Héctor Alejandro Quintanar
"México dio de sí con un equipo que hace año y medio era un absoluto desastre; y que en tiempo récord logró cierta solidez defensiva".

El domingo pasado, la selección nacional de futbol de México jugó en el Estadio Azteca contra Inglaterra en el marco de los octavos de final de la Copa del Mundo de 2026, en un partido cuyo resultado fue una derrota por tres a dos, de final trepidante y donde la escuadra europea resistió a piedra y lodo veinticinco minutos finales de embates mexicanos, que si bien casi logran un merecido empate ante una potencia futbolística, mostraron también las limitaciones técnicas y operativas del equipo mexicano, a quien sin embargo en ningún momento se le escatima pundonor, honor y también una inicial buena estrategia que dominó a los europeos gran parte del primer tiempo.
En un ejercicio de autocrítica, podríamos aquí definir a los octavos de final como la barrera que México no ha sabido romper. Emergen también las críticas a la estrategia de Aguirre, quien en la recta final del partido apostó por el juego aéreo, cuando parecía más efectivo asediar a Inglaterra con jugadores habilidosos en lo terrestre -como Vega o Vargas- ante una defensa que, aunque ordenada y muy alta, lucía agobiada.
Emergen también las posturas realistas sobre la cantidad de jugadores de élite que tiene México, cuyo número existe, pero es limitado, carencia que no puede llenarse con mero esfuerzo y garra en la cancha, sino con mayor producción de titulares y suplentes capaces, en lo técnico, físico y mental, de saber qué hacer ante pares de excelencia que juegan en ligas como la inglesa o la alemana; y en situaciones cuesta arriba o límite.
México dio de sí con un equipo que hace año y medio era un absoluto desastre; y que en tiempo récord logró cierta solidez defensiva, cierto entendimiento esperanzador, con todo y las contraluces del técnico Javier Aguirre, cuyo cuadro tuvo destellos interesantes que, aun sin él en el timón futuro, pueden explotar su potencial. Es con base en ese tono esperanzador que se exponen algunos elementos por considerar.
México no ha superado la frontera del quinto partido. México es uno de los países más goleados en la historia de los Mundiales. México es el país que tiene el récord de recibir el primer gol en la historia de Copas del Mundo, cuando en 1930, en Uruguay, el francés Laurent venció la meta del arquero nacional Óscar Bonfiglio. México ostentó hasta 2002 el récord de haber recibido el gol más rápido de los mundiales, cuando en 1962 en el Mundial de Chile, Checoslovaquia le anotó en menos de un minuto. México carga sobre sí goleadas históricas, como un seis a cero en Argentina 1978 frente a Alemania; un cinco a cero y un cuatro a cero frente a Brasil en 1954 y 1950; una tardanza de 28 años de participar en mundiales para lograr un punto (obtenido en un empate contra Gales en el Mundial de Suecia de 1958) y otra de 32 años de haber participado en un mundial para lograr su primera victoria, en 1962, contra Checoslovaquia por tres a uno; y una cauda de cuarenta años para, en el Mundial de México 1970, pasar por primera vez a una siguiente ronda.
Pero veamos otro aspecto de México en mundiales. De 1986 a 2018 -con la salvedad de la ausencia mexicana en el Mundial de Italia 1990 por una razón administrativa y no futbolística- México fue, junto con Brasil, los únicos equipos que en esos 32 años pasaron a siguiente ronda en Copas del Mundo, sin importar qué grupo le tocara.
En México 1986, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea-Japón 2002; Alemania 2006; Sudáfrica 2010; Brasil 2014 y Rusia 2018; la oncena verde pasó siempre octavos de final sin casualidades o suerte de por medio; y en esas ocho fases de grupos, el Tri logró un acumulado de 43 puntos de 72 posibles, en una efectividad importante del 60 por ciento que nunca fue casualidad. En ese periodo de juegos de grupo, México logró en 24 partidos 12 victorias, ocho empates y sólo cuatro derrotas, de las cuales tres fueron por un solo gol: Noruega por uno a cero en 1994; ante Portugal por dos a uno en 2006; por uno a cero frente a Uruguay en Sudáfrica 2010. En ese lapso relevante de tres décadas, la única derrota clara que padeció México en Mundiales fue contra Suecia en 2018, por tres a cero.
No pueden obviarse en esa aventura, juegos memorables donde la escuadra nacional jugó de tú a tú o derrotó a potencias y campeonas vigentes, como fue el caso de los empates a uno frente a Italia en 1994 y 2002; el empate a cero contra Brasil en su casa en 2014; o las victorias contra Francia en 2010, subcampeón vigente; a quien México ganó con autoridad por dos a cero; o contra el campeón defensor Alemania en 2018, a quien México doblegó por uno a cero en un partido bien planteado cuyo resultado no fue suerte. En esos ocho mundiales, México calificó como primero de grupo tres veces y cinco como segundo.
Dicho de otro modo, México fue en ese extendido periodo de 32 años, junto con Brasil, el mejor primerondista en Mundiales. Quizá valga la pena pensar que esa inercia interesante detenía su eficacia en octavos de final más por razones mentales que futbolísticas. Como un buen prologuista pero mal desarrollista de tramas, México ha solido dar sus mejores páginas al inicio de los torneos mundiales y, como si enfrentara un bloqueo creativo, suele desenlazarse sin la misma calidad inicial en la zona posterior y decisiva del campeonato.
Es obvio que para mejorar se necesita un proceso físico y de mejoramiento que sacuda las estructuras del futbol nacional; sanee la consabida corrupción ahí existente y se dedique a formar jugadores que sean en sí mismos de élite (en lo físico, en lo técnico, en lo estratégico y en lo conductual) y jueguen en ligas de élite donde el enfrentamiento ante grandes potenciales sea la regla y no la excepción.
Pero también puede ayudar evocar ese momento interesante de México como un constante invitado a la clasificación a siguiente ronda en Mundiales; marca modesta si se quiere, pero de una prolongación de tres décadas y que, si somos justos, vale mencionar que no lograron en el mismo lapso naciones potencia como Uruguay (eliminada en fase de grupos en 2002 y ausente en varios mundiales del periodo), Argentina (eliminada en fase de grupos en 2002); Francia (eliminada en fase de grupos en 2002 y 2010); Italia (eliminada en fase de grupos en 2010 y 2014); Inglaterra (eliminada en fase de grupos en 2014) o Alemania (eliminada en fase de grupos en 2018).
México puede pensarse desde esa racha intensa, bien lograda, producto a veces de eliminatorias tensas -como en 2002 o 2014- pero que siempre en el inicio de la justa mundialista afinaba su estrategia, aminoraba sus complejos y dotó de un futbol eficaz. Notar que con todo y sus contraluces, sus múltiples defectos, sus directivos grotescos, sus televisoras sin escrúpulos, México ha tenido una inercia importante. En el mundial que aún se juega, hay algunos de esos destellos por resaltar.
Por primera vez en la historia la oncena nacional logró las tres victorias y nueve puntos en primera ronda. Por primera vez en la historia México logró no recibir ningún gol en primera fase. Por primera vez en la historia México logró acumular cuatro partidos consecutivos con su arco en cero, hazaña que, de haberse extendido a un partido más, habría igualado al récord histórico que obtuvo Italia en 1982, cuando no recibió gol en cinco partidos sucesivos. El Mundial de 2026 es, asimismo, donde México ha logrado la mayor cantidad de goles en su historia, al marcar diez, y superar con ello a los ocho que marcó en Francia 1998. En el ámbito individual, Julián Quiñones se convierte en el máximo anotador mexicano en la historia de los mundiales en un solo torneo, al anotar cuatro dianas (dos de ellas de una belleza inmensurable) y empatar así a Luis Hernández, quien hizo lo propio asimismo en 1998.
Los datos fríos dicen menos de lo que aparentan. Por eso estas cifras y elementos son menos una estadística que una consigna, que busque servir de inspiración para saber que el saludable “¿y si sí?” es una pregunta válida que conlleva la posibilidad de caer, pero, a diferencia del ingenuo “sí se puede”, asoma también espacio para el realismo, el aprendizaje y la autocrítica. Mirar eso como inspiración puede lograr que México, como un escritor entusiasta pero aún diamante en bruto que necesita pulirse, deje de ser un gran prologuista de los mundiales y se torne en un protagonista en sus clímax y finales.
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