3/29/2026

¿Y qué hacer frente al "poder duro"?

  Lorenzo Meyer

"En la medida en que EU se mantenga adicto al ejercicio del poder duro ¿cómo puede México defender el espacio de soberanía e independencia relativa?"

La Coyuntura. Una sola declaración entre las muchas del Presidente norteamericano Donald Trump puede servir para caracterizar e incluso resumir la naturaleza de la coyuntura internacional. Se trata de la expresada el pasado 16 de marzo: “Nosotros -dijo Trump entonces y refiriéndose a Estados Unidos- somos la nación más poderosa del mundo. De lejos nosotros tenemos el ejército más fuerte del mundo. Nosotros no necesitamos de ellos”. Y ese despectivo “ellos” se refería a sus aliados europeos de la OTAN que acababan de declarar que el conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel contra Irán no era su guerra y no la apoyarían militarmente pues había sido declarada sin su conocimiento pese a que sus consecuencias sí les afectaban. Pocos ejemplos ilustran mejor el unilateralismo adoptado por Washington frente al orden global y eso, indirectamente, nos atañe.

Nuestra soberanía en la coyuntura. Desde el retorno de Trump a la Casa Blanca y desde la orilla mexicana del Río Bravo los mensajes de nuestra Presidenta hacia su poderosa contraparte en la margen opuesta del río han sido muy diplomáticos pero su esencia ha sido clara: “Así, no, Presidente Trump”. Y es que si desde el norte nos mandan señales que tienen contenidos potencial o abiertamente peligrosos para la soberanía mexicana, como ese que asegura que el narco en las Américas tiene su epicentro en México, es vital insistir y dejar constancia que, pese a desigualdad en poder, la cooperación entre países vecinos no debe convertirse en imposición.

Por lo anterior es conveniente hacer públicas las razones del rechazo mexicano a ciertos ofrecimientos de “ayuda” que impliquen, por ejemplo, aceptar la presencia en el terreno de efectivos militares norteamericanos para el combate al narcotráfico o participar en coaliciones internacionales abiertamente dispuestas a subordinarse a las directrices de Washington como es el caso del recién nacido en Miami “Escudo de las Américas”. De ahí que se aprecié la decisión de la Presidenta Sheinbaum de decirle “así, no” a Trump en aquellas circunstancias en que aceptar los ofrecimientos o demandas de la gran potencia cuando sus términos pueden llevar a la subordinación.

Y es que la constante en la relación México-Estados Unidos, la asimetría y la coyuntura generada por la segunda presidencia de Donald Trump, hace cada vez más difícil el manejo de esa relación bilateral sin poner en riesgo el interés nacional. Hoy la Casa Blanca de Washington está dominada enteramente por el núcleo duro del trumpismo lo que implica que la gran potencia ha entrado en una fase donde impera eso que en la teoría se conoce como “poder duro” lo que hace que las alternativas a la dureza simplemente se ignoren o de plano se desprecien y ridiculicen, tal y como lo ha expresado pública y repetidamente el influyente asesor presidencial Stephen Miller, para quien el mundo es de aquellos que pueden imponer sus intereses, reglas y condiciones a las naciones y sociedades con poco o nulo poder de negociación.

El actual proyecto nacional de Trump arranca del supuesto resumido en su divisa “America First” que en su contenido práctico es abierta y brutalmente imperial. Según la visión imperante en la Casa Blanca, el hemisferio occidental es una zona exclusiva de influencia de Estados Unidos. Esa visión arranca con una “doctrina” enunciada por el Presidente James Monroe en 1823 y culmina con la presentación de la national security strategy del año pasado y con la llamada “doctrina Donroe”. Según este documento y declaración, Washington deberá ser selectivo en sus acciones extra hemisféricas y en cambio dar prioridad en nuestro continente al control de sus fronteras -las acciones del ICE contra inmigrantes indocumentados en Estados Unidos son hoy el corazón de esa política-, mantener su liderazgo industrial (en realidad reindustrializarse y combatir el nearshoring) y asegurar en el hemisferio una influencia sin rival (uncontested influence). Ahora bien, resulta que en esos tres puntos -el primero de los cuales ya se echó por la borda al atacar a Irán- hay amplias posibilidades de choque con México ya que los indocumentados perseguidos en Estados Unidos son mayoritariamente mexicanos, el anti nearshoring tiene el potencial de cerrar plantas industriales en México y finalmente el insistir en el completo control político del hemisferio por Washington limita las posibilidades mexicanas de acuerdos con países como China e incluso el ofrecer petróleo a Cuba.

El proyecto mexicano también es nacionalista y de fuerte raigambre histórica, pero a diferencia del nacionalismo norteamericano el nuestro es básicamente defensivo y no agresivo. Y así, mientras el trumpismo se ha convertido en un modelo para la derecha el proyecto mexicano actual está empeñado en mantener una orientación de izquierda moderada dentro de un marco construido tras la evolución pacífica del viejo régimen autoritario a uno básicamente democrático. En este nuevo régimen la fuerza armada responde básicamente a la necesidad de contener desafíos internos -el combate a los carteles del narcotráfico, por ejemplo-, su base económica es la propia de un país en desarrollo pero aún muy dependiente de la economía norteamericana -el mercado del vecino del norte es el destino de más del 80 por ciento de sus exportaciones y el origen del 40 por ciento o 50 por ciento de sus importaciones,- la pobreza todavía es un problema que afecta al 30 por ciento de la población y el andamiaje institucional aún debe librar serias batallas contra la corrupción. Es en estas condiciones que México tiene que enfrentarse al trumpismo.

Ahora bien, el “poder duro” y el “poder blando” usados por potencias como Estados Unidos en su trato con países como el nuestro son modelos ideales desarrollados en el ámbito de la teoría de relaciones internacionales y que subrayan la naturaleza de dos posibles estrategias: las que privilegian la confrontación o la persuasión. En el caso del poder duro favorecido hoy por Estados Unidos su espina dorsal está conformada por la fuerza armada y por los medios económicos que un Estado es capaz de emplear mediante la violencia y sanciones materiales sustantivas para forzar a otro a ceder ante sus demandas. La contraparte del poder duro es el “poder blando” que también tiene el mismo objetivo: llevar a un país a aceptar la adopción de políticas acordes con el interés nacional de otro país, pero echando mano de medios no coercitivos. Se trata de ejercer la capacidad de un gobierno, de una sociedad o de ambos de influir en la contraparte para lograr a través de la diplomacia, persuasión y la atracción o incluso la cooptación para que el país influido acepte sin resistir la adopción de políticas acordes con el interés del país influyente.

El examen de las relaciones históricas entre México y su vecino del norte muestra como Washington ha variado en diferentes épocas la combinación de sus medios duros y blandos para tratar de amoldar a nuestro país a las necesidades de su proyecto hegemónico. Ese mismo examen también revela en qué medida México ha podido mantener una independencia relativa pese a lo creciente de la asimetría.

Qué esperar ahora. Para entender la coyuntura de la relación con la potencia hegemónica con la que México está obligado a convivir conviene partir de un supuesto evidente pero que las autoridades de los dos países evitan mencionar. En su esencia el trumpismo norteamericano y la 4T mexicana son dos proyectos nacionales de naturaleza muy diferentes y en ciertos aspectos son antagónicos. Esta diferencia, más la asimetría de poder hace que el interés mexicano requiera no dar pretexto al trumpismo de usar su política dura en la relación bilateral y alentar, en la medida en que sea compatible con el interés y la dignidad nacionales, las políticas no coercitivas de la contraparte. En todo caso el Gobierno mexicano deberá dar siempre por sentado la inclinación de Trump por la amenaza y la dureza. Claro que, como lo señalara Maquiavelo, a veces la fortuna pude sonreír al débil, pero lo realista es no confiar en ella.

En la medida en que Estados Unidos se mantenga adicto al ejercicio del poder duro ¿cómo puede México defender el espacio de soberanía e independencia relativa? Pues como se señaló: buscando eludir la confrontación abierta con Washinagton y confiando en que situaciones como la complejidad de la “excursión” norteamericana en Irán muevan a la opinión pública de ese país a no avalar otra aventura similar en México para pretender “resolver” el problema del narcotráfico al insistir en presentar ese fenómeno como exclusivamente resultado de la oferta y no como lo que realmente es: un problema alimentado por la demanda, el contrabando de armas desde el norte y combinado con las facilidades que allá existen para el lavado de dinero. Finalmente, la fuerza del régimen mexicano frente al trumpismo descansa en el apoyo ciudadano a su gobierno y por tanto es responsabilidad de éste mantenerlo vivo por la vía de la eficacia en el manejo de todo lo público fuente principal de su legitimidad.

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