"El común denominador detrás del cúmulo de obstáculos es Donald Trump. Su gobierno, sin proponérselo, saboteó al campo".
Mario Campa

El campo estadounidense tuvo días mejores. Las declaraciones de quiebra de explotaciones agrícolas familiares bajo el Capítulo 12 aumentaron un 46 por ciento en 2025, lo que supuso el segundo año consecutivo de deterioro. Según el USDA, Estados Unidos contaba con aproximadamente 1.865 millones de granjas en 2025, frente a más de dos millones en 2018. Es claro que algo anda mal. Los damnificados señalan a Washington.
El ausentismo laboral de los migrantes elevó los costos de los productores. La última Encuesta Nacional de Trabajadores de la Agricultura (2022) muestra que hay más de 2.6 millones de trabajadores agrícolas, la mayoría hispanos (73 por ciento) sin ciudadanía (66 por ciento) o autorización para trabajar (47 por ciento). Las redadas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) no se limitan a estacionamientos de Wal-Mart. El campo también es víctima de asedio. Cuando las redadas se recrudecen, los trabajadores faltan más y la productividad cae.
La guerra en Irán agravó la presión de costos del campo. Fueron los bienes energéticos los que más aumentaron de precio. Los fertilizantes y el diésel constituyen dos costos ineludibles para los productores. Los primeros abonan la tierra y el segundo alimenta las máquinas. Los precios de algunos fertilizantes se duplicaron desde el comienzo del 2025 hasta la mitad del 2026. Por su parte, el diésel estadounidense subía a finales de agosto 43 por ciento en relación al 23 de febrero (preguerra).
Los aranceles a la maquinaria pesada elevaron el costo del capital. Los tractores John Deere y las segadoras de trigo New Holland tienen como insumo principal el acero, una diana destacada de los aranceles a Canadá, México y China. La insuficiencia de la producción nacional para abastecer el mercado interno disparó los precios de bienes insustituibles. El encarecimiento de chips (en sistemas GPS) y el repunte de las tasas de interés agravaron la inflación. Como resultado, aumentó la deuda de los productores del campo.
Las importaciones provenientes de Argentina intensificaron la competencia del exterior. Por geopolítica, Trump redujo barreras comerciales a una potencia ganadera que compite con los engordadores estadounidenses. Una hoja informativa de la Casa Blanca justificó la eliminación de aranceles por el impacto de la sequía, los incendios forestales y las enfermedades del ganado. Para contener la caída de producción, la Casa Blanca abrió el grifo a las importaciones. Tomar el bando del consumidor y de Milei fue interpretado como traición.
En cambio, la caída en ventas a China redujo el mercado potencial del campo estadounidense. En represalia a la guerra comercial, China interrumpió las compras de soya entre junio y octubre del 2025 y suspendió las licencias de exportación de instalaciones estadounidenses de carne vacuna. A pesar de las vagas promesas de Pekín, las compras chinas de bienes del campo estadounidense siguen muy por debajo de los 19 mil millones de dólares alcanzados en el año 2021. En detrimento de Estados Unidos, Brasil gana cuota de mercado.
Los recortes del gasto federal añadieron una gruesa capa de daños. En 2025, el USDA suspendió la financiación para agricultores que adoptaban prácticas de conservación. Además, eliminó miles de puestos en departamentos del USDA, lo que redujo el personal disponible para agilizar el acceso a los programas y fondos federales. La capacidad de prevenir y atender crisis fitosanitarias también fue compactada.
Todo lo anterior es agravado por un consumo general aletargado en plena crisis de asequibilidad. En el último año y medio, los despidos aumentaron y la actividad económica perdió dinamismo. La depreciación del dólar y las tarifas prohibitivas encarecieron las compras del exterior. Con precios alcistas, los incrementos salariales no logran cubrir el costo de vida encarecido. En suma, los ingresos de los hogares adelgazan en términos reales, en función de lo que pueden comprar.
El común denominador detrás del cúmulo de obstáculos es Donald Trump. Su gobierno, sin proponérselo, saboteó al campo. En el mejor caso, desprecia a un gremio cautivo. Una parte es atribuible a que el Presidente mide la “grandeza” nacional con la vara de la manufactura. Otra a los intereses de las multinacionales tecnológicas, cuyo financiamiento electoral mueve momios. Una tercera posibilidad es que la Casa Blanca considera a los estados republicanos del cinturón maicero como un botín libre de riesgo resguardado por el colegio electoral.
Noviembre está demasiado próximo como para subestimar estas burbujas que señalan calor. Aunque es verdad que algunos estados seguirán firmes en lo general con el partido republicano, la creciente desafección rural podría maquinar sorpresas a nivel distrital. Zonas donde los migrantes tienen peso en la nómina agrícola son candidatas naturales. En un descuido, la suma de latinos furiosos y granjeros decepcionados podría ser la tenaza que corte el control bicameral. Resta poco tiempo para cambiar un rumbo que asfixia, pero ilusiona.

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