9/09/2026

Estrategias de la Guerra Cognitiva para destruir tradiciones democráticas. Y los escenarios que se avecinan.


Fernando Buen Abad

Efectivamente, la modalidad más sofisticada de dominación es aquella que logra que los individuos subyugados perciban su propia subordinación como logro de su libertad. Esa es la paradoja que convierte la guerra cognitiva en mucho más peligrosa que una simple campaña de propaganda: el poder ya no requiere decir «obedéceme»; puede lograr que millones de individuos afirmen «nadie me dirá qué hacer» mientras reproducen exactamente las condiciones que disminuyen su capacidad de decisión. La cadena desaparece y queda la sensación de autonomía. El amo deja de aparecer como amo cuando consigue convertirse en una idea dentro de la cabeza del subordinado. Entonces ocurre la desfiguración decisiva: quien arrebató las llaves de la casa aparece como víctima de quienes viven en ella; quien secuestra recursos se presenta como ciudadano acosado; quien controla plataformas reclama libertad frente a quienes intentan regularlas; quien dispone de una enorme capacidad para imponer agenda denuncia que la sociedad le quiere imponer límites. La burguesía aprende a camuflarse bajo el idioma de la persecución. Esa metamorfosis semiótica constituye uno de los grandes peligros políticos de nuestro tiempo. 

Es conveniente anteponer una semiótica de la economía política y el conflicto de clases. La OTAN define actualmente la guerra cognitiva como una lucha por la “superioridad cognitiva”, mediante actividades militares y no militares coordinadas destinadas a obtener, conservar y proteger una ventaja sobre el adversario. También la describe como una forma de influir, proteger o alterar la cognición individual y colectiva para modificar actitudes y comportamientos. Alertas con los resultados electorales intervenidos con las granjas de bots, trolls y guerra sucia digital.

Nuestra reformulación es: La guerra cognitiva es la disputa organizada por el control de las condiciones materiales, tecnológicas, culturales y simbólicas mediante las cuales una sociedad produce su percepción de la realidad, interpreta sus conflictos y decide su conducta. En clave de clase, constituye una forma de lucha por la hegemonía sobre la conciencia social: procura que determinados intereses burgueses aparezcan como intereses universales, que relaciones históricas de poder se perciban como hechos naturales y que las contradicciones producidas por el capitalismo se desplacen hacia conflictos entre individuos, identidades o comunidades. Su campo de batalla no es únicamente la mente individual, pues comprende las redes sociales, los medios, las plataformas tecnológicas, las instituciones culturales, los sistemas educativos, los imaginarios colectivos y las emociones públicas. Su objetivo estratégico consiste en modificar las condiciones bajo las cuales las mayorías perciben lo posible, identifican al adversario, interpretan su propio sufrimiento y deciden organizarse.

Sabemos que la guerra cognitiva no busca solamente que los explotados piensen una determinada idea; busca que interpreten las condiciones de su explotación de una manera “agradecida” que vuelva innecesario identificar al poder que las produce. Esto permite ir más lejos que la definición militar convencional. La propia documentación de la OTAN reconoce que la guerra cognitiva pretende afectar no sólo qué piensan las personas, sino cómo piensan y actúan, y que puede explotar emociones, sesgos, incertidumbre, identidades y divisiones sociales.

Sin embargo, la pregunta no deja de ser: “¿quién está manipulando a quién?”, ¿quién tiene capacidad para fabricar el campo de significados dentro del cual una sociedad identifica sus problemas, sus enemigos y sus soluciones? Ahí aparece una lectura de clase particularmente fértil: la dominación cognitiva sería la capacidad de convertir una relación social en una apariencia natural, una desigualdad en una diferencia individual, un interés particular en sentido común y una estructura de poder en paisaje invisible. Y esa definición puede servir como concepto matriz para entender la Guerra Cognitiva en la destrucción de las tradiciones democráticas, porque permite conectar directamente conciencia, propiedad, plataformas, género, ecología, trabajo, cultura y poder sin reducir la guerra cognitiva a “desinformación”.

Porque la guerra cognitiva opera contra las tradiciones democráticas; busca precisamente su desfiguración. No necesita destruir inmediatamente las instituciones: puede conseguir que pierdan el significado que las hacía necesarias. La elección deja de ser una forma de resolver pacíficamente el conflicto y se convierte en una sospecha interminable; el periodismo deja de ser mediación entre hechos y ciudadanía y aparece como enemigo; la universidad deja de ser espacio de investigación y se transforma en símbolo de una supuesta conspiración cultural; la justicia deja de representar un principio común y empieza a ser percibida como arma de una facción. La institución permanece de pie mientras se erosiona el imaginario que la sostiene. Es una demolición sin escombros.

Y la operación más profunda consiste en manipular la contradicción. Ante la desigualdad, en lugar de preguntar quién controla la riqueza, se pregunta quién merece recibirla. Ante la precariedad, en lugar de examinar cómo se organiza el trabajo, se busca al individuo que supuestamente “no se esfuerza”. Ante la pérdida de vivienda, se señala al recién llegado que también necesita una casa. Ante el deterioro de los servicios públicos, se acusa a quienes los utilizan. Ante la inseguridad económica, se inventa una jerarquía moral entre pobres legítimos y pobres sospechosos. El conflicto social queda así desplazado desde la estructura hacia el comportamiento, desde la propiedad hacia la identidad, desde la economía hacia la moral. La sociedad empieza a juzgar individuos allí donde debería investigar relaciones.

Esa distorsión produce una imagen extraordinariamente útil para quienes concentran poder: el sistema desaparece y quedan sus consecuencias peleando entre ellas. La desigualdad aparece como una colección de fracasos personales. La riqueza extrema se vuelve invisible porque la conversación pública se llena de pequeños culpables. Una sociedad puede discutir durante horas quién recibe una ayuda, mientras nadie pregunta por qué la riqueza producida colectivamente termina acumulándose de manera tan desigual. Puede indignarse ante el último beneficiario de una política social mientras permanece fascinada ante fortunas que crecen a una velocidad incompatible con cualquier explicación basada únicamente en el mérito. La guerra cognitiva trabaja allí donde la mirada se acostumbra a observar la gota y olvida la tubería.

Su plan es que la (mal llamada) “inteligencia artificial” pueda acelerar este proceso porque modifica la economía de la atención. Una falsificación convincente puede producirse con una facilidad desconocida en épocas anteriores. Sin embargo, la amenaza más profunda vuelve a encontrarse en una paradoja: una sociedad saturada de falsedades puede llegar a ser menos manipulable por las mentiras concretas y más manipulable por la sospecha general. Si cualquier imagen puede estar fabricada, cualquier documento puede estar manipulado y cualquier voz puede estar clonada, aparece una cultura donde demostrar algo cuesta cada vez más. La mentira perfecta no necesita que todos crean en ella. Le basta con conseguir que nadie confíe suficientemente en aquello que contradice sus prejuicios. Cuidado con las granjas de bots.

De ahí pueden emerger escenarios inquietantes: campañas electorales convertidas en guerras de percepción, comunidades encerradas en realidades informativas incompatibles, gobiernos sometidos a una presión permanente de espectáculo, plataformas privadas con capacidad creciente para ordenar la visibilidad pública, conflictos ecológicos convertidos en batallas identitarias y poblaciones exhaustas reclamando soluciones autoritarias a problemas que requieren cooperación. El peligro no consiste únicamente en que triunfe una determinada corriente política. Consiste en que se modifique el criterio mediante el cual una sociedad reconoce la realidad. Cuando la experiencia inmediata pesa más que la evidencia, el escándalo más que el proceso, la identidad más que el interés común y la humillación más que la deliberación, la democracia comienza a perder su capacidad de producir conocimiento colectivo.

Por eso la contraofensiva semiótica no puede limitarse a desmentir falsedades. Hay que recuperar la facultad de relacionar lo que aparece separado. El precio de una vivienda debe volver a conectarse con salarios, suelo, crédito y especulación. El tiempo de una madre debe relacionarse con el trabajo doméstico y los cuidados. Una inundación debe conectarse con planificación urbana, clima, infraestructura y decisiones económicas. Una migración debe observarse junto a guerras, desigualdades, mercados laborales y transformaciones ambientales. Una noticia debe leerse preguntando qué intereses aparecen, cuáles desaparecen y qué relaciones quedan fuera del encuadre. Pensar dialécticamente significa precisamente impedir que la realidad se corte en fragmentos tóxicos convenientes.

Por eso la revolución de las conciencias debe intervenir allí: cuando una persona descubre que aquello que experimentaba como destino tenía historia, que aquello que sufría como fracaso privado poseía dimensiones colectivas y que aquello que parecía una enemistad natural había sido organizado socialmente. Esa revelación cambia incluso la estética de la política. El enemigo deja de ser una caricatura. El adversario vuelve a ser un ser humano. La indignación puede transformarse en comprensión sin perder su fuerza. La solidaridad deja de parecer ingenuidad y recupera su condición de inteligencia estratégica. La paradoja al final es quizá la más perturbadora: una sociedad puede conservar todas las palabras de la democracia después de haber perdido el hábito mental que les daba significado. Puede seguir hablando de libertad mientras reduce las condiciones materiales para ejercerla; hablar de mérito mientras hereda desigualdades; hablar de elección mientras concentra las opciones; hablar de seguridad mientras destruye los vínculos comunitarios que permiten vivir sin miedo. La guerra cognitiva triunfa cuando esa contradicción deja de producir escándalo.

Derrotarla exige recuperar una mirada capaz de atravesar las apariencias. Allí donde aparece un enemigo conveniente, buscar la relación que ha desaparecido. Allí donde aparece un culpable individual, investigar la estructura que distribuye las posibilidades. Allí donde una injusticia parece inevitable, preguntar quién se beneficia de que parezca natural. Allí donde el futuro se presenta como catástrofe inevitable, descubrir quién está vendiendo esa inevitabilidad. La democracia empieza a defenderse cuando vuelve a producir ciudadanos capaces de mirar detrás de los signos. Porque quizá el territorio que más urgentemente debemos recuperar no sea una institución, una frontera o una plataforma: es la capacidad colectiva de reconocer quién está hablando, desde dónde habla, qué mundo necesita que creamos y qué mundo podríamos construir si dejáramos de mirar la realidad con los ojos que la dominación nos prestó.

Observemos. Si una sociedad sometida por el capitalismo cree que todavía está pensando por sí misma y supone que puede dominar su conciencia, ya no resulta indispensable imponerle una idea; basta con modificar el paisaje de signos dentro del cual esa conciencia decide qué merece ser pensado. El poder más eficaz puede presentarse como libertad, la manipulación puede adoptar la apariencia de espontaneidad y la obediencia puede llegar vestida de rebeldía. Allí donde una población opine estar eligiendo, puede estar seleccionando apenas entre sentidos previamente fabricados. La operación decisiva ocurre cuando el pueblo deja de reconocer como poder aquello que organiza su percepción del poder. Entonces la guerra ya no se libra únicamente por conquistar territorios: se libra por conquistar la interpretación de lo real. Quien consigue administrar el significado de las palabras, las imágenes, los miedos y las expectativas puede alterar la conducta colectiva sin necesidad de ocupar físicamente una ciudad. La guerra cognitiva es, en ese sentido, una guerra por el umbral de lo pensable. Y se manifiesta en los votos. Luego resultan de la democracia burguesa sus Trump, sus Miley y todos sus etcéteras monstruosos.

Es que las tradiciones democráticas son un blanco privilegiado porque necesitan memoria, confianza, pluralidad, conversación y reconocimiento del otro. Una democracia vive de hábitos culturales antes de depender de sus instituciones jurídicas: aceptar la derrota electoral, tolerar la discrepancia, respetar la evidencia, reconocer derechos universales, proteger minorías, defender lo público, distinguir adversarios de enemigos. Destruir esos hábitos permite conservar las formas exteriores mientras se vacía su contenido. El parlamento puede continuar abierto, las elecciones pueden seguir celebrándose, los periódicos pueden continuar publicando y, aun así, la democracia puede comenzar a funcionar como escenografía.

  • La primera estrategia consiste precisamente en convertir las instituciones en objetos de sospecha permanente. Todo árbitro debe parecer corrupto, toda elección debe parecer manipulada, toda universidad debe parecer adoctrinadora, toda política social debe presentarse como privilegio, toda información verificable debe competir en igualdad aparente con el rumor.
  • La segunda operación consiste en fabricar una inflación semántica: utilizar las mismas palabras para significados incompatibles hasta producir agotamiento. Libertad puede terminar significando ausencia de responsabilidades; igualdad, amenaza; derechos humanos, imposición; pueblo, exclusión de quienes se definen como extraños; seguridad, obediencia; tradición, restauración jerárquica. Cuando las palabras pierden precisión, la ciudadanía pierde instrumentos para discutir. La confusión no constituye un accidente comunicacional: puede convertirse en tecnología política. Una población exhausta por contradicciones permanentes termina buscando respuestas simples, figuras fuertes y enemigos reconocibles.
  • El tercer mecanismo trabaja sobre el tiempo. La guerra cognitiva necesita impedir que una sociedad recuerde demasiado y, al mismo tiempo, obligarla a reaccionar constantemente. La aceleración informativa fragmenta la memoria; cada escándalo desplaza al anterior, cada indignación cancela la precedente, cada acontecimiento urgente impide comprender procesos prolongados. La historia queda reducida a una sucesión de presentes sin estructura. Una sociedad sin memoria estratégica puede experimentar cada injusticia como acontecimiento aislado y perder la capacidad de identificar relaciones entre ellas. El pasado deja de ser experiencia acumulada y se convierte en arsenal selectivo para justificar el presente.
  • La cuarta estrategia explota las desigualdades materiales. Aquí aparece una paradoja de clase decisiva: cuando una persona empobrecida se convence de que su principal enemigo es otra persona igualmente desposeída, la desigualdad consigue reproducirse mediante una guerra horizontal. El conflicto cambia de dirección. La energía social que podría cuestionar estructuras de concentración económica se consume enfrentando trabajadores contra migrantes, generaciones contra generaciones, barrios contra barrios, mujeres contra hombres, pueblos contra pueblos. La dominación alcanza una forma particularmente refinada cuando consigue que quienes soportan sus consecuencias defiendan las causas que las producen.

Insistamos críticamente sin satanizar a las tecnologías. Eso que llaman inteligencia artificial añade una nueva escala al problema. La producción automatizada de imágenes, voces, textos y videos puede abaratar la fabricación de falsedades hasta volver económicamente insignificante su multiplicación. El peligro mayor no reside únicamente en que una mentira se crea. Existe una consecuencia más profunda: que la población llegue a considerar imposible distinguir verdad y falsedad. Cuando todo puede ser falso, también la verdad pierde autoridad. Aparece entonces una paradoja devastadora: la desinformación alcanza su máxima eficacia cuando ya no necesita convencer a nadie. Le basta con producir una atmósfera donde nadie confíe suficientemente en nada. Los escenarios próximos pueden adquirir formas diversas.

Una posibilidad es la democracia burguesa de la sospecha permanente, donde cada institución funciona bajo acusación constante y la ciudadanía abandona progresivamente la confianza común. Otra es la democracia-espectáculo, dominada por líderes capaces de transformar cada conflicto en una escena emocional. También puede crecer una política de fragmentación, donde comunidades digitales viven dentro de universos semánticos incompatibles. Un escenario adicional combina automatización, crisis ecológica y precarización, generando poblaciones sometidas a incertidumbre material mientras plataformas privadas adquieren una capacidad creciente para ordenar atención, consumo y conversación pública. El escenario más peligroso quizá sea la normalización: acostumbrarse a que la mentira, la humillación, el racismo, la misoginia, la destrucción ambiental y la violencia verbal formen parte cotidiana del paisaje político.

Que la ética sea la estética de la democracia revolucionaria. También hace falta recuperar una estética democrática participativa. Frente a la espectacularización del odio, la cultura puede producir belleza vinculada con solidaridad, memoria, cuidado y dignidad. Frente al lenguaje que degrada al adversario hasta convertirlo en objeto, hace falta reconstruir la palabra como espacio de reconocimiento. Frente a la velocidad que fragmenta, recuperar momentos de escucha. Frente al aislamiento algorítmico, reconstruir comunidad presencial. Frente a la privatización de la imaginación, defender el derecho colectivo a imaginar futuros diferentes. Así la problemática decisiva queda entonces planteada al revés: una democracia no muere únicamente cuando alguien la destruye; puede comenzar a morir cuando sus ciudadanos dejan de reconocer como propias las capacidades que la sostienen. Pensar, recordar, discutir, organizarse, verificar, cuidar, disentir y solidarizarse son actos políticos que no necesitan disfraces heroicos ni narraciones épicas de publicistas. La guerra cognitiva intenta convertirlos en gestos inútiles. La respuesta consiste en devolverles eficacia histórica. El verdadero campo de batalla está allí donde una sociedad decide qué considera deseable, posible y realizable. Cuando el capitalismo consigue que la injusticia parezca natural, la explotación inevitable, la desigualdad merecida y el futuro inimaginable, ha obtenido una victoria semiótica extraordinaria. Cuando las personas vuelven a descubrir que aquello que parecía destino era una relación social, que aquello que parecía individual tenía causas colectivas y que aquello que parecía imposible dependía de decisiones humanas, comienza la derrota de esa guerra. La conciencia deja entonces de ser territorio ocupado y vuelve a convertirse en territorio de lucha común. Emancipada y emancipadora.


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