3/01/2026

Las noticias falsas y los narcovoceros oficiosos

 Héctor Alejandro Quintanar

"La difusión de paparruchas que crean pánico es una especie de brazo armado de aquellos a quienes conviene el pandemónium".

El domingo 22 de febrero, la Sedena informó que gestaba un operativo para aprehender al líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, Nemesio Oseguera, alias "El Mencho", y que al encontrarlo, éste y su gavilla reaccionaron con un ataque a los soldados, quienes se defendieron y, en esa acción, lograron herir mortalmente al cabecilla, a costa de que diversos soldados mexicanos salieron heridos.

Tal cual en 2019, hubo una respuesta del grupo criminal que lideraba el capo eliminado. Así como hace siete años las calles de Culiacán estuvieron a punto de arder por la detención de Ovidio Guzmán -lo que derivó en su liberación y detención del operativo-, en estos días se presagiaba un escenario similar en el occidente del país. Pero en 2019, las fuerzas federales mexicanas no cancelaron la detención de Guzmán, como la derecha histriónica se cansó de gritar, son que la reformularon.

Hoy el capo está preso y extraditado en Estados Unidos, pero eso no importa. En la mente reaccionaria aún se gorjea la tontería de que López Obrador trabajaba para los cárteles y su argumento es que soltó a un tipo hoy presidiario, y que saludó a su abuela, una mujer sin antecedentes criminales.

Asimismo, el operativo para detener a Oseguera no se contuvo y derivó en una escaramuza donde no salió bien librado. Mucho habrá que analizar al respecto, donde destaca en qué estadio va la estrategia contra el crimen organizado de Claudia Sheinbaum, cuáles continuidades o cambios, de haberlos, existen respecto a su antecesor, entre otras cuestiones estructurales y de fondo.

Pero también hay que hacer un alto en algo importante y es en la cauda de falsedades que, desde las gargantas letrina de muchos esperpentos que se hacen pasar por periodistas, se emiten en momentos de vulnerabilidad, donde hay que ser en extremo cautelosos con lo que se publica en medios o en redes.

Así, a lo largo del día domingo observamos prácticas que se han convertido ya en un hábito o modus operandi de voces que, por tener espacio en medios presuntamente profesionales y tener una audiencia amplia, estarían obligados a verificar con sumo cuidado lo que dicen y a conducirse siempre, en cualquier dicho que emitan en el espacio público, con extremo rigor.

Y esa práctica es la de mentir, difundir bulos, paparruchas, videos o imágenes creadas con Inteligencia Artificial y otras bajezas indignas ya no digamos del periodismo, sino de una sociedad civilizada donde los mínimos estándares de decencia son necesarios para que sea posible la convivencia colectiva.

Es complicado saber qué objetivos mueven a los emisores de tales inmundicias, porque sus fines pueden correr desde el oportunismo corrupto de ganar dinero por mentir; hasta el hecho patológico de creerse sus propias patrañas en aras de sentir que tienen razón o ganan una discusión. Si bien ninguna de esas metas es legítima, resulta irrelevante cuál de todas los motiva a hacer lo que hacen.

En lo que sí podemos poner atención es en los efectos de esa práctica, más allá de sus retorcidos motores internos. Y la consecuencia más visible que se logra con esa farsa amarillista es la de generar un clima de pánico que nada resuelve y obstaculiza la recuperación del control de la situación y el trabajo de las autoridades y de las fuerzas de seguridad encargadas de recuperar el orden.

Y eso, obviamente, se quiera o no, se busque o no, es un respaldo de facto a los cárteles, quienes actúan con violencia criminal y narcobloqueos con el fin de atemorizar a la gente, hacer sentir su poder, y debilitar a la autoridad que los busca combatir por diversas vías. Como un correlato simbólico a la violencia material y peligrosa de los grupos criminales, la difusión de paparruchas que crean pánico es una especie de brazo armado de aquellos a quienes conviene el pandemónium.

Da igual mencionar nombres de las cuentas y voces públicas que difundieron tales mentiras. A nadie sorprendería que, por ejemplo, pasaron más de 24 horas de que publicó un bulo respecto a la violencia del domingo y una panfletera ruin como la señora Lourdes Mendoza seguía sin borrarlo y es probable que aún ahora no lo haya hecho. La acosadora clasista del hijo adolescente de López Obrador mintió en su cuenta de X al inventar que el Aeropuerto de Guadalajara estaba tomado por un grupo del narco.

De nada sirvió que la propia autoridad aeroportuaria de ahí desmintiera eso y se comprobara que una foto de un presunto avión quemado era hecha con Inteligencia Artificial. Tampoco de nada sirvió que la fuente de la señora Mendoza fuera un ciberporro mafioso, un aprendiz de Goebbels que se hace pasar por periodista para calumniar a medio mundo. El mismo domingo, luego de que se le exhibió como un tipejo corrupto, el ciberporro mafioso se vio obligado a desmentirse y reconoció que difundió engaños peligrosos, mismos que debió borrar.

Pero da igual. En tiempos de Internet, una mentira corre 20 veces más velozmente que sus desmentidos. La llamada posverdad tiene un aliado destructivo nuclear en dos cuestiones: la velocidad infinita de las redes sociodigitales y la necedad patológica de aquellos dispuestos a creer cualquier paparrucha siempre y cuando confirme sus peores y voluntarios prejuicios.

El mismo lunes 23 de febrero, por ejemplo, de nuevo el caricaturista estelar del periódico Reforma, el panfletista de García Luna, Francisco Calderón, escribió un tuit en X donde señalaba que López Obrador “había taqueado” con un capo del narco. Entre tanta mentira que abunda en las lenguas viperinas de las derechas mexicanas ya no se sabe a cuál chismarajo se refiere el monigotero.

Pero quizá sea a una fotografía falsa de 2020, donde el narcogobernante Felipe Calderón subió a sus redes una foto donde acusó que AMLO comía tacos con el hermano del "Chapo" Guzmán mientras señalaba a un hombre de bigote. Ese hombre resultó ser no un capo, sino un médico del IMSS de la región de Sinaloa, a quien Calderón no sólo calumnió, sino que puso en riesgo.

Pese al desmentido del bulo, han pasado seis años y panfletistas de las derechas creen, y seguirán creyendo al fin de los tiempos, que era un narco y que AMLO selló su pacto con ellos comiendo tacos en Sinaloa. Para eso sirven las paparruchas, sean ayer, en 2020 o en 2006: para lucrar con los prejuicios, y para radicalizar al peor sector de la opinión pública mexicana, ese que, haiga sido como haiga sido, es capaz de creer cualquier tontería, por delirante que sea, con tal de sentirse bien consigo mismos y con tal de humillar a otros. Precisamente porque ellos se saben humillados.

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