Calderón es el abuelo; Operación Berlín es la hija y la Derecha Diario es el nieto
"La Derecha Diario aparece como una letrina más cuyo principal efecto es tratar de intimidar a los contrarios y radicalizar a los más obtusos".

Para cualquier persona con un mínimo de decencia, asomarse a la Derecha Diario en su versión mexicana, o en cualquiera de ellas, es un ejercicio masoquista o de curiosidad antropológica que, en cualquier caso, debe hacerse con las fosas nasales fruncidas, porque ni siquiera se trata de un panfleto de agitación política, es sin más una letrina de calumnias que hace ver elegante e ingeniosa a cualquier pared de baño público vandalizada por albureros.
El objetivo de la Derecha Diario no parece ser difundir ideas o movilizar audiencias en algún sentido político. Su meta parece mucho más burda: pretende intimidar a través de la injuria a sus adversarios, y con ello el tácito deseo de desmovilizar a los contrarios. No es, pues, un ejercicio para construir audiencias amplias, sino una vía para fanatizar a un grupúsculo marginal de gente carente de crítica o de escrúpulos.
Mirar su contenido significa algo predecible: una falsedad por acá, una cauda de adjetivos sin sustento por allá, una difamación por aquí, una bajeza por acullá; en un tono donde son capaces de basarse en una estolidez fantasiosa para hacer asociaciones forzadas. Así, por ejemplo, el famoso e irrelevante saludo de López Obrador con la mamá del "Chapo" es la base para acusar a toda una estructura gubernamental y su partido de “narco”, prefijo que usan contra todos sin el menor recato y sin notar las posibles implicaciones peligrosas.
No se dice nada nuevo hasta aquí. La Derecha Diario aparece como una letrina más cuyo principal efecto, deseado o no, es tratar de intimidar a los contrarios y radicalizar a los más obtusos. Pues bien: ahí en esa falta de originalidad de esa letrina digital es donde estriba un problema distinto.
Y ello es porque las suciedades que hace ese panfleto no son nada nuevas en México y, de hecho, han tenido un protagonismo indebido en nuestro país. Porque si se trata de publicar calumnias para deslegitimar o intimidar adversarios a través del ciberespacio, lugar que se prioriza porque ahí hay menos posibilidades de regulación, la historia mexicana ha sido prolífica en ello, pero ahí resalta un punto de inflexión, y ese fue el de la elección fraudulenta de 2006.
La campaña panista de ese año, que todos recordamos con la acusación al candidato puntero de ser “un peligro para México”, fue sucia, violatoria abiertamente de varios artículos del Cofipe, y, sobre todo inédita. No había en la historia de nuestro país ningún precedente de la turbiedad de esa campaña.
Esto parece una exageración si pensamos que México vivió un régimen autoritario en el siglo XX donde sin duda se calumniaba e intimidaba a los adversarios. Pero en términos de propaganda, hubo una diferencia. Y es que el régimen priista sí emitía mentiras contra sus enemigos, pero para hacerlo usaba dos vías informales: la línea editorial de los noticiarios y medios cooptados o afines; o la clandestinidad, como ocurría con los panfletos anónimos o libelos que se fabricaban en los sótanos de la Secretaría de Gobernación, como el famoso libelo El Móndrigo, hecho para atacar a los estudiantes de 1968, o Danny, sobrino del tío Sam, para calumniar a Cosío Villegas en 1974.
La propaganda de 2006 fue un cambio en ese sentido, porque, por primera vez en la historia, una campaña sucia se hacía deliberadamente en tiempos formales y bajo la firma de un partido político en el poder. El PAN, así, hizo lo que ni el PRI, así fuera por estrategia o demagogia, se atrevió, y eso es el hecho de haber convertido en campaña oficial lo que antes se hacía desde la marginalidad o el anonimato.
Y esa campaña fue pionera en otros tres aspectos: por primera vez el Presidente de la República se metió, violando la ley, a enturbiar la campaña con spots. Por primera vez los empresarios participaron, también violando la ley, para emitir de forma masiva comerciales en contra del mismo candidato al que atacaba el PAN. Y por primera vez la internet fue usada para hacer campaña sucia.
Desde la Secretaría de Gobernación foxista, bajo la égida de Ramón Muñoz y de Abraham González, con recursos públicos se emitieron millones de mensajes vía correos electrónicos -en lo que hoy serían las redes sociodigitales- para emitir las peores calumnias posibles contra López Obrador, en mensajes donde se instaba al magnicidio, se le acusaba de bajezas dignas de estercolero (como zoofilia y fratricidio), se le imputaban delitos fantasiosos y se metían con su familia, incluido su hijo menor de edad. Este grupo de choque digital de la Secretaría de Gobernación se mantuvo todo el sexenio de Calderón y su discurso era abiertamente fascista, en un crimen pagado por todos nosotros.
Demos un salto de unos años. En 2017 y 2018, se gestó la Operación Berlín. Ahí, un porro sin escrúpulos que se disfraza de editor, llamado Fernando García Ramírez, a la sazón alto funcionario de la revista Letras Libres y mano derecha de Enrique Krauze, organizó otro grupo de choque digital con la consigna deshonesta de hacer otra campaña sucia contra López Obrador, quien se encaminaba, como dictan los parámetros de la democracia, a su tercera candidatura presidencial.
Ahí, desechando por la borda el rigor periodístico e histórico -que por cierto nunca fue una gran virtud de Krauze, como demostró Manuel López Gallo en su libro Las grandes mentiras de Krauze desde 1997-, García Ramírez usó dinero de empresarios, donde destacaron los Coppel, para de forma ilegal fabricar memes, paginillas apócrifas (donde sobresalió una en Facebook llamada “Populismo autoritario” y más tarde una llamada “Pejeleaks”), donde se pagaban miles de pesos por fabricar memes ridiculizantes y calumniadores contra López Obrador y su familia; o para fabricar mentiras disfrazadas de denuncias periodísticas.
De esa letrina viene la calumnia de que, por ejemplo, la casa que rentaba en Coyoacán José Ramón López Beltrán era producto del tráfico de influencias porque pertenecía a una trabajadora del periódico La Jornada, en un momento, 2017, donde ese presunto tráfico era imposible porque López Obrador no era servidor público y no podía favorecer a nadie a cambio de algo que ni siquiera es un beneficio, como la posibilidad de rentar una casa. Por cierto, los porros de García Ramírez, de forma intimidatoria, fueron a pegar pendones de “Pejeleaks” ahí cerca del domicilio de López Beltrán, como si insinuaran que lo espiaban.
Momento inmejorable para recordar lo que alguna vez denunció el doctor Ernesto Lammoglia con el periodista Julio Hernández en su canal de Astillero, cuando el psiquiatra acusó que hace años, Krauze le ofreció dinero e información -producto sin duda del espionaje- a cambio de escribir un libelo en contra de Cuauhtémoc Cárdenas, a lo cual el médico, por ética y repulsión humanista, se negó.
De ese año de 2018, y también de la Operación Berlín, vinieron otros chismarrajos delirantes, como que López Obrador era plagiario de libros (porque una vez escribió un prólogo para un libro de 2010, que mentirosamente García Ramírez e atribuyó la autoría), y la joya de la corona fue la sandez delirante de la trama rusa, donde se acusó que Putin estaba detrás de la candidatura del tabasqueño, a través del medio Russia Today, mediante una complicada trama que incluía a John Ackerman -entonces colaborador del medio- e Irma Eréndira Sandoval, propuesta por AMLO para ocupar la Secretaría de Función Pública.
Más que un análisis geopolítico, eso parecía una mala copia de la picaresca de Chava Flores en sus canciones, como aquella de "Los Gorrones", donde explica uno de ellos su presencia en el festejo mediante la justificación de que “Yo soy amigo de la hermana de un señor que no vino a la fiesta”. Así, con ese nivel delirante, se trataba de explicar la supuesta presencia rusa en la campaña morenista, cuestión que, desde luego, nunca se acreditó y terminó como un cuento más en los muchos inventados para tratar de desacreditar al tabasqueño.
La Operación Berlín sólo sirvió para que sus gestores hicieran el ridículo y se evidenciaran como unos deshonestos miserables. Por razones que sólo atañen a la derecha mexicana, no se sabe por qué en sus entornos ese grupúsculo de porros acosadores y calumniadores, como goebbelsitos tropicales, no perdió ninguna respetabilidad, cuando lo que hicieron fue una campaña sucia acompañada de posibles delitos en su financiamiento.
Algunas de las sandeces de la Operación Berlín aún siguen usándose por comentócratas obtusos. Por ejemplo, en 2022, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad trató de revivir el cuento de la casa de López Beltrán en Coyoacán, mientras que diversos ciberpiojos y porros virtuales aún repiten las mentiras de que López Obrador es plagiario o que no se tituló o que mató a su hermano y demás cuentos inescrupulosos nacidos en 2006 o 2018.
Es por eso que no sorprende la existencia de la Derecha Diario en México ni que haya estólidos capaces de trabajar para sus dos dueños, los pillastres delictivos Javier Negre, apodado "El Condenas" en España por sus delitos, y Fernando Cerimedo, hoy en la cárcel por intento de feminicidio.
Pero hay que decirlo hasta el cansancio. Debido a estos precedentes, hay una relación implícita ideológica. La Derecha Diario hoy es la hija de la Operación Berlín, que a su vez es la hija de la campaña panista de 2006, en un linaje sucio de una serie de campañas de propaganda goebbelsiana de un grupo político, iniciado por Fox y Calderón, que se dedicó a convertir al país en una fosa común, y al debate público en una fosa séptica.
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