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4/06/2019

El #MeToo mexicano: una marea que visibilizó el acoso y la violencia; el anonimato, a debate


CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La nueva ola #MeToo comenzó el 21 de marzo y ya provocó la destitución del director de un medio, la cancelación de la presentación de un libro y una banda separó a su guitarrista del grupo. El movimiento también se vio sacudido por el suicidio de Armando Vega-Gil, bajista de la banda mexicana Botellita de Jerez, luego de ser acusado anónimamente en la cuenta de Twitter @metoomusicamx.
Desde hace diez días, una marea de denuncias de mujeres que decidieron compartir sus casos de manera pública o anónima en redes sociales derivó en un movimiento para visibilizar una problemática en el país: el acoso y abuso sexual en el mundo de las letras, el periodismo, la publicidad, la academia, la música y la política.
El uso del anonimato para la denuncia de presuntos agresores dividió opiniones sobre el movimiento. Los críticos alegan que se necesita llevar los casos ante la justicia que, con el anonimato, pierden credibilidad las acusaciones y se puede desprestigiar a personas inocentes; los defensores señalan la impunidad en los casos y el derecho de las víctimas a expresar su dolor de manera anónima, y que es una herramienta de protección ante posibles represalias.
“Es el aspecto más problemático de este movimiento. Se entiende el anonimato cuando son casos de mujeres que pueden perder el trabajo, cuando están en contacto con el agresor. Pero si es una violación se tiene que ir al Ministerio Púbico, ahorita que está muy fuerte el movimiento se puede crear una red de acompañamiento, juntar las denuncias contra una persona e ir al Ministerio Público”, dijo la profesora de estudios de género, Lucía Melgar Palacios.
Para la vocera de la red Periodistas Unidas Mexicanas (PUM), creada este año para exhibir el fenómeno del acoso en los medios de comunicación, y que reaccionó al movimiento #MeToo publicando denuncias con la etiqueta #MeTooPeriodistasMexicanos, no se debe poner en tela de juicio a las denunciantes que optan por el anonimato porque no tienen otra salida ante la falta de acceso a la justicia. Aseguró que en su página solo publican los casos en que las supuestas víctimas son las propias denunciantes.

“Las denuncias tienen que ser de una víctima directa, no por terceros. Creemos en ese testimonio. Defendemos el anonimato por la situación tan delicada que implica vivir en un país con estos niveles de impunidad como México. Fuimos puliendo el filtro poco a poco, fuimos descartando casos. Venían muchas denuncias de relaciones tóxicas, entonces esas sí las descartábamos, les explicábamos que de lo que se trataba era de que fueran denuncias en un contexto laboral”, dijo la vocera de PUM.

La muerte de Vega Gil encendió más el debate. En la carta en la que anuncia su suicidio, el músico asegura que no responsabiliza a nadie de su decisión de quitarse la vida, pero dice que fue orillado a ello porque su carrera se iría en picada por las acusaciones en su contra del presunto acoso de una menor.

“No se culpe a nadie por mi muerte, es un suicidio, una decisión voluntaria, consciente, libre pensada”, escribió en Twitter.

“La denuncia que se hace en #MeTooMusicosMexicanos es anónima y quien la lanza en redes está en su derecho de hacerlo así, pero esto pone en entredicho toda mi carrera. Insisto, no ocurrió”, dice la carta de quien era uno de los fundadores de Botellita de Jerez.

La cuenta desde donde fue señalado Vega Gil @metoomusicamx fue dada de baja el lunes 1 de abril por varias horas, junto con decena de acusaciones contra otros músicos. Aunque horas después volvió a estar disponible.

“Hemos recibido múltiples ataques contra la cuenta y el día de hoy, tras un intento de hacking, finalmente han logrado vulnerar la seguridad. Debido a la sincronía de este evento con la lamentable muerte de uno de los acusados, Armando Vega Gil, creemos que se trata de un intento de censura”, 

señalaron los administradores de la cuenta en un comunicado.



“El suicidio de Armando Vega Gil es responsabilidad de Armando Vega Gil”, remataron.

Desde la cuenta oficial del Fondo de Cultura Económica (FCE) que dirige el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II se publicó un polémico tuit lamentando la muerte del músico y estigmatizando el movimiento #MeToo.

“Lamentamos profundamente la muerte de Armando Vega Gil, fiel amigo y compañero de muchos que aquí trabajamos. Sea un útil recordatorio para que las justificadas denuncias de acoso, machismo y violencia en contra de las mujeres no se conviertan en una persecución irresponsable”, dice el tuit que sumaba decenas de comentarios en contra de que desde una institución del Estado se tomara partido en un caso tan delicado.


Lamentamos profundamente la muerte de Armando Vega-Gil, fiel amigo y compañero de muchos que aquí trabajamos. Sea un útil recordatorio para que las justificadas denuncias de acoso, machismo y violencia en contra de las mujeres no se conviertan en una persecución irresponsable.

También con la etiqueta #MeTooMúsicosMexicanos fue señalado el guitarrista de la banda División Minúscula, Efrén Barrón, por seis mujeres de distintos delitos como presunta violación, intento de homicidio y acoso. Como consecuencia fue expulsado del grupo.

“No voy a quedarme sin hacer nada. Obviamente buscaré ayuda psicológica. Esto no es algo para tomar a la ligera, las mujeres merecen respeto. En verdad lamento mucho todo lo que hice”, escribió el músico en su cuenta de Twitter @efrenbaron.

Este lunes continuó el apoyo de decenas de mujeres y hombres al movimiento, pues lo que había sido silenciado en las redacciones de los periódicos, en los estudios de grabación, en las aulas y las oficinas encontró salida en Twitter ante la falta de acceso a la justicia de las víctimas que denuncian y protocolos en las instituciones, para que las personas puedan desempeñar sus labores en espacios libres de violencia.

“Las personas que han tratado de denunciar casos de acoso ante el ministerio público se enfrentan a un sistema judicial que no funciona, que no le cree a la mujer, donde piden testigos y no hay protección alguna para los testigos. La persona que está denunciando se queda sola y es su palabra contra la palabra del agresor”, dijo Melgar Palacios.

El hostigamiento y el acoso sexual son figuras jurídicas previstas en los artículos 10 y 13 de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia; en la Ley Federal del Trabajo se abordan en el artículo 30. Bis; y en el Código Penal federal en el artículo 259 Bis que establece una sanción de “hasta de ochocientos días de multa” a quien aproveche “su posición jerárquica de relaciones laborales, docentes, domésticas o cualquiera otra que implique subordinación” para acosar sexualmente a otra persona. Mientras que el artículo 260 del Código Penal Federal señala que se impondrá una pena de seis a diez años de prisión, y hasta doscientos días multa, a quien cometa un delito de abuso sexual.

A pesar de la vasta legislación, las estadísticas muestran que las personas víctimas de estos delitos no denuncian. De 2015 a la fecha se han denunciado 7 mil 251 casos de acoso sexual y 4 mil 216 por el delito de hostigamiento sexual, según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP).

“Es un sistema en el que hay muchas leyes, pero no se aplican, porque además las personas que aplican la ley no están capacitadas para atender casos de violencia de género”, dijo la también doctora en Letras por la Universidad de Chicago.

Después de las denuncias en Twitter, el tema comenzó a ser abordado en los espacios de trabajo, en notas periodísticas, en los programas de análisis y en las columnas de opinión. La discusión llevó a medios de comunicación como Nexos a anunciar medidas como la creación de protocolos para prevenir estos casos, aunque otros guardaron silencio.

Según un sondeo que levantó en línea el colectivo de Periodistas Unidas Mexicanas llamado AcosoData, en el que participaron 392 mujeres que trabajan o han trabajado en medios, un 73% dijo que ha vivido alguna situación de acoso sexual en su trabajo.

“Es un primer momento, lo que se busca principalmente es la reflexión colectiva. El espacio laboral no garantiza seguridad a las mujeres”, dijo una de las integrantes de la PUM.


Consulta nuestro 1 en este link Sondeo realizado por sobre el acoso, hostigamiento y agresiones sexuales que enfrentamos todos los días las mujeres que trabajamos en medios periodísticos.




La presentación del nuevo libro del escritor Herson Barona fue cancelada luego de ser identificado por varias mujeres como su presunto agresor. Herson Barona negó las acusaciones. Su caso desató la ola de acusaciones contra escritores conocida como #MeTooEscritoresMexicanos, con lo que comenzó el movimiento el pasado 21 de marzo.

Las denuncias de tres periodistas; Eloísa Farrera, exeditora de la sección Internacional, Itxaro Arteta, exreportera de la sección Nacional, y otra que decidió permanecer anónima, mediante el hashtag #MeTooPeriodistasMexicanos, le costó el puesto a Leonardo Valero, director de operación editorial del periódico Reforma.

Como efecto dominó unos 70 trabajadores de Grupo Reforma enviaron una carta al Comité de Ética de la empresa para pedir un proceso de investigación acorde con la gravedad de los señalamientos. Farrera había hecho público en Twitter que cuando trabajó en el diario acusó a Valero de acoso sin que la empresa tomara cartas sobre el asunto y que al poco tiempo después fue despedida.

“Creemos también que el peso de las acusaciones amerita una respuesta por parte de la directiva del Grupo REFORMA que permita a las empleadas y los empleados saber cuál es la posición de la empresa respecto al caso de Leonardo Valero y qué protocolos serán desplegados de ahora en adelante para prevenir circunstancias similares”, dice la carta que antecedió el anuncio de su destitución.

La red Periodistas de a Pie y los medios de comunicación Máspormás y Chilango anunciaron también la separación de sus trabajadores que resultaron acusados en el #MeToo, mientras transcurren las investigaciones pertinentes.


Autocrítica en el #MeToo


El suicidio del fundador de Botellita de Jerez no es el fracaso del #MeToo y mucho menos del feminismo: es el fracaso del estado en brindar un acceso efectivo a la justicia.
El suicidio del fundador de Botellita de Jerez no es el fracaso del #MeToo y mucho menos del feminismo: es el fracaso del estado en brindar un acceso efectivo a la justicia.
Foto propiedad de: Internet
“Nadie es más arrogante, violento, agresivo y desdeñoso contra las mujeres, que un hombre inseguro de su propia virilidad”  Simonne de Beauvoir  
Mi país es uno en el que menos del 4% de denuncias tienen algún resultado. Esto significa que solo 4 de cada 100 denuncias tienen una sentencia. En 25 de los 32 estados, el índice de impunidad rebasa el 60%. En el país donde crecí, la cifra negra que corresponde a los delitos que no son denunciados, es aún más desalentadora: según el Índice Global de Impunidad México 2018 elaborado por la por la Universidad de las Américas de Puebla (UDLAP), 93 de cada 100 delitos no son denunciados. El estado no tiene la capacidad de asegurar el acceso a la justicia de las personas, menos aún de las mujeres. 
En mi país no hay conocimiento ni verdad, planteando que el asesinato de una mujer por motivos de género es la máxima expresión de violencia, el 70% de los feminicidas está catalogádo como “desconocidos” mientras que el 30% de los agresores están ubicados como personas conocidas por las víctimas, según los datos del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, OCNF. El estado no se ha preocupado en brindar una cifra oficial. La mayoría de las mujeres asesinadas fueron cuestionadas por la sociedad por encontrarse en la calle de noche, por las prendas que vestían, por no haber abandonado a sus feminicidas o por otras trivialidades con las que restaron responsibilidad a quienes les arrebataron la vida.
 En México, el país que yo amo, el estado no ha logrado, con efectividad, brindar cumplimiento a su razón fundamental de existencia: la seguridad. Garantizar la seguridad de los habitantes, la justicia y el desarrollo es la finalidad de un estado, las becas y dádivas sólo tendrían que darse teniendo un suelo común asegurado: el de mantenernos con vida.
En las distintas violencias, las más frecuentes son las del espacio laboral, doméstico y educativo. En mi país, se acosa de manera normalizada, se viola de forma silenciosa y se burlan de las exigencias de justicia. Un gran número de los que nacieron en mi país consideran que las mujeres no deben estudiar, ni trabajar, ni liberarse, ni revelarse, ni decirse “feministas”, ni exagerar, ni exigir, simple y sencillamente, creen que solamente tenemos el derecho a resistir la realidad que nos haya tocado vivir, sin intentar transformarla.
En el fondo, todas resistimos aunque no todas resistimos lo mismo, porque en una cultura de hostilidad para las mujeres que hipersexualiza a la niñez, acosa a la juventud, estigmatiza a la adultez, santifica la maternidad, criminaliza la decisión, juzga la libertad y discrimina a la vejez, ser mujer implica de por sí, una larga lucha.
El movimiento #MeToo tan sólo ha visibilizado lo que por años ha ocurrido: caricias incómodas de quienes ostentan el poder en los espacios laborales, peticiones de encuentros sexuales a cambio de ascensos o calificaciones, piropos no solicitados, pláticas sugerentes no pedidas, besos “robados” y relaciones forzadas. Una cifra incalculable de mujeres han abandonado sus empleos ante situaciones de presión insoportables. Una cifra incalculable de mujeres han renunciado a sus carreras porque alguien las hostigaba, y ni hablar de las mujeres que se han suicidado por haber sido exhibidas en su intimidad, como Julissa, de 19 años, quien se terminó con en Monclova, Coahuila tras la difusión de fotografías íntimas sin su consentimiento.  

¿Era necesario denunciar públicamente los abusos?  

Claro que sí. Aun con las denuncias falsas que fueron promovidas desde el machismo para evidenciar la falibilidad del movimiento. Aun con las denuncias falsas realizadas por revanchas personales. Aun con las determinaciones empresariales de despedir a trabajadores involucrados en denuncias por acoso. Aun con todo, el Estado ha fallado en brindar seguridad, justicia y reparación del daño. Las empresas han fallado en integrar mecanismos preventivos de acoso, en abrir la posibilidad de realizar denuncias anónimas con investigaciones internas sin persecuciones contra las denunciantes. Las universidades han ignorado desapariciones, protestas, quejas y solicitudes de cambio de profesores.
 Cuando se comprobó a causa de los secuestros exprés que las autoridades eran impotentes para mantener seguras a las mujeres, tuvieron que aprender autodefensa.
Cuando se comprobó que los ministerios públicos eran incapaces de integrar debidamente una carpeta de investigación, Irinea Buendía, madre de Mariana Lima Buendía, tuvo que realizar por 10 años una investigación profunda hasta brindar elementos suficientes para que la Suprema Corte de Justicia fallara en su favor Las madres desesperadas resultaron ser más efectivas que el estado, con todo el aparato de investigación y persecución de los delitos.
Como Irinea, cientos de madres emprenden búsquedas en fosas clandestinas hasta encontrar a sus hijas. El Estado falló en dar con la verdad.  

¿El anonimato es el problema?

Cuando Marisela Escobedo exigió justicia por la muerte de su hija, fue acribillada frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua y falleció. 
Cuando Yanelli denunció la violación que vivió tras viajar en un taxi colectivo en el municipio de Huachinango, Puebla, por 2 asaltantes que abordaron el vehículo, fue perseguida, estigmatizada y despedida de su trabajo para “evitar problemas”. Después de la denuncia ante el Ministerio Público realizada por Yanelli, dos hombres ingresaron a su casa, la golpearon, ataron y violaron frente a su hija de dos años, además de tatuarle con una navaja en el pecho la palabra “PUTA”  sólo por haberse atrevido a denunciar.  
Casos sobran para explicar lo necesario que era tener un espacio administrado por mujeres para realizar denuncias. El suicidio del fundador de Botellita de Jerez no es el fracaso del #MeToo y mucho menos del feminismo: es el fracaso del estado en brindar un acceso efectivo a la justicia. Un caso aislado, alentado por diversos factores, nunca sería culpa de las cuentas de Twitter, de la mujer que denunció un acoso sufrido a los 13 años ni de la carrera que, supuestamente, se le terminaría ante la acusación.
Sin embargo, es cierto, la integridad e imagen pública de personas fueron afectados con denuncias, a primera vista, que no correspondían ni siquiera a las víctimas directas de un daño.

De #MeToo a #MeToo  

Dejemos de mirar al feminismo y al movimiento #MeToo como un fenómeno de una sola cabeza. Aunque todas las cuentas en redes tienen el mismo origen, no todas son manejadas de la misma manera.
Para comprenderlo, debemos tener la conciencia de que las mujeres que administran el #MeToo en los diferentes ámbitos, periodistas, políticos, músicos, cine, fotografía y universidades no cuentan con la maquinaria del estado para realizar una investigación ni con la formación de jurista para determinar inocentes o culpables conforme a las leyes.
Ellas cumplieron con la misión de darle voz a las mujeres con miedo que optaron por esta vía para compartir sus casos, partiendo de creerle a las víctimas. Ellas cumplieron con creerle a quienes denunciaban como un mecanismo de justicia y de reparación simbólica del daño. No podía ser de otra manera, más de mil mujeres han vivido la experiencia de llegar a un Ministerio Público o contar un acoso a la comunidad y que nadie crea en lo que se está denunciando. Con este antecedente, es claro que habría falsas denuncias. 
Sin embargo, es de reconocerse que fueron las mujeres del colectivo PUM (Periodistas Unidas Mexicanas) quienes desempeñaron el papel más serio y profesional de cara al movimiento. Ellas se encargaron de verificar que las denunciantes fueran cuentas reales, que las agraviadas tuvieran o hubieran tenido una relación laboral con el medio al que pertenecía el sujeto al que denunciaban, que las denuncias hubieran sido hechas por víctimas y narradas en primera persona, no así como las denuncias de hechos cometidos contra terceras que no constaban a quienes denunciaban. 
Posiblemente, de seguirse lineamientos y criterios éticos básicos para publicar las denuncias, el movimiento no habría sido desacreditado al nivel que lo fue. Entre más colectivo y grande sea un movimiento, más compleja es la comunicación interna. En el punto más álgido de la crisis de comunicación que enfrentaba el #MeToo ante el suicidio de Armando Vega Gil, la cuenta que publicó su denuncia hizo comentarios fuera de lugar sobre la muerte del occiso, asegurando que era una cobardía morir en vez de enfrentar la justicia.
Un día de silencio sobre el tema, no necesariamente sobre las denuncias, habría bastado para que la integridad del movimiento se mantuviera intacta. Lo que comenzó como un espacio liberador, muy pronto fue utilizado por los liderazgos de opinión anti-mujeres para culpar a las feministas, a las denunciantes y a las promoventes de terminar manchadas con el silencio de esta muerte.
De por sí, los actos que realizamos las mujeres son desacreditados por es statu quo de manera constante. En este caso, les brindamos herramientas para plantear algo peor que la venganza: la inhumanidad. Después de todo, un suicidio no determina la inocencia o la culpabilidad de alguien, pero definitivamente, la gente suele sentirse incómoda con señalar a un difunto por sus actos debido a que ya no puede defenderse ni recibir algún castigo. Se torna algo ocioso, aun cuando el derecho a la verdad exista.
 Dentro de las cuentas que abanderaron el #MeToo, hubo algunas menos rigurosas que contribuyeron al tenso ambiente del sistema patriarcal en su intento de deslegitimar la causa.  Personalmente, realicé una solicitud a la cuenta @MeTooPoliticosMx para verificar una denuncia que publicaron a nombre de una tercera persona que no había sido víctima de los hechos que se describían, que además, aseguraban la comisión de un delito grave, y fui ignorada. 
Ni verificaron la denuncia, ni eliminaron la publicación y el daño que le generaron a la persona mencionada ya es irreversible.  
Aunque el mencionado en la denuncia es un fraterno amigo, como persona igualmente lo habría defendido, pues el testimonio no lo hizo una víctima sino un supuesto testigo; parecía más bien, un chisme.  Siempre sorprenderá ver a una persona cercana denunciada por cualquier hecho. Cuando un conocido, compañero o ser querido es denunciado de tal forma, lo natural es que se dude de la veracidad de la denuncia tan sólo porque esa persona es respetuosa con nosotras. 
Al reflexionar sobre la posibilidad de que el hecho denunciado hubiera sucedido, noté que no se trataba de un sesgo personal. Verdaderamente, no había forma de que él hubiera hecho lo que un tercero decía que había hecho.
Si la cercana es, además, una feminista, el gran dilema le hará pasar un mal rato, pues jamás sería capaz de desacreditar el movimiento pero tampoco sería capaz de alentar un hecho falso y ese dilema es en el que, la que escribe, todavía se encuentra. Miro con tristeza como es que en el Tribunal del Feminismo también las mujeres juzgan a otras mujeres que han emprendido algún tipo de defensa, motivada por las razones que sean.
Mi reflexión final es que entre feminismos, nos queda un largo camino por recorrer para construir sororidad, comprensión, comunicación, rigor, ética y clemencia entre nosotras mismas.
Pero el estado, el estado de este país que escurre sangre, debe asumir los costos de su tremenda omisión, porque no solo fue Armando Vega Gil, son 9 mujeres al día; 95 personas al día en promedio, son los homicidios dolosos que incrementaron hasta 122% en algunas entidades, según una comparación de cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), del primer bimestre de este año con las de 2018.
No sólo es el estado. Es el ideario colectivo de este, mi país mexicano, en el que paralizan actividades por un hombre que se suicida unilateral y deliberadamente,  pero miran con indiferencia a la alumna del plantel CCH Oriente de 16 años de edad que fue reportada como desaparecida el 20 de marzo en la alcaldía de Iztapalapa y que el mismo día en que un hombre decidió quitarse la vida, fue encontrada asesinada  en un lugar llamado “Pozo la Longaniza”. Tirada, exhibida y sin tantas oraciones ni lamentos en ninguna red social.
¿Dónde está la escala de valor del hermano mexicano que mira con terror a las mujeres pidiendo justicia y con indiferencia a las mujeres asesinadas en las calles?
Claramente, es grave que un suicidio se haya cometido en nombre del #MeToo, es grave que muchas carreras hayan sido manchadas con acusaciones falsas, es grave no admitir la autocrítica y reconocer las fallas en el movimiento, pero más grave es desconocer la legitimidad que originó al movimiento y negarse a comprender que el responsable original fue el estado con su omisión, incapacidad y desarticulación para ser el garante de institucionalizar y dirimir las disputas de la sociedad, llegando cada día más a extremos poco conocidos.

Armando, una mujer y este horrible mes de abril


OPINIÓN
   

Tras ser acusado en “MeToo-músicos” por acoso a una menor de edad, Armando Vega-Gil no fue linchado mediáticamente, prefirió quitarse la vida antes que enfrentar lo que él supuso que ocurriría: descrédito, cancelación de trabajos, vergüenza pública, crisis familiar.
Las reacciones a su muerte convirtieron el debate casi en un partido de futbol en medios de comunicación y en redes sociales: goles a favor, en contra. Morbo, tristeza, rabia desde las tribunas.
Pero a unos días de su muerte (de la que exculpa a cualquiera en su carta póstuma), queda claro que el marcador favoreció al músico (condolencias, flores, defensas) y dejó a MeToo, a las feministas y a la denunciante como promotoras del triste final del talentosísimo y solidario artista, como responsables por promover el odio y enlodar a “inocentes” (a quienes no se piden pruebas porque la ley ordena su presunción de inocencia).
Nada extraordinario. Es normal, en un país como éste, que se dude y condene a las presuntas víctimas, que se les exijan pruebas, que se critique su falta de denuncia judicial, que se las descalifique por su virulencia verbal o por callar tanto tiempo.
Siempre se sospecha que mienten, se les señala porque sus denuncias tienen “sabor a mentira, a exageración, a morbo, a revancha”, como escribió Blanche Petrich. ¿qué o quién mide, desde dónde se determina eso?
¿Por qué no hablar también del miedo y la ira contenidas por noches y noches, por años incluso; de las secuelas físicas, del estrés postraumático que sufren, muchas veces de por vida, las agredidas y del infierno que inicia para ellas tras una agresión sexual, así sea “solo” acoso?
¿Cómo no van a estar desatadas ante la posibilidad de ser escuchadas, cómo no van a gritar, a vomitar el dolor, la rabia, la impotencia, la imposibilidad de denuncia, el maltrato y la revictimización que sufren ante las instituciones que deberían garantizarles justicia?
Quien no ha estado frente a un MP intentando conseguir justicia por un caso de abuso sexual no conoce el infierno. Y algo de eso sabemos muchas mujeres mexicanas, como lo muestran las cifras del Inegi, de las procuradurías (aún con sus escandalosos subregistros). Sin embargo, callamos y criticamos a quienes gritan y descomponen el ambiente, a quienes polarizan, enlodan y salpican. En México escasea la justicia en esos casos, no importa que la víctima sea una bebé, una niña, una joven, una adulta mayor. No podemos ni debemos ocultarlo.
Leo textos como el del doctor Ernesto Villanueva, quien asume a Armando como víctima, veo mensajes en redes que insinúan que la acusación contra él es igual o similar a las que acostumbraba la Santa Inquisición (y se ilustra con un suplicio). De hecho, así se califica a MeToo: “a ratos… parecía un tribunal sumario, histérico, acrítico”, como sentencia Blanche.
Sí, es posible, de hecho ha sucedido, que algunas acusaciones no se apeguen a la verdad y que se usen como revancha, y se le exige por eso a MeToo que tenga “filtros” para certificar la información, para creerle a las víctimas. En este caso, las promotoras del movimiento aseguran que confirmaron la denuncia de la mujer con otros testimonios. ¿quién retomó esa parte de la respuesta de MeToo para dar su opinión del caso?
En la victimología hay un principio: el de creerle a la víctima. Partiendo de ahí, le creo a la joven, que se investigue, que se proceda y que se respete la presunción de inocencia que garantiza la ley. Pero también creo que Armando tiene razón en muchas de las cosas que dijo de viva voz y de su puño y letra. Y son reveladoras.
Sospecho, al escuchar y leer lo que dijo, y con base en casos que he conocido, en lo que he leído, en lo que he consultado, en vivencias personales incluso, que Armando no miente cuando dice que no es pederasta. No, no hay delito de pederastia, sólo una denuncia anónima que pudo convertirse en tal, pero que él pudo enfrentar mediática y judicialmente.
Pero entonces ¿por qué se mató? Sinceramente, no creo que las repercusiones económicas hubieran sido devastadoras para él, tampoco que su carrera terminara con un hecho así. El país, el mundo está lleno de agresores sexuales y sólo una ínfima minoría purgan penas, porque preferimos olvidar, olvidamos.
Lo que sí creo es que hay indicios de que Armando podría tener una parafilia, pero que también era un hombre -dando por ciertos los testimonios de sus amigos, familia, colegas, etc.- bueno, trabajador, estudioso, solidario…
Aventuro que era un ser que luchó contra esa condición y que seguramente alguna vez sucumbió y lo olvidó o lo quiso olvidar. Siempre el miedo a no caer.  Cobijo la idea de que daba su lucha por no convertirse en algo parecido al delincuente de Neverland o a los curas protegidos por el cardenal y el papa.
Me llama la atención su muy particular e intenso vuelco a la causa de la infancia, con sus decenas de libros, con su relación de apoyo a Lydia Cacho… sublimar, canalizar, desvanecer, evitar el delito.
Creo que Armando no era un sociópata, sino que él mismo era su víctima. Que hablen por favor los especialistas.
En contraste, la denunciante a-nó-ni-ma (con ese énfasis lo dicen, como si anónima fuera sinónimo de mentirosa) señala en su texto que los cuentos para niños de Armando esconden horrores. En el radio, un locutor da la nota del suicidio y al fondo se escucha “niña, niña de mis ojos”.
Me viene a la mente la canción “Candilejas”, escrita por Chaplin, el genial mimo que fue acusado de pederastia y se casó con menores de edad… “Eres luz de abril, yo tarde gris… llegaste a mí cuando me voy… entre candilejas te adoré, entre candilejas yo te amé”…
Sospecho desde anoche, la noche en vela como la que pasaron los amigos y la familia del músico, que Armando tenía esa parafilia, que luchó, que quizá sucumbió alguna vez y sabía que no debía, que no estaba bien, que era delito… era sin duda un hombre consciente, culto, sensible, muy sensible, y no quiso enfrentar la evidencia de que quizá alguna vez no logró vencer a ese demonio…
Queda saber cómo está la denunciante, presunta víctima.  ¿cómo enfrentó la noticia del suicidio, quién la ayuda, quién está con ella en este horrible mes de abril?
Y también me pregunto, ¿si MeToo no sirve, si enloda, entonces qué espacio habrá para las decenas de víctimas de delitos sexuales que se sumarán esta semana las estadísticas? ¿Deben esperar sentadas a la orilla del camino hasta que cambie la ley, a que la 4-T nos dé instituciones que garanticen justicia, o a que pase otro movimiento “limpio, crítico y autocrítico, inteligente, no revanchista”, para hacerse oír? ¿Qué harán, qué hacemos, carajo?

CIMACFoto: Hazel Zamora Mendieta
Por: María Mezgo
Cimacnoticias | Ciudad de México