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8/16/2026

Carlo Cóccioli


Una de las figuras más olvidadas en las letras de quienes vivieron gran parte de su vida en México fue Carlo Cóccioli, el escritor italiano que llegó a nuestro país en 1953, tras la controvertida publicación de su novela Fabrizio Lupo, escrita originalmente en francés durante una estancia en París, que escandalizó a su época por retratar la homosexualidad de un muchacho católico que termina suicidándose, obedeciendo las leyes de una sociedad rechazante y condenatoria. Muy pronto Carlo Cóccioli se hizo de amigos en México y recuerdo con qué alegría y admiración lo promovieron los hermanos Tibón, también italianos, y cómo lo invitaron a su casa en Cuernavaca y a participar en actividades ligadas con la cultura italiana. Para México, Italia era uno de los países más atractivos de Europa, los italianos hacían mucho por demostrar la gran admiración que sentían por la cultura mexicana. A ellos se unió la figura alegre y movida de Cóccioli.

Carlo Cóccioli nació en Livorno el 15 de mayo de 1920 y durante la Segunda Guerra Mundial fue parte de la lucha antifascista en el grupo Giustizia e Libertá. Apresado por los alemanes, al finalizar la guerra obtuvo la medalla de plata al Valor Militar. Antes de llegar a México, estudió lenguas y literaturas orientales en Nápoles y más tarde se doctoró en la Universidad de Roma.

Cuando salió de Europa, Cóccioli llegó primero a San Antonio, Texas, pero el contacto con la cultura hispana en Estados Unidos lo hicieron venir a México. Su lengua, su belleza y riqueza literaria ejerció sobre él una atracción enorme, además del cine de Luis Buñuel, especialmente la admiración que le produjo la película Los Olvidados, que lo decidió a establecerse definitivamente entre nosotros.

En sus primeros años y con un gran respaldo académico, Carlo Cóccioli fue profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México. Hablaba muy bien, sus palabras bailaban, los alumnos reían, no se perdían sus clases de literatura y sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. “¡Vamos a oír al italiano!” Su voz y su entusiasmo encandilaron a muchos alumnos. Cóccioli hacía reír por su gracia y su atrevimiento y muchos mexicanos, entre otros, Elena Celani, lo invitaban a comer, a desayunar y a cenar a su casa porque tenía las dotes no sólo de un buen conversador, sino de un actor consumado de sus muy variadas emociones.

Más tarde, al inicio de los año 60, Carlo Cóccioli escribió artículos para la revista Siempre! en la que publicó durante 20 años. Era un hombre de talla mediana, ágil y amable, un conversador alegre, por eso lo invitaban a todo tipo de reuniones, además de que siempre estaba muy bien informado sobre la vida política y cultural de Europa y también de México. Una reunión con Cóccioli era considerada un festejo parecido al que provocaba la presencia de un descubridor entusiasta de todo lo mexicano. Los hermanos Tibón se hicieron de muchos oyentes entusiastas. En esa época, la embajada de Italia abría sus puertas y todos aspiraban a una invitación a una cena o una entusiasta conferencia.

Otro de los grandes amigos de los Tibón fue el sarcástico y brillante periodista Raúl Prieto, mejor conocido como Nikito Nipongo, quien tuvo a muchos lectores y jóvenes seguidores en la UNAM. Más tarde, los hermanos Tibón pudieron traer a su mamá de Italia a México y la instalaron en Cuernavaca en una casa con un enorme jardín, ya que muchos temían la altura de la Ciudad de México.

A finales de los años 70, tras el Golpe Excélsior, Carlo Cóccioli escribió en ese diario de 1977 a 1979 una columna que se llamó “Columpio”. Más tarde, sus colaboraciones se reunieron en un libro titulado Los sexenios felices de Carlo Cóccioli.

En México, Cóccioli escribió sus obras más importantes, como David, novela finalista del Premio Campiello en Italia. A ésta le siguió He encontrado al Dios de Israel, texto autobiográfico en el que cuenta su conversión al judaísmo, religión con la que había estado en contacto desde niño porque su madre procedía de una familia hebrea.

Como gran conocedor de las culturas orientales, publicó en los años 80 su obra en dos tomos Pequeño karma, un libro en el que explora la espiritualidad oriental, la rencarnación y la transformación interior, integrando estas ideas con su visión profundamente personal sobre el sufrimiento, la culpa, la libertad y la búsqueda de sentido.

Esta gran espiritualidad que conservó durante toda su vida lo hizo un ser humano sensible a los animales, especialmente a los perros. Mi abuela Elena Iturbe de Amor lo trató en alguna ocasión porque ella recogía perros en la calle y les salvaba la vida. Por ello, la pérdida de un perro es un sentimiento que a Carlo lo llevó a escribir San Benjamín perro, obra que habla sobre la dependencia de un hombre por su compañero canino.

Carlo Cóccioli se interesó en México al grado de escribir Manuel el Mexicano, Omeyotl y Yo, Cuauhtémoc, que hablan principalmente de la filosofía y el mundo indígena.

Cóccioli también se aficionó a la pintura, lo cual le permitió ilustrar las portadas de sus libros con sus obras: Interior y exterior en Pequeño karma, un diario al que el autor simplemente llamó Minutario durante su estancia en Texas, publicado en dos tomos, en 1988 y 2002 y El fabricante de muñecos en la obra Los sexenios felices de Carlo Coccioli.

En 1995, el escritor chileno Gabriel Abramson publicó ¿Por qué yo soy yo?, una recopilación de 18 conversaciones con Cóccioli que, según Abramson, “no son reseñas literarias, sino mucho más: son el intento de describir al mundo a través del retrato de un escritor trilingüe, uno de los más significantes de nuestro tiempo y sin embargo fuertemente controvertido”.

La novela El cielo y la tierra (1950), escrita originalmente en francés, recibió las mejores críticas en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. El crítico belga Frans Weyergans la entronizó como la mejor novela que se haya publicado en la segunda mitad del siglo XX, superior a las obras de Mauriac, Bernanos, Graham Greene y Von Lefort. Al respecto, Cóccioli dijo: “ El cielo y la tierra me ha hecho famoso, rico, etcétera. Más de 15 idiomas lo han acogido, lo que, en esos tiempos, y visto que su autor era un joven provinciano desconocido, no apoyado por nadie y menos por los grupos de poder que dominaba a la Italia literaria de entonces, fue por lo menos cosa sorprendente. ¿Quién me ha enseñado a escribir? No sé responder. ¿Fenómeno de genética? ¡Pero si no hay, que yo sepa, ningún escritor en mi ascendencia! O más bien es un hecho de (voy a escribir la palabra) rencarnación, o de posesión, que casi da lo mismo”.

Una de las reflexiones más sensibles hechas por Carlo Cóccioli fue: “¿Para qué escribimos o, mejor dicho, para qué escribo yo si me es absolutamente imposible ‘visualizar’ a un ser humano adquiriendo un libro mío, volviendo a la casa con él, yendo a la cama más temprano para, en un estado de calma, leerlo? Y, admitiendo que alguien lea un libro mío, ¿de qué modo lo hace? ¿Molestado por llamadas telefónicas? ¿Interrumpiéndose para decirle al niño que se lave los dientes? ¿O acaso escribimos para, discutible honor, ser leídos por otros escritores?”

Carlo Cóccioli, anticomunista, anticastrista y desde luego antifascista, murió en la Ciudad de México el 5 de agosto de 2003, a la edad de 83 años. Tenía un afán de libertad, sobre todo por la juventud de su época, e hizo una especial referencia a la película Vaselina, con John Travolta y Olivia Newton John, señalando esa libertad tan contraria a la de las juventudes de los gobiernos dictatoriales de América Latina.

Antes se había enfurecido porque Gabriel García Marquez ganó el Premio Nobel de Literatura en 1982. A 23 años de fallecido, hoy por hoy es un escritor olvidado porque su obra envejeció demasiado pronto. Sus novelas Fabrizio Lupo, El cielo y la tierra, Hombres en fuga, Yo, Cuauhtémoc, entre otras, al menos en México, no se reditan más. Únicamente, si alguien tiene la curiosidad de leerlo, puede recurrir a las librerías de viejo en la calle de Donceles.

8/09/2026

Pueblos indígenas y afromexicanos


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▲ La Costa Chica de Guerreo, en un grabado de Alberto Beltrán.
Este domingo celebramos el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, que la Asamblea General de Naciones Unidas proclamó en diciembre de 1994, lo que compromete a los mexicanos a proteger los derechos de las comunidades originarias, salvaguardar sus tradiciones y reconocer su valor en la historia de nuestro país que les debe mucho.

En los años 50 del siglo XX, el antropólogo veracruzano Gonzalo Aguirre Beltrán fue pionero en investigaciones y estudios etnográficos de los pueblos afromexicanos, especialmente en Cuijla, en el estado de Guerrero, zona conocida también como la Costa Chica. Sus investigaciones resultaron esenciales para reconocer a una sociedad apartada del mundo, debido a la falta de comunicaciones, pero que mantenía vivas sus tradiciones desde hacía 300 años: su mezcla con indígenas, europeos, organización social de los cuijleños, ritos, creencias y supersticiones, así como la forma de hablar español en esa zona de México. Estas investigaciones fueron también ilustradas con los grabados de Alberto Beltrán, artista que entregó su vida y su talento a las causas sociales, y que defendió siempre tradiciones y costumbres en el Taller de Gráfica Popular.

Asimismo, el 10 de agosto celebramos el día en que entró en vigor el reconocimiento constitucional de personas, pueblos y comunidades afromexicanas, cuya iniciativa presentó la senadora Susana Harp Iturribarría en 2019, misma que rindió fruto ante la Reforma Constitucional de 2024, para priorizar a los pueblos y comunidades afromexicanos como parte de la composición pluricultural de nuestro país con los mismos derechos que cualquier mexicana y mexicano.

–Susana, ¿por qué te interesaste tanto en las comunidades afromexicanas?

–Porque estaban totalmente invisibilizadas. No se les reconocía como una cultura diferente. Son tres pueblos con distintas maneras de bailar, de comer, con sus propios recetarios y creencias diferentes. Por ejemplo, los del sur, en la Costa Chica: Oaxaca y Guerrero hacen “versos en topada” (cantos poéticos). Es una manera de jugar entre un hombre y una mujer que se declaran su amor en versos. En Oaxaca, hace poquito, un muchacho me dijo un verso en topada, porque deseaba llevarme con él. Y yo le contesté con otro verso en topada: “Yo soy de la Costa Chica, / del corazón azulejo, / soy más sabrosa que un pan / repartido en el festejo. / Dices que me has de morder,/ pero también si me dejo”.

–¿Nunca hay que dejarse?

–Es una manera de jugar al amor. Más arriba, en el sotavento, en la parte afrojarocha entre Loma Bonita, Oaxaca y Tuxtepec, Veracruz, cantan “décimas”. En México, Elena, se reconocen 68 pueblos indígenas, tres pueblos afromexicanos y todo el resto del pueblo es mestizo, como tú y como yo. De los 68 pueblos indígenas con todas sus variantes dialectales, tenemos 364 maneras de conversar, más la lengua de los mascogos, en Múzquiz, Coahuila, en peligro de desaparecer.

–Y tú sigues viajando a rescatar lo que todavía puede salvarse. ¿Viajas cantando para los olvidados de siempre, Susana?

–Ahorita como estoy en el Senado voy a apoyarlos en sus gestiones. Viajo a Oaxaca, a Chiapas, a Hidalgo. Yo creo, Elena, que cuando propones una ley y logras que entre en vigor, es muy importante ir a las comunidades a explicarles sus derechos. Este fin de mes voy a Chiapas, porque su universidad (Unachi) me pide dar una explicación la ley de Protección al Patrimonio Cultural Indígena y Afromexicano que hicimos para detener los plagios de los textiles y de otras artesanías que habían plagiado marcas nacionales e internacionales.

–Susana, el saqueo ha sido una constante en la historia de México. En Oaxaca se hizo muy fácil a los visitantes embolsarse vasijas dizque para protegerlas en su casa.

–Así es. Tuvimos diferentes culturas y al construir puentes, carreteras, al excavar la tierra, a cada rato salían tesoros y todavía hoy salen vestigios de nuestro extraordinario pasado. Por ejemplo, cerca de Monte Albán hay muchas pirámides más de las que ya están a la vista; algún día me dijo el Instituto Nacional de Antropología e Historia: “si no se van a poder conservar después de excavar, mejor que se queden bajo tierra porque así se conservan mejor”.

–Al excavar también se destrozan muchas piezas y los visitantes se las apropian con la mano en la cintura…

–Así es, como la tumba 7 de Monte Albán, que es maravillosa, descubierta hace años por Alfonso Caso. Es un placer cuando vas a Santo Domingo, en Oaxaca, a visitar el Centro Cultural, observar toda una sala repleta de tesoros que encontró Alfonso Caso, muy bien conservados y protegidos con veneración. Mi abuelo, que fue historiador y periodista, Jorge Fernando Iturribarría, oaxaqueño, ayudó a Caso, y él nos contaba lo impresionante que resultó el descubrimiento de la tumba 7 y la gran emoción de todos los oaxaqueños.

–¡Qué bueno! Pero volviendo a nuestra pregunta anterior, Susana, ¿consideras que México ha sido un país racista?

–Nuestro país siempre ha sido racista y clasista, por supuesto que sí, pero siempre se reconoció la presencia de las comunidades indígenas. Esa fue la lucha de los zapatistas, para que sus derechos estuvieran claramente asentados en la Constitución. Se lograron avances, pero no se incluyeron todas las peticiones. Por eso se modificó el artículo 2 constitucional. Había un apartado A y un apartado B. Yo tuve la oportunidad de agregar el apartado C, en el que también se reconocen los pueblos afromexicanos, totalmente olvidados. En 2024 se agregó un apartado D, y ahora se va a hacer una consulta para aprobar una Ley General de los Derechos de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos. Hasta 2019 logramos la inclusión de los pueblos afromexicanos en este nuevo apartado de ese mismo artículo 2. Estamos, en 2026 y apenas vamos a hablarlo de manera formal.

–Susana, ¿y por qué te apasionó tanto el tema del respeto y la recuperación de nuestro pasado?

–No soy ni indígena ni soy afro, pero soy oaxaqueña, y como decía Andrés Henestrosa: “mis paisanos son los que veo en el paisaje”. Cuando iba a recopilar canciones y tonadas de mi tierra, caminaba mucho de pueblo en pueblo y tocaba a la puerta de las comunidades para trabajar con ellos. Me aceptaron y me dediqué a guardar sus palabras, a entender cuáles eran sus preocupaciones y sus aspiraciones. Mi especialidad fue buscar temas de música, sus usos y costumbres, y cantar con ellos. En 2006 empecé a ir a la costa a los pueblos afros de Oaxaca y de Guerrero, y me resultó impactante ver la cantidad de población afrodescendiente en nuestro país. No tenía conciencia de su fuerza y de su creatividad. Me contaron que no podían transitar de Oaxaca a Veracruz sin que los detuvieran: “¿Adónde va”, “¿de dónde eres?” “Cántanos el Himno Nacional”, “¿Quién es el presidente?”, “Enséñame tu credencial de elector”, un acoso brutal que aún no termina y se da a lo largo y a lo ancho del país. Hubo una invisibilidad sistemática de las minorías indígenas en todo México.

“Cuando en México se abolió la esclavitud, estos pueblos desaparecieron, porque antes se contaban como si fueran ‘activos’. Si una persona tenía una hacienda con una cantidad de hectáreas y de cabezas de ganado, ahí mismo se anotaban los esclavos como si fueran ganado. Cuando se abolió la esclavitud desaparecieron todos. Al no tener una lengua propia ya no contaban ni como zapotecos, ni como mixtecos, ni nada. No eran mestizos, y durante tres siglos lograron conformar culturas propias en estas tres regiones: Costa Chica en Guerrero, la parte afrojarocha en la zona fronteriza entre Oaxaca y Veracruz, y la región mascogo en el municipio de Múzquiz, en Coahuila. El Estado mexicano nunca los reconoció como culturas propias, porque además se fueron conformando poco a poco.”

–Susana, ¿quién te transmitió tu extraordinaria y constante lucha contra la discriminación racial?

–Yo lo vi, ellos mismos me lo contaron cuando me iba a las comunidades afro en Oaxaca. Empecé a ir en 2006 y 2007 porque quería grabar un disco de sus cantos y ritmos de danza; ahí entendí la condición de discriminación en la que seguían viviendo estas comunidades en el siglo XXI, y conocí y adquirí conciencia de la discriminación, la invisibilidad, la complicación de circular por los caminos de tierra del México desconocido, que siempre las autoridades detenían o molestaban. En las estaciones de camiones de la Tapo les preguntaban: “a ver, ¿tú quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿de El Salvador?, ¿de Honduras?, ¿de Cuba?”, y respondían: “pues yo vengo de Cuajinicuilapa, Guerrero, o de Collantes, Oaxaca, o de los Tuxtlas, Veracruz”, y los ofendían. Los interrogaban y encerraban hasta que demostraban que habían nacido en México. Les impedían todo. Puro maltrato y crueldad.

–Así que tú eres nuestra Martin Luther King.

–Tuve la suerte de llegar al Senado en 2018 y de haber trabajado en lo que quería. Demandé, me indigné, reclamé con coraje dos cosas fundamentales: el reconocimiento de los pueblos y comunidades afromexicanas, y exigí que alguna ley impidiera el plagio de todos los textiles indígenas. Divulgué mis dos temas con mucha claridad y logré ambas leyes de protección.

–Susana, ¿qué se espera ahora con esta consulta para la Ley General de Derechos de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos?

–Esta propuesta de ley nace de la reforma al artículo 2 constitucional, aprobada en septiembre de 2024, pero su sentido va mucho más allá de un cambio legal. Lo que está en juego es cómo queremos convivir como país, y cómo queremos reconocer a quienes han sostenido nuestra historia desde sus raíces. La consulta se iniciará este mes de agosto, y trata de preguntar directamente a los pueblos qué opinan sobre una ley que habla de ellos, de su vida y de sus derechos. Escuchar su palabra antes de tomar decisiones que les afecten es un compromiso moral. Parece lógico, pero durante mucho tiempo no se les tomó en cuenta. Esta consulta es la oportunidad de que los pueblos digan cómo quieren relacionarse con el gobierno, cómo quieren que se reconozca su autonomía y libre determinación para proteger sus derechos. Es un espacio para que expresen lo que durante años se les negó: su voz en la toma de decisiones.

“La reforma constitucional de 2024 los reconoce como ‘sujetos de derecho público’; declara que los pueblos indígenas y afromexicanos tienen personalidad jurídica propia y que pueden decidir su organización, escoger sus autoridades y su vida interna. Es un paso enorme hacia una relación más justa y respetuosa destinada a que no se les vea como grupos vulnerables, sino como pueblos con historia, identidad y capacidad de decidir. Por eso es fundamental que participen todas las personas indígenas y las afromexicanas: líderes comunitarios que conocen su cultura y territorio, que se distinguen como defensores del medio ambiente, de los derechos humanos y cualquiera con algo que aportar. La consulta es para ellas y ellos, por lo que no puede ser un espacio cerrado ni exclusivo, sino un diálogo nacional.”

8/02/2026

María Sabina, ópera de Marcela Rodríguez

Elena Poniatowska


–Mi proyecto, con el que llevo más de 20 años, es una ópera de cámara de la vida de María Sabina –me dice la compositora Marcela Rodríguez, reconocida en Estados Unidos y en América Latina, autora de la ópera La Sunamita y de Las cartas de Frida, que causaron sensación al presentarse en El Hábito, y aplaudimos con entusiasmo y emoción también en el Palacio de Bellas Artes. Entonces descubrí el talento de la familia Rodríguez encabezada por doña Jesusa, la compositora y pianista amiga de Agustín Lara, quien además dio a luz a ocho hijos creativos y ocurrentes.

–Empecé el libreto, no me gustó –me dice Marcela con su voz fuerte y clara, así como hablan las hermanas Rodríguez.

“Lo tiré, lo hice pedazos, lo volví a hacer, lo volví a romper. Como que es un tema muy difícil porque la curandera María Sabina es una mujer sagrada, con tradiciones milenarias, costumbres impresionantes de curaduría sagrada y ancestral. Los hongos son más viejos que nosotros y mucho más poderosos y mañosos. Alguna vez María Sabina dijo que nadie le enseñó a comerlos y bajarlos a su alma. Uno ya trae ese don adentro o uno sólo tiene un hueco vacío entre las costillas que no sirve para nada.”

–Marcela, ¿tú fuiste a Huau-tla de Jiménez, en Oaxaca?

–Claro. Había gente en Huautla que usaba los hongos para curar, y María Sabina lo vio desde chiquita: llegaba un enfermo con su mamá: “vamos a darle esto y esto otro”. Por hambre, María Sabina, de niña, empezó a comer un poco de hongos, así lo cuenta: “Nosotros no teníamos nada, sólo sueño y hambre”. Todo esto lo sé por Álvaro Estrada, quien lo publicó en su libro Vida de María Sabina: La sabia de los hongos. Estrada hablaba mazateco y la entrevistó en 1950, durante un mes. Él casi no es conocido, vivía aquí en la Ciudad de México, pero iba mucho a Oaxaca, antes de que lo hiciera Gordon Wasson, quien vino de Estados Unidos y de Francia, antes de que Fernando Benítez llegara a la montaña oaxaqueña.

–Benítez también escribió en 1964 Los hongos alucinantes y cuenta de su uso tradicional en las comunidades indígenas de México, así como el libro En la tierra mágica del peyote e Historia de un chamán cora.

–Sí, es verdad. Robert Gordon Wasson llegó a ver a María Sabina en 1957 y grabó sus cánticos con un amigo músico, y ambos se pusieron a transcribir palabras y tonadas que anotaron en un pentagrama. Más tarde, el reportaje lo publicó en la Life Magazine, con el título Seeking the magic mushroom.

“Nicolás Echeverría filmó la película María Sabina, mujer espíritu en 1979. Él me pasó las notas transcritas por Wasson y me dio todos los cantos de la chamana. Algunas de esas notas las usé y otras las saqué de las grabaciones de María Sabina cantando ella misma. Yo las transcribí a música coral.

“En el libro de Álvaro Estrada, editado por Siglo XXI, aparece toda la vida de María Sabina, quien cuenta cómo recogió los hongos desde niña, a los 6 o 7 años. Dice cómo los reconoció desde el primer momento, cómo se los metía a la boca rápidamente, porque con ellos se le quitaba el hambre de inmediato y la hacían sentirse feliz. María Sabina tuvo una vida muy tremenda, muy difícil, muy pobre. La casaron a fuerza para que la mantuviera un hombre. En el último matrimonio, la abandonó el señor, tan malo como los otros, pero ella quedó muy triste, a pesar de haberse casado a fuerzas y con él tuvo dos hijas.”

–Según Fernando Benítez, la vida de María Sabina fue muy dura.

–María aseguraba que no podía curar si estaba casada porque tenía que vivir en “abstención sexual”; entonces, cuando el marido la dejó, pudo empezar sus grandes curaciones. Su hermana Mariana fue la primera a quien alivió de sus males. María Sabina decía: “los señores me enseñaban a curar”. Los libros sagrados que ella llama “señores” se le aparecen en la mente al comer los hongos y ellos le van dictando qué decir y cómo curar. “Los hongos se toman por pares, hembra y macho, se van dando de dos en dos. Es una ceremonia lenta y respetuosa”.

“Cuando María Sabina vio que curó a Mariana, se emocionó muchísimo. La gente se enteró y le empezaron a llevar enfermos. Entonces aparecen algunas partes de las curaciones en esta obrita que yo armé y compuse con muchísimo cuidado y respeto. En el libreto están muchas letanías: ‘soy la mujer aerolito, soy la mujer agua, soy la mujer estrella, soy la mujer huarache, soy la mujer arete, soy la mujer tempestad, soy la mujer cielo’.”

–También Benítez recurre a esos cánticos, como hizo Gordon Wasson.

–He escuchado las grabaciones que se llevó a Estados Unidos y las conozco bien. Son letanías eternas. María Sabina dice que proviene de 200 mujeres que son ella: “Soy la mujer que nada sabe, soy la mujer que sabe nadar, soy la mujer que sabe pensar, soy la mujer que sabe cocinar”. También hay unos cánticos que nadie sabe explicar. No identifico si están en mazateco o son inventados o son parte de los que le dictan los señores que ella llama: “Chonga chinañado, chonga chinañado, chonga chinañado”. Son como mantras, una especie de letanías. Recurro a ese bagaje de canciones para el coro. Cuando le conté a mi hermana Jesusa se emocionó con la posibilidad de hacer un ritual, más que una ópera. Sugirió llamarlo Una invocación a María Sabina, para que arregle nuestro mundo que está tan espantoso, que está tan desigual y sigue tan disparejo.

–¿En qué año murió María Sabina?

–En 1985.

–Fernando Benítez fue a verla después de Gordon Wasson, quien primero viajó solo y más tarde acompañado por su esposa, Vera. Benítez también viajó con Beatriz Braniff.

–Muchos jóvenes viajaron a Oaxaca cuando Wasson la entrevistó para The New York Times; María Sabina se enojó un poco al ver a tanta gente.

–¿Cómo se enteraron esos jóvenes de la posibilidad de tomar los hongos de María Sabina en las montañas de Oaxaca?

–Porque leyeron el periódico. María Sabina se enojó porque salió a la luz su vida y ella no quería: “si el mundo se entera de mis ‘niños santos’, ya no me van a responder”. Empezaron a llegar los jipis y otros muchachos extranjeros a tomarlos, pero sin respeto, y eso a ella no le pareció.

–Creo que hubo alguien que se cayó desde lo más alto al abismo de la selva.

–Huautla está lejísimos de la Ciudad de México y más aún de Estados Unidos. Fui a Huautla de Jiménez, a su casa, hace un año, con Jesusa y con Diana Taylor. Viajamos en 2025 porque se cumplían 130 años de su nacimiento, y ahí encontré su casita tal como aparece en los libros que se han publicado sobre ella. Esa casa se la regaló un presidente, pero no servía para nada, porque le construyeron un baño, una cocina que nunca usó, porque no había ni agua ni luz.

–¿Pero cuál presidente?

–No me acuerdo. Luego, el cineasta Nicolás Echeverría, quien filmó la película, le regaló una tienda miscelánea, pero como nadie tenía dinero, María Sabina les fiaba a los compradores y nunca ganó un centavo. Tuvo que cerrarla. Yo creo que vivía de quienes pagaban las curaciones. Es muy bonito pensar en ella y documentarla porque es adentrarte en un mundo muy antiguo, espiritual. A la hora que María Sabina comía los hongos adquiría una sabiduría que todos querían conocer, algo esotérico.

–¿Por qué te inspiró el caso de María Sabina?

–Me atrajo la seguridad de María Sabina. Nicolás Echeverría contó que cuando terminó su película, la invitó a México a verla en el cine Regis y que llegó descalza. Ni la fama le hizo usar zapatos. Dice Nicolás que María Sabina se la pasó viendo el piso, no levantó los ojos hacia la pantalla, porque le daba vergüenza verse a sí misma.

–¿Te ayudó alguien a escribir el libreto o lo hiciste tú misma?

–Yo hice el libreto de la ópera porque se lo pedí a una escritora, pero como que no nos entendimos, era muy difícil ponernos de acuerdo. Busqué que María Sabina contara su vida, que sus propias frases fueran las que conformen la ópera. Sus letanías son muy claras: “Soy la mujer aerolito, soy la mujer agua, soy la mujer cielo, soy la mujer aire, soy la mujer trueno”. Según María Sabina esos cantos alivian todos los males.

–¿Cómo te imaginas el resultado de tu ópera?

–La idea de Jesusa es que la puesta en escena sea un ritual totalmente a oscuras con una sola velita. El problema técnico es cómo leer la partitura y tocar los instrumentos sin luz. Jesusa dice que hay unos lentes especiales que dan luz. Estamos investigando cómo montarla. Queremos lograr que sea más que una ópera, un ritual acompañando por mi música. Ensayamos también con las primeras voces y está sonando bonito.

–¿Por qué llevas tanto tiempo trabajando en esta ópera?

–La empecé hace más de 20 años, pero no quedé conforme. Rompí muchas partituras, la orquestación cada vez fue disminuyendo hasta quedar cuatro instrumentos. Lo quise hacer lo más austero posible. María Sabina habla mucho del violín y del salterio. Metí salterio y tengo un violín, un chelo, una flauta. Es todo. Tres cantantes del coro y las dos Marías: la niña y la vieja. Esta es la puesta musical. Queremos estrenarla en septiembre, a mediados de agosto empezamos el montaje. Voy a poner algunas grabaciones suyas cantando, su voz es nasal. Las cantantes empiezan y de repente se queda María Sabina solita. Son varias combinaciones musicales con el coro, con los instrumentos y las solistas. Estoy entusiasmada.

Esperemos que esta ópera sobre María Sabina se escuche muy pronto y resuene hasta donde el espíritu de la curandera y chamana oaxaqueña se encuentre.

Marie Pierre Colle Corcuera


A finales de los años 30, Carmen Corcuera, hija de Pedro Corcuera y Guadalupe de Mier, se casó en París con el galerista francés Pierre Colle, cosa que a don Pedro no le gustó mucho. Sin embargo, Carmen afrontó su destino al lado del hombre que amaba: Pierre Colle, quien fundó la galería que lleva su nombre. El 25 de marzo de 1939, seis meses antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, Pierre Colle montó la primera exposición de Frida Kahlo en su galería ubicada en el 164 de la rue Faubourg Saint-Honoré, en París. La propia Frida pudo viajar y asistir, apoyada en el brazo de Pierre Colle y vestida con sus largas enaguas de tehuana que escondían su pierna enferma desde la niñez. Frida causó sensación con su pelo trenzado con lanas de colores y flores, al grado de que la revista Vogue quiso fotografiarla para su portada. ¡Ese triunfo no era poca cosa! La revista nombró al estilo de Frida “la robe madame Rivera”, y todas las francesas y quienes acudían a la casa Dior quisieron vestir como la mexicana, que se dio a conocer en el mundo entero: París, Nueva York, Londres, Madrid. Diego Rivera se enceló por la fama de su mujer.

En 1947, Christian Dior abrió su primera tienda en el número 30 de la avenida Montaigne, donde más tarde nacería el célebre new look, que cambió no sólo el estilo de las parisinas, sino el de todas las mujeres del mundo que pueden comprar vestidos de alta costura, un modelo o un abrigo que todos quieren copiar. Entre ellas se distinguió la mexicana Carmen Corcuera, quien fue la primera directora de relaciones públicas de la maison Dior. Gracias a ella, las herederas mexicanas; las actrices gringas, como Rita Hayworth; las suecas como Ingrid Bergman, y las aristócratas francesas, así como las esposas de altos dignatarios y las de los embajadores de Estados Unidos y otros países ricos de América Latina, se hicieron clientes del famoso diseñador, quien solía meterse alfileres entre los labios a la hora de probar a una diva uno de sus espléndidos vestidos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Carmen Corcuera y su marido, Pierre Colle, tuvieron tres hermosas hijas: Marie Pierre, Beatriz y Silvia. Recuerdo que mis padres, Paula Amor y Jean Poniatowski, fueron padrinos de Beatriz, a quien llamaron cariñosamente Chichimeca. Estas mismas niñas fueron una gran inspiración para el pintor Balthasar Kłossowski de Rola, mejor conocido como Balthus, a quien el galerista Pierre Colle lanzó a la fama desde sus galería Pierre Colle, en París.

A solicitud de Carmen Corcuera, Balthus pintó una serie de óleos a los que llamó Las tres hermanas (Les trois s œ urs) sobre una tela muy amplia que causó sensación, no sólo en París, sino en Estados Unidos y, finalmente, en México. Pintó y volvió a pintar a tres niñas pacientes, bellas y muy creativas. En esas tres pinturas, Marie Pierre siempre aparece en el centro, luciendo al lado de sus hermanas, Beatriz y Silvia, vestidos de colores vivos de Christian Dior y comiendo chocolates Dodin, los más elegantes de la época porque tenían un relleno especialmente delicioso: el pistache.

Tengo un gran recuerdo y un infinito cariño por Marie Pierre, porque Carmen Corcuera y mi madre, Paula Amor, fueron entrañables amigas de recién casadas en París. Se conocieron en Biarritz, en la casa de Pedro Corcuera, Le Chapelet, a lado de la casa de Hélène Idaroff, mi bisabuela.

Mientras Carmen Corcuera trabajó en la maison Dior, mi madre lo hizo en Schiaparelli; recibió varias veces a Dolores del Río y en muchas ocasiones a Marlene Dietrich, cuyas medidas eran perfectas: “90, 60, 90”. Le ganaba a Dolores por unos cuatro milímetros. La que acudía con mayor frecuencia a Schiaparelli era Marlene Dietrich, porque cantaba en la noche, micrófono en mano, en un night club y tenía que pasar entre las mesas de esa “boîte de nuit” y preguntar de cliente en cliente: “dónde se habían ido todas las flores”, en recuerdo a la multitud de soldados que murieron en los campos de batalla de Francia, Inglaterra y España, y cayeron en los surcos de España y en las tierras de Europa que Hitler pretendía conquistar.

Marie Pierre Colle, la mayor de las hijas de Carmen Corcuera, siguió su ejemplo y trabajó años más tarde en la codiciada revista Vogue, en Nueva York, al lado de Diana Vreeland, la gran editora de esa publicación. Fue un mundo maravilloso para ella, una época que despertaba la sicodelia, la moda, los Beatles, la haute couture de Dior –quien fuera su padrino de Primera Comunión–, de Chanel, de Jacques Fath, Givenchy, Schiaparelli y, más tarde, el joven y muy talentoso Pierre Cardin. Alta y delgada, Marie Pierre siempre llamó la atención. Bella, inteligente y generosa, era una aparición muy poco común y muy nueva en la Ciudad de México.

Durante 20 años Marie Pierre colaboró en la redacción de grandes revistas, además de Vogue: House and Garden, Reader’s Digest, The News, entre otros. Su capacidad de relacionarse con el mundo del arte y la cultura, como había hecho su madre en París, al lado de los grandes pintores André Derain, Balthus, Giacometi, Matisse y Diego Rivera, la hizo regresar a vivir a México, a principios de los años 80. Marie Pierre causó sensación.

Fue la época en que tuve mayor relación con ella, además de invitarnos a su casa en Tepoztlán, nos buscó para ir a la Casa Corcuera, en Acapulco. Visitó mucho a mi madre, Paula Amor, y me dijo una tarde: “la siento muy sola”, pues mi padre y mi hermano Jean habían muerto. En ese tiempo, Marie Pierre asistía al taller literario en casa de Alicia Trueba, en el que los maestros éramos Vicente Quirarte, Gonzalo Celorio, Magda Solís, Hugo Hiriart (el mejor de todos, aunque llegara siempre tarde) y Raúl Ortiz y Ortiz, quien hablaba todos los idiomas de la tierra y del cielo.

Recuerdo que al principio de las clases Marie Pierre llevaba sus textos escritos en francés, y yo la regañaba por eso: “eres mexicana, te apellidas Corcuera, debes escribir en español”. Quizá fui demasiado severa con ella, porque la amistad me lo permitía. Mis padres fueron sus padrinos de bautizo en París, y quisieron mucho a su padre, Pierre Colle, galerista original y con una creatividad futurista fuera de serie, porque enalteció a México en su galería, donde exhibió por primera vez las obras de Dalí, Calder, Max Jacob, Christian Bérard, Breton y Picasso, quien pintó a Carmen y la quería mucho.

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▲ Marie Pierre Colle Corcuera en una imagen proporcionada por la articulista.

El mundo en el que Marie Pierre se movía en México fue el del arte. Viajó de Nueva York a París, donde la esperaban sus dos hermanas: Beatriz y Silvia y su hermano Jean Marie Baron, hijo del segundo matrimonio de Carmen con Charles François Baron, último gobernador de India Francesa. También Tepoztlán fue su segundo hogar, con una casa bellísima, diseñada por el arquitecto Alex von Wuthenau, padre de su gran amiga Francesca von Wuthenau de Saldívar (Cheki), quien a su vez hizo mucho por la cultura y organizó exposiciones de obras de arte y concursos de literatura además de dar seguimiento a los famosos nacimientos que impulsó Jaime Saldívar, su cuñado, y también a las posadas de Tepoztlán que hicieron historia.

En los años 60, Tepoztlán se convirtió en el South Hampton del estado de Morelos, porque ahí se reunía la “crème de la crème” de la sociedad creativa de México: pintores, escritores, escultores, orfebres, anticuarios, galeristas, los 300 y algunos más del duque de Otranto, así como Bárbara Huton, Cary Grant y Luis Barragán, restauranteros que ofrecían banquetes en El Almendro, que se hizo célebre gracias a Antonio y Cheki Saldívar, con una espléndida vista a las murallas verdes de la pirámide del Tepozteco.

Esa magia tepozteca inició a Marie Pierre escritora de magníficos libros sobre jardines y casas que mostraban la arquitectura mexicana al mundo. Las obras de Luis Barragán, quien la quiso mucho, Ricardo Legorreta, Juan Sordo Madaleno, Diego Villaseñor, Andrés Casillas, Pedro Ramírez Vázquez, Jesús Reyes Ferreira, acompañadas por el arte popular de varios estados de la República causaron sensación y abrieron la puerta a muchos artesanos antes desconocidos.

El primer libro se llamó Casa mexicana, con fotografías de Tim Street Porter, que divulgó un estilo auténtico, con color, textura, diseño, estructura que armonizaba con la naturaleza y la severidad del arte prehispánico. Muebles, decoración, salas, cocinas de paredes recubiertas de talavera, cubiertos de plata de Taxco y ventanales inmensos se difundieron en Estados Unidos y en Europa. Fue un éxito total con una edición en pasta dura con la imagen de un comedor que luce un centro de mesa rebosante de bugambilias que eran flores sin pretensiones que recubrían las bardas de Cuernavaca. Si Diego Rivera puso de moda los alcatraces, Luis Barragán y sus seguidores cubrieron la mesa con flores cortadas del jardín, 10 minutos antes de sentarse. Todos los pintores y los arquitectos de México amaron a Marie Pierre Colle Corcuera y alabaron su inteligencia y su capacidad creativa.

Durante el terremoto de 1985, en la Ciudad de México, Marie Pierre escribió uno de los textos más conmovedores: el caso de la doctora Marta Torres, quien quedó sepultada durante varios días bajo los escombros de un edificio siniestrado, y, gracias a la ayuda y solidaridad de los mexicanos, sobrevivió a la desgracia, a pesar de haber perdido las piernas.

Uno de los grandes amigos de Marie Pierre fue el fotógrafo Ignacio Urquiza, compañero inseparable en sus viajes por todo el país cargando su equipo para captar las imágenes de casas, jardines, haciendas, clubes de golf y de equitación. En uno de sus libros, Las fiestas de Diego y Frida, en colaboración con Lupe Rivera Marín, hija mayor de Diego Rivera, Ignacio fotografió cada platillo que se preparaba en la cocina de la Casa Azul, en Coyoacán: papas en salsa verde, frijoles refritos, arroz blanco con plátanos fritos, pozole rojo de Jalisco con sus cervezas bien frías. Fue tan exitoso el libro, que la entonces primera dama de Estados Unidos, Barbara Bush, solicitó varios ejemplares, lo que convirtió Marie Pierre en poseedora del título de la autora del mejor libro del año.

Otros títulos suyos fueron Casa mexicana, Casa poblana y México, casas del Pacífico, que la consagraron como la editora e investigadora que había divulgado la riqueza arquitectónica de las grandes playas mexicanas que se convirtieron en complejos habitacionales, como Careyes, fundado por Gian Franco Brignone, Diego Villaseñor, Luis Barragán, Tomás Gurza y Andrés Casillas. En esa época, ser jalisciense era ser tocado por los dioses, ya que toda la buena arquitectura provino de la perla tapatía.

Los jardines de Luis Barragán y Jesús Reyes Ferreira, Alex von Wuthenau y Mathias Goeritz, en las faldas volcánicas, quedaron impresos en el libro Paraíso mexicano, y llamaron la atención de otros editores y diseñadores de interiores con quienes Marie Pierre ya había trabajado en Nueva York. Bien podría decirse que ella divulgó la belleza de las casas mexicanas.

Amiga de grandes artistas como Fernando Botero, Rufino Tamayo, Francisco Toledo, Leonora Carrigton y Jesús Rafael Soto, mostraron su inmenso talento en el libro Artistas latinoamericanos en su estudio, propuesta editorial que sólo a una mujer como Marie Pierre pudo crear. Supo mostrar a los artistas en su jugo sin desvirtuar jamás su talento. Uno de los libros más logrados de Marie Pierre fue Recetario del cine mexicano, con prólogo de Carlos Monsiváis, que ensalza a la cocina mexicana, con tomas de películas de Emilio El Indio Fernández, Gabriel Figueroa e Ismael Rodríguez, en las que las cocineras son María Félix en Enamorada; María Elena Marqués en La Perla, en la que echaba toritillas, y Dolores del Río en la película Flor silvestre, en la que hacía quesadillas. Luis Aguilar comía las ricas tortas ahogadas en El jinete sin cabeza.

Marie Pierre nació el 23 de agosto de 1940, en París, Francia, y jamás imaginamos que habría de irse tan pronto, el 10 de septiembre de 2004, en nuestra capital. Su último libro fue Virgen de Guadalupe, en mi cuerpo como en mi alma, y nos conmovió a todos porque La Morenita aparece grabada hasta en la piel de los taxistas, tal como se la tatuó un pescador de Acapulco, a quien Marie Pierre preguntó por qué, y éste respondió: “Virgen de Guadalupe, en mi cuerpo como en mi alma”, frase con la que tituló su último libro.

El éxito de Marie Pierre fue llevado a las rejas de Chapultepec, en una exposición en la que todas las imágenes de la Guadalupana estuvieron frente a nuestros ojos y quedamos bendecidos con esa exposición en el Paseo de la Reforma. Marie Pierre Colle Corcuera nunca debió irse de este mundo, porque era una mujer fuera de serie y una artista noble y generosa.

7/18/2026

La mesa herida, de Frida Kahlo

Elena Poniatowska

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▲ La obra La mesa herida (1940), de Frida Kahlo, está desaparecida desde 1955.Foto cortesía de Miguel Gleason
Desde hace 20 años el comunicólogo Miguel Gleason, mexicano de apellido irlandés, se ha dedicado a registrar el patrimonio artístico de México que se encuentra disperso en Europa y Estados Unidos. La búsqueda y ubicación del arte prehispánico, colonial y sacro de varios siglos ha sido una proeza que nunca se había logrado y queda testimonio de ello gracias a su libro México insólito en Europa.

–Miguel, ¿cómo lograste rescatar todo el patrimonio de México en los países europeos?

–Mi libro México insólito en Europa representa varios años de investigación. Yo vivía en Francia y estuve viajando por más de 300 ciudades europeas para ir a registrar todo el patrimonio mexicano que NADIE sabía que se encontraba ahí. Antes de hacer el libro empecé a registrar las obras en devedés multimedia y el primer país fue Francia, donde yo vivía.

–¿Qué apoyos has recibido para hacer esta valiosa investigación?

–Fundé una asociación que se llama México en Francia y después me apoyó la cervecería Corona, que se interesó en hacerlo en otros países y mi siguiente proyecto fue México en Gran Bretaña para buscar todo lo mexicano: los códices en Oxford, en Londres, etcétera. Para ello también entrevisté al arquitecto Teodoro González de León porque él hizo una narración de lo que es el diseño de la “Mexican Hall” en el British Museum. Después hice el proyecto México en Italia y en el Vaticano con apoyo del entonces Conaculta y más tarde hice México en España, porque venía el Bicentenario de la Independencia. Entrevisté también a Pedro Ramírez Vázquez porque él hizo un diseño del Pabellón Mexicano en la feria de Sevilla de 1992 para conmemorar los 500 años del descubrimiento de América. Hice como 100 entrevistas. Al único que volví a entrevistar fue al arquitecto Teodoro González de León cuando inicié el proyecto México en Alemania, porque él diseñó la embajada de México en Berlín en 2000, que es espectacular.

–Tu libro México insólito en Europa, además de tener un hermoso mural huichol que se encuentra en la estación del Metro Louvre en París, tiene un prólogo del gran historiador Miguel León-Portilla.

–Conocí al doctor León-Portilla a través del músico y escritor Samuel Máynez, quien compuso las óperas de Moctezuma, Cuauhtémoc y Cuitláhuac con música de Vivaldi. Le pedí que prologara el libro y me dijo: “¿Cómo está eso de que usted tiene todo el registro del patrimonio de México en Europa? No le creo. Dígame usted, ¿dónde está el códice de Upsala?” Con mi computadora le mostré la carpeta del patrimonio de México en Suecia. Así se dio cuenta de que no era un invento y aceptó escribir el prólogo. Le gustó tanto el libro que solicitó 40 ejemplares para los miembros de El Colegio Nacional. Le estoy muy agradecido porque además se volvió un gran promotor del libro.

–¿Cuántos objetos tienes registrados?

–En los devedés tengo más de mil. Por lo demás, casi 9 mil objetos repartidos en 17 países de Europa. El libro es un resumen de lo que se consideró lo más importante. Fue el resultado de 15 años de investigación y se publicó con apoyo de un banco suizo, Credit Suisse, por la editorial Fogra.

–Miguel, ¿en qué países de Europa hay mayor patrimonio mexicano?

–He estado en más de 350 ciudades europeas y la gran mayoría de arte novohispano está en España porque hay varios pueblos que tienen un cáliz hecho por un orfebre mexicano. Muchos de esos objetos eran de españoles que llegaron a Nueva España a buscar fortuna. En agradecimiento, pedían a un orfebre un cáliz, una custodia o una pintura de la Virgen de Guadalupe y cuando volvieron a España la regalaron a la iglesia de su pueblo. Lo que quiere decir que no todo ha sido un saqueo. Sin embargo, la mayor parte del arte prehispánico se encuentra en Alemania, en el Museo Etnológico de Berlín. Por eso, la mayor parte de arte novohispano está en España.

–Es medio horrible pensar que ese arte mexicano está disperso en los museos de Europa. ¿Hay posibilidad de recuperarlo?

–Puede que sí, pero yo soy de la idea de que estas obras de arte son como embajadores culturales de México en esos museos. Por ejemplo, imagine usted si en el Louvre, en París, o en el British Museum de Londres no estuviera México representado. Yo no soy de los que dicen que todo eso se tiene que regresar al país. Considero que es bueno que nuestra cultura esté representada en los museos más importantes del mundo.

–¿Cuál es tu próximo proyecto?

–Estoy haciendo una película que tiene que ver con Frida Kahlo y su pintura llamada La mesa herida, de 1940, que es el cuadro más grande que pintó y está desaparecido.

–¿Y dónde puede encontrarse?

–Estoy buscándola todos los días. La mesa herida está incluida en el libro México insólito en Europa, pero es una réplica que se puede ver en el Museo de Arte Gehrke-Remund en Baden-Baden, Alemania. Es además el único lugar donde se pueden ver reunidas todas las obras de Frida Kahlo.

–¿Cuánto mide la pintura?

–1.22 por 2.44 metros. Entrevisté también a una especialista polaca, Karolina Zychowicz, de la Universidad de Breslavia, quien nos dijo, según la versión oficial, que la pintura se perdió en Varsovia. Ella encontró un periódico de 1955 con el título “ Współczesna Plastyka Meksyku” (arte mexicano contemporáneo), firmado por Jerzy Malina, en el que se muestra que La mesa herida fue expuesta en Cracovia, y con eso tenemos un nuevo indicio de que no se perdió en Varsovia. Puede estar en Rusia porque Frida la donó a la Unión Soviética.

–¿Entonces se sabe que Frida la donó?

–Sí, el cuadro se pintó en 1940 y desapareció en 1955. Fue parte de una exposición itinerante de arte mexicano en países del bloque soviético y se vio por última vez en la Galería Zacheta, en Varsovia, el último lugar donde se sabe con certeza que la pintura fue exhibida. Por eso estamos buscando nuevos indicios para encontrarla.

–¿Se la robaron?

–Puede ser porque después esa exposición pasó a Rumania y luego a Bulgaria. El cuadro estuvo embodegado en el edificio de la Secretaría de Relaciones Culturales con el Extranjero de la Unión Soviética entre 1947 y 1955, cuando salió rumbo a Varsovia. No queremos que la película sea sobre Frida porque hay muchas películas sobre ella, sino que sea directamente sobre La mesa herida.

–¿Quiénes te han dado su testimonio?

–Entrevisté al bisnieto de Diego Rivera, Diego María Alvarado Rivera, y a un descendiente de Frida Kahlo, Guillermo Kahlo, que es fotógrafo. Estamos reuniendo muchos testimonios sobre Frida. Voy a entrevistar también a la escritora española Laura Martínez-Belli, que escribió una novela que se llama La mesa herida (editorial Planeta) y trata precisamente de la desaparición de esta pintura y que ha sido traducida a varios idiomas, incluso al polaco. La gran mayoría de las personas que hemos entrevistado no conocieron a Frida. Solamente la investigadora Martha Zamora, que la conoció de niña. Lamentablemente las especialistas Raquel Tibol y Teresa del Conde ya fallecieron.

–¿Éste es tu primer proyecto cinematográfico?

–No. El primer documental que hice fue Travesía de la obsesión: Expedición al Himalaya, en la que participaron mil 717 mexicanos que escalaron el Himalaya y con el que gané el Ariel al mejor documental (1992). Recientemente hice la película El reencuentro: 500 años Moctezuma y Cortés, en la que logré que se reunieran en un abrazo el descendiente de Hernán Cortés con el de Moctezuma. Creo que a México le falta hacer a un lado lo malo del pasado y ver hacia el futuro. En la película se logra que el descendiente de Cortés le pida perdón al de Moctezuma.

–¿Quién es el descendiente de Hernán Cortés?

–Ascanio Pignatelli Aragona Cortés. Es italiano porque una sobrina nieta de Hernán Cortés terminó casándose con un noble italiano. Por el lado de Moctezuma hay muchos descendientes españoles y me enteré que, probados, hay al menos 200 de Moctezuma aquí en México. Algunos se fueron a España y les guardaron sus títulos nobiliarios. Con esta película ganamos 20 premios internacionales y lo que me da mucho orgullo es que, gracias a mi película, el descendiente de Hernán Cortés donó a México un retrato de su ancestro del siglo XVII, que fue recibido por el Museo Nacional de Historia.

Figuras olmecas, teotihuacanas, códices, vírgenes de Guadalupe en arte plumario, pintura y plata, cristos de marfil y de pasta de maíz, textiles, máscaras, exvotos, esculturas, bocetos, documentos y otras piezas son nuestro patrimonio artístico en diversos museo de Europa: Museo Nacional Marítimo de Greenwich en Inglaterra; Übersee Museum Bremen, Alemania; Castillo de Miramar en Trieste y el Museo del Paisaje Verbania en Italia; Museo del Chocolate, Biarritz; la estación del Metro Louvre-Palais Royal, Francia; la Galería degli Uffizi en Florencia; Museos del Vaticano, Museo Rautenstrauch Joest de Colonia, Alemania, y muchos más.

Gracias a la labor de Miguel Gleason, como escribió Miguel León-Portilla: “Muchas formas de servicio a México ha realizado así Miguel Gleason. Si a fines del siglo XIX y a principios del XX otro distinguido mexicano, Francisco del Paso y Troncoso, emprendió también recorridos por varios países europeos para fotografiar documentos y algunos códices en beneficio de quienes los estudian, ahora este otro investigador, Miguel Gleason, hace posible, sin tener que emprender largos viajes, conocer mucho de lo que en Europa constituye testimonio y muestra cultural de México”.

7/12/2026

Elma Correa: premio Biblioteca Breve 2026



El pasado febrero, la escritora Elma Correa recibió el Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2026 por su novela Donde termina el verano. La portada representa una mujer vestida de rojo que abre los brazos hacia el infinito, hacia la esperanza.

–Elma, ¿en qué momento se inicia tu vida de escritora?

–Estudié literatura en la Universidad Autónoma de Baja California y entré a la Facultad de Humanidades. Mi carrera se llama lengua y literatura de hispanoamérica. Después hice una maestría en estudios socioculturales en Mexicali; luego, un doctorado en sociología y mi tema fue: sociedad, espacio y poder, también en Mexicali.

–¿Cuáles fueron tus primeros libros publicados?

–Tengo cinco de cuento, dos publicados en Nitro Press, uno por la Benemérita Universidad de Puebla, en la colección Contemporáneas, conformada por puras escritoras jóvenes, y vivas, que coordina Liliana Pedrosa, quien es narradora e investigadora especialista en cuento en México. También tengo Mentiras que no te conté, con ese gané el Premio Juan José Arreola y lo publicó la Universidad de Guadalajara. Con mi obra Lo simple gané el premio Amparo Dávila.

–Las tres veces que has aplicado a un premio lo has ganado, ¡qué maravilla! ¿De dónde crees que proviene esa fuerza?

–Somos cuatro hermanas y mi madre nos inculcó la lectura. Mi mamá es enfermera jubilada y madre fundadora de la Facultad de Enfermería de la Universidad Autónoma de Baja California. Se dedicó siempre a enseñar y a ejercer su profesión. Cuando yo era muy chiquita, mi mamá me leía antes de dormir; eso fue importante para mí. Me emocionaba mucho ese momento; entonces, yo quería leer también. Cuando uno es lector, en algún momento decide que quiere decir cosas y quiere escribirlas. Creo que mi vocación proviene de ahí.

–¿Y tu papá?

–No, mi papá no está en el panorama, ya murió. Siempre fuimos mi mamá, mis hermanas y yo, puras mujeres, puras “morras”, como decimos allá.

–Como Mujercitas, de Louisa May Alcott.

–Sí, yo siempre creí que yo era como Joe cuando estaba chiquita. Era la que me caía bien, la más aventada. Nunca me identifiqué con la que nada más se quería casar.

–¿Tu novela Donde termina el verano se desarrolla en México?

–La historia sucede en un barrio de Mexicali, pegadito a la línea internacional, en los años 90. En ese tiempo había programas sociales herederos de Solidaridad, del PRI. Uno de esos programas consistía en dar atención médica casa por casa. Brigadas de médicos y de enfermeras andaban en los barrios pobres dando consultas, vacunas, curaciones, y cuando podían repartían métodos anticonceptivos. Mi madre es enfermera jubilada, y durante un tiempo participó en estas campañas; entonces era normal ver a médicos y enfermeras visitar las casas de la gente más pobre. También había grupos religiosos estadunidenses buscando adeptos para sus iglesias. Era un periodo de pánico social por el robo de niños en la periferia de la ciudad. Se decía que los narcosatánicos se los llevaban para algún sacrificio o que también eran víctimas de las redes de trata. Ese es el contexto de la novela.

–Elma, ¿qué es la violencia estructural?

–La pobreza misma del barrio, los niños desaparecidos, el machismo, la misoginia. A mí me importaba hablar de los lazos que se crean en la comunidad: de las personas que se ayudan las unas a las otras, de la esperanza y de cómo sobrevivir a ese contexto violento.

“Las protagonistas de la novela son unas niñas que viven en un barrio en el que están pasando todas esas cosas. Hay enfermeras, predicadores estadunidenses, gente asustada porque desaparecen niños. En ese universo, una de las amiguitas es migrante de Sinaloa. Hay personas de diferentes lugares del país y la frontera es una zona multicultural. La otra es de Mexicali, deportista, hace salto de longitud, es la gloria del barrio, porque cuando gana los torneos municipales, los vecinos la festejan.

–¿Por qué fue importante para ti la estación del verano en tu novela?

–Mi novela se inicia en el verano en el que las amigas terminan la primaria y van a pasar a la secundaria. Ellas se llaman Elisa y Aime, quienes a su vez “malmodean” a una tercera niña, Rosario, la más pobre; es decir, la maltratan. ¡Perdón por mis palabras norteñas!

Elma sonríe, mezcla inglés con español. Es una mujer que se asume norteña fronteriza y por eso usa según ella esas “palabrejas”.

–¿Como estructuraste tu novela?

–La novela tiene una estructura peculiar. Son ocho capítulos largos, cada uno está en un tiempo y época diferente: años 90, la década de 2010, por ejemplo. Cada capítulo tiene una perspectiva distinta del suceso trágico que viven las protagonistas.

–Como lectores, ¿qué podemos esperar de Donde termina el verano?

–Hay sucesos de violencia, de maltrato, de olvido, de marginación, hay sueños frustrados, hablo un poco del conformismo, del maltrato, pero de una forma tan cotidiana que nos parece normal, lo que pasa en el día a día, pero también es una novela de supervivencia.

–¿Hablas mucho del dolor?

–Quiero explorar las complejidades de la amistad, de las relaciones humanas, la culpa, pero también cómo la comunidad hace un frente común en contextos hostiles para salir adelante.

–¿Consideras que tu novela es autobiográfica?

–No. Todo es ficción. El escenario sí está basado en el barrio en el que crecí: un barrio bravo de Mexicali. Nada de lo que dice la novela me pasó a mí, ni a nadie que yo conozca, pero no significa que no le pase a alguien más.

–¿Qué significó que tu novela ganara el premio Biblioteca Breve 2026 de la editorial Seix Barral?

–Es una locura, es una emoción muy grande. No tengo nada más que agradecimiento para el jurado y para todos los involucrados. Creo que es un incentivo para continuar escribiendo, para ver que no está uno tan errado. Esa es la sensación cuando pasa esto. Yo tenía la necesidad de contar la historia y nunca la escribí pensando en ganar nada. El Premio Biblioteca Breve es una especie de empujón para seguir escribiendo.

–¿Qué más esperas de esta novela, Elma?

–La agencia literaria que me acompaña en este camino es Gaeb & Eggers Literary Agency, y me ayuda a que mis libros lleguen más lejos. Donde termina el verano será traducida al finlandés, alemán, francés, italiano y holandés, pero es gracias a la agencia, incluso el mismo premio, porque a mí no se me hubiera ocurrido meterla a concurso jamás. La agencia tuvo la visión de mandarla al Premio Biblioteca Breve, en España. El acto de entrega se retrasó un día entero porque nos tocó un vendaval en Barcelona. Hubo unas ráfagas de vientos fortísimas que derribaron árboles, anuncios espectaculares.

–Tú causaste ese clima, Elma.

–Llevamos un vendaval norteño desde Mexicali para Barcelona. Estaba muy emocionada, Elena, creo que tal vez soy la única que ha llorado en la premiación, ¡qué vergüenza! Mi hijo Saúl fue conmigo. Ya está señor, lo tuve muy chiquitita.

–¿Estás escribiendo otro libro?

–Sí, ya estoy trabajando en otra cosa. Soy monotemática, me interesa mucho la amistad entre mujeres, las relaciones que hacemos en un mundo que nos es muy hostil. Creo que la amistad entre mujeres es un refugio, apoyarnos entre nosotras siempre es una manera de sobrevivir.

6/28/2026

El derecho a morir

Elena Poniatowska

La muerte es un tema sensible que nos toca a todos. La asociación civil Libertad para Morir está impulsando una iniciativa para la Ciudad de México que busca la legalización de la asistencia médica para morir: la eutanasia, con el fin de que una persona que ha llegado a la conclusión de que prefiere morir a seguir con el sufrimiento de una grave enfermedad pueda recibir ayuda para morir con dignidad.

La presidenta de la asociación, Asunción Álvarez, sicóloga e investigadora del Departamento de Siquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, y la antropóloga Ana Luisa Liguori, miembro del consejo asesor de la misma, impulsan esta iniciativa que busca recolectar 20 mil firmas de ciudadanos (25 por ciento del padrón electoral) para que su propuesta se discuta de manera obligada en el Congreso de la Ciudad de México.

–Pueden firmar quienes tengan su INE de la Ciudad de México. Es sencillo, pero deben tener la aplicación móvil Apoyo Ciudadano de dicho instituto y seguir las instrucciones.

–¿Y cuántas firmas han logrado conseguir?

–Nos faltan muchas, tenemos poco tiempo juntándolas, calculo que son mil 500. Si una persona que está a favor de esta iniciativa invita a otra a firmar, podemos llegar a la meta de 20 mil firmas. También es importante difundir esta propuesta para que la gente esté informada y participe.

–¿Qué significa esta iniciativa?

–Que podamos tener libertad hasta el último momento de nuestra vida para decir: “ya no quiero vivir, pero quiero morir bien y con la gente que yo quiera que me acompañe y que el médico que me ayude no corra ningún riesgo”.

“La mayoría de la gente muere en un contexto de atención médica en el que primero se cura (si esto es posible), pero puede llegar un momento en que, a pesar de toda la ayuda, el enfermo diga: ‘yo no quiero seguir viviendo así’. Si se aprueba esta iniciativa, a lo mejor no llegamos a usarla, pero necesitamos que exista.”

En su libro La eutanasia, en coautoría con Arnoldo Kraus, publicado en 1998, Asunción Álvarez señala: “Hablar de eutanasia es intrincado: significa pasar de la vida a la muerte a solicitud del enfermo y con la participación directa del médico. Implica fundir deseos en decisiones nada comunes: permitir o producir la muerte como último recurso médico”.

–¿Los médicos pueden negarse a ayudarle a un paciente a morir?

–Respetamos la autonomía de las personas, la libertad hasta el final, también la de los médicos. Los médicos no están obligados a aplicar la eutanasia, pueden negarse, se respeta la objeción de conciencia. Todas las instituciones tendrían que asegurarse que habrá médicos que brinden esta ayuda cuando la soliciten los pacientes que cumplan los criterios legales establecidos en la iniciativa que impulsamos.

–¿Se puede lograr en México una ley que avale a la eutanasia?

–Hemos avanzado en lo que se puede elegir para tener un mejor final de vida. Podemos rechazar tratamientos porque sentimos que prolongan una vida que ya no queremos o porque no queremos sus efectos secundarios. Ése es un avance. Podemos y debemos recibir cuidados paliativos, una atención integral para tener la mejor calidad de vida posible en la enfermedad. Todavía no contamos con el desarrollo que se necesita para los cuidados paliativos y mucha gente no tiene acceso a éstos. Hay ciertos sufrimientos que los cuidados paliativos no pueden aliviar, tanto físicos como emocionales o existenciales.

–Pero, doctora, ¿el sufrimiento no es subjetivo?

–Claro, sólo el enfermo puede definirlo. Debemos considerar que puede haber condiciones de vida en las que la persona diga: “para mí ya es una vida indigna de vivir”. Buscamos que el paciente pueda expresar ese deseo y se respete, es decir, que ejerza su libertad. Estamos convencidos de que decidir cómo y cuándo morir también es parte de la vida.

–¿Y si uno se arrepiente en el último momento?

–La persona puede cambiar de opinión. Por ejemplo, ya decidimos que queremos una muerte médicamente asistida, tenemos todo listo y al último momento decidimos que siempre no, se respeta esa decisión. Lo contrario es el problema, cuando sí quieres morir, pero no te lo permiten.

–Pero, ¿cómo saben que la gente en general está a favor de una ley así?

–La asociación por el Derecho a Morir con Dignidad (DMD) hizo dos encuestas nacionales, una en 2016 y otra en 2022. Los resultados son estadísticamente válidos. Muestran que más de 70 por ciento de los encuestados en la Ciudad de México están de acuerdo con tener derecho a recibir ayuda para morir. Con base en esas encuestas, tenemos pruebas claras de que los mexicanos y las mexicanas sí quieren tener esa opción.

“Cuando ya tiene la autorización a fin de recibir la ayuda para morir, esa persona será quien establezca cuándo quiere morir. La experiencia en otros países muestra que hay hombres y mujeres que gracias a eso viven con una paz y una tranquilidad que les hace disfrutar lo que les queda de vida; unos incluso ya no llegan a utilizar la ayuda porque se sienten muy seguros de tener ese control. Cada individuo decide por sí mismo.

–¿En todo el país? ¿En todas las clases sociales?

–La iniciativa es para la Ciudad de México únicamente. La idea es tener suficientes votos para que entre al Congreso local y ya después avance en otros estados.

–¿Por qué empezar en la Ciudad de México?

–Porque es la ciudad más progresista del país. Pedro Morales, de Libertad para Morir, un extraordinario abogado con gran pericia técnica, ha fundamentado jurídicamente la iniciativa. Además, en 2017, cuando se constituyó la Ciudad de México, entre las garantías de los ciudadanos se encuentra el derecho a una vida digna que incluye o implica una muerte digna. Lo que nos falta es contar con una ley de asistencia médica que respalde este derecho. Creo que todos, si somos honestos, conocemos personas que han vivido la tragedia de vivir más allá de lo que les resulta aceptable. Creemos en la autonomía. Debe ser la persona la que decida “hasta aquí llegué” y no tener que recurrir a un suicidio que resulte violento o hasta sale mal. Estamos convencidas de que la eutanasia es un derecho humano. Es importante reducarnos en el tema de la muerte. Es nuestra responsabilidad redactar y declarar nuestra voluntad anticipada para que, en caso de que lleguemos a una situación en que no podamos ya participar, las personas que nos cuiden tengan muy claro lo que queremos. El tema de la muerte propia se tiene que fomentar, incluso entre los jóvenes. La encuesta proporcionó estadísticas válidas, se hizo por grupos de edad y curiosamente los jóvenes son quienes más apoyan la ayuda para morir a diferencia de las personas mayores de 60 años.

“Elena, nos falta hablar más de la muerte. Hablar de qué queremos y qué no queremos al final de nuestra vida es indispensable. La muerte digna no debe ser un tabú. Gustavo Ortiz, del Colegio de Bioética, publicó un artículo sobre nuestra responsabilidad ante la propia muerte y son alarmantes los datos: un porcentaje bajísimo de personas en México hace testamento y ni hablar de una voluntad anticipada. Los seres humanos tenemos derecho a una vida digna y, por lo tanto, a una muerte digna también.

“Tenemos hasta julio para que las personas a favor de la iniciativa nos apoyen con su firma. Para hacerlo, necesitan bajar a su celular la aplicación Apoyo Ciudadano del INE. En la página libertadparamorir.com.mx encontrarán las indicaciones para consultar la iniciativa. Esperamos que quienes estén convencidos de que es bueno que la eutanasia se discuta en el Congreso local, le dediquen unos minutos de su tiempo y la firmen.”

5/23/2026

Periodista y disidente: la crítica de Elena Poniatowska al poder

 

Poniatowska celebra una prolífica carrera donde a través de diversos géneros como la entrevista o la crónica logró narrar y legar un acervo histórico de los hechos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en México, pero su biografía no se podrá escribir sin recordar su confrontación y crítica al poder.

Su pluma ha sido fundamental para narrar en clave de mujeres en una época donde pocas se atrevían. A lo largo de su carrera, Poniatowska ha combinado literatura y periodismo con esa perspectiva social y feminista, por ejemplo retrató a Tina Modotti, Leonora Carrington y Jesusa Palancares, es decir, dio espacio a experiencias de mujeres frecuentemente invisibilizadas.

Hoy Poniatowska cumple 94 años y más de medio siglo de trayectoria periodística, la mexicana nacida en París se le recordará sin duda por su carrera la cual inició en el periódico Excélsior desde donde pudo desarrollar ese periodismo cercano a los movimientos sociales.

No perdamos de vista que ella se abrió paso entre redacciones periodísticas atiborradas de hombres a donde llevó testimonios de mujeres, estudiantes, indígenas y defensoras a quienes narraba lejos de esquemas oficialistas de la época.

Desde ese momento se le conoció por narrativa y ese tejido fino entre literatura y periodismo. Ella privilegió los testimonios de sobrevivientes y testigos de los hechos, lo que le permitió transformar el género y volverse un referente.

Además de su prolífica carrera como escritora y periodista su presencia en la esfera pública y política de México ha sido trascendental, fue una pieza clave para el arribo de la izquierda al poder. Ella lo hizo al sumarse como simpatizante del movimiento del ex presidente Andrés Manuel López Obrador, a quien se unió y le agregó seguidores del ámbito cultural.

No obstante, Elenita, como le llamaba cariñosamente López Obrador , tuvo el arrojo de lanzar sendas críticas a su administración por «olvidarse de la cultura» y pensar que había traicionado las causas que les enlazaban.

Así lo manifestó durante su participación en la Feria Internacional del Libro de Monterrey del 2022 cuando impartía el conversatorio «Escribir a los 90».

Esa no fue la única vez que Elena Poniatowska criticó a la presidencia obradorista. Durante un evento ocurrido en el 2025, en el senado de la República, donde se le haría un homenaje a su trayectoria al poner su nombre a una de las salas del recinto, la periodista tuvo acercamiento con las y los compañeros de la prensa quienes cubrían el evento y transmitió de nueva cuenta una crítica más al obradorato:

«López Obrador tuvo siempre la costumbre de tomar la palabra y a veces hubiera sido bueno que se oyeran las voces de las mujeres, incluso de los niños y de muchos mexicanos que tienen cosas que decir y que no hemos podido oír”, expresó.

Además fue crítica con la decisión de militarizar las labores de seguridad en el país por parte del presidente Andrés Manuel López Obrador, de quien fuera simpatizante desde el 2006, pero esto no le impidió emitir estas críticas y recordarle la falta de diálogo en sus conferencias matutinas.

Recordemos que el movimiento de izquierdas en México considera el movimiento del 68 como un punto de quiebre el cual marcó a toda una generación, luego que el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, de Tlatelolco en la Ciudad de México, militares y grupos de choque reprimieran a estudiantes y civiles manifestantes provocando una matanza que aún se recuerda.

Aquella generación que vivió esos hechos rompieron con el esquema de partido y democracia establecida. Las y los jóvenes de esa época rompieron con la imposición de «el milagro mexicano» y comenzaron a amalgamar un movimiento de izquierdas a partir de la conciencia colectiva que les había dado esa experiencia.

Poniatowska documentó los hechos de aquel 2 de octubre, en su libro La noche de Tlatelolco, lo logró con su práctica periodística a ras de suelo mediante entrevistas a sobrevivientes y familiares, por lo que esta formación que ella vivió, le impidió entender la decisión del ex presidente López Obrador de militarizar el país cuando llegó a la presidencia.

Esa militarización está ligada con la creación de la Guardia Nacional (GN) en 2019 por parte del ex presidente Andrés Manuel López Obrador. Pese a su carácter militar, esta institución estaba ligada a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) y nació con la tarea de intervenir en la de seguridad pública de México.

Ahora, la Guardia Nacional pasó a formar parte de la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA), un organismo del que también dependen el Ejército y la Fuerza Aérea Mexicanos.

Otro momento crucial para los movimientos de las mujeres ha sido la confesión por parte de Poniatowska a sus 88 años, cuando declaró haber vivido violencia sexual en su juventud por parte del también escritor Juan José Arreola, considerado de los máximos exponentes de la literatura latinoamericana.

Declaró que ella tenía 22 años, era una joven entusiasmada con «el maestro». Una revelación que sacudió no solo al ámbito artístico y cultural, sino a nutrió a los movimientos de mujeres que estaban en auge en el mundo y quienes recurrían al ámbito digital para denunciar violencias de género vividas en distintos ámbitos, lugares y tiempos, pero que nunca que lograron exponer, denunciar o evidenciar para obtener justicia.

A Elena Poniatowska se le conocerá por ser periodista, cronista, precursora y disidente.

Sus premios

Es fundadora de publicaciones como La Jornada, El Día, Novedades, El Financiero, The News y El Nacional. Escribió en varios suplementos y revistas, como México en la Cultura, Siempre, Nexos, Vuelta, Proceso, Fem, entre otros.

Los premios y reconocimientos que ha recibido en su carrera son múltiples. Es doctora Honoris Causa por la Universidad de Sinaloa, la Universidad Autónoma del Estado de México, la Universidad Autónoma de Puebla, la New School of Social Research, en Nueva York, y la Florida Atlantic University.

En 1979 recibió el Premio Nacional de Periodismo; en 1997, la medalla “Gabriela Mistral” y el Premio Iberoamericano de Narrativa Proartes.

De igual forma, pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte en la categoría de Creador Emérito. Fue jurado en varios premios a nivel nacional, así como en el “Neustadt International Prize for Literature Norman”, en Oklahoma, y recibió el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos” en Caracas, Venezuela; entre otros reconocimientos.

5/09/2026

Rosario Castellanos

Elena Poniatowska

Si a Rosario la canonizara el Vaticano en Roma, nadie se sorprendería, porque en México ya le hemos levantado más monumentos que aquel camino de la cruz que nos lleva directamente a la Basílica de Guadalupe. Rosario es ahora la catedral de la literatura mexicana y nos prosternamos ante ella para comulgar con su Oficio de tinieblas, su Poesía no eres tú, su Balún Canán.

Rosario Castellanos nunca imaginó la repercusión que tendría su obra, nunca pensó que sus palabras resonarían en la vida privada de muchas mujeres, que su vida personal y cotidiana atraería los ojos de muchos lectores y suscitaría una pasión que la acercarían a las mujeres del siglo XX y XXI y a la eternidad. Nacida el 25 de mayo de 1925, se cumplirán 101 años de su nacimiento y no sólo Comitán, Chiapas, lo celebra, sino toda la República Mexicana, así como las universidades estadunidenses en las que ella fue profesora y dejó una huella imborrable. Rosario es hoy por hoy hasta una universidad a cuyas aulas acuden estudiantes de varias carreras y en las que vuelan sus palabras como palomas mensajeras que llevan su nombre en el pico, así como hace la librería del Fondo de Cultura Económica, en la colonia Condesa, nos la hace más familiar que el 10 de mayo, Día de las Madres y la recordamos en cada momento y con cualquier pretexto. Pocas mujeres han sido tan reconocidas como esta chiapaneca que trató a sus lectores como cómplices y los hizo participantes de su propia vida y sus pequeños desastres y sus sorprendentes alegrías.

Entrevisté a Rosario Castellanos en varias ocasiones, y cada vez que la llamaba me respondía con su voz de campanita en el bosque: “Sí, claro, vente inmediatamente”. Era un gusto ir a su casa, en la avenida Constituyentes, porque vivía frente al bosque de Chapultepec, en una sección a un ladito de Los Pinos, aunque confesaba que casi nunca salió a caminar bajo los árboles. Rosario tenía unos tobillos muy frágiles y unas manos delgadas como de las Niñas Modelo de la Condesa de Segur. Escribía en una habitación pegada al cielo, en la calle de Constituyentes, y de su estado nativo, Chiapas, trajo un arpa que esperaba solitaria en un rincón, pero más solitaria se sentía la autora de El eterno femenino.

Rosario tuvo el don de volvernos sus aliados, sus feroces y airados defensores, y convirtió sus letras en un timbre postal. Varios fotógrafos la retrataron: Rogelio Cuéllar, Héctor García, Ricardo Salazar, los hermanos Mayo, quienes, captaron su mirada grave y comprometida y la sonrisa de una mujer que murió a los 49 años, lejos de México, cumpliendo una misión en Israel.

Embajadora de México en Israel, se dio a querer por Golda Meier, la gran estadista. Contemporánea de Jaime Sabines, quien escribió un poema con mucho coraje por su muerte; Dolores Castro; Guadalupe Dueñas; María del Carmen Millán; Raoul Ortiz y Ortiz, y Nahum Megged fueron sus amigos y colegas, así como Samuel Gordon, Carlos Montemayor y Óscar Oliva, (chiapaneco como ella) sus cómplices. Pero a nadie quiso tanto Rosario como a sus alumnos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Y no se diga a todos los que antes caminaban en medio de la calle mientras ella lo hacía con su nana o con sus padres sobre la banqueta en Comitán, Chiapas, cuando a los indios los obligaban a caminar lo más lejos posibles de los grandes hacendados.

A Rosario todos la queríamos, pero no supimos protegerla de sí misma.

En 1977, su obra Balún Canán fue llevada al cine por el director Benito Alazraki, protagonizada por Saby Kamalich, Tito Junco y Pilar Pellicer, y en ella aprecia la hacienda de Chiapas en la que vivió su primera infancia. Balún Canán, que en maya significa “nueve estrellas” o “nueve guardianes”, como dicen los tsotsiles.

En su obra, Rosario nos habla del mundo de los caxlanes, que son los extranjeros que explotan a los indígenas, y también los coletos, que son hacendados dueños de plantaciones cultivadas por indios ladinos esclavizados.

Rosario es la protagonista de toda su obra, tanto la poética como la novelística, la cuentística y hasta la periodística. Escribe desde dentro y a partir de sí misma. La niña Cecilia es testigo y parte de ese mundo estratificado y discriminatorio, y se culpabiliza del sufrimiento de hombres y mujeres: tseltales, chamulas, tsotsiles, que sirven en la hacienda de su padre (quien en la vida real se llamó César Castellanos).

La angustia de Rosario no se limitó a las diferencias entre ricos y pobres, indígenas y coletos, llegó más lejos y caló más hondo porque caló hasta la médula.

También a su vida personal, a su vida amorosa la invadió la angustia y como era inteligente y crítica nos hizo participes de ella y nos convirtió en su cómplice.

“Todas las noches lo sueño, pero es siempre la misma cosa angustiosa; de saber que usted está en alguna parte, de ir a buscarlo y de caminar y caminar y no alcanzarlo nunca”. Estas palabras las escribía Rosario a Ricardo Guerra, padre de su único hijo, Gabriel Guerra, a quien dedicó su última colaboración en el periódico Excélsior con el título “Recado para Gabriel”.

Recuerdo la boda de Rosario y Ricardo Guerra en enero de 1958. Y como la describió María Luisa, La China Mendoza en su columna La O por lo Redondo al bajar la escalera de su casa, toda vestida de blanco, con un velo que se arrastraba por el piso de la sala, toda inmaculada, “toda pulcra, toda llena de gracia”.

Si Rosario Castellanos viviera, tendría 101 años, una edad imposible de alcanzar, pero seguramente habría llegado a una serenidad que da la reflexión y el estudio, porque además de su creatividad, Rosario fue una extraordinaria maestra, un ser humano fuera de serie. Rosario habría escrito otros oficios de tinieblas, otros Balún Canan, otros Poesía no eres tú, y sabríamos más de los coletos y caxlanes de Ciudad Real ; podríamos sumergirnos en ese mar lleno de pescaditos que tanto nos fascinó, que es el de sus cuentos y su obra feminista. ¡Ay, Rosario, por qué te fuiste! Todos los que te quisimos te lloramos. Tantas mujeres de ayer y hoy te siguen leyendo, tantas académicas escogen estudiarte en universidades, y una de ellas lleva hoy tu nombre, Rosario Castellanos, y sigues presente en la vida de México y en la de las universidades de Estados Unidos en las que enseñaste, y en la de la política mexicana que supiste impactar, porque todos, senadores y diputados, quisieron escuchar tu palabra y seguirla, porque finalmente poesía eres tú y la poesía, finalmente, es la que nos salva a los que nos estamos ahogando.

5/03/2026

Gabriel Figueroa


Foto
▲ Fotograma de la cinta Enemigos, de Chano Urueta, realizada en 1933.Foto de Gabriel Figueroa
Gabriel Figueroa, el fotógrafo del cielo mexicano que deslumbró a Europa, nació el 24 de abril de 1907 y murió el 27 de abril de 1997 a la edad de 90 años. Para México, fue el artista que atrapó el “ciel du Mexique” para dárselo no sólo a los mexicanos en una postal, sino a todos los que asistían al Festival de Cannes, en Francia, y soñaban con recibir la Palma de Oro.

A los 13 años se inició como fotógrafo de estudio, haciendo retratos a la antigua, en una azotea con sábanas blancas, hasta que conoció a Alex Phillips, quien trajo las primeras lámparas eléctricas para hacer fotografía, y así, se hizo la luz.

Nunca en la historia del mundo se admiraron los cielos de México de manera tan pura y luminosa. Gabriel se adueñó del cielo como antes había hecho el ruso Sergei Eisenstein, amante del tequila, quien filmó nubes libres y danzantes con el deseo de filmar la película Viva México, que tardaría años en hacerse.

Figueroa habría de iniciar su carrera cinematográfica como still man a partir de 1932 con las películas Revolución; Almas encontradas; La noche del pecado; La mujer del puerto, que personificó y que hizo célebre a Andrea Palma y a la canción Vendo placer, de Manuel Esperón; Chucho el roto, para después aparecer, en 1935, como operador al lado del fotógrafo Jack Draper en Vámonos con Pancho Villa, de Fernando de Fuentes, quien después le pidió fotografiar la cinta Allá en el rancho grande, que se estrenó en 1936 y, más tarde se alió a Chano Urueta para hacer La noche de los mayas, con el rostro de la actriz Stella Inda.

A partir de ese momento, el cine nacional no pudo apartar sus luces ni sus sombras de la mirada de Gabriel Figueroa, quien inició la Época de Oro del cine mexicano. Los rostros más bellos, más feroces, los besos más apasionados, las lágrimas más convincentes, los maizales dorados bajo el sol que pasaron a la pantalla grande en Ay qué tiempos, señor don Simón, con la redondez de Joaquín Pardavé y la coquetería de Mapy Cortés; Historia de un gran amor, con los besos de Gloria Marín y Jorge Negrete en Guanajuato, que es en sí mismo un escenario; María Candelaria, y Flor Silvestre, con los pómulos altos e irrepetibles de Dolores del Río y Pedro Armendáriz sobre una chalupa en los todavía no contaminados canales de Xochimilco. Enamorada y Río escondido, con dirección de Emilio El Indio Fernández, quien hizo el prodigio de levantar segundo a segundo los párpados de María Félix al escuchar Malagueña, y Maclovia, con la isla de Janitzio iluminada con antorchas en la celebración del Día de Muertos.

En su casa, en la calle de Zamora, en Coyoacán lo visité varias veces. Tenía que atravesar extensiones de pasto verde para llegar hasta un búngalo en el que recibía a sus amigos, como Luis Buñuel, con quién filmó Nazarín, al lado de las actrices Marga López (que siempre me daba flojera) y Rita Macedo (a quien estimé mucho), o El ángel exterminador, con Silvia Pinal (de barba y bigote). Sus contemporáneos iban a verlo, pero rehuían a El Indio Fernández, a quien podía vérsele como huerfanito sentado en una banca desolada en la entrada de los estudios Churubusco: “Miren ustedes nada más, aquella sombra solitaria que nomás espera, dado a la cachetada, es El Indio Fernández”.

Gabriel Figueroa también llevó a la “pantalla de plata” grandes obras de la literatura: Macario y La rosa blanca, de B. Traven, protagonizadas por Ignacio López Tarso, actor deslumbrante que murió en la Villa de Guadalupe muy solo, y Bajo el volcán, de Malcom Lowry, quien eternizó una cantina de Cuernavaca sólo para hombres.

En la tesis de la universidad Iberoamericana Tres momentos de la enseñanza del cine en México, de Javier Castanedo Cervantes, se encuentra una entrevista a Gabriel Figueroa, quien menciona que dio voluntariamente clases al Sindicato de Trabajadores Técnicos y Manuales (...), “donde me convencí después de mucho tiempo de que yo no nací para ser buen maestro; yo puedo explicar una cosa bien, conferencias, y eso he dado mucho, pero ser maestro de diario o de tres veces por semana, a ir a dar cátedra, para mí es muy difícil, imposible”. Sin embargo, en 1945, junto con Jorge Negrete y Mario Moreno Cantinflas, fundaron el Sindicato de la Producción Cinematográfica, donde ejerció el cargo de secretario general de técnicos y manuales. Así surgió una escuela para la enseñanza del cine en México, ubicada en la calle de Dinamarca, en la colonia Juárez. Invitó a Celestino Gorostiza para ser director de la institución, además de enseñar teatro. Adolfo López Mateos, quien fue su primo y más tarde presidente de México, colaboró como abogado sindical. Las clases de dicción las daba Mauricio Magdaleno, Juan Bustillo Oro, Rafael Muñoz y Ernesto Alonso (el Señor Telenovela), quienes crearon una forma de hablar en el cine. Matilde Landeta, la primera mujer directora de películas en México, daba clases de script girl, y Manuel Álvarez Bravo, los cursos de fotografía. A partir de 1951, aquella escuela pasó a ser el actual Centro de Arte Escénico del Instituto Andrés Soler.

Más tarde, por iniciativa de Jorge Negrete, Gabriel Figueroa creó la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas, con las bases de Hollywood, a la que pertenecieron Carlos Pellicer, Celestino Gorostiza y Xavier Villaurrutia, “para que los artistas sólo recibieran el premio Ariel de la Academia”, como dispuso Jorge Negrete.

A principios de los años 80, Gabriel Figueroa me citó varias veces en su casa, en la calle de Zamora, para hacer el guion de una película sobre Tina Modotti. Desafortunadamente, al poco tiempo, bajo la dirección de la “albóndiga de porcelana”, como le decían a Margarita López Portillo, la Cineteca Nacional se achicharró y se perdieron materiales invaluables.

De ese guion que no se logró nació la novela Tinísima, que me llevó a viajar a Italia con Vitorio Vidali, su último amante.

Las últimas veces que coincidí con Gabriel Figueroa y su esposa, Antonieta Flores y Castro, fue en el teatro El Hábito, en Coyoacán, porque sus dos hijas fueron muy amigas de Jesusa Rodríguez.

Don Gabriel fue una de las figuras más longevas del cine nacional, aguantó a El Indio Fernández y las envidias venenosas entre Dolores del Río y María Félix, a las que reunió en la película La Cucaracha.

A mis 94 años me tocó admirar la Época de Oro del cine Mexicano, así como entrevistar a las luminarias de entonces: María Félix, Dolores del Río, Pedro Vargas, Mario Moreno Cantinflas, Jorge Negrete, Prudencia Grifell y a Sara García gracias a Juan de la Cabada, Elena Garro y Josefina Vicens, quienes crearon a las malévolas Señoritas vivanco y nos acompañan hasta el día de hoy en el firmamento del cine nacional.