"Algo más peligroso que esparce la machósfera es la idea de que la masculinidad se adquiere a través de la misoginia y la homofobia".

Empiezo con dos frases recientes de Salinas Pliego. La primera: “Las mujeres pueden votar pero darles el 50 por ciento del Congreso, claro que no. Nada de deuda histórica. Vamos a elegir por genitales y tetas y no por capacidad”. La segunda referida a la entrevista falsa con Monsiváis publicada por El Universal: “Pues resulta que además de corrupto, inepto y mentiroso, también le truena la reversa”. Pasemos por alto la chabacanería de sus vulgaridades y pensemos, ¿qué busca la ultraderecha con estas campañas de odio? Es normalizar el uso del lenguaje violento disfrazando de autenticidad y sinceridad lo que, en realidad, es el asco que la élite le profesa a los vulnerables. Y, por otro lado, el propósito es hacer pasar la discriminación contra mujeres y gays como libertad de expresión. No se trata, entonces, de ver qué tan ignorantes o groseros son los machines de la ultraderecha, sino saber a qué público le despiertan ansias de adheririse al pensamiento masculino del siglo XVI, antes de las libertades democráticas.
Quisiera empezar la libertad de expresión y el discurso de odio son dos cosas muy distintas. La ley permite que uno pueda decir cualquier cosa, salvo lo que daña a terceros. Un discurso de odio es objetivar a una mujer en sus senos o a la comunidad gay como una reversa. No es que el señor que lo profiere sea sólo un vulgar y un obsceno sino que está enarbolando una ideología que ha sido repudiada antes porque generó daños físicos y morales a mujeres y gays. El señor lo presenta como una forma de expresión pero que es, en realidad, una incitación a la violencia contra grupos todavía desprotegidos. Los misóginos, racistas, homófobos se presentan, a su vez, como víctimas. Hay una victimización del millonario porque lo obligan a pagar impuestos. Se hace la víctima como hombre por el avance de los derechos de las mujeres. Se dice víctima de los gays porque ponen en duda la división que su abuelita le enseñó entre los géneros. La ley, lo he dicho varias veces en estas columnas, es para los pobres porque los ricos ya tienen todo el poder. Siendo millonario, heredero, impune, blanco no se puede apelar a ningún tipo de discriminación. No hay discurso de odio contra la élite, sólo hay venganza retórica. Lo interesante es que, si ese discurso lo impulsa un hombre de la élite, muchos en las redes, desde el anonimato, aprovechan para darse vuelo en sus propios rencores, terrores nocturnos, odios a cielo abierto, prejuicios en descampado, y repulsiones más íntimas.
Pero hay algo más peligroso que esparce la machósfera y es la idea de que la masculinidad se adquiere a través de la misoginia y la homofobia. Es decir, no sólo es reprimirse, aguantar, y sufrir apretando los dientes, sino atacar a los demás como una forma de existir.
Lo que llamamos machósfera se disemina con los discursos en las plataformas digitales de las últimas décadas. Se plantea a sí mismo como una reacción justiciera contra la mayor institucionalización de las demandas feministas y de géneros en los campos del deseo, el dinero, y las oportunidades. La machósfera es, ante todo, la idea de que el macho dominante es ahora la víctima del feminismo y que hay que defenderlo.
La píldora roja de La Matrix se ha usado en todas las variedades conspiranoicas posibles. Aquí también. Para la machósfera, abrir los ojos ante el “lavado de cerebro” es hacerlo ante el feminismo. Además de películas de ciencia ficción, usan una pseudociencia de la biología que dice que hay masculinidades alfa y beta, y que las mujeres están programadas genéticamente para ser dominadas. De hecho, ante la resistencia de una mujer a ser seducida, han inventado algo llamado “la resistencia del último minuto”, que ha llevado a violaciones sexuales y hasta a feminicidios. Otra idea que esparce la machósfera es que las acusaciones de las víctimas de abuso, violación sexual, o violencia laboral, son difamaciones contra unos hombres que ahora tienen que defender su inocencia en una sociedad “feminizada”, es decir en una en la que todo derecho de una mujer es un derecho masculino agraviado, cuando no suspendido.
No me interesa ver aquí los aspectos emocionales de la masculinidad competitiva cuya sensación predominante es el miedo a ser descubierto como un fraude, si no la parte política de todo ello. Por lo tanto, me atengo a los rasgos de la ideología que publicitan que tiene cuatro ángulos al ojo público. Uno, la supuesta verdad de que los hombres, para serlo, deben ser dominantes. Esto incluye ganar dinero. De ahí que muchos sitios de la machósfera se financien con publicidad de criptomonedas o casinos. De ahí también el retomar la idea de padrotear a las mujeres, permitiéndose tener novias que se anuncian en Onlyfans. Lo que interesa, no es que los demás hombres deseen a las mujeres pensadas como propiedad, sino que paguen por hacerlo.
El segundo ángulo es la reivindicación de la vida familiar tradicional. Aquí es crucial no sólo ver el rechazo a otro tipo de relaciones parentales gays, trans, o uniperentales, sino la idea de que es el padre el que debe ser obedecido. Cuando la ultraderecha habla de defender a la familia, no lo hace sólo en el sentido de la heterosexualidad sino sobre todo de la jerarquía donde el padre debe ser obedecido y atendido, donde el principio de autoridad no debe tener más legitimidad que la tradición. El tercer ángulo es el de usar como arma política los estereotipos sobre las mujeres. Esto lo hemos visto tanto con Trump como con los líderes de la oposición en México, todos muy machos tan alfa que hasta exhiben en público sus habilidades para pelear, como "Alito" Moreno. Así, como una pseudociencia como la psicología evolutiva prescribe, las mujeres son naturalmente pasivas, sumisas y castas. También son irracionales, se dejan llevar por sus emociones, y no se desenvuelven bien bajo presión. Si una mujer como Claudia Sheibaum se muestra firme, entonces, es fría y carece de empatía y hasta de corazón. Si prueba ser coherente con el movimiento político que formó, entonces, está obedeciendo a un hombre, que debe ser el Presidente anterior.
Estos estereotipos de pasividad, sumisión y descontrol son usados políticamente para encubrir una discriminación total. Cuando se dice que no hay que votar por los genitales, lo que no se está diciendo es que, en el fondo, el macho alfa piensa que las mujeres son inferiores y ineptas para conducir un país. El último ángulo es, por supuesto, la victimización de los hombres. Por un lado, en lo afectivo y, por otro, en los ingresos por sus trabajos. Los pobres hombres tienen muchas dificultades para ligar porque las malvadas mujeres sólo buscan a los que tienen apariencia hollywoodense, mucho dinero, encanto, y estatus. Eso explica a los incels, los célibes involuntarios, que han pasado de la depresión de que las tres “efes” de los años cuarentas, “Fuerte, feo y formal”, ya no basten a violar y asesinar mujeres. En el lado económico, como ahora la competencia no es entre puros hombres, sino que hay algunas mujeres, la machósfera se presenta como la víctima de esas mujeres que tienen cargos sólo por cumplir cuotas de género y no, como ellos, por sus capacidades y talentos.
En el fondo, lo que describe la angustia de la machósfera es una situación en la que las mujeres son las responsables últimas de que tengas tan pobres resultados comparados con los guapos, carismáticos, ricos, bronceados y musculosos de Instagram y Tik Tok. Es como echarle la culpa a un inmigrante ilegal de no encontrar trabajo. En el caso de la machósfera, los dos supuestos agravios están relacionados: si sólo los ricos consiguen mujeres y las propias mujeres están impidiendo tu desarrollo profesional, entonces, ahí tienes a tu chivo expiatorio. En lo político, todos estos estereotipos y fantasmas emocionales no suman más que un resultado: la equidad es injusta para los hombres. La equidad es que las mujeres obtengan lo que no merecen. Cuando una mujer gana un derecho, un hombre lo pierde. Esa es la idea que mueve la machósfera y es una manera muy eficaz de evitar el señalar como responsable al modelo económico, el régimen político, y la existencia de una desigualdad brutal. Es una forma de movilizar a un sector que puede existir en el México más joven e inexperto. La invención de la supuesta Generación Z y el Ayowaki panista fue uno de sus fracasos, pero la ultraderecha no ha cejado en intentar movilizar a ese grupo de edad.
En estos discursos de odio, hay un supuesto “humor” al que se apela aunque nadie se esté riendo. Es esa relación homosocial entre hombres en la secundaria, donde alguien “agarra de bajada” a otro y éste debe aguantar vara para no dejar de ser hombrecito. Si el otro lo toma muy en serio, su ridículo será aún mayor. Tendrá ocasión de contestar y el agraviado se convertirá en el agresor. Pero este mecanismo machín de la secundaria llevado a la esfera pública tiene potencialidades riesgosas porque, si de lo que se trata es de adquirir visibilidad siendo simplemente impactante o desconcertante, un día te encontrarás a alguien que juegue ese mismo juego y te llame La Perrita de Trump en un espacio público. El algoritmo sirve a la provocación y la alarma, no a los argumentos o la verdad.
Digo esto porque, llevado al ámbito de la política, de la diseminación de estos discursos de odio a la televisión abierta, la radio, y las redes sociales, las consecuencias son devastadoras para las sociedades. Estamos hablando de un ámbito de polarización que ya no es entre clases sociales o corruptos contra honestos, sino entre géneros. Esto ha llevado en países como Estados Unidos a un aumento de la violencia contra las mujeres y a un tipo de terrorismo anti-feminista ubicable en decenas de tiroteos al azar. No estamos haciendo bromitas cuando se refieren a las trabajadoras o representantes políticas como tetas, ni a los gays como reversas. Estamos usando estereotipos abusando de la capacidad que tienen de representar una realidad que asusta o incomoda y, por tanto, le estamos dando justificación a que no se resuelva por medios de impugnación política sino por la violencia.
Otra consecuencia funesta de la machósfera ya aliada con los libertarios de la ultraderecha es la defensa del determinismo biológico, una pseudo apreciación científica de que las divisiones genitales son genéricas y hasta deberían de definir como desviación a todos lo que no se ajusten a ellas. El determinismo biológico ha sido llevado de la psicología evolutiva ---la misma que dice que las mujeres necesitan ser sometidas--- a la genética del comercio donde hay razas que no sirven para hacer negocios sino sólo para trabajar. Es la nueva justificación seudocientífica del neocolonialismo. Lo dijo Trump con Venezuela: no saben administrar el petróleo, nosotros lo haremos por ellos. En el caso de los dirigentes de la ultraderecha latinoamericanos, cada vez que se les pregunta por la desigualdad atroz entre el uno por ciento putrimillonario y el resto empobrecido, siempre responden con aquello de que son buenas las diferencias, en una confusión interesada entre desigualdad y distinción.
Todo esto que digo tiene como propósito no minimizar las ocurrencias de la ultraderecha contra la equidad de género y la homosexualidad. ¿Cómo se les ocurre a estos ocurrentes con mentalidad de esquincles de secundaria? No son de secundaria. Están normalizando lo que había llevado décadas casi erradicar de la esfera pública. Y lo están haciendo ante nuestra incrédula mirada y nuestro cerebro desconcertado.
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