Pedro Mellado Rodríguez

"La derecha asume que en algún momento de iluminación, ese segmento de la población al que agravia terminará por sumarse a la causa que representa".

El fuego de la derecha no abrasará a México. Por Pedro Mellado

Hay un segmento minoritario de la población de México que observa la realidad del país desde una perspectiva diferente, paralela, en la que construye una nación que se ajusta a sus fobias, odios, prejuicios, que pasa con singular facilidad de la euforia a la depresión y que busca, desesperadamente, referentes que alimenten sus insanos apetitos de revancha y de venganza.

La derecha mexicana añora regresar a un mundo que presume le pertenecía, del cual se sentía dueña y que estaba determinado por la discriminación, el racismo, el clasismo, los abusos y el desprecio por aquellos que ahora ubica como chairos, flojos, mantenidos, limosneros, muertos de hambre que se entregan a un gobierno por las dádivas que reciben.

Pero, irónicamente, en sus más delirantes sueños, la derecha asume que en algún momento de suprema y milagrosa iluminación, ese segmento mayoritario de la población al que todos los días agravia, ofende y desprecia, terminará por sumarse a la causa que representa, la de las personas que se consideran decentes, honradas, honorables, amantes de dios y de la familia, así como de los más sagrados principios de una religiosidad agotada, tóxica, cimentada en la manipulación y en la hipocresía, en la adoración de deidades exhaustas y derrotadas.

Después de la irrupción de un candidato de la ultraderecha que tomará el poder en Colombia, adorador del despreciable sujeto que gobierna Estados Unidos y filtra sus planes imperiales a través de sus odios, afanes de venganza y de la más supina ignorancia, la derecha mexicana celebran que la hora de regresar al poder en nuestro país ha llegado.

Aumentará la cofradía de gobiernos títeres y siervos del imperio que ya gobiernan en Argentina, El Salvador, Chile, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Honduras, pero eso no significa que México sea el siguiente banquete que se servirá para deleite de los insanos.

No hay bases para suponer que esa ola de malos vientos ultraderechistas y fascistoides necesariamente tengan que devastar a México en el corto o mediano plazo. La guerra de permanente desgaste en contra de gobiernos y liderazgos que representan una visión progresista de la sociedad, al servicio del pueblo y particularmente de los más pobres, no tendrá en México el mismo efecto que abonó el terreno en otros países.

La oposición y en particular la ultraderecha, camina en una realidad paralela, construida en redes sociales, pero especialmente en los ecos canallas de la Red Social X, en donde las desmesuras y los delirios de la oposición tienen curso corriente.

Sin embargo, esa red en particular, antes llamada Twitter, está muy lejos de la percepción de la mayoría de la gente, que transita, principalmente, en todo lo que se refiere a información pública, sobre política, partidos y candidatos, por la más más amigables Facebook y YouTube.

El monopolio de la verdad pública tampoco está en manos de la derecha y de los medios tradicionales. La conferencia mañanera de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, que tan bien cimentada dejó el expresidente Andrés Manuel López Obrador, marca la agenda informativa del día, aún en los casos de los medios o grupos informativos convencionales más antagónicos a Morena y al gobierno de la Cuarta Transformación.

La forma como interpretan la realidad esos medios convencionales, prensa, revistas, radio y televisión, la manera como la tuercen y la manipulan, llega a ser tan grotesca en extremo que, por desmesurada, pocos se atreverían a consumirla como verdadera.

Cualquier persona puede consultar la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), con respecto al primer trimestre del 2026, publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía el viernes 24 de abril del 2026 y realizada en 27 mil 300 viviendas de 91 áreas urbanas del país, en la cual el 61.8 por ciento dice que se informa sobre seguridad pública en su ciudad a través de la red social Facebook.

Otro 29.3 por ciento de la gente encuestada se informa sobre seguridad pública por Internet, en forma genérica, y otro 24 por ciento a través de redes de WhatsApp. En contraste, sólo 9.4 por ciento se informa a través de la red social X (antes Twitter).

La encuesta del INEGI advierte que 60.8 por ciento de las personas se informa de las noticias a través de la televisión; 18 por ciento escuchando noticieros de radio; y apenas el cinco por ciento recurre a revistas y periódicos impresos en papel. Como usted puede ver, los canales de comunicación de la derecha tienen escasa repercusión, con excepción de la televisión, que de cualquier manera es superada por las redes sociales en internet.

La derecha en México, a diferencia de lo que ocurre en otros países de América Latina, no tiene el monopolio de la comunicación pública, por lo menos no en los espacios en los transita la mayoría de la población.

Pero hay otra fragilidad en las esperanzas de la oposición de derecha: el Poder Judicial, por tantas décadas dúctil y sumiso al gobierno priista o panista en turno, y siempre al servicio de la oligarquía, en la que se entreveraban los intereses de las corruptas cúpulas de políticos y empresarios, que estaban acostumbrados a medrar con el dinero y los bienes públicos, responde ahora a los intereses del pueblo mayoritario, de los desvalidos, de los marginados, de los despreciados de siempre.

Ese Poder Judicial ya no será instrumento para que la derecha o sus aliados desde el extranjero, lleven a cabo procesos judiciales fraudulentos, torcidos, manipulados, en contra del partido en el gobierno que les resulta desagradable o contrario a sus intereses. Un Poder Judicial ajeno a las oligarquías tampoco encarcelará arbitrariamente a políticos progresistas, como ha sido práctica recurrente en muchos países de América Latina donde los poderes fácticos, atados al gran capital de derecha, siguen mandando.

Las cuentas no cuadran cuando la oposición de derecha habla de ganar en el 2027 y en el 2030, pues apenas gobierna ocho de 32 estados del país, de los cuales el PAN, que tiene cuatro, podría perder Chihuahua y Querétaro en el 2027; en tanto que el PRI apenas conserva Coahuila y Durango; mientras que Movimiento Ciudadano sufrirá en 2027 para revalidar la gubernatura de Nuevo León, en tanto que experimenta un severo desgaste en Jalisco por las ligerezas, frivolidades e ineficiencias del gobierno naranja de Jesús Pablo Lemus Navarro.

Es muy poco realista aventurar el derrumbe casi inmediato de un partido como Morena que tiene influencia directa, territorial, política y de gobierno, en 23 entidades del país, que representan más del 70 por ciento de la población y de los votantes potenciales de toda la República, pese al serio desgaste que experimenta por la presencia en sus filas y en sus gobiernos, de impresentables y corruptos cuadros reclutados o asimilados de las filas de PAN, PRI y Partido Verde Ecologista de México.

A todos estos factores habría que sumar que todo el programa de apoyos para el bienestar de los más pobres cubre este año a 42 millones de personas en el país. En los próximos comicios habrá por lo menos 100 millones de ciudadanos con credencial para votar y de acuerdo con las tendencias de procesos anteriores estarán en las urnas la mitad, es decir 50 millones de personas.

Bastaría con que acudiera a votar por Morena y la Cuarta Transformación sólo la mitad de los beneficiados por los programas del bienestar y 21 millones de sufragios representarían el 42 por ciento de las papeletas que potencialmente podrían ser depositadas en las urnas en los comicios del 2027.

Además, en caso de alguna intromisión extranjera en las elecciones de México, en favor de la derecha, como ha ocurrido en varios países de América Latina, siempre estará vigente la premisa constitucional de que eso podría ser razón suficiente para anular los comicios.

La derecha de nuestro país tiene motivos para celebrar los triunfos de sus aliados y socios ideológicos en otros países de América Latina y ver con beneplácito y esperanza la injerencia del Presidente estadounidense Donald Trump, pero hay muy pocos elementos para suponer que, obligadamente, ese fenómeno tuviera que repetirse en México.