No es novedad que
una parte inquietante de la población, los creyentes de la manosfera,
quiere a las mujeres en casa limpiando, cocinando, planchando y
atendiendo a la prole. Trabajar fuera es de rebeldes, porque un oficio
trae autonomía y dinero, además de la peligrosa posibilidad de pensar en
algo más que en la cesta de la compra. En su sueño de tener un vegetal a
su vera, hay una corriente en Estados Unidos que aboga incluso por
quitarle a sus mujeres el derecho al voto. Para qué decidir si sus
elecciones son emocionales y blandas. Ah, y progresistas, sobre todo,
progresistas.
No es algo nuevo, pero sí más intenso y extenso. Ya
en 2016, cuando el actual presidente de EEUU, Donald Trump, ganó por
primera vez los comicios, hubo una campaña importante bajo la etiqueta
#Repealthe19th, o sea, revocar la 19ª enmienda, la que consagra en la
Constitución el derecho al voto en igualdad para hombres y mujeres. "El
derecho al voto de las personas ciudadanas de los EEUU no puede ser
negado ni coartado por los Estados Unidos ni por cualquier estado por
motivos de sexo", reza. Con altibajos, el movimiento se ha mantenido
vivo todos estos años, hasta repuntar en las elecciones locales y
estatales del pasado noviembre.
La razón fue el enorme escozor
que produjo la victoria del demócrata Zohran Mamdani, nuevo alcalde de
Nueva York, al que apoyaron un 82% de las mujeres de 19 a 29 años de su
comunicad. El centrista Andrew Cuomo se quedó en el 14%; el
republicano Curtis Sliwa, sólo un 4%. Se produjo entonces un
levantamiento formidable de quienes entienden que las norteamericanas
están llevando a su país a lo woke, por lo que deben ser paradas cuanto antes. Una tesis que defienden influencers, podcasters, youtubers y cierta parte de la iglesia evangélica.
Y
ahí está clave para entender la gravedad del momento: antes, estos
comentarios se quedaban en las redes o en foros más o menos limitados
pero, al entrar la religión de por medio, también han logrado el apoyo
de altos funcionarios de la Administración Trump. El más destacado, el
secretario de Defensa, Pete Hegseth, que los retuitea con alegría.
¿Puede el Gobierno federal contagiarse y buscar el fin de este derecho?
El ideario
La
oposición al derecho al voto femenino ha permanecido latente en los
extremos de la opinión política en EEUU por décadas. Sobre todo, ha
seguido viva en gran medida en comunidades cristianas
ultraconservadoras, que tienden a considerar a las mujeres como algo
intermedio entre niñas y bienes, propiedades. Argumentando que las
mujeres no eran intelectual ni moralmente aptas para la ciudadanía,
estas sectas declaraban que debían retirarse de la esfera pública,
incluida la participación política, y someterse al dominio de sus
esposos.
La idea ahora retomada va en paralelo a una tendencia muy
acorde con la mentalidad MAGA (Make America Great Again), la que
defiende Trump y ha fagocitado casi por completo el antiguo Partido
Republicano, la derecha de siempre. La idea es disuadir a las ciudadanas
de trabajar fuera de casa y tener otras ocupaciones que no sean las
habituales de un ama de casa, a la par que se limita el derecho al
aborto o se dan medallas a las familias numerosas.
Los argumentos
que han empleado hasta ahora van desde que es bueno para su "bienestar
emocional" a que se evitarán que otros "críen" a sus hijos en
guarderías, pasando por que mejorará "la salud alimentaria y espiritual
de toda la familia" con su "compromiso" con el hogar. Son todo
comentarios extraídos de la infinita lista de mensajes que se alojan en
redes bajo la etiqueta citada, de quienes quieren "proteger a la nuestra
nación de la empatía suicida" femenina.
Lo que llama la atención
del nuevo repunte es que, hasta ahora, no se llamaba tontas tan
abiertamente a las mujeres. Ahora se hace sin rubor. Tontas y
temerarias. Por eso hay que callarlas o inhabilitarlas, como decían los
religiosos antes. La minoría ya no lo es tanto. Ahora se viralizan
comentarios como los de Dale Partridge, un pastor que afirma que fue un
"error" dar a las mujeres este derecho al voto hace un siglo (1920). "Si
pudimos derogar Roe v. Wade, creo que podemos revocar la 19ª Enmienda",
declara, aludiendo al caso de 1973 por el que la Corte Suprema
dictaminó que la Constitución de EEUU protege la libertad de una mujer
embarazada para elegir abortar sin excesivas restricciones
gubernamentales. Esa doctrina fue tumbada en 2022 por un Supremo más
conservador.
Partridge, al frente de la Iglesia King’s Way en
Prescott (Arizona), calcula que la enmienda podría estar derogada "en 10
años". Lo auguró en una publicación del pasado febrero, en la que
argumentaba que la autorización del voto femenino conlleva consecuencias
negativas. A saber:
- "Las mujeres votan con emoción"
- "La política nacional se feminiza"
- "Llegan inmigrantes en masa"
- "Se legaliza la inmoralidad sexual"
- "Se celebra el multiculturalismo"
- "Los sentimientos se convierten en el criterio de la moralidad"
- "La justicia se tacha de "severa"
- "Las naciones occidentales colapsan"
- "Las mujeres culpan a los hombres"
Partridge es conocido por sus polémicas, votos aparte. Afirma que las mujeres deberían dejar de usar leggings
porque incitan a la lujuria en los hombres, y su esposa rápidamente los
eliminó de su armario. Dice que, en cambio, deberían ponerse velos en
la iglesia. Y más cosas: que la mujer "no debe usar su autoridad" sobre
el hombre sino acoger su "feliz sumisión", que el matrimonio interracial
"no es ideal" -aunque su esposa es mexicoamericana-. Este reformado
conservador, que fue empresario después de buscar una carrera como
jugador de béisbol, cosecha obras que de buen cristiano no son, desde su
historial reconocido de plagio del trabajo de otros en sus escritos a
la tala de los árboles del vecino para tener mejores vistas, porque él
lo vale.
Doug Wilson, un pastor controvertido radicado en Moscow
(Idaho) y cofundador de la Comunión de Iglesias Evangélicas Reformadas,
está de acuerdo con Partridge y así lo dice por donde va. Incluso en
medios potentes como la CNN (nada residual), donde lo llaman porque es
inmenso el poder de su comunidad. Afirma, por ejemplo, que 19ª Enmienda
se aprobó porque los estadounidenses adoptaron "la mentira del
individualismo", que "perjudica" a las familias. Aboga por un sistema
patriarcal donde el cabeza de familia masculino emite un solo voto para
su familia, privando efectivamente del derecho a las mujeres, a menos
que sean las cabezas de familia, cosa que rara vez ocurre. Un hogar, un
voto, y macho, es la idea.
En la red de iglesias que comanda, con
más de 150 congregaciones en cuatro continentes, se incluye a Hegseth,
el jefe del Pentágono u expresdentador de la cadena Fox, como miembro.
En agosto pasado, el secretario de Defensa -que en su momento fue
acusado de agresión sexual, aunque el caso fue cerrado tras un acuerdo
con la víctima-, compartió un vídeo en el que pastores como Wilson
explican su oposición al derecho al voto de las mujeres, con el lema
"Todo de Cristo para toda la vida", una consigna nacionalista cristiana.
En
esa intervención, pronunció dos frases clave: "en mi sociedad ideal,
votaríamos por hogares" y "las mujeres son el tipo de persona de las que
salen otras".
Más allá de las iglesias
Sin embargo, en
las últimas décadas, una corriente más secular de oposición al sufragio
femenino también ha cuestionado el derecho al voto de las mujeres. Surge
de las corrientes de la derecha que defienden el determinismo
biológico, un conjunto de posturas que abarcan desde la psicología
evolutiva hasta la eugenesia. Sí, mucho negacionista de todo en este
cajón.
Esta visión del mundo tiende a presentar a las mujeres
como inferiores no por mandato divino, sino por naturaleza, que, según
se afirma, las ha hecho demasiado estúpidas o demasiado irresponsables
para votar. Son más emocionales y menos lógicas, piensan menos y, por
eso, deben ser apartadas de la vida pública. Si a eso se suma el momento
de insatisfacción general en la sociedad norteamericana, especialmente
joven, y el movimiento de nostalgia que defiende que antes se vivía
mejor, surgen movimientos como las trad wives, las esposas
hacendosas de Instagram y TikTok, que priorizan la casa, los hijos y la
belleza propia para que la disfrute el marido. Una visión en positivo,
que entra como el azúcar.
Destaca en este bloque Helen Andrews,
editora de una revista de derecha cuyo reciente artículo, "La Gran
Feminización" (octubre de 2025), se ha convertido casi en una Biblia
para ellos, más aún viviendo de una mujer. En su tribuna sugiere que la
presencia de las mujeres en la vida pública podría representar "una
amenaza para la civilización" y afirma que las mujeres han
"evolucionado" hacia diversos hábitos aparentemente contradictorios: por
un lado, son demasiado empáticas y orientadas al consenso, y por otro,
demasiado cotillas, intrigantes y pasivo-agresivas.
La conclusión
lógica del argumento de Andrews es que las mujeres, por eso, deberían
ser excluidas de inmediato de la vida política y de todas las
instituciones importantes. La ciudadanía no la pone en tela de juicio,
pero sí avisa: "el estado de derecho no sobrevivirá a que la profesión
legal sea mayoritariamente femenina".
Al describir a las mujeres
como un obstáculo para las prioridades conservadoras, se hace eco de
Peter Thiel, el capitalista de riesgo, megadonante de la derecha y
mentor de larga data de JD Vance, el actual vicepresidente de EEUU, que
escribió en 2009 que su mundo libertario ideal se había vuelto
políticamente inviable debido a "la extensión del derecho al voto a las
mujeres". Más tarde matizó sus palabras, afirmando que no creía que
"ninguna clase debiera ser privada de sus derechos". No obstante, su
cita se sigue repitiendo, incansable, en los foros machistoides.
Foros
en los que es un habitual, también, el joven Nick Fuentes, un
comentarista político muy apoyado en las redes sociales, que
abiertamente defiende que hay que quitar el voto a determinados
colectivos sociales. "Las mujeres, seguro", afirma. Su argumentario se
reduce a que son "difíciles de tratar" y que siempre votan "por la
persona equivocada", esto es, demócrata. Palabra de un nacionalista
blanco de 27 años, admirador de Adolf Hitler y que no ha tenido
relaciones sexuales en su vida.
Un número creciente de influencers
de derecha simplemente afirma que opinan que las mujeres no deberían
votar porque las odian y desean que estén sometidas a la dominación
masculina. Andrew Tate, el influencer de los derechos de los
hombres y presunto traficante de personas y violador contra el que hay
procesos en Reino Unido y Rumanía, publicó en septiembre en su cuenta de
X: "Dejen de permitir que las mujeres voten, dejen de darles cargos de
juezas, dejen de darles nombramientos políticos… MUJERES: darles poder
político y social es lo que nos ha llevado a esta situación".
A
su entender, las mujeres "no están hechas para ser personas totalmente
independientes" y por eso no deberían votar, porque son influenciables y
no ven "el panorama global" de la sociedad por la que -afirma sin
conocer la historia- "jamás se sacrificarían".
Tate no sólo es conocido por sus mensajes y sus juicios, sino por ser uno de los referentes citados en la serie Adolescencia, cuando el menor que mató a una compañera trata de explicarle a su padre cómo piensa. La palabra con la que el propio influencer se define es "misógino".
Votan mal
La
idea de que votan mal es generalizada en estas corrientes. Es muy
conocido el vídeo de un tiktoker llamado Icanexplainmike
(MansplainerPrime), en el que compara los mapas de las elecciones más
recientes de EEUU, las de 2024, si sólo hubiera habido voto femenino.
Los resultados finales fueron de 312 votos electorales a favor de Trump
frente a los 226 que se llevó la aspirante demócrata, Kamala Harris,
pero sin votantes hombres las cosas habrían quedado 122-413. Por eso
pregunta a su audiencia si la enmienda que quieren quitar les sigue
pareciendo "inofensiva". "Que no voten las mujeres ni una sola vez más",
concluye.
Ya se había hecho lo mismo en 2016, comparando las
votaciones entre Trump y la liberal Hillary Clinton: la demócrata
hubiera sacado 458 votos si sólo hubieran votado norteamericanas (frente
a 80 del republicano); votando sólo hombres, habrían sido 188 contra
350, a favor del varón.
Celina Stewart, la directora ejecutiva de
la Liga de Mujeres Votantes de los EEUU, expone que esta persecución se
produce "precisamente por nuestra participación en la democracia".
Porque las norteamericanas no han sido estatuas de sal, sino que son las
que más votan, más derechos reclaman y más iniciativas promueven.
Indignada, se pregunta si su país "sigue siendo América", vistos los
valores de algunos de sus pobladores y las amenazas a libertades y
derechos "asentados". Asume que ha habido otras luchas, otras "cazas de
brujas" y se han superado, pero hace falta "trabajar juntos y
mantenernos convencidos de que la democracia nos pertenece a todos".
Estamos
ante un intento mayor, a sus ojos, de "deshacer todo el progreso que se
ha logrado desde los movimientos de derechos civiles", para reducir "el
número de gente que puede participar en una elección en cada ciclo".
"Buscan un medio de ejercer control en la vida de los ciudadanos de
EEUU", acusa. Se revuelve ante los que creen que esto pasará en la
legislatura de Trump, "porque ya se ve que viene de lejos y tiene afán
de perdurar". "No, es una alarma máxima, no podemos esperar a que
alguien venga y lo arregle", demanda.
Porque no es sólo la máxima
de ir a por el derecho al voto, sino que ya se está tratando de
implementar una serie de leyes que, poco a poco, reducen el poder
electoral de las mujeres. Cita normas como la que exige una prueba de
ciudadanía norteamericana para poder votar y que hace que casi 70
millones de mujeres puedan quedarse en el limbo. Razón: "porque tomaron
el apellido de sus maridos al casarse y ahora no coincide con el de las
partidas de nacimiento". "Sin esa verificación, su derecho peligra",
resume.
"El fin de la enmienda se debate en la calle y las redes
pero no se ha llevado aún a las instituciones. Sin embargo, esta idea de
la nacionalidad es oficial, como otras tantas normas estatales en el
mismo sentido. "Investigaciones del Centro Brennan y la Oficina de
Responsabilidad Gubernamental de EEUU demuestran que los requisitos
excesivamente engorrosos de identificación con fotografía pueden impedir
que los ciudadanos elegibles voten. La falta de la identificación
requerida es particularmente común entre las minorías, los votantes de
bajos ingresos, los jóvenes, las personas mayores y quienes enfrentan
barreras económicas para obtener documentos", enumera. Por esta razón,
si bien las medidas relativas a la documentación electoral suelen
presentarse como esfuerzos para garantizar la "integridad electoral", en
la práctica "es probable que limiten la participación".
Insiste
en que hay "sutiles" cambios que ya se van aplicando, sobre todo por
republicanos, que no se comentan tanto pero afectan al derecho femenino,
como la limitación del voto por correo o de los horarios y espacios de
votación, un horror para mujeres que trabajen por horas o cuiden a
ancianos y niños. "Cuando los legisladores dificultan el voto, deciden
qué voces importan. Una democracia que funciona convenientemente solo
para quienes no tienen restricciones no es una verdadera democracia",
asume.
¿Pero cómo se combate todo esto? "Con educación", responde
rauda, pero, de seguido, dice también "estando encendidos, agitados",
movilizados, en fin. "Reclamar la democracia no es un acto de voces
aisladas, requiere un movimiento orquestado. "Debemos recordar a este
país, e incluso a nosotras, lo que somos y lo que defendemos", expone.
"No es demasiado tarde", valora.
Aboga también por defender la
"seguridad" del sistema electoral norteamericano, que tiene
"salvaguardas partidistas", "copias de seguridad de papeletas" o
auditorías posteriores que garantizan que los números son muestra de la
voluntad popular, "de todos los ciudadanos".
Y, sobre todo, por
no ceder. Por estar en todos lados, en cada asociación escolar o
vecinal, en cada consejo y partido, en los presupuestos participativos y
en las iniciativas populares, en los puestos de la administración y los
sindicatos, donde se hacen las leyes y donde se aplican. "No
necesitamos menos mujeres sino más, instituciones y sistemas más
representativos y receptivos, que hacen que la confianza pública crezca y
los debates se amplíen, en diversidad. Cuando ni siquiera las mujeres
han recibido el reconocimiento que merecen, no es momento de borrarlas,
¿verdad?".
Concluye con un aviso a navegantes: "Quienes subestiman el poder
cívico de las mujeres descubrirán, como la historia ha demostrado una y
otra vez, que las defensoras más tenaces de la democracia suelen ser las
que más han tenido que luchar para reclamar su lugar dentro de ella".