9/21/2014

Vic y Flo vieron un oso



Carlos Bonfil
Foto
Fotograma de la cinta del realizador quebequense Denis Côte,de cuyo trabajo el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara ofreció una retrospectiva

Rupturas genéricas. Vic y Flo vieron un oso (Vic et Flo ont vu un ours, 2013), del realizador quebequense Denis Côte, de cuyo trabajo el pasado Festival Internacional de Cine en Guadalajara ofreció una retrospectiva, es una comedia del absurdo que de modo paulatino y bizarro se vuelca en el drama y el horror. Como pudieron apreciar quienes tuvieron acceso a sus seis largometrajes anteriores este año, el director es uno de los artistas más inclasificables e imprevisibles en el cine canadiense contemporáneo. No sólo se aleja de las narrativas tradicionales, también amalgama en ocasiones ficción y documental, disloca los géneros y propone híbridos de un cine de acción en el que no es inusual encontrar largas secuencias contemplativas.

De Los estados nórdicos a Nuestras vidas privadas, hasta cintas perturbadoras como Curling y Carcasses, Denis Côté se ha vuelto un sensible cronista de Québec, su región natal, capturando a través de sus paisajes rurales el desasosiego de sus personajes, sus conflictos sentimentales, las disfunciones familiares, y también el miedo a la soledad, al envejecimiento y a la muerte. Esta manera de combinar paralelamente la captura del mundo físico (una naturaleza a menudo inhóspita y salvaje) y los estados anímicos de seres con personalidades o identidades siempre escindidas, cuando no al borde del colapso, ha sido reconocida como su sello estilístico más distintivo.

Vic y Flo vieron un oso es, a pesar de su aparente complejidad, el ejemplo más claro de esta apuesta por un cine subjetivista vigorosamente anclado en la realidad social. El documentalista atento a las rutinas del mundo laboral (Que tu alegría perdure) ofrece aquí una ficción caprichosa y extravagante situada en los bosques de Kirkdale, al noreste de Montreal, donde vive aislada del mundo Victoria (Pierrette Robitaille), una temperamental mujer sexagenaria recién salida de la cárcel. Comparte primero una modesta morada campestre con un tío mudo y parapléjico, y después con su amiga íntima Florence (la francesa Romane Bohringer), 20 años menor, y que alguna vez fue compañera suya de celda y también su amante.

El rencuentro de las dos mujeres es intenso y festivo. El cineasta captura la vida cotidiana de las dos amantes marginales, su arreglo doméstico pletórico de sensualidad aunque no exento de dificultades, su singular convivencia con el tío discapacitado y también con Jackie (Marie Brassard), una vecina maniática e impertinente. Todo transcurre en una calma aparente, sólo interrumpida por las visitas de Guillaume (Marc-André Grondin), oficial encargado de que Victoria cumpla con las condiciones de su libertad condicional.
Pareciera que Denis Côté, autor también del guión original, deseara sugerir en este relato con tantas lagunas narrativas y sucesos inexplicados, la continuidad de una relación amorosa que con igual desenfado vive el encierro carcelario y la plena libertad en el campo. Todo hasta que las amenazas del mundo exterior (algún evento siniestro en el pasado de Flo o en la experiencia penal compartida) llegan para transformar el bucólico cuento de hadas de la marginalidad triunfante, en una pesadilla. Una vez más el cineasta juega en su cine no sólo con los géneros, sino también con las coordenadas de tiempo y espacio. El pasado irrumpe ominosamente en la vida cotidiana de las dos mujeres y el espacio conquistado de libertad en el campo se transforma en un paradójico encierro, esta vez al aire libre.

El trabajo estupendo del camarógrafo Ian Lagarde consigue recrear la atmósfera opresiva en esa región boscosa de Québec, y la excentricidad misma de los personajes secundarios contribuye a dislocar paulatinamente el equilibrio doméstico de las dos mujeres. El supuesto hermetismo de esta cinta ganadora del premio Alfred-Bauer en la Berlinale 2013, no es otra cosa que la creciente habilidad del realizador quebequense para confundir con malicia sus cartas de juego, dotar de mayor complejidad sicológica a sus personajes, proponer atmósferas turbias y perturbadoras, y una narrativa cada vez más original y sugerente. Los espectadores que valoren y acepten los retos de esta apuesta artística podrán sentirse plenamente recompensados.
Se exhibe en la Cineteca Nacional. Sala 9: 14, 16 y 18 horas.
Twitter: @CarlosBonfil1

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