-¿Cómo va el Diccionario? –preguntó Winston, levantando la voz para vencer el ruido.
-Va despacio –contestó Syme–. Estoy con los adjetivos. Es fascinante. George Orwell, “1984”
Desde que las guerras se libran fundamentalmente contra la población
civil, la mujer ocupa también el lugar prioritario como víctima y
justificación, no sólo de las bombas sino de la propaganda de guerra.
Pero
el cambio de formato en la representación de la guerra,
la elaboración de los relatos justificatorios, la manipulación de la
opinión pública interna y externa, y, fundamentalmente, las nuevas
formas de guerra –la llamada guerra de cuarta generación, guerra
psicológica o guerra encubierta-, han producido transformaciones en la
imagen de la mujer al servicio de las campañas bélicas. Su
imagen se ha convertido en el eje articulador de los relatos mediáticos
en contra de los “Estados canallas” en una nueva dirección, han pasado
de
víctimas o
instigadoras a ser la representación más eficaz de la disidencia interna adoptando el rol de
testigos y
oposición pacífica.
No hay guerras sin medios de comunicación
Las guerras modernas son sobre todo guerras encubiertas, o se
inician como guerras encubiertas, y cuando no consiguen derrocar a los
gobiernos considerados enemigos pasan a ser intervenciones armadas
directas. La guerra total en cualquier parte del mundo promovida por la
administración Bush ha sido continuada por la administración Obama
(Skahill, 2013) con un mayor nivel de sofisticación técnica y eficacia
haciéndola a su vez más rentable económicamente al necesitar un menor
desplazamiento de soldados. Junto con esta nueva configuración de las
intervenciones armadas se ha acrecentado el papel asignado a la
propaganda de guerra. No cabe duda de que el desarrollo, la
especialización y sofisticación de las corporaciones mediáticas en su
compromiso con la expansión de los intereses de las potencias
hegemónicas ha ido en aumento. No hay que olvidar que la forma en que
se expande el capitalismo desde finales del XIX hasta hoy está
indisolublemente unida al desarrollo del capital mediático[1] o este
tipo de entramados de empresas que denominamos
corporaciones mediáticas.
Desde hace años las empresas que reportan más beneficios económicos son
las industrias de armas y las relacionadas con los medios de
comunicación.
En la propaganda de guerra de la I Guerra Mundial
nos dice el profesor Jo Fox (2013)[2] que
las mujeres fueron utilizadas como símbolos de víctimas a las que había
que defender, amas de casa que esperaban a los héroes y mujeres que se
incorporaban al trabajo fuera de casa para apoyar los esfuerzos de la
guerra:
“Propaganda tended to depict women as guardians of the home,
their gentle nature and vulnerability making them both objects of men’s
affections and victims of the enemy’s barbarous acts, and yet also as
resilient, active participants in the war effort.[3]” . Los hombres
acudían a la guerra para defender el honor y la forma de vida, para
proteger, pues, a sus mujeres y niños, y las mujeres guardaban el hogar
al tiempo que se incorporaban a los esfuerzos bélicos en el ámbito de
la producción. Fox se ocupa especialmente de analizar el rol de las
mujeres ilustrándolo con los carteles publicitarios y no tanto con los
discursos generados en otros ámbitos no tan circunscritos a la
propaganda de guerra. Sin embargo, ya en la la I GM los medios de
comunicación de masas formaban parte de un sistema complejo de
propaganda que abarcaba los ámbitos de la publicidad, el ocio, la
educación y la información[4].
Tradicionalmente la imagen de la mujer en el capitalismo ha venido
asociada a imágenes que estereotipaban el papel que en cada momento se
necesitaba potenciar para esta parte de la población. Los valores
adscritos al género femenino cumplían y cumplen una función clave en la
reproducción del conjunto de los valores hegemónicos que sostienen el
capitalismo. De ahí que la propaganda de guerra se ensartara en ese
sistema general de representaciones de la vida cotidiana.
En la cultura de masas contemporánea los estereotipos básicos que
han predominado serían tres. El crítico de cine Romá Gubern hablaba en
1984 de dos de ellos que respondían a las necesidades sectoriales “de
los rectores y gestores de la cultura mosaico masmediática”[5], por un
lado la “Gran Tentadora del hombre”. Un estereotipo que proviene de la
cultura judeo-cristiana de carácter patriarcal y que lleva implícita la
culpabilidad de la caída o la pérdida de la felicidad. Asociado a este
mito estaría el arquetipo de “la casta Susana” que se situaría en el
otro extremo del eje representacional mostrando a la mujer sumisa,
vulnerable y dependiente. El otro estereotipo básico de la cultura de
masas provendría de la producción europea y sería el de la “mujer
pérfida, prepotente y castradora”. Según este autor “Entre estos dos
polos, entre la mujer ofrecida y deseada (Susana) y la mujer fálica y
antagónica (Wanda), se mueven los sueños y ensueños de las fabulaciones
fantásmáticas de la cultura de masas, generada por el universo
representacional masculino, y que como puede verse jamás ofrecen
relaciones democráticas o simétricas”[6]
Cada una de estas dos coordenadas básicas tendría un conjunto de
roles asociados que son explotados por la propaganda de guerra. El
papel de la mujer sumisa y vulnerable se despliega en su máxima
expresión en las contiendas bélicas pasando a ser la “víctima”. Pero
también la mujer pérfida y castradora cumple su papel con la
culpabilización de los que renuncian a la guerra o se muestran
indecisos.
Junto con ambos estereotipos básicos habría que señalar un tercero
que concentraría la imagen de la nueva mujer integrada en la modernidad
desempeñando cualquier papel tradicionalmente masculino, en la empresa,
en el ámbito político o en el militar. Adquiere así el papel de heroína
capaz de desempeñar cualquier rol incluso de forma simultánea, muy
alejada de la heroína clásica cuyas actividades se dan en la
retaguardia.
La imagen de “víctima” se funde con la de heroína. Cambiar algo para que nada cambie
La incorporación masiva de la mujer al ejército y el desarrollo de
las nuevas formas de guerra en las que los medios de comunicación que
constituyen dispositivos fundamentales, inauguran, aparentemente, un
nuevo rol para la mujer que antes estaba reservado a los hombres el de
“héroe”. La irrupción de la mujer en el ámbito de la guerra, no como
parte de la sociedad civil que la colocaba en el mismo nivel de víctima
que los niños o los ancianos, sino en tanto que mujer-soldado, implica
una transformación de su imagen mediática, es decir, se transforma su
imagen clásica de víctima.
La mujer irrumpe en un espacio hasta este momento reservado a los
hombres, es un espacio público, el espacio de la confrontación. Pero en
ese nuevo rol, que aparentemente la equipara al masculino, es sólo
apariencia, como sostiene Deepa Kumar (2004)[7] en el análisis de la
historia de la liberación de la soldado Jewssica Lynch en la guerra de
Iraq, la narrativa que se construyó a raíz de su liberación en un
momento en el que las cosas no iban bien para EEUU permitió convertirla
en un símbolo de la actitud civilizada de Occidente hacia las mujeres,
justificando el argumento de que EEUU estaba liberando a la población
de Iraq. Es decir, la historia sirvió de fundamento al objetivo de la
propaganda de guerra.
Esta historia, junto con la mentira de las incubadoras, en la
primera guerra de Iraq (1991) de la que se construyó la imagen de la
mujer testigo (la
hija del embajador kuwaití en EEUU) se insertan en la doctrina de la
guerra por motivos humanitarios y funde el rol de la mujer víctima con
el de la mujer heroína.
Efectivamente, el rol fundamental de la mujer en los relatos bélicos
clásicos ha sido el de víctimas de forma que el hombre pudiera tener la
oportunidad de desarrollar su papel de héroe salvador. Kumar cita a
Susan Jeffords (1991) en su análisis de la narrativa acerca de las
víctimas en lo que denomina “escenario de protección”, para esta autora
habría tres actores en este escenario “la víctima/a proteger”, el
“villano” del que hay que protegerla y el “héroe/protector”. Este
esquema se puede visualizar nítidamente en la primera guerra de Iraq,
también en la guerra contra Afganistán y en la guerra de ocupación de
Iraq del 2003. A él habría que añadir el de la mujer instigadora (Linda
Grant De Pauw, 1998) que perteneciendo al grupo del hombre que va a la
guerra le sirve de inspiración en la lucha o le castiga o le culpa si
no va a la guerra.
En estos mitos clásicos subyace la cosificación de la mujer, una
representación que sustituye al ser humano y le hace moldeable en
función de los intereses en juego. En el nuevo arquetipo, la mujer se
convierte aparentemente en sujeto activo. Pasa al espacio de lo
público-político en su expresión más extrema, la guerra.
Para algunos movimientos feministas esta irrupción en el espacio
tradicionalmente masculino implicaría un empoderamiento femenino que,
junto con su participación efectiva en el campo de batalla, sería un
paso hacia su liberación. La realidad, como señala Kumar es que el
nuevo rol de las mujeres ocupando puestos de poder en el ejército
emerge de la negación de su feminidad (Kumar, 298), y el caso de J.
Lynch (víctima/heroína) en tanto construcción mediática y militar al
servicio de un objetivo de propaganda, refuerza las nociones
patriarcales de feminidad. Además, este tipo de historias son la base
de los argumentos pro-guerra emocionales. La elección de la mujer como
heroína sirve también para demostrar la superioridad de la civilización
occidental, “For over two centurias, colonial and imperialist nations
have justified brutal wars through the logia of “liberation”,
“protection” or “humanitarianism” (Kumar, 2004; 310).
Sin embargo, en la nueva concepción de la guerra, como señalé
anteriormente, conviven ambos imaginarios. No se abandona el papel de
víctima que suministra las razones para la guerra pero ahora tendrá
nombre y apellidos, por ejemplo el caso de la niña pakistaní Malala
Yousafza, o se identifica con un grupo cultural o étnico específico.
Frente a la mujer abstracta la mujer árabe o las mujeres de los
disidentes en Cuba y Venezuela. Anteriormente las mujeres kosovares
víctimas de la limpieza étnica, luego las mujeres afganas y
paquistaníes sometidas por los talibanes, las mujeres liderando las
llamadas revoluciones árabes, o las madres y esposas cubanas y
venezolanas asumiendo la causa de sus maridos.
La mujer en la propaganda de las “nuevas guerras humanitarias”
El formato de las guerras ha cambiado y con él las formas en las que
la propaganda utiliza la representación de la mujer. En las llamadas
guerras de cuarta generación las corporaciones mediáticas adquieren un
papel hegemónico y la “venta” de las acciones de guerra se adapta a los
nuevos formatos y los nuevos contextos geográficos. La liberación de la
mujer como paradigma de “sujeto-objeto oprimido” junto con el discurso
del
empoderamiento serán el
leitmotiv de las nuevas
intervenciones humanitarias. En ambos casos los discursos siguen
tributando a la imagen de un Occidente civilizado frente a un mundo
colonial bárbaro: liberar a las mujeres y convertirlas en sujetos
activos de su propia liberación. En cierta forma las transforma en
agentes inconscientes al servicio de intereses ajenos.
Las nuevas intervenciones humanitarias necesitan de un mayor
protagonismo del ámbito de intelectuales y artistas que son los
replicadores y difusores de las imágenes adecuadas. Para Jean Bricmont,
a partir de la guerra de Yugoslavia en 1999 se genera una cohorte de
clero secularizado que se pone al servicio de la propaganda de guerra
favoreciendo la ingerencia apoyándose en claves morales. Según
Bricmont, la propaganda bélica se habría movido en dos direcciones: a)
lo que llama el imperialismo humanitario, que se apoya en creer que
nuestros “valores universales” (la idea de libertad, democracia) nos
obligan a intervenir en cualquier lugar. Sería una especie de deber
moral (derecho de injerencia); b) el “relativismo cultural”, que parte
de que no hay costumbres buenas o malas. Los valores universales
(occidentales) en relación a la “liberación de la mujer” suministrarán
las coartadas para las intervenciones en el mundo árabe musulmán. Pero
paradójicamente, una vez implantado el gobierno adecuado, será el
relativismo cultural el que justifique la vuelta a la
Sharia
como fuente de derecho en Afganistán y Libia o la promoción de leyes
restrictivas para las mujeres en el caso de Túnez con el partido
islamista Ennahda en el poder.
También Chomsky en
El nuevo humanismo militar. Lecciones de Kosovo
analiza que el presidente Clinton justificó los bombardeos de la OTAN a
la República Federal de Yugoslavia para detener la limpieza étnica y
“devolver la estabilidad a Europa oriental” (Chomsky, 2002) La guerra
se vendió para propiciar los valores occidentales de libertad y
democracia convirtiéndose, en palabras de Clinton en “una guerra justa
y necesaria”. Cyril Capdevielle en su artículo sobre la guerra de la
información señala que un documento desclasificado por el Archivo
Nacional de Seguridad, daba cuenta de que ya en el 2003 había una
estrategia del Pentágono para controlar la información que iba desde la
guerra electrónica a la intoxicación masiva de los medios, pasando por
la “guerra a Internet” y múltiples operaciones psicológicas.
Un nuevo documento desclasificado del 2006
volvía a señalar la importancia de las Operaciones de Información que
debían ser complementarias de las fuerzas aéreas, terrestres, navales y
de las fuerzas especiales[8].
No cabe duda de que en estas particulares formas de control de la
información la representación de la mujer que hicieron los medios en
estos conflictos fue una de las claves de la intoxicación informativa,
lo cual no quiere decir que no se apoye en elementos de verdad que son
la base para la instrumentalización de los estereotipos de género (lo
veremos más adelante).
Especialmente en el caso de la guerra contra Afganistán la campaña
previa a la intervención fue muy prolífica en imágenes que sintetizaban
magistralmente el relato de la necesidad de la intervención
humanitaria. Mujeres cubiertas con el burka completo, sentadas y en
actitud pasiva, rodeadas por uniformes y hombres armados a los que
tampoco se les ve la cara, mujeres cubiertas retratadas por la espalda
llevando de la mano a niños, ojos de mujeres enjaulados en la ventana
de su burka… todas ellas inundaron los medios, las redes sociales,
Internet, artículos académicos convirtiéndose en un grito desesperado
hacia las poblaciones occidentales para justificar la intervención. Por
un lado se reafirmaban los valores universales respecto de las mujeres,
aparentemente asumidos y defendidos por Occidente frente al mundo
musulmán, por otro se suministraban los principales argumentos para
apoyar el esfuerzo de guerra.
En el artículo de Julien Levesque publicado en Global Reserch “From Afghanistan to Syria: Women’s Rights, War Propaganda and the CIA”[9],
esta autora nos señala que el caso de las mujeres afganas ha sido
utilizado por Estados unidos y sus aliados para legitimar la
intervenición con el objetivo real de defender sus propios intereses.
En octubre del 2001
“Western
heads of state, UN officials and military spokespersons will invariably
praise the humanitarian dimension of the October 2001 US-NATO led
invasion of Afghanistan, which allegedly was to fight religious
fundamentalists, help little girls go to school, liberate women
subjected to the yoke of the Taliban”[10].
Como sabemos fue Estados Unidos quien en 1996 instauró el régimen
Talibán e Afganistán lo que dio lugar al en 1996 a una supresión de
los derechos de las mujeres.
Como afirma Levesque
los Estados Unidos destruyeron la educación secular en Afganistán.[11] Es más gastaron ingentes cantidades de dinero para favorecer la educación religiosa en las escuelas:
“Los libros de texto publicados en las
principales lenguas afganas Dari y pashtún, se desarrollaron en la
década de 1980 bajo una subvención de ayuda a la Universidad de
Nebraska-Omaha y su centro de estudios de Afganistán. La Agencia (AID)
gastó $ 51 millones en programas de Educación de la Universidad en
Afganistán desde 1984 a 1994.” (Washington Post, 23 de marzo de 2002)

Women now. Foto: AFP/ Shah Marai.
Es interesante cómo esta misma autora recoge imágenes de la
vida cotidiana de las mujeres afganas antes del ascenso de los
talibanes. En ellas, como vemos, la representación de las mujeres
encajaba perfectamente en los estándares occidentales y en la política
soviética respecto a la educación y la igualdad entre mujeres y
hombres. Vemos en ellas a mujeres universitarias compartiendo reuniones
y grupos de estudio, paseando por Kabul luciendo minifaldas. Pero estas
imágenes fueron borradas de todos los relatos sobre Afganistán, incluso
de aquellos más críticos que traban de contextualizar con más detalle
la situación del país. Para que funcionara la propaganda bélica ninguna
imagen disonante podía salir a la luz.

Kabul University in 1980.

Afghan women in the 1970s before the CIA-led intervention.
En 1979, señala Levesque que hay una directiva del president Carter
de ayuda encubierta a los opositores al régimen con la finalidad de
socavar la influencia soviética. Es decir, la guerra encubierta
utilizando la ayuda económica para incidir en las mentalidades. La
operación encubierta tuvo bastante éxito como sabemos.
El propio asesor estadounidense Zbigniew Brzezinski en una
entrevista en 1998 señala que la causa de la destrucción de Afganistán
como nación está precisamente en esta directiva presidencial[12].
También Carol Stabile y Deepa Kumar[13] analizando la atención de los
medios de comunicación estadounidenses y los discursos presidenciales
del momento en relación a las mujeres y los niños en Afganistan
responde a un tratamiento cínico e interesado cuyo objetivo fue el
servir de pilar ideológico mediante el cual las élites vendieron a la
población la guerra. Además señalan, se dio visibilidad a las mujeres
precisamente en una sociedad tan sexista como la estadounidense
apoyándose en las dos narrativas tradicionales que dieron fuerza
retórica al discurso imperial: el escenario de protección y el
Orientalismo.
La mujer empoderada liderando “primaveras”
En estos momentos la historia parece repetirse para el caso de Siria
donde podemos encontrar, no sólo la misma estrategia de alimentar el
conflicto interno apoyando a los grupos yijadistas (
Chossudovsky[14])
sino que surgen gran cantidad de páginas web, ongs que difunden a
través de las redes sociales e Internet las “peticiones de las mujeres
sirias” respecto a una “transición y reconciliación”
[15]
Por supuesto la USAID participa promoviendo los encuentros de las
mujeres sirias a las que recomienda se unan en su trabajo, en una
agenda común que las haga más poderosas.
[16]
En enero del 2013 en lo que ellos llaman el aniversario de la
“revolución siria” se organizó un encuentro del que surge la
articulación y creación de una estructura en red de grupos de mujeres a
las que se alienta a tener un papel relevante en la “transición siria”
No sólo EEUU a través de USAID sino sus socios europeos, concretamente
en este caso el
Olof Palme International Center Se crea la Red de mujeres por la democracia con patrocinio de
U.S. Department of State’s Office of Global Women’s Issues. Y se presentan en Qatar como “
We,
a diverse group of Syrian women, gathered to discuss the role of women
in Syria’s transition to a peaceful democracy bound by the rule of
law…will seek to establish an independent and inclusive women’s
network.” En este caso, el giro discursivo supondrá una
redefinición del rol de la mujer con una función clara de desplazar la
imagen negativa y deslegitimada de los grupos disidentes en el exilio.
Sin embargo
esta representación de la mujer en los
conflictos como figura de consenso que despierta más simpatías y
funciona mejor de cara a conformar una opinión pública favorable a los
cambios de gobierno, lleva años operando para el caso de Cuba y más
recientemente también para la desestabilización en Venezuela.
En los conflictos denominados eufemísticamente
guerras de baja intensidad,
los medios al servicio de la propaganda de guerra ensartan sus
representaciones de la mujer en las representaciones tradicionales de
estos países. Así tenemos que en el caso de Cuba y por contraste con el
caso de Oriente se da un juego con el imaginario de la mujer caribeña
en un doble sentido: liberación respecto de la prostitución y
empoderamiento como sociedad civil capaz de rebelarse. El caso de la
blogera Yoani
o el de las Damas de Blanco son construcciones estereotipadas al
servicio del discurso del “protagonismo de la sociedad civil” liderada
por las mujeres.
La explotación mediática de estos estereotipos se adapta al contexto
del conocimiento europeo y estadounidense y a los objetivos de la
intervención. Así la condición de la mujer en estos países es
irrelevante, se suprimen del discurso todos aquellos datos que pudieran
entrar en contradicción con la imagen de una mujer que sufre con mayor
rigor la represión o la falta de libertades. También esta
representación queda desgajada del resto de las condiciones que vive la
población cubana. Especialmente en Cuba cualquier representación que
reflejara mínimamente la condición social de la mujer quitaría
relevancia a la función propagandística negativa que ha de cumplir la
imagen de la mujer que se construye como arma de propaganda contra el
gobierno:
“..la fuerza de un estereotipo, su acogimiento y uso
como concepto comunicativo, se mide en relación directa al grado en que
éste es percibido por sus oyentes como representación válida de la
realidad” (Robyn Quin).
Los intentos recientes de derrocar al gobierno legítimo de Venezuela
han puesto en marcha una campaña de propaganda similar a la de Cuba.
Según Cubainformación
“Pareciera que la CIA intenta en
Venezuela clonar a una de sus criaturas creadas para Cuba: las llamadas
Damas de Blanco. Lilian Tintori, esposa del líder derechista venezolano
detenido, Leopoldo López, sería el exponente principal de esta
operación […] Hace unos días, hacía un llamada en los medios “a la
unidad de las mujeres venezolanas que marchan por las calles” que “no
quieren más violencia, sangre, ni muertos”. Curioso. Nos habla de paz
en Venezuela quien dice llevar el mensaje de su esposo, Leopoldo
López”[17]
De modo similar, la imagen violenta de la oposición al gobierno de
Nicolás Maduro
intenta ser contrarrestada por la imagen amable de su joven esposa que
se manifiesta pacíficamente pidiendo “un cambio de gobierno”. En este
caso, la condición social de las mujeres venezolanas que se presentan
liderando el movimiento también desaparece de la escena. Deducir que se
trata de mujeres de extracción social alta que han visto afectados sus
intereses de clase por las políticas sociales del gobierno venezolano
entraría en contradicción con la propaganda elaborada, de modo que la
imagen construida a través de las fotografías y los discursos pierde
todo rasgo contextual.

Imagen de una marcha de las Damas de Blanco en Cuba, EFE.

Imagen de las Damas de Blanco en Venezuela.
Mujeres vestidas de blanco sin ningún rasgo en el vestir que delate
su condición social. Fotografiadas con flores y palomas tratando de
forzar mediante la simbología más simple la construcción de una imagen
de paz y diálogo. La función principal de estas representaciones será
sustituir el estereotipo clásico de la disidencia interna.
El estereotipo anterior prioritariamente masculino jugaba igualmente
con la simplificación pero en el campo de los contenidos políticos y
generaba dudas y cuestionamientos relacionados con la confrontación de
ideologías. La construcción de la imagen de la disidencia cubana ha
tenido serias dificultades por la evidencia objetiva de ser una
realidad muy marginal. Sin embargo, las construcciones recientes
utilizando la imagen de la mujer parecen estar dando mejores resultados
ante la opinión pública europea y estadounidense.
Si los estereotipos son tan eficaces como propaganda de guerra es
porque una de sus principales funciones es la de fundamentar o
legitimar nuestras opiniones sobre “los buenos y los malos”; organizar
las informaciones que se vayan produciendo (que se ensamblarán en estos
marcos de referencia) a modo de sistema cognitivo selectivo y reforzar
nuestros prejuicios que se convierten en “el sentido común evaluativo”
de un gobierno.
Siguiendo a Robyn Quin,
“un estereotipo es una representación repetida
frecuentemente que convierte algo complejo en algo simple. Es un
proceso reduccionista que suele causar, a menudo, distorsión porque
depende de su selección, categorización y generalización, haciendo
énfasis en algunos atributos en detrimento de otros”.
Esta definición nos permite entender la utilidad del hábil manejo de
la representación de la mujer en los conflictos y su necesaria
estereotipación. El estereotipo cumple la función ideológica de
demonizar al gobierno al que se ha declarado enemigo y tiene una
relación muy estrecha, en los casos que analizamos, con la difusión e
implantación de la ideología liberal.
Las imágenes que se difunden a través de los medios, ya sea la de
una bloguera o la de una Dama de Blanco manifestándose, estarán llenas
de connotaciones negativas hacia Cuba derivadas de la ideología liberal
respecto a la libertad de expresión, por ejemplo. Así mismo la
ideología anticomunista permitirá explicar la represión de las
“manifestaciones pacíficas” sobre la base del imaginario preconstruido
del comunismo como régimen totalitario y sin libertades.
El caso específico de las Damas de Blanco: una imagen con mucha munición
El caso de las damas de blanco emerge como una construcción
propagandística con dos ejes articuladores: el pacifismo (para
contrarrestar la imagen negativa de las campañas estadounidenses contra
Cuba y Venezuela) y los valores humanitarios. En el caso concreto de
Cuba hay dos representaciones de la mujer que funcionan como propaganda
de guerra: la bloguera Yoani (joven y tecnológica) que se convierte en
el caso típico (Zizek) generalizable de la situación de los jóvenes
cubanos y las damas de blanco (madres y esposas) que se dirige a
cambiar el imaginario sobre la “disidencia cubana”.
La función instrumental de estas representaciones puede analizarse
en función de los efectos de penalización del gobierno cubano y del
venezolano en tanto que países comunistas, es decir, una reconstrucción
del estereotipo del
comunismo como
dictadura. La imagen
de la mujer que toma el testigo de sus esposos o hijos frente a la
represión de las dictaduras ya contaba con antecedentes en el contexto
latinoamericano: Las Madres de la Plaza de Mayo.
De modo que
conformar una imagen con alto poder connotativo específico en relación
a los gobiernos latinamericanos no ha sido demasiado complicado.
Al mismo tiempo, la inversión causa-efecto propia de los
estereotipos se cumple en ambos casos. Las actuaciones de los gobiernos
cuando se producen manifestaciones de estas mujeres les coloca en la
tesitura de o bien renunciar a sus funciones de garantizar el orden
social o de ser estigmatizados como “gobiernos totalitarios”. En el
primer caso, las mujeres que se manifiestan son “duramente reprimidas”
por la policía cubana aunque las imágenes no reflejen dicha brutalidad,
el texto que acompaña a estas imágenes así lo califica. La inversión
se produce porque la causa de las detenciones no es la realización de
ningún acto ilegal –en muchas ocasiones promovido por una potencia
extranjera- sino que es la propia naturaleza del gobierno cubano o
venezolano (represivos) lo que explica las detenciones.
Por contraste, las imágenes
inmaculadas de las mujeres
contribuyen a la demonización de los gobiernos cubano y venezolano. Los
continuos intentos, especialmente en Venezuela, para crear foros de
diálogo con la oposición y favorecer la utilización de los cauces
institucionales, son constantemente negados por las imágenes de los
medios. Al mismo tiempo, frente a la imagen esterotipada, ya habitual,
de las manifestaciones con gran carga de violencia de las poblaciones
latinoamericanas –por ejemplo las más recientes en Chile o en Brasil-,
los medios lanzan un doble mensaje asociado a la condición de madres y
esposas de las mujeres: la paz y el diálogo.

Manifestación de mujeres venezolanas. La mujer en el centro de la pancarta es la esposa de Leopoldo López.

Imagen de Berta Soler, representante de las Damas de Blanco, en Miami. / Gaston De Cardenas Foto: EFE.
Otro de los aspectos que refuerza la eficacia de la imagen de la
mujer como nueva representación de la “oposición” es la posibilidad de
conseguir un reconocimiento internacional. La concesión de los premios
Sajarov a las Damas de Blanco cubanas, o los premios de periodismo a
Yoani proyectan una imagen “homologada” de la protesta social en Cuba.
Protestas “pacíficas” -y colateralmente su vínculo con lo “religioso”-
son dos imaginarios de consumo interno de las poblaciones europeas y
estadounidenses que además, enlazan subliminalmente con las campañas
institucionales contra la violencia de género.[18]
Al
igual que ocurre para los casos de las llamadas primaveras árabes, la
oposición encabezada por mujeres permite más fácilmente apelar al
sentimiento de la ayuda, es decir, la intervención. Son las propias
mujeres como representantes de la oposición quienes piden la
intervención extranjera[19]. Sobre
una imagen de la nueva líder de las Damas de Blanco, Berta Soler, una
mujer negra que aparece vestida de blanco inmaculado y con una flor en
la mano, aparece el titular “Berta Soler pide “mano dura” con el
gobierno de Cuba”. De la misma forma que en los casos de Siria por
ejemplo, los refugiados son los que pedían la intervención de la OTAN.
Mientras que la imagen tradicional de la “oposición” no podía
permitirse el llamamiento a la intervención extranjera, quedaba
constreñida a su papel de denuncia, el imaginario, tan potente, de la
mujer como símbolo de paz permite este tipo de llamados.
A modo de cierre
Estudiar las nuevas representaciones de la mujer en la propaganda de
las guerras encubiertas nos ayuda a entender cómo funciona el nexo
entre la imagen y la ideología. Si como dice V. Dijk las “ideologías se
relacionan con los sistemas de ideas y especialmente con las ideas
sociales, políticas o religiosas que comparte un grupo o movimiento” y
“no sólo dan sentido al mundo (desde el punto de vista del grupo), sino
que también fundamentan las prácticas sociales de sus miembros” el
manejo y control de la “imagen de la mujer” en relación a los
conflictos bélicos constituye una pieza clave de transmisión ideológica
y de motivador del posicionamiento en relación a determinado conflicto.
Consideradas las ideologías como “sistemas básicos” de creencias,
habría un conjunto de creencias más específicas que se organizarían a
su alrededor, es decir, los prejuicios y actitudes negativas hacia Cuba
y Venezuela que se ensamblarían en el conjunto de creencias compartidas
por las poblaciones estadounidenses y europeas. De ahí que el cambio de
roles de la mujer en estos contextos haya provocado también una
reconfiguración de la utilización de las imágenes de las mujeres en los
conflictos.
Una pregunta que no deberíamos dejar de hacernos respecto a la
función que cumplen estas representaciones es a quién benefician y a
quién perjudican y en qué grado. Las representaciones estereotipadas
pueden utilizarse para estigmatizar y convertir en una amenaza al grupo
que es representado, pero en el caso de la imagen de la mujer como
propaganda de guerra el grupo que queda estigmatizado y al que se
quiere “demonizar” suele ser un gobierno, un sistema como en el caso
del comunismo en la guerra fría, o determinadas políticas.
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Saunders, S. Frances (2013) La CIA y la guerra fría cultural, Debate, Barcelona
Scahill, J. (2013) Guerras sucias. El mundo es un campo de batalla, Paidós, Barcelona
Stabile, Carol A. (2005) Unveiling imperialism: media, gender and the war on Afganistán, Media, Cultura & Society, Vol 27(5)
Van Dijk, Teun A. (2011), Ideología y discurso, Ariel Lingüística, Barcelona
………
Notas
[1] Con el adjetivo de mediático no pretendemos más que una
distinción analítica respecto del término genérico Capital. En realidad
no hay un capital industrial, un capital financiero, o un capital
mediático, se trata de distintas formas en las que se concreta el
proceso de acumulación, y todas ellas son formas entreveradas pues no
hay corporaciones que se dediquen única y exclusivamente al área de los
medios y la mayoría de las empresas, sobre todo las grandes, invierten
importantes sumas de dinero en estas áreas.
[2] Jo Fox, Women in World War One Propaganda,http://www.bl.uk/world-war-one/articles/women-in-world-war-one-propaganda
[3] “ La propaganda tendía a representar a las mujeres como
guardianas del hogar, su naturaleza amable y su vulnerabilidad las
hacía doblemente objetos de los afectos de los hombres, por un lado
como víctimas de los actos bárbaros del enemigo y también en la medida
en que se quedaban en el hogar, participantes activos de los esfuerzos
de guerra.”
[4] También se suele señalar el papel de la prensa norteamericana
durante la guerra hispano-americana especialmente con el caso del
magnate Randolph Hearst, propietario del New York Journal comenzaba a
dar indicios de constituir un sistema más integrado con la política
internacional.
[5] R. Gubert, Estereotipos femeninos en la cultura de la imagen contemporánea; Análisis, nº 9, 1984, 33-40
[6] op.cit, p. 35
[7] Deepa Kumar, War propaganda and the (ab)uses of women. Media
constructions of the Jessica Lynch story; Feminist Media Studies, Vol.
u, No. 3, 2004)
[8] Cyrille Capdeville, La Guerra de la información, «The importance
of dominating the information spectrum explains the objective of
transforming IO into a core military competency on a par with air,
ground, maritime and special operations»).
[9]http://www.globalresearch.ca/from-afghanistan-to-syria-womens-rights-war-propaganda-and-the-cia/5329665
[10] ”.Los jefes de Estado occidentales, funcionarios de Naciones
Unidas y portavoces militares han alabado la dimensión humanitaria de
la invasión de Afganistán. Supuestamente se debía luchar contra los
fundamentalistas religiosos, ayudar a las niñas a ir a la escuela y
liberar a las mujeres sometidas al yugo de los talibanes”
[11] The number of CIA sponsored religious schools (madrassas) increased from 2,500 in 1980 to over 39,000 [in 2001]. (I
[12]http://www.globalresearch.ca/articles/BRZ110A.html
[13] Profesoras de la Universidad de Wisconsin y Rutgers en
Unveiling imperialism: media, gender and the war on Afghanistan, Media,
Culture & Society © 2005 SAGE Publications (London, Thousand Oaks
and New Delhi), Vol. 27(5): 765–782
[14] Michel Chossudovsky, Syria: Women’s Rights and Islamist
Education in a “Liberated” Area of Aleppo, Global Research, March 27,
2013.)http://www.globalresearch.ca/syria-womens-rights-and-islamist-education-in-a-liberated-area-of-aleppo/5328510
[15]http://www.wdn.org/news-events-press-center/events/women-demand-role-syria%25E2%2580%2599s-transition-and-reconciliation
[16] In her remarks, Carla Koppell, senior coordinator for Gender
Equality and Women’s Empowerment at the United States Agency for
International Development, advised, “If the most diverse group of women
can find a common agenda, it will have enormous strength.”
[17] Cubainformación, “La CIA intenta clonar las Damas de Blanco en Venezuela”,http://www.cubainformacion.tv/index.php/objetivo-falsimedia/55287-ila-cia-intenta-clonar-a-las-damas-de-blanco-en-venezuela
[18] El País, Cuba detiene a 70 Damas de Blanco en vísperas de la visita del papa, 18/03/2012http://internacional.elpais.com/internacional/2012/03/18/actualidad/1332105094_812293.html
[19] El País, Berta Soler pide “mano dura” con el gobierno de Cuba; 1/o5/2013http://internacional.elpais.com/internacional/2013/05/01/actualidad/1367361654_823778.html
Este texto fue presentado por la Dra. Ángeles Diez en la inauguración del XI Encuentro Iberoamericano de Género y Comunicación,
en La Habana, el 28 de mayo de 2014. El encuentro, que sesionará hasta
el próximo viernes, es organizado por la Unión de Periodistas de Cuba
(UPEC), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la Asociación Cubana
de Comunicadores Sociales (ACCS).