"Puedes apretar las tuercas de la economía mexicana porque tienes poder para eso, pero no puedes dar órdenes a Claudia Sheimbaum".
México puede tener máscaras, pero ha prohibido que la Inteligencia Artificial clone la voz.
México tiene que convivir con un país, con el que comparte una frontera de tres mil 170 kilómetros, que va caminando hacia una dictadura. No lo decimos la gente de izquierdas que tenemos oído musical para ver a los fascistas a la legua, sino los académicos norteamericanos como Richard Paxton que son expertos en, precisamente, dictaduras. Silencian periodistas, someten jueces, impiden elecciones, matan disidentes, encarcelan manifestantes, controlan medios y amenazan países. Los dictadores dictan a los demás lo que tienen que hacer, porque son supremacistas y consideran a todos los demás inferiores.
Pero no pensemos que pueden hacer sin más todo lo que les da la gana. Esa forma de pensar les entrega más poder del que tienen, que ya es mucho. Tienen que enmascarar sus decisiones, aunque cada vez lo hacen con menos credibilidad. Por eso, Trump necesita el argumento de la lucha contra la droga y la lucha contra los inmigrantes ilegales. Cuando México abate a "El Mencho", el jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación, el más buscado, el principal responsable del fentanilo que llega de fuera a Estados Unidos (EU) -no olvidemos que una importante cantidad la producen ellos mismos-, el Gobierno de Claudia Sheimbaun demuestra eficiencia y determinación, y Trump se queda sin argumentos contra su vecino del sur. No es extraño que la respuesta de Trump a la muerte de "El Mencho" haya sido el silencio. Puedes apretar las tuercas de la economía mexicana porque tienes poder para eso, pero no puedes dar órdenes a Claudia Sheimbaum. A Claudia Sheinbaum sólo le da órdenes el pueblo de México.
Trump está en caída libre en los EU. Los índices de aprobación, ha publicado el New York Times, están por los suelos en inmigración, inflación, comercio, seguridad. Los republicanos están preocupados. Van a las elecciones de medio término en noviembre en un escenario catastrófico. Pero Trump hace como que eso no existe. Y lo intenta compensar, como siempre han hecho los presidentes norteamericanos con problemas, con agresividad exterior. Con algunos países le salen las cuentas. Con otros no. Trump ha tenido que mencionar en el Discurso de la Unión, aunque indirectamente, la muerte de “uno de los capos más siniestros”, aunque ha querido apuntarse el tanto. No ha tenido ni el coraje ni la honestidad de decir que ha sido una operación mexicana, en donde ellos han colaborado con la tecnología de escucha y localización. En su narrativa, necesitaba que hubieran sido ellos, como pasó con el secuestro en Venezuela del Presidente Maduro, los protagonistas, y poner medallas y hacer una película. Pero en la película de la caída del criminal "El Mencho", el protagonista no es el General Custer, sino los indios, que han sido los que han acabado con el cuatrero.
Es verdad que hoy, la derecha latinoamericana y europea está subordinada a los EU de palabra y de hecho, de manera que sus acciones son acciones que acercan la entrega del territorio -su mercado, sus recursos, su bases militares- al gigante del norte (ahí está Argentina o Ecuador) y todo su discurso es un discurso indirecto de colaboracionismo con el Presidente del pelo naranja, como hace la derecha mexicana y venezolana sin cansarse. Y también es verdad que, como Trump es contradictorio, las derechas hacen el ridículo constantemente, y se ven obligadas a decir una cosa y la contraria sin el menor rubor.
En México, la oposición a Claudia Sheinbaum estaba pidiendo día sí y día también una intervención de los EU, única forma -en su cabeza- de desalojar a Morena del poder toda vez que son incapaces de ganar en las urnas. Soñaban con que el ejército norteamericano pusiera la bandera en suelo mexicano y ejecutaran a todos los que lleven tatuajes, que los drones dibujaran en el cielo mexicano la bandera de las barras y las estrellas al sur del Río Bravo, y que las fachadas de Chihuahua y Jalisco se llenaran de señales de balazos. Y después de que, en una operación conjunta, se abatiera a Nemesio Oseguera Cervantes, "El Mencho", el todopoderoso líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y que, como era de prever, se desatara el caos en muchos puntos del país, esos mismos políticos de la derecha claman al cielo diciendo que cómo es posible que se haya matado a ese narco si se sabía que iban a vengarse o que cómo es posible que EU sustituya al Ejército mexicano -algo que es mentira, como ha reconocido el propio gobierno norteamericano a través de su Embajada y recordara que sólo han colaborado en tareas de inteligencia- cuando han estado pidiendo día sí y día también que los marines cruzaran la frontera mexicana, cuando han llorado por la supuesta incapacidad del Ejército de México y llevan pidiendo “mano dura” desde el día que ganó López Obrador.
Eso sí, las derechas nunca reconocerán que los EU son los grandes financiadores de la droga porque son los principales consumidores, más allá de que, además, todo ese circuito económico, que se cruza con el de las armas, que suministran a los cárteles, termina en el sistema financiero norteamericano. Y que fue el Presidente Felipe Calderón, del derechista PAN, el que empezó el naufragio en el que hoy navegan como reyes los jefes de los cárteles.
Uno de los problemas de la posmodernidad es que ha dificultado el análisis de cosas tan evidentes como hablar de economía, es decir, del capitalismo, recordar cosas tan evidentes como las invasiones, el uso de la fuerza o el control de la ciudadanía de un país para quedarse con las riquezas, esclavizarlos, controlar ese mercado o usar su territorio. La idea de “imperialismo” solía recordar estas cosas. Pero hoy en día, donde cada uno de nosotros no habrá visto menos de medio centenar de películas de guerra donde los norteamericanos ganan, ese concepto parece un trapo viejo que sólo usan los desfasados izquierdistas que se quedaron en el pasado.
Hablar de imperialismo, empezó a decir la posmodernidad, es un recurso perezoso de gente que se niega a asumir que estamos en el siglo XXI. Pero eso oculta algo muy profundo, y es que en Europa no se puede hablar democracia si no hablas de antifascismo, de la misma manera que no se puede hablar de democracia en América Latina sin ser antiimperialista.
EU es una potencia con capacidad nuclear, que gasta en armamento casi un billón de dólares, el 39 por ciento del gasto mundial total, una cifra que supera la suma de los siguientes 10 países, incluyendo a China y Rusia; que ha solventado históricamente sus problemas con bombas, misiles, mercenarios, golpes de Estado y presiones, que se ha aliado históricamente con dictaduras, y que usa el mercado y la democracia parlamentaria siempre y cuando no dificulte su verdadera vocación, que es el dinero. La izquierda hablaba de EU como de una potencia imperialista. Pero ese nombre, dice la posmodernidad, suena antiguo. Serían cosas de la vieja izquierda.
Es verdad que en las referencias al imperialismo regresamos a la guerra fría, al enfrentamiento entre EU y la URSS que marcaron todo el siglo XX. Y por eso suena antiguo, porque ya no existe URSS y hablar de imperialismo parece un recurso nostálgico de aquella época. Hoy el conflicto será multipolar, pero mientras vemos qué dicen China y Rusia, vemos que EU está intentando regresar a los tiempos en que en América latina nada se movía sin su permiso. Son tiempos difíciles porque las invasiones tienen otros contornos, el control es diferente y el relato está viciado porque mentir se ha convertido en una costumbre y porque el control de los dispositivos ideológicos es enorme, y basta ver el control de todas las redes sociales del hemisferio occidental por parte de cinco personas.
También estamos viendo que los países latinoamericanos que mantienen la dignidad y la soberanía están intentando ganar tiempo. El caso más evidente es el de Venezuela, pero vale igual para México, Colombia o Cuba, que está resistiendo con valentía un cerco medieval que bien puede terminar como un Bahía de Cochinos 2.0. (Hemos visto un intento de agresión militar desde una embarcación a la que han intentado presentar los norteamericanos como un barco civil pese a que iba cargada de armamento, y que fue repelida por los cubanos).
Ganar tiempo es lo único posible en un escenario donde Trump cada vez está más acorralado. El larguísimo discurso de la Unión es una señal evidente: el país va por un lado y Trump por otro. La percepción en la ciudadanía de la economía, del comercio, de la inflación tiene crecientes cifras negativas. Pero Trump se cree un mago, rodeado de aduladores que saben que tienen poco tiempo para robarse el país, y de idiotas que le creen todas sus mentiras.
La idea de ganar tiempo sigue siendo la más sensata, porque todo sigue agravándose día a día. Por poner sólo un ejemplo, el negocio de las hamburguesas está en uno de sus peores momentos en los EU. Las causas tienen que ver con la inflación y los aranceles. En diciembre de 2025, el precio de la carne molida aumentó un 15.5 por ciento anual, lo que ha provocado que los consumidores de bajos ingresos, los votantes de Trump, reduzcan sus visitas a cadenas de comida rápida. ¿Consecuencia? Cientos de sucursales de cadenas de hamburguesas han cerrado.
¿Cuánto tiempo va a aguantar el mundo los insultos y las amenazas de Trump? Marco Rubio ha sido más amable que JD Vance en su visita este mes de febrero a la Cumbre de Seguridad de Munich. Pero no ha dejado de ser otro insulto a todos los países que han sufrido la colonización, de América a Asia pasando por África y Oceanía. Marco Rubio, como Trump, dice que lo mejor de las Américas -recordemos que Marco Rubio es de origen cubano- es que llegaron ahí los europeos. Y ha insistido en que lo que hay rescatable en el continente, es gracias a la conquista a la que, obviamente, no llama así. Pero es que inmediatamente da un salto y afirma que los migrantes de hoy son una amenaza. El mundo tiene que estar agradecido de la conquista europea y norteamericana, pero que no se le ocurra pensar en emigrar a Europa o los Estados Unidos.
En el fondo están diciendo algo muy propio del fascismo: ellos y sólo ellos son la medida de las cosas. Los argumentos que intentan esgrimir en el fondo les dan lo mismo porque pueden ser contradictorios y eso no les resulta relevante.
O dicho de otra manera, la retórica del mercado libre, de la oferta y la demanda, de la santidad de la propiedad privada, de la autoregulación del mercado, de la crítica al Estado, de la defensa de la soberanía o la retórica de los derechos humanos y la democracia son todo mentiras cuando las élites económicas de los países capitalistas -los de siempre y los nuevos- se ven amenazadas interna o externamente o deciden incrementar su riqueza robando a otros países.
Podríamos intentar otras palabras, como preeminencia violenta, unilateralismo, expansionismo. Pero sería una pérdida, porque imperialismo ha habido desde hace siglos, y su análisis, ahí está. El imperialismo es real como el hambre, la sed y la enfermedad que amenazan a millones de cubanos por culpa de los que, también por pretensiones imperiales, lanzaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Es real como la amenaza constante sobre el gobierno de Venezuela. Es real como los aranceles que atenazan el comercio internacional. Tan real como los cientos de miles de seres humanos que ya no están en Palestina.
El Gobierno de Claudia Sheinbaum sabe que tiene que negociar, como lo sabe Delcy Rodríguez o Gustavo Petro. Pero negociar no es resignarse. Quizá sea tiempo de reinterpretar la máscara de los mexicanos. No desde la resignación y el miedo, de la derrota y de la inferioridad por culpa de la conquista como explicaron Samuel Flores y Octavio Paz, sino desde esa muestra de orgullo que acompaña las calles el día de muertos. Que han tomado una película de Hollywood y le han dado la vuelta. El México actual ha reinterpretado la máscara y la vive no como ocultación, sino al revés, como identidad alegre y orgullosa. Es la máscara que permite seguir ayudando a Cuba, que sabe que Nicolás Maduro está secuestrado, que lo de Gaza es un genocidio, que el uso de los aranceles son extorsiones mafiosas, que el territorio mexicano es mexicano, incluido el que se robaron los norteamericanos, y que claro que hay que hablar con los gringos, incluso con una sonrisa. Hay una máscara, pero no se permite que la Inteligencia Artificial clone la voz. La sonrisa de la máscara que, por debajo, sabe que sólo obedece al pueblo.
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