“Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad”.- Lee Miller.
“El surrealismo es más que un movimiento artístico, es una forma de
vida que creía en la libertad, la paz y los sueños”.- Antony Penrose
Miller.
LA EXPOSICIÓN
Lee Miller–Fotógrafa surrealista se presenta en el siguiente orden:
Man Ray: amor y pareja creativa (1929-1932). El estudio en Nueva York
(1932-1934). Trabajo independiente en Egipto (1934-1939). Londres bajo
las bombas durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). La liberación
de Europa (1944-1945). Amarga desilusión después de la guerra
(1945-1946). Vida en Inglaterra: artistas y amigos (1946-1964). La
muestra continúa hasta el 7 de febrero del 2016.
Miller nació en 1907 en Poughkeepsie (Estados Unidos), a los veinte
años le ofrecieron su primera portada en la revista Vogue. Pero ser un
hermoso cuerpo que se muestra no era realmente lo suyo. Después de un
exitoso periodo de modelaje dejó Nueva York para viajar a París en 1929,
su proyecto: continuar su carrera de modelo y ser alumna del fotógrafo
surrealista Man Ray. Inventarse ella como otra, distinta, ajena a sus
orígenes. El exilio, la vida bohemia en los espacios intelectuales en
París, uno de los –sobre todo entonces- ombligos del mundo. Su contacto
con Man Ray fue fulgurante.
“Quiero ser su alumna”. “Yo no tengo alumnos”. Y sin embargo… Al día
siguiente de su encuentro emprendieron un viaje de verano y una historia
de amor que duró tres años. Junto a él Miller se convirtió en
fotógrafa, y en una de sus más entrañables musas. Ella tenía 22 años y
Man Ray 39. “Cuando trabajábamos, éramos casi la misma persona”, dijo
Lee, pero ese “casi la misma persona” a la hora de revelar negativos o
imaginar encuadres, no era suficiente para Man Ray. Miller necesitaba
vivirse libre y él le expresaba sus contradicciones interiores: “Eres
tan joven, hermosa y libre, y me odio por tratar de coartar eso que es
lo que más admiro en ti”.
Leonora Carrington y Max Ernst, foto tomada por Lee Miller.
En 1930 Jean Cocteau la elige para actuar en su película “La sangre
de un poeta”. En 1931, durante la visita de Theodore, el padre de Lee a
París, Man Ray les tomó unas imágenes padre-hija inquietantes. Lee posa
como si fuera una niña, sentada sobre las piernas de su padre. Algo
entendió y recreó Man Ray: la intensísima y quizá un tanto ominosa
relación entre padre e hija. Después de tres años junto a Man Ray, un
buen día decidió regresar a Nueva York. Encontró mecenas para armar un
estudio fotográfico en Manhattan que durante dos años fue un éxito.
Lee anuncia su compromiso con un millonario egipcio Aziz Eloui Bey a
quien conoció a través de Charles Chaplin. Abandona su estudio y se muda
con él a Egipto, pero la tranquilidad y los espacios sobreprotegidos
nunca fueron lo suyo. A pesar de las maravillosas fotografías que tomó
en esa época, comenzó a asfixiarse en el centro de una sociedad tan
conservadora. En 1937 regresa a París. Otra ciudad, otro amor. Conoció a
Roland Penrose, junto a él conoció a Picasso. El pintor y la fotógrafa
posaron el uno para el otro y fueron amigos hasta el final.
Miller regresó un tiempo con su esposo, después alcanzó a Penrose en
Francia ya de manera definitiva. Antes, Lee le escribió a Penrose
refiriéndose al hecho de abandonar a Aziz Eloui Bey: “Mi ‘para siempre’
no parece significar mucho…y me hace sentir cínicamente sospechosa de
cualquier vínculo que pueda hacer”. Penrose dio acuse de recibo y la
esperó de todas maneras. Después vendría el trabajo de Lee como
fotoperiodista de guerra. En 1947, Lee –embarazada de Antony- se casó
con Penrose.
Siwa, Egipto. Lee Miller en 1937.
LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
En 1944 Lee Miller llega al Frente de guerra en Normandía como
corresponsal de la revista Vogue. Durante diez meses sigue la guerra
vestida de soldado. “Sé que no publicarán mis fotos”, escribe a la
revista, pero se equivoca, Vogue sí las publica. Lee llega al campo de
concentración de Dachau en abril de 1945, entre los primeros
periodistas que entraron. Los guardias y oficiales SS abandonaron sus
uniformes y vistieron ropa de civiles en una huida precipitada. Las
víctimas reconocieron en las calles a muchos de ellos, fueron detenidos y
entregados al ejército estadounidense.
Miller fotografía a dos jóvenes SS prisioneros: “Se arrojaban al
suelo para pedir clemencia cada vez que la puerta se abría”. Le escribió
a Roland Penrose: “Mis sentimientos hacia este país (Alemania) son
horriblemente confusos y no puedo ordenar mis ideas…Creo que debería
haber regresado a París, para tomar un poco de distancia”.
Campo de concentración de Buchenwald, tomada por Lee Miller.
Lee Miller en la bañera de Adolf Hitler tras la llegada de los aliados.
La polémica foto de Lee Miller en la bañera del departamento
abandonado de Adolf Hitler en Múnich, fue tomada por su amigo David E.
Scherman, fotoperiodista para la revista Life. Al fondo a la izquierda
la foto del dictador, a la derecha una escultura que (dicen) representa a
Eva Braun. Al frente la ropa de la fotógrafa y sus botas con el polvo y
el lodo del campo de concentración de Dachau en donde Miller tomó
escenas terribles. Ese mismo día, Hitler y Eva Braun se suicidaron en su
bunker en Berlín.
Algunas versiones cuentan que los fotógrafos llegaron allí por
casualidad, otras, que un improvisado guía de la ciudad les ofreció
llevarlos a un lugar “inusual”. En todo caso, la escena es más que
perturbadora. “Bueno, está bien (Hitler), está muerto. Nunca había
estado realmente vivo para mí hasta hoy. Había sido un una máquina del
mal, un monstruo, durante todos estos años, pero nunca lo consideré real
hasta que visité los lugares que hizo famosos, hablé con gente que lo
conoció, excavé en los chismes y comí y dormí en su casa. Entonces se
convirtió en menos fabuloso y, por lo tanto más terrible, sobre todo por
la evidencia de que tenía algunos hábitos casi humanos… como un mono
que te avergüenza y humilla con sus gestos, como una caricatura“,
escribió Miller.
Tan perturbadora como las imágenes de Miller de los (jovencísimos)
guardias asesinos de la SS pidiendo esa clemencia que no tuvieron con
sus víctimas, o el cuerpo tendido de un oficial nazi suicida (con un
ángel a distancia en su balcón). La caída de los más crueles amos. Y del
otro lado de la historia: los cuerpos de los deportados. Los huesos de
los vivos y los huesos de los muertos. El horror de los cuerpos
apilados. Lee Miller nunca se recuperó de su experiencia durante la
guerra. Nunca superó el impacto de haber sido testigo del exterminio
nazi.
Para cuando Antony convivió con su madre, su experiencia fue la de un
hijo ante una mujer emocionalmente devastada. Desde 1949, Lee, Roland
Penrose y Antony vivieron en una especie de retiro en Farley Farm House
en Sussex (ahora un museo). Una casa en el campo en donde Antony vivió
su infancia rodeado de artistas como Picasso, Max Ernst, Joan Miro,
Matta, Antoni Tàpies y Man Ray. En algún momento de su vida Antony
escucharía una historia silenciada: la violación de su madre durante la
infancia, historia que le ayudaría a comprender un poco más el constante
desasosiego y la angustia de Lee.
Lee Miller pintada por Picasso.
LA VIOLACIÓN SEXUAL INCESTUOSA. EL PADRE DE LEE
Antony Penrose en “The lives of Lee Miller” (1985) reveló un
no-dicho familiar que sin embargo se hablaba a voces: su madre fue
abusada sexualmente a los siete años por un amigo de la familia y la
niña fue contagiada de gonorrea. Algunas versiones hablan de que fue
violada por un marinero durante su viaje hacia el encuentro de una
familia cercana. Otros han sugerido que pudo ser víctima del abuso por
parte de su padre.
¿Quién violó a esa niña que fue lee Miller? Dada las dificultades de
la época para la cura de enfermedades venéreas, los tratamientos fueron
brutales: irrigaciones muy dolorosas aplicadas por el médico y por su
madre. John, el hermano de Lee, recordaba mucho tiempo después los
gritos de la niña durante las curaciones que le quemaban la piel.
Antony reveló que sus abuelos consultaron un psiquiatra a quien lo
único que se le ocurrió fue pedirle a los padres que le explicaran a una
niña de siete años que el sexo era un acto mecánico, que –no se
preocupara- el amor era otra cosa. Al parecer, nunca hubo un espacio
para nombrar la violencia y el abuso infantil en su verdadera dimensión.
El tratamiento fue el trauma tras el trauma. La fotografía “December
Morn”, fue tomada poco tiempo después. Judith Turman en un análisis de
la vida de Lee Miller sugiere, que quizá el ritual del padre de comenzar
a fotografiar a su hija desnuda formaba parte de un intento de
regresarle –de manera simbólica- su cuerpo, como en un intento de
“terapia de choque”.
Puede que tal haya sido la intención del padre. Como escribió Turman
“si una intenta imaginar el mejor de los casos”. Difícil aprehender lo
que pudo sentir una niña violada por un adulto -víctima además de
violación incestuosa, dado que se supone fue un familiar- invitada a
posar para su padre, desnuda y en medio de la nieve de un helado mes de
abril. ¿Liberador o alienante? ¿Podía la niña “recuperar” su cuerpo,
apropiarse de él, a través del acto de posar desnuda para su padre? ¿O
se habrá vivido una vez más como un cuerpo cosificable, doblemente
expuesto por la singularidad de su belleza?
Lee Miller y su padre tomada por Man Ray,
UN HIJO HABLA DE SU MADRE
Antony Penrose toma la palabra. Es un sábado de septiembre en el
Museo de Arte Moderno, y Antony visita México para presentar la
exposición de su madre, la fotógrafa surrealista Lee Miller. Primero
modelo de Vogue, después fotógrafa, más tarde fotoperiodista de guerra.
Compañera, alumna y musa de Man Ray. Fotógrafa, amiga y musa de Picasso.
Un larguísimo camino emocional para el hijo de Miller: desde el
pequeño que se vivió abandonado por una madre sufriente (asolada por un
sufrimiento inexplicable para su hijo), retirada ya de la fotografía,
amiga de algunos de los más grandes talentos de su época, distraída,
alcohólica; el hombre joven que no pudo sino odiarla, y el hombre maduro
que ha dedicado casi cuarenta años de su vida a salvaguardar la memoria
de su madre a través de la clasificación, selección y exposición de
sus fotografías.
Tras la muerte de Lee Miller en 1977, Suzanna, su nuera – quien
contribuyó a que Antony recuperara el vínculo con su madre- encontró un
escondite en un ático en la casa de su suegra: contenía más de 60,000
negativos, manuscritos e impresiones. El material se convirtió en la
base del archivo Lee Miller. Escuchamos en la conferencia-preámbulo de
una muestra tan versátil y por momentos antagónica (como si una época de
la vida de Miller peleara con la otra) como su autora, pero estamos
–también- ante el discurso de un hijo que pudoroso y conmovido, es
ahora capaz de poner en palabras sus intentos de respuestas a las
preguntas que lo persiguieron con respecto a su madre.
Antony Penrose en las piernas de Picasso, foto de Lee Miller.
Las preguntas de toda una vida: “¿Quién es esta mujer fascinante?
¿Por qué sufría así? ¿Por qué bebía alcohol así? ¿Cómo fue su infancia?
¿Cómo fue su vida? ¿Por qué siento que no me quiso? ¿Quién fue mi padre
para ella?” Antony no explicita sus preguntas, una las va escuchando.
Así. Como de fondo. Al final lo sigo por las escaleras para expresarle
cuán admirable me parece, no sólo ese trabajo de rescate de la obra de
su madre, sino lo más conmovedor: su trabajo interior (el de él) y su
capacidad –así de difícil como es- para nombrar los silencios
familiares. Los temas prohibidos. Lo no dicho. Su capacidad para
resarcir.
Remo por alguna expresión en inglés que tenga la fuerza de la frase en castellano y no la encuentro. Le digo: “Le non dit”. “Do you understand ‘No dicho’, ‘non dit’?”.
Y responde: “Lo viví demasiado tiempo”. Me cuenta que cada vez que
habla del trabajo de su madre y de su infancia, de su huida de ella y
su regreso hacia ella, le sucede algo parecido: una o varias personas lo
abordan para hablarle de los silencios familiares y la necesidad de
indagarlos.
Hasta el fin de sus días Miller padeció esa fuerte angustia de estar
viva. Alguna vez le preguntó a un médico amigo suyo por qué se aburría y
desesperaba tanto, él le respondió: “Lee, no podemos inventar otra
guerra sólo para que tú no te aburras”. @Marteresapriego
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