7/12/2026

México en 2026: ¿un digno adiós en el Mundial?

Héctor Alejandro Quintanar

"México dio de sí con un equipo que hace año y medio era un absoluto desastre; y que en tiempo récord logró cierta solidez defensiva".

México en 2026: ¿un digno adiós en el mundial? Por Héctor Alejandro Quintanar

El domingo pasado, la selección nacional de futbol de México jugó en el Estadio Azteca contra Inglaterra en el marco de los octavos de final de la Copa del Mundo de 2026, en un partido cuyo resultado fue una derrota por tres a dos, de final trepidante y donde la escuadra europea resistió a piedra y lodo veinticinco minutos finales de embates mexicanos, que si bien casi logran un merecido empate ante una potencia futbolística, mostraron también las limitaciones técnicas y operativas del equipo mexicano, a quien sin embargo en ningún momento se le escatima pundonor, honor y también una inicial buena estrategia que dominó a los europeos gran parte del primer tiempo.

En un ejercicio de autocrítica, podríamos aquí definir a los octavos de final como la barrera que México no ha sabido romper. Emergen también las críticas a la estrategia de Aguirre, quien en la recta final del partido apostó por el juego aéreo, cuando parecía más efectivo asediar a Inglaterra con jugadores habilidosos en lo terrestre -como Vega o Vargas- ante una defensa que, aunque ordenada y muy alta, lucía agobiada.

Emergen también las posturas realistas sobre la cantidad de jugadores de élite que tiene México, cuyo número existe, pero es limitado, carencia que no puede llenarse con mero esfuerzo y garra en la cancha, sino con mayor producción de titulares y suplentes capaces, en lo técnico, físico y mental, de saber qué hacer ante pares de excelencia que juegan en ligas como la inglesa o la alemana; y en situaciones cuesta arriba o límite.

México dio de sí con un equipo que hace año y medio era un absoluto desastre; y que en tiempo récord logró cierta solidez defensiva, cierto entendimiento esperanzador, con todo y las contraluces del técnico Javier Aguirre, cuyo cuadro tuvo destellos interesantes que, aun sin él en el timón futuro, pueden explotar su potencial. Es con base en ese tono esperanzador que se exponen algunos elementos por considerar.

México no ha superado la frontera del quinto partido. México es uno de los países más goleados en la historia de los Mundiales. México es el país que tiene el récord de recibir el primer gol en la historia de Copas del Mundo, cuando en 1930, en Uruguay, el francés Laurent venció la meta del arquero nacional Óscar Bonfiglio. México ostentó hasta 2002 el récord de haber recibido el gol más rápido de los mundiales, cuando en 1962 en el Mundial de Chile, Checoslovaquia le anotó en menos de un minuto. México carga sobre sí goleadas históricas, como un seis a cero en Argentina 1978 frente a Alemania; un cinco a cero y un cuatro a cero frente a Brasil en 1954 y 1950; una tardanza de 28 años de participar en mundiales para lograr un punto (obtenido en un empate contra Gales en el Mundial de Suecia de 1958) y otra de 32 años de haber participado en un mundial para lograr su primera victoria, en 1962, contra Checoslovaquia por tres a uno; y una cauda de cuarenta años para, en el Mundial de México 1970, pasar por primera vez a una siguiente ronda.

Pero veamos otro aspecto de México en mundiales. De 1986 a 2018 -con la salvedad de la ausencia mexicana en el Mundial de Italia 1990 por una razón administrativa y no futbolística- México fue, junto con Brasil, los únicos equipos que en esos 32 años pasaron a siguiente ronda en Copas del Mundo, sin importar qué grupo le tocara.

En México 1986, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea-Japón 2002; Alemania 2006; Sudáfrica 2010; Brasil 2014 y Rusia 2018; la oncena verde pasó siempre octavos de final sin casualidades o suerte de por medio; y en esas ocho fases de grupos, el Tri logró un acumulado de 43 puntos de 72 posibles, en una efectividad importante del 60 por ciento que nunca fue casualidad. En ese periodo de juegos de grupo, México logró en 24 partidos 12 victorias, ocho empates y sólo cuatro derrotas, de las cuales tres fueron por un solo gol: Noruega por uno a cero en 1994; ante Portugal por dos a uno en 2006; por uno a cero frente a Uruguay en Sudáfrica 2010. En ese lapso relevante de tres décadas, la única derrota clara que padeció México en Mundiales fue contra Suecia en 2018, por tres a cero.

No pueden obviarse en esa aventura, juegos memorables donde la escuadra nacional jugó de tú a tú o derrotó a potencias y campeonas vigentes, como fue el caso de los empates a uno frente a Italia en 1994 y 2002; el empate a cero contra Brasil en su casa en 2014; o las victorias contra Francia en 2010, subcampeón vigente; a quien México ganó con autoridad por dos a cero; o contra el campeón defensor Alemania en 2018, a quien México doblegó por uno a cero en un partido bien planteado cuyo resultado no fue suerte. En esos ocho mundiales, México calificó como primero de grupo tres veces y cinco como segundo.

Dicho de otro modo, México fue en ese extendido periodo de 32 años, junto con Brasil, el mejor primerondista en Mundiales. Quizá valga la pena pensar que esa inercia interesante detenía su eficacia en octavos de final más por razones mentales que futbolísticas. Como un buen prologuista pero mal desarrollista de tramas, México ha solido dar sus mejores páginas al inicio de los torneos mundiales y, como si enfrentara un bloqueo creativo, suele desenlazarse sin la misma calidad inicial en la zona posterior y decisiva del campeonato.

Es obvio que para mejorar se necesita un proceso físico y de mejoramiento que sacuda las estructuras del futbol nacional; sanee la consabida corrupción ahí existente y se dedique a formar jugadores que sean en sí mismos de élite (en lo físico, en lo técnico, en lo estratégico y en lo conductual) y jueguen en ligas de élite donde el enfrentamiento ante grandes potenciales sea la regla y no la excepción.

Pero también puede ayudar evocar ese momento interesante de México como un constante invitado a la clasificación a siguiente ronda en Mundiales; marca modesta si se quiere, pero de una prolongación de tres décadas y que, si somos justos, vale mencionar que no lograron en el mismo lapso naciones potencia como Uruguay (eliminada en fase de grupos en 2002 y ausente en varios mundiales del periodo), Argentina (eliminada en fase de grupos en 2002); Francia (eliminada en fase de grupos en 2002 y 2010); Italia (eliminada en fase de grupos en 2010 y 2014); Inglaterra (eliminada en fase de grupos en 2014) o Alemania (eliminada en fase de grupos en 2018).

México puede pensarse desde esa racha intensa, bien lograda, producto a veces de eliminatorias tensas -como en 2002 o 2014- pero que siempre en el inicio de la justa mundialista afinaba su estrategia, aminoraba sus complejos y dotó de un futbol eficaz. Notar que con todo y sus contraluces, sus múltiples defectos, sus directivos grotescos, sus televisoras sin escrúpulos, México ha tenido una inercia importante. En el mundial que aún se juega, hay algunos de esos destellos por resaltar.

Por primera vez en la historia la oncena nacional logró las tres victorias y nueve puntos en primera ronda. Por primera vez en la historia México logró no recibir ningún gol en primera fase. Por primera vez en la historia México logró acumular cuatro partidos consecutivos con su arco en cero, hazaña que, de haberse extendido a un partido más, habría igualado al récord histórico que obtuvo Italia en 1982, cuando no recibió gol en cinco partidos sucesivos. El Mundial de 2026 es, asimismo, donde México ha logrado la mayor cantidad de goles en su historia, al marcar diez, y superar con ello a los ocho que marcó en Francia 1998. En el ámbito individual, Julián Quiñones se convierte en el máximo anotador mexicano en la historia de los mundiales en un solo torneo, al anotar cuatro dianas (dos de ellas de una belleza inmensurable) y empatar así a Luis Hernández, quien hizo lo propio asimismo en 1998.

Los datos fríos dicen menos de lo que aparentan. Por eso estas cifras y elementos son menos una estadística que una consigna, que busque servir de inspiración para saber que el saludable “¿y si sí?” es una pregunta válida que conlleva la posibilidad de caer, pero, a diferencia del ingenuo “sí se puede”, asoma también espacio para el realismo, el aprendizaje y la autocrítica. Mirar eso como inspiración puede lograr que México, como un escritor entusiasta pero aún diamante en bruto que necesita pulirse, deje de ser un gran prologuista de los mundiales y se torne en un protagonista en sus clímax y finales.

SomosMx: Prometer no empobrece

 Mario Campa

"¿Es creíble la promesa de que SomosMx crecerá el pastel que disputa la oposición?  El tufo a material reciclado erosiona el relato central".

SomosMx: Prometer no empobrece. Por Mario Campa

En estos días donde el Mundial domina la conversación pública y privada, la política pasa a segundo plano. Tras el jolgorio, la cruda realidad partidista retornará al cauce de la normalidad. Despejada la bruma, el votante recibirá como noticia rezagada el reciente aval del Instituto Nacional Electoral (INE) a dos partidos nuevos: PAZ y Somos México (SomosMx). Del primero se espera poco, aunque Morena podría intercambiar aliados o cuando menos contrarrestar los chantajes del Verde con un potencial socio. En cambio, el segundo amerita más lupa tratándose de una apuesta contestataria.

En política, el rival ayuda a la autodefinición y a reafirmar convicciones. Si bien el conflicto como formador de identidad es normal y para algunos deseable, Somos México abusa de una definición más en clave negativa que propositiva. El listado de políticas de Morena que derogaría de llegar al poder incluye: restablecer órganos autónomos (Idea 1), derogar la reciente Reforma Judicial (Idea 2), retirar a las Fuerzas Armadas de tareas civiles (Idea 3) y remunerar a los maestros mediante evaluaciones de desempeño (Idea 7). Amén de restaurar el engranaje institucional del PRI y el PAN, el uso de marcos discursivos predominantemente noventeros (“sociedad civil”, “autonomía”, “contrapesos” y “elecciones libres”) no presentan novedad en relación a la llamada Marea Rosa, movimiento influenciado por los transitólogos. Un aire a viejo predomina.

La oferta restante de políticas públicas, aquella en clave positiva, arroja más luz a la aridez programática. Con flirteos ocasionales al arte del plagio, el grueso de las propuestas de SomosMx tiene un notable grado de duplicidad con Morena. Por ejemplo, “establecer un sistema de prevención del delito basado en educación, empleo y cultura” (Idea 3) suena a “atención de las causas”. En el mismo tenor, “construir un sistema nacional de salud universal gratuito” (Idea 6) suena a IMSS Bienestar y “salario digno” (Idea 8) suena a salario mínimo. Otras propuestas, como el sistema nacional de cuidados (Idea 10) o “garantizar recursos públicos como % del PIB para educación, ciencia, tecnología e innovación” (Idea 7), son simple y llana vanilocuencia disociadas de cifras concretas, líneas de acción específicas y metas trazables.

Dice el dicho popular de extenso uso en política que prometer no empobrece. Tanto esmero puso SomosMx en adoptar esta filosofía que en su decálogo “10 ideas por un mejor México” borró toda referencia a los mecanismos fiscales que darían vida a sus políticas públicas. Sin mención alguna de impuestos o ahorro (austeridad), se deduce entre líneas que aumentarían el gasto con deuda. Si es el caso, lo honesto es decirlo; en cambio, SomosMx omite información clave por diseño, a saber, para no irritar al votante ni a los grupos de interés.

Otra promesa que no empobrece es intentar lo distinto con los protagonistas de siempre. Figuras políticas profesionales como Guadalupe Acosta Naranjo (exdirigente del PRD), Cecilia Soto González (excandidata presidencial), Fernando Belaunzarán y Emilio Álvarez Icaza luce como intento de dar vida artificial al PRD, cuyo cuerpo inerte comienza a apestar. Por otra parte, la participación de exfuncionarios del INE resta credibilidad a las autoridades electorales pasadas y actuales. ¿Imaginan a Arturo Brizio Cárter o Edgardo Codesal colgando el pito por los colores del América bajo una supuesta defensa del arbitraje? Salvador Dalí, quien no soportó un país como México más surrealista que sus pinturas, ríe en la tumba.

SomosMx enfrenta una cuesta empinada para preservar registro. Entre 2000 y 2024, 11 partidos políticos nacionales fueron creados en México, de los cuales sólo el 36 por ciento sobrevivió una primera elección federal, a saber, obtuvieron la votación necesaria para mantener su registro. En otras palabras, la tasa de letalidad de los nuevos partidos fue de 64 por ciento sólo en la primera elección. Para mantener registro, SomosMx requiere al menos tres por ciento de la votación válida emitida en la elección federal de diputaciones de 2027. Sin posibilidad de integrar coaliciones en un primer momento, competirá con el PRI, el PAN y hasta con MC—de fachada progresista—por un tipo de votante propenso al voto opositor.

¿Es creíble la promesa de que SomosMx crecerá el pastel que disputa la oposición?  El tufo a material reciclado erosiona desde ahora el relato central. Sin diferenciadores perceptibles ni líderes carismáticos, la canibalización y la desventaja territorial son pasivos inestimables. Aunque MC parece el par más próximo en discurso y programa, la careta de novedad sería más eficaz para restar votos al PRI y al PAN. Los viejos opositores enfrentan como encrucijada tender la mano como inversión a futuro a costa del presente por atomización del voto anti-morenista, o bien disociarse en lo individual para minimizar el traslape adverso de simpatías. Para SomosMx, prometer lealtad a la manada sería un acto que enriquecería las opciones de supervivencia improbable y nutriría las ínfulas inagotables de patrocinadores y dirigentes. Mientras juegue con dinero de la casa, prometer no empobrece.

Colombia y el mundo: ¿qué sigue?

 Un Quijote en Tenochtitlán

Juan Carlos Monedero

"Nunca la izquierda ha tenido tanta fuerza en Colombia, al tiempo que no sé si habrá enfrentado un reto del tamaño que tiene por delante".

Colombia y el mundo: ¿qué sigue? Por Juan Carlos Monedero

Cada vez es más evidente que la derecha global hace todo tipo de trampas para ganar las elecciones, un contrato o el Mundial de futbol, justificar las agresiones dentro y fuera de sus países y prometer desgracias a quienes no se plieguen a los mandatos de estas fuerzas políticas que cada vez más se deslizan hacia lo que hemos conocido históricamente como “fascismo”. Todo cometido por los Estados Unidos (EU) de Donald Trump o bajo su tutela, que igual hace que le quiten una tarjeta roja a un jugador norteamericano en el Mundial que secuestra al Presidente de Venezuela, bombardea Irán porque el lobby judío creyó que era una buena idea o interviene en las elecciones de otros países para tergiversar la voluntad popular. En la cumbre de la OTAN ha vuelto a amenazar a España y una oficina de inteligencia norteamericana mandó a España información sustraída de un celular de un venezolano con la intención de perjudicar al expresidente español Rodríguez Zapatero. No porque lo que haya hecho Zapatero sea diferente de lo que han hecho los expresidentes Aznar o Felipe González, sino porque Zapatero ha demostrado comprensión con las izquierdas latinoamericanas.

En Colombia, las autoridades electorales han señalado como ganador de las elecciones a un empresario y abogado que ha consagrado su vida a defender a paramilitares, a narcos y a delincuentes internacionales.

El Presidente Petro y el bloque del Pacto Histórico han desconocido el resultado de las elecciones en Colombia sobre la base de pruebas que se están consignando en la Fiscalía, en el Consejo de Estado y también ante la justicia norteamericana. Eso no quita que Petro se ha comprometido a entregar el poder el 7 de agosto, cuando termina su mandato. Se reconoce la legalidad de De la Espriella, pero no su legitimidad.

No es común que la izquierda desconozca un resultado electoral. Es algo más propio de la derecha, como se ve con Donald Trump que sigue insistiendo -sin pruebas que le den la razón- que le robaron las elecciones que ganó Joe Biden. Esas reclamaciones desde la izquierda no suelen tener éxito porque el sistema judicial siempre está escorado en todos los países a la derecha (quizá con la salvedad de Italia en su lucha contra la mafia y la corrupción de la democracia cristiana y de Silvio Berlusconi). En todos los países, a los votantes de centro, que no suelen tener una mirada crítica ni sobre el Poder Judicial ni sobre los sistemas electorales, no les gusta que se cuestione el resultado electoral que brindan las instituciones. Ni siquiera cuando hay evidencia de que se han hecho trampas. Los votantes de centro es más fácil que protesten contra la izquierda que contra la derecha o las instituciones.

Todo indica que a López Obrador le robaron las elecciones en 2006 en un sonado fraude electoral, y en 2012 con trampas que el sistema permitió y toleró. Pese a constatarse las corruptelas, el veredicto no se varió, y el PRI y luego el PAN se beneficiaron de esas trampas. En 2028 Lula da Silva fue encarcelado con una falsa acusación de corrupción. Tras 580 días en la cárcel, el Tribunal Supremo anuló sus casos, dictaminando que el Juez Sergio Moro no tenía jurisdicción y actuó de forma parcial (recordemos que Bolsonaro lo nombró Ministro de Justicia e Interior), lo que permitió a Lula recuperar todos sus derechos políticos. Pero Bolsonaro ya era el Presidente y eso no tuvo marcha atrás. En España, al partido Podemos lo acusaron dos semanas antes de las elecciones, con una factura falsa hecha con Photoshop, de haber cobrado 272 mil dólares de Venezuela. Fue multiplicado por los medios aún sabiendo que era falso -caso de televisión La Sexta- lo que provocó un enorme retroceso electoral. Luego se demostró que la factura era falsa, pero nadie restituyó el daño. Y estamos hablando de decisiones que influyen en quién va a gobernar un país. Petro, que es el Presidente de Colombia hasta el 7 de agosto, ha desconocido el resultado tras la constatación de multitud de fraudes y ha llamado a un proceso de desobediencia civil.

¿Tenía otra opción Petro cuando, además de las evidencias, desde las filas del abelardismo se le estaba prometiendo revancha contra él, su familia y todos los que se atrevieron a protagonizar el primer gobierno de izquierdas de la historia de Colombia? ¿Tiene alternativa el Pacto Histórico cuando las primeras medidas prometidas de De la Espriella es la renovación del paramilitarismo que generó en un genocidio en Colombia? La derecha colombiana necesita ruido y furia para ocultar sus enormes debilidades.

La victoria de Abelardo de la Espriella, como va a ocurrir con todas las elecciones en las que intervenga Trump, está llena de desconfianzas y prevenciones. Y dificulta la paz social. Cuando gana las elecciones una fuerza política que empezó mal la carrera electoral, con sospechas de fraude en las firmas necesarias para legalizar la presentación; cuando gana las elecciones, no por sus propios méritos, sino con el apoyo de EU, es decir, de un país extranjero del que el candidato, además, tiene la nacionalidad; cuando la victoria la logra, para más inri, con una costosísima campaña sucia basada en Inteligencia Artificial y en granjas de bots situadas en otros países, y con el uso de algoritmos que tergiversan el resultado; cuando se verifica la compra masiva de votos, y se evidencia la intervención, junto a Donald Trump, de empresarios y gobiernos de otros países que han brindado dinero y tecnología para hacer trampas; si además resulta que esa fuerza política bajo sospecha, una vez que gana las elecciones decide desde el Ejecutivo -quitándole su jurisdicción al Poder Judicial- ir contra el Presidente saliente con la intención de aniquilar a la oposición, en un ánimo claro de revancha, intentando clausurar la posibilidad de que la izquierda -y los demócratas- nunca vuelva a ganar en Colombia, y olvidando que ha ganado por menos de un punto de distancia, siendo además quien lo anuncia Carlos Alonso Lucio, el responsable del “empalme” (esto es, el traslado de poderes), un estafador y prófugo de la justicia devenido pastor evangélico, la verdad es que le están poniendo muy difícil a esos 12 millones 750 mil colombianas y colombianos que votaron por Iván Cepeda y Aída Quilcué aceptar unas reglas del juego que se están quebrando de una manera tan burda.

Antes de que el traspaso de poderes se consume, los paramilitares seguidores de De la Espriella están atacando a campesinos que habían recuperado sus tierras, se está amenazando a los profesores críticos, así como a los defensores del proceso de paz, se pretende crear de nuevo un cuerpo de paramilitares para hacer labores de policía (el llamado “Bloque de Defensa de la Seguridad Urbana”) y, como ejemplo del comportamiento execrable, están acosando a la madre y al padre del Presidente Gustavo Petro, gente humilde de 83 y 92 años respectivamente, a los que la Policía, para colmo, no defiende de esos energúmenos. Lo que, a su vez, demuestra que la petición de “justicia” de Carlos Alonso Lucio no tiene ninguna voluntad de tal, porque no solamente no persigue los delitos que se pueden haber cometido en su espacio ideológico, sino que demuestra con esta persecución a ancianos que lo que buscan es, como era propio del fascismo del siglo pasado, sembrar el terror e intentar disciplinar con el miedo.

Creo que, pese a todo, es muy inteligente la petición de Iván Cepeda de abrir un proceso de desobediencia civil -que por su propia definición es pacífica- ante la quiebra de la Constitución que promete Abelardo de la Espriella, de la misma manera que la petición del Presidente Gustavo Petro de no caer en provocaciones y no responder con nada que no sean los tribunales, las redes sociales, las calles y la comunicación ciudadana allá donde esté cada uno de esos 12.7 millones de colombianos que votaron conscientemente para no perder ni la legalidad constitucional ni la paz ni la soberanía.

El grupo de De la Espriella no destaca por su finura intelectual. Cuando se ha planteado crear desde el Pacto Histórico un shadow cabinet al estilo inglés, es decir, que el Pacto Histórico nombre un equipo que haga seguimiento de los ministros del gobierno -como si fueran unos ministros espejo, que es lo que expresa la idea de un gobierno en la sombra- para realizar una oposición más eficaz, han creído que se trataba de un gobierno paralelo que desconocía al que nombre el Presidente ultraderechista. En la misma línea, no han entendido nada de lo que significa la desobediencia civil, que es un concepto muy desarrollado del derecho constitucional que tiene tres principios. Primero, que lo que reclamas no es particular, sino que lo reclamas para toda tu sociedad; en segundo lugar, y esto es esencial es pacífico. ¿Por qué? Porque la desobediencia civil es algo pensado para los sistemas democráticos que tienen la legitimidad del grueso de la población. Por eso, la violencia se vería como terrorismo. Y en tercer lugar, la desobediencia civil asume las consecuencias de los actos. Es precisamente en la asunción de un castigo a todas luces injusto donde puede crecer la conciencia ciudadana.

Este concepto tiene una prehistoria con Platón. En su diálogo Critón, narra cómo los amigos de Sócrates sobornan a sus carceleros y le ofrecen huir la noche antes de que le vayan a obligar a beber cicuta. Es ahí donde Sócrates argumenta que las leyes son las que le han hecho quien es, de manera que aunque la sentencia sea injusta, debe cumplirla porque ha vivido toda su vida beneficiándose del orden de la ciudad, y romper ese pacto tácito sería una traición mayor que la propia muerte. Se trataba, por tanto, de desafiar públicamente el veredicto sin huir de él, aceptando la pena como parte del propio acto político, que es justo el germen de la "asunción de responsabilidad" que, junto a la reclamación de asuntos que sean universalizables -no se desobedece civilmente para un asunto personal- y la exigencia de la que la reclamación no sea violente, configuran los tres requisitos de la desobediencia civil. Es Habermas quien, más de dos siglos después, le pone marco institucional a todo esto, moderando las posiciones de autores anteriores como Thomas Paine.

Habermas, como una persona de orden, entiende que la desobediencia civil no es una anomalía peligrosa, sino que es parte legítima de la cultura política de una democracia madura, una apelación pública a los principios de legitimidad que la propia Constitución dice defender y, por tanto, un mecanismo mediante el cual el sistema se somete a su propia autocorrección cuando los canales formales de decisión han fracasado a la hora de representar el sentido compartido de justicia. No es raro que un filósofo como Iván Cepeda haya recurrido a este concepto.

Ya hemos dicho que el bloque que ha votado por De la Espriella, a diferencia del que ha votado por Cepeda, no está cohesionado. Es una amalgama sin coser de voto comprado, voto asustado y voto engañado junto con el voto consciente del paramilitarismo, del uribismo, del anarcocapitalismo al estilo Milei, de conservadores tradicionales y de sectores a los que ya les sobra la democracia. ¿Qué es lo único que podría cohesionarles? La violencia por parte del bloque de Cepeda. Lo que, a su vez, justificaría la violencia por parte del nuevo gobierno. De manera que lo inteligente es mantenerse en la legalidad, denunciar las violaciones de los derechos humanos; por supuesto, resistir la violencia -repito, sin permitir que justifiquen la represión- y organizar de manera consistente el bloque de los 12.7 millones de Iván Cepeda para que quede evidente la correlación de fuerzas.

En Colombia, después de la toma de posesión de De la Espriella, habrá tres “poderes” en la oposición. Uno lo organizará el numeroso grupo parlamentario del Pacto Histórico, amplio, bien preparado, con experiencia y liderado con alguien de enorme valía y reconocimiento como Iván Cepeda, acompañado de un gran equipo (Quilcué, Carolina Corcho, y el resto de senadores y diputados) y que ejercerá desde su espacio institucional tanto el desarrollo de su programa como la desobediencia civil a la quiebra de la Constitución y las leyes por parte del abelardismo.

Otro, para mí más relevante, lo tiene que organizar el Pacto Histórico articulándose como un partido-movimiento (no como un partido de vanguardia ni un partido vertical y jerárquico), que actúe como nave nodriza junto a las fuerzas progresistas que no quieran incorporarse al Pacto Histórico. En la organización del partido-movimiento están todas las personas que no tienen cargo institucional y quienes entienden su tarea en lo orgánico. Deben organizar los territorios, debe poner en marcha de manera democrática las elecciones regionales y municipales, debe organizar la defensa jurídica de la ciudadanía que ejerza la desobediencia civil, y debe ser el recipiente donde el vapor político de los 12.7 millones se acumule para poder producir transformaciones. No debe ser en modo alguno correa de transmisión del bloque parlamentario, sino que tiene que ir creando una cultura política democrática donde sea el partido, después de una profunda deliberación, quien marque el rumbo y al que se sometan los cargos de elección popular. Y no tiene por qué estar siempre de acuerdo con el bloque parlamentario -aunque conviene que así sea-. Por ejemplo, el partido puede tener en su agenda el proceso constituyente y no así el bloque parlamentario. O lo puede tener el Pacto Histórico y no los partidos con los que construir algo más amplio que funcione como un frente.

El tercero, que tiene connotaciones obvias propias del Ejecutivo, será lo que haga Gustavo Petro como actor político de enorme relevancia. Si el abelardismo cree que van a poder silenciarlo, se equivocan, igual que se equivocan si piensan que van a poder procesarlo con ánimo de revancha sin que el grueso de los 12.7 millones, entonces sí, se pongan en pacífico pie de guerra.

Nunca la izquierda ha tenido tanta fuerza en Colombia, al tiempo que no sé si en algún momento habrá enfrentado un reto del tamaño que tiene por delante y que amenaza con desmantelar la democracia y sustituirla por una dictadura de corte fascista autorizada por EU. El aparato jurídico colombiano es sólido y no se desmantela de manera tan sencilla. A Trump, gran valedor de De la Espriella y del jugador Balogun, sancionado con tarjeta roja, le crecen los problemas y es muy fácil que, si el Pacto Histórico no comete errores, pronto haya desencantados con el abelardismo que se sumarán a las filas de los que reclaman la democracia en Colombia. Al final, cuando se constate la realidad, en el abelardismo quedarán los realmente abelardistas: paramilitares, uribistas, violentos, empresarios sin escrúpulos, egoístas, gente sin escrúpulos, los pusilánimes que siguen viendo fantasmas en la izquierda y, como en todos los países, ese puñado de indiferentes a los que en la Divina Comedia condenaron a vagar eternamente en el limbo picados por avispas.

La defensa de los privilegios

El Poder del Consumidor

Alejandro Calvillo

"Los poderes económicos, los privilegiados, no sólo tienen el control de los mayores medios de comunicación impresa y de la televisión; también utilizan estos medios".

La defensa de los privilegios. Por Alejandro Calvilo

América Latina está sufriendo un fuerte giro a la derecha, a una derecha marcada por el “modelo trumpista”. Como en los propios Estados Unidos, sectores que han sido marginados de los privilegios a causa de un modelo económico de exclusión, que ha ido debilitando e, incluso, desapareciendo derechos adquiridos en el pasado, están apoyando este giro político que los excluirá aún más, que profundizará su marginación. No es el motivo de esta colaboración explicar por qué está ocurriendo esto, pero sí tratar de mostrar las estrategias que las provocan.

Partamos del reconocimiento de que vivimos en una civilización en donde la riqueza se ha concentrado como nunca antes, que las grandes corporaciones han tomado el dominio global, que las prácticas monopólicas ya no tienen controles, o estos se han vuelto ridículos, que las corporaciones de la informática y la Inteligencia Artificial están tomando un dominio tecnológico muy peligroso sobre el destino de la humanidad, pero también están desarrollando una estrategia profunda de programación de masas.

Para hablar del mundo de los privilegios, bajemos varios escalones para ilustrar su lógica, para poderlo ejemplificar, desde nuestra experiencia enfrentando condiciones que contribuyen a las principales causas de enfermedad y muerte en nuestro país. Un ejemplo de cómo se mantienen, cómo predominan estos privilegios en contra del bienestar colectivo.

El ejemplo puede parecer muy sencillo, pero forma parte de una lógica amplia y absoluta. Entre las áreas que hemos trabajado en nuestra asociación, El Poder del Consumidor, están los temas de la seguridad vial y el de la alimentación. Muchas veces, una fotografía puede ser un espejo amplio que explica una realidad más compleja. Si en el momento de dar a conocer que la industria automotriz de nuestro país producía modelos de vehículos para exportar contando con los sistemas de seguridad recomendados internacionalmente, al tiempo que producía esos mismos modelos de vehículos sin sistemas de seguridad para el mercado mexicano, le preguntáramos a uno de los directivos de la gran industria del pan industrializado qué pensaba de esa práctica, le indignaría, diría que no es justa. Y si fuera al revés, por ejemplo, si le preguntáramos a un directivo de esa gran industria automotriz qué pensaría de que el pan industrializado que en el mercado mexicano se venía vendiendo, durante decenios, como pan integral productos que no tenían ni un gramo de harina integral, se indignaría mucho también.

Este ejemplo muy particular explica la magnitud y el poder en la defensa de los privilegios. Veamos: a pesar de la indignación de unos y otros frente a estas prácticas de otro sector de la industria, la complicidad de los privilegiados ha mantenido su respuesta conjunta en contra de modificar esas condiciones que un sector y otro han mantenido. Juntos, en las grandes asociaciones empresariales, se oponen a regulaciones a uno u otro sector. Esto, frente a los poderes del Estado.

Pero también, y principalmente, el poder de las corporaciones, de los privilegiados, se ha convertido en un poder de control de los medios de comunicación donde es muy difícil y, cada vez más, casi imposible, que la información pueda afectar sus intereses; esa información difícilmente puede ser transmitida.

El mejor ejemplo está aquí y ahora frente a nosotros. ¿Ha podido usted leer en algún medio impreso los resultados de un informe que elaboramos en base a evidencia, en el que se calcula que el consumo de Coca-Cola en México es responsable de 115 mil casos nuevos anuales de diabetes y enfermedades cardiovasculares? ¿Que el consumo de bebidas azucaradas, en conjunto, está causando 230 mil nuevos casos anuales de diabetes y enfermedades cardiovasculares entre la población mexicana? ¿Hay un sistema de salud pública que pueda enfrentar esta situación?

Y esta empresa, este producto, es el principal patrocinador de la Copa Mundial. A pesar de que México ha sido invadido por la publicidad de Coca-Cola durante decenios, por la presencia de este producto en más de un millón de puntos de venta, lo que vemos en este evento es un tsunami de anuncios, promociones, productos, eventos, que posicionan este producto asociándolo con el deporte, maquillándose del aura que significa esta contienda mundial.

Los poderes económicos, los privilegiados, no sólo tienen el control de los mayores medios de comunicación impresa y de la televisión; también utilizan estos medios para atacar a quienes afectamos la percepción que crean con toda su publicidad, asociando su producto no solamente al deporte, sino a todo tipo de eventos, incluso, a la Navidad. ¿Qué representa para un niño o una niña ver Coca-Cola por todos lados, asociada a la Copa, ver su logo al lado de la FIFA, ¿como si fuera un matrimonio? ¿Qué significa para las infancias ver a Santa Claus asociado al logo de la refresquera, tomando esta bebida? Para las autoridades, para COFEPRIS, parece no representar nada: "se trata de un evento cultural".

Es un ejemplo de los privilegios, un ejemplo concreto. Pero ¿qué pasa cuando se les quieren poner más impuestos a las corporaciones que generan severos daños a la población, a las que se llevan enormes recursos y dejan daños costosísimos que tratamos de cubrir con el pago de nuestros impuestos y de nuestros bolsillos, especialmente, de las familias más pobres? ¿Qué pasa cuando se quieren aumentar los impuestos a los más ricos?

Tienen el control de los medios de comunicación, tienen las herramientas para generar una percepción al gusto.

Llama la atención que algunos de los gobiernos que se han identificado de izquierda, que han tenido éxito en el combate a la pobreza y han demostrado crecimiento económico —logros no alcanzados por varios de los gobiernos conservadores—, pierden las elecciones y son desplazados por el voto de los ciudadanos. Sin duda, han tenido peso las prácticas de la izquierda de querer centralizar el poder, de querer perpetuarse en él, en unos países más que en otros. No debe cuestionarse el peligro que representan esas prácticas que pueden llevar a regímenes autoritarios, donde surgen nuevas castas de privilegiados y la corrupción se expande. Pero tampoco debe generalizarse que esto pasa siempre en los gobiernos de izquierda; pasa tanto en unos como en otros del espectro ideológico, sabemos bien que los opuestos tienden a tocarse.

Pero los ataques desde los medios de comunicación a los gobiernos que afectan los intereses de los grandes poderes corporativos privilegiados —ataques que se profundizan en las redes sociales— están dirigidos y, en muchos casos, son efectivos en la producción de percepciones al gusto de esos poderes.

Vivimos bajo un dominio de la percepción de los ciudadanos por algoritmos que invaden la cotidianidad de las personas, los cuales tienen dos objetivos centrales íntimamente ligados: primero, polarizar para provocar crisis, miedo, shock, para que la población apoye la mano dura (véanse los discursos de Trump y las derechas latinoamericanas), para lograr mayores privilegios a quienes más los tienen y, segundo, producir una percepción donde el bienestar social y el contrato social se socavan bajo la ideología individualista.

Se impone así la estrategia de Lee Atwater, lo que explicó como "percepción es realidad". Este estratega político de Reagan y Bush padre, en las décadas de 1980 y principios de 1990, es reconocido por sus campañas profundamente agresivas, dirigidas a moldear la percepción de los ciudadanos, provocando miedo y temores con base en planteamientos racistas y sobre la criminalidad. Su estrategia era la confrontación, y esta estrategia ahora da un salto contando con herramientas muy poderosas: los algoritmos y la inteligencia artificial que la mayor parte de la población lleva en el bolsillo y a la que se conecta varias horas al día.

Ojalá que realmente avancemos en México en el control de los daños generados por estas tecnologías, así como en el control de los daños que están generando las grandes corporaciones sobre la sociedad y el planeta.