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8/02/2026

Trump y el anticomunismo del siglo XXI

 Héctor Alejandro Quintanar

"El anticomunismo estadunidense no es sólo una campaña abanderada en la Guerra Fría. Esa práctica es todo un eje identitario en la potencia del norte". 

Trump y el anticomunismo del Siglo XXI. Por Héctor Alejandro Quintanar

El pasado 15 de julio, el Secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, encabezó una reunión a la que asistieron representantes de 66 países –fundamentalmente europeos y asiáticos-, con la intensión de resaltar al “terrorismo de izquierda extremista” como una especie de enemigo global que recibe respaldo -sea logístico o ideológico- desde La Habana; o algo así.

De entrada, resulta evidente que el aquelarre de Rubio es, fundamentalmente, una llamarada panfletaria de cara a las disputas electorales estadunidenses, donde su Partido Republicano luce de capa caída y el insumo MAGA absolutamente desgastado por su incompetencia y estridencia autoritaria. Si bien no ha hecho nada nuevo respecto a sus antecesores, Trump ha raspado a la propia estructura de poder estadunidense al exacerbar con exhibicionismo sus aristas más dañinas, como su geopolítica criminal en Irán o detrás de Benjamín Mileikowski; o con entes como ICE o el empleo de medidas económicas como amenaza.

El intento de Rubio es azuzar los crímenes que hoy agrava su país contra Cuba, y cuya comisión data de hace más de 60 años; y emplearlos como bandera propagandística para así tratar de convencer no sólo a su séquito cada vez más reducido, sino también a los ingenuos contemporáneos y a los nostálgicos de la prepotencia propia de la Guerra Fría del siglo XX.

Sin embargo, vale la pena revisar las raíces del discurso trasnochado de Rubio, porque en ellas se encuentra un núcleo notablemente dañino; más allá de que el burócrata trumpista tendría serios problemas para enumerar suficientes atentados terroristas en el siglo XXI provenientes de las izquierdas para hacer válido su aserto. Cosa que, si nos atenemos a los hechos, suelen ser las ultraderechas estilo Anders Behring en Noruega o los fanatismos religiosos antilaicos los que ejercen esas prácticas.

Miremos sin embargo a través del retrovisor. En primera instancia, organizar una especie de terapia colectiva internacional para culpar a Cuba de injerencias de toda índole es algo que asemeja a cuando en 1962 Estados Unidos obligó a todos los integrantes de la Organización de Estados Americanos, con la digna excepción de México, de expulsar a la isla de esa institución; en un momento donde esa medida no nacía de la evidencia sino del prejucio reactivo porque un año antes Cuba se había definido socialista.

Y es que el anticomunismo estadunidense no es sólo una campaña abanderada en la Guerra Fría. Esa práctica política es todo un eje identitario en la potencia del norte, o, como ha expuesto Marcos Roitman, ha sido toda una forma de “inclusión social y educación”; cuyos efectos en el sistema internacional han sido autoritarios, cuando no dictatoriales o abiertamente genocidas.

Las raíces del anticomunismo estadunidense no nacen en 1947. Estriban en movimientos protofascistas del siglo XIX, posteriores a la Guerra Civil norteamericana, que, en reproducción del fundamentalismo religioso; el puritanismo protestante y la visión organicista de que una sociedad “sana” necesita frecuentes “cacerías de brujas” como las de Salem para mantenerse bien; el sentido común estadunidense creció con una visión sectaria de la sociedad y de la política; en la cual siempre sobresalía alguna conspiración a la sombra que asediaba a la pureza de la sociedad blanca y decente del país y su destino manifiesto.

Así, como nos recuerda Ralph Miliband, el “estilo paranoico”, de raíces profundamente religiosas, pero también ancladas en el supremacismo heredado del colonialismo inglés, ha sido una constante en diversas corrientes políticas de los Estados Unidos; que enfocaron sus baterías contra negros y judíos -como el Ku Klux Klan-; contra otras religiones; y, ya en el siglo XX, contra la geopolítica internacional.

Y es ahí donde el anticomunismo se tornó en un marco de conducta autoritaria. Ello, porque el bienio 1917-1918 fue crucial en ese sentido, ya que el triunfo de la Revolución Rusa preocupó a Estados Unidos no tanto en sí mismo, sino por haber ocurrido en medio de ese conflicto geopolítico sin precedentes que fue la Primera Guerra Mundial estallada en 1914 y que tenía como enemigo público europeo al imperio alemán.

Para los Estados Unidos, el triunfo de los bolcheviques en 1917 no podía explicarse por la fuerza del comunismo sino necesariamente era resultado de la intromisión alemana a favor de Lenin y la posterior firma de los tratados de Brest-Litovsk en 1918, que sacaron a Rusia de la Guerra y declararon la paz entre la naciente nación socialista y el enemigo alemán. Así, en la mentalidad estadunidense, se confirmaba la noción de que había una conspiración alemana que tenía de títeres a los ingenuos comunistas rusos.

Poco después Alemania perdió brutalmente la Guerra y ninguna amenaza imaginada por la Casa Blanca, entre ellas una presunta invasión alemana usando a Siberia y Alaska como plataforma, se cumplió. Quedaba claro que Alemania nunca había sido titiritero de los rusos, pero la impronta paranoica se quedó; porque el inicio de la década de 1920 en Estados Unidos -sobre todo con la epidemia de influenza española como marco global y diversas luchas obreras y atentados aislados en Estados Unidos- generaron las famosas redadas Palmer, cuya lógica de fondo era la tesis de que si había algún problema en Estados Unidos, no se debía a razones intrínsecas -como malestares sociales, explotación o luchas legítimas por derechos-, sino que necesariamente obedecía a una interferencia externa, originada en la naciente potencia soviética.

El periodo entreguerras acendró esta visión paranoica de la geopolítica estadunidense, que apenas se palió en la Segunda Guerra Mundial con la alianza de Occidente con la Unión Soviética, misma que se cayó en 1945 con el ascenso de Truman y con la nueva visión de división binaria global preconizada desde los Estados Unidos.

Ese momento de la historia fue el marco para el ascenso de Joseph McCarthy, un fracasado politiquillo resentido que en su juventud se las daba de un férreo defensor semiizquierdista de las políticas laborales del new deal, pero que luego de perder una elección local ante el progresista Louis Cattau, se convirtió en un payaso demagogo conservador que acendró el comunismo como un enemigo existencial e infiltrador de los Estados Unidos.

Sin embargo, el anticomunismo de McCarthy no era una ideología con raíces en la filosofía individualista o conservadora. Era más bien una vía autoritaria para poner en el mismo saco a una diversidad de enemigos. La etiqueta de “comunista” que usaba McCarthy era deliberadamente ambigua, para así atacar con ella a quien fuera. Del mismo modo que la etiqueta de “subversivo” era igual de amplia e imprecisa en las Dictaduras de la Seguridad Nacional en Latinoamérica, sobre todo en Argentina, donde el ejército de Videla, con la influencia de la armada colonialista francesa y sus atrocidades en Argelia, podía acusar de subversivo no sólo a supuestos y marginales enemigos armados, sino también a ciudadanos que hacían política por la vía legal.

Con esa misma ambigüedad de McCarthy y del ejército argentino durante la dictadura, hoy Marco Rubio emplea una etiqueta generalizante de “izquierda radical” en donde ubica a marxistas, antifascistas, anarquistas, socialistas y otros actores del espectro político, a quienes sin rigor alguno ve como iguales y, en los hechos, equipara a organizaciones como ISIS.

Pero la raíz macartista del discurso de Rubio y su entorno trumpista no es sólo por su similitud, sino que hay enlaces directos. Como documentó el gran periodista e historiador Larry Tye, el abogado Roy Cohn fue en la década de 1950 un notable colaborador y publicista de McCarthy, quien le copió el estilo propagandístico de atacar sin pruebas a una variedad de enemigos y negar toda información que fuera comprometedora, aunque ella fuera contundente.

McCarthy murió por ser un borracho y un atrofiado emocional en 1957, a la temprana edad de 48 años, en medio de plena desconfianza de la cúpula estadunidense, encabezada por el expresidente Truman, quien nunca le perdonó los delirios de acusar que el ejército estadunidense estaba dominado e infiltrado por decenas de comunistas. Pero pese al deceso de McCarthy el macartismo siguió vivo, y en las décadas de 1960 y 1970, siguió siendo el proyecto a largo plazo tanto de la política exterior norteamericana como de una inquisición antidemocrática contra ciudadanos estadunidenses de a pie, como se notó en el activismo contra la Guerra de Vietnam.

Y el macartismo siguió vivo también en personajes como Roy Cohn, quien fue ni más ni menos que colaborador central de Donald Trump en la década de 1980, donde no sólo fungió como su abogado principal sino como un activo estratega publicitario, que reprodujo las tácticas macartistas en el mundo de la empresa privada del magnate prepotente. Para Larry Tye, quien documentó este vínculo, el macartismo no es una ideología sino una demagogia autoritaria, un estilo de bullying político destinado a deslegitimar y acabar a la mala a los adversarios; y el heredero principal de esta práctica antidemocrática es Donald Trump.

Con ese precedente, ¿qué podemos interpretar de las arengas absurdas de Rubio, quien acusa a la Habana de epicentro de una amenaza geopolítica que nunca podría acreditar como tal? En la mente de Trump y Rubio, vive la Cuba de Schrödinger; es decir, una isla que para ellos es depauperada, debilitada, pisoteada y a punto de caer gracias a ellos; pero al mismo tiempo es una potencia conspiradora capaz de dominar las izquierdas del Universo.

Dados los antecedentes trumpistas, que han hecho de la escuela macartista un espacio de lucro político, podemos pensar que el actual posicionamiento anticomunista no es nuevo, sino simplemente es un refrito de lo peor de la geopolítica norteamericana del siglo XX, cuyos efectos en América Latina, sobre todo después de 1954, han sido sólo muerte, corrupción, y las peores dictaduras de la historia, desde Castillo Armas en Guatemala hasta Pinochet en Chile. De ahí que los cipayos locales arrastrados ante Trump, como Kast o Milei, reivindiquen el pasado dictatorial de sus respectivos países. De ese tamaño es la amenaza.

7/26/2026

¿Celebra el fascismo español el triunfo de España en el Mundial?

 Héctor Alejandro Quintanar

"Vox, al igual que las extremas derechas de Europa Occidental, tienen a su mayor enemigo en la migración y sobre todo en la migración musulmana".

¿Celebra el fascismo español el triunfo de España en el Mundial? Por Héctor Alejandro Quintanar

La Copa del Mundo de 2026 concluyó con la selección española triunfante en un partido tenso, poco vistoso pero emotivo; ante una Argentina que, reconociendo de inicio la superioridad contraria en dominio de balón, desplazamiento del mismo y presión; apostó por un estratégico encierro defensivo que, ante el hipotético desgaste rival, le abriera una oportunidad a algún delantero albiceleste. Por lesiones, una expulsión y buen control español, la estrategia de Scaloni se cayó al minuto 105.

Antes de pasar a la reflexión circundante a ese respecto, este espacio reconoce y felicita el merecido triunfo de España, aunque reconoce que, por histórico latinoamericanismo y vínculos hermanos entre la Argentina y México, siempre se ha respaldado a la gran nación platense en el fútbol. Ya volverán los triunfos.

Dicho lo cual, vale la pena asomarnos a ciertas voces que rodearon al campeonato mundial, cuyo corolario fue el triunfo de España, que tuvo en su gol de la victoria un hecho incontestable: la crucial asistencia de Nico Williams, extraordinario futbolista español de origen ghanés para que Ferrán rematara y anotara. No es la primera vez que una persona afrodescendiente viste la casaca española, cuestión que ya había hecho el hispano-brasileño Marcos Senna en 2006; pero sí es la primera que jugadores de esas características llegan a una final, cuestión que comparte Williams con el brillante Lamine Yamal.

No está de más decirlo: las naciones, todas, han sido, son y serán siempre una confección compleja que no puede reducirse a tonos de piel o genética. Pero el cuento viene a cuenta porque hace muy poco se demostró que entre la presunta derecha democrática española y la ultraderecha de ese país no hay diferencias sustanciales.

En el año de 2013, el Partido Popular de España, que cree representar algo así como la derecha liberal en el país, era presidido por Mariano Rajoy, un hombrecillo alfil del impresentable José María Aznar, cuyo gobierno en España brilló por su actitud perruna ante George Bush en la Guerra de Irak y por sus ínfulas de conquista en América latina.

Con todo y ello, dentro del PP de Rajoy hubo pretensiones de descorrer del extremo derecho al partido, al apaciguar en él los discursos antiaborto. Por ese apaciguamiento y otras cuestiones es que en ese año, 2013, de una escisión de ese partido nació el engendro llamado Vox, liderado por el señor Santiago Abascal, organización cuyas raíces ideológicas, como documentaron Jesús Casquete y otros historiadores, están fundamentadas no en el retorcimiento de la historia, sino simplemente en mentiras.

Vox piensa que el nacimiento de España está en la Batalla de Covadonga, para librarse de la invasión musulmana; y por ello hoy cree encarnar una reedición de una lucha contra la supuesta islamización de Europa. Por eso, lo que ejercen es un franquismo discreto, porque si bien reivindican el golpe de Estado de 1936 que encabezó el criminalísimo Francisco Franco, omiten de éste que siempre fue un tipo que exaltó y llevó buena relación con el norte de África, por las campañas en que participó como soldado en su juventud en Marruecos.

Así, la extrema derecha de Vox, a la par que las extremas derechas de Europa Occidental, tienen a su mayor enemigo en la migración y sobre todo en la migración musulmana. Hoy que España juega con delanteros imprescindibles como Yamal o Williams, ambos jóvenes, ambos hijos de migrantes, ambos negros, ambos de juego magistral, uno de ellos musulmán, será curioso ver las machincuepas ideológicas con que la extrema derecha de ese país se traga sus insultos para celebrar un triunfo labrado con el aporte de dos jugadores que representan lo que desprecian.

Pareciera, así, que Vox es una fuerza política que se separó del PP porque éste no era suficientemente radical, suficientemente conservador o suficientemente sectario; y, así como Eduardo Verástegui califica al PAN de “derechita cobarde”, el Partido Popular parecería como una opción sensata y moderada. Pero sus líderes dicen lo contrario.

El propio Mariano Rajoy, en cuya presidencia del Partido Popular es cuando ocurrió la ruptura de pepeístas que construyeron Vox, dijo hace unos días que la selección francesa no tenía jugadores franceses, en una sinrazón racista que negaba derechos a los jugadores afrodescendientes de la escuadra de ese país, a pesar de que casi todos sus descalificados nacieron en la nación gala.

Así, el dizque moderado Rajoy dijo una estupidez que bien podría haber pronunciado Santiago Abascal. Y, si nos ponemos estrictos, el payaso Rajoy dijo una imbecilidad idéntica a la que el fascista francés Jean Marie Le Pen, fundador del partido de extrema derecha National Front en 1973, dijo en 2006, cuando acusó que la selección francesa no llegaría lejos porque estaba llena de jugadores de color. Para callarle la boca, ese equipo lleno de “negros”, llegó a la final del torneo, que perdió en penales frente a Italia.

Aquí vale la pena exponer otro argumento. A la víspera del juego de octavos de final entre Paraguay y Francia, una Lili Téllez paraguaya, llamada Celeste Amarilla, agredió a Kyllian Mbappé con insultos racistas, diciendo que fue amamantado con agua de cocos y civilizado por orangutanes. Aunque pareciera que Rajoy es un dechado de virtudes frente a Amarilla, ambos padecen la misma pulsión fascista: negar europeidad al otro por su color de piel.

Y es que la historia desmiente a ese par de asnos parlanchines. Rajoy se irá de espaldas cuando se entere de que dos de los mejores jugadores que vistieron la camisa de la selección española hace tres cuartos de siglo fueron Alfredo Di Stéfano, que nació en Buenos Aires; o Ferenc Puskás, mundialista español en 1962, nacido en Budapest. Del mismo modo, ni Amarilla o Rajoy le negarían nunca francesidad a jugadores como Zinedine Zidane -de origen argelino-, o Karim Benzemá -también de ascendencia argelina-. La razón es obvia: aunque son jugadores franceses de origen norafricano, son de piel blanca. La estupidez de la extrema derecha es alérgica a los datos.

Y no se trata esto de una cuestión de la posmodernidad contemporánea, como alegan las ultraderechas conspiranoicas de hoy. Ni Rajoy ni Amarilla deben saber que el máximo goleador de todos los tiempos en Mundiales fue Just Fontaine hace casi setenta años, cuando en 1958, en la Copa del Mundo de Suecia, marcó 13 goles en ese torneo. El ariete era francés, pero nació en Marruecos. Sí, en África.

Mismos argumentos podrían darse respecto a jugadores históricos de la selección alemana. Su máximo goleador en la historia es el grandioso Miroslav Klose, jugador alemán nacido en Polonia, quien hizo equipo en el Mundial de 2006 con el genial alemán Lukas Podolski, también nacido en la nación polaca; y con el creativo mediocampista teutón Oliver Neuville, germánico nacido en Suiza. Volvemos a lo mismo: la extrema derecha no ve nada malo en esos “extranjeros” en selecciones europeas siempre y cuando sean blancos. Porque la información en los fascistas se queda siempre estancada en los ojos, sin transitar hacia el cerebro.

La extrema derecha española seguramente va a celebrar el triunfo de una selección española donde hoy juegan dos notables delanteros, como Yamal o Williams, que, socialmente, representan lo que ellos con sus peores prejuicios y estupidez odian. Y celebrarán desde la plataforma más obvia del fascismo: la negación de los hechos, la patológica ignorancia y la disonancia cognitiva, sin los cuales el fascismo es imposible, como se mostró desde Mussolini y el Mundial de 1934, donde para exaltar la presunta superioridad italiana en la cancha, se debió recurrir en la selección italiana a seis jugadores de ascendencia itálica, pero nacimiento en el extranjero.

Vaya este triunfo español no al rey ni a las élites que lo dirigen, sino al alma popular de ese país y a los refugiados republicanos antifascistas en México, cuyo legado español nos ha hecho también muy mexicanos; y que desde este espacio se les ve con enorme admiración, sobre todo a los innombrados que desde abajo trabajaron para darnos y ganarse patria; a futbolistas de polendas como Isidro Lángara o Martín Vantolrá; y a las luces de personajes que son ejemplo para muchos de nosotros, como los notables escritores María Zambrano, don Adolfo Sánchez Vázquez o Francisco Rebolledo. Si disfrutan la copa donde ahora están, que los que acá quedamos sonriamos con ellos, para así hacer enojar a los fascistas, quienes suelen odiar la legítima alegría ajena.

7/19/2026

Un homenaje abierto al goleador (muy) mexicano Julián Quiñones

Héctor Alejandro Quintanar

"Quiñones se convirtió ya en el jugador mexicano más contundente en la historia de nuestro país en competencias mundialistas".

Un homenaje abierto al goleador (muy) mexicano Julián Quiñones. Por Héctor Alejandro Quintanar

Esta es la última semana en México enfebrecida por el jolgorio mundialista, que el próximo domingo juega la final del torneo. Al igual que la semana, sirva ese marco inmejorable para emitir una nueva columna, al igual que la semana pasada, que entrevere la estadística apasionada y la objetividad candente del futbol con la reflexión social del mundo que hoy vivimos.

En ese sentido, va primero una contextualización histórica seguida de un modesto pero merecido aplauso verbal a quien honor merece. Empecemos por lo obvio: el escenario más sublime de un partido de futbol es el Mundial, y la majestad inigualable de ese deporte es el gol. Pues bien, esas cotas sublimes han sido logros que México ha logrado muy a cuentagotas en su historia mundialista, a pesar de las rachas positivas y actuaciones aceptables que nuestro país haya tenido de 1986 hacia acá.

Pongamos las cosas en perspectiva. En esta Copa del Mundo de 2026, México logró la mayor cantidad de goles anotados en un solo mundial, con 10 tantos logrados en cinco encuentros. La cifra no sólo es única sino respetable, a razón de dos goles en promedio por encuentro, mientras la escuadra nacional aceptó apenas tres anotaciones en su marco.

Algún quisquilloso podría poner peros a esa estadística. Sólo por razones de ocio documentado, observemos que esos 10 goles parecen pocos si los comparamos con datos como los siguientes: la máxima goleada lograda en la historia de los mundiales la hizo el equipo de Hungría en el Mundial de España en 1982, cuando acribilló por 10 a uno al equipo de El Salvador. Por cierto, el equipo tricolor consiguió su mejor resultado en Copas del Mundo también goleando a la modesta escuadra centroamericana en el Mundial de 1970, con un abultado cuatro a cero.

Dicho de otro modo, México hizo en todo el mundial de 2026 la misma cantidad de goles que Hungría logró en un solo partido hace 44 años. Y esto vale también para recordar a la histórica maquinaria casi perfecta húngara de la Copa Mundial de Suiza 1954, que ha sido el equipo más goleador de toda la historia de los mundiales, en partidos cuyos resultados retumban hoy como si el eco de los goles aún sonara como cántico tirolés desde Los Alpes. En ese torneo de hace 72 años, el equipo magiar goleó nueve a cero a Corea del sur; luego noqueó a Alemania Federal, en la que es la peor derrota de la escuadra teutona en Mundiales, por ocho a tres; para en siguiente ronda dominar con facilidad al campeón Brasil y al potente Uruguay, ambos por cuatro a dos; y perder la final con los alemanes a los que habían goleado días antes, por tres a dos.

Así, Hungría anotó 27 goles en un solo Mundial. Para darnos una idea, México tuvo que pasar 56 años (de 1930 a 1986) y nueve mundiales para llegar a esa cifra. Lo que se trata de decir es que el gol, en la máxima justa balompedestre del planeta, se le ha negado en demasía a México por mucho tiempo. Y en ese plano, también ha brillado de forma escueta el plano individual de los atacantes mexicanos.

Hay desde luego casos de jugadores del Tri que han anotado más de un gol en Mundiales, pero lo han hecho también en más de una edición de la justa. Así, Chicharito Hernández cuenta con cuatro anotaciones en tres Copas del Mundo (dos en Sudáfrica 2010; uno en Brasil 2014 y uno en Rusia 2018); mientras Cuauhtémoc Blanco tiene tres tantos en tres ediciones (uno en Francia 1998, uno en Corea-Japón 2002 y uno en Sudáfrica 2010).

En ese sentido, sin embargo, hay un hecho resaltable y es que pocos mexicanos han logrado grandes proezas goleadoras en un solo mundial. Por casi setenta años, de 1930 a 1998, la mejor cifra de goles anotados por un solo mexicano en un solo torneo no rebasaba el número dos, logro que alcanzaron solamente el "Diente" Rosas en 1930; el "Cabo" Valdivia en 1970, Fernando Quirarte en 1986 o Luis García en 1994. Otros jugadores posteriores a Francia 1998 también lograron dos goles en un solo campeonato del Mundo: Ricardo Peláez en la justa de Francia; Jared Borgetti en 2002 y Omar Bravo en 2006.

El mundial francés del 98 fue una ruptura inusual para México en ese sentido, porque ahí Luis Hernández se tornó en el máximo goleador mexicano en una sola edición de Copa del Mundo, cuando marcó por primera vez en la historia cuatro goles: dos a Corea, uno a Holanda y uno más a Alemania. Tras esa ruptura de barrera, sin embargo, tuvieron que pasar casi 30 años para que en 2026 otro artillero igualara tal proeza mundialista.

Y esa hazaña corresponde a Julián Quiñones, a quien con todo cálculo esta columna llamó en su título como “muy mexicano”. Y no es para menos. Partimos de la premisa básica y cívica de que la mexicanidad no es una escala sino una categoría. Se es o no se es, por oriundez o por elección, y el valor es el mismo de quien nace aquí que de quien escoge ser de aquí. En un ejercicio de memoria, se retoma el argumento contundente que diera el comentarista futbolero Emilio Fernando Alonso en 2002 cuando por primera vez figuró en la lista mexicana de convocados al Mundial un jugador no nacido en México, que fue el argentino naturalizado Gabriel Caballero.

A partir de ahí vinieron otros ejemplos: Antonio Naelson, nacido en Brasil, convocado a la selección mexicana en 2006; o casos similares como el de Guillermo Franco y Rogelio Funes Mori; nacidos ambos en Argentina y convocados en 2006 y 2022 respectivamente; o Álvaro Fidalgo, nacido en España y convocado en 2026. A ninguno de ellos se le escatima su mexicanidad. Son tan compatriotas como el que más, pero cada uno tuvo una participación futbolera distinta en Mundiales; donde Funes Mori o Franco destacaron por su discreción; y sólo Fidalgo o Naelson contribuyeron con goles y técnica sobresaliente sus partidos jugados en las justas mundialistas.

No se trata esta columna de criticarles nada a esos mexicanos que nacieron fuera de la geografía estándar de nuestro país. Sólo se resalta que, aunque se tenga la calidad y el deseo (cuestiones que no se les escatiman a esos jugadores) no es sencillo sobresalir en Mundiales con buen futbol y efectividad.

Es por eso que se subraya mucho más la histórica proeza que acaba de lograr el muy mexicano Julián Quiñones en la Copa del Mundo aún en curso. Con un futbol vistoso, una condición de saeta de izquierda al centro de la cancha; una asistencia de gol y cuatro anotaciones, dos de ellas de una espectacularidad de élite, Quiñones se convirtió ya en el jugador mexicano más contundente en la historia de nuestro país en competencias mundialistas. Su entrada a la historia deportiva de México es un hecho consumado y revestido en letras de oro. Con 29 años de edad, en un deporte donde el clímax de rendimiento abarca hasta los 33 años en promedio, de él depende que siga labrando una cota aún más alta.

Como se observa, ha bastado con enunciar los números que construyó el talento de Quiñones en este Mundial para rendirle honores. No ha sido necesario mencionar demasiados halagos a su figura, con recordar la estadística de su trabajo en la cancha ha sido más que suficiente para exponer su calidad fuera de serie. Porque sí: a veces la historia gloriosa y la leyenda legítima también se construyen desde verdades objetivas e irrefutables.

Con esa base, también hay que manifestar la primera intención de este homenaje discreto pero documentado a favor del muy mexicano Julián Quiñones. Hoy vivimos tiempos donde busca resurgir el imperio del oscurantismo que tanto daño causó en los siglos XIX y XX, cuando los nativismos excluyentes llevaron a la humanidad a sus momentos más críticos.

Como ecos pútridos de aquellos berridos de crueldad esgrimidos por camisas pardas o camisas negras de otros tiempos, hoy encontramos expresiones que buscan no sólo enturbiar el deporte más bello del mundo, sino reactivar las peores pulsiones de lo más atrasado de la sociedad moderna. Así, en días recientes, el señor Mariano Rajoy, execrable payaso de la derecha española que malgobernó su país en 2008, acusa que la selección francesa de hoy “tiene altísimo nivel pero pocos franceses”, y con ello niega derechos a los integrantes del equipo galo.

Lo peor es que en su tufarada racista, el señor Rajoy ni siquiera es original: la misma estupidez dijo Jean Marie Le Pen, fundador del fascista “Frente Nacional” francés, cuando en 2006 acusó que la selección francesa “no llegaría lejos” en el mundial de ese año porque había “muchos jugadores de color”. Gente así de excluyente no sólo es ignorante sino negacionista y perversa, porque la escuadra francesa llena de “jugadores de color” en 2006 le calló la boca a Le Pen, al quedar subcampeona en ese torneo y solamente perder en penales contra Italia. Como siempre, para ser un racista execrable no sólo es necesario ser ignorante, sino también ser un negacionista ante los hechos.

Así, la historia de este nativismo racista y excluyente no es nueva. A Le Pen le sorprendería saber que el mayor goleador de la historia de los mundiales en un solo torneo fue Just Fontaine, que logró la espectacular cifra de 13 goles en la Copa del Mundo de Suecia de 1958. Y aquí viene el dato para que Le Pen se fuera de espaldas, porque el ariete Fontaine era francés, pero nació en Marruecos. Así es: el mejor goleador de la historia de mundiales vistió legítimamente la casaca francesa pero era norafricano. Va lo mismo para Rajoy, un burro que igualmente quedaría con la mandíbula de corbata cuando se entere que uno de los mejores jugadores en la historia del futbol mundial vistió con orgullo la playera de la selección española hace tres cuartos de siglo, en 1956, y se llamaba Alfredo Di Stéfano, lo apodaban “La saeta rubia” y, además, nació ni más ni menos que en Buenos Aires, Argentina.

Noticia para los racistas y nativistas contemporáneos: las naciones y las patrias han sido, son y serán siempre urdimbres complejas cuya historia no puede reducirse a colores de piel o sectarismos genéticos. Ni los Rajoy de hoy ni los Mussolini de ayer son capaces de entenderlo porque su discurso busca exaltar odios excluyentes, y para eso se necesita no sólo ignorar, sino mentir.

Por eso, en este mundo contemporáneo es necesario que vuelva a dar vergüenza el racismo y las pulsiones xenofóbicas. Si el futbol puede servir para ello, y la mampara del Mundial, con todo y sus contraluces, puede expandir mensajes de concordia y en sentido contrario a esas diatribas absurdas, es necesario honrar con justicia a quien lo merece.

Por ello, hoy damos un aplauso de letras al trabajo de un personaje que llegó a México como un adolescente de 17 años; se ganó un lugar en equipos de primer nivel con base en su pundonor y calidad; ha hecho suyo el terruño con su biografía familiar; tuvo oportunidad de jugar en la selección colombiana -a la que perteneció en categorías infantiles- pero optó por el tricolor no por oportunismo sino por vocación; y que desde hace tres años dejó en claro que lo suyo en la selección nacional no es sólo un compromiso profesional sino una pasión patriótica que, con cuatro dianas monumentales, ya hizo historia en su país adoptivo. Gracias, Julián Quiñones, porque tu trabajo en cancha parece emular a ese saludable nacionalismo que siempre expresó la gran Chavela Vargas, quien, costarricense de nacimiento, demostró que los mexicanos nacen donde se les da su chingada gana.

7/12/2026

México en 2026: ¿un digno adiós en el Mundial?

Héctor Alejandro Quintanar

"México dio de sí con un equipo que hace año y medio era un absoluto desastre; y que en tiempo récord logró cierta solidez defensiva".

México en 2026: ¿un digno adiós en el mundial? Por Héctor Alejandro Quintanar

El domingo pasado, la selección nacional de futbol de México jugó en el Estadio Azteca contra Inglaterra en el marco de los octavos de final de la Copa del Mundo de 2026, en un partido cuyo resultado fue una derrota por tres a dos, de final trepidante y donde la escuadra europea resistió a piedra y lodo veinticinco minutos finales de embates mexicanos, que si bien casi logran un merecido empate ante una potencia futbolística, mostraron también las limitaciones técnicas y operativas del equipo mexicano, a quien sin embargo en ningún momento se le escatima pundonor, honor y también una inicial buena estrategia que dominó a los europeos gran parte del primer tiempo.

En un ejercicio de autocrítica, podríamos aquí definir a los octavos de final como la barrera que México no ha sabido romper. Emergen también las críticas a la estrategia de Aguirre, quien en la recta final del partido apostó por el juego aéreo, cuando parecía más efectivo asediar a Inglaterra con jugadores habilidosos en lo terrestre -como Vega o Vargas- ante una defensa que, aunque ordenada y muy alta, lucía agobiada.

Emergen también las posturas realistas sobre la cantidad de jugadores de élite que tiene México, cuyo número existe, pero es limitado, carencia que no puede llenarse con mero esfuerzo y garra en la cancha, sino con mayor producción de titulares y suplentes capaces, en lo técnico, físico y mental, de saber qué hacer ante pares de excelencia que juegan en ligas como la inglesa o la alemana; y en situaciones cuesta arriba o límite.

México dio de sí con un equipo que hace año y medio era un absoluto desastre; y que en tiempo récord logró cierta solidez defensiva, cierto entendimiento esperanzador, con todo y las contraluces del técnico Javier Aguirre, cuyo cuadro tuvo destellos interesantes que, aun sin él en el timón futuro, pueden explotar su potencial. Es con base en ese tono esperanzador que se exponen algunos elementos por considerar.

México no ha superado la frontera del quinto partido. México es uno de los países más goleados en la historia de los Mundiales. México es el país que tiene el récord de recibir el primer gol en la historia de Copas del Mundo, cuando en 1930, en Uruguay, el francés Laurent venció la meta del arquero nacional Óscar Bonfiglio. México ostentó hasta 2002 el récord de haber recibido el gol más rápido de los mundiales, cuando en 1962 en el Mundial de Chile, Checoslovaquia le anotó en menos de un minuto. México carga sobre sí goleadas históricas, como un seis a cero en Argentina 1978 frente a Alemania; un cinco a cero y un cuatro a cero frente a Brasil en 1954 y 1950; una tardanza de 28 años de participar en mundiales para lograr un punto (obtenido en un empate contra Gales en el Mundial de Suecia de 1958) y otra de 32 años de haber participado en un mundial para lograr su primera victoria, en 1962, contra Checoslovaquia por tres a uno; y una cauda de cuarenta años para, en el Mundial de México 1970, pasar por primera vez a una siguiente ronda.

Pero veamos otro aspecto de México en mundiales. De 1986 a 2018 -con la salvedad de la ausencia mexicana en el Mundial de Italia 1990 por una razón administrativa y no futbolística- México fue, junto con Brasil, los únicos equipos que en esos 32 años pasaron a siguiente ronda en Copas del Mundo, sin importar qué grupo le tocara.

En México 1986, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea-Japón 2002; Alemania 2006; Sudáfrica 2010; Brasil 2014 y Rusia 2018; la oncena verde pasó siempre octavos de final sin casualidades o suerte de por medio; y en esas ocho fases de grupos, el Tri logró un acumulado de 43 puntos de 72 posibles, en una efectividad importante del 60 por ciento que nunca fue casualidad. En ese periodo de juegos de grupo, México logró en 24 partidos 12 victorias, ocho empates y sólo cuatro derrotas, de las cuales tres fueron por un solo gol: Noruega por uno a cero en 1994; ante Portugal por dos a uno en 2006; por uno a cero frente a Uruguay en Sudáfrica 2010. En ese lapso relevante de tres décadas, la única derrota clara que padeció México en Mundiales fue contra Suecia en 2018, por tres a cero.

No pueden obviarse en esa aventura, juegos memorables donde la escuadra nacional jugó de tú a tú o derrotó a potencias y campeonas vigentes, como fue el caso de los empates a uno frente a Italia en 1994 y 2002; el empate a cero contra Brasil en su casa en 2014; o las victorias contra Francia en 2010, subcampeón vigente; a quien México ganó con autoridad por dos a cero; o contra el campeón defensor Alemania en 2018, a quien México doblegó por uno a cero en un partido bien planteado cuyo resultado no fue suerte. En esos ocho mundiales, México calificó como primero de grupo tres veces y cinco como segundo.

Dicho de otro modo, México fue en ese extendido periodo de 32 años, junto con Brasil, el mejor primerondista en Mundiales. Quizá valga la pena pensar que esa inercia interesante detenía su eficacia en octavos de final más por razones mentales que futbolísticas. Como un buen prologuista pero mal desarrollista de tramas, México ha solido dar sus mejores páginas al inicio de los torneos mundiales y, como si enfrentara un bloqueo creativo, suele desenlazarse sin la misma calidad inicial en la zona posterior y decisiva del campeonato.

Es obvio que para mejorar se necesita un proceso físico y de mejoramiento que sacuda las estructuras del futbol nacional; sanee la consabida corrupción ahí existente y se dedique a formar jugadores que sean en sí mismos de élite (en lo físico, en lo técnico, en lo estratégico y en lo conductual) y jueguen en ligas de élite donde el enfrentamiento ante grandes potenciales sea la regla y no la excepción.

Pero también puede ayudar evocar ese momento interesante de México como un constante invitado a la clasificación a siguiente ronda en Mundiales; marca modesta si se quiere, pero de una prolongación de tres décadas y que, si somos justos, vale mencionar que no lograron en el mismo lapso naciones potencia como Uruguay (eliminada en fase de grupos en 2002 y ausente en varios mundiales del periodo), Argentina (eliminada en fase de grupos en 2002); Francia (eliminada en fase de grupos en 2002 y 2010); Italia (eliminada en fase de grupos en 2010 y 2014); Inglaterra (eliminada en fase de grupos en 2014) o Alemania (eliminada en fase de grupos en 2018).

México puede pensarse desde esa racha intensa, bien lograda, producto a veces de eliminatorias tensas -como en 2002 o 2014- pero que siempre en el inicio de la justa mundialista afinaba su estrategia, aminoraba sus complejos y dotó de un futbol eficaz. Notar que con todo y sus contraluces, sus múltiples defectos, sus directivos grotescos, sus televisoras sin escrúpulos, México ha tenido una inercia importante. En el mundial que aún se juega, hay algunos de esos destellos por resaltar.

Por primera vez en la historia la oncena nacional logró las tres victorias y nueve puntos en primera ronda. Por primera vez en la historia México logró no recibir ningún gol en primera fase. Por primera vez en la historia México logró acumular cuatro partidos consecutivos con su arco en cero, hazaña que, de haberse extendido a un partido más, habría igualado al récord histórico que obtuvo Italia en 1982, cuando no recibió gol en cinco partidos sucesivos. El Mundial de 2026 es, asimismo, donde México ha logrado la mayor cantidad de goles en su historia, al marcar diez, y superar con ello a los ocho que marcó en Francia 1998. En el ámbito individual, Julián Quiñones se convierte en el máximo anotador mexicano en la historia de los mundiales en un solo torneo, al anotar cuatro dianas (dos de ellas de una belleza inmensurable) y empatar así a Luis Hernández, quien hizo lo propio asimismo en 1998.

Los datos fríos dicen menos de lo que aparentan. Por eso estas cifras y elementos son menos una estadística que una consigna, que busque servir de inspiración para saber que el saludable “¿y si sí?” es una pregunta válida que conlleva la posibilidad de caer, pero, a diferencia del ingenuo “sí se puede”, asoma también espacio para el realismo, el aprendizaje y la autocrítica. Mirar eso como inspiración puede lograr que México, como un escritor entusiasta pero aún diamante en bruto que necesita pulirse, deje de ser un gran prologuista de los mundiales y se torne en un protagonista en sus clímax y finales.

7/05/2026

Monsiváis y la calumnia de las derechas

Héctor Alejandro Quintanar

"Desde la primera lectura, cualquier persona emocionalmente sana se hubiera dado cuenta de que la entrevista de marras era una completa falsedad".

Monsiváis y la calumnia de las derechas. Por Héctor Alejandro Quintanar

Hace una semana, el periódico El Universal publicó una calumnia inusitada. Presuntamente reeditó una entrevista de un tal Edmundo Cázarez al gran escritor Carlos Monsiváis, misma que supuestamente fue hecha en 1999 y publicada ese año en el periódico El Sol de México. En el dizque refrito, expuesto en la plataforma digital de El Universal hace unos días, resaltó que Monsiváis, según, acusó hace 27 años que AMLO estaba loco y que pretendía ser un émulo de Nerón o Julio César, y se insinuó mediante el gran escritor, que había huido de Tabasco porque asesinó a su hermano y, en tono ya de prensa amarillista estilo el Óóórale, se insinuó también que el expresidente había pasado noches “divertidas” con el escritor.

Desde la primera lectura, cualquier persona emocionalmente sana se hubiera dado cuenta de que la entrevista de marras era una completa falsedad. No vamos a ahondar en las toneladas de evidencia que, desde un inicio, restaban credibilidad al libelo. Ya el historiador Harim Gutiérrez se dedicó a desmentir todo con una rigurosa, pero sencilla visita a la hemeroteca donde encontró lo obvio: en 1999 Monsiváis no dijo nada sobre AMLO y lo publicado por El Universal es, sin más, una calumnia, cuestión que la familia del escritor mexicano, fallecido en 2010, también denunció en estos días y se arrogó el legítimo derecho a optar por la vía legal para sancionar el infundio.

A los pocos días sucedió lo esperable. El periódico debió eliminar la publicación y ofreció disculpa a sus lectores por mentir. Responsabilizó, sin embargo, a Cázarez y prometió ser más cuidadoso en su edición en el futuro. El diario empero no expuso disculpas a López Obrador, uno de los agraviados, y aseguró que el autor del bulo “no pudo probar” sus dichos. Dejó así cierto pábulo a que se pensara que la entrevista era real, sólo que no se había encontrado la grabación que la sustentaba.

Mucho se ha dicho ya respecto a ese tema. Así que esta columna sólo hará dos apuntes pertinentes.

El primero de ellos es que Edmundo Cázarez no es ninguna excepción, sino la regla. En el establo de los medios tradicionales mexicanos, periodistas intelectualmente corruptos, mentirosos, calumniadores y sucios hay por montones. Hoy este tipo está ya en un oprobio absoluto del que nadie lo va a salvar. Pero habría que exhibir a otros que deberían andar en las mismas.

Empecemos por Salvador Garcia Soto, también panfletista de El Universal, quien apenas ocurrido el escándalo fue a defender a Cázarez y le dio espacio en su programa. Ahí, en una sandez digna de Laura en América, el chimolero Cázarez se puso a llorar y acusó que lo amenazaron de muerte, sin que probara sus dichos, porque tampoco presentó la supuesta evidencia de ello.

Pero el entrevistador resultó tan vil cómo su entrevistado, cuando le dio la razón, le creyó sus patrañas de forma incondicional y agregó otra, porque en algún momento de la entrevista, García Soto insinuó que AMLO había asesinado a su hermano “en un partido de béisbol”, tontería que no merece ninguna respuesta más que la burla.

Pero echemos la mirada atrás. Hay otros bocones que merecerían el mismo oprobio y la misma ignominia que hoy padece Cázarez. Pensemos por ejemplo en León Krauze, quien en enero de 2018 se aventó la alucinación macartista de que Putin cometía una injerencia en la campaña de AMLO en ese año mediante John Ackerman e Irma Sandoval. López Obrador desmintió de inmediato eso con una magistral ironía al bromear con que esperaba en Veracruz a un submarino ruso con el nombre Andresmanuelóvich, y el tiempo hizo lo obvio: dejar a Krauze como un charlatán anclado en la Guerra Fría, o más bien, anclado en el sucio “haiga sido como haiga sido” de 2006. Putin nunca hizo injerencia alguna en 2018, todo fue producto de la febril imaginación de Krauze, quien hoy sigue campante e impune publicando en Letras Libres y El Universal.

Pensemos también en el gestor de la campaña goebbelsiana de la Operación Berlín, un porro de baja estofa llamado Fernando García Ramírez, quien lideró una campaña sucia de memes y seudo revelaciones periodísticas, todas ellas hechas con un dispendio absolutamente ilegal, contra López Obrador y su familia, que, en ese momento, eran civiles sin ningún cargo público, a los cuales, sin embargo, la campaña les significó espionaje y amedrentamiento.

En 2019 se descubrió de forma incontestable, a través de revelaciones de Tatiana Clouthier y evidencia incontrovertible provista por Ricardo Sevilla, que García Ramírez era un tipejo sucio, a la altura de los autores de El móndrigo, aquel panfleto apócrifo y mentiroso confeccionado por las cañerías del poder en 1968 para desacreditar el movimiento estudiantil de ese año. Hoy, García Ramírez sigue campante publicando vulgaridades en Letras Libres y la Aurora de México, y, hasta hace poco, en el periódico El Financiero.

En ascos de la misma ralea quedan gente como Carlos Alazraki, que señaló que AMLO había tenido una hemiplejia en 2023; o Leopoldo Mendívil, que en 2011 inventó que AMLO tenía diabetes; o el periódico salinista La Crónica de Hoy, que en 2006 alucinó que Chávez estaba detrás de la campaña del candidato del PRD, o él víbora Rivapalacio, quien entre sus tantos delirios ha acusado que Irán financió al tabasqueño en 2006 y que tuvo un infarto en 2023. La verdad ya es irrelevante para este sector, pero no deja de asombrar cómo hasta para mentir son malos.

Así, la pregunta que surge es por qué si esta gente ha sido tan vil y mitómana como Cázarez, sus amasijos calumniosos no han tenido el mismo destino del basurero de la historia y siguen aún ahí orondos contaminando el debate público.

Pregunta parecida surge con aquellos que, pese a su evidente falsedad, dieron por buena la entrevista delirante de Cázarez y después persistieron en darle crédito, como fue el señor Héctor de Mauleón (aunque después haciéndose tonto se desdijera); la politicastra Lili Téllez, el panfletista garcialunista Francisco Calderón, José Antonio Crespo o la mascotita de Trump, cuyo nombre no mencionaremos.

Ahí queda un esbozo de respuesta. Veamos la conducta del evasor del Ajusco, quien organizó hordas de umpa lumpas digitales para confeccionar memes homofóbicos, imágenes calumniosas, chistes fachos con base en el material brindado por esa entrevista falsa, cuyo contenido alegró a esa recua de asnos del mismo modo que la basura alebresta y excita a las cucarachas.

Esa es pues la función de estas noticias falsas o paparruchas. Como se sabe, en tiempos que corren una falsedad corre veinte veces más rápidamente que su desmentido. Esa es la apuesta de quienes recurren a estas bajezas para tratar de deturpar a la llamada Cuarta Transformación, aunque desde 2006 debieron aprender la lección: estas campañitas goebbelsianas son antidemocráticas tanto por sus contenidos mentirosos como por sus efectos, ya que no sirven para construir mayorías, sino para fanatizar a lo peor de la opinión pública mexicana.

6/28/2026

Colombia y la ultraderecha latinoamericana

 Héctor Alejandro Quintanar

"Colombia apenas vivió cuatro años de un proyecto izquierdista como el de Petro, que junto con Iván Cepeda cambió el vocabulario político".

Colombia y la ultraderecha latinoamericana. Por Héctor Alejandro Quintanar

Mientras se redactan estas líneas aún no concluye el escrutinio oficial en la elección colombiana y los dos aspirantes, el postfascista Abelardo de la Espriella y el progresista Iván Cepeda mantienen un empate técnico, que en sí mismo es una mala noticia, y a través de él nos permite hacer una interpretación sobre las disputas políticas en Latinoamérica.

En primera instancia, debemos recordar la particular situación de Colombia, un país que junto con México, destacó por un punto muy importante en el siglo XXI y ello fue que nunca ingresó a la primera ola progresista de la región. La inercia que comenzó Venezuela en 1999 y poco a poco creció hasta abarcar casi todo el subcontinente, no llegó a México ni a la nación colombiana.

Pero ahí debe resaltarse un punto, y es que México no llegó a ese giro debido a un fraude electoral que impidió que López Obrador ganara en 2006. De haberse respetado su triunfo democrático en ese año, la marea izquierdista regional habría llegado doce años antes a Norteamérica. Pero la trampa autoritaria de Fox legó a un espurio Felipe Calderón que gozaba hasta la ignominia que lo compararan con Álvaro Uribe, el entonces corrupto Presidente colombiano, quien tristemente llegó al poder por la vía de las urnas y su legado maligno se extendió por años.

Así, México no ingresó en la ola izquierdista por culpa de un fraude perpetrado por traidores a la democracia. Pero Colombia se mantuvo en la derecha por decisión de las urnas por mucho tiempo, hasta el triunfo de Gustavo Petro en el año 2022, en una decisión que entrañó un simbolismo enorme, porque el candidato representaba al giro reformista y por las urnas por el que ciertas izquierdas revolucionarias optaron a partir de la década de 1970 en América Latina.

Y es que la historia colombiana es prolífica es excepcionalidades y puntos de inflexión. Ahí se vivió uno de los primeros crímenes políticos vinculados al clima perverso propiciado por el anticomunismo de la Guerra Fría interamericana, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, episodio que abrió brecha hacia el turbio período conocido como “la violencia” en el país sudamericano.

Más tarde, el periodo de la mal llamada “doctrina de la seguridad nacional” fortaleció las actividades represivas internas del ejército de ese país, que con el pretexto de la guerrilla hoy se mantiene como el único que preserva esos lineamientos oscuros de geopolítica trasnochada, como nos recuerda Stella Calloni, y es el país que mayor proporción del PIB da a las Fuerzas Armadas, que cuentan con canales de televisión, un presupuesto enorme, margen de maniobra político y otros elementos de protagonismo. Nota al pie, mirar eso hace dudar de la calidad analítica de los comentócratas mexicanos que acusan “militarización” en el país porque el ejército construyó un aeropuerto.

Colombia apenas vivió cuatro años de un proyecto izquierdista como el de Petro, que junto con Iván Cepeda cambió el vocabulario político y empezó a dar pábulo a otras dimensiones, como el combate a la pobreza y la inclusión social, en desmedro de la herencia ideológica de seres como Duque, Santos o el propio Uribe, cuyo lenguaje belicista se desmoronaba mientras él mismo era condenado por tribunales por sus diversas bajezas cuando tuvo el poder.

Pero ese cambió azuzó a las bestias en vez de neutralizarlas. Hoy, Abelardo de la Espriella es un personaje defensor de narcos y paramilitares, que ostenta el discurso de Bukele de la demagogia seudo securitista y blande las premisas básicas de la contracultura reaccionaria de las nuevas derechas, esas que ven los derechas humanos fundamentales y los criterios mínimos de equidad no sólo como estorbos sino como afrentas con las que hay que acabar.

Estos defectos deberían ser suficientes no sólo para que ese personaje fuera lanzado al basurero de la historia y que hiciera el ridículo en cualquier contienda electoral, sino también para confirmarnos la incompatibilidad de la extrema derecha con la democracia, al no respetar los cánones mínimos de saber que la legalidad y el respeto al otro no son caprichos autoritarios sino la base mínima de vivir en sociedad.

Hoy, sin embargo, de la Espriella representa a una franja alta del electorado colombiano y el respaldo de Trump. Eso en sí mismo ya es peligroso. Si gana, habrá que reformular cómo la historia y la memoria parecen no ser suficientes en América Latina para hacer frente a los postfascismos, que con la entelequia del crimen organizado y el anticomunismo trasnochado son capaces de darle el poder a chivos en cristalería que desean destruir inocentes para sentirse bien consigo mismos.

6/21/2026

El Mundial y la perri… ¡la mascota de Trump!

 Héctor Alejandro Quintanar

"Le salió el tiro por la culata a la perrita de Trump, porque se apersonó en un estadio con miras a atacar y resultó neutralizado".

El Mundial y la perri… ¡la mascota de Trump! Por Héctor Alejandro Quintanar

Esta videocolumna se publica un día antes del partido México contra Corea del Sur en el marco de la Copa del Mundo de 2026. A ese respecto, no se hacen predicciones, porque un análisis serio trata de decir qué ha pasado en vez de qué va a pasar. Quienes tenemos el enorme privilegio de ser voces publicadas, debemos jugar más de historiadores y menos de futurólogos.

Con esa premisa dicha, vale decirse que México jugó contra Sudáfrica con una cautela excesiva, con demasiados pases laterales sin profundidad, y con una generación ofensiva modesta ante un rival que era completamente a modo. Corea del sur tiene un vendaval veloz y muy técnico no por las laterales sino por el centro y buenos disparadores de media distancia, que lograron sacar la victoria ante nuestro querido equipo checo. Ese partido sí pinta para ser un medidor más ponderado de qué alcances, potencialidades y límites tiene nuestra selección.

Dicho esto, van asimismo aquí un trío de elementos qué destacar en este marco que representa el Mundial de Norteamérica 2026, bajo la tesis muy sabida, pero que no está de más recordar, que los campeonatos del mundo no son sólo vitrinas políticas, sino que en sí mismos son política pura, tanto para ocultar las miserias históricas, como pretendió la dictadura argentina que organizó la Copa del Mundo de 1978; como para exacerbar mentiras también históricas, como lo hizo Mussolini al convertir el Mundial de 1934 jugado en Italia en un asunto de Estado para demostrar la supuesta superioridad competitiva del fascismo.

Un primer elemento que debemos destacar es que este Mundial es inédito en un aspecto fundamental. En ediciones pasadas, muchos gobiernos dictatoriales y autoritarios pretendieron usar las Copas del Mundo para simular que los suyos eran países civilizados, incluyentes y respetuosos de los derechos colectivos. Así la Junta Militar liderada por el asesino Videla en Argentina, usó el lema de que en su país eran “derechos y humanos” y engañó a la mirada internacional en el Mundial de 1978 para ocultar la crisis humanitaria que vivía la nación sudamericana producto de la represión brutal; cuestión no muy distinta al Gobierno de Díaz Ordaz que, empecinado en resaltar a México como una especie de potencia periférica, no tuvo empacho en reprimir con brutalidad en las Olimpiadas de 1968 y pavonearse en el Mundial de 1970, jugado en nuestro país.

En este 2026, uno de los organizadores de la Copa, Estados Unidos, aparece como el verdadero país atrasado, porque su gobierno, encabezado por el criminal Trump, no sólo no disimula las bajezas autoritarias, sino que las presume. Es indigno que en una fiesta deportiva que se supone engloba la inclusión, la tolerancia y la unión de la humanidad, el postfascista Trump impide el paso a un país participante -Irán, mismo que Estados Unidos bombardea-, a cuya selección de futbol deja a su suerte en términos de seguridad, que debió asentarse en Tijuana, para hospedarse y entrenar ahí y sólo entrar 24 horas a Estados Unidos para jugar sus partidos y volverse a cruzar la frontera.

Mención similar amerita que negaran la entrada a Estados Unidos a un árbitro avalado por la FIFA, el somalí Omar Artan, arguyendo alguna estupidez racista, y que la máxima institución del futbol mundial no hiciera nada para proteger a su juez, quien debería ser un ejemplo y orgullo para todas las naciones; y lo mismo con el trato migratorio que le dieron tanto a selecciones africanas como a Uzbekistán en la potencia del Norte. La fiesta ha quedado manchada no por la mala conducta de los invitados, sino por la sevicia de uno de los anfitriones, que, volviendo a patrones propios de Orwell, ahora también deniega al español en conferencias de prensa post-partidos, a pesar de ser esa la lengua oficial de uno de los coorganizadores.

Un segundo elemento es el cinismo elitista. Esta columna no es ingenua. Se sabe que los mundiales son fiestas caras por definición. Pero al menos hasta hace poco era relativamente razonable poder contar con un boleto de ingreso y el mayor obstáculo era la fila virtual de las taquillas digitales de la FIFA, pero hoy, con precios impagables, se ha tornado en un espacio excluyente que ensucia el espíritu popular que siempre debe tener el futbol.

Un tercer elemento es más festivo. Y es que dentro de esa parafernalia impopular que se trató de hacer alrededor de la inauguración del Mundial en el Estadio Azteca (sí, ese es el nombre con el que habremos de referirnos a la majestuosa cancha sita en el Sur de la Ciudad de México), cuando, de forma oportunista, un evasor y vendedor de telechatarra, cuyo nombre se puede adivinar, quiso hacer uso del escenario para confirmar su campaña política, al aparecer caminando entre la gente y luego en medio de una zalamera entrevista banquetera que le hizo uno de sus empleados.

Pero donde no hay espacios controlados, usualmente los politicastros suelen terminar perdiendo y exhibiéndose como limitados y autoritarios. Le pasó a Peña Nieto en la Feria del Libro en 2011, cuando no supo nombrar tres tristes libros que hubiera leído en toda su zafia vida; le pasó en la Universidad Iberoamericana en mayo de 2012 cuando no supo afrontar las consecuencias de sus actos y los estudiantes le hicieron ver su suerte; o le pasó también a Díaz Ordaz al recibir abucheos en el Estadio Azteca.

Como no podía ser de otra forma, cuando el usurero evasor, cuyo nombre de poca monta no vale la pena mencionar, hizo aparición en la explanada del Estadio Azteca, recibió timoratos gritos a su favor de algún par de despistados, pero lo único memorable fue cuando, en un acto que quedó registrado en video y viralizado más tarde, un ciudadano le gritó ser “la perrita de Trump”. Es verdad que algún tufo grosero y sexista existe en el grito, que sin embargo se comprende por la actitud vil, con la que el usurero de marras ha tratado de irrumpir en la escena política, que es tan servil a los deseos de un perdulario sucio como Donald Trump.

Y, no puede pasarse por alto, el insulto recibido por el evasor, que a estas alturas su nombre no importa porque su bautizo político ya es ser “la perrita de Trump”, se dio en un espacio futbolero, ese de extracto popular donde a veces las palabras hieren con resabios culturales, pero también desazolvan el alma y a veces son descriptivas. Así, hay que decirlo, llamar a un tipejo “perrita de Trump” por su actitud fascistoide, pendenciera con el de abajo pero servil con el magnate, no es un simple apodo burlón sino toda una categoría descriptiva, que se une a otras igualmente ingeniosas y lúcidas como “Alcaldesa de poca monta”, “saco de pus”, “borolas”, “alto vacío” o “riqui riquín”, empleadas menos para agredir que para denunciar actitudes destructivas y malignas en la política mexicana.

De ese modo, le salió el tiro por la culata a la perrita de Trump, porque se apersonó en un estadio con miras a tratar de atacar y resultó neutralizado con un vocabulario que él usa. Con sus propias armas fue derrotado en un terreno donde él se pensaba ganador indiscutible. Ahí descubrió a la mala, o más bien a la merecida, que las calles no son las redes sociodigitales, y por más cuentas apócrifas y letrinas virtuales, estilo La Derecha diario, "Ventaneando" o "Hechos"; que emplee para ensalzar su apodo amigable, ese que es “tío perrichi”, o algo así, el golpe de realidad ya lo puso en su lugar con su memorable nombre de pila a partir de hoy.

Con esa doble victoria México se alzó el jueves pasado: en la cancha ante un rival que dio poco de sí, como Sudáfrica, y fuera de ella, cuando la gente puso en su lugar a un abusador económico y político serial que quiso llegar al Estadio como goleador batiente para encaminarse a un campeonato y terminó amarrado a un apodo, como mascota que mucho ladra porque sabe que ya no podrá morder.

6/14/2026

El regreso de Fox y Calderón al PAN

 Héctor Alejandro Quintanar

"Ni Fox ni Calderón son panistas ya: el primero en 2012 se rindió a los brazos de Peña Nieto [...] y el espurio abandonó el partido en 2018".

El regreso de Fox y Calderón al PAN. Por Héctor Alejandro Quintanar

El 31 de mayo pasado, Chihuahua fue sede de un espectáculo vergonzoso, cuando la cúpula del Partido Acción Nacional decidió dar un espaldarazo incondicional a una persona que ellos mismos deberían considerar problemática: la gobernadora María Eugenia Campos, cuya conducta posiblemente delictiva quedó clara desde permitirles intromisión a agentes de la CIA, y hoy cada que habla da más y más indicios no sólo de que las sospechas sobre ella son fundadas, sino que no tiene bien a bien claro el tamaño de metedura de pata que cometió.

Pero un partido que desde 2018 consolidó una crisis electoral, arrastrada desde 2009, en vez de ver militantes incompetentes en personas como Campos, ven una oportunidad de crispar el debate y organizar una campaña política no con base en un proyecto alternativo de nación, sino en un berrinche victimista donde defienden sus yerros como si fueran aciertos y donde un acto de rendición de cuentas lo tornan en una supuesta persecución política. Campos es sólo el corolario de un mal hábito que ya tiene en personajes siniestros, como Ricardo Anaya o García Cabeza de Vaca, antecedentes y ejemplares notables.

Pero la reunión incondicional panista en Chihuahua a favor de Campos, operada por el dirigente nacional Jorge Romero, capo del cártel inmobiliario en la Ciudad de México, más que una demostración de fuerza fue una exhibición de debilidad. De entrada, sorprendió la escasa convocatoria y la pretensión de hacer todo en epicentros cerrados, a pesar del histrionismo imperante. En un contexto marcado por una reciente manifestación encabezada por Morena contra la Gobernadora chihuahuense, era la oportunidad de oro del PAN de mostrar arrastre y músculo político en las calles, pero su exposición se limitó a una que otra jerigonza banquetera.

Asimismo, la reunión del PAN se dio en un contexto donde las derechas mexicanas están, una vez más, volteando al exterior en vez del interior para encontrar liderazgos y referentes que las saquen del hoyo electoral donde se entierran. Así, en el mismo fin de semana del encuentro en Chihuahua, muchos panistas de facto fueron a servirle de alfombra a la señora Cayetana Álvarez de Toledo en Ciudad de México, donde ella expuso una arenga aberrante en la que se sintió ella, como española, como la verdadera defensora de la soberanía mexicana y emitió un discurso idéntico a las bravatas del franquista José María Aznar en 2006, quien señaló que México se debatía entre la estabilidad o entre el populismo autoritario.

Así, no conformes con el fracaso reciente de la española Isabel Díaz Ayuso en México, como un director técnico necio que no se da cuenta de cómo golean a su equipo y porfía en meter al campo a otro delantero inepto cuando más bien necesita rehacer su estrategia, las hordas de Salinas Pliego arroparon a una rebaba de España que vino sólo a arengar sandeces y torcer conceptos, como el de soberanía -donde ella, en su ceguera o complicidad, no ve riesgos en México ante las bravatas de la geopolítica criminal de Estados Unidos-, y como el de “populismo”, donde la señora repitió las oquedades insustanciales de los que creen que México ya no tiene democracia.

La reunión chihuahuense del PAN, sin embargo, fue más memorable no por su contenido sino por sus asistentes, aunque no precisamente por algo valioso que éstos hayan aportado, porque en la plana mayor del lugar figuraron los expresidentes Vicente Fox y Felipe Calderón, este último un espurio que gobernó sin legitimidad de 2006 a 2012. ¿Qué indica la presencia de estos seres en una reunión de ese calado?

En primera instancia, debe resaltarse la desesperación y ambivalencia tanto de la cúpula panista que los invitó y la de los dos exmandatarios. Como se sabe, ni Fox ni Calderón son panistas ya: el primero en 2012 se rindió a los corruptos brazos de Peña Nieto y en fines de ese año no corroboró su afiliación, con lo que, en los hechos, dejó de ser militante. Y el chacal espurio abandonó el partido en fines de 2018, luego de haber apoyado la candidatura presidencial de Margarita Zavala el año previo y que ésta no se concretara. Así, el PAN acude a mala sombra de un par de árboles a cuyo rodeo no crece nada, que, además, han mostrado desdén a su expartido de manera sistemática.

Abrimos un paréntesis aquí para exponer un dato crucial que pinta de cuerpo entero la ambición de estos dos personajes y las pésimas opiniones políticas que emiten los seudoanalistas “liberales” o la comentocracia de derechas. En 2019, por ejemplo, el señor Enrique Krauze expuso por enésima vez su yerro de que quizá López Obrador tendría intenciones reeleccionistas. Dos años después, el señor Luis Carlos Ugalde señaló, en una mesa de análisis con Hernán Gómez, que era probable que López Obrador podría facilitar la imposición de su esposa Beatriz Gutiérrez como candidata presidencial de Morena, a pesar de que ella manifestó múltiples ocasiones su desinterés no sólo a ello, sino a cualquier cargo político en general.

No fue Ugalde el único en espetar ese absurdo de una posible candidatura de Gutiérrez Müller, y tanto él como Krauze, en el fondo, veían lo mismo: sin evidencia alguna imputaban afanes reeleccionistas o de imposición a alguien que nunca dio indicio de cometer esas prácticas autoritarias. Y mientras perdían el tiempo especulando tonterías, a ambos se les pasó de noche que tanto Fox en 2004 como Calderón en 2017 sí pretendieron de forma prepotente que sus respectivas esposas, las impresentables Martha Sahagún y Margarita Zavala, fueran presidentas de la República. En el primer caso, y como documentó en su momento Alfonso Durazo en su carta de renuncia a la secretaría particular del expresidente, Fox perpetró actos ilegales y antidemocráticos, como el desafuero de AMLO, para facilitarle el camino a su cónyuge, mientras Calderón hizo lo propio en el PAN. Como siempre: los panfletistas antiamlo tienen más miedo de sus propias fantasías febriles que nunca se cumplen, en vez de criticar las canalladas autoritarias reales que sí cometen sus secuaces a la luz pública.

Ahí anida otro elemento que adornó la reunión panista en Chihuahua la semana pasada. Hay que recordarlo: en el año 2020, Calderón dedicó en su libro Decisiones difíciles varias líneas a denunciar que Jorge Romero, entonces legislador panista y vicecoordinador de su bancada, era un corrupto no sólo por sus maniobras como líder del delictivo cártel inmobiliario, sino que también traficaba voluntades y dinero con vendedores ambulantes de la demarcación Benito Juárez en la Ciudad de México, que alguna vez gobernó.

Hoy al chacal espurio Calderón se le olvidan sus propias palabras y aparece muy orondo en la reunión con su otrora enemigo Jorge Romero y su detestado Vicente Fox, con quien se conflictuó cuando éste apoyó a Santiago Creel en desmedro de él y tuvieron ambos que tragar sapos y apoyarse mutuamente, de forma corrupta, en el fraude electoral de 2006. Así, el engrudo que une a esta cúpula partidista que convoca a sus expresidentes no es el espanto ante un enemigo común, sino la vulgar hipocresía, capaz de hacerlos omitir sus denuncias mutuas de corrupción tan recientes.

Pero en ese pandemónium lo que más resalta es el cinismo de Fox y Calderón, quienes aparecen en escena para hablar de democracia y seguridad, cuando ambos representan exactamente lo contrario. Hay que decirlo con claridad: el momento más autoritario que ha vivido México en el siglo XXI ha sido el bienio 2004-2006, donde Fox, como Jefe de Estado, empleó instituciones públicas para perseguir ilegalmente y tratar de encarcelar sin motivo a una persona inocente sólo porque ésta, López Obrador, podría ser candidato presidencial. Si bien reculó a medias en su intento prepotente gracias a una democrática movilización popular en 2005, en 2006 se valió de recursos ilícitos para imponer a Calderón como Presidente en uno de los fraudes más documentados de la historia del autoritarismo mexicano.

A resultas de esa elección sin legitimidad, Calderón inició una complicidad con el narcotráfico que empezó con la designación del criminal García Luna en la Secretaría de Seguridad Pública, en vez de escuchar las alertas a ese respecto que le hicieron el general Tomás Ángeles y el comandante Luis Herrera Valles desde 2006, a quienes de forma autoritaria encarceló cuando le previnieron de las andanzas sucias de Genaro García Luna.

Poco después se documentó la razón: de 2006 a 2012, Calderón entregó el Estado al crimen organizado, que hizo suyas para sus perversos fines instalaciones y recursos hasta de Pemex; mientras que la Seguridad Pública la encabezaban delincuentes. Porque no es sólo García Luna, es también su élite de la corporación encargada del presunto combate al narco, como la extinta Policía Federal, cuya plana mayor; Cárdenas Palomino, Pequeño García o Reyes Arzate, hoy se encuentra presa, perseguida o confesa de su condición criminal. Si hay en México un ejemplo nítido de narcogobierno, ese es el que México padeció de 2006 a 2012.

Que esos dos tipos hablen de democracia y de seguridad es algo tan indigno y cínico como si el cura Marcial Maciel apareciera hablando a favor del bienestar de las niñas y niños de México. Ello no sorprende de dos sátrapas sin escrúpulos, como tampoco sorprende que el PAN siga sin ver la honda crisis electoral que vive, lo cual lo obliga a buscar liderazgos en Madrid o sacar momias, que deberían estar en la cárcel, del formol, para tratar de ganar adeptos.