7/04/2026

Violencia vicaria es constitucional: SCJN establece criterios históricos para proteger a madres e hijos

 

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La Ministra Loretta Ortiz Ahlf propuso el proyecto del Amparo 2798/2025
 que determina que el abuso de juicios y demandas por parte de los agresores es una forma de violencia.

En un fallo histórico para los derechos de las mujeres y las infancias en México, el Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) determinó que la violencia vicaria es plenamente constitucional y que la utilización abusiva del sistema judicial por parte de los agresores constituye una modalidad de este tipo de violencia de género.

Bajo la ponencia de la Ministra Loretta Ortiz Ahlf, al resolver el Amparo directo en revisión 2798/2025, el máximo tribunal del país blindó las leyes que sancionan la violencia vicaria, reiterando que estas medidas no discriminan a los hombres, sino que responden de manera urgente a una violencia estructural que busca castigar a las madres a través de sus hijas e hijos.

El caso que abrió el precedente

El asunto llegó a la SCJN después de que una madre promoviera un procedimiento por violencia familiar. Como represalia, el padre retuvo al hijo, impidió la convivencia con la madre y promovió múltiples juicios civiles y penales con el único propósito de prolongar el conflicto, ejercer control y mantener la separación.

Aunque una Sala Familiar ya había concluido la existencia de violencia vicaria, el caso escaló hasta el Máximo Tribunal, el cual mantuvo firme dicha determinación y fijó criterios jurisprudenciales obligatorios para todo el país.

Los criterios clave de la SCJN sobre violencia vicaria

El fallo de la Suprema Corte deja un precedente fundamental para los juzgados familiares a través de varios puntos medulares:

  • El sistema judicial como arma: Las denuncias, juicios, recursos y medidas cautelares promovidas de forma masiva o infundada por el agresor para separar a la madre de sus hijos o castigarla ya son reconocidas legalmente como violencia vicaria.
  • Las infancias no son «instrumentos»: Las niñas, niños y adolescentes de una dinámica vicaria sufren violencia psicológica,física,económica y sexual directa. Por ende, la Corte los reconoce como víctimas directas con derechos propios y vida judicializada.
  • Análisis conjunto de pruebas: Las carpetas de investigación penales pueden incorporarse al juicio familiar, pero los jueces deben analizarlas en su conjunto y no permitir que un proceso penal determine en automático el destino de la custodia familiar.
La Suprema Corte enfatizó que los jueces de lo familiar tienen la obligación estricta de aplicar simultáneamente la perspectiva de género, el interés superior de la niñez, el análisis interseccional y la debida diligencia reforzada.

Nuevas reglas para decidir la guarda y custodia

A partir de este amparo, la resolución de la guarda y custodia, las convivencias y los alimentos no podrán ser otorgados como un «premio» o un «castigo» para los progenitores. Las y los jueces deberán resolver considerando de forma prioritaria:

  1. La opinión de la niña, niño o adolescente y su deseo de participar.
  2. Una evaluación actualizada del riesgo y del contexto de violencia.
  3. La continuidad de su vida cotidiana y sus vínculos afectivos.
  4. La capacidad parental evaluada sin estereotipos.

Para garantizar la protección del adolescente en este caso particular, la Corte ordenó emitir una nueva resolución que identifique la violencia sufrida por los menores, nombre a un representante especial independiente para su defensa y, al mismo tiempo, garantice de forma provisional las convivencias con la madre.

¿Prueba superada?

 

.-Un evento como el Mundial enfrenta a las ciudades sede a grandes pruebas. En la Ciudad de México, dijo una voz desde el micrófono de la feria futbolera en La Bombilla el jueves pasado, podemos decir “¡prueba superada!”. Tibios aplausos. En “organización”… Mientras el público cautivo, ansioso de ver el partido, escuchaba el autoelogio gubernamental a su gestión, algún paseante se preguntaba si la autoridad había acaso pasado por Avenida de la Paz, adornada con extraños tubos naranja que, suponía, deberían quedar bajo tierra y ahora sobresalen de la recién renovada banqueta hacia ninguna parte. 

¿Será que la jefa de gobierno o sus allegados, pues de ella se trataba, no han transitado o caminado por calles y avenidas aledañas – u otras de esta misma ciudad? ¿Será que cuando van en coche no ven el caos a su alrededor? Porque, más allá de las obras inconclusas que demuestran una organización deficiente y apresurada, documentada por los medios, la experiencia del peatón, del conductor o de la usuaria de transporte público invita a cuestionar el optimismo oficial.

El transporte público, fundamental para millones de personas, no dejará en el visitante la mejor impresión: padecerá, como las usuarias locales, hacinamiento en horas pico, vagones sucios, frenazos súbitos, paradas entre estaciones y, en éstas, escaleras mecánicas inmóviles, además de polvo y ruido donde continúa la “renovación”.

¿Por qué no mejorar definitivamente la infraestructura básica del Metro en vez de afear los pasillos? ¿Acaso la decoración importa más que la eficiencia? ¿Cree acaso el gobierno que con machacar desde las pantallas del Metro y del metrobús los grandes “logros”, siempre atribuidos a la jefa de gobierno, van a convencer a la sufrida ciudadanía de las bondades de estas insignes autoridades?

En la superficie, el panorama es peor. Autobuses contaminantes, sin placa, número, ni identificación interior, conducidos por émulos del Checo Pérez , que, ajenos al supuesto reglamento, carecen de uniforme, aturden al pasaje con música a todo volumen, platican con acompañantes peligrosamente sentados sobre cubetas, ignoran las paradas establecidas, arrancan antes de que el pasaje acabe de subir o bajar y dejan las puertas abiertas. 

En su afán por llegar a una meta invisible, uno se pasa el alto en una avenida; otro, a punto de imitarlo, frena brutalmente para evitar a un auto en el cruce. El pasaje grita, algunas caen, una se golpea la cabeza contra un tubo, otra se raspa las rodillas, otro pierde sus lentes; varios aprovechan para huir del peligro: mejor caminar bajo la lluvia.

Otro día, en otra esquina, otro autobús, otros pasajeros desesperados: “¡Ya vámonos!” , le gritan al chofer que, a media calle, pelea a golpes con un pasajero (suponemos) al que defienden varias mujeres: “¡Ya déjalo!”,  mientras el “ayudante” del conductor observa sonriente. “¡Te vamos a reportar!”, advierten al rijoso que por fin deja a su víctima. Pero, ¿cómo reportar un autobús blanco y morado sin placas, sin número de unidad o ruta? Ni un agente vial, ni una patrulla.

Otro día de otra plácida semana en otra zona: un autobús de otra ruta da vuelta prohibida en U en una concurrida avenida mientras mira su celular, peatones que intentaban cruzar se paralizan, manifiestan con aspavientos su rabia o indignación; ensimismado en su conversación, él prosigue su camino… a unos metros, abandona el vehículo, vacío, en el segundo carril y baja a comerse unos tacos. Ese puesto debe ser muy bueno, hasta taxis y lujosas camionetas se detienen ahí en pleno día. Ni un agente vial, ni una patrulla….

Si se aplicara el reglamento, se dice algún ciudadano, tal vez habría menos camiones contaminantes, menos accidentes viales, menos tensión al usar un autobús o al cruzar las calles; los camiones no taponarían los cruces, los motociclistas irresponsables no amenazarían la vida del peatón ni expondrían la suya al pasarse el alto o circular en sentido contrario; hasta los asesinatos cometidos desde una moto (pocos que pero graves) podrían aclararse pronto o evitarse…  Difícil imaginar una ciudad distinta en medio de la estridencia exacerbada por automovilistas, choferes, bocinas callejeras, sirenas de patrullas…

¿Por qué, si los autobuses de la RTP o de la nueva red El Chapulín siguen las reglas, el gobierno no pone orden y mejora la vida de todos? ¿Por qué si han gastado millones de pesos en obras, no terminan bien ninguna? La prueba cotidiana no está superada.

Arbitraje femenino hace historia: Katia Itzel García será cuarta árbitra en el Argentina vs Cabo Verde

 

El arbitraje femenino de México continúa derribando barreras en el balompié internacional. La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) confirmó de manera oficial la designación de la mexicana Katia Itzel García como cuarta árbitra para el encuentro entre Argentina y Cabo Verde, correspondiente a los dieciseisavos de final del Mundial 2026.

Este histórico nombramiento para la fase de eliminación directa tendrá lugar este viernes 3 de julio a las 16:00 horas en el Estadio de Miami. Con este paso, García no solo consolida su trayectoria individual, sino que abandera el orgullo del arbitraje mexicano, siendo la primera representación del país en la Fase Final de este certamen mundialista, por encima de figuras consolidadas del sector varonil.

Una terna histórica con presencia mexicana

Para el duelo donde la albiceleste buscará asegurar su pase frente a la escuadra africana de Cabo Verde, la terna principal estará encabezada por el árbitro central canadiense Drew Fischer.

No obstante, el poder de las mujeres mexicanas en la cancha se potenciará por partida doble, ya que la también connacional Sandra Ramírez completará el cuerpo arbitral en sus funciones como quinta árbitra de reserva, fortaleciendo una alianza deportiva que ya ha dado frutos a lo largo de este torneo.

El camino de Katia Itzel García: Rompiendo el techo de cristal en el fútbol

La trascendencia de esta nueva designación radica en el imponente camino que la árbitra mexicana ha trazado en la actual Copa del Mundo 2026. El pasado 25 de junio, Katia Itzel García inscribió con letras de oro su nombre en la historia del deporte global al convertirse en la primera mujer latinoamericana en dirigir un partido de Mundial varonil como árbitra central, llevando las riendas del encuentro entre Túnez y Países Bajos en la fase de grupos.

Previo a su aclamada actuación como central, García acumuló una destacada experiencia desempeñándose como cuarta oficial en cuatro partidos de la primera fase:

  • Países Bajos vs. Japón (marcando su debut mundialista el 14 de junio).
  • Inglaterra vs. Croacia.
  • Estados Unidos vs. Australia.
  • Argelia vs. Austria.

Katia es la primera árbitra central mexicana en participar en este tipo de eventos mundiales varoniles, pero la cuarta mujer en realizar dicho trabajo en el futbol internacional.

La historia es que solo tres árbitras centrales han dirigido este tipo de partidos en el pasado Mundial de Qatar 2022:

  • La francesa Stéphanie Frappart
  • La ruandesa Salima Mukasanga
  • La japonesa Yoshimi Yamashita

800 millones de mujeres afrontan la maternidad sin seguridad económica, según un informe de la ONU

 


La ONU alerta sobre una realidad poco visible: la violencia contra las madres

Informe de la Relatora Especial de Naciones Unidas Reem Alsalem

¿Qué ha ocurrido?

La Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres y las niñas, Reem Alsalem, ha presentado un informe monográfico dedicado a la violencia y discriminación que sufren las mujeres por su condición de madres.

Cinco datos clave del informe

  • 800 millones de mujeres carecen de seguridad económica en torno al parto.
    • Las mujeres realizan 2,5 veces más trabajo de cuidados no remunerado que los hombres.
    • El 24 % abandona el mercado laboral durante el primer año de maternidad.
    • Una embarazada en un país en conflicto tiene casi cuatro veces más riesgo de morir por causas maternas.
    • La utilización de los hijos para controlar a las madres es identificada como una forma específica de violencia.

¿Cuál es la principal conclusión del informe?

La maternidad sigue estando infravalorada y millones de mujeres sufren formas específicas de violencia y discriminación relacionadas directamente con su condición de madres.

¿Qué entiende la ONU por violencia contra las madres?

No se limita a la violencia física. Incluye violencia económica, psicológica, institucional, reproductiva, sexual y jurídica.

¿Qué dice el informe sobre la situación económica de las madres?

Advierte de una importante penalización económica asociada a la maternidad, que afecta al empleo, los salarios, las promociones y las pensiones.

¿Qué denuncia sobre los sistemas sanitarios?

Describe diversas formas de violencia reproductiva, incluyendo intervenciones sin consentimiento plenamente informado y trato degradante durante el embarazo y el parto.

¿Qué relación existe entre la violencia contra las madres y la violencia contra los hijos?

Muchos agresores utilizan a los hijos para controlar, castigar o intimidar a las madres. El daño a los menores tiene consecuencias duraderas para toda la familia.

¿Qué dice sobre conflictos armados?

Las madres son objetivo específico de la violencia en guerras y crisis humanitarias. En 2024 se estimó que 10,9 millones de embarazadas o lactantes sufrían desnutrición grave en países afectados por conflictos.

¿Qué grupos son especialmente vulnerables?

Madres migrantes, refugiadas, indígenas, adolescentes, con discapacidad, encarceladas, solteras, en situación de prostitución y madres sometidas a gestación subrogada.

¿Qué pide finalmente la ONU?

Reconocer la maternidad como un bien social, combatir la discriminación económica, reforzar la protección frente a la violencia y mejorar las políticas públicas dirigidas a las madres.

La justicia escocesa declara ilegal la política penitenciaria que permitía alojar a algunos hombres que se identifican como mujeres en cárceles de mujeres

 Redacción Tribuna

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Documento de referencia: Outer House, Court of Session, [2026] CSOH 59, Opinion of Lady Ross, Petition of For Women Scotland for Judicial Review, 19 de junio de 2026.

La Corte de Sesión de Escocia (Court of Session), el máximo tribunal civil escocés, ha dado la razón a la organización feminista For Women Scotland y ha declarado ilegal la guía penitenciaria del Servicio Penitenciario Escocés (SPS) que permitía, en determinadas circunstancias, el ingreso de hombres que se identifican como mujeres en prisiones femeninas.

La sentencia, dictada el 19 de junio de 2026 por la jueza Lady Ross, supone una de las primeras aplicaciones directas del histórico fallo del Tribunal Supremo del Reino Unido de abril de 2025, que estableció que los términos «hombre», «mujer» y «sexo» en la Ley de Igualdad de 2010 se refieren al sexo biológico.

¿Qué estaba en discusión?

For Women Scotland impugnó una guía penitenciaria aprobada en 2024 que permitía que algunos presos varones que se identifican como mujeres fueran considerados para ingresar en el sistema penitenciario femenino si no presentaban determinados indicadores de riesgo.

La política partía de una evaluación individual. Los hombres identificados como mujeres que no tuvieran antecedentes de violencia contra mujeres o delitos sexuales podían ser destinados a cárceles de mujeres. Incluso en algunos casos con antecedentes de violencia existía un mecanismo excepcional para autorizar su traslado al sistema femenino tras una evaluación específica.

La cuestión jurídica central

La jueza examinó la normativa penitenciaria escocesa y llegó a una conclusión clara: la legislación exige la separación por sexo de los presos.

La sentencia recuerda que la Regla 126 de las Prisons and Young Offenders Institutions (Scotland) Rules 2011 establece que las mujeres y los hombres no deben compartir alojamiento y que las instalaciones destinadas a cada sexo deben mantenerse separadas.

Lady Ross concluye que esta norma exige la existencia de un sistema penitenciario masculino y otro femenino diferenciados y que la finalidad de esa separación es proteger la seguridad, la privacidad y la dignidad de las mujeres presas.

La importancia del fallo del Supremo de 2025

El contexto de esta sentencia es fundamental.

En abril de 2025, el Tribunal Supremo británico resolvió otro litigio promovido por For Women Scotland y declaró que, para la Ley de Igualdad, las categorías de hombre y mujer se basan en el sexo biológico.

Hasta entonces, gran parte de las políticas públicas escocesas se habían construido sobre la premisa de que una persona con un Certificado de Reconocimiento de Género debía ser tratada legalmente como miembro del sexo declarado. El Supremo rechazó esa interpretación.

La nueva sentencia penitenciaria aplica esa doctrina al ámbito de las prisiones.

Los argumentos del Gobierno escocés

El Gobierno escocés sostuvo que necesitaba mantener cierta flexibilidad para proteger los derechos humanos de los presos trans.

Argumentó que algunos podrían enfrentarse a riesgos graves —incluido riesgo de suicidio— si fueran alojados exclusivamente según su sexo biológico. También defendió que las obligaciones derivadas del Convenio Europeo de Derechos Humanos exigían una evaluación individualizada.

Sin embargo, la jueza consideró que esos argumentos no podían alterar el significado jurídico de las categorías de sexo establecidas por la legislación vigente.

La posición de la Comisión de Igualdad (EHRC)

Un aspecto llamativo es que la Comisión para la Igualdad y los Derechos Humanos del Reino Unido (EHRC) intervino en el procedimiento y mostró una posición cercana a la de For Women Scotland.

La EHRC sostuvo que, tras el fallo del Supremo de 2025, la guía penitenciaria escocesa debía ser reconsiderada y señaló que la presencia de hombres en cárceles de mujeres dificulta mantener la separación sexual exigida por la legislación. También expresó «cierta simpatía» por el argumento de que la guía ofrecía una imagen errónea de la situación jurídica real.

¿Por qué es una sentencia relevante?

Porque traslada al ámbito penitenciario una cuestión que hasta ahora se había discutido principalmente en relación con cuotas, estadísticas, espacios diferenciados y servicios de un solo sexo.

La sentencia afirma que:

  • Las cárceles de mujeres existen para las mujeres como categoría basada en el sexo biológico.
  • La separación sexual en prisión no es una mera política administrativa, sino una obligación legal.
  • La guía penitenciaria escocesa se construyó sobre una interpretación jurídica incompatible con la establecida por el Tribunal Supremo británico.

Contexto político y social

El caso se produce tras varios años de controversia en Escocia sobre las políticas de identidad de género.

El detonante político fue el caso de Isla Bryson, un delincuente sexual varón condenado por violación que inicialmente fue enviado a una prisión de mujeres en 2023. El escándalo provocó una revisión urgente de las políticas penitenciarias escocesas y abrió un debate nacional sobre los límites de la autoidentificación de género en espacios segregados por sexo.

Posteriormente, el Tribunal Supremo británico resolvió el caso For Women Scotland de 2025, y esta nueva sentencia de 2026 representa una de las primeras consecuencias prácticas de aquella decisión.


Sentencia: Outer House, Court of Session, [2026] CSOH 59, Opinion of Lady Ross, Petition of For Women Scotland for Judicial Review, 19 de junio de 2026.

América Central cuida con desigualdad y con sistemas débiles

 

Ana Alvarado cuida desde hace cinco años a su padre, Manuel de Jesús Alvarado, de 85 años, en su vivienda del cantón El Tránsito, en Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador, en un contexto donde, en América Central, el peso del cuidado recae mayoritariamente en las mujeres. Imagen: Edgardo Ayala / IPS.- Edgardo Ayala

SANTA MARÍA OSTUMA, El Salvador – Los esfuerzos por establecer políticas sobre cuidados en América Central avanzan lentamente, con rezagos estructurales y sin una red pública de servicios, como centros de cuido para niños y personas mayores, que evite que el peso del trabajo recaiga en su mayor parte en las mujeres.

El financiamiento siempre limitado en las siete naciones centroamericanas impide ampliar esos servicios, de modo que la construcción de un sistema integral de cuidados sigue siendo un objetivo lejano en la región, conformada por Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá.

El istmo está marcado por profundas brechas socioeconómicas, con altos niveles de desigualdad, informalidad laboral y limitaciones fiscales que condicionan la capacidad de los Estados para ampliar sistemas de protección social para una población conjunta de 53 millones.

Detrás de las brechas estructurales en la provisión de cuidados, las dinámicas cotidianas se traducen en arreglos familiares donde la responsabilidad recae de forma desigual en una sola persona, generalmente una mujer cercana al familiar frágil, en el caso de los adultos mayores.

“Tal vez me hubiera gustado tener mis propias cosas, trabajar para tener mi casa, mi familia, pero ya era el destino que me tocaba”: Ana Alvarado.

“Aquí estamos siempre pendientes de mi papá, él es un hombre fuerte, gracias a Dios”, dijo a IPS Ana Alvarado, de 51 años, responsable del cuidado de su padre, Manuel de Jesús Alvarado, de 85 años.

Ana y su padre viven en el cantón El Tránsito, un asentamiento rural del distrito de Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador.

Ana relató que ella trabajaba en San Salvador, la capital del país, distante unos 70 kilómetros. Pero hace cinco años asumió el cuidado permanente de su padre, luego de una serie de complicaciones médicas graves que incluyeron múltiples cirugías y una infección que dejó secuelas en el estado de salud de él.

“Casi se nos muere”, contó.

Su padre, sentado a su lado asintió, y comentó: “No todo el tiempo pasa uno con toda la energía de cuando uno es joven, se nota el avance de la edad y los golpes de las enfermedades”.

“Me tocó venirme a mí, porque era la única soltera. Me tocó estar aquí. Mis hermanos aunque quisieran estar aquí no pueden, ellos trabajan en San Salvador y ya tienen su hogar”, dijo Ana entre comprensiva y resignada.

Integrantes del Centro de Estudios de la Mujer de Honduras, 
una de las organizaciones que impulsan la creación de una ley
 de cuidados en su país, junto a un cartel con el lema “Hora de
 Cuidar”. Imagen: Cortesía del CEM

El peso sobre las mujeres

Los cuidados se entienden como el conjunto de actividades necesarias para sostener la vida diaria y el bienestar de las personas, que incluyen desde la atención a niños y personas mayores o enfermas y dependientes hasta el trabajo doméstico asociado a esas tareas.

Según el enfoque de ONU Mujeres, se trata de un trabajo esencial para el funcionamiento de la sociedad y la economía. Comprende tanto el cuidado no remunerado dentro de los hogares como los servicios de cuidado pagados, y que tiende a recaer de forma desproporcionada sobre las mujeres.

Las mujeres del Triángulo Norte de Centroamérica continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado, según el informe Estado de situación del sector de cuidados en Guatemala, El Salvador y Honduras, publicado en octubre de 2025.

El reporte establece que en los tres países persisten patrones similares en la organización del cuidado que profundizan las brechas de género.

En los tres las mujeres dedican entre tres y cinco veces más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que los hombres, lo que se refleja en una menor participación laboral femenina.

Cerca de 70 % de las mujeres guatemaltecas permanece fuera de los sistemas laborales regulados, al igual que 66,7 % de las salvadoreñas y 64,7 % de las hondureñas. Muchas terminan incorporándose a ocupaciones precarias, caracterizadas por bajos ingresos, ausencia de protección social y escasas oportunidades de capacitación.

“En Guatemala, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte del trabajo de cuidados no remunerado, lo que les impide incorporarse al mercado laboral, continuar sus estudios o dedicar tiempo a su propio bienestar”, afirmó a IPS Maritza Velásquez, de la Asociación de Trabajadoras del Hogar a Domicilio y de Maquila y de la Red Guatemalteca por los Cuidados.

Velásquez actuó como coordinadora del estudio.

La investigación también encontró que la provisión de cuidados en la región sigue descansando principalmente en arreglos familiares informales, debido a la falta de marcos normativos coherentes y mecanismos de financiamiento sostenibles, un modelo que reproduce desigualdades de género a lo largo del ciclo de vida de las mujeres.

“Hemos visto que las mujeres se dedican definitivamente más tiempo de su vida a cuidar a otros que a cuidarse ellas mismas”, acotó Velásquez.

Ante este panorama, el estudio propone destinar al menos el equivalente a 1 % del producto interno bruto (PIB) a un fondo plurianual de cuidados para ampliar la infraestructura social y reducir el déficit de servicios dirigidos a la primera infancia, personas mayores y población dependiente.

Actividad en un centro diurno en San José de Costa Rica, donde se apoya
 el cuidado de los adultos mayores, como parte de las mejoras del Sistema
 Nacional de Cuidados y Apoyos, que se considera el más avanzado hasta 
 ahora en América Central. Imagen: Sinca

Pocos avances reales

El avance de las políticas de cuidados en América Central muestra distintos niveles de desarrollo entre países, con brechas importantes en su institucionalización y alcance.

Mientras Guatemala, Honduras y El Salvador apenas comienzan a construir marcos más sistemáticos para organizar la provisión de cuidados, todavía con iniciativas fragmentadas y limitaciones de financiamiento, Costa Rica se ubica en una etapa más avanzada.

Esa nación aprobó en 2022 la Ley del Sistema Nacional de Cuidados, que dio base legal a su implementación, con una red estatal que articula servicios públicos y privados para personas adultas y en situación de dependencia, a fin de protegerlas y dar apoyo a los cuidadores, remunerados o no, para mejorar la calidad de vida de las dos partes.

En El Salvador, la política de cuidados existe como marco, pero su alcance sigue siendo muy limitado en la práctica.

“Es un instrumento poco conocido y con limitaciones para volverse operativo, pues carece de un presupuesto”, señaló a IPS Carmen Urquilla, de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz, al referirse a la Política Nacional de Corresponsabilidad de los Cuidados, aprobada en el 2023.

Esa iniciativa no es una ley aprobada por la Asamblea Legislativa, sino un instrumento de política pública del Poder Ejecutivo.

Esto significa que no tiene rango legal vinculante, sino que funciona como un marco de orientación para acciones institucionales y programas. Su implementación depende, en la práctica, de la voluntad política y de la asignación de recursos presupuestarios.

La experta salvadoreña explicó que uno de los principales desafíos no está en la definición del problema, sino en la falta de recursos para traducirlo en servicios concretos como centros de atención infantil o espacios de apoyo para personas mayores.

También advirtió que el énfasis del enfoque vigente tiende a centrarse más en quienes reciben cuidados que en la organización del sistema que los sostiene.

En Guatemala, la discusión sobre cuidados se mantiene en una fase inicial y con avances intermitentes.

“El avance es muy incipiente”, afirmó la guatemalteca Velásquez, al señalar que no existe aún una política pública consolidada.

La dirigente señaló que algunos acercamientos institucionales en materia de cuidados fueron impulsados desde la Secretaría Presidencial de la Mujer durante el gobierno de Alejandro Giammattei (2020-2024), pero advirtió que estos procesos han perdido continuidad con el cambio de administración hacia el actual gobierno de Bernardo Arévalo.

La activista agregó que la transición entre ambas gestiones ha implicado la interrupción o ralentización de varias iniciativas previas, lo que ha afectado la posibilidad de darles seguimiento sostenido dentro del aparato estatal.

Según explicó, esa inestabilidad ha dificultado la construcción de un sistema sostenido y con participación formal de las organizaciones sociales.

Velásquez agregó que, aunque se han retomado conversaciones recientes, el proceso sigue sin una hoja de ruta clara y sin mecanismos estables de articulación entre Estado y sociedad civil. En su visión, el país aún se encuentra en una etapa de definición básica de qué tipo de sistema de cuidados se quiere construir.

En Honduras, el debate ha avanzado hacia propuestas más estructuradas, aunque sin aprobación legislativa.

“El país aún no cuenta con una ley aprobada, pero sí con borradores y mesas de trabajo”, explicó a IPS Suyapa Martínez, directora del Centro de Estudios de la Mujer de Honduras.

La especialista explicó que existe una iniciativa de Ley del Sistema Integral de Cuidados presentada por una diputada de oposición, mientras el gobierno trabaja en una propuesta propia, con la intención de fusionarlas y avanzar hacia una normativa común.

Sin embargo, advirtió que el avance de esta agenda ha estado marcado por vaivenes políticos y cambios de prioridades con la llegada de un nuevo gobierno, lo que ha impedido darle continuidad sostenida a los esfuerzos previos y consolidar un marco legal estable para el sistema de cuidados.

Tras el gobierno de Xiomara Castro (2022-2026), en enero de este año llegó a la presidencia de Honduras el ultraconservador Nasry Asfura, promovido por el presidente estadounidense, Donald Trump.

Retrato de Manuel de Jesús Alvarado y su esposa, María Cristina López, cuando eran más jóvenes, 
que destaca en la sala familiar. López falleció en 2010, a los 62 años, y años después, tras sufrir varias 
enfermedades, el esposo requirió cuidados permanentes, que quedaron en manos de su hija, Ana
 Alvarado. Ella debió dejar su vida en San Salvador y trasladarse a la comunidad rural del padre. 
Imagen: Edgardo Ayala / IPS

Buenas leyes, pero de momento lejanas

La activista hondureña explicó que la propuesta de sistema integral de cuidados contempla una combinación de transferencias económicas y expansión de servicios públicos, con la creación de bonos para personas cuidadoras y apoyos directos a hogares que realizan estas tareas.

A esto se sumarían centros diurnos para personas mayores, programas de atención domiciliaria y servicios de asistencia para personas con discapacidad, como parte de una red de apoyo que busca reducir la sobrecarga actual en las familias.

La implementación de este esquema, señaló Martínez, requeriría una inversión significativa, estimada en alrededor de 29 millones de dólares en un período de cuatro años, según los estudios preliminares incluidos en la propuesta.


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En ese contexto, señaló que una de las principales referencias para el diseño del sistema es la experiencia de Uruguay.

Ese país cuenta desde 2015 con un Sistema Nacional Integrado de Cuidados, que reconoce el cuidado como un derecho humano, en lo que fue un modelo pionero en América Latina que se sustenta en la corresponsabilidad y el financiamiento compartido del Estado, las familias, el mercado y la comunidad.

En 2024, Panamá siguió parcialmente ese modelo al establecer un Sistema de Cuidado de Personas, que “garantiza el derecho al cuidado, el pleno bienestar y el desarrollo de las personas, así como a la protección de su autonomía”, brindando apoyo legal a las personas bajo cuidado y sus cuidadores. Pero el sistema enfrenta aún desafíos en su aplicación.

En el caso hondureño, Martínez advirtió que el proceso aún depende de acuerdos políticos y de la definición de recursos sostenidos para su implementación.

Mientras tanto, la cuidadora salvadoreña, Ana Alvarado, señaló que le habría gustado continuar trabajando o desarrollar un proyecto propio, pero terminó reorganizando completamente su vida para atender a su padre.

Contó que ella recibe apoyo financiero de sus hermanos para medicamentos y otros gastos de su padre, ellos se mantienen muy pendientes de él, pero el cuidado cotidiano recae casi por completo en ella.

“Tal vez me hubiera gustado tener mis propias cosas, trabajar para tener mi casa, mi familia, pero ya era el destino que me tocaba”, afirmó Ana.

Fiscalía confirma que restos hallados en Veracruz son de la periodista Roxana Guzmán

 

La Fiscalía General del Estado de Veracruz confirmó este viernes 03 de julio que los restos humanos localizados durante las investigaciones en un predio del sur de la entidad corresponden a la periodista Roxana Berenice Guzmán Ramírez, directora del medio digital Pulso Informativo del Sureste, quien fue privada de la libertad el pasado 2 de junio en el municipio de Nanchital.

La identificación fue posible tras los análisis periciales y las pruebas genéticas practicadas por las autoridades, poniendo fin a un mes de incertidumbre para su familia, que durante semanas insistió en mantener la búsqueda y evitar la difusión de versiones no confirmadas mientras se realizaban los estudios científicos.

Además, la Fiscalía ejecutó ocho órdenes de aprehensión en contra de presuntos responsables por el delito de homicidio doloso calificado en agravio contra Roxana Guzmán. Es importante señalar que cuatro de los detenidos son policías municipales de Ixhuatlán del Sureste.

La desaparición de Roxana Guzmán generó preocupación entre organizaciones de defensa de periodistas y de derechos humanos, que exigieron una investigación con perspectiva de libertad de expresión y el esclarecimiento de los hechos.

Roxana estuvo un mes desaparecida

Roxana Guzmán fue privada de la libertad por un grupo armado que irrumpió en su domicilio el 2 de junio, en hechos presenciados por integrantes de su familia, entre ellos sus hijos.

Durante las investigaciones, autoridades estatales y federales realizaron operativos en distintos municipios del sur de Veracruz, donde localizaron un predio vinculado con una célula criminal. En ese sitio fueron hallados restos humanos que permanecieron bajo análisis hasta que las pruebas de ADN confirmaron que correspondían a la periodista.

Cabe destacar que durante este mes de búsqueda e investigaciones, hubo diversas especulaciones que intentaron vincular la desaparición de Roxana Guzmán con presuntas actividades del crimen organizado; sin embargo, hasta el momento ninguna autoridad ha emitido una resolución definitiva sobre los hechos. En ese escenario, especialistas en desaparición y derechos humanos insistieron en que cualquier línea de investigación debe desarrollarse sin afectar el derecho de la víctima a ser buscada ni el derecho de sus familiares a conocer la verdad.

Crimen contra la libertad de expresión

El asesinato de Roxana Guzmán se suma a la violencia que enfrentan periodistas en México, particularmente mujeres comunicadoras que ejercen su labor en contextos de alta presencia del crimen organizado.

Para organizaciones de defensa de la prensa, el esclarecimiento del caso será determinante no solo para garantizar justicia a Roxana Guzmán y su familia, sino también para combatir la impunidad en los delitos cometidos contra periodistas.

Con la confirmación del asesinato de Roxana Berenice Guzmán Ramírez, al menos dos periodistas han sido asesinados en México durante 2026, de acuerdo con el seguimiento de casos públicos y organizaciones de defensa de la libertad de expresión, como Art.19, desde CIMAC solo se tiene documentado el reciente hecho de Roxana Guzmán.

“El libro de los que no son”, un relato desgarrador sobre una mujer indocumentada, víctima de feminicidio

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Por Alexander Paéz. El otro país. Resumen Latinoamericano, 28 de junio de 2026

Alexander Páez es una firma conocida y celebrada por nuestros lectores. Fue el ganador de un reciente premio internacional con la historia de la periodista paraguaya asesinada Yamila Cantero, narrada con la excelencia de su estilo literario. Ahora nos ofrece un relato impresionante sobre una mujer hallada muerta y desmembrada en aguas del río Jejuí, en Kokueré, Departamento de San Pedro, en 2025, una mujer que había vivido su vida como un fantasma por carecer de documentos. “Es una narración extraña y muy sentida, nacida de un caso real, escrita desde un lugar poco habitual para mirar una vida”, nos dice el autor. Un relato de horror y de amor que nos convoca a reflexionar y a actuar ante la persistencia de los feminicidios.

La encontraron en marzo. El Jejuí la fue devolviendo por partes, con esa lentitud oscura de los ríos cuando el horror deja de sorprenderlos. Primero el torso. Después la cabeza, tres kilómetros más abajo. Un brazo no apareció nunca. Quizás quedó en el barro, entre raíces, botellas, ramas y esas cosas que el agua aprende a callar. El agua no devuelve de golpe. Dosifica. Administra.

Yo no me sorprendí. La esperaba.

No entre los camalotes. No en la orilla, donde los hombres se acercaron con esa mezcla de curiosidad y espanto con que se mira lo que nadie quiere nombrar. La esperaba en otro sitio, más seco y más antiguo: una oficina del Registro Civil de San Pedro del Ycuamandyyú; con un tomo de nacimientos, una página amarillenta donde la tinta había escrito a unos y había dejado intacto el lugar de ella.

Yo era ese lugar.

Un renglón en blanco.

Aún lamento no haber sabido nada de ella hasta el final. Todo lo que cuento me llegó tarde: cuando la familia empujó, cuando el pueblo gritó sobre el puente, cuando el expediente empezó a crecer alrededor de un cuerpo desmembrado y la Fiscalía tuvo que preguntar quién era, hasta terminar preguntándomelo a mí. Entonces me llenaron de golpe. Testimonios. Muestras de ADN. Resoluciones de urgencia. Lo que dijo la madre. Lo que dijo el hermano. Lo que dijeron los vecinos. Yo no era una conciencia. Era un papel obligado a enterarse. Volcaron sobre mí su versión de la vida, y me tocó ejercer ese oficio odioso: ordenar restos, administrar una existencia, ponerle burocracia a la piel.

Lo cuento desde esa vergüenza: la de haber permanecido vacío durante treinta y tres años y llenarme recién cuando ya no servía para nada.

María Enciso nació en Kokueré, donde el calor no cae sobre las cosas: entra en ellas. Se mete en la madera, en la ropa tendida, en el cuerpo de las mujeres, en los frascos donde la madre guardaba semillas. De aquella mañana no me llegó una firma ni un sello. Me llegaron, mucho después, restos de una escena: una madre doblada sobre sí misma, que se llamaba Rosa; una vecina que sabía de partos porque había visto demasiados; una palangana con agua tibia, un paño, un rancho de piso apisonado; olor a humo viejo bajo un cielo de azules intensos.

Todo eso existió.

Pero nadie la escribió.

Nadie hizo el viaje de polvo, barro y cansancio hasta la oficina donde yo aguardaba. No hubo dinero. No hubo tiempo. No hubo camino. Y, pensándolo ahora, yo tampoco fui hacia ellos: también estaba condenado a la inmovilidad, un pedazo de Estado con letra y polvo, incapaz de ir al encuentro de nadie, pero siempre listo para llegar tarde.

Hubo, como suele haber en el campo, esa costumbre de postergar lo imposible hasta que lo imposible termina pareciéndose al destino.

Así empezó todo.

No con el río.

Con la demora.

Los primeros años de María fueron los de tantas niñas del norte: tierra en los pies, humo en la ropa, guaraní en la boca, hambre a ciertas horas. Fue aprendiendo el mundo por señales pequeñas: el ruido de las ollas, la inclinación de la luz sobre el patio, la hora exacta en que el agua del arroyo todavía servía antes de que el sol la volviera amarga. Supo cuándo callar, cuándo apartarse, cuándo una casa está en paz y cuándo conviene no hacer preguntas. Y mientras barría, tarareaba bajito, como si en esa música mínima hubiera una forma de compañía.

Porque incluso allí, donde el Estado no llegaba o llegaba tarde, la vida encontraba cómo reunirse. Una mano alcanzaba mandioca, otra remedio, otra sombra. Las mujeres se llamaban de patio a patio. El tereré iba de boca en boca como una forma de confianza. Y en esa pobreza compartida, en esa intemperie que también sabía cobijar, se levantaba una belleza menor y verdadera: la de quienes, sin haber sido escritos por nadie, aprendían a sostenerse unos a otros.

No aprendió las letras.

Para entrar a la escuela hacía falta un certificado. El certificado exigía inscripción. Y para estar inscripta, alguien debía haber venido hasta mí. Nadie vino. Los años pasaron, y yo seguía en mi página, oyendo desde el estante el golpe seco del sello, el zumbido del ventilador, el llanto breve de los recién nacidos a quienes sí llevaban a inscribir. La tinta avanzaba sobre el papel. Los nombres caían uno tras otro, como si nacer fuera, para todos los demás, una costumbre sencilla.

Yo seguía vacío, guardándole a María un lugar al que no iba a llegar.

Creció. Se fue a San Pablo, que era pueblo si una venía de cualquier otra parte, y ciudad si una venía de Kokueré. Había calles cansadas, motocicletas que pasaban dejando un zumbido agrio, perros flacos echados contra la sombra mínima de los muros, y en los almacenes, ese olor dulzón del aceite recalentado que se pega a la ropa como una segunda intemperie. Allí vivió como viven los que no tienen archivo: enlazando trabajos sueltos, días medidos por la urgencia, una forma de presente tan frágil que casi no dejaba huella.

Hablaba guaraní con los vecinos, con esa naturalidad de las lenguas que no piden permiso. Compraba fiado en el almacén de don Alcides, que apuntaba las cuentas en un cuaderno de tapas vencidas y que nunca le pidió un papel. Volvía con bolsas de plástico que se le hundían en los dedos y le dejaban una marca roja, larga, como si también la compra quisiera recordar el peso de haber sido cargada. A veces llegaba con el pelo pegado a la nuca por el calor. Otras, se lo recogía con una cinta gastada, una de esas cintas que ya no sujetan del todo, pero insisten. Y cuando le tocaba esperar —en una fila, en una vereda, en el umbral de alguna oficina— buscaba con el pulgar la costura del vestido y la frotaba una y otra vez, como si en esa aspereza mínima hubiera algo firme, algo que no se movía.

Tenía un teléfono celular, pero no a su nombre: estaba a nombre de Gustavo. Hasta para que la llamaran hacía falta el nombre de otro.

Parió tres hijos. Los sostuvo contra el pecho cuando lloraban. Les bajó la fiebre con paños de agua. Les remendó la ropa bajo una luz pobre. Les reconoció el llanto desde otra pieza, aun dormida, aun rendida. Supo cuál tos era la del frío, cuál llanto venía del hambre, cuál silencio duraba demasiado. Pero no pudo inscribirlos. Lo hizo el padre, porque él sí tenía papeles, él sí estaba escrito. María podía poner el cuerpo, la leche, las noches partidas, el miedo, las manos. No podía, en cambio, dejar constancia legal de la vida que había sacado de sí misma.

Una mujer sin inscripción no puede inscribir a nadie.

La página en blanco también se hereda.

Hubo, casi seguro, una mañana de ventanilla. No sé el día. No sé el mes. Los días de María casi nunca quedaron en alguna parte. Pero la pobreza repite sus escenas con una exactitud cruel. Ella frente al vidrio. Un hijo tirándole de la mano. El ventilador de techo girando con esa desgana de las oficinas calientes. Del otro lado, una voz.

Documento.

Ella no tenía.

Acta de nacimiento.

Tampoco.

Entonces la voz empezó a enumerar: testigos, formularios, declaraciones, juicio, requisitos. Todo lo que hace falta para que una ficción con sellos y ventanillas acepte que una mujer de carne y hueso estuvo aquí antes que sus papeles.

María escuchó. No discutió. No lloró. Apretó la mano del hijo. Buscó con el pulgar la costura del vestido.

Después salió. Afuera el día seguía, y el día no se detiene porque una mujer no exista en los libros. Había que comprar algo. Volver. Cocinar. Lavar lo que se pudiera. Acostar a los hijos. Seguir.

Treinta y tres años caben en ese verbo.

La noche del viernes 7 de marzo, al teléfono de María —que en verdad estaba a nombre de Gustavo— entraron unas líneas firmadas por una voz conocida. Bastó eso para que María saliera de la casa y caminara hacia uno de sus últimos encuentros.

No hacían falta muchas palabras. Bastaban unas pocas, puestas en el sitio exacto de su confianza. Bastaba la impostura mínima de una voz conocida. Bastaba ese pequeño fraude de la lengua para empujar un cuerpo hacia la noche.

Después se supo lo que ya estaba escrito en la trampa: que ese mensaje no lo había mandado quien lo firmaba. Alguien había escrito desde otro teléfono, usando el nombre de otro como se usa una llave robada. Primero borraron a quien firmaba. Después borraron a María.

Antes del cuchillo hubo una frase. Antes del río, una suplantación.

Cuando no volvió, Rosa no esperó. Fue a la comisaría el sábado por la tarde y denunció la desaparición de una hija que, en los papeles, no era hija de nadie. La escena tuvo algo de humillación antigua: para denunciar a una persona hay que nombrarla, y Rosa tuvo que jurar por una María que ningún sello certificaba. Los policías anotaron lo que pudieron: María Enciso, treinta y tres años, domicilio en San Pablo, sin documentos.

Así empezó a formarse el expediente.

Gustavo no durmió esa noche. Llamó a todos los números que tenía. Recorrió las casas de los conocidos. Golpeó puertas. Preguntó en patios todavía cargados de calor. Dijo el nombre de su hermana una y otra vez, como si al repetirlo pudiera impedir que se la tragara la oscuridad. La buscaron como buscan los pobres: sin protocolo, sin descanso, con la terquedad desnuda del afecto. Una linterna. Una motocicleta. Un vecino que acompaña. Una madre que no se sienta. Una casa donde nadie se acuesta, porque acostarse sería admitir que la noche ya decidió algo.

Al amanecer del domingo, cuando ya no quedaba nadie a quien preguntar y la Policía seguía diciendo que había que esperar, Gustavo fue a ver a una mujer que la gente consulta cuando alguien se pierde. No me llegó su cara. Me llegó una sola frase, repetida después como si fuera una dirección arrancada al misterio:

Ella está en tránsito por acá cerca.

Gustavo fue al río. Llevó a dos vecinos. Llevaron una canoa.

A la altura del puente, entre los camalotes, el Jejuí empezó a devolverla.

Primero el torso.

Lo subieron a la canoa con una delicadeza inexplicable, casi tierna, como si el cuidado todavía sirviera para algo. Después llegaron más vecinos. Después la comisaría. Después la Fiscalía. Después las cámaras. Después el país entero, con sus preguntas. Pero antes que todos ellos estuvieron Gustavo, la canoa y esa frase dicha en una cocina sin documentos, en un guaraní que ningún acta registra.

Entre todo lo que el río devolvió esa tarde hubo una señal pequeña y feroz. La pericia la anotó en su idioma seco. Dicho de otro modo: el pulgar de María estaba fuera de lugar.

Había peleado.

La mano con la que sostuvo a sus hijos. La mano que buscaba la costura del vestido frente a las ventanillas. La mano que lavaba, pelaba mandioca, apartaba el pelo de una frente con fiebre. Esa mano peleó hasta el final por seguir perteneciendo al mundo.

Al día siguiente, la Municipalidad de San Pablo declaró asueto. Los estudiantes dejaron las aulas. Los comercios bajaron las persianas. La gente fue llegando al puente sobre el Jejuí con cartulinas, botellas de agua, hijos de la mano, esa pena que en los pueblos no necesita ser anunciada porque se reconoce sola. Gritaron. Lloraron. Exigieron justicia. Una mujer dijo una frase que después repitieron los medios: no están solos.

Y no lo estaban.

Antes que las oficinas y sus sellos, antes que los laboratorios y su idioma tardío, estuvo el pueblo. Estuvieron los que la habían visto pasar. Los que sabían su nombre sin pedirle prueba. Los que la reconocían por la voz, por el modo de andar, por la costumbre de volver con las bolsas marcándole los dedos. La rodearon como se rodea lo propio cuando el daño ya ocurrió y, sin embargo, todavía queda algo por hacer: nombrarla en voz alta, sostenerla entre muchos, impedir que el río terminara de llevársela al silencio.

Solo después apareció el Estado. No donde había hecho falta, sino al final, cuando ya no quedaba nada por cuidar y todavía faltaban, sin embargo, sus permisos.

Para sepultarla hubo que inscribirla.

La frase conviene dejarla así, sin adorno, para que se oiga sola. Para sepultarla hubo que inscribirla. Como si la tierra pidiera constancia. Como si un cuerpo roto no bastara. Como si esa máquina de sellos, escritorios y formularios pudiera permitirse llegar tarde a una vida y a tiempo a sus trámites.

No había huellas previas. No había odontograma. No había registros médicos. No había partida de nacimiento sobre la cual abrir un acta de defunción. María había quedado fuera del archivo, y ahora el archivo alegaba no reconocerla sin pruebas. La fiscala tuvo que ordenar extracción de ADN y cotejo con muestras de Rosa y de Gustavo. Lo que el pueblo ya sabía por dolor, por memoria y por simple cercanía, tuvo que ser confirmado en otro idioma.

Se promovió un juicio de urgencia para inscribir a una mujer ya muerta y autorizar su entierro. Lo que no se hizo por ella en la vida se hizo en la muerte: no por amor ni por justicia, sino para que el expediente pudiera cerrarse sin tropiezos.

El juicio salió en días.

Entonces abrieron mi página vieja. Unos dedos pasaron sobre mi blancura intacta, esa blancura miserable que había durado más que la infancia de María, más que la paciencia de Rosa, más que la obligación del país de salir a buscarla cuando todavía estaba viva. Y por fin, me escribieron.

Escribieron: María Enciso.

Me escribieron tarde. Eso es lo que no puedo decir sin vergüenza.

Tarde, a la fuerza, por orden judicial, cuando lo único que faltaba ya no era el nacimiento, sino el entierro. Me abrieron para eso. Para destrabar la entrada de un cuerpo a la tierra. Y todavía hubo quien dijo que en ese gesto se le devolvía la dignidad, como si la dignidad hubiera estado aquí, esperándome, dormida entre sellos, tomos viejos y escritorios de fórmica.

Pero no.

Yo no tuve nada que ver con lo mejor de María.

No estuve en Rosa cuando la parió. No estuve en Gustavo cuando le prestó su nombre para un teléfono. No estuve en don Alcides cuando le fiaba sin pedirle nada. No estuve en los vecinos que salieron a buscarla con linternas y calor en los patios. No estuve en la canoa que la alzó del agua con una delicadeza que yo no conocí. No estuve en la mujer que, sobre el puente, dijo: no están solos.

Yo no estuve ahí.

Llegué después, cuando todo eso ya había ocurrido y un país entero necesitaba fingir que todavía era posible corregir algo.

No soy un certificado de nacimiento.

Soy una lápida.

La trajeron hasta mí cuando ya no quedaba nada por hacer con su vida.

Para existir en el papel, María Enciso tuvo que entrar muerta.

(*) La imagen que ilustra este relato ha sido realizada con la inteligencia artificial de Gemini.

100 años de Alexina Crêspo: recordando a la guerrillera feminista que defendió la reforma agraria «por la fuerza».

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Ana Rosa Carrara y Lucas Salum /Brasil de Fato /Resumen Latinoamericano, 01 de julio 2026.

El programa del centenario incluye una exposición, un libro y una película para homenajear a los activistas de las Ligas Campesinas y del MST (Movimiento de Trabajadores Sin Tierra).

Alexina Crêspo hablando en la Asamblea de los Pueblos en La Habana, Cuba.

Alexina Crêspo hablando en la Asamblea de los Pueblos en La Habana, Cuba | Crédito: Comunicado de prensa

El 30 de junio de 2026 se conmemora el centenario del nacimiento de Alexina Crêspo , guerrillera revolucionaria internacionalista y militante histórica del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST).

Crêspo desempeñó un papel importante como líder de las Ligas Campesinas , una organización que luchó por la reforma agraria en la región noreste de Brasil desde 1945 hasta la dictadura militar. Su esposo, Francisco Julião, fue uno de los fundadores de la Liga, que trabajó en defensa de las comunidades rurales y por la integración de la clase trabajadora en todo el mundo.

En palabras de su hijo, Anacleto Julião, «era una persona que comprendía profundamente la cuestión agraria brasileña y, además, era feminista, una de las pioneras de las organizaciones de mujeres en Pernambuco y en todo Brasil. Era una internacionalista que representó la lucha de los campesinos brasileños en importantes encuentros internacionales de solidaridad».

Con Mao Tse Tung

El hijo del activista destacó las habilidades y cualidades políticas de su madre durante una entrevista en el programa Conversa Bem Viver , de Rádio Brasil de Fato . También participó Raúl Julião, nieto de Crêspo.

“Creo que Alexina era un personaje propio de su época. Tenía una inmensa capacidad para comprender cómo cambiaban las cosas; nunca tuvo rigidez ideológica ni nada por el estilo. Lo que sí tenía era coherencia ideológica”, dijo Raúl.

Guerrillera con entrenamiento militar.

Alexina Crêspo, fallecida en 2013, pasó un tiempo exiliada en Cuba debido al golpe cívico-militar en Brasil. En la isla, tuvo la oportunidad de entablar una estrecha relación con figuras emblemáticas como Che Guevara y Fidel Castro. También viajó a la Unión Soviética, China y Corea. Fue testigo de la Revolución China e incluso se reunió con Mao Zedong, el líder del proceso.

Sin embargo, Anacleto recalcó que su historia, lamentablemente, rara vez se recuerda. «Fue prácticamente olvidada, digamos, debido al liderazgo de su esposo, debido al machismo que existía y aún existe hoy. Sus acciones se centraban más en resultados prácticos que las de Julião. El arma fundamental de Julião eran sus discursos , la sensibilización a través de movilizaciones, mientras que Alexina era una guerrera y guardaespaldas de Francisco Julião».

Su nieto recuerda que recibió entrenamiento militar, necesario en el contexto de la resistencia contra la dictadura. «Fue a Cuba, se entrenó. Alexina, según me han contado, era una excelente tiradora. La llamamos guerrillera porque se entrenó en Cuba, pero al final recibió entrenamiento militar. Comunicación por radio encriptada, código Morse, manejo de armas pesadas».

Con Fidel Castro, en Cuba

Anacleto también señala que ella tenía una visión diferente a la de su esposo respecto a la lucha por la reforma agraria en el país en aquel entonces. “[Francisco] Julião solía decir: ‘Reforma agraria por ley o por la fuerza’. Y Alexina le respondía: ‘Reforma agraria, solo por la fuerza. No hay posibilidad de que sea legal’”, explicó el hijo de la pareja.

Al hablar de coherencia política e ideológica, su hijo recuerda una frase histórica de Alexina: «No soy una heroína; viví de acuerdo con lo que pensaba, quería e imaginaba». La frase está grabada en la Calçada da Memória (Paseo de la Memoria) en Recife, junto al Monumento «Nunca más la tortura».

Celebración

Para conmemorar el centenario de Alexina, la Fundación Joaquim Nabuco (Fundaj) en Recife organiza un programa especial en su honor.

Entre las actividades, se proyectarán dos documentales sobre su vida y la labor de las Ligas Campesinas: «Brasil: Tierra convulsa» (1964) y «Alexina: Memorias de un exilio» (2012). También se presentará el libro «Los poemas de Apolo y otros escritos» y la exposición «Brasil rojo: 100 años de Alexina Crêspo».

«La verdadera fortaleza de esta exposición reside en que reúne documentos originales. No hay copias ni facsímiles; son los documentos originales, las fotos que dejó, las cartas, los manuscritos», destacó Raul Julião.

Sueli Carneiro y la tarea de ennegrecer el feminismo

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Por Ivanna Madeo. Página12_Resumen Latinoamericano 26 de junio 2026.

El feminismo hegemónico tiene una pregunta pendiente. La formuló Sueli Carneiro hace más de veinte años y todavía incomoda: ¿de qué mujeres estamos hablando?

El 24 de junio de 1950 nació en São Paulo la filósofa, escritora y activista que convirtió esa pregunta en programa político. Fundadora del Instituto Geledés de la Mujer Negra, participante del proceso de Durban (Conferencia Mundial contra el Racismo de 2001), interlocutora del movimiento negro latinoamericano durante décadas, Carneiro construyó una obra que no es archivo sino herramienta. En tiempos de ofensiva conservadora y crecimiento de los discursos de odio, volver a ella es una necesidad política.

Durante décadas, buena parte del feminismo construyó sus diagnósticos a partir de las experiencias de mujeres blancas, urbanas y de sectores medios, universalizando sus demandas como si representaran al conjunto. Carneiro mostró que la experiencia histórica de las mujeres negras en América Latina había sido radicalmente distinta. Mientras unas luchaban por romper con el mandato del hogar, otras llevaban siglos trabajando dentro y fuera de él. Mientras unas denunciaban el mito de la fragilidad femenina, otras jamás habían sido consideradas frágiles ni dignas de protección. Lo escribió sin rodeos: “Ayer, al servicio de frágiles señoritas y de nobles señores tarados. Hoy, empleadas domésticas de las mujeres liberadas”.

La potencia de esa afirmación es que nombra una contradicción que sigue viva. Ciertas formas de emancipación femenina conviven, sin escándalo, con relaciones raciales y de clase profundamente desiguales. La liberación de unas no implica la liberación de todas.

La pregunta por cuáles mujeres habla el feminismo tiene una larga genealogía. Mucho antes, la abolicionista afroestadounidense y activista por los derechos de la mujer, Sojourner Truth la había formulado de manera contundente en su discurso “¿Acaso no soy una mujer?”. Carneiro retoma esa tradición para construir una crítica situada en América Latina. Para ella, el sesgo eurocéntrico del feminismo latinoamericano no era un simple descuido teórico, sino una operación política: omitir la centralidad de la raza en las jerarquías de género equivalía a universalizar los valores de una cultura particular —la occidental— y presentarlos como experiencia común de todas las mujeres, sin considerar los procesos de dominación, violencia y explotación que han estructurado las relaciones entre blancos y no blancos desde la colonia hasta nuestros días.

Su propuesta de ennegrecer el feminismo nunca fue incorporar diversidad a una agenda ya existente. Fue una invitación a revisar las bases mismas del sujeto político feminista. Como escribió, la lucha de las mujeres negras contra la opresión de género y de raza propone “diseñar nuevos contornos para la acción política feminista y antirracista”. Reconocer que las opresiones de género no pueden comprenderse separadas de las jerarquías raciales y económicas que organizan la vida social. Que el racismo no es un problema secundario dentro de las relaciones de género, sino uno de los mecanismos que las estructuran.

Esa tradición sigue siendo urgente en América Latina. Los feminismos de la región ganaron presencia, pensamiento crítico y victorias legislativas en los últimos años, pero la pregunta de Carneiro persiste: ¿quiénes protagonizan esos avances y quiénes quedan afuera? ¿Qué pasa con las mujeres negras e indígenas que no aparecen en las estadísticas del movimiento, que enfrentan la violencia policial, la esterilización forzada o la feminización de la pobreza en sus formas más brutales? El racismo no desapareció del feminismo latinoamericano; se volvió más sofisticado, más difícil de nombrar y más cómodo de ignorar. Por eso, ennegrecer el feminismo es una tarea permanente. Y porque el antirracismo se construye en comunidad: reunirnos no basta si no hay una praxis crítica que denuncie las lógicas del poder blanco, patriarcal y capitalista.

Ultraderecha, violencias y reacción patriarcal en el Ecuador de Noboa

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Por Ailynn Torres. Rebelión. Resumen Latioamericano, 30 de junio de 2026

Bajo el Gobierno de Noboa, Ecuador registra niveles inéditos de violencia contra mujeres, niñas y disidencias. Ese proceso no es un efecto colateral del narco: es una dimensión constitutiva del régimen.

El Gobierno de Daniel Noboa, en Ecuador, es parte cabal de las ultraderechas contemporáneas latinoamericanas. Ubicarle ahí no es usual. Los procesos de radicalización y cambios cualitativos de las derechas regionales generalmente refieren a gobiernos y figuras como Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, Nayib Bukele en El Salvador o, más recientemente, José Antonio Kast en Chile. Sin embargo, Noboa es parte no solo por la centralidad de la seguridad en su agenda o su énfasis en el militarismo, sino por el modo específico en que articula autoritarismo político, racionalidad empresarial del Estado y conservadurismo moral. Estos elementos de conjunto, han producido un nítido y acelerado giro brutalista (en términos de Achile Mbembe), que se trama en formas narcopolíticas de hondas consecuencias para el país y la región.

El Gobierno ecuatoriano de Daniel Noboa expresa una forma de reorganización del poder que combina excepcionalidad permanente, debilitamiento de las mediaciones democráticas, desplazamiento del conflicto social hacia abajo y despliegue necropolítico. En ese contexto, Ecuador es hoy un laboratorio de las ultraderechas regionales por la forma y la velocidad en que esa reorganización ha tenido lugar. Además, la política de ultraderechas ecuatoriana, que se ha amparado en la «guerra contra las drogas», debe entenderse en relación con la guerra contras las mujeres y de —contra el — género. Solo en esa nuda, considero que es posible comprender la racionalidad política y moral noboísta y avanzar hacia un entendimiento más integral de las ultraderechas.

La radicalización hacia la ultraderecha en Ecuador puede leerse como parte de la crisis del neoliberalismo como modo de dominación política basado históricamente en la coerción mercantil y en la despolitización del antagonismo social. En ese argumento, allí donde la disciplina del mercado deja de producir obediencia y consenso, el Estado reaparece como mediador directo del conflicto, pero no para integrar demandas ni recomponer hegemonía, sino para repolitizar autoritariamente la lucha de clases. En Ecuador esta repolitización se produce en un marco de «guerra contra las drogas» que, en su operativa, es una guerra contra determinados sectores sociales, territorios y cuerpos.

En general, el despliegue del Gobierno de Noboa combina dos registros que operan simultáneamente. Por un lado, el brutalismo estatal, entendido como el uso explícito, espectacular y ejemplarizante de la violencia — militarización del territorio, intervención de cárceles, normalización del uso letal de la fuerza. Por otro, la radicalización de la coacción muda del capital —en el sentido desarrollado por Søren Mau—, que opera a través de la precarización de la vida, la dependencia económica, el retiro del Estado social y la ausencia de alternativas reales, obligando a aceptar condiciones de existencia crecientemente violentas. Este doble registro —violencia abierta y coacción silenciosa— permite comprender cómo la ultraderecha autoritaria ecuatoriana ha vaciado de contenido las mediaciones democráticas sin suspender formalmente la democracia.

En lo que sigue propongo profundizar en ese panorama desde una perspectiva feminista que observa un proceso particular: la sincronización y anudamiento entre la política de guerra contra las drogas y las guerras contra las mujeres y contra el género.

Conectar a las ultraderechas con las «guerras de género» no es una novedad. Al menos desde 2013, los feminismos han advertido que las ultraderechas regionales y globales adelantan guerras de —contra el— género y que ello debe entenderse como un conflicto político estratégico mediante el cual reorganizan el sentido común, canalizan malestares sociales materiales hacia disputas morales y neutralizan el antagonismo social, reforzando jerarquías y produciendo adhesión afectiva a proyectos autoritarios. En ese proceso, se producen articulaciones entre actores políticos y neoconservadores religiosos e intelectuales orgánicos de esos campos. Cristina Vega sostiene que Ecuador fue un laboratorio temprano de las guerras de género en América Latina y que allí las ofensivas antigénero precedieron al auge de las ultraderechas, en procesos donde confluyeron neoliberalización del Estado, centralidad de la familia como amortiguador social, conservadurismo religioso (católico y evangélico), y una politización selectiva de la moral sexual y reproductiva. Con el giro a la derecha local desde 2017, y luego a la ultraderecha, ese proceso se agravó.

Por otro lado, los feminismos han reflexionado sobre cómo el capitalismo produce una guerra contra las mujeres —con sus cuerpos como escenario privilegiado para la reinscripción del poder patriarcal en contextos de guerra criminal y extractivismo armado— y contra la reproducción social. Con eso último se nombra un campo ampliado de lo bélico en el que se articulan la deuda, la violencia estatal, la precarización de las economías populares y la privatización del cuidado, todo lo cual ataca no solo a los cuerpos, sino también a los tiempos, espacios y afectos que permiten sostener la vida. También contamos con abundante literatura que informa la relación entre guerra contra las drogas y criminalización de las mujeres, y de la guerra contra las drogas como una política de clase, raza y género.

En Ecuador, la llegada de Noboa al Gobierno, y su instauración del lenguaje de la guerra y del ethos militar como política del gobierno sugirió un desplazamiento en el primer plano político de la «guerra de género» hacia la «guerra hacia las mujeres», que integra una guerra hacia abajo, hacia sectores empobrecidos y jóvenes racializados. Ese desplazamiento podría explicarse por cómo la crueldad gore del giro brutalista ha pasado a ocuparlo todo. El país se ha convertido en un inmenso cuartel, la violencia ha alcanzado niveles inusitados y el patrón de aniquilamiento de los cuerpos y los territorios no ha hecho sino agravarse.

Sin embargo, en este trabajo propongo una lectura distinta a la del desplazamiento: la crisis del modelo de dominación política y moral neoliberal y la radicalización autoritaria y brutalista de la ultraderecha no desplaza la «guerra de género» sino que la sincroniza con la guerra contra las mujeres. Así como la coacción muda no reemplaza al brutalismo, sino que lo acompaña y lo hace gobernable, la guerra contra las mujeres —material, cotidiana, estructural— convive con la guerra contra el género —cultural, moral y simbólica— como parte de un mismo ensamblaje. Desarrollar esta articulación permite caracterizar de forma más adecuada al Gobierno de Noboa como una experiencia radical de brutalismo capitalista y patriarcal de ultraderechas.

Ecuador: ultraderecha, guerra y aceleración de la violencia

En los últimos cinco años, en Ecuador se han intensificado dramáticamente las violencias. Desde 2020, el número de homicidios se ha incrementado exponencialmente, y aunque en 2024 se registró un leve descenso, 2025 cerró como el año más violento de la historia del país. En 2023 llegó a ser el país más violento de la región, puesto que conserva hasta hoy. Con el narcotráfico como eje, se han expandido delitos conexos como el tráfico de armas, hidrocarburos, lavado de activos y corrupción.

El proceso debe entenderse como parte de una mutación del capitalismo contemporáneo, que combina el vaciamiento o erosión profunda de las mediaciones democráticas con la exhibición descarnada de la crueldad. En Ecuador, esta dinámica se ha desplegado con una velocidad inusitada y de la mano de la derechización de la política local.

Cuando Noboa gana en 2023, tras la convocatoria anticipada a elecciones derivada de la «muerte cruzada» decretada por el entonces presidente Guillermo Lasso, quien enfrentaba un juicio político, ya se había producido un giro político a la derecha, que empezó en 2017. En 2025, fue reelecto para un mandato completo hasta 2029. Su inscripción en el mapa de las ultraderechas no estuvo clara desde el inicio. Noboa no construyó inicialmente una campaña explícitamente de ultraderecha ni se definió dentro de ese campo político (su coalición, Acción Democrática Nacional, se autodenominó de centroizquierda). Su proyección fue la de una figura joven, moderada y dialogante, que desbordaba la polarización correísmo/anticorreísmo que ha estructurado la política ecuatoriana durante casi dos décadas. La trayectoria política efectiva de su Gobierno ha sido otra.

En las elecciones de 2023, los principales partidos de derecha respaldaron a Noboa en la segunda vuelta. El presidente proviene de una de las familias más poderosas del país, con fuerte gravitación económica y política, que ha funcionado como soporte estructural de su gestión. Su entonces vicepresidenta, Verónica Abad —con quien luego mantendría un enfrentamiento abierto—, fue identificada como militante «provida» y miembro del Foro Liberal de América Latina. Asimismo, los primeros gabinetes y los cuadros que han ocupado cargos estratégicos exhiben un patrón consistente de vínculos empresariales y financieros, replicado en las sucesivas designaciones. A nivel internacional, Noboa ha buscado un alineamiento explícito con las ultraderechas globales, particularmente con el entorno de Donald Trump.

En el plano institucional, el Gobierno de Noboa ha mostrado límpidos rasgos autoritarios. Desde la irrupción de fuerzas policiales y militares en 2024 en la embajada de México en Quito para capturar a Jorge Glas, exvicepresidente de Rafael Correa que se encontraba asilado, hasta la presión del Ejecutivo a los organismos electorales para inhabilitar candidaturas consideradas amenazantes para su base política, la línea ha sido consistente. A ello se añade que se mantuvo en funciones durante la campaña, acumulando denuncias por uso de recursos públicos que fueron desestimadas por el Tribunal Contencioso Electoral. Ha tenido confrontaciones abiertas con la Corte Constitucional e intentos sistemáticos de hostigamiento y censura a la prensa y cooptación de medios. Todo ello ha asegurado concentración del Poder Ejecutivo y debilitamiento de los contrapesos democráticos, una característica de las ultraderechas contemporáneas.

El núcleo articulador del proyecto político de Noboa ha sido la agenda de seguridad. Frente a la escalada de la violencia, su apuesta ha sido por la «mano dura». El Gobierno ha recurrido de manera sistemática al estado de excepción, convirtiendo una medida extraordinaria en una condición permanente en varias provincias. Estas disposiciones habilitan allanamientos sin orden judicial, restringen la movilidad y limitan el derecho a la reunión. El punto de quiebre se produjo el 9 de enero de 2024, cuando, tras una serie de hechos espectaculares de violencia criminal — incluida la toma de un canal de televisión—, el Ejecutivo declaró la existencia de un «conflicto armado no internacional», catalogando a 22 grupos criminales como organizaciones terroristas, declaratoria que fue ratificada y extendida posteriormente.

Esta decisión consolidó un alineamiento creciente entre poder político y poder militar, relanzando la histórica política de «guerra contra las drogas» en la que Ecuador participa desde la década de 1990. Las consecuencias han sido devastadoras: masacres carcelarias recurrentes —cinco solo en 2025, con al menos 82 personas asesinadas—, desapariciones forzadas, torturas, ejecuciones extrajudiciales y violaciones sistemáticas de derechos humanos, entre ellas el caso emblemático de cuatro niños de Las Malvinas (Guayaquil) que fueron detenidos, desaparecidos, torturados y asesinados.

Desde el punto de vista de la seguridad, los resultados han sido exiguos, como lo confirman evaluaciones comparadas de esta política en la región. Desde el punto de vista político, en cambio, la estrategia ha sido eficaz: ha naturalizado el lenguaje de la guerra, militarizado la vida cotidiana y convertido al país en lo que Córdova-Alarcón describe como «un gigantesco cuartel». Así se ha configurado un Estado autoritario posdemocrático: transformando el modo de dominación política en una «guerra hacia abajo». En su marco, la violencia estatal y criminal se concentran territorial y socialmente sobre barrios populares, poblaciones empobrecidas, jóvenes racializados y personas privadas de libertad. En este proceso la guerra narcopolítica se ha anudado con una guerra contra mujeres, niñas y disidencias sexuales. La advertencia feminista de que los cuerpos de las mujeres se convierten en botín, se ha visto trágicamente confirmada.

La guerra contra las mujeres y personas racializadas: violencia estructural y reproducción social en crisis

La radicalización autoritaria del Gobierno de Daniel Noboa ha tenido efectos materiales claramente identificables sobre mujeres, niñas y personas racializadas. Se ha tratado, junto al aumento general de la violencia, de una reconfiguración específica de los patrones del daño, que permite hablar de una guerra contra la vida cotidiana y contra las formas y posibilidades de reproducción social. Esta guerra no opera solo a través de la represión directa, sino mediante una combinación de militarización, abandono institucional y normalización de la violencia, cuyos impactos recaen de manera diferencial sobre ciertos cuerpos y territorios.

Uno de los indicadores más alarmantes de este proceso es el incremento sostenido de las desapariciones de niñas y adolescentes, particularmente en provincias costeras y en zonas atravesadas por la expansión de economías criminales y por la intervención militar. Estas desapariciones se inscriben en un contexto estructural marcado por la desprotección estatal, la precarización de la vida y el debilitamiento de los sistemas de cuidado, que expone de manera desproporcionada a niñas y jóvenes de sectores empobrecidos y racializados. Cuando a alguien se le desaparece, se pone en juego una tecnología de poder, un castigo opaco (no dejan cuerpo), un mensaje difuso (cualquiera puede ser la siguiente) y una pedagogía del terror que reconfigura movilidad, horarios, trabajo y vida comunitaria.

En 2025, en Ecuador la CIDH adoptó medidas cautelares frente a la solicitud de proteger a 26 personas desaparecidas (incluidos seis niños) que habrían sido detenidas por miembros de las Fuerzas Armadas, a sus familiares y a seis mujeres buscadoras que estaban siendo hostigadas. Pero, además, el patrón de las desapariciones está generizado y privilegia a las infancias. Desde 2002, se registra un aumento drástico de las desapariciones de niños, niñas y adolescentes (NNA): 78 en 2022, 171 en 2023 y 322 en 2024. El 71% de los NNA que continúan desaparecidos son niñas, dado que los grupos criminales buscan explotarlas sexualmente. Esta cifra y proporción revelan que ellas han pasado a ser un foco privilegiado de la crueldad gore. Asimismo, las desapariciones de NNA, si bien suceden en todo el país, son más agudas en las «zonas de sacrificio» mencionadas antes.

Desde una perspectiva feminista, las desapariciones constituyen una forma extrema de violencia contra la reproducción de la vida. Interrumpen trayectorias vitales, y producen un daño extendido sobre madres, abuelas y redes familiares, que asumen en soledad la búsqueda, el acompañamiento del duelo y la supervivencia cotidiana. La ausencia de respuestas estatales eficaces —investigación oportuna, acompañamiento integral, reparación— refuerza un régimen de impunidad que vuelve a ciertos cuerpos socialmente prescindibles.

En paralelo, se observan transformaciones significativas en los patrones de los (trans)feminicidios. La violencia extrema contra las mujeres ya no se concentra prioritariamente en el ámbito doméstico ni responde únicamente a relaciones mediadas por vínculos afectivos. Cada vez con mayor frecuencia en el país, los feminicidios se articulan con dinámicas territoriales, economías criminales y contextos militarizados, lo que desborda las categorías tradicionales de análisis y dificulta su abordaje institucional.

Esta mutación afecta de manera particular a mujeres jóvenes, empobrecidas y racializadas, cuyas muertes tienden a diluirse en narrativas amplias de «inseguridad» o «criminalidad», contribuyendo a su despolitización.

En 2025, la Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo (ALDEA) registró un aumento drástico de feminicidios (411), cifra que incluye 13 transfeminicidios. La Asociación Silueta X documentó 30 asesinatos de personas LGTBI, el 65% de los cuales se produjeron en situaciones relacionadas con los sistemas criminales. Los territorios con más feminicidios coinciden con las provincias con mayores índices de homicidios y presencia de economías ilegales: Guayas, El Oro, Los Ríos y Manabí. Así, los cuerpos feminizados, empobrecidos y racializados pasan a formar parte de las «zonas de sacrificio». Esta violencia no se produce «a pesar» del crimen organizado, sino en y mediante los entramados que sostienen la economía ilegal y el control territorial.

La militarización del territorio, presentada como respuesta a la crisis de seguridad, no ha operado como un factor de protección para las mujeres. Por el contrario, en barrios populares y zonas intervenidas se intensifican prácticas de control, hostigamiento y violencia institucional, que afectan de manera diferencial a jóvenes racializados y a mujeres responsables de cuidados. La presencia armada interrumpe dinámicas comunitarias, restringe la movilidad cotidiana y produce un clima de miedo permanente que limita las posibilidades de denuncia, organización y autoprotección colectiva.

Este escenario se agrava con el debilitamiento deliberado de la institucionalidad de género. La desinstitucionalización del Ministerio de la Mujer y Derechos Humanos —a través de recortes presupuestarios, pérdida de autonomía y su subordinación a la lógica de la seguridad— ha reducido de forma sustantiva la capacidad estatal para prevenir, atender y reparar esas violencias. En un contexto de intensificación del daño, el Estado retrae precisamente las políticas que podrían ofrecer algún grado de protección, desplazando la gestión de la violencia hacia los hogares y las redes informales de cuidado.

La combinación de ajuste, militarización y vaciamiento institucional produce una sobrecarga extrema: cuidado en contextos violentos, gestión del riesgo y el miedo, acompañamiento de procesos de desaparición y duelo, y supervivencia económica en condiciones cada vez más precarias. La guerra contra las mujeres y personas racializadas, entonces, es una condición estructural del funcionamiento autoritario. Al descargar sobre estos cuerpos los costos sociales de la crisis, el Estado puede sostener un orden basado en la fuerza sin garantizar las condiciones mínimas para la vida. La violencia se vuelve cotidiana, persistente y administrada, mientras se erosionan las capacidades colectivas para resistirla.

Pero la guerra contra las mujeres, para sostenerse políticamente, requiere marcos simbólicos que legitimen el abandono, desplacen responsabilidades y desactiven la indignación social. Es en ese registro donde la guerra contra el género adquiere pleno sentido. Esa articulación es la que se analiza a continuación.

La guerra contra el género: guerras culturales, metapolítica y dispositivos de control en Ecuador

Los análisis feministas del neoliberalismo han mostrado que la retirada del Estado de la reproducción social se apoya en un proyecto conservador de la familia, el género y la moral como dispositivos centrales de Gobierno. Como ha señalado Melinda Cooper, el neoliberalismo no desmantela la familia, sino que la reactiva como infraestructura clave para absorber los costos del ajuste, privatizar el cuidado y disciplinar subjetividades allí donde el Estado se retira. Por eso, se ha argumentado que la tradicionalización de las relaciones de género, y de la familia, ha funcionado como un modo de administrar el daño social, desplazando la responsabilidad de la crisis hacia los hogares y, dentro de ellos, hacia las mujeres.

Wendy Brown subraya que la moral arraigada en la familia heteropatriarcal es parte vital del buen orden y una unidad económica esencial: la familia tradicional funciona como estabilizadora y controladora social. Isabela Kalil hizo un análisis convergente para Brasil. Para Alabao, la centralidad de la familia tradicional trasciende a los diferentes sectores —más o menos radicales— de la derecha, que convergen en su insistencia en políticas centradas en la familia y hacen un uso moralizante de la institución familiar para sus programas políticos.

Sin embargo, el caso ecuatoriano permite observar también el itinerario inverso: cuando este modo de dominación moral entra en crisis —cuando la familia ya no puede absorber la violencia, cuando la precariedad desborda los marcos simbólicos que la legitiman—, el conflicto reaparece en clave de repolitización autoritaria, relanzando la violencia material contra mujeres y cuerpos feminizados. En este sentido, la guerra contra el género no solo acompaña la guerra contra las mujeres; también señala sus límites y prepara el terreno para su intensificación. Decir que la guerra contra las mujeres se articula con una guerra contra el género no es añadir un «ruido cultural» paralelo a la crisis de seguridad. La guerra contra el género sigue funcionando como tecnología política para reorganizar el sentido común, producir legitimidad conservadora y desplazar el conflicto social hacia terrenos morales. Se trata de una estrategia metapolítica orientada a disputar los marcos culturales desde los cuales se interpreta la desigualdad y la democracia. El Gobierno de Daniel Noboa ha continuado afirmando esa línea, como lo han hecho otras fuerzas políticas de ultraderechas.

En primer lugar, durante la campaña de la segunda vuelta electoral de 2025, el presidente asumió compromisos explícitos contra la llamada «ideología de género», cuando firmó un acuerdo público con la organización Sociedad y Familia, que reúne a representantes de la iglesias Católica, Ortodoxa y Evangélica y líderes indígenas evangélicos. El acuerdo, que también fue firmado por la candidata del partido de izquierda Revolución Ciudadana, prometió impedir la presencia de la «ideología de género» en textos educativos y en instituciones del Estado y garantizar el derecho de los padres de familia a que eduquen a sus hijos conforme a su fe y convicciones. También aseguró el compromiso por «defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural» y, en ese sentido, no aprobar «ninguna reforma que legalice o amplíe el aborto o la eutanasia». Este compromiso fue reiterado en distintos momentos de coyuntura política y amplificado en medios nacionales. Este tipo de promesas da continuidad a la agenda de afirmar al Estado como garante de un orden moral y producen una idea de amenaza interna asociada a agendas feministas y de diversidades.

Asimismo, se observa una convergencia entre esta agenda y actores antiderechos con capacidad de movilización y de incidencia. La discusión pública sobre el «Compromiso por la Niñez y la Vida» y el señalamiento de redes organizadas detrás de estas iniciativas muestran que la guerra contra el género no se reduce a opinión presidencial, sino que se estructura mediante alianzas políticas y sociales que buscan fijar límites normativos a la igualdad de género y a los derechos sexuales y reproductivos.

En segundo lugar, la ofensiva antigénero se anuda a un repertorio religioso y tradicionalista cuidadosamente escenificado. La participación de Noboa en actos religiosos y celebraciones locales con mensajes de alto contenido moral —presentados como defensa de tradiciones y valores— funciona como una forma de identificación simbólica con sectores conservadores y como señal de alineamiento con un proyecto cultural más ampliO. Este repertorio no solo comunica pertenencia, construye autoridad moral en un contexto de crisis social y violencia extendida.

Finalmente, la guerra cultural se ha alimentado de controversias que operan como «eventos gatillo» para moralizar el espacio público. La polémica desatada en Quito por la puesta en escena de una obra drag en una capilla desacralizada del antiguo Hospital San Juan de Dios de Quito, hoy Museo de la Ciudad, es muestra de ello. El hecho generó una fuerte polémica entre defensores de los derechos LGTBIQ+, sectores conservadores de la Iglesia católica y la institucionalidad municipal, e ilustra cómo el género y las disidencias se convierten en un terreno privilegiado para la producción de indignación pública, para la construcción de «enemigos culturales» y para el llamado a respuestas punitivas o restrictivas. Este tipo de episodios forman parte de una dinámica más amplia de militancia comunicacional, polarización y teorías conspirativas que Alabao identifica como rasgos característicos de las guerras de género.

Lo decisivo, sin embargo, es cómo estos hechos funcionan políticamente. La ofensiva antigénero opera como dispositivo de traducción. Eso quiere decir que condensa malestares materiales (precariedad, inseguridad, desgaste institucional) en conflictos morales, y desplaza la responsabilidad del Estado hacia individuos y familias. Al instalar la idea de que el problema social es cultural —«valores», «ideología», «amenazas a la niñez»—, se desactiva la posibilidad de nombrar la precarización y el daño estructural como efectos de una forma de gobierno. En esa convergencia entre moralización (guerra cultural) y punitivismo (guerra hacia abajo) se configura la especificidad del ensamblaje autoritario de la ultraderecha patriarcal ecuatoriana.

Moralización en crisis y relanzamiento autoritario de la violencia

El análisis del Ecuador bajo el Gobierno de Daniel Noboa permite comprender cómo se ensamblan, en el presente, distintas dimensiones del autoritarismo contemporáneo de ultraderecha. Su carácter no se explica únicamente por su orientación económica, su perfil empresarial o su énfasis securitario, sino por la forma específica en que articula violencia material y restauración moral como estrategias complementarias de gobierno.

La guerra contra las mujeres —expresada en el aumento de desapariciones, la transformación de los patrones de feminicidio, la militarización de territorios populares y la desinstitucionalización de las políticas de igualdad— constituye una dimensión estructural del régimen en curso. Esta guerra es una forma de gestionar la crisis de la reproducción social descargando sus costos sobre cuerpos feminizados y racializados.

Al mismo tiempo, la guerra contra el género opera como una ofensiva metapolítica que reorganiza el sentido común, produce legitimidad conservadora y neutraliza el conflicto social. A través de narrativas sobre la familia, la infancia y la moral, esta guerra cultural busca despolitizar la violencia estructural y privatizar sus efectos, presentando el orden moral como solución allí donde el Estado se retira.

Sin embargo, el caso ecuatoriano muestra que este modo de dominación moral neoliberal no es ilimitado. Cuando la violencia desborda la capacidad de contención de la familia, cuando la precariedad ya no puede ser absorbida por el trabajo invisible de las mujeres y cuando la moralización deja de producir obediencia, el conflicto reaparece como relanzando la violencia directa, del control territorial y del abandono institucional.

Desde esta perspectiva, la guerra contra las mujeres y la guerra contra el género no deben pensarse como alternativas ni como etapas sucesivas, sino como dimensiones coexistentes y mutuamente condicionadas del mismo proyecto. Así como la radicalización de la violencia estatal convive con formas estructurales de daño silencioso, la ofensiva moral convive con la exposición diferencial de ciertos cuerpos al riesgo, la muerte y la crueldad. Cuando la primera ya no alcanza para gobernar la crisis, la segunda se intensifica.

Esta convivencia —inestable, contradictoria y violenta— permite comprender el carácter del autoritarismo contemporáneo en Ecuador. Se trata, en definitiva, de un régimen que combina mercado, moral y fuerza para sostener un orden social crecientemente inviable e invivible. Pensar esta articulación desde una perspectiva feminista resulta indispensable para imaginar formas de resistencia capaces de disputar, a la vez, la violencia material y el orden moral que la legitima.

Fuente: https://jacobinlat.com/2026/06/ultraderecha-violencias-y-reaccion-patriarcal-en-el-ecuador-de-noboa/