"Como toda empresa comercial, y en especial una con particular tufo a corrupción, el futbol como actividad económica amerita escrutinio y cuestionamiento".

Se aproxima el inicio de la Copa del Mundo y todos tienen una opinión más o menos formada sobre el formato o la organización del torneo. El panorama cuesta arriba que enfrenta la selección mexicana y la bofetada inflacionaria al aficionado dominan la conversación. Que si la rodilla de Marcel Ruiz estaba sana o rota, que si Irán tendrá buen trato en Tijuana, que si reditúa revender boletos para juegos en Miami, que si el aeropuerto Benito Juárez estará listo a tiempo… son temas que acaparan estos días las sobremesas de los hogares. El nacionalismo deportivo suma niveles de picante.
Y no está mal que todos opinen, para bien o mal. La FIFA y las selecciones participantes reciben facilidades fiscales a cuenta de todos. La medalla de la paz a Trump y los jolgorios de Infantino no se pagan solos. Y en una esfera más amplia, el futbol mexicano granjea subsidios mediante estadios renovados—como el de Mazatlán, exprimido antes de ser desocupado— o nómina policial cubierta por los gobiernos, por dar dos ejemplos. Como toda empresa comercial, y en especial una con particular tufo a corrupción, el futbol como actividad económica amerita escrutinio y cuestionamiento.
Por elección consciente, evito las barras de análisis de TV Azteca o Televisa. No obstante, escucho las mesas de debate de ESPN o Fox y constato que la discusión lleva años estancada en lugares comunes. Que si el descenso y ascenso deben ser reactivados, que si la Selección Mexicana subió un peldaño en un ranquin de selecciones de la FIFA que a nadie importa, que si fulanito está para jugar en algún club de media tabla en Europa, que si los extranjeros sofocan el brote de futbolistas nacidos en México… son asuntos reciclados con cierta periodicidad en la boca de analistas que proyectan aburrimiento propio. No está del todo equivocado el diagnóstico, aclaro. Los intereses de los dueños del balón tienen un común denominador que todo lo mancha: una cerrazón crónica que blinda las utilidades cortoplacistas, semejantes a rentas, en un mercado donde hacen y deshacen al antojo.
Dichos análisis subestiman varios aspectos, entre ellos la falta de competencia a nivel élite de los futbolistas mexicanos. Hay disenso en muchos temas, pero la Champions League no es uno. Es el torneo más competitivo del mundo. En él contienden las nóminas más abultadas y las plantillas más globalizadas. Para muestra, los jugadores brasileños y argentinos—no nacidos en Europa—concentraron 1 de cada 10 minutos disputados en la pasada edición 2025-26. La confederación africana (CAF) es otro ejemplo: de representar el uno por ciento de minutos disputados en 1993-94, sus futbolistas jugaron este año el ocho por ciento del total de minutos desde el primer partido hasta la final en Budapest. Ciertamente, que las 10 nacionalidades más poderosas del balompié mundial—España, Inglaterra, Francia, Brasil, Alemania, Portugal, Holanda, Italia, Argentina y Bélgica—concentren el 60 por ciento de los minutos en juego dice mucho. Con la excepción de la actual Italia, acaparar minutos de Champions se correlaciona muy bien con el éxito histórico en Mundiales de las selecciones. Y allí hay malas noticias para México.
Para sorpresa de nadie, los futbolistas de nacionalidad mexicana sólo disputaron un total de 104 minutotes en la última edición de la Champions League. El tiempo de juego sumado de Rodrigo Huescas y Obed Vargas ocupó el puesto 76 en la lista de nacionalidades. Por cada minuto de un mexicano, un español disputó 376 y un inglés 253. Sin ánimos de ofender, esos 104 minutos totales mexicanos estuvieron por debajo de los 487 de Irán, 389 de Panamá y 324 de Curazao. Para echar sal a la herida, esos 104 minutos estuvieron alejadísimos de los cuatro mil 105 de Estados Unidos (#24) y los mil 807 de Canadá (#41), cuyos ascensos a nivel individual coinciden en los últimos años con un repunte de calidad de las selecciones.
Ah, pero esta edición de Champions League fue excepcionalmente mala para los mexicanos, dirán algunos. Estás practicando cherrypicking o una selección a modo, dirán otros. Pues bien, al ampliar la muestra a las últimas cuatro ediciones que calzan con el ciclo mundialista 2023-2026, los futbolistas mexicanos sumaron en conjunto apenas dos mil 761 minutos. Puesto en perspectiva, México ocupó el lugar 55 por nacionalidad con el 0.2 por ciento de los minutos disputados en los últimos cuatro años. En cambio, Estados Unidos y Canadá ocuparon los puestos 22 y 35 para consolidar un ascenso innegable.
En resumen, de poco o nada sirve presumir la venta de un jugador mexicano a Europa, por dos motivos. En primer lugar, porque la gran mayoría de los exportados compite fuera de la élite deportiva, capturada bien como proxy—en el argot del economista—por los minutos de Champions League. En segundo lugar, porque la globalización del futbol y el aumento de torneos continentales y partidos por equipo expandió las plantillas y redistribuyó minutos disputados entre una centena de nacionalidades: de acaparar el 97 por ciento de los minutos de Champions en 1993-94, las nacionalidades europeas en conjunto controlaron este año el 75 por ciento (-22 puntos).
Hoy las bancas están más activas y son más internacionales que antes. En otras palabras, no importa si hay más mexicanos en Europa porque también hay más estadounidenses, canadienses, colombianos, ecuatorianos y etcéteras que disputan aún más minutos. Entiéndase de una buena vez: la cifra relativa, no la absoluta, contextualiza el progreso futbolero de un país, atado a su vez a la selección nacional. Bajo ese parámetro, mejor que cualquier clasificación de la inescrupulosa FIFA, México retrocede en calidad.
Duele, sí, pero no maten al mensajero. Los exiguos minutos de Champions League, donde compite la élite, fijan un techo bajo al “Tri”, aunque también son fiel reflejo de factores subyacentes que entorpecen la producción y exportación de buenos futbolistas. Este ejercicio reflexivo sólo intuye que el futbol mexicano es más mediocre de lo pensado, pero desconoce la razón…por ahora. La próxima entrega semanal de esta videocolumna explorará causas. Adelanto que los analistas deportivos también subestiman los débiles contrapesos al capital.
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