6/14/2026

El regreso de Fox y Calderón al PAN

 Héctor Alejandro Quintanar

"Ni Fox ni Calderón son panistas ya: el primero en 2012 se rindió a los brazos de Peña Nieto [...] y el espurio abandonó el partido en 2018".

El regreso de Fox y Calderón al PAN. Por Héctor Alejandro Quintanar

El 31 de mayo pasado, Chihuahua fue sede de un espectáculo vergonzoso, cuando la cúpula del Partido Acción Nacional decidió dar un espaldarazo incondicional a una persona que ellos mismos deberían considerar problemática: la gobernadora María Eugenia Campos, cuya conducta posiblemente delictiva quedó clara desde permitirles intromisión a agentes de la CIA, y hoy cada que habla da más y más indicios no sólo de que las sospechas sobre ella son fundadas, sino que no tiene bien a bien claro el tamaño de metedura de pata que cometió.

Pero un partido que desde 2018 consolidó una crisis electoral, arrastrada desde 2009, en vez de ver militantes incompetentes en personas como Campos, ven una oportunidad de crispar el debate y organizar una campaña política no con base en un proyecto alternativo de nación, sino en un berrinche victimista donde defienden sus yerros como si fueran aciertos y donde un acto de rendición de cuentas lo tornan en una supuesta persecución política. Campos es sólo el corolario de un mal hábito que ya tiene en personajes siniestros, como Ricardo Anaya o García Cabeza de Vaca, antecedentes y ejemplares notables.

Pero la reunión incondicional panista en Chihuahua a favor de Campos, operada por el dirigente nacional Jorge Romero, capo del cártel inmobiliario en la Ciudad de México, más que una demostración de fuerza fue una exhibición de debilidad. De entrada, sorprendió la escasa convocatoria y la pretensión de hacer todo en epicentros cerrados, a pesar del histrionismo imperante. En un contexto marcado por una reciente manifestación encabezada por Morena contra la Gobernadora chihuahuense, era la oportunidad de oro del PAN de mostrar arrastre y músculo político en las calles, pero su exposición se limitó a una que otra jerigonza banquetera.

Asimismo, la reunión del PAN se dio en un contexto donde las derechas mexicanas están, una vez más, volteando al exterior en vez del interior para encontrar liderazgos y referentes que las saquen del hoyo electoral donde se entierran. Así, en el mismo fin de semana del encuentro en Chihuahua, muchos panistas de facto fueron a servirle de alfombra a la señora Cayetana Álvarez de Toledo en Ciudad de México, donde ella expuso una arenga aberrante en la que se sintió ella, como española, como la verdadera defensora de la soberanía mexicana y emitió un discurso idéntico a las bravatas del franquista José María Aznar en 2006, quien señaló que México se debatía entre la estabilidad o entre el populismo autoritario.

Así, no conformes con el fracaso reciente de la española Isabel Díaz Ayuso en México, como un director técnico necio que no se da cuenta de cómo golean a su equipo y porfía en meter al campo a otro delantero inepto cuando más bien necesita rehacer su estrategia, las hordas de Salinas Pliego arroparon a una rebaba de España que vino sólo a arengar sandeces y torcer conceptos, como el de soberanía -donde ella, en su ceguera o complicidad, no ve riesgos en México ante las bravatas de la geopolítica criminal de Estados Unidos-, y como el de “populismo”, donde la señora repitió las oquedades insustanciales de los que creen que México ya no tiene democracia.

La reunión chihuahuense del PAN, sin embargo, fue más memorable no por su contenido sino por sus asistentes, aunque no precisamente por algo valioso que éstos hayan aportado, porque en la plana mayor del lugar figuraron los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón, este último un espurio que gobernó sin legitimidad de 2006 a 2012. ¿Qué indica la presencia de estos seres en una reunión de ese calado?

En primera instancia, debe resaltarse la desesperación y ambivalencia tanto de la cúpula panista que los invitó y la de los dos exmandatarios. Como se sabe, ni Fox ni Calderón son panistas ya: el primero en 2012 se rindió a los corruptos brazos de Peña Nieto y en fines de ese año no corroboró su afiliación, con lo que, en los hechos, dejó de ser militante. Y el chacal espurio abandonó el partido en fines de 2018, luego de haber apoyado la candidatura presidencial de Margarita Zavala el año previo y que ésta no se concretara. Así, el PAN acude a mala sombra de un par de árboles a cuyo rodeo no crece nada, que, además, han mostrado desdén a su expartido de manera sistemática.

Abrimos un paréntesis aquí para exponer un dato crucial que pinta de cuerpo entero la ambición de estos dos personajes y las pésimas opiniones políticas que emiten los seudoanalistas “liberales” o la comentocracia de derechas. En 2019, por ejemplo, el señor Enrique Krauze expuso por enésima vez su yerro de que quizá López Obrador tendría intenciones reeleccionistas. Dos años después, el señor Luis Carlos Ugalde señaló, en una mesa de análisis con Hernán Gómez, que era probable que López Obrador podría facilitar la imposición de su esposa Beatriz Gutiérrez como candidata presidencial de Morena, a pesar de que ella manifestó múltiples ocasiones su desinterés no sólo a ello, sino a cualquier cargo político en general.

No fue Ugalde el único en espetar ese absurdo de una posible candidatura de Gutiérrez Müller, y tanto él como Krauze, en el fondo, veían lo mismo: sin evidencia alguna imputaban afanes reeleccionistas o de imposición a alguien que nunca dio indicio de cometer esas prácticas autoritarias. Y mientras perdían el tiempo especulando tonterías, a ambos se les pasó de noche que tanto Fox en 2004 como Calderón en 2017 sí pretendieron de forma prepotente que sus respectivas esposas, las impresentables Martha Sahagún y Margarita Zavala, fueran presidentas de la República. En el primer caso, y como documentó en su momento Alfonso Durazo en su carta de renuncia a la secretaría particular del expresidente, Fox perpetró actos ilegales y antidemocráticos, como el desafuero de AMLO, para facilitarle el camino a su cónyuge, mientras Calderón hizo lo propio en el PAN. Como siempre: los panfletistas antiamlo tienen más miedo de sus propias fantasías febriles que nunca se cumplen, en vez de criticar las canalladas autoritarias reales que sí cometen sus secuaces a la luz pública.

Ahí anida otro elemento que adornó la reunión panista en Chihuahua la semana pasada. Hay que recordarlo: en el año 2020, Calderón dedicó en su libro Decisiones difíciles varias líneas a denunciar que Jorge Romero, entonces legislador panista y vicecoordinador de su bancada, era un corrupto no sólo por sus maniobras como líder del delictivo cártel inmobiliario, sino que también traficaba voluntades y dinero con vendedores ambulantes de la demarcación Benito Juárez en la Ciudad de México, que alguna vez gobernó.

Hoy al chacal espurio Calderón se le olvidan sus propias palabras y aparece muy orondo en la reunión con su otrora enemigo Jorge Romero y su detestado Vicente Fox, con quien se conflictuó cuando éste apoyó a Santiago Creel en desmedro de él y tuvieron ambos que tragar sapos y apoyarse mutuamente, de forma corrupta, en el fraude electoral de 2006. Así, el engrudo que une a esta cúpula partidista que convoca a sus expresidentes no es el espanto ante un enemigo común, sino la vulgar hipocresía, capaz de hacerlos omitir sus denuncias mutuas de corrupción tan recientes.

Pero en ese pandemónium lo que más resalta es el cinismo de Fox y Calderón, quienes aparecen en escena para hablar de democracia y seguridad, cuando ambos representan exactamente lo contrario. Hay que decirlo con claridad: el momento más autoritario que ha vivido México en el siglo XXI ha sido el bienio 2004-2006, donde Fox, como Jefe de Estado, empleó instituciones públicas para perseguir ilegalmente y tratar de encarcelar sin motivo a una persona inocente sólo porque ésta, López Obrador, podría ser candidato presidencial. Si bien reculó a medias en su intento prepotente gracias a una democrática movilización popular en 2005, en 2006 se valió de recursos ilícitos para imponer a Calderón como Presidente en uno de los fraudes más documentados de la historia del autoritarismo mexicano.

A resultas de esa elección sin legitimidad, Calderón inició una complicidad con el narcotráfico que empezó con la designación del criminal García Luna en la Secretaría de Seguridad Pública, en vez de escuchar las alertas a ese respecto que le hicieron el general Tomás Ángeles y el comandante Luis Herrera Valles desde 2006, a quienes de forma autoritaria encarceló cuando le previnieron de las andanzas sucias de Genaro García Luna.

Poco después se documentó la razón: de 2006 a 2012, Calderón entregó el Estado al crimen organizado, que hizo suyas para sus perversos fines instalaciones y recursos hasta de Pemex; mientras que la Seguridad Pública la encabezaban delincuentes. Porque no es sólo García Luna, es también su élite de la corporación encargada del presunto combate al narco, como la extinta Policía Federal, cuya plana mayor; Cárdenas Palomino, Pequeño García o Reyes Arzate, hoy se encuentra presa, perseguida o confesa de su condición criminal. Si hay en México un ejemplo nítido de narcogobierno, ese es el que México padeció de 2006 a 2012.

Que esos dos tipos hablen de democracia y de seguridad es algo tan indigno y cínico como si el cura Marcial Maciel apareciera hablando a favor del bienestar de las niñas y niños de México. Ello no sorprende de dos sátrapas sin escrúpulos, como tampoco sorprende que el PAN siga sin ver la honda crisis electoral que vive, lo cual lo obliga a buscar liderazgos en Madrid o sacar momias, que deberían estar en la cárcel, del formol, para tratar de ganar adeptos.

Qué diablos celebran el PRI y Fox

 

Qué diablos celebran el PRI y Fox

Historia de lo inmediato

Álvaro Delgado Gómez

"Lo único que celebran el PRI de “Alito”, sus voceros y Fox son a los mapaches electorales, porque el panorama hacia 2027 les es muy hostil".

Qué diablos celebran el PRI y Fox. Por Álvaro Delgado Gómez

Vicente Fox tiene razón cuando celebra que la victoria del PRI en Coahuila es “como en los viejos tiempos” y literalmente rinde homenaje a los mapaches electorales, porque el actual presidente priista en ese estado, Carlos Robles Loustaunau, alias “El Calolo”, es el mismo que hizo fraude al PAN en Sonora, el 6 de julio de 1988, mediante la “Operación Manitas”, exactamente en la misma fecha en la que él ganó como panista una diputación federal en Guanajuato.

“El Calolo” era el candidato del PRI a presidente municipal de Hermosillo, Luis Donaldo Colosio lo era para Senador y Carlos Salinas de Gortari para Presidente de Mexico cuando, ese día, brigadas de cadetes del Instituto de Policía de Sonora se desplegaron en colonias para robarse las urnas donde iba perdiendo ese partido y para agredir con violencia a los panistas, lo que dio lugar a un histórico conflicto poselectoral como consecuencia del fraude de ese día.

Ante tantas protestas de panistas como Adalberto “El Pelón” Rosas y Ramón Corral Ávila, Robles Loustaunau solicitó licencia como Alcalde y se esfumó del estado, pero no dejó la política. Se fue a Saltillo, Coahuila, y ahora como presidente del PRI, logró el tan afamado “carro completo” que celebra Fox, el impostor que engañó a millones de mexicanos en el 2000.

Sólo que Coahuila no es México, ni por mucho. Sólo los ilusos están desilusionados por los resultados en ese estado, porque estaba previsto que el PRI ganaría todo en una elección a billetazos diseñada por los mapaches del Gobierno estatal y el clan Moreira, incluidos sus partidos paleros locales. Se sabía también que Morena quedaría como la segunda fuerza, aunque con más votos de los que obtuvo. Y también que el PAN mantendría su derrumbe hasta perder el registro. Pero, cuidado, estos resultados son un espejismo, y los ilusionados de hoy serán los desilusionados en 2027.

Sí: Está bien que el PRI y los priistas de todos los ámbitos festejen —les hacía mucha falta después de tantos años de derrotas—, y qué bueno que Vicente Fox celebre la victoria priista “como en los viejos tiempos”, porque una vez más queda evidenciado como el impostor que engañó a millones, pero sobre todo es muy positivo para el país que se desmienta con hechos la narrativa embustera de que México es una dictadura que todo lo controla, hasta los resultados electorales.

También es muy positivo que Fox y Felipe Calderón, como en otros momento Ernesto Zedillo y Carlos Salinas, participen en la vida pública de México criticando al Gobierno de Claudia Sheinbaum y defendiendo a Estados Unidos y a los agentes de la CIA, porque son la prueba de que los derechos de expresión, manifestación, reunión, asociación y todos los que consagra la Constitución están plenamente vigentes, pese a todas las tensiones por los intereses que entran en conflicto.

Es verdad que en Coahuila el Gobernador Manolo Jiménez tendrá una mayoría calificada en el Congreso que le permitirá gobernar sin ningún problema la segunda parte de su sexenio y manejar su sucesión, para que el PRI celebre, en 2029, un siglo ininterrumpido en el Gobierno estatal. Sí hay mal que dura cien años.

El Gobierno estatal utilizó abundantes recursos para comprar votos, sin duda, y también recurrió a los cuerpos policiacos para intimidar e inhibir el voto, pero también algo ha hecho bien, la seguridad, por ejemplo. Morena, en contraste, no fue capaz de neutralizar estos mecanismos ni de animar a más coahuilenses a votar en su favor, por incapacidad, por comodidad o porque le pegó la asociación con el narco que le imputan sus opositores. Me temo que no prosperarán sus quejas ante las autoridades.

Y el PAN pagó las consecuencias de la ineptitud y corrupción en sus gobiernos, pero además porque ató su destino al PRI. Se vendió muy barato. Paso de disputar la gubernatura, en 2017, a convertirse en rémora de este partido y de recibir mendrugos hace tres años, en 2023, pasó a perder el registro. Los partidos Verde y Movimiento Ciudadano tampoco conservarán registro.

Ahora, en lo nacional, la realidad es muy diferente para el PRI: Es el partido más repudiado de todos, igual que su propio dirigente nacional, Alejandro Moreno Cárdenas, quien jamás fue invitado a los mítines de su partido en Coahuila. Si en las elecciones de 2027, logra mantener el nueve por ciento de los votos que logró en 2024, será un éxito, pero su nivel está al del partido Movimiento Ciudadano. Por eso, Coahuila es un espejismo. En cuanto al PAN, si logra superar el 16 por ciento de 2024, será también una hazaña.

Si de por sí el PAN tomó la decisión de ir solo a la elección de 2027, se ve complicado que reconsidere después de que, en Coahuila, el PRI lo aplastó hasta dejarlo sin registro. Al ir separados, pierden también la posibilidad de ganar gubernaturas y alcaldías ante la coalición de Morena.

Y otra mala noticia también para el PRIAN es que el nuevo partido de Claudio X. González, Somos México, les disputará el mismo mercado electoral, con el reto de lograr al menos el tres por ciento de votos para obtener su registro. Lo dicho: Coahuila es un espejismo.

En cuanto a Morena, cuya votación en Coahuila cayó de 27 a 22.5 por ciento en tres años, tiene el reto de mantener la votación nacional de 45 por ciento que obtuvo en 2024, con una alianza con los partidos Verde y del Trabajo que mantengan la mayoría calificada en la Cámara de Diputados.

Por todo lo anterior, lo único que celebran el PRI de “Alito”, sus voceros y Fox son a los mapaches electorales, porque del panorama hacia el 2027 les es muy hostil. En Coahuila, la elección estaba cantada que así sería. En la federal del 6 de junio de 2027, las perspectivas son radicalmente distintas. Lo veremos en un año.

La mediocridad del futbol mexicano: Parte 1

Mario Campa

"Como toda empresa comercial, y en especial una con particular tufo a corrupción, el futbol como actividad económica amerita escrutinio y cuestionamiento".

La mediocridad del futbol mexicano: Parte 1. Por Mario Campa

Se aproxima el inicio de la Copa del Mundo y todos tienen una opinión más o menos formada sobre el formato o la organización del torneo. El panorama cuesta arriba que enfrenta la selección mexicana y la bofetada inflacionaria al aficionado dominan la conversación. Que si la rodilla de Marcel Ruiz estaba sana o rota, que si Irán tendrá buen trato en Tijuana, que si reditúa revender boletos para juegos en Miami, que si el aeropuerto Benito Juárez estará listo a tiempo… son temas que acaparan estos días las sobremesas de los hogares. El nacionalismo deportivo suma niveles de picante.

Y no está mal que todos opinen, para bien o mal. La FIFA y las selecciones participantes reciben facilidades fiscales a cuenta de todos. La medalla de la paz a Trump y los jolgorios de Infantino no se pagan solos. Y en una esfera más amplia, el futbol mexicano granjea subsidios mediante estadios renovados—como el de Mazatlán, exprimido antes de ser desocupado— o nómina policial cubierta por los gobiernos, por dar dos ejemplos. Como toda empresa comercial, y en especial una con particular tufo a corrupción, el futbol como actividad económica amerita escrutinio y cuestionamiento.

Por elección consciente, evito las barras de análisis de TV Azteca o Televisa. No obstante, escucho las mesas de debate de ESPN o Fox y constato que la discusión lleva años estancada en lugares comunes. Que si el descenso y ascenso deben ser reactivados, que si la Selección Mexicana subió un peldaño en un ranquin de selecciones de la FIFA que a nadie importa, que si fulanito está para jugar en algún club de media tabla en Europa, que si los extranjeros sofocan el brote de futbolistas nacidos en México… son asuntos reciclados con cierta periodicidad en la boca de analistas que proyectan aburrimiento propio. No está del todo equivocado el diagnóstico, aclaro. Los intereses de los dueños del balón tienen un común denominador que todo lo mancha: una cerrazón crónica que blinda las utilidades cortoplacistas, semejantes a rentas, en un mercado donde hacen y deshacen al antojo.

Dichos análisis subestiman varios aspectos, entre ellos la falta de competencia a nivel élite de los futbolistas mexicanos. Hay disenso en muchos temas, pero la Champions League no es uno. Es el torneo más competitivo del mundo. En él contienden las nóminas más abultadas y las plantillas más globalizadas. Para muestra, los jugadores brasileños y argentinos—no nacidos en Europa—concentraron 1 de cada 10 minutos disputados en la pasada edición 2025-26. La confederación africana (CAF) es otro ejemplo: de representar el uno por ciento de minutos disputados en 1993-94, sus futbolistas jugaron este año el ocho por ciento del total de minutos desde el primer partido hasta la final en Budapest. Ciertamente, que las 10 nacionalidades más poderosas del balompié mundial—España, Inglaterra, Francia, Brasil, Alemania, Portugal, Holanda, Italia, Argentina y Bélgica—concentren el 60 por ciento de los minutos en juego dice mucho. Con la excepción de la actual Italia, acaparar minutos de Champions se correlaciona muy bien con el éxito histórico en Mundiales de las selecciones.  Y allí hay malas noticias para México.

Para sorpresa de nadie, los futbolistas de nacionalidad mexicana sólo disputaron un total de 104 minutotes en la última edición de la Champions League. El tiempo de juego sumado de Rodrigo Huescas y Obed Vargas ocupó el puesto 76 en la lista de nacionalidades. Por cada minuto de un mexicano, un español disputó 376 y un inglés 253. Sin ánimos de ofender, esos 104 minutos totales mexicanos estuvieron por debajo de los 487 de Irán, 389 de Panamá y 324 de Curazao. Para echar sal a la herida, esos 104 minutos estuvieron alejadísimos de los cuatro mil 105 de Estados Unidos (#24) y los mil 807 de Canadá (#41), cuyos ascensos a nivel individual coinciden en los últimos años con un repunte de calidad de las selecciones.

Ah, pero esta edición de Champions League fue excepcionalmente mala para los mexicanos, dirán algunos. Estás practicando cherrypicking o una selección a modo, dirán otros. Pues bien, al ampliar la muestra a las últimas cuatro ediciones que calzan con el ciclo mundialista 2023-2026, los futbolistas mexicanos sumaron en conjunto apenas dos mil 761 minutos. Puesto en perspectiva, México ocupó el lugar 55 por nacionalidad con el 0.2 por ciento de los minutos disputados en los últimos cuatro años. En cambio, Estados Unidos y Canadá ocuparon los puestos 22 y 35 para consolidar un ascenso innegable.

En resumen, de poco o nada sirve presumir la venta de un jugador mexicano a Europa, por dos motivos. En primer lugar, porque la gran mayoría de los exportados compite fuera de la élite deportiva, capturada bien como proxy—en el argot del economista—por los minutos de Champions League. En segundo lugar, porque la globalización del futbol y el aumento de torneos continentales y partidos por equipo expandió las plantillas y redistribuyó minutos disputados entre una centena de nacionalidades: de acaparar el 97 por ciento de los minutos de Champions en 1993-94, las nacionalidades europeas en conjunto controlaron este año el 75 por ciento (-22 puntos).

Hoy las bancas están más activas y son más internacionales que antes. En otras palabras, no importa si hay más mexicanos en Europa porque también hay más estadounidenses, canadienses, colombianos, ecuatorianos y etcéteras que disputan aún más minutos. Entiéndase de una buena vez: la cifra relativa, no la absoluta, contextualiza el progreso futbolero de un país, atado a su vez a la selección nacional. Bajo ese parámetro, mejor que cualquier clasificación de la inescrupulosa FIFA, México retrocede en calidad.

Duele, sí, pero no maten al mensajero. Los exiguos minutos de Champions League, donde compite la élite, fijan un techo bajo al “Tri”, aunque también son fiel reflejo de factores subyacentes que entorpecen la producción y exportación de buenos futbolistas. Este ejercicio reflexivo sólo intuye que el futbol mexicano es más mediocre de lo pensado, pero desconoce la razón…por ahora. La próxima entrega semanal de esta videocolumna explorará causas. Adelanto que los analistas deportivos también subestiman los débiles contrapesos al capital.

El Mundial

 

El Mundial

Fabrizio Mejía Madrid

"Así llegan los tres países a un Mundial pensado en otro momento, cuando el tratado comercial no implicaba amenazas de anexión, ni existía la guerra".

El Mundial. Por Fabrizio Mejía Madrid

Se inauguró el Mundial con una frase que dijo Lila Downs: “Pueblos del mundo: bienvenidos a México”. Así, entre pirámides, Adelitas, y tambores, Shakira y Los Ángeles Azules, Salma Hayek, quedó en el aire la prohibición de que los futbolistas de Irán durmieran en Estados Unidos y la expulsión de su delegación administrativa en Canadá. Sólo México recibió a los iraníes.

México llega al Mundial en una tensión política con Estados Unidos que no se vivía desde el otro mundial, el de 1986, cuando Ronald Reagan cerró la frontera con México; el Washington Post acusó al Presidente de la Madrid de corrupto mientras estaba de gira por Estados Unidos; y en una audiencia del Congreso se acusó a dos gobernadores, el de Sinaloa y el de Sonora, de ser narcotraficantes. Ahora, es un poco la misma historia aunque con motivos distintos. En aquel momento, Reagan quería beneficiarse de los nuevos pozos petroleros del sureste y apoyar al PAN, que rogaba en Washington por una intervención de los gringos en la elección de Chihuahua. Ahora, los filibusteros de Donald Trump quieren las tierras raras de México y siguen apoyando al PRIAN en su intento por no desaparecer. Entonces, el Embajador era John Gavin que tuvo que salir después de que sus intentos injerencistas le colmaron el plato al Gobierno de De la Madrid. Ahora es Ron Johnson, que ya ha recibido dos regaños presidenciales por no informar de la presencia de la CIA en Chihuahua y por opinar de asuntos internos de México.

Por su parte, Estados Unidos aprovecha este Mundial para publicitar su intolerancia hacia otros pueblos, deportando somalíes, prohibiendo la entrada de la selección de Irán, retiros de visas a la última hora, interrogatorios de horas en los aeropuertos, y reprimiendo las protestas para que la policía migratoria no aproveche la entrada a los estadios para deportar latinoamericanos y hostigar a matrimonios mixtos. Mientras la guerra con Irán no cesa y la guerra contra las minorías adentro de Estados Unidos, escala, la FIFA le regaló al Trump un Premio de la Paz que ni siquiera existe.

Canadá, finalmente, llega al Mundial en medio de desalojos de personas sin casa en el centro de Vancouver, el permiso para que entren los agentes migratorios gringos a los estadios canadienses y la molestia porque 13 partidos en sus estadios costaron al presupuesto público, mil millones de dólares. Por cierto, Canadá también deportó a una parte de la selección de Irán que contaba con visas. México los acogió en Tijuana para que puedan jugar del otro lado y dormir de este.

Así llegan los tres países a un Mundial pensado en otro momento, cuando el tratado comercial trilateral no implicaba amenazas de anexión por parte de Estados Unidos, ni existía la guerra en Asia Occidental, ni el ICE en las calles de las ciudades santuario. Es como si una idea del neoliberalismo triunfante con el libre comercio de América del Norte como algo inatacable, se tuviera que poner en práctica ahora cuando la geopolítica ya no es sólo comercial sino que se re-ideologizó. De la relocalización pasamos a la Doctrina Trumpoe. ¿Qué tienen que ver Enrique Peña Nieto, Justin Trudeau, y el primer Donald Trump con lo que ocurre casi diez años despúes de formalizada la candidatura conjunta? Nada es igual. Trump ha insultado a Canadá diciendo que la va a anexar como un estado más. Canadá ha dicho que ellos no merecen el mismo trato que México. México ha insistido en que no se va a subordinar. Estados Unidos dice que no necesita nada ni de Canadá ni de México. Me recuerda cuando unos novios compraron boletos para ver a Shakira con tanta antelación que, ya cuando fue el concierto, estaban separados. Ni siquiera oyeron el concierto, por estarse peleando por los binoculares. Lo que ha cambiado en los tres países es mucho. Ya no son los países que pidieron ser sedes.

El futbol profesional sigue siendo el mismo: jugadores pobres que, con suerte, se vuelven multimillonarios, dueños de equipos putribillonarios que los usan como marca prestigiosa, y público pobre. En este Mundial, lo que cunde entre las aficiones de los tres países es el descontento por el precio de los boletos y todas las limitaciones para verlo por televisión. Es culpa de la FIFA. Resulta que estrenó una cosa que llama “precio dinámico”, donde no se sabe cuánto cuestan los boletos, sino hasta que haya registrado toda la demanda. Así, un boleto para la final que costaba seis mil dólares, ya va en doce mil sin que nadie sepa a dónde llegará para cuando ocurra. A esto, sumémosle la transa de la FIFA que es acaparar boletos para hacer subir el precio, no “dinámicamente”, sino artificialmente. Ya varias cortes en Estados Unidos están recibiendo demandas de aficionados. Por si esto no fuera una confusión entre precio y subasta, la FIFA tiene su sitio de reventa donde te cobra 15 por ciento extra por sus servicios y aparentemente está también vendiendo boletos inflados en las otras plataformas de reventa como Seat Geek, Stub Hub y Vivid Seats. Hasta aquí, podemos decir que la asistencia a los partidos con boleto es como tener una criptomoneda, es decir, no tener nada. Pero hay más raterías. Resulta que, casi en imitación de la redistritación electoral de Donald Trump para que ganen sólo los republicanos, se remapearon también los lugares en los estadios, de tal manera, que una zona normal se vende ahora como VIP. Pero no hay mapas. No hay precios fijos. No hay plataformas de reventa que se hagan responsables de si compras, puedas entrar. Tener un boleto es como el fin de la guerra: volátil. Y acabarán asistiendo los que tienen dinero, no necesariamente a los que les apasiona ese deporte.

Luego están las transmisiones por televisión. En Canadá, México, y Estados Unidos, sólo dos corporativos por país tienen los derechos exclusivos. En Estados Unidos son Fox Sports y Telemundo. Si no adquieres tus plataformas de pago, no puedes ver el futbol. Los restoranes están pagando, además de la señal del partido, de cinco mil a 20 mil pesos por cada pantalla instalada. Pero no sólo. No se puede transmitir una señal que uno haya comprado como usuario, sino que hay que pagarle a la FIFA “propiedad intelectual”, es decir, una lana por derechos de exhibición comercial. El logotipo oficial del torneo, la tipografía corporativa "FWC 26", el trofeo de la Copa del Mundo, las mascotas, los pósters y las palabras "FIFA", "World Cup", "Copa Mundial", "Mundial 2026" y los nombres de las ciudades sede combinadas con el año, son propiedad intelectual de la FIFA, por lo que nadie más puede usarlos si no se cae con un dinero. La multa por cobrarle a otros para ver un partido que sólo está pagando un usuario en su casa es de 600 mil pesos. Y, en las plazas públicas, sólo las aprobadas por la FIFA como “Fan Fest” no pagan. Todo lo demás es negocio para ese organismo. Es el cielo neoliberal donde nadie regula los precios de los boletos que monopoliza la FIFA, pero está castigado el que los de menos ingresos puedan verlo sin desembolsar. Es puro lucro, nada de arte.

Y explotación. No sé si usted sabe que, hasta 1997, los balones de la Copa Mundial eran cosidos en una sola localidad de Pakistán, Sialkot, donde los niños tenían malformaciones en los dedos por coser pelotas por las que se les pagaba a la familia dos centavos de dólar. Aunque se supone que estos talleres de maquila infantil están prohibidos, se han extendido a la India con las réplicas de balones para mercados locales.

Fue el entrenador argentino, César Luis Menotti, el que habló por primera vez de un futbol de derecha y un futbol de izquierda. En el de derecha, sólo el resultado cuenta y, por lo tanto, los jugadores son reducidos a viles mercenarios obligados a ganar a toda costa. En el de izquierda, se celebra la creatividad y la inteligencia y el juego se convierte en una fiesta. Lo cierto es que el futbol puede ser las dos cosas a la vez: para los dueños, un negociazo corporativo y mediático, y, también, para los aficionados, un espacio de pertenencia cultural, pasiones y belleza. En los Mundiales se pone en juego la cúspide y la base de esa pirámide, el lucro y el arte, y el choque entre ambas es lo que define a ese Mundial en particular. Hasta ahorita sólo hemos visto la especulación en las alturas de los dueños del futbol y nada del arte en la cancha. Esperemos que haya.

Desde sus inicios, el futbol ha sido político. Baste recordar, por poner ejemplos, la protesta contra Pinochet de “Chile sí, Junta no” en el Mundial de Alemania Federal en 1974; las de “Solidarnosc” en el partido entre la URSS y Polonia en 1982 y, cómo olvidar la de los escoceses enfrentando a la misma Unión soviética que decía: “Alcoholismo vs Comunismo”; o la prohibición del dictador Fascista de España, Francisco Franco de que se cantara en catalán o vasco en los estadios. El mismo César Luis Menotti, en 1978, se negó a darle la mano al militar de la Junta, Jorge Rafael Videla, cuando ganó Argentina. En el vestidor dijo una de sus frases claves para el triunfo: “Nosotros no jugamos para los militares que están en el palco. Jugamos para la gente, para los trabajadores, para el pueblo. Vayan y dénles la alegría que este país se merece”. Y ganaron. Su triunfo se quiso enturbiar años después diciendo que su paso a la final contra Perú había estado trucado. Las fake news siempre han existido. Tampoco olvidemos el respaldo de Romario a la Presidencia de Lula en Brasil, o el partido de futbol en las Cañadas de Chiapas entre el Inter de Milán y el EZLN en 2005.

Pero hay compromisos políticos de los jugadores menos declarativos y con consecuencias graves. Está, por ejemplo, el delantero del Saint Pauli, Deniz Naki, que apoyó la resistencia de los kurdos en Turquía. Sufrió un atentado a balazos en Alemania en el 2018, del que sobrevivió, mientras la Federación Turca de Futbol le prohibió volver a jugar. Entonces, Naki se fichó en un equipo de tercera división formado por kurdos. Erdogan lo encarceló por “propaganda terrorista”. O está el caso del palestino Mahmoud Sarsak. En 2009, los soldados de Netanyahu lo detuvieron en una concentración de su equipo en Cisjordania y lo encarcelaron. Luego de tres años de ser considerado un yihadista y no un centro delantero, inició una huelga de hambre que duró tres meses. Al final, tenía problemas del corazón, los riñones y el hígado por desnutrición prolongada. Nunca pudo volver a jugar y se refugió en Inglaterra donde defiende la causa palestina. El portero sirio, Abdul Baset al-Sarout, participó en la resistencia contra el régimen de Assad. La gente de las protestas de 2011 lo llamó “El Guardameta de la Revolución”. Luego, decidió hacerse un combatiente. Resistió el sitio del ejército de Assad contra su pueblo, Homs, donde perdió a su papá y a sus cuatro hermanos. Como comandante del Ejército Libre, murió combatiendo en 2019, a los 27 años de edad. De las protestas anti-gubernamentales en Bahréin, varios futbolistas fueron arrestados en 2011, incluyendo a los jugadores de la selección nacional, Mohamed Hubail y Ali Said, que fueron fueron condenados a penas de prisión, después de sufrir torturas. Están vetados de los equipos de Kuwait, Catar, Arabia Saudita, y el propio Bahréin. Otros jugadores, de la ultraderecha, como en Ucrania, se han sumado al aplauso de la limpieza étnica, o en general en Europa, al acoso contra jugadores de África o que practican la religión del islam.

A estas alturas usted dirá, bueno, eso son posiciones políticas que se deben más al contexto de los jugadores en sus propios países que al futbol mismo. Y tendrá razón. Pero, a lo largo de estos casi dos siglos de futbol profesional, muchos han hecho un trabajo intelectual para rescatar el componente político de la propia dinámica del juego. En América Latina, por supuesto, Eduardo Galeano, Darcy Ribeiro, y Juan Villoro. Pero fue en el XXV encuentro del meditarraneo sobre Albert Camus en 2008, que se invitó a una serie de pensadores anarquistas a escribir sobre el futbol. Todo, a partir de la frase de Camus que dice: “Todo lo que sé con certeza sobre la moral y las obligaciones humanas se lo debo al fútbol”. Wally Rossell, editó un libro al respecto, llamado “Elogio del pase”.

Para terminar esta columna les leo partes de lo pensado por ellos. “El balón no posee poder alguno. El pasador no es dueño del balón; lo tiene sólo en el sentido de Proudhon. El pasador sigue siendo el dueño de la acción. Como en una sociedad anarquista, es libre de hacer lo que quiera. Sin embargo, no puede existir solo, no puede progresar solo, no puede sobrevivir solo. Aquí es donde entra en juego el principio de ayuda mutua. El pase es un acto altruista, en el que la libertad del pasador ("Le doy el balón a quien quiero, en el momento que yo elija") depende enteramente de la existencia de sus compañeros. El acto individual de pasar adquiere su único significado por el propósito que cumple para el grupo. Pasar ("dar") significa afirmar la confianza en los compañeros; expresa la seguridad de que usarán el regalo del pase en beneficio del colectivo. Esta es la esencia del activismo político. Pasar el balón es esencialmente lo mismo que distribuir un panfleto o pegar un cartel: el activista confía en que quienes lo lean lo transformarán en algo útil.

“El acto de pasar el balón es la antítesis de un acto nihilista; es un acto creativo. La técnica es indispensable, como en todas las artes, pero sin creatividad no puede haber pase: las condiciones nunca son exactamente las mismas; cada pase es único.

“Contrariamente a la creencia popular, cuanto mayor es el nivel del juego y más fuerte el rival, mayor es la creatividad individual necesaria para el éxito de un equipo. Es el pase inesperado, improbable, imposible, el que libera a los compañeros y hace avanzar al equipo. Es la capacidad del pasador para comprender el contexto de una situación específica lo que lo convierte en una persona en lugar de un robot”.