del Río y María Félix, a las que reunió en la película La Cucaracha.
A mis 94 años me tocó admirar la Época de Oro del cine Mexicano, así como entrevistar a las luminarias de entonces: María Félix, Dolores del Río, Pedro Vargas, Mario Moreno Cantinflas, Jorge Negrete, Prudencia Grifell y a Sara García gracias a Juan de la Cabada, Elena Garro y Josefina Vicens, quienes crearon a las malévolas Señoritas vivanco y nos acompañan hasta el día de hoy en el firmamento del cine nacional.
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