6/28/2026

Colombia y la ultraderecha latinoamericana

 Héctor Alejandro Quintanar

"Colombia apenas vivió cuatro años de un proyecto izquierdista como el de Petro, que junto con Iván Cepeda cambió el vocabulario político".

Colombia y la ultraderecha latinoamericana. Por Héctor Alejandro Quintanar

Mientras se redactan estas líneas aún no concluye el escrutinio oficial en la elección colombiana y los dos aspirantes, el postfascista Abelardo de la Espriella y el progresista Iván Cepeda mantienen un empate técnico, que en sí mismo es una mala noticia, y a través de él nos permite hacer una interpretación sobre las disputas políticas en Latinoamérica.

En primera instancia, debemos recordar la particular situación de Colombia, un país que junto con México, destacó por un punto muy importante en el siglo XXI y ello fue que nunca ingresó a la primera ola progresista de la región. La inercia que comenzó Venezuela en 1999 y poco a poco creció hasta abarcar casi todo el subcontinente, no llegó a México ni a la nación colombiana.

Pero ahí debe resaltarse un punto, y es que México no llegó a ese giro debido a un fraude electoral que impidió que López Obrador ganara en 2006. De haberse respetado su triunfo democrático en ese año, la marea izquierdista regional habría llegado doce años antes a Norteamérica. Pero la trampa autoritaria de Fox legó a un espurio Felipe Calderón que gozaba hasta la ignominia que lo compararan con Álvaro Uribe, el entonces corrupto Presidente colombiano, quien tristemente llegó al poder por la vía de las urnas y su legado maligno se extendió por años.

Así, México no ingresó en la ola izquierdista por culpa de un fraude perpetrado por traidores a la democracia. Pero Colombia se mantuvo en la derecha por decisión de las urnas por mucho tiempo, hasta el triunfo de Gustavo Petro en el año 2022, en una decisión que entrañó un simbolismo enorme, porque el candidato representaba al giro reformista y por las urnas por el que ciertas izquierdas revolucionarias optaron a partir de la década de 1970 en América Latina.

Y es que la historia colombiana es prolífica es excepcionalidades y puntos de inflexión. Ahí se vivió uno de los primeros crímenes políticos vinculados al clima perverso propiciado por el anticomunismo de la Guerra Fría interamericana, con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, episodio que abrió brecha hacia el turbio período conocido como “la violencia” en el país sudamericano.

Más tarde, el periodo de la mal llamada “doctrina de la seguridad nacional” fortaleció las actividades represivas internas del ejército de ese país, que con el pretexto de la guerrilla hoy se mantiene como el único que preserva esos lineamientos oscuros de geopolítica trasnochada, como nos recuerda Stella Calloni, y es el país que mayor proporción del PIB da a las Fuerzas Armadas, que cuentan con canales de televisión, un presupuesto enorme, margen de maniobra político y otros elementos de protagonismo. Nota al pie, mirar eso hace dudar de la calidad analítica de los comentócratas mexicanos que acusan “militarización” en el país porque el ejército construyó un aeropuerto.

Colombia apenas vivió cuatro años de un proyecto izquierdista como el de Petro, que junto con Iván Cepeda cambió el vocabulario político y empezó a dar pábulo a otras dimensiones, como el combate a la pobreza y la inclusión social, en desmedro de la herencia ideológica de seres como Duque, Santos o el propio Uribe, cuyo lenguaje belicista se desmoronaba mientras él mismo era condenado por tribunales por sus diversas bajezas cuando tuvo el poder.

Pero ese cambió azuzó a las bestias en vez de neutralizarlas. Hoy, Abelardo de la Espriella es un personaje defensor de narcos y paramilitares, que ostenta el discurso de Bukele de la demagogia seudo securitista y blande las premisas básicas de la contracultura reaccionaria de las nuevas derechas, esas que ven los derechas humanos fundamentales y los criterios mínimos de equidad no sólo como estorbos sino como afrentas con las que hay que acabar.

Estos defectos deberían ser suficientes no sólo para que ese personaje fuera lanzado al basurero de la historia y que hiciera el ridículo en cualquier contienda electoral, sino también para confirmarnos la incompatibilidad de la extrema derecha con la democracia, al no respetar los cánones mínimos de saber que la legalidad y el respeto al otro no son caprichos autoritarios sino la base mínima de vivir en sociedad.

Hoy, sin embargo, de la Espriella representa a una franja alta del electorado colombiano y el respaldo de Trump. Eso en sí mismo ya es peligroso. Si gana, habrá que reformular cómo la historia y la memoria parecen no ser suficientes en América Latina para hacer frente a los postfascismos, que con la entelequia del crimen organizado y el anticomunismo trasnochado son capaces de darle el poder a chivos en cristalería que desean destruir inocentes para sentirse bien consigo mismos.

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